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Objetivo Europa

Arvydas Sabonis: el gigante tras la cortina

danielarce@skyhook.es'

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Amar los deportes es amar la geometría. Desde la retícula severa y militarizada que distingue al campo de futbol americano hasta el célebre diamante beisbolero coronado por la bóveda de los jardines, cada competición atlética no puede entenderse sino a partir de su elección y subdivisión del espacio y la materia.

Sin embargo, la teoría física del juego es sólo la mitad de la ecuación: toda regla necesita súbditos. Para que cada deporte sea realizable, la configuración del terreno y las herramientas de juego deben corresponder a las capacidades y características del cuerpo humano. Los 3,05 m de altura reglamentaria para un aro de baloncesto, entonces, hace a los atletas altos sujetos privilegiados en la mayoría de los aspectos del juego, o al menos eso es lo que la simple geometría sugiere. Por ende, no es de extrañarse que el imaginario histórico, táctico y teórico del baloncesto se distinga por una fascinación constante y ambivalente con la figura del gigante.

Actualmente, el promedio de estatura en la NBA es de 1,93 m para bases y escoltas y 2,03 m para aleros y ala-pívots. La posición de pívot, usualmente la de más altura, ronda un promedio de 2,11 m, un poco más bajo que su estándar histórico de siete pies (2,14 m). Esta reciente reducción en la estatura esperada de un centro se origina en la elevada importancia del lanzamiento de tres puntos y del switching defensivo en el perímetro. A medida que el juego se desarrolla más lejos del aro, muchos equipos prefieren tener un centro atlético, rápido y capaz de disparar en lugar del tradicional gigante lento cuya mayor virtud es defender bajo el aro y poner pantallas para el pick-and-roll.

El cambio de paradigma ha venido acompañado del personal oportuno: jugadores como el camerunés Joel Embiid (2,13 m) o el letón Kristaps Porzingis (2,21 m) son gigantes ágiles, habilidosos y con buen disparo. A Porzingis, por su rareza, incluso se le apoda “El Unicornio”. Mientras tanto, centros de buen nivel, pero con habilidades más tradicionales, como Rudy Gobert o Jonas Valančiūnas, fueron puestos en serios aprietos más de una vez durante los actuales playoffs por equipos rápidos y que enfatizan el disparo a distancia. Es evidente que el baloncesto norteamericano vive una revolución en cuanto a las expectativas del gigante. Pero como es usual en los anales de la historia, antes de los revolucionarios siempre hay otros revolucionarios, sólo que estos condenados a empolvarse en el anuario viejo y la nota al pie de página ya sea por mala suerte, malas decisiones o mal timing. Arvydas Sabonis sufrió las tres cosas.

Sabonis nació en Kaunas, Lituania, el 19 de diciembre de 1964. Es decir, en la Unión Soviética y en la Guerra Fría. La importancia del deporte tanto en el ethos como en la praxis del régimen soviético es bien sabida, pero a menudo infravalorada. En manos del Comisariado Supremo de la Cultura Física, el atletismo se convirtió —de 1923 a 1991— en un mandato masivo ligado inextricablemente a la cultura totalitaria del experimento soviético, no un impulso libre que un individuo pudiera sentir o no en su fuero interno. La medida del éxito deportivo no sería el logro de metas personales o el aplauso de los fanáticos, sino el veredicto burocrático del Comisariado sobre la aportación de cada atleta al bienestar físico y espiritual del pueblo y la revolución.

A los deportistas, sustentados con dinero público, se les premiaba o castigaba de acuerdo a un sistema piramidal: el objetivo era llegar al rango de Honorable Maestro del Deporte, para lo cual se debía ser campeón mundial, de ser posible en Juegos Olímpicos e imponiendo récords. Más que una llana excelencia, los atletas cargaban con la responsabilidad de lograr la perfección espartana: se cuenta, por ejemplo, que un grupo de ajedrecistas fue reprendido en la prensa oficial por conformarse con el empate y que un campeón de tenis fue descalificado en 1954 por salir a la cancha cinco minutos tarde.

En este clima cultural, Sabonis debutó con el legendario Žalgiris Kaunas en 1981, a los dieciséis años, y no tardó más de una temporada en encender la máquina internacional de rumores. En 1982, el lituano deslumbró a EE.UU. durante una gira de la URSS contra equipos universitarios de gran prosapia. En victorias contra Virginia e Indiana, un Sabonis aún adolescente dominó a dos de las promesas más brillantes de la NCAA en su posición, uno de ellos Ralph Sampson, otro gigante de 2,24 m que a la postre iría a tres juegos de las estrellas con los Houston Rockets antes de que las lesiones lo diluyeran. Algunos comenzaron a hablar de él como un jugador ya más desarrollado que Patrick Ewing, quizá el mejor talento universitario de la época y ahora miembro del Salón de la Fama, a pesar de ser más de dos años menor. Sabonis, en retrospectiva, era un protounicornio perfecto: un pívot altísimo (2,21 m), rápido, con ubicación defensiva, buen disparo y la habilidad de pase de un armador élite. Lo tenía todo.

