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Magic Johnson y Oscar Schmidt: breve historia de lo que pudo ser

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La chaqueta de pana de Jud Heathcote hacía ya un buen rato que se había quedado aparcada en un rincón del banquillo. Y de buena gana el entrenador de Michigan State hubiese hecho lo mismo con esa maldita camisa. La humedad de aquel pabellón de Sao Paulo era irrespirable, más aguda todavía que en el resto de la ciudad, y provocaba una sensación de cansancio que irritaba enormemente a Jud, un hombre acostumbrado al frío de su Dakota del Norte originaria.

“Demonios”, murmuraba una y otra vez, mientras agitaba su pequeña pizarra, convertida en un improvisado abanico con el que aliviarse levemente el sofoco. La idea de aquella gira por América del Sur no había sido suya, y no le gustaba nada. Tampoco trataba de esconderlo. Pensaba que ese viaje era una distracción innecesaria para un equipo con demasiadas piezas nuevas, entre las que destacaban la pareja formada por el alero Jay Vincent y, sobre todo, Magic Johnson, el héroe local del instituto Everett, y que debía trabajar mucho y rápido si quería implementar todas las rutinas y sistemas para conseguir el objetivo principal de la temporada: revertir la nefasta temporada anterior de Michigan State -saldada con un pobre balance de 12 victorias y 15 derrotas- mientras Magic se iba convirtiendo en la gran estrella que prometía. Esa aventura en el culo del mundo era un incordio, un capricho de los dirigentes del centro, que a buen seguro no impondrían a un John Wooden o un Dean Smith. Sin embargo, él era un recién llegado, casi recién aterrizado de su querida Montana. “Demonios”, volvería a maldecir.

El rival aquella tarde era el Palmeiras, del que apenas conocía nada más allá de su sobrenombre, “verdãos”, en una clara y poco sutil alusión al color verde sus camisetas. Imaginaba que sería el clásico rival con el que llevaban jugando los últimos días, repleto de jugadores veteranos, limitados en calidad pero muy avanzados en otras artes menos dignas con las que desconcentrar a los jóvenes jugadores americanos. Esta sequía informativa no era ninguna novedad para Jud, que prefería destinar el tiempo a preparar a sus muchachos de cara a la exigente temporada que se les venía encima antes que descifrar las claves de un rival con el que jamás volverían a cruzarse. No obstante, el entrenador tenía la costumbre -heredara también de su época en Montana- de observar al equipo rival durante su calentamiento para poder ofrecer dos o o tres vagas pistas de cara a los emparejamientos en defensa.

Casi por azar, Heathcote se fijó en uno de los chicos mas jóvenes y altos del Palmeiras, que sostenía una pelota a unos siete metros de distancia de su aro. Su rictus era extremadamente serio, ajeno al clima del amistoso que empezaría en unos minutos. El chaval, de pelo ensortijado y piernas finas, estaba a punto de lanzar desde aquella posición tan lejana, al menos un paso más de donde estaría -si no estuviéramos en 1977- la línea de tres puntos. Un pequeño salto, la pelota baila en el aire y acaba dentro. Un compañero le devuelve la bola. Mismo rictus. Idéntica rutina. Igual resultado.

Un lanzamiento tras otro, aquel larguirucho con altura de pívot y el 14 a la espalda encadena una serie eterna de aciertos desde distintas posiciones, todas muy alejadas del cristal. Pero aquello no es lo que más impacta a Jud. Lo que más llama la atención al entrenador de Michigan State es la reacción de absoluta indiferencia del resto de compañeros del muchacho, como si esa hazaña fuese la cosa más normal del mundo.

