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Objetivo Europa

Arvydas Sabonis: el gigante tras la cortina

danielarce@skyhook.es'

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Amar los deportes es amar la geometría. Desde la retícula severa y militarizada que distingue al campo de futbol americano hasta el célebre diamante beisbolero coronado por la bóveda de los jardines, cada competición atlética no puede entenderse sino a partir de su elección y subdivisión del espacio y la materia.

Sin embargo, la teoría física del juego es sólo la mitad de la ecuación: toda regla necesita súbditos. Para que cada deporte sea realizable, la configuración del terreno y las herramientas de juego deben corresponder a las capacidades y características del cuerpo humano. Los 3,05 m de altura reglamentaria para un aro de baloncesto, entonces, hace a los atletas altos sujetos privilegiados en la mayoría de los aspectos del juego, o al menos eso es lo que la simple geometría sugiere. Por ende, no es de extrañarse que el imaginario histórico, táctico y teórico del baloncesto se distinga por una fascinación constante y ambivalente con la figura del gigante.

Actualmente, el promedio de estatura en la NBA es de 1,93 m para bases y escoltas y 2,03 m para aleros y ala-pívots. La posición de pívot, usualmente la de más altura, ronda un promedio de 2,11 m, un poco más bajo que su estándar histórico de siete pies (2,14 m). Esta reciente reducción en la estatura esperada de un centro se origina en la elevada importancia del lanzamiento de tres puntos y del switching defensivo en el perímetro. A medida que el juego se desarrolla más lejos del aro, muchos equipos prefieren tener un centro atlético, rápido y capaz de disparar en lugar del tradicional gigante lento cuya mayor virtud es defender bajo el aro y poner pantallas para el pick-and-roll.

El cambio de paradigma ha venido acompañado del personal oportuno: jugadores como el camerunés Joel Embiid (2,13 m) o el letón Kristaps Porzingis (2,21 m) son gigantes ágiles, habilidosos y con buen disparo. A Porzingis, por su rareza, incluso se le apoda “El Unicornio”. Mientras tanto, centros de buen nivel, pero con habilidades más tradicionales, como Rudy Gobert o Jonas Valančiūnas, fueron puestos en serios aprietos más de una vez durante los actuales playoffs por equipos rápidos y que enfatizan el disparo a distancia. Es evidente que el baloncesto norteamericano vive una revolución en cuanto a las expectativas del gigante. Pero como es usual en los anales de la historia, antes de los revolucionarios siempre hay otros revolucionarios, sólo que estos condenados a empolvarse en el anuario viejo y la nota al pie de página ya sea por mala suerte, malas decisiones o mal timing. Arvydas Sabonis sufrió las tres cosas.

Sabonis nació en Kaunas, Lituania, el 19 de diciembre de 1964. Es decir, en la Unión Soviética y en la Guerra Fría. La importancia del deporte tanto en el ethos como en la praxis del régimen soviético es bien sabida, pero a menudo infravalorada. En manos del Comisariado Supremo de la Cultura Física, el atletismo se convirtió —de 1923 a 1991— en un mandato masivo ligado inextricablemente a la cultura totalitaria del experimento soviético, no un impulso libre que un individuo pudiera sentir o no en su fuero interno. La medida del éxito deportivo no sería el logro de metas personales o el aplauso de los fanáticos, sino el veredicto burocrático del Comisariado sobre la aportación de cada atleta al bienestar físico y espiritual del pueblo y la revolución.

A los deportistas, sustentados con dinero público, se les premiaba o castigaba de acuerdo a un sistema piramidal: el objetivo era llegar al rango de Honorable Maestro del Deporte, para lo cual se debía ser campeón mundial, de ser posible en Juegos Olímpicos e imponiendo récords. Más que una llana excelencia, los atletas cargaban con la responsabilidad de lograr la perfección espartana: se cuenta, por ejemplo, que un grupo de ajedrecistas fue reprendido en la prensa oficial por conformarse con el empate y que un campeón de tenis fue descalificado en 1954 por salir a la cancha cinco minutos tarde.

En este clima cultural, Sabonis debutó con el legendario Žalgiris Kaunas en 1981, a los dieciséis años, y no tardó más de una temporada en encender la máquina internacional de rumores. En 1982, el lituano deslumbró a EE.UU. durante una gira de la URSS contra equipos universitarios de gran prosapia. En victorias contra Virginia e Indiana, un Sabonis aún adolescente dominó a dos de las promesas más brillantes de la NCAA en su posición, uno de ellos Ralph Sampson, otro gigante de 2,24 m que a la postre iría a tres juegos de las estrellas con los Houston Rockets antes de que las lesiones lo diluyeran. Algunos comenzaron a hablar de él como un jugador ya más desarrollado que Patrick Ewing, quizá el mejor talento universitario de la época y ahora miembro del Salón de la Fama, a pesar de ser más de dos años menor. Sabonis, en retrospectiva, era un protounicornio perfecto: un pívot altísimo (2,21 m), rápido, con ubicación defensiva, buen disparo y la habilidad de pase de un armador élite. Lo tenía todo.

En 1985, los Atlanta Hawks se arriesgaron a elegirlo en la cuarta ronda del Draft, pero la NBA anuló la selección porque el jugador no había cumplido 21 años. El año siguiente, los Portland Trail Blazers aprovecharon el desliz y lo seleccionaron en la primera ronda, pero la URSS no cedió: para ellos era imperativo que su mejor jugador se mantuviera amateur hasta la olimpiada de 1988. A mediados de 1986, la Universidad del Estado de Louisiana se encontró sin un buen centro titular para la temporada y se les ocurrió reclutar a Sabonis aunque fuera por un año. Después de todo, en LSU, Sabonis seguiría siendo amateur nominalmente, como todos los atletas-estudiantes. Además de mandar cartas diplomáticas al mismísimo Gorbachov, donde ofrecían giras con el equipo por la URSS a cambio del permiso para el jugador, la universidad contactó al jugador con ayuda de Rima Janulevicius, una joven periodista con raíces lituanas. Janulevicius lo alcanzó en un hotel de Madrid.

¿Te gustaría jugar en Estados Unidos?, le preguntó.

Sí.

¿Con una universidad?

Sí.

¿Qué podemos hacer?

