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Perfiles NBA

La eterna voz de los Lakers

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Chick siempre fue metódico y perfeccionista hasta el extremo. Por eso durante años, cada mañana repetía un ritual frente al espejo que concluía con el nudo de la corbata, la elección de la americana y la apertura de la caja donde guardaba los anillos ganados por sus Lakers en Los Ángeles. Llegó a tener 9 y cada día elegía uno diferente, pero hay uno que nunca quiso ponerse. El de 1972. Ese lo guardaba en una caja diferente. “Ese lo ganó Gary y no puedo ponérmelo”.

Gary, su hijo mayor, murió de sobredosis con 29 años días después de ganar aquel primer titulo en California. Había heredado el carisma y el inconfundible sentido del humor de su padre, al que acompañó en 1956 en el viaje desde el frío de Peoria en Illinois hasta el sol de Los Ángeles para la entrevista que les cambiaría la vida. Desde el principio, Gary supo moverse en Hollywod e incluso llegó a trabajar como extra en alguna de las miles de películas de los 60. Allí conoció a Beverly y se casó con ella, pero el matrimonio apenas duró unos años.

Cuando los Lakers ganaron el último partido del 72, Gary estaba en la grada con su madre Marge. Como siempre. Pero no era un día cualquiera. Esa noche su padre estaba contando a todo el país que eran, al fin, campeones del mundo. Que atrás quedaba más de una década de frustraciones deportivas, casi todas acompañadas de un maldito trébol verde y un humeante puro.

Había que celebrar una temporada para la historia y los Hearn lo hicieron con una fiesta en la piscina familiar aquel primer día de junio. Comieron, bebieron, se bañaron y disfrutaron como merecía la ocasión hasta que la noche empezó a ganar la batalla al día. Mientras el sol se escondía en el horizonte, Gary se fue a comprar tabaco. Nunca regresó. Al día siguiente, apareció muerto en el asiento trasero de un coche al norte de Hollywood.

Hacía tiempo que había pedido ayuda a Marge para salir de las drogas, pero en la glamourosa California de la época el consumo de sustancias prohibidas era algo de uso común incluso entre muchos jugadores de la NBA. Quizá por eso Marge nunca valoró como merecía la adicción  de su hijo. Quizá por eso, nunca le brindó la ayuda que tanto necesitaba. Ahora era demasiado tarde.

Gary dejó unos padres destrozados y una hija, Sannon, huérfana con sólo 9 años que se se trasladó a vivir con sus abuelos y con su tía Samantha. La vida se hizo muy dura a partir de ese fatídico día en el hogar de los Hearn. Chick se refugió en el trabajo, Marge luchaba a diario contra sus remordimientos y el dolor convirtió a Shannon y Samantha en amigas inseparables.

Desde pequeña, Samantha fue una apasionada del deporte, de la poesía y de la moda. Con 17 años fue Miss San Fernando Valley y comenzó a ser una habitual de las revistas y pasarelas de Los Ángeles. Pero detrás de cada foco siempre hay una sombra y Samantha cada vez pasaba más tiempo en la penumbra que bajo la luz. Cuando quiso darse cuenta, estaba en un laberinto de autodestrucción cuya única salida quedó bloqueada con la muerte de su hermano mayor Gary.

En su caso fue la anorexia le que la puso al borde del precipicio. La primera en darse cuenta del problema fue Shannon, su sobrina, que intentó por todos los medios sacarla de aquel  infierno aunque a cambio sólo recibiese fuertes discusiones con su tía. También Chick trató de ayudarla. La contrató como productora de Bowling For Dollars, el concurso de televisión que le había servido a él de salvavidas tras la muerte de Gary. Parecía que esta vez sus padres habían reaccionado a tiempo. Samantha era muy buena en su trabajo y todos la querían, pero lo cierto es que la amenaza seguía latente. En la primavera de 1990 una neumonía obligó a hospitalizarla. Su cuerpo apenas tenía defensas. No era más que un montón de huesos con algo de pellejo alrededor. El 24 de mayo, Samantha moría a los 43 años.

Durante años Chick se preguntó qué habían hecho mal para perder así a sus dos hijos. Qué error había cometido. Pero siempre lo hacía en privado. Con Marge como única confidente. En público no fue capaz de hacerlo hasta que una década después rompió a llorar mientras Steve Springer le entrevistaba para Los Angeles Times. Sólo entonces, aquellas lágrimas que cayeron por su rostro, hicieron que superase el luto interior y que aprendiera a convivir con el dolor de la pérdida de Gary y Samantha.

***

Francis Dayle Hearn vino al mundo un 27 de noviembre de 1916 en Buda, un pequeño pueblo de Illinois de apenas 400 habitantes. Fue allí donde –como tantos otros niños- lanzó sus primeros tiros a una canasta imaginaria con una pelota de calcetines. Pronto sus padres se mudaron a Aurora, apenas a 80 kilómetros de Chicago, donde la familia se hizo numerosa con los nacimientos de Shirley y Richard. Allí también fue donde Francis creció hasta alcanzar el metro noventa que le llevarían a encontrar un hueco en el equipo de Fox Valley High School, un instituto privado que sus padres sólo pudieron pagar durante un semestre. Aquel curso lo terminó en East High donde comenzó a despuntar como jugador y –lo que a la larga sería más importante-  conoció a Marge, una chica seis meses más joven que él que el azar alfabético sentó a su lado en clase.

Por entonces Francis era ya un apuesto estudiante, estrella del equipo de baloncesto por el que suspiraban muchas alumnas. Aunque en principio Marge no estaba entre ellas, acabó aceptando una cita para ir al cine. Pronto vinieron más películas y, sobre todo, muchos partidos a su lado. No obstante ella también jugaba al baloncesto.

Francis llegó a ser capitán del equipo en su año senior y seleccionado como All Conference Player y como Honorable Mention All State Player con la camiseta de East High. Cuando en 1935 se graduó, siguió jugando en la AUU League, donde se proclamó campeón de división con el equipo de Austin Western, la empresa de maquinaria agrícola en la que trabajaba. Para celebrar ese título, la compañía organizó una comida antes de viajar a Denver, donde se disputaría el torneo nacional. Ese día sus jefes –hartos de escuchar sus quejas por el estado de sus zapatillas- entregaron a Francis un regalo. Él, nervioso, no se percató de las risas de sus compañeros mientras rompía el papel que envolvía aquella caja. Las risas se convirtieron en estruendosas carcajadas cuando la abrió y –en lugar de unas flamantes zapatillas nuevas- encontró un pollo muerto y podrido. Desde entonces Francis pasó a ser conocido como Chicken y más adelante como Chick.

***

Francis era feliz en esa empresa, pero estaba cansado de trabajar sentado en una oficina. Él quería ser vendedor y además tenía ofertas para jugar en varias universidades, así que en 1937 decidió que había llegado el momento de dar un nuevo giro a su vida. Dejó la Austin Western y en Nochebuena le pidió matrimonio a Marge. Empero, la alegría del compromiso y sus planes profesionales de futuro se truncaron ese mismo día, cuando su padre sufrió un accidente laboral que le impediría volver a trabajar. Así las cosas, no tuvo otra opción que seguir en su puesto de trabajo para mantener a su familia y para ahorrar dinero para su boda con Marge, que se celebró el 13 de agosto de 1938 en la Iglesia de St. Mary, en Aurora.

Cuatro años más tarde, nacía Gary. Para entonces Francis trabajaba como comercial en una farmacéutica y mataba el gusanillo del baloncesto arbitrando partidos universitarios. Cuando el pequeño Gary apenas tenía 7 meses, su padre recibió una carta que le reclamaba su incorporación a las tropas que luchaban en la II Guerra Mundial. Su destino sería la base de Manila, en el Pacífico Sur, donde Chick organizó un equipo de baseball entre sus compañeros de filas. No debían ser malos, pues ganaron los 82 partidos que disputaron. Poco después, los mandos decidieron crear la Armed Forces Radio para retransmitir los partidos con los que las tropas se entretenían entre misión y misión. Y el soldado Hearn fue el elegido para ponerse frente al micrófono pese a que no tenía ninguna experiencia. En realidad  allí nadie la tenía.