El partido comienza y efectivamente se convierte pronto en una guerra de estilos. El desbordante juego veloz de Michigan intentando imponerse al cansino ritmo brasileño, que dejaba como único alarde creativo el lanzamiento de aquel número 14 que respondía -poco tardó Heathcote en preguntarlo en la mesa de anotación- al nombre de Oscar Schmidt Becerra. Magic Johnson tampoco quedó ajeno al peligro que suponía el desconocido rival. Pidió la asignación del alero brasileño en defensa y logró imponerse en varias ocasiones. En otras, algún truco de Oscar le hacía escapar de su marca y recibía una canasta, casi a través del tiro. Mientras en un lado de la pista cada vez que se anotaba era como conquistar una pequeña cima, en el otro lado Magic masacraba a sus rivales -algo que repetiría durante los siguiente tres lustros- gracias a su combinación única de velocidad, altura y talento. Schmidt no se emparejó con él en ningún momento, dejando claro que su labor en el Palmeiras era otra, como había quedado demostrado sobradamente durante la velada.

Concluyó el amistoso y ambos equipos se marcharon a sus respectivos vestuarios, mientras el cuerpo técnico de cada equipo recogía los enseres desperdigados por las inmediaciones de los banquillos. Heathcote se alejó unos metros mientras encendía un pitillo, sin cesar de mirar de reojo a la desgastada puerta del vestuario local. Pasado un cuarto de hora, el muchacho de pelo ensortijado asomó por ella, y sin dudar ni por un instante, Jud lo abordó. Le estrechó la mano y acto seguido comenzó a hablar, mientras el muchacho observaba a aquel tipo sudado hasta los huesos de forma sorprendida. El entrenador se interesó por su edad, y extravió una sonrisa cuando confirmó que estaba todavía en edad universitaria. Durante aquellos escasos diez minutos de monólogo le relató las oportunidades del campus de Michigan State, de la NCAA, de jugar con los mejores, de la vida en los Estados Unidos.

La conversación muere de forma súbita cuando entra en escena Cristina, la novia de Oscar, y ambos al unísono tienen la intuición masculina de que lo mejor es dejar ese sueño para otro momento. Ese momento llegaría a través de un par de llamadas desde Estados Unidos, con una oferta clara de Heathcote para que el alero al menos vaya allí unos días y compruebe de primera mano que las promesas eran reales. Sin embargo, aquel viaje nunca se llevaría a cabo. Oscar estaba comenzando a ganar un buen dinero con el Palmeiras, y estar durante años sin percibir un salario a cambio de una promesa en la NBA -con mucha suerte- no parecía el mejor plan. Además, y en caso de que fructificase, jugar con los profesionales le privaría de vestir la verdeamarelha de la selección, y ese era un precio demasiado alto para un hombre llamado a hacer historia con la camiseta de su país.

***

Son varias las pregunta que nos deja esta hipótesis es tan atrayente como imposible no hacer conjeturas con ella. ¿Qué hubiese pasado de Oscar aceptar aquel billete de avión a Michigan? ¿Cómo habrían convivido en el mismo equipo dos armas ofensivas del calibre de Schmidt y Magic? ¿Imaginan que hubiese deparado el enfrentamiento en la NCAA de dos pistoleros como Bird y Oscar frente a frente, y que no tuvo lugar hasta pasados quince años?

Son muchísimas las preguntas, pero la certeza de que las posibilidades de que el brasileño hubiese podido tener un buen papel tanto en la liga universitaria como después en la NBA apenas alberga discusión, como se ha reconocido en multitud de jugadores que compartieron pista con él durante los ochenta y los noventa, y que descubrieron en Mano Santa a uno de los grandes francotiradores de la historia, ajeno a cualquier ámbito geográfico o temporal.

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Después de tanto esperar llegó la paciencia

Son numerosas las caídas, algunas aparatosas, las que hacen el camino. Probablemente la mejor noticia que puedan recibir los aficionados de los Knicks en el día de hoy es que no hay expectativa alguna. Por una vez no hay brillo, por una vez hay paciencia.

