fbpx
Síguenos también en...

Perfiles NBA

La eterna voz de los Lakers

Publicado

-

Chick siempre fue metódico y perfeccionista hasta el extremo. Por eso durante años, cada mañana repetía un ritual frente al espejo que concluía con el nudo de la corbata, la elección de la americana y la apertura de la caja donde guardaba los anillos ganados por sus Lakers en Los Ángeles. Llegó a tener 9 y cada día elegía uno diferente, pero hay uno que nunca quiso ponerse. El de 1972. Ese lo guardaba en una caja diferente. “Ese lo ganó Gary y no puedo ponérmelo”.

Gary, su hijo mayor, murió de sobredosis con 29 años días después de ganar aquel primer titulo en California. Había heredado el carisma y el inconfundible sentido del humor de su padre, al que acompañó en 1956 en el viaje desde el frío de Peoria en Illinois hasta el sol de Los Ángeles para la entrevista que les cambiaría la vida. Desde el principio, Gary supo moverse en Hollywod e incluso llegó a trabajar como extra en alguna de las miles de películas de los 60. Allí conoció a Beverly y se casó con ella, pero el matrimonio apenas duró unos años.

Cuando los Lakers ganaron el último partido del 72, Gary estaba en la grada con su madre Marge. Como siempre. Pero no era un día cualquiera. Esa noche su padre estaba contando a todo el país que eran, al fin, campeones del mundo. Que atrás quedaba más de una década de frustraciones deportivas, casi todas acompañadas de un maldito trébol verde y un humeante puro.

Había que celebrar una temporada para la historia y los Hearn lo hicieron con una fiesta en la piscina familiar aquel primer día de junio. Comieron, bebieron, se bañaron y disfrutaron como merecía la ocasión hasta que la noche empezó a ganar la batalla al día. Mientras el sol se escondía en el horizonte, Gary se fue a comprar tabaco. Nunca regresó. Al día siguiente, apareció muerto en el asiento trasero de un coche al norte de Hollywood.

Hacía tiempo que había pedido ayuda a Marge para salir de las drogas, pero en la glamourosa California de la época el consumo de sustancias prohibidas era algo de uso común incluso entre muchos jugadores de la NBA. Quizá por eso Marge nunca valoró como merecía la adicción  de su hijo. Quizá por eso, nunca le brindó la ayuda que tanto necesitaba. Ahora era demasiado tarde.

Gary dejó unos padres destrozados y una hija, Sannon, huérfana con sólo 9 años que se se trasladó a vivir con sus abuelos y con su tía Samantha. La vida se hizo muy dura a partir de ese fatídico día en el hogar de los Hearn. Chick se refugió en el trabajo, Marge luchaba a diario contra sus remordimientos y el dolor convirtió a Shannon y Samantha en amigas inseparables.

Desde pequeña, Samantha fue una apasionada del deporte, de la poesía y de la moda. Con 17 años fue Miss San Fernando Valley y comenzó a ser una habitual de las revistas y pasarelas de Los Ángeles. Pero detrás de cada foco siempre hay una sombra y Samantha cada vez pasaba más tiempo en la penumbra que bajo la luz. Cuando quiso darse cuenta, estaba en un laberinto de autodestrucción cuya única salida quedó bloqueada con la muerte de su hermano mayor Gary.

En su caso fue la anorexia le que la puso al borde del precipicio. La primera en darse cuenta del problema fue Shannon, su sobrina, que intentó por todos los medios sacarla de aquel  infierno aunque a cambio sólo recibiese fuertes discusiones con su tía. También Chick trató de ayudarla. La contrató como productora de Bowling For Dollars, el concurso de televisión que le había servido a él de salvavidas tras la muerte de Gary. Parecía que esta vez sus padres habían reaccionado a tiempo. Samantha era muy buena en su trabajo y todos la querían, pero lo cierto es que la amenaza seguía latente. En la primavera de 1990 una neumonía obligó a hospitalizarla. Su cuerpo apenas tenía defensas. No era más que un montón de huesos con algo de pellejo alrededor. El 24 de mayo, Samantha moría a los 43 años.

Durante años Chick se preguntó qué habían hecho mal para perder así a sus dos hijos. Qué error había cometido. Pero siempre lo hacía en privado. Con Marge como única confidente. En público no fue capaz de hacerlo hasta que una década después rompió a llorar mientras Steve Springer le entrevistaba para Los Angeles Times. Sólo entonces, aquellas lágrimas que cayeron por su rostro, hicieron que superase el luto interior y que aprendiera a convivir con el dolor de la pérdida de Gary y Samantha.

***

Francis Dayle Hearn vino al mundo un 27 de noviembre de 1916 en Buda, un pequeño pueblo de Illinois de apenas 400 habitantes. Fue allí donde –como tantos otros niños- lanzó sus primeros tiros a una canasta imaginaria con una pelota de calcetines. Pronto sus padres se mudaron a Aurora, apenas a 80 kilómetros de Chicago, donde la familia se hizo numerosa con los nacimientos de Shirley y Richard. Allí también fue donde Francis creció hasta alcanzar el metro noventa que le llevarían a encontrar un hueco en el equipo de Fox Valley High School, un instituto privado que sus padres sólo pudieron pagar durante un semestre. Aquel curso lo terminó en East High donde comenzó a despuntar como jugador y –lo que a la larga sería más importante-  conoció a Marge, una chica seis meses más joven que él que el azar alfabético sentó a su lado en clase.

Por entonces Francis era ya un apuesto estudiante, estrella del equipo de baloncesto por el que suspiraban muchas alumnas. Aunque en principio Marge no estaba entre ellas, acabó aceptando una cita para ir al cine. Pronto vinieron más películas y, sobre todo, muchos partidos a su lado. No obstante ella también jugaba al baloncesto.

Francis llegó a ser capitán del equipo en su año senior y seleccionado como All Conference Player y como Honorable Mention All State Player con la camiseta de East High. Cuando en 1935 se graduó, siguió jugando en la AUU League, donde se proclamó campeón de división con el equipo de Austin Western, la empresa de maquinaria agrícola en la que trabajaba. Para celebrar ese título, la compañía organizó una comida antes de viajar a Denver, donde se disputaría el torneo nacional. Ese día sus jefes –hartos de escuchar sus quejas por el estado de sus zapatillas- entregaron a Francis un regalo. Él, nervioso, no se percató de las risas de sus compañeros mientras rompía el papel que envolvía aquella caja. Las risas se convirtieron en estruendosas carcajadas cuando la abrió y –en lugar de unas flamantes zapatillas nuevas- encontró un pollo muerto y podrido. Desde entonces Francis pasó a ser conocido como Chicken y más adelante como Chick.

***

Francis era feliz en esa empresa, pero estaba cansado de trabajar sentado en una oficina. Él quería ser vendedor y además tenía ofertas para jugar en varias universidades, así que en 1937 decidió que había llegado el momento de dar un nuevo giro a su vida. Dejó la Austin Western y en Nochebuena le pidió matrimonio a Marge. Empero, la alegría del compromiso y sus planes profesionales de futuro se truncaron ese mismo día, cuando su padre sufrió un accidente laboral que le impediría volver a trabajar. Así las cosas, no tuvo otra opción que seguir en su puesto de trabajo para mantener a su familia y para ahorrar dinero para su boda con Marge, que se celebró el 13 de agosto de 1938 en la Iglesia de St. Mary, en Aurora.