Ante esta pregunta, el gigante sonrió resignado. No sé, dijo. Pero sabía muy bien que no se podía hacer nada. Estaba atrapado tras la cortina de hierro.

Lo peor es que el tiempo comenzaba a apretarle el paso. En baloncesto, el gigante es una figura mítica, pero también a menudo trágica. Cuando un jugador sobrepasa los 2,15 m de estatura y tiene cierta destreza, las posibilidades parecen ilimitadas. Las reglas y la configuración del juego se pliegan como espigas en el viento y todo se ve tan fácil y natural como un fruto en una rama. Pero, así como David venció a Goliat con una honda, los cuerpos de estos gigantes se derrumban fácilmente y no suelen ser capaces de sanar.

De 1986 a 1988, Sabonis libró sus primeras batallas con las lesiones y —aunque salió adelante— el verdadero vencedor fue ambiguo. Los mayores problemas para este espécimen superhumano vinieron, como por broma del destino, de su tendón de Aquiles. Sabiendo el valor de su inversión, Portland trató de protegerlo y hasta de mostrar su buena voluntad a los soviéticos permitiendo que Sabonis se recuperara de una operación en sus instalaciones, pero la arrogancia del Comisariado y del seleccionador Aleksandr Gómelski prevalecieron: contra las indicaciones médicas, el gigante jugó en Seúl 1988 cojeando y disminuido, pero ganó la medalla de oro. Sabonis nunca cuestionó a Gómelski, ¿pero podría haberlo hecho? ¿Qué tan acostumbrado podría estar un soviético de 23 años a levantar la voz? ¿Acaso querría hacerlo tras una victoria tan rotunda? El otro gran gigante en la historia de los Trail Blazers, Bill Walton, cuya guerra con las lesiones de pie y tobillo quedara documentada en el clásico libro The Breaks of the Game, conoce a Sabonis de tiempo atrás y asegura que, pese a todo, al lituano se le ilumina el rostro con admiración cuando escucha el nombre de su entrenador olímpico.

 

En 1989, la URSS al fin permite que sus atletas jueguen profesionalmente, pero Sabonis, desconfiado de su físico, no se atreve a jugar en la NBA. Prefiere recalar en España con el Forum de Valladolid primero y con el Real Madrid posteriormente: gana una Liga Europea, dos ligas españolas, dos galardones al Jugador Más Valioso de la misma y continúa destrozándose las rodillas. Todos lo sabemos: en cuanto a baloncesto europeo, Sabonis es una leyenda del más alto calibre. Pero incluso él sabía que el gran escenario global estaba al otro lado del océano, que su legado ante los ojos del mundo no estaría definido hasta que diera el salto.

En 1995, el nuevo director deportivo de los Trail Blazers hace un último intento. El lituano, con 30 años cumplidos, sabe que su cuerpo no es lo que era, pero también entiende que los fantasmas nunca lo dejarán dormir si rechaza la oferta. “Si no vengo ahora, no vengo nunca, es la última llamada”, declara después de firmar. Y luego, excusándose por adelantado, “Ya no soy una locomotora, tan sólo un tranvía pequeño”. La evaluación médica al llegar a Portland es demoledora. Según el doctor del club, Sabonis podría haber pedido una tarjeta de discapacitado con base en las radiografías de sus piernas. Físicamente, no parecía probable ni aconsejable que jugara esa temporada. Pero al final jugó. Y luego seis años más.

Las estadísticas de la carrera NBA de Arvydas Sabonis lucen sólidas, no espectaculares. 12 puntos, 8 rebotes y 2 asistencias por juego. Su mejor temporada fue la tercera, donde a los 34 años promedió 16 puntos, 10 rebotes y 3 asistencias. Durante su estancia, los Trail Blazers permanecieron eclipsados por las últimas glorias de los Bulls de Jordan y luego por el ascenso de los Lakers de Shaq y Kobe. El equipo nunca ganó la Conferencia Oeste y él nunca disputó un juego de las estrellas.

En 2011, fue inducido al Salón de la Fama Naismith como parte de una nutrida clase que incluye a Dennis Rodman, Chris Mullin y Artis Gilmore, pero del lado americano del Atlántico se escucharon algunos cuchicheos: ¿qué hacen esas leyendas junto a ese centro lento, consistente mas no dominante que estaba en los Blazers hace unos años? Hasta el día de hoy, uno puede encontrar discusiones donde aficionados casuales se hacen esta pregunta. Esto en gran parte se debe al desconocimiento del baloncesto europeo que hay en el nuevo continente, puesto que los logros de Sabonis en España y como jugador internacional más que justificarían su inclusión, pero también es cierto que estamos ante un caso único: entre las más grandes leyendas europeas del deporte, Petrovic, Nowitski y Gasol lograron ser estrellas NBA, mientras que Dejan Bodiroga nunca cruzó el charco, pero Sabonis es el único que lo intentó quizá demasiado tarde, que dejó en el imaginario de la liga norteamericana una deliciosa probada de lo que pudo ser, pero también un frustrante recordatorio de lo que nunca fue.

La gloria deportiva es casi siempre traicionera y frágil. Se basa en estirar los límites del cuerpo humano; por eso mismo es imposible saber cuándo éste dará de sí y rodará cuesta abajo, piedra estrepitosa e imparable. Y nunca es esto más cierto que en los cuerpos de los gigantes, que pueden realizar lo inimaginable y derrumbarse segundos después, aun jóvenes, ante alguna mala ráfaga de viento. Pero no olvidemos que el legado de Arvydas Sabonis en el baloncesto norteamericano no se reduce al fulgor vago de sus siete años en la liga —a aquellos pocos juegos que le ganó a Shaq y a David Robinson o a su buzzer-beater para forzar tiempos extra ante los Suns en 1997— sino que permanece y hace eco hasta el día de hoy cada que Joel Embiid encaja un triple o Nikola Jokic asiste a un compañero con un pase detrás de la espalda.

La evolución del juego seguirá corriendo. Y me atrevo a creer que, junto a ella, la sombra de este gigante sólo se hará más y más y todavía más larga.