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Nadie nace corriendo. Antes hay mucho recorrido. Para aquellos padres primerizos que se ven envueltos en dudas, es habitual la preocupación porque su pequeño no gatea. Posteriormente, porque este no anda. Son numerosas las caídas, algunas aparatosas, las que hacen el camino. Como lo fueron para los Sixers las temporadas de derrota tras derrota en medio del tan nombrado y hoy vanagloriado Process. Como han sido para James Dolan los años recientes como propietario de los New York Knicks. La franquicia, una de las entidades deportivas más conocidas en todo el mundo, ha deambulado en busca de no solo victorias, sino también, más doloroso esto aún si cabe, de personalidad. ¿Quiénes son?, ¿qué hacen? y ¿cómo lo hacen? Tropiezo, tropiezo y tropiezo. Siempre saltándose pasos, siempre buscando el oro a prisa. Distintos cuerpos por las oficinas, distintos pies corriendo sin rumbo sobre el parqué. Pero algún día todo tendrá que cambiar. Y eso no significa optar a todo, tampoco tener opciones reales para escalar hasta la cima. Probablemente la mejor noticia que puedan dar a sus aficionados en el día de hoy es que no hay expectativa alguna. Por una vez no hay brillo, por una vez hay paciencia.

La NBA vive un curioso proceso dentro de su historia en construcción. Se podría dividir entre aquellas megaentes que golpean con fuerza noche tras noche y aquellas que luchan consigo mismos por algún día alcanzar ese nivel. Para algunos bloques, encontrarse en tierra de nadie había sido la señal más grande posible de su situación. Entre apuestas para el mañana en busca de reconstruir y aquellos que arañan como pueden a los dueños del mundo con residencia en Oakland. La última vez que Manhattan disfrutó de los Playoffs lo hizo viendo a Jason Kidd y Kenyon Martin entre zapatillas y equipaciones. Hoy se recuerda con cariño a unos Jurassic Knicks que solo tuvieron sentido en la singularidad de un pasado que llamaba a tales intentonas. Lo cierto es que aquello tuvo corto recorrido (Rasheed Wallace, Kurt Thomas, Kidd y K-Mart decidieron retirarse ) y la realidad volvió al MSG a golpe de temprano despertador tras un plácido sueño. Desde entonces, siempre ahí. Entre los ganadores y los que quieren poder serlo.

Hoy, tras la fallida intentona de Phil Jackson, todo es distinto. Al menos, por ahora. Scott Perry y Steve Mills han buscado aclarar, en diversas ocasiones, que no se hipotecarán las opciones de crecer del equipo en el mañana por un (posible) mejor hoy. Que las rondas no se tocarán, tampoco los Kristaps, Ntilikina, Kevin Knox y compañía. Y han tenido a Jimmy Butler al alcance de la mano, pero ni una sola llamada gastaron. Solo tienen una cosa que dar, solo hay algo de ellos que pueda interesar al resto. Y no es ni más ni menos que futuro.

Dentro de todas estas idas y venidas, en medio de un huracán de comentarios que no pueden evitarse estando en el mayor escaparate posible, ya hay algo que las oficinas han hecho seña de identidad. El crecimiento puede darse por rutina. Los jugadores aprenden de su día a día, sea este como sea. Pero General Manager y Presidente de Operaciones se han unido con la misma idea: buscar una motivación extra. Hoy todo huele a nuevo, todo gusta e ilusiona. Pero las temporadas son largas y las derrotas pesadas. Para Perry y Mills, las oportunidades son clave. No para ellos, sino para aquellos que buscan un hueco en la liga.

Para Mario Hezonja debe ser un nuevo comienzo. Tras el toque de atención y el baño de realidad vivido en Florida, hoy se ve parte de algo en lo que encaja. Se va a apostar por su desarrollo, se va a buscar única y exclusivamente que todos aquellos que componen la plantilla mejoren en cada entreno y partido. Cada noche es un reto. Y así es para otros como Emmanuel Mudiay, Trey Burke o incluso Tim Hardaway Jr. Encontrar un sitio perfecto para ellos. Hacer que ahí crezcan. Porque en contadas plantillas verían condiciones como estas. Un protagonismo por ganar, unos roles sin definir y, sobre todo, un nombre por hacer que cualquiera con valía y trabajo puede conseguir. No habrá puertas. ¿Lo quieres? ¿Te lo ganas? Lo tienes.