Cuando en 1945 terminó la guerra y regresó a casa, Francis ya estaba enamorado de la radio para siempre, así que se puso a buscar una emisora que le quisiera contratar. Probo en Aurora e incluso en Chicago. Pero siempre recibía la misma respuesta: necesitaba un título universitario. Hasta que llamó a la puerta de la WMRO, una pequeña radio local donde le dieron su primera oportunidad. A cambio de 25 dólares semanales, hacía de todo: noticias, programas religiosos y, lo que de verdad le gustaba, narrar los partidos de los Aurora Clippers, un equipo semi profesional de fútbol americano.

Su carrera continuó en la WBNU, otra emisora de Aurora donde le encargaron presentar un concurso que se emitía desde la última planta del Hote Lealand, un rascacielos construido en 1921 que era el más alto del Estado con excepción de los que ya entonces hacían famosa a Chicago. Allí, en las alturas, estaba el Sky Club que daba nombre al programa de Chick:  “The Sky´s the limit”.

La fama de Hearn iba creciendo en Aurora, y cuando el equipo local de baloncesto se clasificó para el Sweet Sixteen, un prestigioso torneo estatal que se celebraba en Champagne-Urbana, la WBNU le encargó que sustituyera al narrador habitual, que estaba enfermo. El plan era que sólo haría un partido, pero Francis se las arregló para que sus jefes le dejaran hacer todos.

Le puso tanto entusiasmo, que el doctor A.J.Haussler quedó impresionado y le ofreció convertirse en el narrador de los partidos de la Universidad de Bradley (Peoria), de la que era vicepresidente. Eso estaba a más de 200 kilómetros de Aurora y Francis no tenía dinero para mudarse hasta allí con su familia que ahora tenía otro miembro, la pequeña Samantha. Pero no podía rechazar la oferta, así que pidió 10.000 dólares a uno de sus tíos y emprendió el viaje. En Bradley se convirtió en la voz de los equipos de baloncesto y de fútbol americano, pero disfrutaba tanto con su trabajo que se buscó otro empleo como narrador de partidos de High School en Week Radio. Cuando la emisora montó una televisión local, Francis estrenó además un informativo deportivo todas las noches.

A principios de los años 50 su estilo delante del micrófono tenía cada vez más seguidores como Tex Winter, que intentó ficharle para la Universidad de Kansas State. También estuvo cerca de convertirse en el narrador de los St.Louis Cardinals para la NBC, pero no superó la entrevista que le había conseguido Curt Gowdy, uno de los referentes de la profesión en aquella época. El destino tenía otro plan para Francis que acabó fichando  por la KNK, un radio de Los Angeles que buscaba alguien que transmitiera los partidos de fútbol americano de la USC. Así fue cómo llegó Chick a California en 1956.

***

En la otra punta del país, en la helada Minneapolis, Bob Short buscaba la fórmula mágica que hiciera rentables económicamente los éxitos deportivos de los Lakers, que conseguían anillo tras anillo con Mikan pero que no llenaban las arcas de la franquicia. Short tenía claro que su única opción era llevarse el equipo a la costa oeste y no cejó hasta lograrlo en 1960.

El primer año en Los Angeles tampoco fue sencillo. Entre otras cosas porque los Lakers no tenían una cancha estable y alternaban sus partidos entre el Sports Arena, el California State o el Shrine Auditorium. La media de asistencia rondaba los 5.000 espectadores, que se redujeron a 4.000 durante la primera ronda de playoffs contra los Pistons. Tampoco mejoró la cosa en la los dos partidos que abrieron la siguiente serie contra los Hawks de San Luis.

En un intento desesperado por llenar las gradas, Bob Short negoció un acuerdo con la KNX para emitir por la radio el resto de la eliminatoria. La misma noche que se cerró el contrato, a las 2 de la madrugada, sonó el teléfono en casa de los Hearn. Cuando,  somnoliento, Chick descolgó el auricular oyó al propietario de los Lakers en persona que le preguntaba si estaba dispuesto a coger un avión y presentarse inmediatamente en San Luis para narrar el quinto partido de la serie. Al día siguiente, el 27 de marzo de 1961, estaba contando por las ondas una victoria por 121-112 que ponía por delante a los Lakers 3-2.

El sexto se disputaría en casa y, de repente, el Sports Arena se llenó con 14.844 espectadores. Tres veces más de lo habitual. Los Lakers perderían aquel partido y quedarían eliminado en el séptimo, pero había encontrado un narrador para toda la vida. Literalmente.

Chick compaginó los primeros meses con su empleo en la USC, pero a final de temporada tuvo que elegir y tuvo claro que quería seguir con los Lakers. También los Lakers tenían claro que no querían dejarle escapar aunque para ello tuvieran que ponerle un helicóptero después de los partidos en casa que le permitiera llegar a tiempo a los estudios de Channel 4 en Burbank, donde cada noche presentaba las noticias deportivas.

A pesar de que cada vez iba más gente a ver al equipo, la franquicia seguía sin ser rentable y en 1965 Short a punto estuvo de fusionarla con los Dodgers de baseball. Si no lo hizo fue porque en el último momento apareció Jack Kent Cooke con 5 millones de dólares. El nuevo propietario era multimillonario, pero no tenía ni idea de baloncesto. Incluso reconocía que nunca había visto un partido de la NBA, así que nombró como Assistant General Manager a Chick Hearn que, además de narrador, pasó a ser su mano derecha en los despachos.

Perfeccionista y exigente hasta el extremo, Cooke podía convertir el día a día en un infierno para sus empleados. Ninguno tenía garantizado su puesto si enfadaba al jefe. La única excepción era Chick, intocable pese a que era habitual que ambos chocaran. Como cuando intentó que cambiara su estilo en el micrófono por uno más “corporativo”. No le gustaba que Hearn fuera tan duro con los fallos del equipo que le pagaba el sueldo. Incluso intentó que dejara de decir que los Lakers vestían de purple and gold para que dijera que los uniformes eran blue and gold. Pronto comprobó que si algo era innegociable para Chick, era su forma de narrar los partidos. “No soy una cheerleader”, decía.

Así que los entrenadores angelinos siguieron escuchando su inconfundible voz a pocos metros cuestionando sus decisiones tácticas o quejándose de que le taparan la visión de la cancha. Así que los aficionados se acostumbraron a sus críticas como el día que, tras recibir un homenaje en el descanso, Chick agarró el micrófono para exclamar: “y ahora a ver si los Lakers mejoran porque están jugando como una banda de perros”. Así que los directivos fueron testigos de momentos como aquel de 1979 cuando les dijo a la cara “esto es lo primero que ganamos en una semana” después de que una moneda al aire decidiera que los Lakers elegirían los primeros en el draft.

Hearn era, seguramente, el más crítico con el juego de los Lakers, más incluso que con el de sus rivales, porque a él sólo le dolía su equipo. En palabras de Scott Ostler, reportero del LA Times, “cuando llevas a tus hijos a una fiesta en la que todos los niños se portan mal, tu sólo te preocupas de los tuyos”. Y es que las estrellas de los Lakers eran para Chick como hijos y como tal ejerció con ellos. Con el paso de los años se convirtió en  la figura paternal con la autoridad necesaria para darles consejos en los momentos claves de sus carreras.

Hearn fue un padre para West y Baylor o para Shaq y Kobe, pero por encima de todos lo fue para Magic desde el mismo día de la negociación de su primer contrato. Johnson reconoce que su opinión fue fundamental para convencerle de que aceptara la oferta de los Lakers como le decía su padre en lugar de regresar una año más a Michigan como estuvo a punto de hacer.