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Milos Teodosic, el ilusionista de Valjevo

Un genio controvertido como pocos. Su actitud siempre ha sido un asterisco en su carrera, al igual que las derrotas en la F4. Pero Teodosic ha sido uno de los mejores bases del continente de la era moderna.

jon@skyhook.es'

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Mayo de 2005. Rondas eliminatorias de la Liga del Adriático. Realmente, nadie esperaba ver a aquel chico disputar ningún minuto. No obstante, en su fugaz participación los congregados pudieron vislumbrar destellos del talento que aquel cuerpo de 1,95 de altura atesoraba, siendo uno de los puntos positivos del torneo de cara al futuro más próximo.

Contra todo pronóstico, Bosko Djokic, entrenador del  BC Reflex, había decidido dar algunos minutos a un base canterano con 18 años recién cumplidos. Pudo haberlo hecho meramente por ver cómo respondía el joven ante su primera gran competición profesional, pero la actuación de aquel adolescente callado y de semblante inexpresivo dejó atónito al público.

La forma en la que cuidaba el balón, un excelso tiro exterior y su innata facilidad a la hora crear juego para sus compañeros era algo fuera de lo común. Además, su desparpajo para buscar la canasta quedó patente: 17 puntos en apenas 15 de minutos de juego repartidos en dos noches. “Juega como un veterano, se ve que tiene una gran confianza en sí mismo”, apuntaban algunos scouts por aquel entonces. Los ojeadores ya seguían los pasos del nuevo diamante del baloncesto serbio de cara al Draft de la NBA.

“No debería estar antes de 2007, pero conviene recordar su nombre. Muestra un equilibrio especial en su juego, como si tuviera todo bajo control”.

DraftExpress

No era otro que Milos Teodosic.

Los orígenes

Nacido el 19 de marzo de 1987 en Valjevo (República Federativa Socialista de Yugoslavia), una de las casas tradicionales del baloncesto serbio, Milos estaba destinado a convertirse en un jugador de renombre. Aquella era una pequeña ciudad ubicada en el distrito de Kolubara, y como en el resto del estado yugoslavo, la canasta estaba a la orden del día.

Ya desde muy joven estaría en contacto con la pelota, dada la influencia de su hermano mayor Jovan, también jugador profesional. De esta forma, sus progenitores, Miodrag y Zorana, decidieron apuntar al menor de sus hijos en un equipo local, a la edad de seis años. Milos iría quemando etapas, mostrando unas aptitudes de las que el resto de compañeros carecían. Su ídolo de la infancia: Pedrag Danilovic, de quien admiraba “su forma de pensar en la pista y su gran deseo por ganar”.

“A diferencia de muchos guards, es más un distribuidor de perímetro que otra cosa. No es particularmente atlético, no muestra gran rapidez y, a pesar de tener buen manejo de balón, le cuesta superar las defensas. Por lo general, trata de aprovechar las pantallas o situaciones en las que su defensor está desequilibrado, lo que consigue con la simple amenaza de su tiro exterior. Este es uno de sus déficits más grandes cuando se habla de su potencial para la NBA”.

15 de agosto de 2005

Su carrera echó a andar cuando el modesto Vujic Metalac se fijó en él. Valjevo estaba viendo nacer a su hijo pródigo, alguien que tuviese la proyección como para colocar a la ciudad en el mapa. Siguió superando categorías a la vez que cursaba sus estudios. No sería hasta el año 2001 cuando su vida cambiaría para siempre. El FMP de Belgrado no perdía la pista a un base emergente que apuntaba maneras. Milos se vería obligado a abandonar su hogar por primera vez para emprender un viaje que a día de hoy no ha terminado. En la capital, alejado del núcleo familiar, continúo formándose como estudiante a la vez que dominaba las categorías inferiores del baloncesto serbio. Por otro lado, su condición de deportista de élite le facilitó el acceso a la universidad privada John Naisbitt. Había llegado el momento de firmar su primer contrato profesional. Lo tenía todo de su parte, en especial la confianza del entrenador.

Uno de los escasos documentos visuales del paso de Teodosic por Belgrado

Tras el primer contacto con Djokic su progresión se dispararía. Sin embargo, debido a su corta edad y a la competencia dentro de la plantilla, se decidió ceder a Teodosic por una temporada al KK Borac Čačak, donde el jugador podría curtirse antes de regresar a las filas del club que lo formó. En aquellos momentos, se antojaba complicado que el jugador pudiese continuar progresando sin apenas gozar de minutos. Pese a su juventud, este cumplió con las expectativas y el cuadro belgradense decidió reclamar sus servicios.

2007 sería el año de su eclosión profesional. Si bien su debut en la Copa ULEB fue en la campaña 2004-05 (14 minutos frente al Vertical Vision Cantu italiano), fue entonces cuando Milos empezó a fraguarse un nombre en las plazas europeas. Con Aleksandar Rasic como base titular, Teodosic sería un combo-guard de lujo en aquella plantilla. Tanto fue así, que a sus 20 primaveras atrajo el interés de varios clubes de renombre en Euroliga. Finalmente, el atractivo de Olympiacos lo sedujo, firmando un contrato de cinco temporadas por valor de 2,8 millones de euros.

“No es lo suficientemente rápido. Sufre en defensa. Esto no supone nada que no supiéramos de antemano, es probablemente el jugador al que menos favorece el juego de la NBA entre los jugadores internacionales de gran talento. Alguien podría estar interesado en él en segunda ronda, pero eso no es un hecho”.


4 de abril de 2007

Ante las aguas del Egeo

Eran años difíciles en el Pireo. Pese a sus buenos jugadores, todavía permanecían a la sombra del gran gigante heleno, Panathinaikos. Durante la década de los 2000, Grecia y Europa estuvieron bajo el yugo del equipo de Zeljko Obradovic y Dimitris Diamantidis. Nada más aterrizar en Atenas, Milos empezaría a sufrir las consecuencias de jugar en uno de los equipos pudientes del continente. No siempre hay espacio para los jóvenes al más alto nivel. Olympiacos, en su ansia por equipararse a los más grandes de la competición, firmó al anotador Lynn Greer. Pésima noticia para Teodosic, ya que el norteamericano sería el puntal ofensivo del equipo. Sin embargo, y pese a la competencia con Roderick Blackney, el técnico Pini Gershon utilizó eventualmente al serbio como escolta, aprovechando su tamaño y rango de tiro. Fue una campaña en la que no careció de minutos, pero tuvo menos peso creativo de lo habitual.