Cuatro años más tarde, nacía Gary. Para entonces Francis trabajaba como comercial en una farmacéutica y mataba el gusanillo del baloncesto arbitrando partidos universitarios. Cuando el pequeño Gary apenas tenía 7 meses, su padre recibió una carta que le reclamaba su incorporación a las tropas que luchaban en la II Guerra Mundial. Su destino sería la base de Manila, en el Pacífico Sur, donde Chick organizó un equipo de baseball entre sus compañeros de filas. No debían ser malos, pues ganaron los 82 partidos que disputaron. Poco después, los mandos decidieron crear la Armed Forces Radio para retransmitir los partidos con los que las tropas se entretenían entre misión y misión. Y el soldado Hearn fue el elegido para ponerse frente al micrófono pese a que no tenía ninguna experiencia. En realidad  allí nadie la tenía.

Cuando en 1945 terminó la guerra y regresó a casa, Francis ya estaba enamorado de la radio para siempre, así que se puso a buscar una emisora que le quisiera contratar. Probo en Aurora e incluso en Chicago. Pero siempre recibía la misma respuesta: necesitaba un título universitario. Hasta que llamó a la puerta de la WMRO, una pequeña radio local donde le dieron su primera oportunidad. A cambio de 25 dólares semanales, hacía de todo: noticias, programas religiosos y, lo que de verdad le gustaba, narrar los partidos de los Aurora Clippers, un equipo semi profesional de fútbol americano.

Su carrera continuó en la WBNU, otra emisora de Aurora donde le encargaron presentar un concurso que se emitía desde la última planta del Hote Lealand, un rascacielos construido en 1921 que era el más alto del Estado con excepción de los que ya entonces hacían famosa a Chicago. Allí, en las alturas, estaba el Sky Club que daba nombre al programa de Chick:  “The Sky´s the limit”.

La fama de Hearn iba creciendo en Aurora, y cuando el equipo local de baloncesto se clasificó para el Sweet Sixteen, un prestigioso torneo estatal que se celebraba en Champagne-Urbana, la WBNU le encargó que sustituyera al narrador habitual, que estaba enfermo. El plan era que sólo haría un partido, pero Francis se las arregló para que sus jefes le dejaran hacer todos.

Le puso tanto entusiasmo, que el doctor A.J.Haussler quedó impresionado y le ofreció convertirse en el narrador de los partidos de la Universidad de Bradley (Peoria), de la que era vicepresidente. Eso estaba a más de 200 kilómetros de Aurora y Francis no tenía dinero para mudarse hasta allí con su familia que ahora tenía otro miembro, la pequeña Samantha. Pero no podía rechazar la oferta, así que pidió 10.000 dólares a uno de sus tíos y emprendió el viaje. En Bradley se convirtió en la voz de los equipos de baloncesto y de fútbol americano, pero disfrutaba tanto con su trabajo que se buscó otro empleo como narrador de partidos de High School en Week Radio. Cuando la emisora montó una televisión local, Francis estrenó además un informativo deportivo todas las noches.

A principios de los años 50 su estilo delante del micrófono tenía cada vez más seguidores como Tex Winter, que intentó ficharle para la Universidad de Kansas State. También estuvo cerca de convertirse en el narrador de los St.Louis Cardinals para la NBC, pero no superó la entrevista que le había conseguido Curt Gowdy, uno de los referentes de la profesión en aquella época. El destino tenía otro plan para Francis que acabó fichando  por la KNK, un radio de Los Angeles que buscaba alguien que transmitiera los partidos de fútbol americano de la USC. Así fue cómo llegó Chick a California en 1956.

***

En la otra punta del país, en la helada Minneapolis, Bob Short buscaba la fórmula mágica que hiciera rentables económicamente los éxitos deportivos de los Lakers, que conseguían anillo tras anillo con Mikan pero que no llenaban las arcas de la franquicia. Short tenía claro que su única opción era llevarse el equipo a la costa oeste y no cejó hasta lograrlo en 1960.

El primer año en Los Angeles tampoco fue sencillo. Entre otras cosas porque los Lakers no tenían una cancha estable y alternaban sus partidos entre el Sports Arena, el California State o el Shrine Auditorium. La media de asistencia rondaba los 5.000 espectadores, que se redujeron a 4.000 durante la primera ronda de playoffs contra los Pistons. Tampoco mejoró la cosa en la los dos partidos que abrieron la siguiente serie contra los Hawks de San Luis.

En un intento desesperado por llenar las gradas, Bob Short negoció un acuerdo con la KNX para emitir por la radio el resto de la eliminatoria. La misma noche que se cerró el contrato, a las 2 de la madrugada, sonó el teléfono en casa de los Hearn. Cuando,  somnoliento, Chick descolgó el auricular oyó al propietario de los Lakers en persona que le preguntaba si estaba dispuesto a coger un avión y presentarse inmediatamente en San Luis para narrar el quinto partido de la serie. Al día siguiente, el 27 de marzo de 1961, estaba contando por las ondas una victoria por 121-112 que ponía por delante a los Lakers 3-2.

El sexto se disputaría en casa y, de repente, el Sports Arena se llenó con 14.844 espectadores. Tres veces más de lo habitual. Los Lakers perderían aquel partido y quedarían eliminado en el séptimo, pero había encontrado un narrador para toda la vida. Literalmente.

Chick compaginó los primeros meses con su empleo en la USC, pero a final de temporada tuvo que elegir y tuvo claro que quería seguir con los Lakers. También los Lakers tenían claro que no querían dejarle escapar aunque para ello tuvieran que ponerle un helicóptero después de los partidos en casa que le permitiera llegar a tiempo a los estudios de Channel 4 en Burbank, donde cada noche presentaba las noticias deportivas.

A pesar de que cada vez iba más gente a ver al equipo, la franquicia seguía sin ser rentable y en 1965 Short a punto estuvo de fusionarla con los Dodgers de baseball. Si no lo hizo fue porque en el último momento apareció Jack Kent Cooke con 5 millones de dólares. El nuevo propietario era multimillonario, pero no tenía ni idea de baloncesto. Incluso reconocía que nunca había visto un partido de la NBA, así que nombró como Assistant General Manager a Chick Hearn que, además de narrador, pasó a ser su mano derecha en los despachos.

Perfeccionista y exigente hasta el extremo, Cooke podía convertir el día a día en un infierno para sus empleados. Ninguno tenía garantizado su puesto si enfadaba al jefe. La única excepción era Chick, intocable pese a que era habitual que ambos chocaran. Como cuando intentó que cambiara su estilo en el micrófono por uno más “corporativo”. No le gustaba que Hearn fuera tan duro con los fallos del equipo que le pagaba el sueldo. Incluso intentó que dejara de decir que los Lakers vestían de purple and gold para que dijera que los uniformes eran blue and gold. Pronto comprobó que si algo era innegociable para Chick, era su forma de narrar los partidos. “No soy una cheerleader”, decía.

Así que los entrenadores angelinos siguieron escuchando su inconfundible voz a pocos metros cuestionando sus decisiones tácticas o quejándose de que le taparan la visión de la cancha. Así que los aficionados se acostumbraron a sus críticas como el día que, tras recibir un homenaje en el descanso, Chick agarró el micrófono para exclamar: “y ahora a ver si los Lakers mejoran porque están jugando como una banda de perros”. Así que los directivos fueron testigos de momentos como aquel de 1979 cuando les dijo a la cara “esto es lo primero que ganamos en una semana” después de que una moneda al aire decidiera que los Lakers elegirían los primeros en el draft.