Y es que Chick siempre tuvo claro que Johnson sería una leyenda y estuvo a su lado en las duras y en las maduras. Cuando había que celebrar un titulo, cuando tocaba tirarle de las orejas por poner en la diana a Westhead o cuando el VIH cambió su vida. Compartían confidencias, largas conversaciones a solas durante el desayuno en los hoteles y también muchas discusiones. Como un amigo verdadero. Como un padre.

Sólo hay una persona que tuvo una relación parecida con él y ese fue Pat Riley, que siempre dice que le debe a Chick su legendaria carrera como Laker. Y no va desencaminado. De hecho, fue quien convenció al club para que fichara a un joven jugador que vagaba desesperado en Portland. También fue quien le ofreció comentar junto a él los partidos cuando Riley se retiró de la canchas y buscaba sin éxito un trabajo como asistente en las universidades de Los Angeles.

Chick volvió a darle el consejo adecuado al empujarle a aceptar ser asistente de Westhead cuando éste tuvo que asumir el cargo de entrenador tras el accidente de bicicleta que truncó la carrera de McKinney.  Riley, que tenía muchas dudas porque le encantaba su trabajo de comentarista, pero Chick le dijo que utilizara la oportunidad para aprender a ser entrenador. Si la aventura salía mal, prometía guardarle el puesto de comentarista. El resto es historia.

También fue especial su relación con Jerry Buss que compró la franquicia en 1979. A diferencia de Jack Kent Cooke, el nuevo propietario era fanático del equipo y un gran admirador suyo. No sólo él, también su hija Jeanie que no se perdía los concursos que por entonces Chick presentaba en televisión.

Fruto de esa admiración y de ese respeto, Buss acudiría a él como consejero ante cualquier decisión difícil, pero una de sus primeras medidas fue descargarle de responsabilidades. Le liberó del cargo de Assistant General Manager y también dejó de ejercer de delegado del equipo en los viajes, unas funciones que había asumido por inercia con el paso de los años. El doctor Buss quería que se centrara en los que mejor sabía hacer: narrar los partidos de los Lakers.

Y es que a esas alturas de su carrera, Chick era ya toda una institución. Un referente que había legado al baloncesto un sentido del humor sarcástico muy particular que a menudo sufrían sus colaboradores y el resto de periodistas que viajaban con el equipo por todo el país. Cualquiera, en el momento más inesperado, podía ser objeto de una de sus bromas que a veces incluso rozaban la impertinencia.

El humor era fundamental también durante los partidos cuando su rapidez mental era capaz de inventar descripciones sorprendentes para cualquier situación del juego. Fruto de esa imaginación nacieron expresiones que hoy son habituales para los aficionados. Definiciones como slam dunk para los mates, airball para los tiros que no tocan aro, triple-double o el garbage time. Suyas son también frases como he trhows up a brick que dedicaba a los malos tiradores o he´s yoyoing up and down con la que señalaba a los bases que abusaban del bote. Si los árbitros permitían el juego duro, Chick tenía claro que en ese partido no harm, no foul. Si un jugador hacía una buena finta, decía que había metido a defensor en la popcorn machine y si alguien fallaba un tiro fácil por adornarse demasiado bramaba que the mustard´s off the hot dog.

Pero su letanía más recordada la utilizaba cuando sus amados Lakers finiquitaban un partido: This game’s in the refrigerator: the door is closed, the lights are out, the eggs are cooling, the butter’s getting hard, and the Jell-O’s jigglin’!  Por cierto, la parte de la gelatina la incorporó tras una de las habituales comidas en casa de la madre de James Worthy. O como le bautizó Chick, Big Game James. Y es que en su repertorio también encontramos apodos inolvidables como Mr. Clutch West.

Hearn era muy meticuloso en la preparación de los partidos y durante el directo tenía que tener todo controlado. Sus narraciones se emitían a la vez por la radio y por la televisión, por lo que se esforzaba en ser tan descriptivo como para que los que no estaban delante de una pantalla pudieran dibujar en su cabeza la imagen de lo que sucedía en el parqué.

Durante años lo hizo solo. Sin más compañía que sus papeles escritos a mano, el micrófono y los auriculares por los que escuchaba las órdenes de los regidores. Cada temporada acumulaba nuevas manías a las que no estaba dispuesto a renunciar cuando en 1967 el club contrató a Al Michaels a sus espaldas para que enriqueciera las retransmisiones. Jack Kent Cooke había firmado un jugoso contrato de publicidad con una petrolera que exigía a cambio un color announcer. A Chick no le hacía ninguna gracia, pero no tuvo más remedio que aceptar la imposición aunque al bueno de Al sólo le dejaba hacer algún anuncio y leer los resultados del resto de partidos en el descanso. Duró 4 partidos de pretemporada y 7 de liga regular.

No le fue mucho mejor al segundo candidato, Dick Schaad y tampoco fue fácil el primero de los cuatro años que compartió con el ex jugador de los Lakers Hot Rod Hundley. Algo mejor se adaptó a Lynn Shackelford, que fue su pareja profesional durante seis temporadas, incluida la del anillo del 72.

Con el tiempo, Chick se acostumbró a tener un compañero y cuando Shackelford se fue en 1976 el propio Hearn eligió como sustituto a Pat Riley al que animaba a hacer todos los días el crucigrama del New York Times para ampliar su vocabulario. Tres temporadas después, como ya hemos contado, Riley probaría suerte como asistente del entrenador Westhead en lo que en principio iba a ser un trabajo temporal.

Para cubrir su puesto Chick llamó a Keith Erickson, otro ex jugador de los Lakers que, además era amigo personal de los Hearn y que trabajaba en la CBS. En principio se trataba de cubrir el hueco hasta que Riley regresara, pero ese momento nunca llegó y Keith vivió al lado de Chick los años gloriosos del Showtime.

Tras el título del 87, llegó Stu Lanz, entonces comentarista de los San Diego Clippers. El primer día que se entrevistó con Hearn para su fichaje, Lanz tenía faringitis y le dijo que apenas podía hablar. “Perfecto, estás contratado”, le contestó. Ese día comenzó una relación profesional que duraría nada menos que 15 años. La más longeva de todas, quizá porque fue el primero que se atrevió a discrepar de él en directo para desconcierto de Chick que con el tiempo aprendió a apreciar esas discusiones en antena.

Pero de su extensa carrera profesional, Hearn guardaba un recuerdo muy especial para alguien con quien narró un sólo partido: el All Star Game de 1988. Ese día a su derecha estaba Johnny Most, su némesis de los Celtics con el que disfrutó como pocas veces en su vida. Ambos dejaron una retransmisión radiofónica para la historia llena de carcajadas y piques entre dos genios.

En 1992 Hearn estuvo en Barcelona para contar al mundo los partidos del Dream Team y en su currículum encontramos también otros hitos desconocidos por muchos como el primer Frazier-Ali de la historia. Por no hablar de las 11 películas en las que participó -incluida White men can´t jump– la veintena de programas de televisión que presentó o su aparición en The Simpsons.

***

Pero lo que convirtió en leyenda a Hearn fue su racha de 3.338 partidos consecutivos de los Lakers. En 42 temporadas sólo se perdió dos encuentros. El primero en 1965 porque la NBC le encargó retransmitir un torneo de golf. El segundo por culpa del temporal que le impidió volar hasta San Francisco tras un encuentro de fútbol americano entre la Arkansas University y Texas Tech en Fayetteville. Aquella noche el piloto le dijo que no veía claro el despegue. “Si a ti no te gusta, a mi tampoco”, contestó Chick antes de volverse al hotel.