Por el momento, el balance positivo. No fue fácil aclimatarse a la actividad en Grecia tras toda una vida en los Balcanes. La incorporación de Yotam Halperin, proveniente del Maccabi, y la sobrepoblación en líneas exteriores restaron protagonismo a Teodosic. Fue un año muy duro para él, pero le sirvió para madurar y ver realmente cual era el coste del éxito. Por tercer curso consecutivo, Olympiacos se tendría que conformar con el subcampeonato liguero, para mayor gloria de su eterno rival. No obstante, una derrota por 82-84 en semifinales de Euroliga, también ante Panathinaikos, fue lo que realmente hizo daño en el Estadio de la Paz y la Amistad. Era hora de cambiar la tendencia. En 2009 se presentaría al Draft de la NBA, sin ser elegido por ningún equipo. Su estilo de juego no gustaba en demasía en la liga norteamericana y las franquicias eran muy escépticas sobre su hipotética adaptación.

Año 2010. Al fin, con 22 años, el mando era suyo. Milos adquirió las riendas de aquella plantilla desde el primer de día de pretemporada. Bajo las órdenes de Panagiotis Giannakis y formando un trío demoledor con Linas Kleiza y Josh Childress, Olympiacos ya provocaba miedo en sus contrarios. Cuajaron una Euroliga casi perfecta, pero tras una gran campaña faltó el broche final. Teodosic no pudo celebrar su MVP de la temporada, ya que en la final de la Euroliga se encontraron con un FC Barcelona muy superior (86-68). Asimismo, fue elegido ‘Jugador del Año Europeo de la FIBA’, por delante de Pau Gasol y Dirk Nowitzki. Su estrellato era una realidad, si bien no faltaban detractores que lo tachaban de ser excesivamente frío, poco menos que indolente a la trascendencia de los partidos.

Milos Teodosic nunca ha renunciado a la selección | FIBA Photo

Aquel verano, Milos grabaría una marca a fuego en la piel de la parroquia española. Copa Mundial de Baloncesto de la FIBA, Turquía. 89-89 en el marcador con 25 segundos por jugarse. Las indicaciones de Dusan Ivkovic no dejan cabos sueltos. Hay que agotar el reloj de posesión. El balón, en manos de la estrella, quema. Llull aprieta, pero un bloqueo de Velickovic permite que Teodosic y Jorge Garbajosa queden emparejados. No hará falta acercarse a canasta.

El serbio se levanta desde nueve metros y anota. La derrota en la final del EuroBasket de 2009 estaba vengada. En semifinales el plantel serbio caería ante la selección anfitriona, pero todavía hay quien sueña con aquella suspensión imposible. “Pensar mientras juegas no te sirve para nada. Todo sale solo. Eso me pasa a mí. Simplemente, vi la canasta enfrente y decidí tirar. Así, sin más. En ese momento es lo que se suponía que debía hacer”, declaró el propio jugador en una entrevista.

La siguiente campaña tocaría reponerse, con la llegada del que, a la postre, sería el mejor jugador de la historia del club: Vassilis Spanoulis, proveniente del mismísimo Panathinaikos. Teodosic compartiría el liderazgo con el heleno, mucho más idolatrado por la parroquia ateniense. La temporada resultó decepcionante, con una Copa griega que supo a poco. Milos bajó sus prestaciones al mismo tiempo que Kill Bill se erigía como la gran estrella del roster. El dúo de bases, por muy atractivo que sonase, no funcionó.

En las filas del Ejército Rojo 

Algunos rumores apuntaban a cierto interés por parte de San Antonio Spurs, que no habían dejado de seguir la pista del jugador balcánico. No parecía un mal momento para cambiar de aires. Con todo, tras cuatro cursos en el Ática, en Moscú se estaba fraguando un proyecto para volver a dominar Europa. Andrei Kirilenko, Alexey Shved, Sasha Kaun, Victor Khryapa, Ramunas Siskauskas o Nenad Krstic. Núcleo soviético rodeado de algunos los mejores nombres del torneo continental. Escuela lituana en el banco con Jonas Kazlauskas. El plan era claro. Revalidar la Euroliga. Cetro que no levantaban desde el año 2008, perdiéndose tan solo la Final Four del año anterior.

El recorrido era un cuento de hadas. Tras eliminar en playoffs a Bilbao Basket (3-1), después se deshicieron de un correoso Panathinaikos. El destino quiso que Milos se enfrentase a su amado Olympiacos en la gran final. Los rusos eran claros favoritos e hicieron gala de ello. Todo eran risas con 53-34 a dos minutos de concluir el tercer cuarto. Pero nunca subestimes el corazón de Olympiacos. Punto a punto, el equipo griego fue acercándose en el luminoso, hasta que Giorgios Printezis convirtió una especie de bomba que es historia del baloncesto contemporáneo (funesto Siskauskas desde la personal). La eventualidad quiso que el conjunto del Pireo volviese a reinar, y lo hiciese sin Teodosic en sus filas.

El propio Milos, denotando una excesiva prisa en su juego cuando debía imperar la calma, fue uno de los grandes señalados en aquella derrota. Además, con 61-58 y 20 segundo por jugarse, erró un tiro libre que hubiera sido decisivo. Los años venideros serían un dejà vú continuo en el seno del equipo ruso.

2013, 2014 y 2015. Las semifinales fueron lo máximo. Aquel equipo que durante los meses que duraba la temporada era una apisonadora ofensiva, se hacía pequeño a la hora de la verdad. Los automatismos colapsaban, las cabezas se nublaban y el nerviosismo ante otro fracaso se apoderaba de los jugadores. Se fichaba a las máximas estrellas para remediarlos, pero en el torneo del K.O. siempre había quien lograba tumbarlos. Su bestia negra en la historia reciente: el Olympiacos de Spanoulis. Aquel que tantas pesadillas ha provocado a Andrey Vatutin, presidente del club ruso.