El escolta encontró un inesperado contrato de alta nómina y hoy debe hacerlo valer. Respira tranquilo ante la responsabilidad que le da la baja (hasta febrero, se espera) del Unicornio. Alivia saber que así es. Que acapara con gusto. Que sus primeros años en la liga sirvieron como jarabe de palo. Hoy, un hombre que a ritmo de triple y una selección de tiro aún en construcción convive con los focos.

Inevitable es pensar en esa noche de sueños y nervios con la que comienza cada temporada. El Draft es una fuente de talento y, sobre todo, la principal vía de cambio para aquellos que se abrazan a este con la esperanza de un mejor mañana. Así, los Knicks han mirado a través de este. Se han adentrado en el mismo y buscado en sus profundidades. No son solo Ntilikina, Knox y Porzingis. Allonzo Trier y Mitchell Robinson (mediante un pick conseguido en el traspaso de Carmelo Anthony a los Thunder) parecen haber salido de la nada, pero prometen haber llegado para quedarse. Lo avisaba Fizdale durante la pretemporada;  Trier podía entrar entre esos quince que buscaba. Lo hizo y hoy le da libertad para el uno contra uno. Crea desde el bote, tiene descaro y en cada una de sus irrupciones se percibe un impulso especial, el de un jugador preparado con la confianza que nadie le dio. Undrafted demostrando errores ajenos.

La situación de las elecciones altas es bien distinta. Sin embargo, son parte de la mezcla creada como base de lo que queda por venir. Un base francés, un interior letón y un alero que da sus primeros pasos en la liga. Segundo, cuarto y primer año en la liga, en ese orden, y ya líderes. Cometiendo errores y aún con todo por hacer. Sin barba ni experiencia, con tanto por dar como por trabajar para ello. Tan simbólico como realista, que Nueva York tenga en estos sus pilares lo dice todo. Porque ya cuentan con hombros sobre los que edificar, pero sobre todo, porque lo hacen en torno a una identidad reconocible.

El flamante entrenador jefe se ha declarado enamorado de la envergadura y con ellos, la tiene. Pero mucho más que eso, cuenta con lo que precisa cada uno de ellos para ser alguien en la liga. Son actitud y aptitudes, y al fin, pueden serlo en el entorno perfecto. Porque no hay presión, no hay números a los que responder, pero sí metas. Para KP, el cielo. Ser más que un finalizador, ser también generador y protector de su propio aro. Para Frank, madurez. Desde el principio se ha visto en él un stopper en cocción para marcar diferencias. Ahora, debe apretar el gatillo. Agresividad, decisión; también en ataque. Para Knox, el potente primer paso. Tanto en el juego como en su vida profesional. En estos Knicks no hay novatos, no hay escalones. Y eso debe aprovecharlo para andar con firmeza. Tendrá espacio para crearse oportunidades y todo parte de sus largas salidas.

Fluyendo, dentro de un presente que no grita. Los New York Knicks al fin, después de tanto, de llantos que empezaron con sonrisas, de temporadas tiradas a la basura y contratos tóxicos que ataban de manos, tienen paciencia. Pero esto no es sinónimo de conformismo. Para Fizdale, la competición lo es todo. Que dentro del plantel no haya escalones es un acicate para el equipo más joven de toda la NBA. Capaz de hacer adentrar en el quinteto inicial a sus rookies si así lo merecen, de dar confianza a alguien necesitado de ella. Damyean Dotson representa todo aquello que buscan y abrazan. Ha entrado con oficio en ese cinco titular cambiante en base a méritos. “Ganar es un hábito” se atrevió a decir el entrenador. Como vivió en Miami y ahora importa a NY, las victorias no llegan porque sí y así está haciéndolo ver a los suyos. Perderán, a buen recaudo, muchos partidos. Pero ninguno será regalado. Porque la lucha no se negocia. Quiere retos, quiere disputa. El resultado también puede ser una herramienta para el progreso. Todo final apretado será una prueba y llegar a él con vida, en muchas ocasiones, será un premio.