Hearn era, seguramente, el más crítico con el juego de los Lakers, más incluso que con el de sus rivales, porque a él sólo le dolía su equipo. En palabras de Scott Ostler, reportero del LA Times, “cuando llevas a tus hijos a una fiesta en la que todos los niños se portan mal, tu sólo te preocupas de los tuyos”. Y es que las estrellas de los Lakers eran para Chick como hijos y como tal ejerció con ellos. Con el paso de los años se convirtió en  la figura paternal con la autoridad necesaria para darles consejos en los momentos claves de sus carreras.

Hearn fue un padre para West y Baylor o para Shaq y Kobe, pero por encima de todos lo fue para Magic desde el mismo día de la negociación de su primer contrato. Johnson reconoce que su opinión fue fundamental para convencerle de que aceptara la oferta de los Lakers como le decía su padre en lugar de regresar una año más a Michigan como estuvo a punto de hacer.

Y es que Chick siempre tuvo claro que Johnson sería una leyenda y estuvo a su lado en las duras y en las maduras. Cuando había que celebrar un titulo, cuando tocaba tirarle de las orejas por poner en la diana a Westhead o cuando el VIH cambió su vida. Compartían confidencias, largas conversaciones a solas durante el desayuno en los hoteles y también muchas discusiones. Como un amigo verdadero. Como un padre.

Sólo hay una persona que tuvo una relación parecida con él y ese fue Pat Riley, que siempre dice que le debe a Chick su legendaria carrera como Laker. Y no va desencaminado. De hecho, fue quien convenció al club para que fichara a un joven jugador que vagaba desesperado en Portland. También fue quien le ofreció comentar junto a él los partidos cuando Riley se retiró de la canchas y buscaba sin éxito un trabajo como asistente en las universidades de Los Angeles.

Chick volvió a darle el consejo adecuado al empujarle a aceptar ser asistente de Westhead cuando éste tuvo que asumir el cargo de entrenador tras el accidente de bicicleta que truncó la carrera de McKinney.  Riley, que tenía muchas dudas porque le encantaba su trabajo de comentarista, pero Chick le dijo que utilizara la oportunidad para aprender a ser entrenador. Si la aventura salía mal, prometía guardarle el puesto de comentarista. El resto es historia.

También fue especial su relación con Jerry Buss que compró la franquicia en 1979. A diferencia de Jack Kent Cooke, el nuevo propietario era fanático del equipo y un gran admirador suyo. No sólo él, también su hija Jeanie que no se perdía los concursos que por entonces Chick presentaba en televisión.

Fruto de esa admiración y de ese respeto, Buss acudiría a él como consejero ante cualquier decisión difícil, pero una de sus primeras medidas fue descargarle de responsabilidades. Le liberó del cargo de Assistant General Manager y también dejó de ejercer de delegado del equipo en los viajes, unas funciones que había asumido por inercia con el paso de los años. El doctor Buss quería que se centrara en los que mejor sabía hacer: narrar los partidos de los Lakers.

Y es que a esas alturas de su carrera, Chick era ya toda una institución. Un referente que había legado al baloncesto un sentido del humor sarcástico muy particular que a menudo sufrían sus colaboradores y el resto de periodistas que viajaban con el equipo por todo el país. Cualquiera, en el momento más inesperado, podía ser objeto de una de sus bromas que a veces incluso rozaban la impertinencia.

El humor era fundamental también durante los partidos cuando su rapidez mental era capaz de inventar descripciones sorprendentes para cualquier situación del juego. Fruto de esa imaginación nacieron expresiones que hoy son habituales para los aficionados. Definiciones como slam dunk para los mates, airball para los tiros que no tocan aro, triple-double o el garbage time. Suyas son también frases como he trhows up a brick que dedicaba a los malos tiradores o he´s yoyoing up and down con la que señalaba a los bases que abusaban del bote. Si los árbitros permitían el juego duro, Chick tenía claro que en ese partido no harm, no foul. Si un jugador hacía una buena finta, decía que había metido a defensor en la popcorn machine y si alguien fallaba un tiro fácil por adornarse demasiado bramaba que the mustard´s off the hot dog.

Pero su letanía más recordada la utilizaba cuando sus amados Lakers finiquitaban un partido: This game’s in the refrigerator: the door is closed, the lights are out, the eggs are cooling, the butter’s getting hard, and the Jell-O’s jigglin’!  Por cierto, la parte de la gelatina la incorporó tras una de las habituales comidas en casa de la madre de James Worthy. O como le bautizó Chick, Big Game James. Y es que en su repertorio también encontramos apodos inolvidables como Mr. Clutch West.

Hearn era muy meticuloso en la preparación de los partidos y durante el directo tenía que tener todo controlado. Sus narraciones se emitían a la vez por la radio y por la televisión, por lo que se esforzaba en ser tan descriptivo como para que los que no estaban delante de una pantalla pudieran dibujar en su cabeza la imagen de lo que sucedía en el parqué.

Durante años lo hizo solo. Sin más compañía que sus papeles escritos a mano, el micrófono y los auriculares por los que escuchaba las órdenes de los regidores. Cada temporada acumulaba nuevas manías a las que no estaba dispuesto a renunciar cuando en 1967 el club contrató a Al Michaels a sus espaldas para que enriqueciera las retransmisiones. Jack Kent Cooke había firmado un jugoso contrato de publicidad con una petrolera que exigía a cambio un color announcer. A Chick no le hacía ninguna gracia, pero no tuvo más remedio que aceptar la imposición aunque al bueno de Al sólo le dejaba hacer algún anuncio y leer los resultados del resto de partidos en el descanso. Duró 4 partidos de pretemporada y 7 de liga regular.

No le fue mucho mejor al segundo candidato, Dick Schaad y tampoco fue fácil el primero de los cuatro años que compartió con el ex jugador de los Lakers Hot Rod Hundley. Algo mejor se adaptó a Lynn Shackelford, que fue su pareja profesional durante seis temporadas, incluida la del anillo del 72.

Con el tiempo, Chick se acostumbró a tener un compañero y cuando Shackelford se fue en 1976 el propio Hearn eligió como sustituto a Pat Riley al que animaba a hacer todos los días el crucigrama del New York Times para ampliar su vocabulario. Tres temporadas después, como ya hemos contado, Riley probaría suerte como asistente del entrenador Westhead en lo que en principio iba a ser un trabajo temporal.

Para cubrir su puesto Chick llamó a Keith Erickson, otro ex jugador de los Lakers que, además era amigo personal de los Hearn y que trabajaba en la CBS. En principio se trataba de cubrir el hueco hasta que Riley regresara, pero ese momento nunca llegó y Keith vivió al lado de Chick los años gloriosos del Showtime.

Tras el título del 87, llegó Stu Lanz, entonces comentarista de los San Diego Clippers. El primer día que se entrevistó con Hearn para su fichaje, Lanz tenía faringitis y le dijo que apenas podía hablar. “Perfecto, estás contratado”, le contestó. Ese día comenzó una relación profesional que duraría nada menos que 15 años. La más longeva de todas, quizá porque fue el primero que se atrevió a discrepar de él en directo para desconcierto de Chick que con el tiempo aprendió a apreciar esas discusiones en antena.

Pero de su extensa carrera profesional, Hearn guardaba un recuerdo muy especial para alguien con quien narró un sólo partido: el All Star Game de 1988. Ese día a su derecha estaba Johnny Most, su némesis de los Celtics con el que disfrutó como pocas veces en su vida. Ambos dejaron una retransmisión radiofónica para la historia llena de carcajadas y piques entre dos genios.