Multitud de decepciones, éxitos en la VTB United League aparte, hasta que llegó el 15 de mayo de 2016. El día que cumplió su misión. CSKA y Fenerbache se enfrentaron en una noche histórica. Los moscovitas llegaron a liderar el marcador por 23 puntos en el tercer periodo, pero hizo falta una heroica canasta de su capitán, Khryapa, para forzar la prórroga y por fin a tantos años de maleficio. Moscú dominaba Europa ocho temporadas después. Milos fue el jugador más valorado de aquel partido (29), pero el MVP fue a parar a manos de su compañero Nando De Colo. No le hacía falta. Su valía estaba demostrada.

Destino L.A.

Una nueva derrota en semifinales frente a Olympiacos en 2017 supondría el adiós de Teodosic a la disciplina rusa. Lo había conseguido casi todo a nivel europeo y la NBA seguía llamando a su puerta. ¿Por qué no intentarlo en plena madurez deportiva? Varios equipos tentaron al serbio con sumas de lo más atractivas, pero se decidió por Los Ángeles Clippers.

La franquicia angelina esperaba ocupar la ausencia de Chris Paul con el IQ baloncestístico del ex del CSKA. Tremenda amenaza desde el triple en pleno auge de la larga distancia, además la mejor capacidad de pase de toda Europa. La NBA, aquella competición que le fue negada desde su eclosión, era un sueño hecho realidad.

Su desembarco en California generó todo tipo de sensaciones. La expectación era alta. Patrick Beverly, antiguo compañero suyo en Olympiacos, dijo que se trataba del “mejor pasador del mundo”. Matadores del calibre de DeAndre Jordan y Blake Griffin estaban deseosos de poder disfrutar de las asistencias imposibles de Milos. Mientras estuvo sano, disfrutó de minutos, siendo titular en 36 (22 victorias) de los 45 partidos que disputó en la 2017-18. Compartió labores de dirección con Austin Rivers y Lou Williams, pero para su desgracia, una fascitis plantar empañaría el primer año bajo los focos del Staples Center.

“En el pasado sentí que jugar en la NBA no era algo muy cercano a mí.  Tal vez ahora esté más listo mentalmente. Sé lo que puedo hacer. Quiero sentirme importante y ver que un equipo tiene un proyecto para mí. No pienso ir a la NBA solamente para decir que he estado allí, quiero ir y contribuir”.

Milos Teodosic, 2017

Las lesiones tampoco desaparecieron el siguiente curso, todavía por concluir. Desde el comienzo de la temporada, Teodosic arrastró molestias en los isquiotibiales, que le dificultaron tener mayor presencia en la rotación del equipo. Con Patrick Beverly recuperado, la adquisición de Shai Gilgeous-Alexander relegaba al serbio a un rol residual. Además, su carencias defensivas provocaban notorios desajustes ante los bases más físicos de la competición. Bagaje final: 15 escasos partidos, en los que apenas fue protagonista.

“Llegué, vi lo que había y de alguna manera me di cuenta de que disfruto más en Europa”.

El propio jugador lo veía con nitidez. Su lugar era otro. Finalmente, tras su completa ausencia en la distribución de minutos, los Clippers cortaron a Teodosic, el 7 de febrero de 2019. Adiós a un sueño de lo más efímero.

LOS ANGELES, CA – OCTOBER 09: Los Angeles Clippers Guard Milos Teodosic (4) looks on during an NBA preseason game between the Denver Nuggets and the Los Angeles Clippers on October 9, 2018 at STAPLES Center in Los Angeles, CA.

Cuando la prensa apuntaba a un inminente retorno a Europa de la mano de un aspirante, el de Valjevo sorprendió a propios y extraños diciendo que no jugaría en ningún club en lo que resta de calendario. Lo hará, en cambio, con su selección en el Mundial de China. Una Serbia capaz de todo: platas en el EuroBasket 2009, Mundial 2014 y Juegos Olímpicos 2016. Solo España y Estados Unidos han evitado que esta generación se cuelgue una medalla de oro. Mientras tanto, Teodosic se dedicará a entrenar por su cuenta, meditando sobre qué hacer la siguiente campaña. Le lloverán las ofertas, pero tiene claro que quiere un compromiso competitivo y a medio plazo.

Después de sacarse la espina de la Euroliga, Milos ya no volverá a jugar con aquella losa que recayó sobre sus hombros durante tanto tiempo. Había cumplido su tarea. Tras aquello, la opinión pública era clara: un jugador de su talento no podía quedarse sin probar suerte en la NBA. Al igual que continúa sucediendo con Sergio Llull, expertos y aficionados querían ver qué tal se desenvolvía en la liga norteamericana. Sin embargo, la realidad ha vuelto a dejar claro que hay tipos hechos para el baloncesto FIBA, como Nando De Colo, Aleksandar Djordjevic, Sarunas Jasikevicius, Sergio Rodríguez o el propio Vassilis Spanoulis. Auténticas estrellas que no brillaron al otro lado del Atlántico.

Lo decían los scouts cuando apenas era mayor de edad. Se trataba de un jugador que podía sufrir mucho contra los exuberantes físicos de la NBA, más de lo proyectado incluso en la actualidad. El caso es que Milos Teodosic ya jugaba por aquel entonces como un auténtico veterano. Pausado, leyendo el juego, amasando balón y sin correr más de lo debido. Su sitio era Europa. Un genio con un don especial para leer el juego, para ver huecos que nadie más percibe. Siguen apareciendo críticos con su estilo de juego. Es cierto, puede pecar de frialdad en ocasiones. Cuando salta al parquet parece recién levantado de la siesta. Pero es lo que tienen los genios, a veces sus mentes son inescrutables.

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El ocaso del baloncesto italiano

jakonako10@gmail.com'

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Hubo una época en la que Europa al completo miraba con cierta envidia y recelo a Italia. El país transalpino aglomeraba títulos continentales temporada tras temporada, espoleado inicialmente por aquella maravillosa Varesa que alcanzó cinco títulos de Copa de Europa y diez finales consecutivas en la década de los 70.

Los Dino Meneghin, Pierlo Marzorati, Antonello Riva, Enrico Gilardi y Vitoretto Gallinari eran las principales caras visibles de una generación dorada que prolongó su hegemonía en los años 80 con otras cuatro Copas de Europa –tomado el testigo por parte de Cantú, Roma y Milano- y dos Copas Korac. De hecho, entre 1969 y 1988 –a excepción del curso 1984/85- siempre hubo un equipo italiano entre los cuatro mejores del máximo título intercontinental.