Al día siguiente estaba en Los Angeles para narrar la victoria por 110-104 contra Philadelphia y comenzar así su histórica racha que duró hasta finales de 2001 aunque hubo muchas noches en las que tuvo motivos físicos más que justificados para no ir a trabajar. Como el cáncer de próstata que le diagnosticaron y que le obligó a recibir radioterapia. Chick se las apañó para que se la dieran en verano. Cuando la temporada hubiera terminado.

Steve Lombardo, médico del equipo, recuerda cómo a principios de los 90 le tuvieron que hacer una artroscopia en su rodilla en mitad de la temporada, pero aún así siguió yendo a todos los partidos. A veces, cuando jugaban fuera, el doctor del equipo contrario tenía incluso que drenarle la articulación e inyectarle cortisona para que pudiera andar.

Según Marge, Chick no llevaba la cuenta hasta que llegó a los 1.000 partidos y alguien del club le informó de la efeméride. Sólo tras alcanzar los 2.500 empezó a tomarse en serio su récord, aunque no le obsesionaba. O eso decía. Una noche de 1995, cuando ya superaba los 2.700 encuentros, se dañó la cornea al quitarse la lentilla. Apenas podía ver, pero en lugar de descansar pidió que le sentaran a pie de pista para poder narrar el partido.

Esa misma temporada una laringitis la noche que los Spurs visitaban Los Angeles le obligó a dejar el partido para que Stu Lanz narrara la segunda parte con la ayuda Magic que estaba en la grada. Lo mismo sucedió en 2001, también contra los Spurs pero esta vez en San Antonio. Aquel partido lo terminó de ver en el vestuario junto al lesionado Kobe. “Fue muy divertido. Él seguía comentando el partido y yo viví un show privado en directo”. Menos gracia le hizo a Shaq el día que Chick llegó en silla de ruedas y el pívot le preguntó si podía hacer algo por él. El viejo locutor le espetó a la cara: “coger un maldito rebote”.

A finales de 2001 empezó a tener problemas de corazón y por primera vez se le pasó por la cabeza dedicar más tiempo a Marge, a Shannon y a su bisnieta Kayla. Pero antes quería acabar la temporada. Por eso cuando acudió a urgencias y los doctores le dijeron que necesitaba dos transfusiones de sangre, Chick les dijo que sólo tenía tiempo para una. Había dejado solo a Stu haciendo la previa del partido y quería llegar a tiempo para el salto inicial.

El 16 de diciembre de 2001, sintió un dolor en el pecho mientras descansaba en casa tras una victoria contra los Warriors. El doctor Patterson le diagnosticó un ataque leve al corazón. Era sólo un aviso, pero necesitaba una operación para desbloquearle una válvula de la aorta y esta vez no podía esperar al verano. A sus 85 años, Chick rompía así su histórica racha.

***

Le operó el doctor Michael Soltero en el Northridge Hospital Medical Center de Los Angeles donde decenas de periodistas se agolparon aquel 19 de diciembre para interesarse por su salud. Cuando su nieta Shannon bajó a contarles cómo había ido la intervención, contó que “el médico le ha dado a elegir entre la válvula de un cerdo o la de una vaca. Ha elegido la de la vaca y nos ha dicho que le disparemos si mañana se despierta mugiendo”

El primer partido de los Lakers sin Chick en 42 años fue el día de Navidad contra Houston y el encargado de sustituirle fue Paul Sunderland que pidió sentarse en una silla distinta porque sabía que Hearn acabaría regresando a su sitio. Sunderland terminó narrando 56 partidos en los que, según sus propias palabras, se limitó a intentar sobrevivir.

Chick marcó el partido contra Indiana del 1 de marzo como el de de su regreso al Staples pero el 17 de febrero, tras ver por televisión cómo los Lakers perdían con Portland, le dijo a Marge que se arreglase para salir a cenar fuera. Necesitaba tomar el aire para que se le pasara el enfado por la derrota.  Camino del restaurante, paró en una gasolinera de San Fernando Valley, entre Ventura y Balboa. Salió del coche sin darse cuenta de que había dejado el contacto encendido. El coche empezó a moverse, Marge gritó asustada y él apenas acertó a quitar la llave del contacto, pero no pudo evitar que la puerta le golpeara y le tirara al suelo. Su cadera se rompió en mil pedazos. Dos meses después estaba de nuevo en el quirófano para que le implantaran una prótesis.

Por fin, el 9 de abril pudo regresar al trabajo. Utah visitaba el Staples Center y los 19.000 espectadores le recibieron con una estruendosa ovación que le obligó a levantarse a saludar emocionado. Fue lo que él mismo definió como el momento más feliz que había vivido desde su boda. Chick volvía a formar parte del equipo y ni siquiera permitía que le sentaran en una silla de ruedas para moverse por los aeropuertos. Tampoco hacía caso al terapeuta que Mitch Kupchak contrató para que le acompañara en los viajes.

La temporada terminó con unos playoffs en los que los Lakers se deshicieron de Portland, San Antonio y Sacramento antes de barrer a los Nets en la final y lograr el tercer título consecutivo con Shaq y Kobe. El noveno de la colección de Chick.

Marge pensaba que ese 12 de junio, al final de ese partido en el Continental Airlines Arena, Chick anunciaría en público su retirada. Pero no lo hizo. Desde mediados de los 80, los Lakers seguían de cerca de otros narradores para cuando se jubilase. Pero los años pasaban y los que colgaban el micrófono eran los candidatos a sucederle.

Días después del título, Larry Stewart, crítico del LA Times le entrevistó en su casa.

-¿Has pensado en retirarte cuando acabe la próxima temporada?

– Es lo que quiere Marge, pero no estoy preparado para hacer ese anuncio

– Nunca vas a estar preparado para eso

-Llevas razón. ¿Qué pasa si lo anuncio y luego me arrepiento? Si me retiro, no viviré mucho más tiempo.

Como cada verano, Chick aprovechó aquella postemporada para narrar los partidos del campus benéfico de su amigo Steve Chase que, tras muchos años en Hawai, ahora se celebraba en Las Vegas. Steve pensaba que tras sus dos operaciones, Chick no acudiría, pero no sólo fue sino que se negó a que le enviaran un coche a recogerle. Quería conducir junto a Marge desde Los Angeles.

Chase recuerda cómo al final del campus, cada año, Chick usaba siempre la misma frase.

This is Chick Hearn once again, reminding you the final score is (…) and here´s hoping we can all be together here again next year. Good night

Ese año, sin embargo, se limitó a decir “This is Chick Hearn saying goodbye” mientras su voz se rompía. Al escucharle, un escalofrío recorrió el cuerpo de Steve mientras se preguntaba para dentro si habría sido la última narración de su amigo.

Ese miércoles Chick y Marge cenaron con Kurt y Linda Rambis en un restaurante chino y luego se tomaron una copa para celebrar que Marge cumplía años al día siguiente. El viernes, ya en Los Angeles, Chick intentó mover una maceta para que le diera más el sol junto a la piscina. Marge había ido a la cocina a preparar algo de comer cuando oyó el golpe de la maceta contra el suelo. Asustada salió al patio y le encontró tirado en el suelo. Se había golpeado la cabeza contra el bordillo de hormigón.

Le gritó, pero no reaccionaba. Le movió, le golpeó. Nada. Nerviosa, fue incapaz de llamar a emergencias. Sólo acertó a alertar a su vecino Sandy Kessler que le colocó una almohada en la nuca y le tapó con una manta a la espera de que llegara una ambulancia que le llevó al mismo hospital donde le habían operado del corazón sólo 8 meses antes.

Chick tenía una hemorragia cerebral que necesitó dos craneotomías. Estaba crítico, pero los médicos tranquilizaron a Marge al decirle que su marido no estaba sufriendo. Ella no se separaba de su lado y no dejaba de hablarle incluso sin saber si podía escucharle. Tres días después de la caída, la tarde del 5 de agosto de 2002, Chick fallecía. Tenía 85 años y faltaba apenas una semana para su 64º aniversario de boda.

