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Costa a costa

A las puertas de lo imposible

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Luiggi García

El 22 de junio de 2017, el CB Prat anunció la contratación de Arturo Álvarez como entrenador principal. Un técnico con experiencia incluso en Brasil y Portugal que llegaba con una gran temporada en Araberri bajo el brazo. Ese 22 de junio, aunque nadie lo podría suponer, cambió la historia reciente de un club con 86 años a sus espaldas y que ha llegado en este curso a su cénit deportivo.

Esta era la cuarta temporada consecutiva del equipo en LEB Oro, una competición exigente con un gran nivel de jugadores ilustres como Jordi Trias, Dani Rodríguez, Ricardo Úriz o Nacho Martín, junto a jóvenes promesas que esperan un trampolín para alcanzar la ACB. Hasta la fecha, el mejor resultado obtenido por el conjunto potablava (nombre de un ave muy común en el Prat) había sido un decimotercer puesto, logrado el pasado curso todavía bajo el paraguas de una estrecha colaboración con el Joventut de Badalona, una colaboración que este año se puso en stand-by con miras a retomarla en un futuro cercano. La realidad de la entidad, con el presupuesto más bajo de la competición, era luchar por salvar la categoría, como lo ha venido haciendo desde que consumaron el ascenso en 2014, pero Arturo ha catapultado al equipo a un nivel jamás visto que les ha situado en el foco del baloncesto español y a estar a un paso de disputar la gran final por el ascenso a la mejor competición europea de clubes.

Dentro de unos parámetros muy marcados y unas pretensiones muy ajustadas, el técnico asturiano, junto a la directiva, confeccionó una plantilla de nivel con una mezcla entre jugadores jóvenes y veteranos que ha resultado decisiva. Al proyecto se unieron nombres del calibre de: Josep Pérez, Marc Blanch, Emanuel Cate y Martynas Andriuskevicius, ya con experiencia en España o jugadores que aterrizaban aquí por primera vez como: Alex Campbell, Marlon Johnson y Caleb Agada. El inicio de curso fue fulgurante y aúpo al equipo catalán a la primera plaza con once victorias en los primeros doce encuentros.

A medida que la temporada avanzaba y el objetivo de mantener la categoría ya parecía encaminado, era cuestión de batir récords. A mediados de enero el equipo ya había superado los 13 triunfos cosechados en la 16/17, justo antes de quedar apeados, solo por el basket average, de disputar la Copa Princesa, que enfrentó casualmente a los dos equipos que han logrado el ascenso: Breogán y Manresa. En vistas que los playoffs eran un hito alcanzable, el club se reforzó en miras de un crecimiento inesperado con Saúl Blanco y Pep Ortega, que cumplía su tercera etapa en el equipo.

La temporada regular acabó con 25 victorias y solo 9 derrotas, doce más que la anterior y un segundo puesto histórico que les otorgaba el factor cancha a favor en todas las eliminatorias por el ascenso. “Es algo irrepetible”, se escuchaba entre los aficionados que acudían al pabellón Joan Busquets a animar a su equipo. Una cancha, que con una capacidad cercana a las 600 personas, era la más pequeña de la categoría. Desde su humilde morada, el equipo liderado en la cancha por Agada y Cate, dos jugadores que veremos en categorías superiores muy pronto, se impuso 3-0 a Carramimbre Valladolid y compraba así su ticket para semifinales.

Allí esperaba todo un portentoso Melilla Baloncesto, uno de los equipos históricos de la LEB Oro que disputaba su sexta semifinal con Mamadou Samb, Diego Kapelan, Fran Guerra o Dani Rodríguez en sus filas. Tras ganar cada uno un partido en casa y a domicilio, el decisivo encuentro se iba a disputar en un Busquets que prácticamente doblaba su aforo permitido, registrando la mejor entrada de su historia por encima de las 800 personas. Caprichoso el destino, el partido iba a decidirse en los últimos segundos a favor de un Melilla que fue perdiendo durante más de 39 minutos, pero que tuvo la suerte y experiencia necesaria para darle la vuelta al marcador y apear del sueño a un Prat que había obrado por encima de sus expectativas.

Pese a quedar a las puertas de disputar la final por el ascenso a ACB, las posibilidades eran remotas. “No tenemos ninguna opción de jugar en ACB, es imposible. Si acabamos subiendo, renunciaremos”. Declaraba el presidente del club, Arseni Conde, cuando todavía se estaban disputando las semifinales al Diari Ara. Para la temporada que viene, el club deberá volver a reinventarse una vez despertados del sueño. Arturo Álvarez ya ha hecho oficial que no seguirá en el club, en parte debido a un presupuesto que debe ajustarse más si cabe tras el esfuerzo presente. Además, muchos de los jugadores importantes cuentan con ofertas muy superiores tras brillar en un Prat que ha escrito una de las páginas más bonitas del baloncesto español este año.