En 1985, los Atlanta Hawks se arriesgaron a elegirlo en la cuarta ronda del Draft, pero la NBA anuló la selección porque el jugador no había cumplido 21 años. El año siguiente, los Portland Trail Blazers aprovecharon el desliz y lo seleccionaron en la primera ronda, pero la URSS no cedió: para ellos era imperativo que su mejor jugador se mantuviera amateur hasta la olimpiada de 1988. A mediados de 1986, la Universidad del Estado de Louisiana se encontró sin un buen centro titular para la temporada y se les ocurrió reclutar a Sabonis aunque fuera por un año. Después de todo, en LSU, Sabonis seguiría siendo amateur nominalmente, como todos los atletas-estudiantes. Además de mandar cartas diplomáticas al mismísimo Gorbachov, donde ofrecían giras con el equipo por la URSS a cambio del permiso para el jugador, la universidad contactó al jugador con ayuda de Rima Janulevicius, una joven periodista con raíces lituanas. Janulevicius lo alcanzó en un hotel de Madrid.

¿Te gustaría jugar en Estados Unidos?, le preguntó.

Sí.

¿Con una universidad?

Sí.

¿Qué podemos hacer?

Ante esta pregunta, el gigante sonrió resignado. No sé, dijo. Pero sabía muy bien que no se podía hacer nada. Estaba atrapado tras la cortina de hierro.

Lo peor es que el tiempo comenzaba a apretarle el paso. En baloncesto, el gigante es una figura mítica, pero también a menudo trágica. Cuando un jugador sobrepasa los 2,15 m de estatura y tiene cierta destreza, las posibilidades parecen ilimitadas. Las reglas y la configuración del juego se pliegan como espigas en el viento y todo se ve tan fácil y natural como un fruto en una rama. Pero, así como David venció a Goliat con una honda, los cuerpos de estos gigantes se derrumban fácilmente y no suelen ser capaces de sanar.

De 1986 a 1988, Sabonis libró sus primeras batallas con las lesiones y —aunque salió adelante— el verdadero vencedor fue ambiguo. Los mayores problemas para este espécimen superhumano vinieron, como por broma del destino, de su tendón de Aquiles. Sabiendo el valor de su inversión, Portland trató de protegerlo y hasta de mostrar su buena voluntad a los soviéticos permitiendo que Sabonis se recuperara de una operación en sus instalaciones, pero la arrogancia del Comisariado y del seleccionador Aleksandr Gómelski prevalecieron: contra las indicaciones médicas, el gigante jugó en Seúl 1988 cojeando y disminuido, pero ganó la medalla de oro. Sabonis nunca cuestionó a Gómelski, ¿pero podría haberlo hecho? ¿Qué tan acostumbrado podría estar un soviético de 23 años a levantar la voz? ¿Acaso querría hacerlo tras una victoria tan rotunda? El otro gran gigante en la historia de los Trail Blazers, Bill Walton, cuya guerra con las lesiones de pie y tobillo quedara documentada en el clásico libro The Breaks of the Game, conoce a Sabonis de tiempo atrás y asegura que, pese a todo, al lituano se le ilumina el rostro con admiración cuando escucha el nombre de su entrenador olímpico.

 

En 1989, la URSS al fin permite que sus atletas jueguen profesionalmente, pero Sabonis, desconfiado de su físico, no se atreve a jugar en la NBA. Prefiere recalar en España con el Forum de Valladolid primero y con el Real Madrid posteriormente: gana una Liga Europea, dos ligas españolas, dos galardones al Jugador Más Valioso de la misma y continúa destrozándose las rodillas. Todos lo sabemos: en cuanto a baloncesto europeo, Sabonis es una leyenda del más alto calibre. Pero incluso él sabía que el gran escenario global estaba al otro lado del océano, que su legado ante los ojos del mundo no estaría definido hasta que diera el salto.

En 1995, el nuevo director deportivo de los Trail Blazers hace un último intento. El lituano, con 30 años cumplidos, sabe que su cuerpo no es lo que era, pero también entiende que los fantasmas nunca lo dejarán dormir si rechaza la oferta. “Si no vengo ahora, no vengo nunca, es la última llamada”, declara después de firmar. Y luego, excusándose por adelantado, “Ya no soy una locomotora, tan sólo un tranvía pequeño”. La evaluación médica al llegar a Portland es demoledora. Según el doctor del club, Sabonis podría haber pedido una tarjeta de discapacitado con base en las radiografías de sus piernas. Físicamente, no parecía probable ni aconsejable que jugara esa temporada. Pero al final jugó. Y luego seis años más.

Las estadísticas de la carrera NBA de Arvydas Sabonis lucen sólidas, no espectaculares. 12 puntos, 8 rebotes y 2 asistencias por juego. Su mejor temporada fue la tercera, donde a los 34 años promedió 16 puntos, 10 rebotes y 3 asistencias. Durante su estancia, los Trail Blazers permanecieron eclipsados por las últimas glorias de los Bulls de Jordan y luego por el ascenso de los Lakers de Shaq y Kobe. El equipo nunca ganó la Conferencia Oeste y él nunca disputó un juego de las estrellas.

En 2011, fue inducido al Salón de la Fama Naismith como parte de una nutrida clase que incluye a Dennis Rodman, Chris Mullin y Artis Gilmore, pero del lado americano del Atlántico se escucharon algunos cuchicheos: ¿qué hacen esas leyendas junto a ese centro lento, consistente mas no dominante que estaba en los Blazers hace unos años? Hasta el día de hoy, uno puede encontrar discusiones donde aficionados casuales se hacen esta pregunta. Esto en gran parte se debe al desconocimiento del baloncesto europeo que hay en el nuevo continente, puesto que los logros de Sabonis en España y como jugador internacional más que justificarían su inclusión, pero también es cierto que estamos ante un caso único: entre las más grandes leyendas europeas del deporte, Petrovic, Nowitski y Gasol lograron ser estrellas NBA, mientras que Dejan Bodiroga nunca cruzó el charco, pero Sabonis es el único que lo intentó quizá demasiado tarde, que dejó en el imaginario de la liga norteamericana una deliciosa probada de lo que pudo ser, pero también un frustrante recordatorio de lo que nunca fue.