***

Nada más conocer la noticia, los aficionados llenaron las puertas del hospital de flores y de tarjetas de despedida que convirtieron el lugar en un improvisado homenaje al hombre que durante más de cuatro décadas les había hecho disfrutar con su voz de las penas y las alegrías de los Lakers. Un aficionado anónimo llevó mantequilla, huevos, una pequeña radio y una nota que simplemente decía “Thanks, Chick”.

Jack Nicholson, el seguidor más glamouroso de los Lakers, no se acercó al hospital pero también quiso rendir homenaje al mítico locutor. El actor hizo una excepción en su norma de no conceder entrevistas y llamó a la redacción de la pequeña televisión local Channel 9 para que enviaran un equipo a su casa para grabarle unas emocionadas palabras de despedida para Chick.

En un comunicado, el comisionado Stern destacaba cómo Hearn consiguió que miles de seguidores se aficionaran a la NBA. Chick había logrado en vida todos los premios posibles, incluida su inclusión en el Hall of Fame de Springfield y una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood Boulevard. Tras su muerte, la ciudad puso además su nombre a una estación de metro y a una calle próxima a la entrada principal del Staples Center, donde desde 2010 hay una estatua suya junto a una silla vacía para que los aficionados puedan fotografiarse con él.

A Jerry Buss, la muerte de Chick le sorprendió de viaje por Europa así que fue Jeanie la que se encargó de organizar sus funerales. Primero una misa con 400 personas en la iglesia de Saint Martin of Tours en Brentwood televisada en directo de principio a fin y oficiada por el arzobispo de Los Angeles, el cardenal Roger Mahony. Allí estaban desde Magic, Riley, Kareem, Worthy, Norm Nixon, Kobe, Rick Fox, Michael Cooper, West o Baylor a compañeros de micrófono como Stu Lanz, Hot Rod Hundley y por supuesto Riley. También acudieron mitos como John Wooden y muchas otras estrellas de otros equipos.

Tras la ceremonia religiosa, 18.000 personas pasaron por la capilla ardiente en un Staples Center en penumbra con un foco iluminando la cabina y la silla vacía de Chick que poco después era enterrado en el cementerio de Holy Cross, junto a Gary y Samantha.

This game’s in the refrigerator: the door is closed, the lights are out, the eggs are cooling, the butter’s getting hard, and the Jell-O’s jigglin’!

Este artículo fue publicado primero en nuestro número de abril de 2017, SKYHOOK7, que puedes comprar aquí. 

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NBA

Exponiendo el ‘Fenómeno Cowens’

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”.

jakonako10@gmail.com'

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Dave Cowens es, posiblemente, uno de los componentes de la prestigiosa lista de los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA que menor interés y entusiasmo despierta entre los seguidores de la mejor liga de baloncesto del planeta.

En una década dominada por auténticas leyendas de los tableros como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar, Bob McAdoo, Bill Walton, Elvin Hayes o Nate Thurmond, Cowens nunca poseyó el aura de estrellato de sus contemporáneos pese a combatir de tú a tú con todos ellos tanto en premios colectivos como en distinciones individuales.

Su conocimiento del juego, su ética de trabajo, su versatilidad y energía en la cancha lo convirtieron no solo en uno de los ‘5’ más determinantes y respetados de la época, sino que incluso, en muchos momentos, hizo olvidar la ausencia del jugador que había conquistado su undécimo campeonato con los Celtics apenas unos años antes de su llegada a la liga: Bill Russell.

Más allá de sus éxitos como jugador, Cowens era una figura particularmente extravagante e impredecible, notablemente despegada de la masificación multitudinaria de una NBA que, por otro lado, no pasaba por sus mejores años.

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”, reconocería el exjugador en 1991 durante la ceremonia en la que sería incluido en el ilustre Hall Of Fame. Una frase que resumiría el carácter humilde de un jugador que, a base de una entrega y una fortaleza inconmensurables, se ganaría el respeto de toda la afición de Boston y de sus compañeros de equipo, así como de la gran mayoría de sus rivales repartidos por todos los rincones de la geografía norteamericana.

Curiosamente, y como tantos otros jugadores cuyos testimonios han dado constancia de ello, la vida de Cowens podría haber seguido unos derroteros completamente distintos. Con apenas ocho años de edad, el pequeño Dave dio sus primeros pasos en el mundo de la canasta aunque un enfrentamiento con su entrenador durante su primer año de instituto en la Newport Catholic le hizo abandonar prematuramente el baloncesto para dedicarse al atletismo y la natación.

Su trayectoria deportiva amenazaba con seguir por esta nueva senda y con mínimas opciones de salir de su ciudad natal en el estado de Kentucky de no ser por un sorprendente crecimiento de 13 centímetros en apenas un año, tras lo cual alcanzaría los casi dos metros de estatura.

Una figura mucho más intimidante, curtida durante sus exigentes entrenamientos en ambas disciplinas deportivas, que le abrió de nuevo las puertas del equipo de baloncesto coincidiendo con la llegada de un nuevo entrenador.

El nacimiento del fenómeno

En apenas dos partidos, el novato se ganó la confianza de su técnico y su presencia inamovible en el quinteto inicial. Sus 13 puntos y 20 rebotes de promedio durante su último año ya auguraban un prometedor futuro que se confirmaría años después en la élite norteamericana fruto de su destreza cerca del aro.

El ‘Fenómeno Cowens’ se hallaba en plena ebullición y no pocas fueron las universidades que mostraron interés en reclutar a una de las mayores promesas del país. Sin embargo, la Universidad de Kentucky del legendario coach Adolph Rupp, destino que anhelaba el imberbe Cowens, nunca llegó a llamar a su puerta. Especialmente dolido ante la indiferencia exhibida por el equipo de su estado natal, el jugador optó por hacer las maletas rumbo a la Universidad de Florida State, donde su entrenador Hugh Durham, con quien cuajaría una gran amistad, le prometió la titularidad desde el primer minuto.

El center respondió a esta confianza con creces con unos números globales de 19.2 puntos y 17.0 rebotes en sus tres años con los Seminoles, quienes, sin embargo, no llegaron a firmar ninguna aparición en el torneo final de la NCAA. Su dorsal número 13 es, a día de hoy, el único, en el apartado masculino, que ha sido retirado por la institución deportiva en sus más de cien años de historia.

Su extraordinario rendimiento no pasaría desapercibido en los despachos de Boston. Red Auerbach, todo un maestro en las artes del baloncesto y un genio a la hora de reclutar talento para su equipo, no dudó ni un segundo en seleccionar a Cowens en la cuarta selección del Draft de 1970 en su difícil propósito de hacer olvidar a toda una institución en el lugar como lo fue Bill Russell, retirado un año antes.

Por enésima vez en su carrera, la excelsa intuición de Red dio en la diana con un jugador que, nada más aterrizar en la competición, recibiría el premio al Rookie del Año tras promediar 17.0 puntos y 15.0 rebotes por noche. Unos números que mantendría inamovibles durante sus siete siguientes temporadas en la competición, durante las cuales sería elegido para disputar el All-Star Game en todas y cada una de ellas, además de recibir el galardón al MVP de la temporada en 1973. Aún así no sería hasta un año después cuando la gloria aterrizara de nuevo en Boston en modo de duodécimo campeonato.

En aquellas Finales de 1974, Cowens escribió uno de los capítulos más recordados de su carrera. En el séptimo y definitivo partido, con la cancha de los Bucks de un tal Lew Alcindor como escenario de lujo, el interior dio un auténtico recital en ambos lados de la cancha que se saldó con un doble-doble de 28 puntos y 14 rebotes, y, principalmente, una victoria que devolvía a los Celtics a lo más alto del pabellón baloncestístico norteamericano.