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Los Jazz que no conociste

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With the third pick in the 1982 NBA Draft, The Utah Jazz select Dominique Wilkins…

Un lujo innecesario. Aunque la televisión norteamericana se empeñara en pasar esos clips presentando al jugador,  a esas alturas todo el mundo conocía a Dominique Wilkins, que se había convertido en una reluciente estrella universitaria jugando para los Bulldogs de la Universidad de Georgia. Allí había triunfado gracias a un estilo de juego vibrante y letal, casi felino. Dotado de un tren inferior fabuloso, de él se podía destacar su maravillosa facilidad para anotar, algo que había hecho cada noche durante tres años mientras su cotización subía sin cesar. Nombrado como el mejor jugador de la Conferencia Suroeste en su año sophomore,  el impacto que iba a tener como profesional era uno de los debates habituales en cada uno de sus partidos desde hacía meses.

Sin lugar a dudas, el suyo era uno de los nombres más esperados aquel 29 de junio en un Felt Forum en estado de ebullición. La NBA había dejado atrás la oscuridad de los setenta y la nueva década había traído una oleada de talento a lomos de  jugadores carismáticos, encabezados por Larry Bird y Magic Johnson, y esperaba con los brazos abiertos al puñado de nombres ilustres procedentes del baloncesto universitario que albergaba la promoción del 82.

Como no podía ser de otra forma, uno de esos nombres sería el primero en estrechar la mano a comisionado. Los Lakers completaban una plantilla de ensueño con el novato de North Carolina James Worthy, el alero estrella del vigente campeón de la NCAA. Un elección tan lógica como esperada. La segunda se demora unos minutos, hasta que aparece O’Brien y anuncia que los San Diego Clippers se hacen con el talentoso alero alto Terry Cummings, procedente de DePaul. Unos murmullos se hacen notar en la coqueta sala tras el anuncio. Es una elección extraña, ya que los Clippers, que esa temporada han ganado tan solo diecisiete partidos, tienen a Tom Chambers como su mejor jugador. Y Chambers, que ha cuajado una notable temporada de novato, juega exactamente en la misma posición que Cummings.

La elección de los Clippers pilla por sorpresa a Frank Layden, el General Manager de Utah Jazz, franquicia que escoge en tercera posición, y que de repente se encuentra frente a una de las disyuntivas más típicas a las que se puede enfrentar un equipo que elige tan arriba. ¿Escojo lo que me hace falta o al mejor jugador disponible?

La solución a esta respuesta se suele encuentrar en una regla no escrita de la NBA: “draft for talent, trade for need”. O lo que es lo mismo, elige al bueno y ya veremos después que hacemos con eso. Layden no es hombre de experimentos, y tras unos instantes de confusión, el comisionado de la NBA pronuncia la frase que encabeza este artículo. Dominique Wilkins jugará para los Utah Jazz a partir del mes de octubre de 1982. O eso al menos es lo que todo el mundo espera.

Dominique no era la primera opción para Layden, y no precisamente por una cuestión de talento. El alero de Georgia estaba considerado un novato capaz de aportar desde el primer día, pero jugaba en la posición de Adrian Dantley, que la temporada anterior había anotado para los Jazz más de treinta puntos por noche, en su mejor carrera como profesional.

Ese enorme caudal del puntos no habían servido de demasiado a un equipo que después de tres años en Salt Lake City, se encontraba en un punto muy bajo. Durante la temporada regular solo se habían conseguido sumar veinticinco victorias, un rumbo que había propiciado que Layden descendiera del despacho al banquillo, sustituyendo a Tom Nissalke después de apenas veinte partidos jugados, que se saldaron con apenas ocho victorias. Frank tampoco logra enderezar el rumbo de una plantilla con graves carencias en la zona, que depende en exceso del rendimiento de un pívot tan limitado como Jeff “Big Dipper” Wilkins y el marginal Ben Poquette. El draft debería solucionar ese colosal agujero.

