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Reflejos

Carril al infierno

“Mi vida, mi familia y el juego que tanto amaba me fueron arrebatados”.

Pocos lo recuerdan ya, tal es la fragilidad de la memoria en un mundo tan vivo y basado en la inmediatez como el del deporte profesional, pero aquella bolera de Circle Lanes pudo ser más un carril directo al infierno para Allen Iverson. Y aún hoy, camino del 25 aniversario del incidente, dudas y sombras varias se ciernen sobre el suceso y su posterior judicialización.

Las versiones de lo que realmente ocurrió aquel 25 de octubre de 1993 en el local recreativo de Hampton, Virginia, nunca llegaron a clarificarse. El unánimemente considerado mejor jugador de baloncesto de instituto de toda la nación -y uno de los diez mejores de fútbol americano- se veía envuelto en una trifulca con claro detonante de índole racial, sillas surcando los aires y la joven de 23 años Barbara Steele recibiendo seis puntos de sutura a raíz del impacto de una de ellas.

Tanto Iverson como el resto de chicos afroamericanos siempre sostuvieron que fue Steve Forrest, de 22 años, el iniciador de las hostilidades, profiriendo primero insultos varios (ante los que Allen no se achantó) y alzando después la primera pieza de mobiliario por encima de su cabeza, pero de nada servirían sus declaraciones frente a las de la mecha del incendio en ‘Bubbachuck’. Y, tras un juicio de dureza extrema y difícil de entender para el observador desnudo de prejuicios, Iverson escucharía una sentencia de quince años de cárcel y diez de suspensión en el ejercicio de actividades deportivas, sin posibilidad alguna de fianza.

Todo por seis puntos de sutura.

El mundo de un Iverson que no había gozado de una infancia sencilla, obligado a cuidar de su hermana pequeña desde que su padre les abandonó, y que vio morir asesinado a su mejor amigo antes de empezar noveno grado, se derrumbaba ante sus ojos bañados en lágrimas.

La ciudad de Hampton arrastraba ya relevancia histórica si de conflictos raciales hablamos, desde que se erigiera en uno de los principales puertos de acceso para los barcos que transportaban (en condiciones infrahumanas) a los esclavos africanos hasta América, y aquel juicio abriría una profunda grieta entre comunidades, la más importante en el estado desde el asesinato de Martin Luther King en 1968. Pocos integrantes cabales de la sociedad de Virginia entendían la extensión de la condena en relación al incidente, la ausencia de fianza (medida coercitiva excepcional, aplicada comúnmente a asesinos o violadores), que no hubiera acusado alguno en el bando caucásico de la pelea o el que Iverson fuera juzgado como un adulto pese a contar con 17 años de edad.

¿Qué riesgo de huida podía existir en el caso de un chico de un bloque de viviendas sociales de una pequeña localidad de Virginia, sin pasaporte ni medios económicos para ir a ninguna parte?

Foto: Hampton Daily Press

“Cuando vas a la cárcel, la gente ve algo débil en ti, y van a tratar de explotarlo. Pero yo nunca mostré debilidad alguna, simplemente me mantuve fuerte hasta salir “.

Jornadas de trabajo privado de libertad en un centro de mínima seguridad, que comenzaban cada día a las 4:00 de la mañana y terminaban tratando de abstraerse de las amenazas y conciliar el sueño al abrigo de la noche, tras escuchar de sus abogados que aquel infierno acabaría al día siguiente. Todo para descubrir, horas después, que el final prometido no llegaba de la mano de los primeros rayos de sol.

“No vas a salir de aquí mañana, así que deja de pensar en ello y haz lo que tienes que hacer, controla lo que puedes controlar y ya volverás a hacer aquello que amas”.

Aquel consejo de uno de sus amigos en el centro permitiría a Iverson resistir los cuatro meses de reclusión previos al indulto recibido directamente por el gobernador del estado, al abrigo del baloncesto y de una dolorosa pero necesaria inyección de realismo. Las canastas y la pelota naranja como terapia y brújulas vitales, guías que no abandonarían ya al pequeño trapecista durante el resto de su errático y salvaje sendero vital.

La movilización de la comunidad afroamericana, con marchas que cruzaban Hampton armadas de pancartas y consignas varias (“no justice, no peace”, “free Iverson”) y con sus líderes alentando al boicot hacia negocios locales y medios de comunicación, dinamizaron sin duda la decisión del gobernador ayudando sobremanera tanto a Allen como a los otros dos acusados, Wynn y Stephens, recluidos en el sombrío Hampton City Jail por el miedo del director del centro a la conmoción que generaría el que ambos acompañaran a Iverson en las mismas instalaciones de baja seguridad.

Así, el chico pudo reconducir una trayectoria deportiva que le convertiría en uno de los grandes iconos de la NBA post-Jordan, amén del para muchos mayor talento libra por libra que jamás pisó una pista de baloncesto profesional. Tormento para el comisionado David Stern y para los defensores exteriores rivales, cañonero irredento que castigaba aros y cinturas contrarias al tiempo que coleccionaba problemas con la justicia.

Un demonio incontenible, sin miedo a retar al mismísimo ‘Air’ en el uno contra uno siendo un novato recién llegado a la NBA, o a lanzar sus 75 kilos de peso contra el monstruoso Shaquille O’Neal en plenas Finales de la mejor competición del planeta.

Porque Iverson ya había aprendido a oler, afrontar, superar y convivir con miedos reales, antes incluso de alcanzar la mayoría de edad.

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