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Perfiles NBA

Expediente John Brisker

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Nació y creció en Detroit. Una vida dura que hacía juego con su carácter de acero, infranqueable. Una rareza psíquica que forjó a una persona que infundía miedo por igual tanto a amigos como a enemigos, a compañeros de equipo, a rivales o árbitros. Nadie quería cruzarse con aquel ejemplar de metro noventa y ocho y ciento diez kilos de músculo que podía golpearte en cualquier momento sin motivo aparente. No encontrarías a nadie que supiera qué pasaba por la cabeza de John, ni mucho menos a un inconsciente dispuesto a averiguarlo.

Su inflamable personalidad logró pasar suficientemente inadvertida en el único año que disputó con los Rockets de la Universidad de Toledo. Demostraba talento no solo para el baloncesto, también en el fútbol americano podría haber hecho carrera, y con ese dilema se entretuvo durante su año de ‘college’. A pesar de ello, su nombre no apareció en ninguna de las interminables veinte rondas del Draft de 1969 – la del esperado Alcindor – y el alero encaminó sus pasos a la ABA, concretamente a una de esas franquicias que vivieron en el alambre durante casi toda su existencia, los Pittsburgh Pipers, que cambiarían su nombre a Condors solo un año después, como si quisieran borrar toda prueba de que ellos trajeron al mundo del baloncesto profesional a aquel enorme demonio.

Brisker poseía un lanzamiento sensacional, salvaje, tanto como su juego, tan talentoso como apartado de cualquier atisbo colectivo. En su primer año superó los veinte puntos por noche, algo que también lograría durante sus dos siguientes temporadas en los Condors. Pero Brisker no acaparaba la atención por su juego. Era un hombre salvaje, violento hasta el extremo, sobre todo con los blancos, a los que culpaba de su infancia miserable. Actuaba como un animal desatado, y no entendía de rivales o compañeros porque, para John, en algún momento todos serían enemigos.

Una de las escenas más famosas sucedió durante la temporada de novato de Brisker en Pittsburgh. Tras el descanso de un partido, los jugadores iban volviendo a la pista de los vestuarios. Todos, menos Brisker.  Pasaban los minutos y las caras de los miembros de los Condors eran todo un poema. Se sucedían las carreras del vestuario a la pista. Algo estaba sucediendo. “Me contaron que le estaba pegando una paliza a un compañero de equipo”, relataría tiempo después John Vanak, el árbitro de aquella noche.

Su fiereza también tuvo sus adeptos, y el jugador se prestaba encantando a ellos. Alguno de los partidos de los Condors fueron publicitados con la imagen del jugador caracterizado como un boxeador dispuesto a tumbar a su rival sobre la pista, algo que desde luego no estaba muy alejado de la realidad que atemorizaba a toda una liga.

Una de las personas que más sufrió el racismo de John fue Walter Szczerbiak, el futuro mito madridista. Walter encarnaba  en un solo perfil el objetivo predilecto de Brisker: era blanco, era novato y competía por su puesto. “Tuve que defender a Brisker en todos y cada uno de los entrenamientos. Era difícil. Y tenía miedo. Brisker era agresivo y fuerte como un toro, pero sobre todo tenía mala actitud. Cada vez que le hacías una falta parecía un boxeador que venía a por ti. Odiaba que alguien le tocara, o que simplemente compitieras con él”.

El ciclo de Brisker en la ABA fue un absoluto desastre a nivel colectivo, aunque era algo que parecía importarle bastante poco. Actuando como una isla en ataque, vivía holgadamente de su talento, que estimulaba por medio de unos retos personales que servían más como alimento de su propio ego que en beneficio del equipo. “Estaba obsesionado por coger rebotes a hombres mucho más altos que él”, rememoraba su compañero por aquel entonces, Charlie Williams.

El alero se fue haciendo cada vez más famoso por esa agresividad, que – probablemente empujada por sus primeros flirteos con la cocaína – no iba sino en aumento. Puñetazos sin venir a cuento, amenazas constantes a cualquiera que pusiera en duda su autoridad… Altercados que no le evitaron alcanzar el suficiente nivel para participar en dos partidos las estrellas de la ABA. En uno de ellos fue donde tuvo lugar otra anécdota que de tan irreal pudiera parecer exagerada, aunque sobran testigos que recuerdan lo sucedido.

A los oídos de Brisker había llegado el rumor de que el premio por jugar el All-Star Game aquel año sería de trescientos dólares. Así, el alero llegó al pabellón con su mochila y alcanzó los vestuarios, sin cruzar palabra alguna con nadie. Jugaría con bastante desgana hasta que concluyó el partido. Mientras la organización se apresuraba en entregar los premios de la noche – Mel Daniels sería el MVP del partido -, John se encaminó apresuradamente en dirección a un objetivo, el comisionado de la ABA, Jack Dolph, que se encontraba ajeno a la bestia enrabietada que se le acercaba a toda prisa.