Sin embargo, una plantilla de solo veinticinco victorias no es el principal problema de los Jazz. Desde su mudanza a Nueva Orleans, la situación económica de la franquicia es agónica. Sam Battistone, el propietario, nunca ha terminado de creer en el proyecto de un equipo de baloncesto en Salt Lake City,  y por el momento las cifras le dan la razón. Los Jazz están lejos de ser un negocio rentable, y para colmo cada vez atrae a un menor número de fans a las gradas del Salt Palace, que huyen desencantados por la marcha del equipo. Tan complicada está la situación que la posibilidad de una mudanza es algo más que una mera especulación de la prensa, y ya se barajan posibles destinos para los nuevos Jazz.

Ajeno a esos rumores, Frank Layden se reúne con Wilkins a los pocos días de su elección para mostrarle la franquicia por dentro y hablarle de los planes de trabajo de cara al verano. El alero se adentra por las calles de Salt Lake City, y aunque no ve un dichoso hermano negro en todo el trayecto, se acaba haciendo a la idea de jugar allí. Al fin y al cabo, en eso consiste el baloncesto profesional. Durante aquellos días se sucederían distintas conversaciones entre coach y jugador, hasta que llega un momento clave en esta historia, que lo cambiaría todo para siempre.

Layden le expone su plan. Sabe que se equipo necesita puntos por dentro, pero también reconoce que no tiene material humano para eso. Por eso, le propone a Wilkins la posibilidad de jugar a tiempo completo como power forward. Nique piensa  que Layden se ha vuelto chiflado. Había jugado de cuatro en ocasiones puntuales, pero jamás a tiempo completo. Y era inconcebible empezar ahora, ante tipo mucho más altos y pesados que el. El muchacho se toma aquello como un ataque a su juego -“para que demonios me escogieron si querían un pívot” y se opone completamente. Lo hace de una forma tan rotunda que impresiona a una roca como Layden, que se nota incapaz de hacerle cambiar de opinión.  Durante las siguientes semanas Layden lo volvería intentar, pero la respuesta sería siempre la misma. “No soy un cuatro, y nunca lo seré”. La bola de nieve va en aumento cuando los rumores sobre la rebeldía de Dominique saltan a la prensa, momento en el que Layden se plantea algo que hasta hace unos días jamás creería posible. Quizá lo mejor sea traspasar al novato.

Esa percepción no se debe exclusivamente a la actitud del alero. La situación económica de la franquicia ha virado en dramática, y la NBA tiene más dudas que nunca de la viabilidad del proyecto. Los Jazz necesitan una inyección de capital de forma urgente, y la opción de traspasar a Wilkins por un montante económico cobra solidez. Las semanas pasan y el teléfono de Layden echa humo. Durante todo aquel verano no tendría un solo día de descanso, hablando con unos y con otros, intentando sacar un jugador mejor, unos dólares más. Finalmente, el 2 de septiembre de 1982, Dominique Wilkins es traspasado a su destino favorito, los Atlanta Hawks. A cambio, los Jazz reciben a John Drew y Freeman Williams, además de una considerable suma económica -aunque la cantidad no fue revelada en su momento, todas las fuentes hablan a una cifra en torno al millón de dólares de la época-.

No hace falta decir que deportivamente, el traspaso puede estar considerado como uno de los más desequilibrados de la historia favor de los Hawks. Económicamente, un millón en 1982 para una franquicia moribunda puede ser la diferencia entre salir o no a jugar otra temporada más. Sin embargo, lo más llamativo de todo el movimiento son las declaraciones horas después de Sam Battistone. “Otros equipos nos habían ofrecido más dinero por Wilkins, pero también queríamos jugadores de calidad”. Quizá el movimiento había salvado a la franquicia, pero desde luego tomar el pelo a los pocos fans de los Jazz no era la mejor manera de venderlo.

Mientras tanto, a dos mil millas de allí, Dominique Wilkins era presentado por el equipo con el que haría historia durante la próxima década. ”Siempre pensé en venir a Atlanta, desde que estaba en la universidad. Y sin embargo, nunca creí que ese sueño se haría real”.