Dos años después, con un tropiezo en medio ante los Washington Bullets de Wes Unseld y Elvin Hayes, los Celtics recuperarían el trono de la NBA tras vencer a Phoenix Suns en unas Finales que se prolongaron hasta el sexto partido y en las que Cowens fue uno de los principales referentes de su equipo con unos números de 21.0 puntos y 16.4 rebotes por partido.

El declive

Sin embargo, ese nuevo campeonato supuso el comienzo del fin de la carrera del de Ketucky. Ese mismo verano, la salida de su gran amigo Paul Silas rumbo a Denver no sentó nada bien a un Cowens que se reunió con Auerbach para comunicarle su “pérdida de entusiasmo por el juego.” Una situación que desencadenó en una de las anécdotas más excéntricas del jugador. Después de confirmar su marcha del equipo al gerente y despedirse de sus compañeros, Dave regresó a su granja familiar para iniciar un negocio de venta de árboles de Navidad.

Curiosamente, apenas unos meses antes había sido protagonista de una historia que el mismo relataría años después a ESPN. Aprovechando la llegada a Boston de un gran amigo de la infancia, el pívot de los Celtics tuvo una idea tan original como excéntrica para mostrarle la ciudad a su invitado. Ni corto ni perezoso, Cowens acudió a una oficina de la Asociación de Taxistas Independientes de Boston y compró, por la módica cantidad de 35 dólares, una licencia profesional. Sería taxista por una noche.

Durante toda la noche, el jugador guió a su amigo por los rincones más emblemáticos de la ciudad e incluso se atrevió a llevar a algunos transeúntes a su lugar de destino. “Hicimos algunos trayectos largos por la ciudad. Nadie me reconoció”, reconocería entre risas durante la entrevista.

Volviendo al caso, ya sea por el mal rumbo del negocio o por la creciente nostalgia del caluroso ambiente del legendario Boston Garden, el periplo emprendedor de Cowens apenas duraría unos meses, tras lo cual regresaría al equipo para completar 50 partidos ese año y otras tres temporadas más en la franquicia de Massachussets.

Unos Celtics que no duraron en honrar a una de las grandes estrellas de su historia con la retirada de su dorsal número 18, el cual ondea en lo más alto del pabellón del equipo junto al de ilustres como Bill Russell, Larry Bird, Bob Cousy o los propios Jo Jo White, John Havlicek y Red Auerbach.

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NBA

Gigantes a hombros de gigantes

Antes de Antetokounmpo y Doncic, antes incluso de Nowitzki y Petrovic, hubo un pionero que desafió a toda una liga. El primer europeo de la historia de la NBA.

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Los galardones de final de temporada tienen este año, más que nunca, sabor europeo. Por primera vez en la historia de la liga, el jugador más valorado y el novato del año vienen desde el otro lado del charco. Los más valientes pueden opinar que los europeos (o al menos los no-americanos) están reinando en la NBA. El griego Giannis Antetokounmpo ha deslumbrado al planeta entero con su potencia y capacidad atlética fuera de lo normal. Luka Doncic, esloveno, al que ya habíamos visto hacer de las suyas en Europa, ha maravillado a la liga americana a pesar de las dudas que suscitaba a ambos lados del Atlántico. Además, en la misma temporada, Marc Gasol, Serge Ibaka, OG Anunoby y Sergio Scariolo se han llevado a casa (en Europa) un anillo de campeones de la NBA.

Ya no recordamos los tiempos en los que ver a un europeo partir hacia la gran liga era todo un hito, cuando los primeros hicieron historia. En nuestra memoria está un imberbe Pau Gasol haciendo un mate por la línea de fondo y poniendo en el póster a Kevin Garnett, está Jorge Garbajosa levantándose desde el triple con el 15 de los Raptors en la espalda y también Rudy Fernández en el concurso de mates con la camiseta de Fernando Martín. Pero antes que todos ellos, antes que Sabonis, que Drazen Petrovic y que Dirk Nowitzki, estuvieron los pioneros, los que abrieron el camino desde el viejo continente hacia las américas. Esos gigantes a los que nuestros gigantes están encaramados.

Algunos, alumnos aventajados nacidos en Europa, recorrieron ese camino años antes, en su etapa universitaria o prácticamente de niños, y pusieron las primeras notas europeas en la liga. A partir de principios de la década de los 80 se instalaron nombres como Uwe Blab o la leyenda alemana Detlef Schrempf. También los pívots Swen Nater (neerlandés) y Petur Gudmundsson (islandés) estuvieron en la NBA después de la transición desde la ABA en 1976. Aun así, todavía nadie había visto a un jugador ser fichado o drafteado directamente desde un equipo europeo. Hasta que ocurrió.

La técnica del goteo

Georgi Glouchkov asfaltó el camino en 1985. El primer europeo en partir hacia la NBA era pívot, búlgaro y firmaba con los Phoenix Suns tras ser elegido por los de Arizona en la séptima ronda del Draft de ese mismo año. La primera intentona, como suele ocurrir con los experimentos, no salió según lo esperado. Glouchkov (2,05 m) era demasiado pequeño para jugar en su posición natural, y demasiado lento para la línea exterior. Además, ganó mucho peso durante esa temporada, y al año siguiente tuvo que regresar por donde había venido, dejando una discreta marca de 4,9 puntos y 3,3 rebotes de media en los 49 partidos que jugó, pero también una huella histórica que abriría la puerta a la otra mitad del mundo del baloncesto.

El siguiente expedicionario nos es muy familiar. El primer español en la NBA, y también el segundo europeo que cruzó el océano para jugar al baloncesto. Fernando Martín se aventuró en la temporada 1986/87 de la liga americana y, como su predecesor, no tuvo el éxito que todo nuestro país deseaba. Martín tuvo un papel muy testimonial en aquella temporada, jugando solo 24 encuentros a razón de 6 minutos por cada uno. El pívot madrileño también regresó al año siguiente a España y, solamente dos años después de aquella gesta histórica, un fatal accidente de coche nos dejó sin el mayor héroe del mundo baloncestístico nacional del siglo XX.

Tarde o temprano, alguien venido del este tenía que triunfar. La mejor liga del planeta no podía ser propiedad exclusiva de los americanos para siempre y, finalmente, a la tercera, haciendo caso al tópico, llegó la vencida. Sarunas Marciulonis, un escolta en aquel entonces soviético, dejó el Statyba Vilnius en 1989 para mudarse a California. Los Golden State Warriors lo esperaban desde hacía dos años, ya que lo habían drafteado en la sexta ronda de 1987. Marciulonis se hizo de rogar, pero finalmente se decidió a intentar hacer historia entre los mejores. Estuvo durante cuatro temporadas en la bahía, y se adaptó al rol de sexto hombre a la perfección. Compartió vestuario con leyendas como Tim Hardaway y Chris Mullin, y entre sus dos últimas temporadas promedió más de 18 puntos por encuentro, siempre desde el banco.

Cuando estaba en la cresta de la ola y ya se había consolidado como el primer aventurero europeo que había conseguido triunfar en la NBA, el azar quiso que un día, jugando en la universidad de Saint Mary, se rompiese el ligamento cruzado de la rodilla. Cuando el New York Times lo anunció ya preveían que se podía perder toda la temporada 1993/94, después de haber sufrido pequeñas lesiones durante la anterior campaña que le permitieron jugar, aunque a gran nivel, solamente 30 partidos. El “sueño americano” se había roto, e iba a necesitar una temporada entera para recuperarlo. Por desgracia, los Warriors dejaron de contar con él, y los últimos tres años de carrera NBA fue saltando por los Sonics, los Kings y los Nuggets, dejando un buen rendimiento pero también mal sabor de boca por “lo que pudo ser”.