La gloria deportiva es casi siempre traicionera y frágil. Se basa en estirar los límites del cuerpo humano; por eso mismo es imposible saber cuándo éste dará de sí y rodará cuesta abajo, piedra estrepitosa e imparable. Y nunca es esto más cierto que en los cuerpos de los gigantes, que pueden realizar lo inimaginable y derrumbarse segundos después, aun jóvenes, ante alguna mala ráfaga de viento. Pero no olvidemos que el legado de Arvydas Sabonis en el baloncesto norteamericano no se reduce al fulgor vago de sus siete años en la liga —a aquellos pocos juegos que le ganó a Shaq y a David Robinson o a su buzzer-beater para forzar tiempos extra ante los Suns en 1997— sino que permanece y hace eco hasta el día de hoy cada que Joel Embiid encaja un triple o Nikola Jokic asiste a un compañero con un pase detrás de la espalda.

La evolución del juego seguirá corriendo. Y me atrevo a creer que, junto a ella, la sombra de este gigante sólo se hará más y más y todavía más larga.

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Armenak Alachachian, el mago armenio

Armenak Alachachian, fue un virtuoso del baloncesto, sin lugar a dudas el preferido de los aficionados soviéticos por su repertorio de inverosímiles habilidades. Un hombre que pasaría a la historia por desarrollar un talento que superó todas las dificultades que se le presentaron en su vida.

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Repasar la vida de Armenak Alachachian resulta un viaje apasionante y contradictorio. Apasionante por profundizar en  la vida deportiva de uno de los jugadores más influyentes  del baloncesto europeo de los cincuenta y sesenta. Y contradictoria por las grandes penalidades que tuvo que padecer a lo largo de su vida, lo que a pesar de todo no le impidió dejar una huella indeleble en el baloncesto europeo.

El primer gran revés al que tendría que enfrentarse Armenak , sucedió muchos años antes de su llegada al mundo. El genocidio jamás reconocido por Turquía hacia Armenia en 1915, fue la primera de las muchas atrocidades  de las desgraciadamente, el siglo XX fue testigo. Su mamá, una valiente mujer llamada Siroun, tuvo tiempo de ver como toda su familia era asesinada antes de abandonar su tierra. Huérfana, Siroun jamás supo ni su nombre, ni su fecha de nacimiento.  Siroun, llegó en primer lugar a Grecia, donde pasaría casi diez años repartidos en orfanatos y campos de refugiados. Siendo todavía muy joven, el destino la llevó finalmente a Alejandría , lugar en el que conocería a su primer esposo, un hombre mayor que ella  que también era víctima del genocidio turco.  De aquella unión nacieron dos hijos: Rose y Armenak. El día de Navidad de 1930, Armenak Alachachian llegaba al mundo.  La vida en Alejandría, nada tenía que ver con la vida en la todavía joven URSS, pero la desgracia no tardaría en hacer de nuevo acto de presencia. Incapaz de superar la pesadilla vivida durante el genocidio, estando su mujer embarazada de Armenak, su padre se suicidó. << Siroun, que había quedado huérfana del genocidio, se convirtió en una viuda de los efectos secundarios del genocidio>>, comentan desde Canadá familiares directos de Armenak , a los que   he tenido oportunidad de entrevistar recientemente, y cuyas palabras podréis leer íntegramente en un proyecto que verá la luz en unas semanas.  

El resultado de las masacres de armenios por parte de los  otomanos, derivó en el hecho de que en Alejandría habitasen varias familias armenias. Ni mucho menos era algo excepcional la situación de Armenak. Dentro de la ciudad, muchos armenios vivían en el distrito armenio de la ciudad, cerca de la Iglesia Armenia, donde podían compartir más fácilmente su idioma, cultura y fe cristiana. Como diáspora desplazada, eran muy conscientes de su condición de minoría.

Como parte de sus ambiciones geopolíticas de expandir el alcance de Moscú al sur del Cáucaso y al este de Turquía y el norte de Irán. Stalin propuso inicialmente la (re) patriación de armenios de la diáspora a la Armenia soviética posterior a la Segunda Guerra Mundial en la década de 1940. En esa ola de repatriados llegó la familia de Armenak de nuevo a su tierra. <<La promesa de regresar a una patria armenia resonó profundamente para los miembros de la diáspora que habían sufrido tanto durante las anteriores deportaciones masivas y masacres en el Imperio Otomano y Turquía>>, explican desde Canadá sus familiares.

