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Costa a costa

El impactante adiós de Hank Gathers

Sus familiares no podían creerlo. Nadie podía. Su tía Carol sufría un ataque de ansiedad y su madre Lucille gritaba de angustia e incredulidad de un lado para otro, como también algunos de los compañeros. Sus hermanos Derrick y Charles intercambiaban miradas entre sí, atónitos. No podían creer que ya no estuviera entre ellos.

La historia del baloncesto está plagada de grandes ‘what if’. Sobre todo en Estados Unidos, donde saben explotar cada suceso hasta su repercusión máxima posible. ¿Había sido Ben Wilson, la estrella de baloncesto del instituto Simon de Chicago, tan bueno como decían? El debate se llegó a formar incluso acerca del hipotético dominio de Benji en la NBA cuando le llegase el momento, y ni siquiera sabemos si habría alcanzado el profesionalismo, ni cómo de exitosa habría sido antes su trayectoria en la NCAA.

¿Y Len Bias? Amargó por momentos la existencia a Michael Jordan el poco tiempo que coincidieron en las canchas universitarias, y hay quien se aventuraba a decir que podría ser tan bueno o, como mínimo, tan excitante como el número 23 de los Bulls, que llevaba dos años en la NBA cuando Bias escuchó su nombre en el Draft, una posición más alta que la de Jordan – segunda elección – y por deseo de los Boston Celtics, la franquicia ganadora del último campeonato de la NBA, que veía en Bias la continuidad a su dinastía una vez le llegara la senectud deportiva a un Bird al que le sería encomendada la misión de ser su tutor personal. Pero una sobredosis se lo llevó por delante la noche siguiente. Si no pudo soportar la presión de ser número 2 del Draft, ¿soportaría la de ser el futuro encargado de mantener en lo alto a la franquicia más exitosa de la historia?

A Wilson le mataron, Bias se mató a sí mismo. A Hank Gathers ni lo uno ni lo otro, simplemente el corazón se le paró. Y para terror de los asistentes y conmoción de todo el planeta baloncesto, ocurrió en la misma cancha. Con la camiseta de sus Lions de la Universidad de Loyola Marymount. Acababa de culminar un ‘alley-oop’ haciendo gala de la potencia física con la que los scouts NBA se frotaban las manos, y segundos más tarde  estaba en el suelo. Intentó levantarse, pero fue inútil. Como también los intentos por reanimarle de los entrenadores y médicos que le rodeaban en aquellos angustiosos instantes en que a Gathers se le paró el corazón, pero se encogió el de todos los presentes.

Sus familiares no podían creerlo. Nadie podía. Una hora y cuarentaiún minutos después era declarado muerto en el hospital, donde su tía Carol sufría un ataque de ansiedad y su madre Lucille gritaba de angustia e incredulidad de un lado para otro, como también algunos de los compañeros que hasta allí se habían desplazado. Sus hermanos Derrick y Charles intercambiaban miradas entre sí, atónitos. No podían creer que ya no estuviera entre ellos.

Lamentablemente, ver desplomarse a un deportista sin razón aparente es algo que en los últimos años nos encontramos cada cuando, sin que nunca pierda el mismo impacto de la primera vez. Deporte profesional o amateur. En medio de ambas se podría situar al baloncesto universitario, caso de Gathers.

Esa razón que no encontramos en la apariencia suele encontrarse más tarde en la exploración médica. Sin embargo, con Gathers era algo que podía ocurrir. Eran otros tiempos, y ni tan siquiera los propios deportistas estaban tan concienciados como estamos ahora para proteger y tratar casos de malformaciones en el corazón. Este fuerte, fortísimo, alero de Loyola Marymount ya sabía lo que era sufrir mareos en la práctica deportiva, y en un partido de preparación para aquella temporada, la 1989-90, ya había caído a la lona cuando los Lions recibieron la visita de los Gauchos de Santa Bárbara.

Después de aquel enorme susto los médicos descubrieron que Gathers padecía de taquicardia, un latido anormal del corazón, para lo que emplazado a seguir una medicación que le fue recetada y así poder seguir jugando al baloncesto. De hecho, apenas tardó en volver. Después de caer inerte al suelo un 9 de noviembre, el 1 de diciembre ya estaba enfrentándose la Universidad de Stetson.

Un cardiólogo que había tratado a Gathers con anterioridad al fatídico suceso confirmaba su capacidad para desempeñar la práctica deportiva. “Su condición fue comprobada exhaustivamente, estaba sano, y hasta donde sabemos, para él era seguro jugar al baloncesto… Estaba tomando su medicación”, relataría el doctor Mason Weiss a Sports Illustrated.

“Estaba tomando su medicación”. Eso era lo que los médicos creían. No fue Weiss quien prescribió a Gathers lo que debía tomar, una droga tan fuerte que le hacía estar continuamente de mal humor, cansado y falto de energía, afectando negativamente a su juego, lo que en ese momento más le importaba, por lo que Gathers imploró al doctor Hattori que le fuera reduciendo gradualmente la dosis en la medida de lo posible.