En 1992 Hearn estuvo en Barcelona para contar al mundo los partidos del Dream Team y en su currículum encontramos también otros hitos desconocidos por muchos como el primer Frazier-Ali de la historia. Por no hablar de las 11 películas en las que participó -incluida White men can´t jump– la veintena de programas de televisión que presentó o su aparición en The Simpsons.

***

Pero lo que convirtió en leyenda a Hearn fue su racha de 3.338 partidos consecutivos de los Lakers. En 42 temporadas sólo se perdió dos encuentros. El primero en 1965 porque la NBC le encargó retransmitir un torneo de golf. El segundo por culpa del temporal que le impidió volar hasta San Francisco tras un encuentro de fútbol americano entre la Arkansas University y Texas Tech en Fayetteville. Aquella noche el piloto le dijo que no veía claro el despegue. “Si a ti no te gusta, a mi tampoco”, contestó Chick antes de volverse al hotel.

Al día siguiente estaba en Los Angeles para narrar la victoria por 110-104 contra Philadelphia y comenzar así su histórica racha que duró hasta finales de 2001 aunque hubo muchas noches en las que tuvo motivos físicos más que justificados para no ir a trabajar. Como el cáncer de próstata que le diagnosticaron y que le obligó a recibir radioterapia. Chick se las apañó para que se la dieran en verano. Cuando la temporada hubiera terminado.

Steve Lombardo, médico del equipo, recuerda cómo a principios de los 90 le tuvieron que hacer una artroscopia en su rodilla en mitad de la temporada, pero aún así siguió yendo a todos los partidos. A veces, cuando jugaban fuera, el doctor del equipo contrario tenía incluso que drenarle la articulación e inyectarle cortisona para que pudiera andar.

Según Marge, Chick no llevaba la cuenta hasta que llegó a los 1.000 partidos y alguien del club le informó de la efeméride. Sólo tras alcanzar los 2.500 empezó a tomarse en serio su récord, aunque no le obsesionaba. O eso decía. Una noche de 1995, cuando ya superaba los 2.700 encuentros, se dañó la cornea al quitarse la lentilla. Apenas podía ver, pero en lugar de descansar pidió que le sentaran a pie de pista para poder narrar el partido.

Esa misma temporada una laringitis la noche que los Spurs visitaban Los Angeles le obligó a dejar el partido para que Stu Lanz narrara la segunda parte con la ayuda Magic que estaba en la grada. Lo mismo sucedió en 2001, también contra los Spurs pero esta vez en San Antonio. Aquel partido lo terminó de ver en el vestuario junto al lesionado Kobe. “Fue muy divertido. Él seguía comentando el partido y yo viví un show privado en directo”. Menos gracia le hizo a Shaq el día que Chick llegó en silla de ruedas y el pívot le preguntó si podía hacer algo por él. El viejo locutor le espetó a la cara: “coger un maldito rebote”.

A finales de 2001 empezó a tener problemas de corazón y por primera vez se le pasó por la cabeza dedicar más tiempo a Marge, a Shannon y a su bisnieta Kayla. Pero antes quería acabar la temporada. Por eso cuando acudió a urgencias y los doctores le dijeron que necesitaba dos transfusiones de sangre, Chick les dijo que sólo tenía tiempo para una. Había dejado solo a Stu haciendo la previa del partido y quería llegar a tiempo para el salto inicial.

El 16 de diciembre de 2001, sintió un dolor en el pecho mientras descansaba en casa tras una victoria contra los Warriors. El doctor Patterson le diagnosticó un ataque leve al corazón. Era sólo un aviso, pero necesitaba una operación para desbloquearle una válvula de la aorta y esta vez no podía esperar al verano. A sus 85 años, Chick rompía así su histórica racha.

***

Le operó el doctor Michael Soltero en el Northridge Hospital Medical Center de Los Angeles donde decenas de periodistas se agolparon aquel 19 de diciembre para interesarse por su salud. Cuando su nieta Shannon bajó a contarles cómo había ido la intervención, contó que “el médico le ha dado a elegir entre la válvula de un cerdo o la de una vaca. Ha elegido la de la vaca y nos ha dicho que le disparemos si mañana se despierta mugiendo”

El primer partido de los Lakers sin Chick en 42 años fue el día de Navidad contra Houston y el encargado de sustituirle fue Paul Sunderland que pidió sentarse en una silla distinta porque sabía que Hearn acabaría regresando a su sitio. Sunderland terminó narrando 56 partidos en los que, según sus propias palabras, se limitó a intentar sobrevivir.

Chick marcó el partido contra Indiana del 1 de marzo como el de de su regreso al Staples pero el 17 de febrero, tras ver por televisión cómo los Lakers perdían con Portland, le dijo a Marge que se arreglase para salir a cenar fuera. Necesitaba tomar el aire para que se le pasara el enfado por la derrota.  Camino del restaurante, paró en una gasolinera de San Fernando Valley, entre Ventura y Balboa. Salió del coche sin darse cuenta de que había dejado el contacto encendido. El coche empezó a moverse, Marge gritó asustada y él apenas acertó a quitar la llave del contacto, pero no pudo evitar que la puerta le golpeara y le tirara al suelo. Su cadera se rompió en mil pedazos. Dos meses después estaba de nuevo en el quirófano para que le implantaran una prótesis.

Por fin, el 9 de abril pudo regresar al trabajo. Utah visitaba el Staples Center y los 19.000 espectadores le recibieron con una estruendosa ovación que le obligó a levantarse a saludar emocionado. Fue lo que él mismo definió como el momento más feliz que había vivido desde su boda. Chick volvía a formar parte del equipo y ni siquiera permitía que le sentaran en una silla de ruedas para moverse por los aeropuertos. Tampoco hacía caso al terapeuta que Mitch Kupchak contrató para que le acompañara en los viajes.

La temporada terminó con unos playoffs en los que los Lakers se deshicieron de Portland, San Antonio y Sacramento antes de barrer a los Nets en la final y lograr el tercer título consecutivo con Shaq y Kobe. El noveno de la colección de Chick.

Marge pensaba que ese 12 de junio, al final de ese partido en el Continental Airlines Arena, Chick anunciaría en público su retirada. Pero no lo hizo. Desde mediados de los 80, los Lakers seguían de cerca de otros narradores para cuando se jubilase. Pero los años pasaban y los que colgaban el micrófono eran los candidatos a sucederle.

Días después del título, Larry Stewart, crítico del LA Times le entrevistó en su casa.

-¿Has pensado en retirarte cuando acabe la próxima temporada?

– Es lo que quiere Marge, pero no estoy preparado para hacer ese anuncio

– Nunca vas a estar preparado para eso

-Llevas razón. ¿Qué pasa si lo anuncio y luego me arrepiento? Si me retiro, no viviré mucho más tiempo.

Como cada verano, Chick aprovechó aquella postemporada para narrar los partidos del campus benéfico de su amigo Steve Chase que, tras muchos años en Hawai, ahora se celebraba en Las Vegas. Steve pensaba que tras sus dos operaciones, Chick no acudiría, pero no sólo fue sino que se negó a que le enviaran un coche a recogerle. Quería conducir junto a Marge desde Los Angeles.

Chase recuerda cómo al final del campus, cada año, Chick usaba siempre la misma frase.

This is Chick Hearn once again, reminding you the final score is (…) and here´s hoping we can all be together here again next year. Good night

Ese año, sin embargo, se limitó a decir “This is Chick Hearn saying goodbye” mientras su voz se rompía. Al escucharle, un escalofrío recorrió el cuerpo de Steve mientras se preguntaba para dentro si habría sido la última narración de su amigo.