– ¿A quién estás buscando?

– A Jack Dolph, maldita sea.

– ¿Qué quieres?

– Mis trescientos dólares por jugar aquí. Y los quiero ahora.

Esa fue la febril conversación que se repetía por el graderío mientras Brisker se acercaba al anciano. Cuando al fin lo tuvo delante, repitió una vez más su demanda. El comisionado, absolutamente aterrado por aquel animal fuera de sí, sacó de forma temblorosa su cartera y, de ella, todo el efectivo de que disponía. Posiblemente la cantidad no llegara a los trescientos pavos prometidos, pero dio igual. Brisker metió el dinero dentro de su mochila y salió a toda velocidad del pabellón, sin ni siquiera cambiarse de atuendo. Nadie se atrevió a seguir sus pasos.

Aunque pudiera parecer imposible, la ABA tenía problemas aún más serios que Brisker, como su absoluto descontrol económico, y se iba desmoronando día a día. Los Condors, que comenzaron jugando en el maravilloso Civic Arena, terminarían deambulando por pabellones de instituto mientras la ruina carcomía a la franquicia. En el verano de 1972 terminaron por bajar la persiana y liquidar unos ruinosos tres últimos años en los que siquiera alcanzaron los Playoffs.

Brisker comprendió que era el momento de cambiar de acera. Puso su vista en la NBA y, de forma ilegal – y por supuesto, tras amenazar de muerte a su agente si se lo ocurría desobedecerle – acabó fichando por los Seattle SuperSonics.

Casi cincuenta años después, suena complicado de creer que la NBA pusiera los ojos en un jugador al que le habían puesto como escolta un jugador de football para que no agrediera a su entrenador. Posiblemente ya alguno pensó entonces que era una locura siquiera la idea de domar a aquella fiera, aunque los casi treinta puntos que conseguía por noche pesaron más en la balanza a la hora de ofrecerle una nueva oportunidad.

Sin embargo, la mella de la cocaína iba haciendo cada vez más efecto en la vida de Brisker, que desplazó el baloncesto a una segunda prioridad.

“Comenzó a moverse en otros círculos, con gente de alto nivel. Tenía un gran coche y vestía de forma llamativa, con largos abrigos de piel y cuero”.

Ese descuido de la profesión se notó en su participación en el juego. Atrás quedaron los años brillantes en la ABA, una versión que apenas pudo lucir en la NBA, salvo en actuaciones muy esporádicas.

Una de ellas sucedió en uno de los escenarios más improbables. Brisker estaba semi apartado del equipo tras haberse saltado un entrenamiento. Aquel día los Sonics jugaban en Portland y el partido estaba resultando especialmente igualado. Brisker, por supuesto, no había jugado ni un instante tras la ausencia de la mañana, pero inesperadamente se acercó a su entrenador, Tom Nissalke, durante el tiempo muerto que iba a decidir el partido. “Déjame entrar, Tom, meteré ese tiro, te lo prometo”. Nissalke quedó conmocionado por las súplicas de aquel hombre que jamás pedía nada. Quizá no se atrevió a no hacerlo, pero contra todo pronóstico, dio entrada a pista a Brisker para aquella última jugada. Quedaban tres segundos y el marcador reflejaba empate. Le llegó la bola, botó un par de veces y se elevó para una de esas suspensiones imparables. Por supuesto, la pelota entró y los Sonics ganaron.

“Tenía esa especie de habilidad y confianza para conseguir ese tipo de cosas”.

Aquella acción fue probablemente la última que nos dejó como estrella baloncestística, casi como deportista. El John Brisker que se encuentra en 1975  Bill Russell, el entrenador de los Sonics aquella temporada, es una sombra del prodigio físico del lustro anterior en la ABA. Vencido por las drogas, pone tierra del baloncesto para siempre. Comienza una nueva y extraña vida.

Este texto es un extracto del artículo aparecido en #Skyhook11, y que todavía puedes adquirir aquí. 

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NBA

Exponiendo el ‘Fenómeno Cowens’

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”.

jakonako10@gmail.com'

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Dave Cowens es, posiblemente, uno de los componentes de la prestigiosa lista de los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA que menor interés y entusiasmo despierta entre los seguidores de la mejor liga de baloncesto del planeta.

En una década dominada por auténticas leyendas de los tableros como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar, Bob McAdoo, Bill Walton, Elvin Hayes o Nate Thurmond, Cowens nunca poseyó el aura de estrellato de sus contemporáneos pese a combatir de tú a tú con todos ellos tanto en premios colectivos como en distinciones individuales.