Desde temprana edad Armenak  se había interesado en el deporte. Le gustaba mucho el fútbol, pero se inclinó por el baloncesto, un deporte que se amoldaba mejor a su virtuosismo, permitiéndole construir personalmente el juego del equipo y tener el balón en sus manos constantemente. Armenak, en su regreso a su tierra, ingresó en el Instituto de Educación Física de Ereván, donde a pesar de su corta estatura pronto comenzó a sobresalir en el baloncesto, deporte por el que se inclina definitivamente. Primero, en las filas del SKIF de Ereván,  donde anotaría 39 puntos ante el Sverdlovsk en 1952 y 41 ante el SKA de Kiev en 1953, después con el equipo de la República, y finalmente en el Burevestnik de Alma-Ata antes de incorporarse en 1959 a las filas del CSKA. Con sus escasos 174 cms, algunos desconfiaban de su físico, pero en 1953 todavía no habían llegado las torres que llegarían poco después. Armenak jugó (1948-1951) y luego entrenó (1951-1953) en el equipo de la Universidad Estatal de Ereván  antes de ser llamado a Moscú para la pre-selección de la URSS , que bajo las ordenes de su nuevo entrenador Konstantin Travin, se preparaba para el Campeonato de Europa a celebrar en Moscú. Armenak, logró hacerse un hueco en un equipo en el que no tuvo un rol principal, pero si tuvo oportunidad de maravillar al público moscovita con sus habilidades.

Su vida deportiva parecía ir viento en popa, pero una derrota en un amistoso ante la selección de Bulgaria en 1954, le apartó de la selección nacional durante varios años., la misma suerte que corrió  Vasya Akthaev, los dos chivos espiatorios. Parece desproporcionado responsabilizar a dos jugadores concretos de una derrota colectiva, pero eso fue exactamente lo que sucedió. Akhtaev y Alachachian pagaron los platos de una derrota que sentó como una bomba. Por iniciativa del propio Akhtaev, sumamente ofendido con las autoridades soviéticas, Alachachian aceptó su invitación para unirse a él en el Burevestnik de Alma-Ata donde formarían un exitoso dúo.

El problema, en gran parte, fue que Armenak nació fuera de la URSS y su hermana mayor vivía en Occidente y, como resultado, había cierta preocupación sobre el lado de la seguridad de si podría o no regresar a la Unión Soviética. En esa época, pocos jugadores soviéticos dominaban los idiomas occidentales, pero Armenak ya hablaba inglés y francés.

Alan W., sobrino del jugador.

Los años en Kazajistán acabarían de moldear el estilo de un Alachachian que encajó a la perfección con Akthaev. Formando parte del equipo de Kazajistán, asombrarían a todo el mundo en la Spartakiada de 1956. A finales de los cincuenta, Armenak llega a Moscú para firmar por el equipo que, cambiaría sus siglas de CSK MD (Club Deportivo Central del Ministerio de Defensa), por las de CSKA que  son, desde 1960, las siglas del Sportivnyi Klub Armii (Club Deportivo Central del Ejército).  Evgeny Alekseev, entrenador del equipo moscovita,  tenía carta blanca y la aprovechó con la llegada de Alachachian, Astakhov y Volnov, lo que  termina de apuntalar el primer gran CSKA de la historia, que se vería más reforzado si cabe con la llegada de Yuri Kornéiev, procedente del otro club adscrito al Ministerio de Defensa , el  Dinamo de Moscú  en 1961. A pesar de encontrar  ciertos recelos iniciales por parte de  Alekseev, Alachachian no tardó en hacerse un hueco en aquel equipo que pondría punto y final tras su llegada al reinado del ASK de Riga de Aleksandr Gómelski en la URSS . Armenak Alachachian, era el director de orquesta de aquel equipo.  Uno de sus trucos preferidos era el lanzar al balón a tablero y recoger su propio rebote ante la incredulidad de unos rivales que sencillamente se quedaban asombrados. Después, bien lanzaba a canasta y anotaba fácil, o bien le daba el balón a un compañero mejor situado. A la vida moscovita se adaptó rápido: “Tanto Alachachian como su esposa Rosa disfrutaron de  la vida en Moscú. Su carrera floreció allí. Era muy popular entre los fanáticos y a menudo era reconocido en las calles de Moscú y lo trataban muy bien. A cambio,  siempre fue generoso y amable con los fanáticos”, relatan sus familiares.

Pero no se equivoquen ustedes. La felicidad jamás fue completa en Moscú: “Durante varios años, en el último minuto, cuando Armenak y el equipo nacional soviético  estaban a punto de tomar un avión para viajar fuera del país, se le impidió hacerlo . Aparentemente, no era expulsado del equipo nacional  en ese momento, simplemente no se le permitió viajar al extranjero. Esto continuó sucediendo y le afectó también en los partidos en el extranjero a disputar por el CSKA . Sin embargo, Armenak, se dio cuenta de que el mariscal Grechko, el héroe de guerra, era un fanático del baloncesto, en general, y de Armenak, en particular. Después de un partido , Armenak solicitó una reunión con la poderosa figura militar y en la reunión posterior, indicó que no tenía intención de abandonar  ni la Unión Soviética ni a  su familia. Con el apoyo de una figura política tan poderosa, Armenak finalmente pudo viajar fuera del país. Cumplió su palabra durante muchos años, incluso cuando viajaba para jugar con el equipo soviético en América del Norte donde ya  estaba parte de su familia”,  relata su familia por medio de su sobrino Alan, a quien desde aquí agradezco  el haber compartido conmigo su tiempo y sus recuerdos.

Como miembro del equipo nacional soviético, fue medalla de oro en los Eurobaskets de 1953, 1961, 1963 y 1965. Medalla de Oro en las Spartakiadas de 1959 y 1963 formando parte del equipo de Moscú. Las prohibiciones de salir del país le impidieron estar en el Mundial de Brasil de 1963, pero no  en las Olimpiadas de Tokio de 1964, de donde se llevaría la medalla de plata.  A estos logros, sumaría seis campeonatos de liga con el CSKA, y las Copas de Europa de 1961 y 1963, año en el que también sería reconocido como URSS ZMS ( Honorable Maestro de los Deportes en Baloncesto).