Ese miércoles Chick y Marge cenaron con Kurt y Linda Rambis en un restaurante chino y luego se tomaron una copa para celebrar que Marge cumplía años al día siguiente. El viernes, ya en Los Angeles, Chick intentó mover una maceta para que le diera más el sol junto a la piscina. Marge había ido a la cocina a preparar algo de comer cuando oyó el golpe de la maceta contra el suelo. Asustada salió al patio y le encontró tirado en el suelo. Se había golpeado la cabeza contra el bordillo de hormigón.

Le gritó, pero no reaccionaba. Le movió, le golpeó. Nada. Nerviosa, fue incapaz de llamar a emergencias. Sólo acertó a alertar a su vecino Sandy Kessler que le colocó una almohada en la nuca y le tapó con una manta a la espera de que llegara una ambulancia que le llevó al mismo hospital donde le habían operado del corazón sólo 8 meses antes.

Chick tenía una hemorragia cerebral que necesitó dos craneotomías. Estaba crítico, pero los médicos tranquilizaron a Marge al decirle que su marido no estaba sufriendo. Ella no se separaba de su lado y no dejaba de hablarle incluso sin saber si podía escucharle. Tres días después de la caída, la tarde del 5 de agosto de 2002, Chick fallecía. Tenía 85 años y faltaba apenas una semana para su 64º aniversario de boda.

***

Nada más conocer la noticia, los aficionados llenaron las puertas del hospital de flores y de tarjetas de despedida que convirtieron el lugar en un improvisado homenaje al hombre que durante más de cuatro décadas les había hecho disfrutar con su voz de las penas y las alegrías de los Lakers. Un aficionado anónimo llevó mantequilla, huevos, una pequeña radio y una nota que simplemente decía “Thanks, Chick”.

Jack Nicholson, el seguidor más glamouroso de los Lakers, no se acercó al hospital pero también quiso rendir homenaje al mítico locutor. El actor hizo una excepción en su norma de no conceder entrevistas y llamó a la redacción de la pequeña televisión local Channel 9 para que enviaran un equipo a su casa para grabarle unas emocionadas palabras de despedida para Chick.

En un comunicado, el comisionado Stern destacaba cómo Hearn consiguió que miles de seguidores se aficionaran a la NBA. Chick había logrado en vida todos los premios posibles, incluida su inclusión en el Hall of Fame de Springfield y una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood Boulevard. Tras su muerte, la ciudad puso además su nombre a una estación de metro y a una calle próxima a la entrada principal del Staples Center, donde desde 2010 hay una estatua suya junto a una silla vacía para que los aficionados puedan fotografiarse con él.

A Jerry Buss, la muerte de Chick le sorprendió de viaje por Europa así que fue Jeanie la que se encargó de organizar sus funerales. Primero una misa con 400 personas en la iglesia de Saint Martin of Tours en Brentwood televisada en directo de principio a fin y oficiada por el arzobispo de Los Angeles, el cardenal Roger Mahony. Allí estaban desde Magic, Riley, Kareem, Worthy, Norm Nixon, Kobe, Rick Fox, Michael Cooper, West o Baylor a compañeros de micrófono como Stu Lanz, Hot Rod Hundley y por supuesto Riley. También acudieron mitos como John Wooden y muchas otras estrellas de otros equipos.

Tras la ceremonia religiosa, 18.000 personas pasaron por la capilla ardiente en un Staples Center en penumbra con un foco iluminando la cabina y la silla vacía de Chick que poco después era enterrado en el cementerio de Holy Cross, junto a Gary y Samantha.

This game’s in the refrigerator: the door is closed, the lights are out, the eggs are cooling, the butter’s getting hard, and the Jell-O’s jigglin’!

Este artículo fue publicado primero en nuestro número de abril de 2017, SKYHOOK7, que puedes comprar aquí. 

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading
Deja tu comentario

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Perfiles NBA

Al Horford, la cuarta hoja del trébol

De las 300 especies de tréboles identificadas, el más famoso es el de las cuatro hojas debido a la anomalía genética que esconde. Y ese ADN es precisamente el que los Celtics tratan de descifrar con Al Horford como el auténtico líder.

jaime.eguen@gmail.com'

Publicado

-

Se dice que la bandera de Irlanda es tricolor debido a que está compuesta por tres franjas cuyo significado es verde simbolizando a los nacionalistas católicos; naranja a los protestantes; y el blanco la paz, que debería reinar entre unos y otros. Sin embargo, en esta ocasión nos centraremos en el verde. Cada 17 de marzo – con motivo de la celebración de San Patricio – los irlandeses se reúnen en un día destinado a beber cerveza, realizar llamativos desfiles y lucir ropas de color verde Kelly.

Según cuentan, dicho color evita que los ‘leprachaun’ aparezcan y te pellizquen las piernas en San Patricio. Eso sí, aquí no acaban las historias y leyendas que unen a Irlanda con este color, el trébol de cuatro hojas también tiene un significado místico que une genética, suerte y fantasía. La primera hoja simboliza la riqueza, la segunda es la fama, luego está el amor y por último la salud. Su rareza lo ha convertido en un presagio de buena suerte e incluso como una señal que indica que encontrarás un tesoro. Aunque, su existencia, se debe a un gen muy especial.

Al Horford, una rareza biológica

Hoy en día se han identificado unas trescientas especies de tréboles, una planta que cuenta con el doble de cromosomas que la especie humana. Sin duda, el más famoso de todos estos es el de cuatro hojas, debido a la mística que lo rodea y la complejidad de avistar uno. La estadística dice que, por cada 10.000 tréboles, hay uno que tiene un folio más. Una excentricidad botánica que reside en una mutación genética, concretamente en el gen PALM1, que es bautizado como el “gen de la buena suerte”.

Abordando el tema que nos trae, los Boston Celtics han encontrado su propio trébol de cuatro hojas. Una anomalía genética al servicio de Brad Stevens y que, año tras año, hace las delicias de los aficionados de los Celtics. Este no es otro que Al Horford, el pívot de origen dominicano que reina en la pintura y es clave en sistema tejido por su entrenador. Estos Playoffs han sido la confirmación (si es que era necesaria) de su figura y han servido para reafirmar su rol en el equipo.

Con los Celtics naufragando en el Este y con un futuro ligado a la incertidumbre, Al Horford ha sido una de las pocas cosas positivas que se llevan de esta nefasta temporada. Con él bien físicamente e imponiendo su ley en el duelo personal, todo es más fácil para el equipo verde. No es un hombre de grandes estridencias, acciones espectaculares o vistosas estadísticas. Horford es un caballero dispuesto a sacrificar todo por el bien común y capaz de realizar concesiones si resultan beneficiosas para el conjunto. Un rol genéticamente extraño de ver y que viene de la mano de una de las mentes más prodigiosas del baloncesto actual.

Al Horford tiene ‘player option’ y podría renunciar a su contrato en el caso de no estar contento con el rumbo que tome la franquicia

De salir de su contrato renunciaría a cobrar $30,123,015

Porque sí, el ‘42’ de los Celtics es la calma dentro de la anarquía, la esperanza en un océano de oscuridad. Para darse cuenta de esto, tan solo hay que echar un vistazo a los Playoffs y entender la coherencia que daba el pívot a cada posesión que pasaba por sus manos. Horford apostó por los Celtics cuando por entonces era complicado y firmó un máximo que fue criticado por muchos, un contrato que se ganó día a día junto con el corazón de la afición de Boston. Muy probablemente, su principal defecto a día de hoy, es que ya tiene 32 años. Una cifra demasiado abultada y que hace realidad las pesadillas de los Celtics.