Su conocimiento del juego, su ética de trabajo, su versatilidad y energía en la cancha lo convirtieron no solo en uno de los ‘5’ más determinantes y respetados de la época, sino que incluso, en muchos momentos, hizo olvidar la ausencia del jugador que había conquistado su undécimo campeonato con los Celtics apenas unos años antes de su llegada a la liga: Bill Russell.

Más allá de sus éxitos como jugador, Cowens era una figura particularmente extravagante e impredecible, notablemente despegada de la masificación multitudinaria de una NBA que, por otro lado, no pasaba por sus mejores años.

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”, reconocería el exjugador en 1991 durante la ceremonia en la que sería incluido en el ilustre Hall Of Fame. Una frase que resumiría el carácter humilde de un jugador que, a base de una entrega y una fortaleza inconmensurables, se ganaría el respeto de toda la afición de Boston y de sus compañeros de equipo, así como de la gran mayoría de sus rivales repartidos por todos los rincones de la geografía norteamericana.

Curiosamente, y como tantos otros jugadores cuyos testimonios han dado constancia de ello, la vida de Cowens podría haber seguido unos derroteros completamente distintos. Con apenas ocho años de edad, el pequeño Dave dio sus primeros pasos en el mundo de la canasta aunque un enfrentamiento con su entrenador durante su primer año de instituto en la Newport Catholic le hizo abandonar prematuramente el baloncesto para dedicarse al atletismo y la natación.

Su trayectoria deportiva amenazaba con seguir por esta nueva senda y con mínimas opciones de salir de su ciudad natal en el estado de Kentucky de no ser por un sorprendente crecimiento de 13 centímetros en apenas un año, tras lo cual alcanzaría los casi dos metros de estatura.

Una figura mucho más intimidante, curtida durante sus exigentes entrenamientos en ambas disciplinas deportivas, que le abrió de nuevo las puertas del equipo de baloncesto coincidiendo con la llegada de un nuevo entrenador.

El nacimiento del fenómeno

En apenas dos partidos, el novato se ganó la confianza de su técnico y su presencia inamovible en el quinteto inicial. Sus 13 puntos y 20 rebotes de promedio durante su último año ya auguraban un prometedor futuro que se confirmaría años después en la élite norteamericana fruto de su destreza cerca del aro.

El ‘Fenómeno Cowens’ se hallaba en plena ebullición y no pocas fueron las universidades que mostraron interés en reclutar a una de las mayores promesas del país. Sin embargo, la Universidad de Kentucky del legendario coach Adolph Rupp, destino que anhelaba el imberbe Cowens, nunca llegó a llamar a su puerta. Especialmente dolido ante la indiferencia exhibida por el equipo de su estado natal, el jugador optó por hacer las maletas rumbo a la Universidad de Florida State, donde su entrenador Hugh Durham, con quien cuajaría una gran amistad, le prometió la titularidad desde el primer minuto.

El center respondió a esta confianza con creces con unos números globales de 19.2 puntos y 17.0 rebotes en sus tres años con los Seminoles, quienes, sin embargo, no llegaron a firmar ninguna aparición en el torneo final de la NCAA. Su dorsal número 13 es, a día de hoy, el único, en el apartado masculino, que ha sido retirado por la institución deportiva en sus más de cien años de historia.

Su extraordinario rendimiento no pasaría desapercibido en los despachos de Boston. Red Auerbach, todo un maestro en las artes del baloncesto y un genio a la hora de reclutar talento para su equipo, no dudó ni un segundo en seleccionar a Cowens en la cuarta selección del Draft de 1970 en su difícil propósito de hacer olvidar a toda una institución en el lugar como lo fue Bill Russell, retirado un año antes.

Por enésima vez en su carrera, la excelsa intuición de Red dio en la diana con un jugador que, nada más aterrizar en la competición, recibiría el premio al Rookie del Año tras promediar 17.0 puntos y 15.0 rebotes por noche. Unos números que mantendría inamovibles durante sus siete siguientes temporadas en la competición, durante las cuales sería elegido para disputar el All-Star Game en todas y cada una de ellas, además de recibir el galardón al MVP de la temporada en 1973. Aún así no sería hasta un año después cuando la gloria aterrizara de nuevo en Boston en modo de duodécimo campeonato.

En aquellas Finales de 1974, Cowens escribió uno de los capítulos más recordados de su carrera. En el séptimo y definitivo partido, con la cancha de los Bucks de un tal Lew Alcindor como escenario de lujo, el interior dio un auténtico recital en ambos lados de la cancha que se saldó con un doble-doble de 28 puntos y 14 rebotes, y, principalmente, una victoria que devolvía a los Celtics a lo más alto del pabellón baloncestístico norteamericano.