“Hay que hacer un paréntesis en la historia del club para valorar este año”, decía Arturo en su última rueda de prensa. Una historia que ha llevado a jugadores como: Guillem Vives, Pau Ribas, Henk Norel o Christian Eyenga, a defender los colores del CB Prat gracias a un vínculo con la Penya que empezó en 2004. Curiosidades del baloncesto, ha sido el año de la desvinculación cuando el proyecto ha tocado techo para ahora quedar en un futuro incierto, donde al menos ya se han ganado el respeto de toda la competición y donde ahora los aficionados esperan poder seguir celebrando victorias hasta que algún día, quien sabe, puedan derrumbar la barrera imposible de jugar en ACB.

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Los tres segundos que pararon la Guerra Fría

Un atentado terrorista, un escenario sociopolítico de posguerra al borde del abismo nuclear y una jugada final que, al más puro estilo Simpsons, se repitió hasta tres veces.

Andres.weiss99@gmail.com'

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Hay lugares en el mundo que, por estar donde están, cuentan con un privilegio inesperado. Comunicación, recursos, disponibilidad y facilidad de movimiento. “Vecinos” que, en caso de necesidad, acuden a tu rescate. Aunque también lo harán en caso de necedad, sirviendo de rescate para el resto del continente. Y Alemania es uno de ellos, aunque no necesariamente en un escenario positivo, pues puedes estar en un lugar privilegiado, pero usar esta situación geográfica de forma incorrecta, equívoca o, simplemente, con maldad.

La historia de las Guerras Mundiales nos la sabemos todos. La de la unificación, quizá algunos menos. Pero el dominio que durante gran parte de la historia contemporánea ha ejercido Alemania, en lo militar, lo político y lo económico, ha marcado el devenir de Europa, tanto en los años de conflicto armado, con en la etapa de relaciones diplomáticas actual, en la que no gana quien más tanques tiene, sino quien mejor despliega sus influencias. En el caso del país bávaro, es un “don” que, además, se extiende a lo deportivo.

Se suele decir que el fútbol es ese deporte en el que se enfrentan 11 contra 11 y siempre gana Alemania. Y el baloncesto es ese deporte en el que se enfrentan 5 contra 5 y suele suceder lo contrario. Estas son reglas no escritas que, a pesar de todo, llevan confirmándose desde que fueron impuestas con la creación del propio deporte. Y esta capacidad casual con la que cuenta Alemania no es innata del baloncesto o del fútbol, sino que toca todos los palos de la sociedad deportiva. A todos los atletas. Algo que las Olimpiadas del 72, que tuvieron lugar en Munich, dejaron ver con mucha facilidad. Y es que el contexto estaba ya creado, y la oportunidad servida.

La Guerra Fría en tiempos del cólera

Alemania, uno de los países que más sucesos catastróficos había protagonizado en toda Europa en lo que se llevaba de centuria, sería la anfitriona de un torneo deportivo internacional en el fulgor de la Guerra Fría. La ciudad escogida sería Munich, donde ambas potencias medirían sus fuerzas en un nuevo campo de batalla, el rectángulo del baloncesto, al que ambas llegaban como las dos selecciones más grandes del mundo, aunque con evidentes limitaciones que las diferenciaban.

Estados Unidos, siguiendo las normas de las federaciones, no podía llevar atletas profesionales. Especialmente, en el baloncesto, cabría añadir. Y es que más allá de ser los “divulgadores” del deporte ideado por John Naismith, tenían -y tienen- la liga más poderosa y a los mejores jugadores de todos los continentes. Y cada cuatro años enviaban a los mejores jugadores NCAA, es decir, amateurs, que aceptaban la invitación y se unían a un combinado que estaba siempre en constante reconstrucción. Pero la Unión Soviética había ideado la forma de ir un paso más allá.

Incluyendo a sus jugadores en el registro como soldados o obreros, podían mantener virgen su vitola de no-profesionales y continuar acudiendo a los torneos que se disputaban. Y así acababan acumulando internacionalidades, experiencias conjuntas y química, formando un vestuario unido y que había aprendido a jugar “de memoria”, pues la continuidad de un proyecto permitía que esto sucediera. Así habían vencido a los norteamericanos en los World University Games 2 años antes, y 8 de 9 partidos que disputaron en una gira por el país inglés durante 1971 con el combinado que disputaría las Olimpiadas.

Aún así, USA llegaba como favorita al torneo baloncestístico, pues en pocas cosas podía superar a una URSS que dominaba física -y burocráticamente- cada aspecto de la competición, y que buscaba alcanzar las 50 medallas en el torneo para conmemorar los 50 años de existencia del país comunista. Y por eso había hecho todo lo posible para que los regidores del torneo estuvieran de su parte. Sobornos, amenazas, chantajes… todo lo que estaba en su mano había sido pulsado para que los astros se alinearan y lograran su objetivo.

Y es que la competición estaba salpicada, manchada, corrompida en definitiva. Y entre toda la corrupción, se alzaba Renato Williams Jones. Inglés nacido en Italia, Jones había sido uno de los fundadores de la FIBA, el que había ideado la creación de una competición Mundial de baloncesto y el que había logrado que se creara un torneo ubicado dentro de la realización de los Juegos Olímpicos por primera vez en 1936 en Berlín. Otra ciudad alemana, aunque con diferencias sustanciales en su dominio, poder, control y funcionamiento.