‘Big Al’, desde los números

Si hablamos de la importancia de Horford en los Celtics, tenemos que trasladarla tanto al apartado ofensivo como defensivo. Este año ha promediado 13.6 puntos, 6.7 rebotes y 4.2 asistencias, números que te pueden resultar indiferentes pero que van mucho más allá. Analizar el rendimiento de Horford desde un punto de vista estadístico tradicional, es parecido a vislumbrar un paisaje sin abrir la ventana.

La salud no ha sido su mejor aliado esta temporada, pero en los 29 minutos por encuentro que ha jugado esta ‘regular season’ ha tenido un ‘Net Rating’ de +6.3. Llevando a los Celtics a obtener con él en pista un 111.8 de ‘Offrtg’ y un 105.5 en el defensivo. Durante los 68 partidos que ha jugado esta campaña, los rivales han visto cómo sus promedios ofensivos bajaban cuando se encontraba en pista.

PlayoffsOffensive RatingDefensive RatingNet Rating
On Court102.798.8+3.9
Off Court87.3102.5-15.2

Tal y como muestra la tabla de arriba, su salida en cancha durante estos Playoffs se traducía en debacle y hundimiento por parte de los Celtics. Un equipo que ha pagado de manera evidente las desconexiones (especialmente en el tercer cuarto). Una tendencia que han seguido durante todo el año y, como suele ser en estos casos, se ha hecho más visible en los Playoffs.

Más allá de las cifras

Por otro lado, analizar el rendimiento de Horford solo enfocándonos en los números sería incorrecto. El pívot tiene cualidades que lo convierten un jugador muy especial, una de ellas –posiblemente la favorita de Brad– es su versatilidad. Su capacidad para defender múltiples posiciones y frenar a jugadores que lo sacan de la pintura, lo convierten en el ancla defensiva del sistema de Stevens. Todo esto sumado a una buena lectura de ayudas y destreza a la hora de hacer correcciones.

Repasando los partidos contra Philadelphia vemos como Embiid sufre de manera muy considerable cuando el ’42’ se queda con él. El ‘Defensive Rating‘ de Boston en los enfrentamientos directos contra Sixers, cuando Al Horford está en pista, es de 102.8 puntos por cada 100 posesiones. Un adversario que esta temporada está promediando 111.5 de ‘Offrtg’ y que (contra Celtics) baja a los 103.4 puntos. Dicho ‘center’ con el tren trasero de un alero, con una capacidad para defender al poste prodigiosa y catalizar la defensa de los Celtics.

Pese a esto, su impacto no solo es visible en defensa, en ataque también desarrolla un papel fundamental. Con él en pista la circulación ofensiva de los Celtics goza de mayor salud y su visión de juego le permite ofrecer soluciones a sus compañeros. Es común verle involucrado en jugadas de ‘pick&pop’ u organizando el ataque desde la cabecera de la bombilla. El año pasado, Tatum y él, mostraron una gran química en ataque y con Irving ha tenido instantes de lucidez ofensiva. Sorprende las pocas veces que este año hemos visto a ‘Al’ y a Hayward ejecutar jugadas de ‘pick&roll’, una combinación que podría haber dado buenos resultados.

Todo esto no fue suficiente para doblegar a unos Bucks que fueron claramente superiores a los Celtics. Un 4-1 que sentó como una losa y despertó muchos fantasmas en el TD Garden, no solo por la derrota, sino por la imagen que dio la plantilla. Un vestuario con problemas y que no supo remar hacia un mismo sentido. Al Horford afrontará la próxima temporada con 33 años, pero antes deberá decidir si mantener su contrato o buscar una vía más sencilla hacia el Anillo. Las declaraciones que hizo acerca de su futuro tranquilizaron a la comunidad y todo hace pensar que seguirá, la gran duda es acerca de quién le acompañará. Además, este muy posiblemente sea su última gran firma en la NBA y cuesta pensar que renuncia a semejante cantidad de billetes.

Al Horford es un trébol de cuatro hojas que brilla en el TD Garden, sin él es complejo imaginar el futuro de la franquicia. Un equipo que tiene que aprovechar los últimos coletazos de una carrera marcada por una anomalía genética que lo han convertido en una figura tan especial. Aunque –como se suele decir por la ciudad de Boston– “It’s not luck’. Lo que está claro es que, el verdadero tesoro, es haber encontrado a ‘Alfredo’.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

Perfiles NBA

Joe Fulks: una leyenda marcada por la II Guerra Mundial

La pequeña Murray State, hoy en boca de todos por Ja’ Morant, es una de las universidades más longevas de la historia. De allí salió una leyenda tardía que interrumpió su formación para unirse a los marines.

maanuf96@gmail.com'

Publicado

-

Carlisle Cutchin, 1925. Una época que se podría catalogar como “basket primitivo”, cuando menos, pero que nos dejó al encargado de instituir uno de los primeros proyectos ambiciosos en el baloncesto. Un estamento deportivo que albergaría sus inicios en Wilson Hall, un lugar que puede pasar desapercibido en el imaginario del lector, pero que fue el primer hogar de uno de los mejores programas de baloncesto universitario que se han conseguido prolongar con el paso de los años. En 1926 este recinto tuvo la suerte de ver nacer a un equipo que ha ido forjando una leyenda sobre su nombre hasta la actualidad, casi un siglo después. Ese conjunto son Los Racers, un claro ejemplo de rozar la gloria desde la humildad.

En Murray State, desde su fundación hasta 1941, fue Carlisle quien estuvo a las órdenes de la que se convertiría en su obra maestra. El entrenador, que solamente había vivido de primera mano la disciplina del fútbol, tuvo una época brillante en el deporte de la pelota naranja y fue fundamental para poner en el mapa a esta universidad.

El legado del coach también quedó reflejado numéricamente con 307 victorias y 106 derrotas, el mejor registro en todos los deportes que dirigió. El entrenador, natural de Calloway County, tiene a día de hoy numerosos récord de la universidad, como el mejor inicio de temporada con 19 victorias y una sola derrota, que llegó además en un apretado encuentro que enturbió una racha impoluta.

Mountjoy a las órdenes del banquillo

Rice Mountjoy había sido director atlético pero en 1941, cuando el mítico Cutchin abandonó el baloncesto para dedicarse al béisbol, fue reclamado para reemplazarle en el banquillo. Este nuevo entrenador llegaría con un gran talento debajo del brazo y muchas ideas para este equipo. El segundo nombre propio, tras el coach, fue el de Joe Fulks. Este jugador nacido en Kentucky estuvo dos temporadas entre las filas de la que se conocía en aquel momento como Murray State Teachers College.

En los dos años de Joe como universitario, solamente uno estuvo dirigido por Rice, dado que tras finalizar el curso decidió emprender una aventura hacía la escuela secundaria de Augusta Tighman. En aquella temporada aún mantendrían el tipo, con 18 triunfos y 4 derrotas. El juego que intentó establecer Mountjoy fue algo diferente a lo que se acostumbraba a ver en esa categoría no profesional.

El técnico tenía en su pizarras jugadas muy físicas que utilizaban como arma principal la fuerza bruta de algunos de sus jugadores. Otros instructores se aferraban a la expresión “más vale maña que fuerza”, pero Rice confiaba en sus ideales. En esos sistemas basados en el juego atlético salió un diamante en bruto que propuso algo diferente. Fulks, aparte de adaptarse a lo que le pedía su entrenador, fue el precursor del tiro en suspensión.