Dos años después, con un tropiezo en medio ante los Washington Bullets de Wes Unseld y Elvin Hayes, los Celtics recuperarían el trono de la NBA tras vencer a Phoenix Suns en unas Finales que se prolongaron hasta el sexto partido y en las que Cowens fue uno de los principales referentes de su equipo con unos números de 21.0 puntos y 16.4 rebotes por partido.

El declive

Sin embargo, ese nuevo campeonato supuso el comienzo del fin de la carrera del de Ketucky. Ese mismo verano, la salida de su gran amigo Paul Silas rumbo a Denver no sentó nada bien a un Cowens que se reunió con Auerbach para comunicarle su “pérdida de entusiasmo por el juego.” Una situación que desencadenó en una de las anécdotas más excéntricas del jugador. Después de confirmar su marcha del equipo al gerente y despedirse de sus compañeros, Dave regresó a su granja familiar para iniciar un negocio de venta de árboles de Navidad.

Curiosamente, apenas unos meses antes había sido protagonista de una historia que el mismo relataría años después a ESPN. Aprovechando la llegada a Boston de un gran amigo de la infancia, el pívot de los Celtics tuvo una idea tan original como excéntrica para mostrarle la ciudad a su invitado. Ni corto ni perezoso, Cowens acudió a una oficina de la Asociación de Taxistas Independientes de Boston y compró, por la módica cantidad de 35 dólares, una licencia profesional. Sería taxista por una noche.

Durante toda la noche, el jugador guió a su amigo por los rincones más emblemáticos de la ciudad e incluso se atrevió a llevar a algunos transeúntes a su lugar de destino. “Hicimos algunos trayectos largos por la ciudad. Nadie me reconoció”, reconocería entre risas durante la entrevista.

Volviendo al caso, ya sea por el mal rumbo del negocio o por la creciente nostalgia del caluroso ambiente del legendario Boston Garden, el periplo emprendedor de Cowens apenas duraría unos meses, tras lo cual regresaría al equipo para completar 50 partidos ese año y otras tres temporadas más en la franquicia de Massachussets.

Unos Celtics que no duraron en honrar a una de las grandes estrellas de su historia con la retirada de su dorsal número 18, el cual ondea en lo más alto del pabellón del equipo junto al de ilustres como Bill Russell, Larry Bird, Bob Cousy o los propios Jo Jo White, John Havlicek y Red Auerbach.

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NBA

Gigantes a hombros de gigantes

Antes de Antetokounmpo y Doncic, antes incluso de Nowitzki y Petrovic, hubo un pionero que desafió a toda una liga. El primer europeo de la historia de la NBA.

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Getty Images

Los galardones de final de temporada tienen este año, más que nunca, sabor europeo. Por primera vez en la historia de la liga, el jugador más valorado y el novato del año vienen desde el otro lado del charco. Los más valientes pueden opinar que los europeos (o al menos los no-americanos) están reinando en la NBA. El griego Giannis Antetokounmpo ha deslumbrado al planeta entero con su potencia y capacidad atlética fuera de lo normal. Luka Doncic, esloveno, al que ya habíamos visto hacer de las suyas en Europa, ha maravillado a la liga americana a pesar de las dudas que suscitaba a ambos lados del Atlántico. Además, en la misma temporada, Marc Gasol, Serge Ibaka, OG Anunoby y Sergio Scariolo se han llevado a casa (en Europa) un anillo de campeones de la NBA.

Ya no recordamos los tiempos en los que ver a un europeo partir hacia la gran liga era todo un hito, cuando los primeros hicieron historia. En nuestra memoria está un imberbe Pau Gasol haciendo un mate por la línea de fondo y poniendo en el póster a Kevin Garnett, está Jorge Garbajosa levantándose desde el triple con el 15 de los Raptors en la espalda y también Rudy Fernández en el concurso de mates con la camiseta de Fernando Martín. Pero antes que todos ellos, antes que Sabonis, que Drazen Petrovic y que Dirk Nowitzki, estuvieron los pioneros, los que abrieron el camino desde el viejo continente hacia las américas. Esos gigantes a los que nuestros gigantes están encaramados.

Algunos, alumnos aventajados nacidos en Europa, recorrieron ese camino años antes, en su etapa universitaria o prácticamente de niños, y pusieron las primeras notas europeas en la liga. A partir de principios de la década de los 80 se instalaron nombres como Uwe Blab o la leyenda alemana Detlef Schrempf. También los pívots Swen Nater (neerlandés) y Petur Gudmundsson (islandés) estuvieron en la NBA después de la transición desde la ABA en 1976. Aun así, todavía nadie había visto a un jugador ser fichado o drafteado directamente desde un equipo europeo. Hasta que ocurrió.