¿Fue Gathers un inconsciente? Para obtener la respuesta más fiel a la realidad siempre hay que situarse en el contexto. Por entonces no existía el nivel de concienciación de ahora, y Gathers era un joven jugador de baloncesto con grandes aspiraciones que no podía permitir que sus espectaculares números de la anterior temporada (32’7 puntos y 13’2 rebotes por partido con el premio al jugador del año en la WCC) se vieran resentidos por aquel problema. Tampoco su sentido del humor, pues era conocido en el campus como un maestro de las imitaciones. Acudió al doctor con una súplica y este aceptó. ¿Fue así pues Hattori el irresponsable? Tal vez lo fuera, pero tal vez no y la evolución de Gathers en el tiempo en que venía tomando aquella droga así permitía una reducción de la dosis. En cualquier caso, la responsabilidad solo podía caer en quien le permitió jugar, por lo que la familia de Gathers demandó a la universidad y obtuvo una indemnización de 2’4 millones de dólares.

Una cardiopatía hipertrófica se lo llevó por delante. “Al menos murió haciendo lo que más amaba”, diría Richard Yankowitz, su entrenador de instituto en Philadelphia, cuando recibió la noticia de su fallecimiento. Una de tantas frases rancias en busca de una reducción del inconsolable dolor para el afligido familiar o amigo que le echa de menos. Una de esas frases que se pueden decir casi cada vez que alguien abandona hacia la otra vida, pero que en este caso era tal cual. Adoraba jugar al baloncesto y fue así como se marchó. No simplemente como jugador universitario, sino sobre el parqué.

Hank Gathers era originario de la otra costa del país. Nacido y criado en uno de los barrios más conflictivos de Philadelphia, tuvo en el baloncesto la salida oportuna para no toparse con los conflictos de drogas, armas y peleas entre bandas callejeras en que veía metidos a sus semejantes. No fue Loyola Marymount su primer destino universitario, sino la Universidad de Southern California, a donde fue reclutado junto a su inseparable amigo de la infancia Bo Kimble por el entrenador asistente David Spencer. O no tan inseparables, pues veinticinco años después de su muerte Kimble relataría en The Players’ Tribune que hubo un tiempo cuando eran adolescentes en que deseaba estar allá donde no estuviera Gathers. Ambos eran muy competitivos y el baloncesto no era lo suficientemente grande para los dos. Pero una semana después fue también convencido por Sepencer y allá que fue a USC.

Llegaron juntos y salieron juntos de allí cuando fueron destituidos de su cargo el entrenador Stan Morrison y Spencer, Gathers y Kimble se plantaron y decidieron que no habían cruzado todo el país para eso, por lo que ahí también acabó su etapa en los Trojans. Kimble, máximo anotador universitario de todo el país en la misma temporada en que Gathers dijo adiós (35’3 puntos por partido), sí alcanzó la NBA a la que ambos estaban predestinados, aunque solo jugó tres temporadas antes de quedarse sin sitio. El que Gathers nunca llegó a ocupar.

Un ‘alley-oop’ cazado tan arriba donde nadie más parecía poder llegar. No al menos a aquel nivel. La NBA aguardaba su llegada, pues Gathers estaba proyectado como un futuro primera ronda del Draft salvo alguna sorpresa de las que la noche de elección de novatos siempre puede deparar. Pero era fuerte, alto y coordinado.

Parecido a Terry Cummings, su inevitable comparación, por aquel momento jugador de los San Antonio Spurs, con estatus de ‘All-Star’ y que, seis años antes del primer desplome de Gathers, él ya había sufrido de irregularidades en el latir de su corazón. Era abril de 1983 y Cummings ya había hecho méritos más que suficientes para ganar el premio al Rookie del Año de 1983, por lo que se perdió las dos últimas semanas de la temporada. Disfrutaría de una larga carrera en la NBA de 18 temporadas, aunque sus mejores marcas en puntos (23’7), rebotes (10’6), robos (1’8), porcentaje de acierto en tiros de campo (52’3%) y minutos sobre la cancha (36’2) jamás superarían los picos de su primera temporada en la liga. Cuando supo en noviembre de 1989 del primer desmayo de Gathers se interesó por él.

Prometían reencontrarse en la NBA, pues Gathers había anunciado que daría el salto sin cumplir el último año de su ciclo universitario. Un anuncio que, por cierto, comenzó con una tomadura de pelo a los allí reunidos, a quienes vaciló empezando su conferencia de prensa diciendo que se pasaba al boxeo para pelear contra Mike Tyson.

“Esto es lo más duro que jamás he vivido”, dijo su entrenador Paul Westhead en un comunicado posterior a la muerte de Gathers. Westhead, el mismo entrenador de los Lakers del ‘Showtime’ previos a Pat Riley y que fue blanco de la conspiración del atribulado Spencer Haywood, que conspiró para planear su asesinato. A Westhead le encantaba jugar tan rápido como se pudiera, y en la pareja Kimble-Gathers tenía un filón.

Cuando Gathers ascendió al reino de los cielos, el 4 de marzo de 1990, el partido que se estaba jugando ante Portland, la semifinal por el título de conferencia, quedó suspendido. Pero también el resto de la temporada de los Lions, que fueron seleccionados por la WCC para asistir al torneo final, el ‘Madness’, por ser los líderes de la temporada regular, y que daba comienzo solo once días después. La intención inicial fue no jugarlo, pero Kimble, el amigo del alma de Gathers, dio el paso adelante para así hacerlo. “Jugaremos. Jugaremos por Hank”.

Los Lions no llegarían muy lejos, quedándose a las puertas del ‘Sweet Sixteen’, pero allí quedaría el homenaje de Kimble, que decidiría tirar el primero de cada serie de sus tiros libres con la mano izquierda en honor a su zurdo amigo.

Tim de Frisco /Allsport / Getty Images
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