Un éxito que también compartía a nivel de selección. Una plata en los Juegos Olímpicos de 1980 que tendría como cumbre el oro en el Europeo de 1983 –a costa de nuestro querido combinado patrio- y un posterior bronce en la cita continental de 1985, confirmando el gran estado de forma del baloncesto azzurra.

En los soporíferos años 90 del ‘basket-control’, Italia sacó petróleo de competiciones ‘menores’, como la Copa Korac o la Saporta. Griegos y españoles comenzaban a dar muestras del que sería un posterior salto a la élite continental, mientras Ettore Messina, al mando del Virtus Bolonia, daría una Copa de Europa más al baloncesto italiano en 1998. Tres años después, Manu Ginóbili, Rashard Griffith y Antoine Rigadeau devolverían el cetro a los del río Reno en la que sería la primera edición de la actual Euroliga.

carltonmyers.it

La selección, por su parte, recuperaba la gloria de los años 80 con una nueva medalla, esta vez en los Juegos Olímpicos de 2004. El futuro nacional parecía garantizado y la salud del baloncesto italiano daba lugar a la esperanza, pero ese metal adelantó el principio de una decadencia que parecía ya escrita.

Los años de los sponsors gigantes

El nivel de talento que desbordaban las canchas del país del Mediterráneo era notable. A la par que potentes y ‘ligeros de chequera’ los patrocinadores que respaldaban a las grandes potencias nacionales. Ignis, Banco di Roma, Ford, Benetton, Phillips, Kinder,… fueron algunas de aquellas grandes compañías que llenaron con cientos de millones las arcas del baloncesto italiano.

Así, hasta hace aproximadamente veinte años, los equipos que participaban en la Serie A eran propiedad de grandes empresas que invirtieron una gran cantidad de capital en la construcción de proyectos de gran envergadura.

En su momento, la liga italiana carecía de un límite establecido de extranjeros por plantilla, por lo que las directivas no escatimaban en gastos en su afán de reclutar talento, principalmente venido desde más allá de las fronteras. De este modo se vivieron años dorados en los que jugadores de la talla de Mike D’Antoni, Bob McAdoo, Sasha Danilovic, Toni Kukoc o Manu Ginóbili formaron parte del elenco de la competición.

Con este mecanismo, los equipos italianos dominaron en Europa, pero la llegada del euro afectó a la calidad de la Lega A. Las grandes  empresas fueron abandonando paulatinamente los diversos equipos que tantos éxitos habían cosechado. Invertir en el baloncesto ya no era un negocio rentable y algunas plazas históricas empezaban a sufrir graves problemas económicos. Otras, históricas, no tuvieron más remedio que desaparecer o refundarse (Treviso, Bolonia, Udine, Siena…).

Montepaschi Siena
RTVE

Por otra parte, el éxodo de jugadores a la NBA, que solo afectaba a los internacionales y a cuentagotas, comenzaba a extenderse también al producto interior. La mejor liga de baloncesto del mundo dejaba atrás su proteccionismo patrio y la apertura de puertas al talento exterior era un hecho, en su propósito de extender su marca por todo el globo y enriquecerse de, principalmente, el pallacanestro europeo. Así, el objetivo de los jugadores europeos –mal de muchos, como podemos apreciar recientemente también en la ACB- era claro: cumplir el sueño americano o buscar un destino más ‘agradecido’ económica y deportivamente en Europa, con los mercados griego, ruso, español e israelí como principales destinos.

Curiosamente, coincidió con esa medalla de plata en Atenas la última aparición de un equipo italiano en la final de una Euroliga. Y con una sonrojante derrota (-44) del Fortitudo Bolonia ante el Maccabi Tel Aviv.

Desde entonces, tan solo el Montepaschi Siena sería capaz de alcanzar la Final Four (2008 y 2011) con un núcleo de jugadores, eso sí, netamente importado. El último gran dominador del baloncesto italiano –siete títulos consecutivos de liga, dos de ellos retirados por los escándalos que apuntaron directamente a la cúpula del club- antes de, como sus antecesores, caer en la quiebra y desaparecer en 2014. Siena, en esos años, fue señalado como un chivo expiatorio de la decadente tendencia de los italianos en Europa: el mensaje que se transmitió fue el de un movimiento italiano que luchaba a nivel continental porque en el ámbito nacional la brecha era patente.

Las vitrinas de trofeos de la geografía italiana dejaron de acaparar grandes títulos a tener que conformarse con campeonatos de segunda –o tercera o cuarta- línea. Así, de aquel último título en Euroliga del Bolonia en 2001 se pasó a las conquistas del FIBA Challenge –último en discordia- en 2009 (el propio Bolonia) y 2014 (Reggio Emilia). Ni siquiera la Eurocup ha sido terreno fértil, con ninguna aparición en la final y solo tres en la Final Four desde 2011.

MÁS SOMBRAS QUE LUCES

El baloncesto italiano se encontraba sumido en un pozo y la selección nacional tampoco era ajena a ello. En 2009 no lograron clasificarse para el Europeo de Polonia –una ausencia que solo se había dado en dos ocasiones anteriormente, en 1949 y 1961- y la presencia en el EuroBasket de 2011 llegó ‘in extremis’ en una repesca para, posteriormente, caer a las primeras de cambio con una única victoria en cinco partidos. Con el ‘run-run’ previo de siempre, los Gallinari, Bargnani, Belinelli y compañía eran, finalmente, insuficientes para regalar ese plus a una selección que veía incapaz el repetir las gestas pasadas.

En clubes, la ruina económica del Montepaschi Siena y su posterior desaparición terminaron por convertir el baloncesto transalpino en poco más que un solar. En las últimas seis temporadas, en solo una ocasión (2013-14), un equipo italiano firmó un balance positivo –al menos un 50% de victorias- en Euroliga, con aquel EA7 Emporio Milano que alcanzó los cuartos de final. Al cierre de estas líneas, los de Lombardía pueden repetir la gesta, con un registro de 14 victorias y 12 derrotas que los mantiene en la séptima posición de la tabla.