La técnica del goteo

Georgi Glouchkov asfaltó el camino en 1985. El primer europeo en partir hacia la NBA era pívot, búlgaro y firmaba con los Phoenix Suns tras ser elegido por los de Arizona en la séptima ronda del Draft de ese mismo año. La primera intentona, como suele ocurrir con los experimentos, no salió según lo esperado. Glouchkov (2,05 m) era demasiado pequeño para jugar en su posición natural, y demasiado lento para la línea exterior. Además, ganó mucho peso durante esa temporada, y al año siguiente tuvo que regresar por donde había venido, dejando una discreta marca de 4,9 puntos y 3,3 rebotes de media en los 49 partidos que jugó, pero también una huella histórica que abriría la puerta a la otra mitad del mundo del baloncesto.

El siguiente expedicionario nos es muy familiar. El primer español en la NBA, y también el segundo europeo que cruzó el océano para jugar al baloncesto. Fernando Martín se aventuró en la temporada 1986/87 de la liga americana y, como su predecesor, no tuvo el éxito que todo nuestro país deseaba. Martín tuvo un papel muy testimonial en aquella temporada, jugando solo 24 encuentros a razón de 6 minutos por cada uno. El pívot madrileño también regresó al año siguiente a España y, solamente dos años después de aquella gesta histórica, un fatal accidente de coche nos dejó sin el mayor héroe del mundo baloncestístico nacional del siglo XX.

Tarde o temprano, alguien venido del este tenía que triunfar. La mejor liga del planeta no podía ser propiedad exclusiva de los americanos para siempre y, finalmente, a la tercera, haciendo caso al tópico, llegó la vencida. Sarunas Marciulonis, un escolta en aquel entonces soviético, dejó el Statyba Vilnius en 1989 para mudarse a California. Los Golden State Warriors lo esperaban desde hacía dos años, ya que lo habían drafteado en la sexta ronda de 1987. Marciulonis se hizo de rogar, pero finalmente se decidió a intentar hacer historia entre los mejores. Estuvo durante cuatro temporadas en la bahía, y se adaptó al rol de sexto hombre a la perfección. Compartió vestuario con leyendas como Tim Hardaway y Chris Mullin, y entre sus dos últimas temporadas promedió más de 18 puntos por encuentro, siempre desde el banco.

Cuando estaba en la cresta de la ola y ya se había consolidado como el primer aventurero europeo que había conseguido triunfar en la NBA, el azar quiso que un día, jugando en la universidad de Saint Mary, se rompiese el ligamento cruzado de la rodilla. Cuando el New York Times lo anunció ya preveían que se podía perder toda la temporada 1993/94, después de haber sufrido pequeñas lesiones durante la anterior campaña que le permitieron jugar, aunque a gran nivel, solamente 30 partidos. El “sueño americano” se había roto, e iba a necesitar una temporada entera para recuperarlo. Por desgracia, los Warriors dejaron de contar con él, y los últimos tres años de carrera NBA fue saltando por los Sonics, los Kings y los Nuggets, dejando un buen rendimiento pero también mal sabor de boca por “lo que pudo ser”.

Marciulonis no fue otra historia de mala suerte con las lesiones. El primer europeo en triunfar en la NBA, poco antes de que Drazen Petrovic revolucionara Nueva Jersey, demostró que era una buena opción para las franquicias americanas buscar el talento al otro lado del Atlántico. En 2014, la NBA lo reconoció como uno de los pioneros y lo introdujo en el Hall of Fame, en el que ya figuraban los nombres de Petrovic (2002) y Arvydas Sabonis (2011). Además, su notoriedad aumentó fuera de las canchas, ya que estuvo muy involucrado en el crecimiento baloncestístico de Lituania una vez se deshizo la URSS.

Sarunas Marciulonis es el responsable de la creación de la liga de baloncesto lituana, la actual LKL, y fue uno de los principales impulsores de la primera selección nacional. Contando con que Lituania consiguió la independencia en 1990, y en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 consiguieron la medalla de bronce, podríamos decir que el país báltico está muy en deuda con él en este aspecto. Pero más allá de eso, el valor simbólico de este jugador es histórico. Él extendió la alfombra para que pasara Toni Kukoc hasta ganar el título de Mejor Sexto Hombre en 1996. Él separó las aguas para que Dirk Nowitzki se conviertiese en el primer MVP europeo de la historia de la liga en 2007, y también para que Pau Gasol fuese el primer Rookie del Año europeo en 2002.

Justo ahora, en los Dallas Mavericks, Nowitzki entrega el testigo a Luka Doncic. Cada vez hay más jugadores que triunfan en la liga americana después de haber iniciado su carrera en Europa. Giannis, que estuvo a punto de jugar en el CAI Zaragoza (y la ACB lo presentaba como “Adetocunbo”), recoge ahora el Maurice Podoloff con la expectativa de ser uno de los jugadores más dominantes de la liga en los próximos años. Los hermanos Gasol, Dirk, Antetokounmpo, Jokic… Todos son gigantes subidos a hombros, entre otros, del legado de Marciulonis.