El año de Fulks con Miller

John Miller había sido un jugador de Murray, pero realmente nunca terminó de destacar sobre la pista aunque tuviera una buena forma de entender el deporte. Fue esto lo que le llevó hacía ser el relevo de Mountjoy y el nuevo instructor de ese tirador que había causado tendencia con su mecánica de tiro. El cambio de hombre a las órdenes del vestuario sirvió para darse cuenta del valor real de Fulks.

Con Miller a las riendas solamente firmaron una temporada para el recuerdo de las varias que estuvo allí, y no fue casualidad que coincidiera con el power forward. El impacto de Joe seguía creciendo hasta el punto de mejorar el balance de victorias de su primera season y quedar cuarto en el Torneo Masculino de la primera división de NAIA.

La carrera de Fulks parecía ir en trayectoria ascendente. Un joven chaval que había dominado en la liga universitaria durante dos temporadas y lo mínimo que se esperaba era verle con una elástica de la NBA o BAA en aquella época. El giro de la historia llegó cuando al finalizar el curso donde luchó por ser campeón dejaría de lado el baloncesto para ocupar una profesión distintas unos años.

Adiós a las pistas y hola a las trincheras

En 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, por su atletismo y capacidades mentales fue inducido a alistarse como marine en mayo, poco después de haber sido baloncestista semi-profesional. Joe fue introducido en el 3er batallón de la novena infantería, que ya existía desde la Primera Guerra Mundial, pero había cesado en sus operaciones una vez finalizado el primer conflicto.

Fue en febrero, cuando Fulks disputaba la temporada regular con Murray, cuando se reactivó este cuerpo militar. Una de las primeras paradas fue en Cape Paerata (Nueva Zelanda) en 1943, aunque no fue hasta al incursión de Iwo Jima donde realmente destacó este escuadrón de la Marina durante la Guerra del Pacífico.

Mientras Joe luchaba por la bandera de su país no se habían olvidado de su estancia en Murray St. Con el ex-jugador entre las trincheras, su camiseta con el dorsal 26 se colgaba en lo alto del pabellón. Este acto simbólico fue el único momento de relación con el baloncesto mientras era un soldado, pero realmente lo que él quería era volver a disputar otro tipo de guerras donde no había armas sino un balón naranja que rebotaba sin hacer daño a nadie.

NBAE

Jugar al baloncesto no se olvida

Estar en un altercado político-miliar no había hecho olvidar a Fulks cual era su objetivo, ser un profesional del deporte que tanto había amado. En 1946, ya con 25 años, tuvo la oportunidad de firmar con los Philadelphia Warriors, una franquicia que siempre recordará las temporadas que vivieron con el ala-pívot entre sus hombres.

Pese a haber dejado de lado el basket, su regreso no dejó indiferente a nadie en la BAA. Siendo un rookie su huella se empezaba a grabar en la historia de la liga, puesto que anotando 23’2 puntos de media fue el máximo potencial ofensivo. Las ganas por regresar a esta disciplina le armaron de fuerzas para liderar a sus Warriors a conquistar el anillo de 1947.

Desde el año del campeonato hasta 1949, Joe se volvió un fijo en los mejores quintetos de la competición. El parón en el que cambió la pelota por el arma de fuego pareció que jamás existió dado que había vuelto mejor que nunca y rompiendo las expectativa que tenía puesta cuando jugaba en Murray St. La sensación fue de que entre las barricadas dedicó gran parte de su tiempo a perfeccionar sus habilidades baloncestísticas durante todos los ratos libres, y quien pensara eso no se equivocaba.

Petey Rosenberg, un miembro del equipo de Gottlieb en los viejos Sphas, fue quien le habló a Eddie Gottlieb, quien dirigía a los Phila de aquella época, sobre un soldado al que había visto jugando a baloncesto con unas cualidades maravillosas. En Pearl Harbor fue donde nació la oportunidad de Fulks para ir a cumplir “el sueño del jugador de baloncesto americano”. Su primer contrato fue minúsculo, por no decir testimonial, y es que cobró 5.000 dólares al año. Esta cifra le pareció poco y pidió 8.000 dólares, algo que asustó un poco a la directiva del equipo y obligó al jugador a trabajar duro para conseguir el trozo gordo de pastel con el tiempo tras esa poca confianza en su llegada a la profesionalidad.

El resto ya es historia del baloncesto. Esas noches de anotaciones por encima de los 60 puntos como el 10 de febrero de 1949 con un partido de 27 tiros de campo y 9 tiros libres anotados haciendo un récord que estaría años intacto. En esta velada anotó 63 puntos, con 30 de ellos antes del descanso, siendo un récord hasta que Elgin Baylor le superó el 8 de noviembre de 1959.

Una vez retirado del deporte, Joe se dedicó a ser director de recreación en la prisión del Estado de Kentucky. Su novia y él vivían tranquilamente en el Condado de Marshall hasta que el 21 de marzo de 1976 cambiara su suerte. Después de sobrevivir a una guerra, literalmente a una guerra, murió irónicamente a disparos por el hijo de su compañera sentimental en mitad de una discusión. Se podría que decir que… ¿Quién a hierro mata a hierro muere?

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

Perfiles NBA

Lou Williams, the Underground GOAT

The Underground GOAT. El mejor sexto hombre de la historia, un puesto que no pertenecía a Sweet Lou, pero que abrazó por necesidad, por darwinismo.

gasalvarez@gmail.com'

Publicado

-

Boomin’ out in South Gwinnett like Lou Will

6 Man like Lou Will, 2 girls and they get along like I’m (Lou Will)

Like I’m Lou Will, I just got the new deal

6 man, “If Your Reading This It’s To Late”

Drake

Uno de los grandes raperos del momento te escribe una canción, y de sexto hombre pasas a ser un icono pop. Sobre todo porque el mundo se entera de que andas por allí con dos novias. Los versos de Drake sobre Lou Williams no son más que una anécdota de la vida de unos de los mejores jugadores de banquillo que jamás ha visto la NBA, una anécdota que dio mayor visibilidad a un jugador habitualmente abandonado a la deriva mediática, que siempre destaca a las estrellas individuales en el océano de la liga.

Como el bueno vino, sin embargo, a Lou Will le ha sentado bien el paso de los años, tan bien que él se siente en su mejor momento deportivo. Sus números y su incidencia en la franquicia de Los Angeles Clippers, descabezada de lo que entendemos por estrellas convencionales, confirman sus sensaciones.

Lou, cuando escribo esto, está muy ocupado enviando a los vigentes campeones de la NBA al espejo del baño, donde se miran, buscan los síntomas y no encuentran, por mucho que remuevan en el botiquín dentro del armario, el analgésico adecuado. En una NBA capitalizada por el relato de las estrellas destaca el hecho de que los Clippers, liderados por dos hombres de banquillo –el propio Williams y Montrezl Harrell–, estén peleando contra los Warriors en playoffs mientras LeBron James y sus Lakers se lamentan acurrucados en el sofá de sus casoplones.

El valor colectivo cotiza al alza

Es  mérito de tipos como Lou, humildes, centrados y nada ostentosos, por mucho que se hable de sus dos novias. Según él, tampoco es algo raro en el mundo de la NBA y, siendo sinceros, no es raro en esas esferas de la sociedad. “Tengo que escuchar sobre eso cada día, cada día”, bromea Williams en un perfil de Sports Illustrated. “Hay más jugadores de lo que piensas que hacen eso. Yo solo fui el primero del que se habló en una canción”. Para los más curiosos, Lou deslizó que dejó de verse con una de sus novias, y hasta aquí sabemos.