VISIÓN ACTUAL DE UNA REALIDAD OSCURA, POR CLAUDIO COLI

En julio de 2014, se hizo oficial la caída del glorioso Montepaschi Siena, una máquina infalible capaz de ganar siete campeonatos consecutivos y alcanzar tres Final Four de Euroliga (2004, 2008 y 2011), en el que ha sido el último emperador italiano capaz de luchar de tú a tú con las potencias europeas.

Unos éxitos en la cancha que, en un momento dado, dejaron de ir de la mano con el presupuesto existente. El drástico recorte de patrocinio, en particular el procedente de la Banca Monte dei Paschi –también sumido en una crisis dramática-, quien había aportado a las arcas del club cien millones de euros repartidos en siete años.

Unos problemas financieros que, combinados con una serie de conductas fiscales ilegales por parte de la cúpula deportiva, empujaron a un club con una gran tradición baloncestística llamado a tomar el testigo de sus antecesores hacia el abismo.

Emporio Armani Milan
Euroleague

Según la Guardia di Finanza, que llevó a cabo la investigación del caso, un complejo sistema criminal de evasión, falsa facturación y blanqueo de dinero habría llevado a la erosión de los activos de la compañía y la total desestructuración de las cuentas de la compañía, arrastrando, por ende, al Siena.

El caso, con acusaciones contra los exejecutivos por asociación criminal, fraude fiscal, abuso de crédito y quiebra fraudulenta, sigue siendo muy polémico años después: nadie sabe con total seguridad la cantidad exacta que el exgerente y presidente Ferdinando Minucci habría podido adjudicarse durante todos esos años.

La destrucción económica del Siena tendría, por consiguiente, un desenlace definitivo a modo de puntilla: el Tribunal Federal de Deportes anunció la cancelación de los dos últimos campeonatos de liga (2012 y 2013) a consecuencia de un estado total de insolvencia que no permitía, siquiera, la inscripción del equipo en la competición.

En 2014, gracias a los esfuerzos de la antigua empresa matriz, Mens Sana Polisportiva, el Siena resurgía de sus cenizas y comenzaba una nueva andadura en la Serie B y un rápido ascenso a la A2. Sin embargo, los problemas financieros siguen acechando a la institución.

La falta de patrocinadores y la fragilidad del proyecto desencadenaron un primer amago de quiebra en 2016, evitado por una recaudación de fondos liderado por los propios aficionados del club, quienes pasaron a convertirse en accionistas minoritarios con la entrada del grupo “Siena Sport Network”.

Las buenas intenciones iniciales de los propietarios, la familia Macchi, sin embargo, no han tenido continuidad y el club vuelve a estar al borde del caos. De hecho, el Siena tiene hasta el 20 de marzo para abonar la quinta entrega del FIP y podría ser excluida del campeonato de no hacerlo.

Un ligero renacer

Aún así, no todo son sombras y el primer atisbo de luces comienza a ascender por los Apeninos.

La selección italiana volverá a disputar un MundoBasket trece años después tras firmar una notable actuación en las Ventanas FIBA y el Olimpia Milano puede volver a disputar unos Playoffs en Europa después de varios proyectos fallidos.

Por su parte, la apuesta por la cantera parece haberse convertido en uno de los principales focos de la Federación Italiana y los clubes, con la aparición de varias escuelas que promueven la formación de los jóvenes jugadores. Entre ellas destaca el Stellazzurra Basket Academy, equipo que ha nutrido a la NCAA con promesas europeas y que se ha dejado por el Adidas Next Generation de la Euroliga.

Muchas son las voces -y teorías- que han querido arrojar algo de luz al panorama de un baloncesto que añora tiempos gloriosos. Aquella generación dorada dominó con mano férrea toda Europa, quizá irrepetible. Un halo de esperanza vuelve a flotar en el país y solo es cuestión de espera y paciencia el comprobar si veremos de nuevo a un equipo italiano en lo más alto del pabellón baloncestístico continental.

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Objetivo Europa

Pitino y el PAO: acción, reacción, repercusión

En vez de llamar a los bomberos, Dimitris Giannakopoulos apaga los incendios con gasolina.

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Ruido. En el OAKA hay mucho ruido. Ambiental: casi 20.000 gargantas griegas. También hay ruido en los pasillos, en los vestuarios y en los despachos. Allá donde deje su inconfundible rastro el mandamás de todo ello, Dimitris Giannakopoulos, habrá ruido. Mucho. Y demasiada polémica; permanentes, diversas y a cada cual más loca.

La noticia- si así lo consideran- es que por primera vez hay ruido en el banquillo con la llegada de un nuevo entrenador, a años luz de los métodos, enseñanzas y estilo de Xavi Pascual, ejemplo de mute constate. Habrá no ruido, sino estruendo si se enfrentan las dos personalidades con mayor poder jerárquico en el Panathinaikos, un club en incendio constante que en vez de bomberos contrata pirómanos.

Existen unos protocolos de seguridad en caso de combustión. Son universales y la mayoría de la gente los conoce. Que si tapar las ventanas y puertas con una toalla húmeda, permanecer agachados ante el humo y, por supuesto, llamar a los servicios de emergencia. Mantener la calma y no actuar por impulsos. Actuar con cordura y sentido común.

Hay personas que carecen de esto último. Si ostentan un cargo de responsabilidad, sus actos tienen mayores consecuencias y su relevancia pública es notoria. Dimitris Giannakopoulos, o el abominable hombre de las canastas, es uno de ellos. Cuando ve fuego, primero echa gasolina y después, por si no es suficiente, avisa al pirómano de Louisville.

Dimitris Giannakopoulos

“LA LLEGADA”

Primera hora de la tarde del día de Navidad; un avión procedente de Washington aterriza en el aeropuerto Eleftherios Venizelos de Atenas. Entre las decenas de pasajeros, baja Rick Pitino. Escalerilla, maleta e inabarcables pasillos del aeropuerto. En esos, las primeras fotos. Varios diarios deportivos se afanan por capturar en primicia la imagen del nuevo entrenador del Panathinaikos. No es para menos: una leyenda de los banquillos universitarios de Estados Unidos vivirá su primera experiencia como coach en Europa.