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Perfiles NBA

Daniel Biasone, el santo patrón de la NBA

1918. Un barco llega a la Isla de Eli cargado de inmigrantes europeos que huían de la Primera Guerra Mundial. En él viajaba la familia Biasone.

Andres.weiss99@gmail.com'

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Al Campanie / The Post-Standard / Syracuse.com

La vida en Miglianico, un pueblo que se encuentra a unos kilómetros de distancia del Adriático y que pertenece a la provincia de Chieti, transcurre con tranquilidad. La gente del lugar dedica su día y su noche a trabajar en el campo, sin olvidarse de seguir desarrollando los cultivos que, históricamente, pertenecen a la tradición de esta región, y que tinta de tonalidades monótonas y sencillas el discurrir del tiempo. El buen clima acompaña a la gente que pasa su vida en este pequeño poblamiento que a día de hoy no llega a los 5000 habitantes, y que además observa los Apeninos con todo su esplendor con cada amanecer.

El Abruzzo, la región que da nombre al vino que aquí se cultiva, es el hogar del 75% de las especies animales que se encuentran en el continente europeo, y se conoce como la “Región verde de Europa”. Una región en la que el tiempo no pasa, en la que la calma toma la actividad de las gentes de a pie, que se dedican a esquivar los problemas derivados del cultivo en la incomodidad del terreno. Y tal y como describió Primo Levi en 1883, en su libro “Abruzzo, forte e gentile”, el terreno describe a su gente, y a su historia. Una historia que les ha moldeado, y caracterizado, como un pueblo que sigue para adelante sin tener en cuenta todo lo que sucede alrededor, o en sus propias fronteras. Por no hablar de lo que pasa a 6986 kilómetros de distancia.

Y es que a 4341 millas de la villa italiana, hace poco más de un siglo, un efecto cercano al conocido “Efecto mariposa” comenzaba, cuando Leo Biasone arribaba a Syracuse, que tomó el conocimiento que venía de Europa para establecer una comparativa entre esta tierra del norte de Nueva York y una pequeña localidad de la isla de Sicilia, para dotarle de un nombre a la nueva tierra descubierta en Norte América. Una llegada que se produjo en 1913, 5 años antes de que la historia del baloncesto profesional cambiase para siempre, sin siquiera haber comenzado a florecer.

Estamos en 1918, cuando un barco llega a Ellis Island, conocida en España como “La Isla de Eli”, lugar de llegada habitual para los inmigrantes que partían de distintos puntos de Europa, y recibían una inscripción previa antes de poder comenzar una nueva vida desde cero. En este barco, que se halla repleto de migrantes italianos, hay muchas familias que, por lo difícil que es la vida en Europa a posteriori de la 1ª Guerra Mundial, tratan de encontrar un nuevo hogar en el que arraigar sus tradiciones y linajes.

Y este es el caso de los Biasone, que llegaban a Estados Unidos con la madre, Bambina, como cabeza de familia. Por ello, cuando se queden atrapados aquí durante varios días de letargo y sopor debido a un brote de gripe que preocupaba a las autoridades norteamericanas y que les hacía pensar en la deportación de los recién llegados, la esperanza no desaparecerá del ánimo de los jóvenes Biasone. Joseph y Danny escuchaban insistentemente a su madre decir que sabía que su padre aparecería, tal y como acabó sucediendo tras unos pocos días que asemejaron ser toda una vida.

Danny, que tenía 10 años cuando llega a Estados Unidos, apenas recordaba a su padre, pues habían estado 5 años sin verle. Entonces, haciendo honor a sus orígenes, se establecen en Syracuse, pues no estaban muy contentos con la idea de vivir en “la gran ciudad” que suponía mudarse a Nueva York. Este rechazo, este recelo, será algo que le acompañará durante toda la vida, y uno de los motivos por los que comenzará a estar ligado, casi 30 años después de su llegada, al baloncesto profesional.

Damos un salto en el tiempo en nuestro DeLorean particular, llegando hasta 1946, año 0 en la relación de Biasone y el baloncesto. Y es que Danny, que había sido una estrella de Instituto jugando de “Quarterback”, nunca se había dedicado al baloncesto profesional, y había tomado caminos en la vida que no estaban asociados al deporte.

Emprender, crecer y convertirse en leyenda

En 1936 compró y abrió un restaurante, y 5 años después se hizo con el local que acabaría transformando en bolera, su verdadero hogar a lo largo de toda su existencia. Y, casi como si estuviera previsto, 10 años después de lanzarse al mundo de las inversiones, realizó una jugada maestra que cambiaría el mundo del baloncesto para siempre. Con 1.000$ en las manos, cantidad que probablemente le costó sudor y sangre ahorrar e invertir, saltó al vacío y le dio a Syracuse lo que le había prometido. Compromiso adquirido tras la negativa de los Rochester Royals de disputar un partido en la localidad de Nueva York, fundando en 1946 los Syracuse Nationals, que entrarían a competir en la National Basketball League.