Finalmente, se retiraría en 1966 para comenzar su carrera como entrenador, carrera que le llevaría al banquillo del CSKA dos años más tarde sustituyendo a Evgeny Alekseev.  Esto supuso una alteración en el statu quo que reinabaen el equipo moscovita. Alekseev, apostaba por la vieja guardia en la antítesis de las ideas que tenía Armenak , decidido a dar mayor protagonismo a la juventud, hecho constatado  al apostar por jugadores como Kulkov. Su llegada provoca la salida de en primer lugar de Travin, y más adelante de Yuri Selikhov- posterior entrenador en el CSKA ochentero y la selección del CEI en Barcelona 1992-  dos hombres veteranos y fijos para Alekseev.  Para esas el CSKA ya contaba con Serguei Belov y  Vladimir Andreyév, el principal factor desequilibrante en la famosa final de 1969 jugada en Barcelona ante el Real Madrid , que se saldó con la tercera copa de Europa para el CSKA . También fue la tercera para Armenak, que unía su primera Copa de Europa ganada como entrenador a las dos que había conquistado como jugador.

Parte de las técnicas operativas de la KGB era tratar de captar a figuras internacionales famosas para que trabajaran para ellos durante sus viajes al extranjero. A principios de la década de 1970, la KGB había tratado de reclutar a Armenak”, nos confirma Alan sobre esta parte de la vida de su tío.  Tras la salida de Aleksandr Gómelski de la selección nacional soviética en 1970,  Armenak Alachachian, el hombre que había entrenado al CSKA desde 1968 era , con un cierto sentido de la lógica, el mejor situado para sustituir a Gómelski en el banco de la hoz y el martillo  a pesar de haber sido removido de su puesto en el CSKA tras un mal inicio en la liga 70-71, siendo sustituido por el propio Gómelski en el banquillo del equipo moscovita.   Finalmente, Vladimir Petrovich Kondrashin, técnico del emergente Spartak de Leningrado, se sentaba en la banqueta de la selección que lucía en el pecho las históricas siglas CCCP para hacer historia y llevar al baloncesto soviético a su victoria más gloriosa y legendaria. Pero eso es otra historia.

Un incidente  que sufrió en Moscú, fue un momento crucial para Armenak y su familia. Él y su esposa decidieron que, a pesar de todo el éxito y la fama atlética y financiera del pasado, ya no era seguro permanecer en la Unión Soviética. Tendrían que hacer la difícil transición de convertirse en inmigrantes en Canadá. Su madre, su padrastro y su hermana menor lo precedieron a Canadá, y en 1974, Armenak, armado con sus medallas de baloncesto, incluida la olímpica de plata de 1964, llegó a Toronto. Fue  dificil ajustarse a la vida en Canadá en un momento en que el baloncesto no era muy conocido en el país de América del Norte. Todavía no había un equipo profesional de baloncesto de la NBA en Toronto y muchos atletas olímpicos de la Unión Soviética generalmente no eran conocidos. Por razones de estar más cerca de su extensa familia, Armenak decidió quedarse en Canadá, donde los trabajos de entrenador de baloncesto eran escasos y mal pagados. Como tantos otros inmigrantes, fue un nuevo comienzo desafiante”, informan de primera mano sus familiares desde Canadá.

Sus desafíos laborales comenzaron con largas horas en un trabajo manual moviendo autos en un estacionamiento del centro. Acostumbrado a luchar y trabajar duro toda su vida, Armenak trabajó rápidamente durante largas horas, de formas innovadoras y poco ortodoxas. Un día, inesperadamente, dos antiguos fanáticos de la Unión Soviética, que ahora eran hombres de negocios, lo reconocieron y se ofrecieron a asesorarlo en el negocio del oro en Toronto. Después de varios meses de aprendizaje aprendiendo el negocio del oro y las joyas y con un modesto préstamo familiar, abrió “AAA Diamonds LTD”. Resultó ser una empresa de fabricación y venta minorista de gran éxito en el centro de Toronto”, escribía Kamo Mailyan en un artículo dedicado al que fuese su amigo Armenak. He tenido la oportunidad de ver el CV enviado por el propio Armenak solicitando su entrada en el Hall of Fame. Es impresionante la aportación realizada al desarrollo del baloncesto, deporte del que fue un perfeccionista y un estudioso en su gabinete de estudio ubicado en lugares tan dispares como Armenia, Kazajistán, Canadá o Moscú. A pesar de su carrera profesional innovadora y larga y sus extensos escritos sobre baloncesto, sus  esfuerzos por haber formado parte  del Salón de la Fama del Baloncesto no tuvieron éxito. Falleció a los 87 años en Toronto, Canadá, el 4 de diciembre de 2017. Descanse en Paz.

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El rearme del Ejército Rojo

El CSKA ha sido obligado a armar un nuevo equipo tras alcanzar la gloria la pasada temporada. Y lo hace con su principal incentivo: los dólares.

pablomerinoruiz@hotmail.com'

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VTB Photo

Las puertas del número 3 de la avenida Khodynka se abrieron un 15 de diciembre de 2006 para soñar a lo grande. Hay lugares donde se escribe la historia y allí sobrevive la del Club Deportivo Central del Ejército de Moscú. No es fruto del azar que el Megasport Sport Palace esté construido en el epicentro del distrito de Khoroshyovsky. Una tierra con historia que acogió en el pasado las innumerables batallas entre el zar Vasili IV y Dmitry II o sobre la que trágicamente fallecieron más de 1350 personas en una terrible estampida durante las festividades por la coronación del zar Nicolás II.