Marciulonis no fue otra historia de mala suerte con las lesiones. El primer europeo en triunfar en la NBA, poco antes de que Drazen Petrovic revolucionara Nueva Jersey, demostró que era una buena opción para las franquicias americanas buscar el talento al otro lado del Atlántico. En 2014, la NBA lo reconoció como uno de los pioneros y lo introdujo en el Hall of Fame, en el que ya figuraban los nombres de Petrovic (2002) y Arvydas Sabonis (2011). Además, su notoriedad aumentó fuera de las canchas, ya que estuvo muy involucrado en el crecimiento baloncestístico de Lituania una vez se deshizo la URSS.

Sarunas Marciulonis es el responsable de la creación de la liga de baloncesto lituana, la actual LKL, y fue uno de los principales impulsores de la primera selección nacional. Contando con que Lituania consiguió la independencia en 1990, y en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 consiguieron la medalla de bronce, podríamos decir que el país báltico está muy en deuda con él en este aspecto. Pero más allá de eso, el valor simbólico de este jugador es histórico. Él extendió la alfombra para que pasara Toni Kukoc hasta ganar el título de Mejor Sexto Hombre en 1996. Él separó las aguas para que Dirk Nowitzki se conviertiese en el primer MVP europeo de la historia de la liga en 2007, y también para que Pau Gasol fuese el primer Rookie del Año europeo en 2002.

Justo ahora, en los Dallas Mavericks, Nowitzki entrega el testigo a Luka Doncic. Cada vez hay más jugadores que triunfan en la liga americana después de haber iniciado su carrera en Europa. Giannis, que estuvo a punto de jugar en el CAI Zaragoza (y la ACB lo presentaba como “Adetocunbo”), recoge ahora el Maurice Podoloff con la expectativa de ser uno de los jugadores más dominantes de la liga en los próximos años. Los hermanos Gasol, Dirk, Antetokounmpo, Jokic… Todos son gigantes subidos a hombros, entre otros, del legado de Marciulonis.

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Perfiles NBA

Daniel Biasone, el santo patrón de la NBA

1918. Un barco llega a la Isla de Eli cargado de inmigrantes europeos que huían de la Primera Guerra Mundial. En él viajaba la familia Biasone.

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Al Campanie / The Post-Standard / Syracuse.com

La vida en Miglianico, un pueblo que se encuentra a unos kilómetros de distancia del Adriático y que pertenece a la provincia de Chieti, transcurre con tranquilidad. La gente del lugar dedica su día y su noche a trabajar en el campo, sin olvidarse de seguir desarrollando los cultivos que, históricamente, pertenecen a la tradición de esta región, y que tinta de tonalidades monótonas y sencillas el discurrir del tiempo. El buen clima acompaña a la gente que pasa su vida en este pequeño poblamiento que a día de hoy no llega a los 5000 habitantes, y que además observa los Apeninos con todo su esplendor con cada amanecer.

El Abruzzo, la región que da nombre al vino que aquí se cultiva, es el hogar del 75% de las especies animales que se encuentran en el continente europeo, y se conoce como la “Región verde de Europa”. Una región en la que el tiempo no pasa, en la que la calma toma la actividad de las gentes de a pie, que se dedican a esquivar los problemas derivados del cultivo en la incomodidad del terreno. Y tal y como describió Primo Levi en 1883, en su libro “Abruzzo, forte e gentile”, el terreno describe a su gente, y a su historia. Una historia que les ha moldeado, y caracterizado, como un pueblo que sigue para adelante sin tener en cuenta todo lo que sucede alrededor, o en sus propias fronteras. Por no hablar de lo que pasa a 6986 kilómetros de distancia.

Y es que a 4341 millas de la villa italiana, hace poco más de un siglo, un efecto cercano al conocido “Efecto mariposa” comenzaba, cuando Leo Biasone arribaba a Syracuse, que tomó el conocimiento que venía de Europa para establecer una comparativa entre esta tierra del norte de Nueva York y una pequeña localidad de la isla de Sicilia, para dotarle de un nombre a la nueva tierra descubierta en Norte América. Una llegada que se produjo en 1913, 5 años antes de que la historia del baloncesto profesional cambiase para siempre, sin siquiera haber comenzado a florecer.

Estamos en 1918, cuando un barco llega a Ellis Island, conocida en España como “La Isla de Eli”, lugar de llegada habitual para los inmigrantes que partían de distintos puntos de Europa, y recibían una inscripción previa antes de poder comenzar una nueva vida desde cero. En este barco, que se halla repleto de migrantes italianos, hay muchas familias que, por lo difícil que es la vida en Europa a posteriori de la 1ª Guerra Mundial, tratan de encontrar un nuevo hogar en el que arraigar sus tradiciones y linajes.

Y este es el caso de los Biasone, que llegaban a Estados Unidos con la madre, Bambina, como cabeza de familia. Por ello, cuando se queden atrapados aquí durante varios días de letargo y sopor debido a un brote de gripe que preocupaba a las autoridades norteamericanas y que les hacía pensar en la deportación de los recién llegados, la esperanza no desaparecerá del ánimo de los jóvenes Biasone. Joseph y Danny escuchaban insistentemente a su madre decir que sabía que su padre aparecería, tal y como acabó sucediendo tras unos pocos días que asemejaron ser toda una vida.

Danny, que tenía 10 años cuando llega a Estados Unidos, apenas recordaba a su padre, pues habían estado 5 años sin verle. Entonces, haciendo honor a sus orígenes, se establecen en Syracuse, pues no estaban muy contentos con la idea de vivir en “la gran ciudad” que suponía mudarse a Nueva York. Este rechazo, este recelo, será algo que le acompañará durante toda la vida, y uno de los motivos por los que comenzará a estar ligado, casi 30 años después de su llegada, al baloncesto profesional.

Damos un salto en el tiempo en nuestro DeLorean particular, llegando hasta 1946, año 0 en la relación de Biasone y el baloncesto. Y es que Danny, que había sido una estrella de Instituto jugando de “Quarterback”, nunca se había dedicado al baloncesto profesional, y había tomado caminos en la vida que no estaban asociados al deporte.

Emprender, crecer y convertirse en leyenda

En 1936 compró y abrió un restaurante, y 5 años después se hizo con el local que acabaría transformando en bolera, su verdadero hogar a lo largo de toda su existencia. Y, casi como si estuviera previsto, 10 años después de lanzarse al mundo de las inversiones, realizó una jugada maestra que cambiaría el mundo del baloncesto para siempre. Con 1.000$ en las manos, cantidad que probablemente le costó sudor y sangre ahorrar e invertir, saltó al vacío y le dio a Syracuse lo que le había prometido. Compromiso adquirido tras la negativa de los Rochester Royals de disputar un partido en la localidad de Nueva York, fundando en 1946 los Syracuse Nationals, que entrarían a competir en la National Basketball League.

Esta cifra, la de los 1.000$, que con el foco de la actualidad parece minúsculo, resulta incluso difícil de comprender tras el pertinente cálculo de la inflación que ha habido tras más de 50 años. Y es que esos 1.000$, en 2019, habrían sido una ínfima cantidad de 13.000$, cifra cuanto menos ridícula en comparación con los 2 mil millones que se pagaron por los Rockets o los Clippers hace menos de 5 años.

El nombre, por cierto, de Nationals llegó como otro compromiso a añadir al objetivo de dotar a la ciudad de un equipo profesional del que pudieran sentirse aficionados, propios y orgullosos. Y es que les dio ese apodo pues su primer y único objetivo era hacer campeones -nacionales- al equipo que acababa de fundar. Dándose cuenta años más tarde de que esto no sería posible si continuaban en la NBL, pues era una liga de ciudades y regiones pequeñas, que acabó siendo absorbida por la Basketball Asociation of America (BAA) en 1949, conformando la NBA que conocemos a día de hoy.

Y aunque era consciente del bajo nivel de la competición, pues Lester Harrison -dueño de los Royals- se había encargado de asegurárselo por activa y por pasiva, él decidió continuar en la liga que le había acogido en primer lugar, y aceptar la fusión que se llevó a cabo en el último año de la década de los 40.