Esta cifra, la de los 1.000$, que con el foco de la actualidad parece minúsculo, resulta incluso difícil de comprender tras el pertinente cálculo de la inflación que ha habido tras más de 50 años. Y es que esos 1.000$, en 2019, habrían sido una ínfima cantidad de 13.000$, cifra cuanto menos ridícula en comparación con los 2 mil millones que se pagaron por los Rockets o los Clippers hace menos de 5 años.

El nombre, por cierto, de Nationals llegó como otro compromiso a añadir al objetivo de dotar a la ciudad de un equipo profesional del que pudieran sentirse aficionados, propios y orgullosos. Y es que les dio ese apodo pues su primer y único objetivo era hacer campeones -nacionales- al equipo que acababa de fundar. Dándose cuenta años más tarde de que esto no sería posible si continuaban en la NBL, pues era una liga de ciudades y regiones pequeñas, que acabó siendo absorbida por la Basketball Asociation of America (BAA) en 1949, conformando la NBA que conocemos a día de hoy.

Y aunque era consciente del bajo nivel de la competición, pues Lester Harrison -dueño de los Royals- se había encargado de asegurárselo por activa y por pasiva, él decidió continuar en la liga que le había acogido en primer lugar, y aceptar la fusión que se llevó a cabo en el último año de la década de los 40.

El estilo de Daniel Biasone a la hora de llevar el negocio era diferente al resto de propietarios. Es decir, muy diferente. Él era de un pequeño pueblo, con pequeñas aspiraciones y negocios a su altura y al nivel de sus expectativas, y por eso siempre se había decantado por Syracuse, por la cercanía de la “familia”. Un lazo que creó con los jugadores que visitaban su hogar. Que tomaban de su comida. Y que formaban parte de su rutina diaria en la bolera o sobre la pista de baloncesto.

Cuentan (Syracuse.com) que cuando Dolph Schayes le reclamó 7.500$ en su contrato rookie las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, pues Schayes estaba llamado a dominar la competición sin miramientos y no podía dejar que Nueva York, la gran ciudad, ese símbolo contra el que siempre había peleado, le ganara la partida. Pero finalmente lo consiguió. Y juntos formaron una pareja que cambiaría la NBA para siempre.

Biasone y su esposa no dejaron hijos, pero sí un legado que no podrá ser borrado ni olvidado nunca. Y Schayes lo sabía. Este es el motivo de que su hijo, Danny, recibiera su nombre. La cercanía en la vida de Biasone lo era todo. Al igual que el baloncesto.

El baloncesto, una especie en peligro de extinción en los años 50

Por ello, cuando entraron en la recién nacida competición que recibió el apelativo de NBA el objetivo continuó siendo el mismo. Y muy cerca estuvieron de conseguirlo en su primer intento, si no llega a ser por el legendario George Mikan. Los Minneapolis Lakers, que habían acabado con el segundo mejor porcentaje de victorias de la competición, pues el primero lo ostentaban los Nationals, llegaban como favoritos tras haber logrado imponerse en la NBL 2 años antes y en la BAA el año previo.

No era para menos. Mikan había conseguido sumar 27 puntos por noche siendo el máximo anotador de los 17 equipos que aquí se encontraban, y estaba bien rodeado de compañeros eficientes como Jim Pollard o Vern Mikkelsen. En cambio, los Nats’ tenían un bloque de buenos jugadores pero Schayes todavía no había explotado todo su potencial de súperestrella.

Y tal y como se esperaba, los Lakers vencieron 4 a 2 en las primeras Finales de la historia de la NBA. Mikan, que llegó a promediar más de 32 puntos durante la eliminatoria, anotó 40 puntos en el último encuentro de la serie, certificando en un partido de proporciones históricas la victoria de su equipo. Y cerrándole las puertas “en la cara” a unos Nationals que ya se habían visto con su objetivo cumplido en la punta de los dedos.

Tras este curso la liga bajó a 11 equipos la temporada siguiente, empezó a perder popularidad y audiencia y los pabellones -o locales “de segunda” en los que se jugara- ya no se llenaban con tal facilidad. Y Biasone tenía la causa, y la solución, con claridad en su mente. El baloncesto se había convertido en un pasatiempo aburrido.

Bases muy bien dotados para el juego, como Bob Cousy o Andy Philip, no hacían más que driblar en los últimos cuartos de los partidos una vez conseguían una ventaja en el marcador, y solamente soltaban la pelota cuando recibían una falta del contrario, y se dirigían a la línea de la personal a agrandar esta distancia a base de tiros libres.