El distrito Khoroshyovsky es símbolo de prosperidad en Moscú y, por ende, de toda Rusia. En sus 8.54 kilómetros cuadrados se encuentra hoy el centro comercial más grande –el Aviapark Center- y el edificio de apartamentos más alto de Europa –conocido como Palacio del Triunfo-, el aeropuerto donde se realizó el primer vuelo ruso -antiguo Aeródromo Khodynka-, el majestuoso parque Berezovaya Roshcha y el pabellón donde juega cada fin de semana el CSKA Moscú.

El baloncesto en Rusia es cosa de Estado. Los orígenes del club están unidos estrechamente al Ejército Rojo. Tanto es así que en sus inicios dirigía el equipo el histórico Alexander Gomelski -coronel y entrenador al mismo tiempo- y acogía en sus filas a los mejores jugadores de la extinta URRS mientras cumplían con el servicio militar obligatorio.

A España la fiebre del ‘chesca’ –pronunciación española de TsSKA, como se le conocía entonces- llegó con fuerza en la década de los sesenta. Todavía bajo la dictadura franquista, el CSKA, afín al régimen comunista, intentaba arrebatarle al todopoderoso Real Madrid de Emiliano, Brabender y Luik el oro continental cada temporada. Un partido marcó especialmente esta rivalidad histórica, la final de la Copa de Europa de 1969 en el Palacio de los Deportes de Montjuic (Barcelona). Un duelo vibrante con prórroga que, pese a los esfuerzos del gobierno español por que la afición apoyara al Madrid, acabó con el público catalán animando sin descanso a los rusos que finalmente se hicieron con el título.

En este inicio de temporada su presidente, Andrey Vatutin, rescató parte de esa historia y del sentimiento patriótico ruso cuando comentó para la agencia RIA Novosti que le gustaría ganar la Eurolague con 12 nacionales.

“Es muy improbable que pase. No podemos ni encontrar doce jugadores para la selección. (…) Pero recuerdo los tiempos en los que Evgeni Kisurin, Vasily Karasev, Sergey Panov o Nikita Morgunov jugaban para este equipo. Cada partido era como estar de fiesta”.

Andrey vatutin

El nuevo Ejército Rojo

Pero esos tiempos ya han cambiado. El equipo se ha profesionalizado y ahora todo jugador, nacional o no, es bien recibido si con su talento ayuda a ganar. Estas declaraciones llegan pues en un momento clave para el futuro de la entidad que experimenta un cambio de ciclo y, quizás, de modelo.

El presidente de Rusia Vladimir Putin impuso tras su llegada al poder un modelo deportivo sustentado en la inversión de las grandes fortunas del país a sus equipos más emblemáticos. Promoción política y orgullo nacional a partes iguales. El CSKA Moscú entraba en ese proyecto que debían liderar los grandes magnates. Así, la dirección cayó en manos del dueño de la empresa Norilski Nikel, el mayor explotador mundial de níquel.

Los resultados no tardaron en llegar. En la última década solo ha faltado a una Final Four, la de Barcelona en 2011. Siempre candidatos a todo. Una trayectoria prácticamente inmaculada que ha colocado al club entre los más grande de la historia del continente. Siempre buscando (y pagando) por los mejores para fabricar plantillas estelares. Esta temporada la inversión en salarios del CSKA rondaba los 30 millones de euros, la más alta en el continente. Pero el dinero no todo lo consigue.

Ganar la Euroleague es tan complicado que ni el mejor presupuesto ni los mejores jugadores tienen por qué traducirse en títulos. En Moscú bien lo saben. De los últimos 16 playoff que han disputado, solo han ganado 4. El fantasma de las semifinales sobrevuela con demasiada frecuencia los despachos del conjunto moscovita. Por eso, cuando en mayo consiguieron devolver el trofeo a casa algunas de sus estrellas consideraron que era el momento de cambiar de aires. Del quinteto titular que derrotó a Anadolu Efes en la final de Vitoria se marcharon Sergio Rodríguez (Milan), Cory Higgins (Barcelona) y Nando de Colo (Fenerbahçe), además de Alec Peters (Anadolu) y Otello Hunter (Maccabi).

Los jugadores firman con el CSKA para lograr un objetivo: la Euroleague. Al conseguirlo, sienten que han culminado con éxito su tarea y que ha llegado el momento de cambiar de proyecto. En una entrevista con la web Izvestia, unos días después de que la VTB hiciera público los presupuestos de sus equipos, Vatutin avisó:

“Mostrarlos no hace más que crear problemas (…) Es incorrecto hacer comparaciones aquí: trabajamos en diferentes países, economías y sistemas fiscales”.

vatutin

El presidente, con diez años de experiencia en el cargo a sus espaldas, insiste sobre todo en las condiciones que rodean Moscú, principalmente el clima:

Cuando los jugadores tienen dos ofertas similares, una de CSKA y la otra de Barcelona, ​​el 95% elegirá Cataluña. Mejor clima, más sol, etc.

Dólares contra el frío

El CSKA domina Europa a base de talonario, pero para hacerse con la hegemonía necesita algo más. No solo con estrellas se gana. El club está empezando a ser consciente de que el futuro pasa por formar un equipo sólido, con continuidad y que apueste por los jóvenes talentos. Buscar un modelo similar al del Real Madrid, aunque con matices. El actual formato de la Euroleague así lo demanda. El aficionado del Megasport Sport Palace sabe que cuenta con los mejores una temporada, pero eso no les aseguraba nada para la siguiente.