El estilo de Daniel Biasone a la hora de llevar el negocio era diferente al resto de propietarios. Es decir, muy diferente. Él era de un pequeño pueblo, con pequeñas aspiraciones y negocios a su altura y al nivel de sus expectativas, y por eso siempre se había decantado por Syracuse, por la cercanía de la “familia”. Un lazo que creó con los jugadores que visitaban su hogar. Que tomaban de su comida. Y que formaban parte de su rutina diaria en la bolera o sobre la pista de baloncesto.

Cuentan (Syracuse.com) que cuando Dolph Schayes le reclamó 7.500$ en su contrato rookie las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, pues Schayes estaba llamado a dominar la competición sin miramientos y no podía dejar que Nueva York, la gran ciudad, ese símbolo contra el que siempre había peleado, le ganara la partida. Pero finalmente lo consiguió. Y juntos formaron una pareja que cambiaría la NBA para siempre.

Biasone y su esposa no dejaron hijos, pero sí un legado que no podrá ser borrado ni olvidado nunca. Y Schayes lo sabía. Este es el motivo de que su hijo, Danny, recibiera su nombre. La cercanía en la vida de Biasone lo era todo. Al igual que el baloncesto.

El baloncesto, una especie en peligro de extinción en los años 50

Por ello, cuando entraron en la recién nacida competición que recibió el apelativo de NBA el objetivo continuó siendo el mismo. Y muy cerca estuvieron de conseguirlo en su primer intento, si no llega a ser por el legendario George Mikan. Los Minneapolis Lakers, que habían acabado con el segundo mejor porcentaje de victorias de la competición, pues el primero lo ostentaban los Nationals, llegaban como favoritos tras haber logrado imponerse en la NBL 2 años antes y en la BAA el año previo.

No era para menos. Mikan había conseguido sumar 27 puntos por noche siendo el máximo anotador de los 17 equipos que aquí se encontraban, y estaba bien rodeado de compañeros eficientes como Jim Pollard o Vern Mikkelsen. En cambio, los Nats’ tenían un bloque de buenos jugadores pero Schayes todavía no había explotado todo su potencial de súperestrella.

Y tal y como se esperaba, los Lakers vencieron 4 a 2 en las primeras Finales de la historia de la NBA. Mikan, que llegó a promediar más de 32 puntos durante la eliminatoria, anotó 40 puntos en el último encuentro de la serie, certificando en un partido de proporciones históricas la victoria de su equipo. Y cerrándole las puertas “en la cara” a unos Nationals que ya se habían visto con su objetivo cumplido en la punta de los dedos.

Tras este curso la liga bajó a 11 equipos la temporada siguiente, empezó a perder popularidad y audiencia y los pabellones -o locales “de segunda” en los que se jugara- ya no se llenaban con tal facilidad. Y Biasone tenía la causa, y la solución, con claridad en su mente. El baloncesto se había convertido en un pasatiempo aburrido.

Bases muy bien dotados para el juego, como Bob Cousy o Andy Philip, no hacían más que driblar en los últimos cuartos de los partidos una vez conseguían una ventaja en el marcador, y solamente soltaban la pelota cuando recibían una falta del contrario, y se dirigían a la línea de la personal a agrandar esta distancia a base de tiros libres.

El mejor ejemplo de este problema tuvo lugar precisamente cuando los Minneapolis Lakers de Mikan se enfrentaron a los Fort Wayne Pistons en noviembre de 1950. Este partido, que se saldó con un tanteo mínimo en toda la historia de la competición de 19 a 18 favorable para los de Michigan, solamente contó con 8 tiros de campo anotados en total. Teniendo en cuenta que únicamente había canastas de dos puntos, y que esto confirma que 16 puntos fueron completados en juego… 21 puntos vinieron desde el tiro libre.

Pero este no es el único caso destacable, para mal. Y es que 3 años después, en 1953, con los Nationals y los Celtics como protagonistas, el “aburrimiento” se apoderó de una serie que se presuponía iba a ser entretenida. El partido, que acabó con un Cousy por encima de los 30 puntos solamente desde los libres, tuvo 106 faltas señalizadas y 128 tiros libres intentados. Un año más tarde, como punto definitivo a añadir, Syracuse estuvo presente en otro terrible partido de PlayOffs en el que los tiros libres le ganaron la partida a las canastas 75 a 34.

Biasone, por tanto, sabía de lo que hablaba. Había vivido en sus carnes como propietario el declive de algo que todavía no había acabado de arrancar y que podía vivir un final absolutamente prematuro si no se le ponía una solución de inmediato. Y esa solución era ponerle un “tiempo” a los partidos, más allá de que contaran con su propia duración.

La revolución “italiana” de 1954

El cálculo fue sencillo, o eso le parecía a él, que había visto como a Howard Hobson se le había hecho imposible que le tomaran en serio cuando en Yale propuso que los partidos universitarios recibieran una limitación de 30 segundos por posesión. Danny, que se dio cuenta de que cada partido tenía una media estimada de 120 lanzamientos, introdujo estos 60 tiros por equipo en los 2880 segundos que tenía el partido, dando así con una media de un lanzamiento por cada 24 segundos.

Este cambio, aparentamente sencillo, no gustó entre los “grandes” propietarios, millonarios escépticos que se estaban jugando sus inversiones con un cambio sin precedentes. Pero como no tenían otras opciones, al final acabaron aceptando esta decisión en 1954, pero no sin pelear. Tras la exposición de sus argumentos en la reunión que tenía lugar en Nueva York cada verano, Daniel Biasone se dio cuenta de que sus compañeros todavía no estaban del todo seguros. Esto desencadenó que se realizara una “prueba amistosa” que demostrase el cambio a positivo que supondría esto. Una prueba acabó siendo todo un éxito.

Era 10 de agosto, en Syracuse, y el calor húmedo de Nueva York asolaba como nunca se había visto. Entonces, en el norte de la ciudad, en el Vocational High School, 10 propietarios entraron en un campo en el que había un grupo de 10 jugadores que se someterían a la prueba, y así comprobar cuán efectiva resultaba esta solución. Dolph Schayes y Paul Seymour, integrantes de los Nationals, se encontraban entre estos 10 nombres.

El partido transcurrió rápido, se intentaron muchos tiros, hubo muchas posesiones y, lo más necesario, espectáculo. El encuentro nunca se paró, los jugadores corrían de un lado para otro sin parangón y cuando se acercaban al final de la posesión, el italiano se encargaba de recordar que tenían que efectuar un lanzamiento contando los últimos 5 segundos a voz en grito. Y así consiguió demostrar que era justo lo que necesitaban.

Esa campaña el promedio anotador pasó de 79 a 93 puntos, lo que supuso una mejora del 18%, y la cantidad de conjuntos que sobrepasaron los 100 puntos en la post-temporada se elevó de 3 a 18. 3 años más tarde, todos los equipos promediaban más de una centena de tantos por noche, habiendo sido los Celtics de Red Auerbach los primeros en hacerlo. Un hombre, el verde, que reclamó toda su vida que Biasone debía tener su sitio en el Olimpo de la NBA.

La revolución temporal había llegado, la liga despegó, y el espectáculo no ha decaído desde entonces. Y todo gracias a la idea de un italiano bajito que, tomando las propias palabras del otrora comisionado Maurice Podoloff, es el Santo Patrón de la NBA, pues llegó con una idea única y acabó salvando la competición.

Y como todas las historias, las buenas historias, a Daniel Biasone aún le esperaba un logro más, un hecho que acabara de certificar que todo lo que siempre había pretendido había sido logrado. Ya que en la misma campaña en que “su” reloj se implementó, su Syracuse se hizo con su primer y único título de campeones. Al final, los Nationals acabaron haciendo honor a su nombre, y a su hombre, una santidad que salvó la NBA sin pedir nada a cambio.

Fuentes: New York Times / NBA.com / Syracuse.com

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