El mejor ejemplo de este problema tuvo lugar precisamente cuando los Minneapolis Lakers de Mikan se enfrentaron a los Fort Wayne Pistons en noviembre de 1950. Este partido, que se saldó con un tanteo mínimo en toda la historia de la competición de 19 a 18 favorable para los de Michigan, solamente contó con 8 tiros de campo anotados en total. Teniendo en cuenta que únicamente había canastas de dos puntos, y que esto confirma que 16 puntos fueron completados en juego… 21 puntos vinieron desde el tiro libre.

Pero este no es el único caso destacable, para mal. Y es que 3 años después, en 1953, con los Nationals y los Celtics como protagonistas, el “aburrimiento” se apoderó de una serie que se presuponía iba a ser entretenida. El partido, que acabó con un Cousy por encima de los 30 puntos solamente desde los libres, tuvo 106 faltas señalizadas y 128 tiros libres intentados. Un año más tarde, como punto definitivo a añadir, Syracuse estuvo presente en otro terrible partido de PlayOffs en el que los tiros libres le ganaron la partida a las canastas 75 a 34.

Biasone, por tanto, sabía de lo que hablaba. Había vivido en sus carnes como propietario el declive de algo que todavía no había acabado de arrancar y que podía vivir un final absolutamente prematuro si no se le ponía una solución de inmediato. Y esa solución era ponerle un “tiempo” a los partidos, más allá de que contaran con su propia duración.

La revolución “italiana” de 1954

El cálculo fue sencillo, o eso le parecía a él, que había visto como a Howard Hobson se le había hecho imposible que le tomaran en serio cuando en Yale propuso que los partidos universitarios recibieran una limitación de 30 segundos por posesión. Danny, que se dio cuenta de que cada partido tenía una media estimada de 120 lanzamientos, introdujo estos 60 tiros por equipo en los 2880 segundos que tenía el partido, dando así con una media de un lanzamiento por cada 24 segundos.

Este cambio, aparentamente sencillo, no gustó entre los “grandes” propietarios, millonarios escépticos que se estaban jugando sus inversiones con un cambio sin precedentes. Pero como no tenían otras opciones, al final acabaron aceptando esta decisión en 1954, pero no sin pelear. Tras la exposición de sus argumentos en la reunión que tenía lugar en Nueva York cada verano, Daniel Biasone se dio cuenta de que sus compañeros todavía no estaban del todo seguros. Esto desencadenó que se realizara una “prueba amistosa” que demostrase el cambio a positivo que supondría esto. Una prueba acabó siendo todo un éxito.

Era 10 de agosto, en Syracuse, y el calor húmedo de Nueva York asolaba como nunca se había visto. Entonces, en el norte de la ciudad, en el Vocational High School, 10 propietarios entraron en un campo en el que había un grupo de 10 jugadores que se someterían a la prueba, y así comprobar cuán efectiva resultaba esta solución. Dolph Schayes y Paul Seymour, integrantes de los Nationals, se encontraban entre estos 10 nombres.

El partido transcurrió rápido, se intentaron muchos tiros, hubo muchas posesiones y, lo más necesario, espectáculo. El encuentro nunca se paró, los jugadores corrían de un lado para otro sin parangón y cuando se acercaban al final de la posesión, el italiano se encargaba de recordar que tenían que efectuar un lanzamiento contando los últimos 5 segundos a voz en grito. Y así consiguió demostrar que era justo lo que necesitaban.

Esa campaña el promedio anotador pasó de 79 a 93 puntos, lo que supuso una mejora del 18%, y la cantidad de conjuntos que sobrepasaron los 100 puntos en la post-temporada se elevó de 3 a 18. 3 años más tarde, todos los equipos promediaban más de una centena de tantos por noche, habiendo sido los Celtics de Red Auerbach los primeros en hacerlo. Un hombre, el verde, que reclamó toda su vida que Biasone debía tener su sitio en el Olimpo de la NBA.

La revolución temporal había llegado, la liga despegó, y el espectáculo no ha decaído desde entonces. Y todo gracias a la idea de un italiano bajito que, tomando las propias palabras del otrora comisionado Maurice Podoloff, es el Santo Patrón de la NBA, pues llegó con una idea única y acabó salvando la competición.

Y como todas las historias, las buenas historias, a Daniel Biasone aún le esperaba un logro más, un hecho que acabara de certificar que todo lo que siempre había pretendido había sido logrado. Ya que en la misma campaña en que “su” reloj se implementó, su Syracuse se hizo con su primer y único título de campeones. Al final, los Nationals acabaron haciendo honor a su nombre, y a su hombre, una santidad que salvó la NBA sin pedir nada a cambio.

Fuentes: New York Times / NBA.com / Syracuse.com

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