Desde esta perspectiva la dirección deportiva ha tenido que solventar este verano un mercado de fichajes exigente para mantener las mismas aspiraciones que le llevaron al triunfo meses atrás. La plantilla se renovó con cierto éxito aunque todos los analistas coinciden en que se coloca un escalón por debajo del habitual hasta ahora. Pese a todo llegaron Janis Strelnieks (Olympiacos), Mike James (Olimpia Milano), Ron Baker (Washington Wizards), Kostas Koufos (Sacramento Kings) y Darrun Hilliard y Johannes Voigtmann (Baskonia). Todos jugadores de primer nivel, a pesar de que no alcanzan la dimensión de auténticos MVPs como Chacho o De Colo. El entrenador, Dimitris Itoudis, también recibió ofertas de franquicias NBA y de otros clubes de Euroliga pero decidió finalmente quedarse. Resulta extraño no encontrarlos como favorito a repetir título esta temporada.

La suerte además no les ha sonreído en el inicio del curso. Un par de semanas después de comenzar la liga regular una pieza clave en el vestuario se lesionaba de gravedad: Will Clyburn estará fuera toda la temporada por una rotura del ligamento interior cruzado anterior de la rodilla derecha. Un golpe directo a la columna vertebral de la plantilla que deja al veterano Kyle Hines como único heredero del núcleo principal campeón de la pasada campaña.

El club busca dar un paso más y tiene el reto de deshacerse de la etiqueta de multimillonario que compra a las estrellas para regresar a la cima desde la grandeza del colectivo. No existe otro camino para luchar por algo que solo Olympiacos y Maccabi han logrado en este siglo, ganar la Euroleague en años consecutivos. El nuevo CSKA.

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El inframundo del baloncesto

Tras los Juegos Olímpicos, Londres se ha convertido en la capital mundial del deporte, la ciudad en la que todas las competiciones quieren estar. Y ni siquiera la falta de tradición en baloncesto va a detener los planes.

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John Gichigi / AllSport

¿Qué tendrá el infierno que llama tanto la atención?

1990, una tarde cualquiera, instalaciones de entrenamiento del Derby Storm, Inglaterra.

La plantilla del Derby Storm, undécimo clasificado, trabaja para escalar posiciones en la British Basketball League. La temporada no marcha bien y el equipo, como buena parte de sus rivales domésticos, anda sumido en graves problemas económicos. El campo de entrenamiento es el gimnasio de un colegio, por lo que el primer equipo tiene que esperar a que los niños acaben su clase para comenzar la sesión.

El Derby Storm es un equipo semi profesional, en el que destaca un chaval, Nick Nurse. Tiene un talento especial, y ese mismo año logra un rol poco común en el baloncesto: el del entrenador-jugador. El actual campeón de la NBA vive su primera experiencia como coach, entrenando a jugadores hasta diez años mayor que él, y en un lugar tan inhóspito como la ciudad de Derby. Nick Nurse definiría, años después, al país británico como el inframundo del baloncesto.
Con toda la razón del mundo.

12 de mayo de 2013, Londres

Olympiakos y Real Madrid se dan cita en la gran final de la Euroliga en el imponente O2 Arena, a orillas del Támesis. 15.100 espectadores serán los afortunados de vivir el partido en directo, todo un récord de público en Inglaterra. Antes, tanto en las semifinales como en el partido por el tercer puesto entre CSKA yBarcelona, se superaron los 10.000 aficionados.

Unas calles más allá, la fiesta del baloncesto acaba. Transeúntes, turistas y gente ajena a la mejor competición continental de la canasta. Allí no interesa. Ni rastro de carteles por toda la ciudad anunciando la F4. Solo una publicidad en la estación de North Greenwich, la más cercana al estadio. Incluso en él, la decepción local es evidente. Más de la mitad de los aficionados son fervientes seguidores del Olympiacos. Hay casi 1.000 del Real Madrid, y cientos de rusos. A los londinenses con entrada se les puede contar con los dedos de una mano.

La city no tiene cultura baloncestística. Nunca la ha tenido. Ni siquiera la enorme exposición de organizar unos JJOO (2012), relanzó la pasión por la pelota naranja. Es un país peculiar en muchísimas cuestiones, y el baloncesto no iba a ser menos. Cuesta encontrar canastas por las calles y, en consecuencia, jugadores y equipos de un nivel aceptable.

2011-2019: primeros meses del año, Londres

Otra vez de gala. No es para menos. La NBA ha vuelto a elegir Londres y el O2 como escenario de su noveno partido de liga regular en Europa. Wizards y Knicks aterrizan en la capital británica. Unas horas antes del inicio del partido, las redes sociales del pabellón informan: “Todo vendido. No quedan entradas”. El tirón de la NBA derriba fronteras, hasta las más tozudas. El pabellón se llena de aficionados. En su mayoría, ése será el único partido de baloncesto que vean en directo en todo el año.

El viejo recuerdo de los London Towers

La Final Four de la Euroliga y los partidos de NBA en la capital británica son las excepciones que confirman la regla: el baloncesto está marginado en Inglaterra. Solo los eventos proclives al gran espectáculo llaman la atención, lejos de la competitividad y la profesionalidad de un deporte global. Incluso la propia NBA ya ha confirmado que en 2020 cambia Londres por París en su tradicional partido en Europa.