Vayamos al baloncesto y a sus inicios. Lou compara su estilo en la cancha con el de Rick Ross, porque “es alguien con actitud relajada y que simplemente consigue resultados [en su trabajo]”. Williams de hecho, es un amante de las rimas y los beats. En el instituto, cuando no estaba atento a los profesores, se dedicaba a escribir algunos versos, lo que le ha llevado inevitablemente a tener buen rollo con varias estrellas del rap. Además de rimar, Lou también dejaba marca en el parqué, y de hecho fue proclamado Naismith Prep Player of the Year en 2005, galardón que destaca al mejor jugador de todo Estados Unidos en el instituto. Terminó su trayectoria escolar como segundo máximo anotador histórico en el estado de Georgia. Boomin’ out in South Gwinnett like Lou Will.

Lou apuntaba a primera espada, y tan buenas eran sus perspectivas que optó por saltarse la etapa universitaria y dar el salto directo al Draft NBA. Su mal rendimiento en los entrenamientos previos le enviaron hasta el puesto 45 de la segunda ronda. Un paso atrás que él, con su carácter, convirtió posteriormente en dos pasos al frente.

El espejo de Iverson

En los Philadelphia 76ers, Lou encontró un buen espejo en Allen Iverson. La estrella que él podía ser pero que jamás sería. “Nunca te he visto anotar en un partido de verdad”, le espoleaba AI en uno de sus primeros entrenos con los Sixers.

Williams se fijó mucho en el juego de Iverson, pero la NBA de ese momento había pasado página y buscaba otras características más allá del anotador puro. Además, para eso estaba AI en Philly todavía. Sus dos primeros años no dejaron pistas de lo que escondía ese menor de edad flacucho. Quizás sí que dejó alguna pista el hecho de que él mismo pidiera bajar a jugar con el equipo afiliado de la D-League.

Allí tuvo minutos y pudo destacar, y con los rumores de la partida de Iverson, Williams volvió al equipo y, la siguiente temporada, se estableció como un jugador solvente: le metías, anotaba, cumplía con su papel sin estridencias. Se ganó la extensión con su equipo  y fue creciendo como elemento clave del banquillo. Tras quedar segundo en las votaciones de mejor sexto hombre de la temporada 2011-12, Williams fue traspasado a los Atlanta Hawks.

Con los georgianos tuvo mala fortuna, se rompió los cruzados en su primera temporada  y no encontró su mejor ritmo en la segunda. El traspaso estaba a la vuelta de la esquina: Toronto Raptors es donde Lou empezó a llamar la atención de las gradas.

6th man

Primero la canción de Drake, pero sobre todo un temporadón como mejor sexto hombre de la liga –15,5 puntos, 1,9 rebotes y 2,1 asistencias en 25 minutos de juego–, le labraron cierta fama en la liga. La lógica hubiera sido renovar con Toronto, pero la lógica no cuaja a veces en la NBA.  Su gran campaña acabó en traspaso, quizás cuestión de cotización al alza y algún recelo técnico. Acabó en Los Angeles Lakers, donde acumuló en un año casi las mismas titularidades que en sus siete temporadas en Filadélfia –35 y 38 respectivamente, acumulando 110 partidos de 936 como titular en toda su carrera–.

Williams cumplió de sobras, pero los Lakers eran los mismos de hoy en día, un conjunto depresivo para dentro y para fuera. Lou mostró su frustración al volver a cambiar de cromos dos veces más en medio año. Acabó la temporada de 2017 en Houston y empezó la de 2018 con los Clippers, donde por fin escuchó lo que hacía tiempo que anhelaba escuchar. Con 32 años, Doc Rivers supo ver lo que el resto de equipos no habían visto: un tremendo líder del vestuario y un jugador dispuesto a hacer lo fuera por ayudar al colectivo.

La estrella está en el banquillo

“Yo sí te quiero aquí, para largo”, recuerda Williams sobre su primer encuentro con Rivers y sus palabras. Con 31 años, Lou sacó su mejor juego a relucir gracias al esquema colectivo planteado por Doc, que define así a su actual plantilla: “Quizás no tenemos a muchos tipos que encajen en el criterio tradicional de estrella, pero tenemos a muchos tipos que juegan como estrellas”. Williams selló su segundo premio de mejor sexto hombre de la temporada con 22,6 puntos, 2,5 rebotes y 5,3 asistencias por partido en 32,8 minutos de juego. Los Clippers centraron algunos focos gracias a su juego y a su valor de equipo sin estrellas de primer calibre.

Esta temporada ha sido más de lo mismo, incluso mejor si nos fijamos en los términos relativos. Williams, que se la está liando a Golden State Warriors en la primera ronda de estos playoffs, terminó con 20 puntos, 3 rebotes y 5,4 asistencias por partido en –¡atención!– 26,6 minutos de juego. Efectivo y eficiente como nunca. Su año bien le podría valer su tercer título como mejor sexto hombre de la temporada, un hito solo conseguido por otro histórico Clipper como Jamal Crawford.

Los números están allí, pero la verdadera importancia se esconde entre bambalinas. “Si quieres formar parte de un equipo, ser un jugador de equipo, y realmente lo dices en serio, aceptas el papel que te toca”, comenta Lou en conversación con The Undefeated. “Siempre escuchas esos clichés de ‘voy a hacer lo que sea para ayudar a que el equipo gane’. A mi me pusieron en esa situación. Tenía que predicar con el ejemplo. Sentirlo de verdad. Esa parte se quedó conmigo. Siempre quise ser recordado como un jugador de equipo y no un egoísta”.

De hecho, más allá del valor colectivo que aportan tipos como Williams a la liga, también hay un punto de mentalidad de nuestra sociedad en la que Lou toca hueso. Así nos lo explica él: “Empiezas a hablar con tu familia y nadie te va a decir que deberías aceptar un papel de banquillo. Te van a decir, ‘deberías ser titular, deberías ser una estrella’. Eso fue un contratiempo que me encontré muy pronto en mi trayectoria. Tuve que lidiar con ello”.

Lo que Williams viene a decir es aplicable a la NBA y a la vida. En estos tiempos de capitalismo salvaje, hiperconectado e hipercompetitivo, hay alternativas a la cultura dominante que promueve al individuo que es superior al resto. En el planeta hay casi 8.000 millones de personas, y no todos podemos encajar en el molde. La clave está en entender la posición de cada uno y trabajar duro: no para ser el mejor en algo, sino para ser la mejor versión de uno mismo, que es algo muy distinto. El primer tipo de persona no ayudará al prójimo, mientras que el segundo será un excelente contribuyente a la hora de mejorar lo que sea: un compañero, un equipo, una vida, una familia.

Ver a Lou Williams con la pelota nos recuerda dos cosas: hay que ser bueno, pero sobre todo hay que ser generoso y currante con las miras puestas en mejorar a tu entorno.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

SKYHOOK #16

 

Dossier Gigantes: pasado, presente y futuro de una profesión en peligro

De toscos gigantes a hábiles figuras capaces de hacer casi todo dentro de una pista. La figura del pívot marca el ritmo de su deporte y condiciona épocas, estilos y recuerdos, y a través de ellos viajamos en una travesía de casi ochenta años en el tiempo.

Ya a la venta en papel y digital 

RESUCITA A TUS MITOS

Publicidad

Quinteto Ideal