El club griego atraviesa un momento aciago. Victorioso en sus ocho partidos de liga, pero sin un rumbo definido en la Euroliga. El 20 de diciembre pierde en Madrid por 89-68, sumando su séptima derrota en 13 partidos de la máxima competición continental. Son décimos en la clasificación y el Playoff peligra. Giannakopoulos aviva el fuego al bajar al vestuario y volver a amenazar a jugadores y entrenadores. Acto seguido, fulmina a Xavi Pascual tras dos temporadas y media de relación laboral. Un despido esperado que a casi nadie pilla por sorpresa. Tampoco a Giorgos Vovoras, su sustituto por unas horas.

La bomba llega minutos después. El oráculo de este deporte, el periodista Adrian Wojnarowski, anuncia el acuerdo entre el PAO y Rick Pitino. Cinco días más tarde, el susodicho aterriza en la capital helena.

Una apuesta suicida

“Posiblemente mi carrera como entrenador esté terminada”, escribía Pitino en su último libro, tras el sinfín de escándalos que protagonizó, directa o indirectamente, durante sus 17 años en la Univerdidad de Louisville. Sobornos, prostitutas… acontecimientos ladinos de sobra conocidos. Salió repudiado de allí. Era lógico que hasta él mismo pensara que su carrera estaba acabada.

Pero todos los borrachos encuentran su taberna, aquella donde les ofrecen la última copa. Por muy tocados que estén, por muchos grados de alcohol que acumulen en la sangre, otro semejante siempre aparece. Si alguien era capaz de ofrecer un puesto de trabajo a Rick Pitino, ese era Giannakopoulos. Tan desequilibrado como él. Tan personaje. Una mezcla explosiva. Apostaría a que ninguno de los dos firmantes conoce verdaderamente al otro. Parafraseando a Batman y al Joker: “Para ellos sólo eres un bicho raro, como yo”.

En Grecia las ruinas pueden arder con estos dos gallos en el mismo corral. Si el presidente quería un sargento de hierro, ya lo tiene. Pitino tiene la misión de enderezar un barco anárquico como es el Panathinaikos. Llega, a sus 66 años, para poner orden en el caos en su primera experiencia en Euroliga, que nada tiene que ver con la NCAA. Allí su personalidad y estilo encajan a las mil maravillas. Pitino, un reconocido entrenador de formación que debe entender -y cuanto antes mejor- que poco o nada se parece un jugador del PAO hecho y derecho a un chico universitario de Lousville. Además, es la primera vez que Pitino llega a un equipo a mitad de la temporada.

Su currículum profesional no juega a su favor. Pitino es el único entrenador que ha alcanzado la final a cuatro de la Liga universitaria con tres equipos diferentes, una competición que solo él ha ganado con dos universidades (Kentucky y Louisville). Pero lejos de los colleges, el neoyorkino fracasó en todos sus intentos: con los Knicks (1987-1989), en Boston (1997-2001) y también como seleccionador de Puerto Rico (2015), a la que no pudo clasificar para los Juegos Olímpicos de Río en 2016.

Por contra, pese a que la apuesta entraña muchos riesgos por la altiva personalidad del protagonista, no deja de tener un poso de razón. Pitino llega a un equipo de guerreros con más físico que talento. Él, como obseso de lo físico, se encuentra a una plantilla con la que puede congeniar y al que, por ahora, respetan. Unos jugadores cansados del constante quiero y no puedo que vive el club, envenenado desde arriba. Quiero Final Four (exigencia desde la directiva) pero el roster no da para más. Sin un cambio el PAO no tenía grandes esperanzas de futuro. Pitino, con sus múltiples defectos, es un soplo de aire fresco. Sus opciones y su valor principal es el mismo: el OAKA, que sigue siendo uno de los pabellones más difíciles del Viejo Continente.

Foto: Panagiotis Moschandreou, EB

Ensayo inminente

Es pronto para aventurar qué demostrará Pitino en el Panathinaikos. En cuanto a resultados, la irregularidad continental sigue siendo evidente y casi nada ha mutado: dos victorias y tres derrotas en Euroliga desde su llegada. Pero en lo meramente deportivo se han visto fogonazos de cambio: su inherente presión defensiva o su apuesta por el contraataque. El equipo sube líneas y juega con un cierto ritmo en ataque; los jugadores, con más soltura y libertad en esquemas muy distintos a los de Pascual. El PAO, por ejemplo, anotó 53 puntos en la primera mitad ante CSKA, en el debut de Rick.

Por ahora, un espejismo. Panathinaikos sigue sin encontrar la llave en Europa y ve alejarse a los ocho primeros cada vez más. El pase al Playoffs es muy caro, más aún si no triunfas lejos del OAKA desde el 2 de noviembre. Ese día, los griegos vencieron en la cancha del Buducnost consiguiendo su único punto como visitantes. Un equipo endeble en canchas ajenas no tiene futuro alguno en una competición tan exigente como la Euroliga.

Ni siquiera con la llegada de dos NBA dispuestos a relanzar su carrera el optimismo ha variado. Sean Kilpatrick y Adreian Payne -que ya jugó de verde cuatro meses la pasada campaña- amplían el fondo de armario de la plantilla…y poco más a fecha de hoy. La actuación de ambos, especialmente del ex de los Nets, se antoja fundamental en el devenir del conjunto heleno.

Los dos forman parte de un roster muy equilibrado. Aunque Nick Calathes ejerce de líder y generador de juego (líder en asistencias de la Euroliga con ocho por encuentro), hay cinco jugadores entre 11 y 8 puntos de media por partido: Keith Langford, el propio Calathes, Kilpatrick, Papapetrou y James Gist.

Rick Pitino, consciente del difícil trabajo que tiene por delante, fue claro en su presentación: “No puedo venir aquí con una varita mágica y cambiarlo todo en un entrenamiento. Perder se convierte en un cáncer y todo se propaga. La actitud, la mala ejecución y eso solo se soluciona ganando”.

Pitino no da con la tecla de un ordenador defectuoso de fábrica. Su jefe esperaba un cambio radical con su contratación. El único del planeta que lo pensaba. El tiempo juega en su contra: ha firmado hasta final de temporada con un contrato cercano, según fuentes griegas, a los 3 millones de euros netos. Otra cifra que, para muchos, es para echarse a reír o llorar. Y he ahí la cuestión. El transcurso de la temporada proveerá la respuesta: Panathinaikos, ¿tragicomedia u obra maestra?

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