Uno de los pasatiempos favoritos de cualquier buen aficionado de los Utah Jazz durante los últimos años es especular que habría pasado si en el mismo equipo hubieran podido reunir a John Stockton, Karl Malone y Dominique Wilkins. A esa hoguera echó un poco de leña al fuego el propio Nique en una entrevista a Deseret News, en la que afirmaba que jugando con ambos, probablemente podrían haber ganado algunos campeonatos. En plural.

Siendo unas elecciones no demasiado elevadas -sobre todo la del base- es un ‘what if’ bastante consistente, en el que además parece que la compatibilidad por posiciones sería afactible. Está claro que en teoría sería un equipo capaz de forjar una dinastía y de llevarse varios anillos. Pero ya saben, es teoría. Y en teoría el comunismo funciona.

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Surcando los cielos: desde Ourense hacia la NBA

pablobaena93@gmail.com'

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Volvamos casi un cuarto de siglo atrás en el tiempo. El baloncesto vivía su época dorada en Ourense. Por aquel entonces, el Coren Ourense –antes Caixa Ourense- disputaba su sexta temporada consecutiva en ACB. Corría la temporada 94/95 y nadie en la ciudad gallega ni, si me lo permiten, en el resto de España, imaginaba lo que podrían llegar a disfrutar con aquel Coren.

En el verano del 94 se confirmaba la marcha de Andre Turner a Zaragoza tras dos temporadas en el conjunto gallego. Y en Ourense tenían la difícil misión de encontrar un base capaz de sustituir al mago de Memphis. Y sólo bastaba con sustituir, porque nadie llegaba siquiera a imaginar que llegara un jugador capaz de hacer olvidar a uno de los mejores bases norteamericanos que ha visto la ACB.

Sí continuaría en plantilla Chandler Thompson. El alero de Indiana disputaría su tercera temporada en Ourense. Allí ya había coincidido con Andre Turner, al que llegó a calificar como el mejor base norteamericano con el que ha jugado. Sí, incluso por delante de nuestro protagonista. Incluso por delante de Darrell Armstrong.

Darrell Armstrong (1968) siempre soñó con ser un jugador profesional de fútbol americano. Su primera experiencia con el baloncesto llegó tarde, muy tarde. Sería en su último año en la High School. Fue Jeff Capel, entrenador de la Universidad de Fayetteville, quien insistió en su potencial como futuro jugador de baloncesto. Y no se equivocaba. Armstrong, “El astronauta”, no llegó a ser drafteado en la NBA, pero el deseo de pertenecer a la mejor liga del mundo nunca llegó a borrarse de su mente.

Tras varias temporadas en ligas estadounidenses de menor entidad, el base americano decidió cruzar el charco, volar a Europa y allí hacerse grande. En febrero del 94, Randy Knowles, figura crucial en la historia, llega a Ourense como primer entrenador para sustituir a Manuel Gómez. Y unos meses después, es el propio entrenador quien apuesta por un base desconocido para el gran público. Un base que jugaba para el AEK Larnaca, conjunto de la propia ciudad de Larnaca, perteneciente a la liga chipriota de baloncesto. A Ourense llegaba Darrell Armstrong.

Durante aquella temporada, dos nombres estaban llamados a ser los protagonistas del baloncesto orensano. Ellos eran Darrell Armstrong y Chandler Thompson. Adelantándonos a los acontecimientos, los resultados del equipo no fueron los mejores, pero vaya si dieron que hablar.

Armstrong se iba cada noche hasta los treinta y nueve minutos de juego, superando los veinticuatro puntos y cuatro rebotes por partido. Se erigió, desde el comienzo de la temporada, como el jugador estrella de aquel Coren Ourense. Nadie, absolutamente nadie, apostaría que con sus 182 centímetros de altura su mayor virtud fuera la de elevarse hasta el cielo para dejarnos con la boca abierta cada vez que destrozaba el aro. El espacio era su hábitat natural. “El astronauta” de Ourense.