Existió en la última década del siglo pasado un equipo referencia de Inglaterra en el panorama continental. No fue un conjunto creado de la nada a golpe de talonario, sino un proyecto duradero, con notable éxito en la BBL pero que pasó de puntillas y con mucha discreción por Europa. Aunque pasar ya es algo.

Los London Towers, llamados inicialmente Tower Hamlets, dominaron la competición local (BBL) durante la década de los 90, logrando el primer título en la temporada 95/96. Un año antes, el equipo había disfrutado de su primera aparición en Europa, concretamente en la Copa Korac, donde lograron alcanzar la segunda fase. Por aquel entonces, toda una gesta dentro de un deporte desconocido, obsoleto y minoritario. Años después, la Copa Saporta también fue escenario de batalla para el London Towers, con diversas participaciones en la segunda mitad de los 90.

El punto álgido del equipo llegó a principios de los 2000, cuando la Euroliga refundó su estructura y creó el torneo que conocemos ahora. La competición invitó al London Towers, que figuró como integrante de su primera edición, en la temporada 00/01. El conjunto británico fue encuadrado en el grupo D, junto con Barcelona, PAOK, Buducnost, Verona y Skyliners Frankfurt. Precisamente ante los alemanes, y en la primera jornada, llegó la única victoria de su historia en Euroliga. Con poco más de mil personas en las gradas, el Haribo -así se patrocinaba- aplastó al equipo germano por un claro 86-61.

Ese inicio fue un simple espejismo: el London Towers perdería sus siguientes nueve encuentros, aunque fueron el convidado de piedra en los últimos minutos de Seikaly como pívot del Barça (diciembre de 2000). O dicho de otra manera, fueron testigos de los últimos instantes antes de que Pau Gasol iniciase su leyenda.

La historia no mejoró a la temporada siguiente: los London Towers perdieron los 14 de la primera fase, siendo con diferencia el peor equipo de la edición de la Euroliga 01/02. Ese mismo año, el conjunto inglés puso el punto y final a su existencia, sumido en graves problemas económicos, una circunstancia recurrente en el baloncesto británico.

La del London Towers fue la última participación de un equipo inglés en competiciones europeas, aunque no la única. Antes, otros seis equipos anglosajones disputaron el máximo torneo internacional, conocido entonces como Copa de Europa: el Central YMCA (64/65), el Vauxhall Motors (67/68), el Epping Avenue de Leyton (72/73), el Embassy (75/76), el Sutton & Cristal Palace (75-83) y el Kingston BC (86/87).

La Euroliga mira a las islas

A día de hoy no existe ningún club inglés entre los 74 equipos europeos que disputan una competición internacional (18 en Euroliga, 24 en Eurocup y 32 en Champions). Y no será por la insistencia y el deseo de la Euroliga, consciente del gran mercado que supone Londres a nivel global, con sus más de 9 millones de habitantes-66 en todo el país-. La máxima competición europea, en plena y sana expansión, sueña con establecer un equipo allí, lo que supondría un importante mercado en términos audiovisuales y de patrocinio.

El director ejecutivo de la Euroliga, Jordi Bertomeu, no cesa en los continuos guiños al público inglés: “los propietarios de la competición, que son los clubes, han entendido que Reino Unido es un mercado estratégico para la Euroliga, pero también para ellos”. En la actualidad, los derechos de televisión en el país están en manos de Eurosport y no de Sky o BT Sport, que son las dos grandes cadenas audiovisuales del Reino Unido.

“El club de Reino Unido que jugara en la Euroliga no podría estar en una liga nacional, porque la diferencia de competitividad es muy alta. Ahora sí tenemos un producto interesante, nos llega mucha inversión americana, por eso es el momento de que empecemos a trabajar en serio”.

Jordi Bertomeu, presidente de la euroliga

Por posibilidades y recursos del país no será. Suena irónico que la mayor plataforma de contenido deportivo, DAZN, con más de 2.600 empleados en 24 países, tenga su sede en la misma city y, por el contrario, no opere en Inglaterra.

El Brexit, enésimo obstáculo

Existen dos grandes barreras para el crecimiento del baloncesto en Inglaterra. La primera es cultural. Reino Unido es tierra adversa para los deportes extranjeros. Los ingleses inventan pero no compran. El fútbol ocupa la gran mayoría del foco mediático, y otros deportes como el rugby o el críquet ocupan el lugar que el baloncesto tiene en España como segundo deporte.
Eso se traslada a una barrera social y económica. No existe una federación adecuada, ni instalaciones, ni clubes que sostengan el peso de una liga competitiva, ni demanda suficiente. Si la Euroliga ha decidido lanzarse al mercado británico, lo ha hecho en mal momento. El Brexit representa de todo menos seguridad y estabilidad.

Por eso, si hace unos años la opción de conseguir un equipo inglés en la Euroliga era más factible (“Nuestros objetivos no han cambiado y estamos más cerca de conseguirlo”, llegó a decir Berotmeu en 2017), ahora cunde la prudencia cada vez que el tema sale a relucir: “Estamos intentando encontrar los socios correctos, las instituciones que creemos que deben involucrarse en este proyecto. Es un proceso de hablar con mucha gente”. Y añade una fecha: “no antes de las próximas tres temporadas”. Habrá que esperar, por tanto, para conocer si se hará realidad la inclusión de un mercado tan grande como en londinense en una competición tan en crecimiento como la Euroliga. Están condenados a entenderse.

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