Que Darrell Armstrong nos dejara boquiabiertos con cada mate, sin embargo, no quitaba que sus promedios desde más allá del 6,25 fueran sencillamente espectaculares. Intentó, como media durante toda la temporada, casi nueve triples por partido. Pero lo mejor era que obtenía un cuarenta y dos por cierto de acierto en dicha faceta. A pesar de tales números,, propios de un tirador nato, Armstrong era uno de esos jugadores que dependía, casi en su totalidad, de su potencia física, lo que provocó que su incidencia en el juego disminuyera con el paso del tiempo.

Sólo un mes bastó para que Armstrong hiciera olvidar a Andre Turner en Galicia. Fue en septiembre, nada más llegar a la ACB, cuando fue nombrado mejor jugador del mes. Se fue, durante el primer mes de la temporada, hasta los ciento cincuenta y nueve puntos, convirtiéndose en el máximo anotador de toda la competición. Su impacto fue tal, que todos quedaron asombrados con el base americano. Desde su entrenador, pasando por sus compañeros de equipo, hasta el último aficionado en llenar el Pazo dos deportes.

Randy Knowles definía a Armstrong como un trabajador nato. Un jugador que siempre quería mejorar, llegar a ser el mejor. Pero a la vez, ayudar a sus compañeros y a su equipo. En definitiva, y en palabras del entrenador americano, Armstrong era un fuera de serie. Él mismo, tras ser nombrado como mejor jugador del mes de septiembre, achacaba tal éxito a sus compañeros. Darrell Armstrong era un jugador de equipo y había elegido Ourense para crecer en todos los aspectos.

Su excelente temporada no pasó en vano. Como era de esperar, las actuaciones con las que deleitaba cada noche aquel americano bajito con la habilidad innata de surcar los cielos, llamaron la atención de todo aquel que tuviera un ojo puesto en el baloncesto europeo. Y ahí, como no, entraban todas y cada una de las franquicias de la mejor competición de baloncesto del planeta. En especial, hubo alguien que quedó totalmente maravillado con el juego de Armstrong. ¿Su nombre? John Gabriel, GM de los Orlando Magic.

Armstrong sabía que su temporada había llamado la atención. Y estaba totalmente en lo cierto. El Coren Ourense no llegó a cumplir el sueño de alcanzar los puestos que daban acceso a competiciones europeas a pesar de la gran temporada de sus dos estrellas americanas. Pero aunque los objetivos colectivos no se alcanzaran, “El astronauta” sí que había conseguido aquello por lo que tanto había luchado. Fue en el verano de 1995 cuando John Gabriel decidió apostar por Darrell Armstrong. Y así fue como Ourense se convirtió en una puerta directa hacia la NBA.

El carácter de Armstrong dejaba claro que su lugar era la NBA. Dio todo lo que tenía en Ourense, haciendo disfrutar a todos y cada uno de los aficionados al baloncesto en España. Durante la competición y durante el All Star ACB. En aquel año, el concurso de mates se lo jugaron entre Armstrong y Thompson, dos de los matadores más espectaculares que tuvo aquella temporada el baloncesto español.

Los Magic fueron la casa de Armstrong durante las próximas ocho temporadas. Igual que en la ACB, “El astronauta” dejó su huella marcada en la historia de la competición americana. Aún mantiene el hito que consiguió en el año 99, al ser nombrado como Mejor sexto hombre y jugador de mayor proyección en una misma temporada. Un récord que aún, casi veinte años después, sigue llevando el nombre de Darrell Armstrong.

Hornets, Mavs, Pacers y Nets fueron los hogares que siguieron a Orlando. Una temporada en cada una de las franquicias, para terminar retirándose del baloncesto profesional como jugador. Hoy en día, cumple su novena temporada como miembro del cuerpo técnico de los Mavs, donde consiguió el anillo de campeón de la NBA en 2011.

Darrell Armstrong fue un icono en Ourense, cuando la ciudad gallega vivía su propia edad de oro en el baloncesto. Pasó un cuarto de siglo, pero su silueta aún queda marcada en las alturas del Pazo dos deportes. Y de cada cancha ACB que visitó en su única temporada en España. Fue en 1995 cuando Armstrong surcó los cielos desde Ourense en dirección a Orlando. Cuando Ourense se convirtió en una puerta hacia la NBA.

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