Y 36 años después, el baloncesto había vuelto a Alemania. Bajo el lema del torneo, Die Heiteren Spiele -Los Juegos Joviales-, el gobierno de la República Federal Alemana (FDR), quería mostrar una Alemania democrática, controlada y optimista, por así decirlo, y con buenas perspectivas de futuro. Pero no fueron capaces, ya que la localización de la capital bávara, en la región inferior al territorio dominado por la DDR, pero perteneciente a la otra facción que controlaba el país, permitía a los soviéticos influir en ella sin necesidad de tener el control gubernamental de la misma.

Esto, unido al hecho de estar en el lugar -menos- adecuado en el momento -menos- oportuno tuvo consecuencias negativas para el baloncesto, el resto de atletas allí presentes y, en definitiva, el correcto devenir de la competición. Y es que el deporte es parte de la vida, y como tal, la vida afecta al deporte. Y cuando hay un conflicto de magnitudes considerables la actividad deportiva es tocada inevitablemente. Tal y como sucedió el día 5 de septiembre de 1972, en el Olympic Village de Munich.

Ocho miembros del grupo terrorista palestino Black September entraron en los apartamentos de los representantes israelíes, encontrando once miembros entre jugadores, oficiales y entrenadores, llevándose nueve con ellos al dejar a dos fallecidos que se resistieron a ser capturados. Entonces comenzó un absoluto infierno que terminó a la tarde en el aeropuerto de Fürstenfeldbruck con los nueve israelís restantes asesinados junto a cinco de los terroristas. Los otros tres fueron capturados y usados como moneda de cambio en el rescate.

La decisión de cancelar los Juegos fue prácticamente unánime. Salvo Avery Brundage, el ambiente que rodeaba lo que restaba de competición se había enrarecido y entristecido. Pero al igual que Freddie Mercury, el presidente del COI alzó su voz y dictaminó que el show debía continuar.

Aquellos nueve segundos

Cuatro días después, cerca de la medianoche, el misticismo sería citado para una noche que pasaría a la historia. La Guerra Fría, la eterna pelea de la Unión Soviética por ser mejor que nadie, su objetivo personal, la juventud de los estadounidenses, el trágico fallecimiento de los 11 israelís, y una grada que parecía estar en contra de los Estados Unidos eran el aderezo que llevaría este partido durante 40 minutos que, verdaderamente, parecerían 3 segundos. tres segundos que, en este caso, acabarían siendo nueve.

La URSS comenzó muy fuerte, sorprendiendo a un equipo entrenado por el exitoso pero “atrasado” Hank Iba, que no había conseguido adaptarse a las nuevas tácticas de los años 70. Y por eso los constantes cambios de ritmo de sus rivales les mantuvieron a distancia todo el partido. Hasta que en un esfuerzo mayúsculo en el último cuarto, donde Iba dio una vuelta de tuerca a su sistema estableciendo una presión a toda cancha y un juego veloz y sorprendente, se acercaron en el marcador. Y, a falta de tres segundos, se pusieron un punto por encima en el electrónico.

Aleksandr Belov, estrella y líder de los soviéticos, se disponía a recibir un balón cuando Doug Collins se hizo con el mismo, recibió una falta que le hizo lesionarse la muñeca, y acudió a la línea de personal. Estaban uno abajo, quedaban tres segundos, y tenía el oro, la cima de su carrera, a 4,60 metros. Tal y como había soñado cuando entrenaba en el patio de su casa, en Benton, Illinois. Imaginándose leyenda y salvador de su equipo, y sabiéndose un campeón. Algo más que un simple vencedor.

Olvidándose del dolor, siguió el mismo ritual que le había acompañado desde que comenzara a jugar al baloncesto, y certificó la momentánea victoria de su equipo. Y entonces comenzaron cinco minutos de desazón, rabia, desconcierto y dolor que terminaron con una decisión dictatorial, y con una historia de venganza.

La Unión Soviética puso en marcha el balón, fue robado y entonces el partido terminó, pero volvió a recibir tres segundos y un nuevo saque de fondo porque no se les había concedido un tiempo muerto. Nadie entendió aquella decisión, pero se reintentó la jugada. El balón voló de las manos de Ivan Edeshko a las de Modestas Paulaskas, que trató de dárselo a Belov, pero no le fue posible llegar y capturarlo, perdiendo así la posibilidad de efectuar un último lanzamiento. La URSS había perdido. Estados Unidos había certificado la remontada.

La locura, entonces, se abrió paso en el Rudi-Sedlmayer-Halle, con los 6.500 aficionados que estaban en las gradas ocupando lo que podían de pista y los jugadores americanos celebrando su victoria en el centro de la misma. Camisetas fueron robadas, lágrimas de felicidad brotaban de sus ojos y parecía que todo el sufrimiento había llegado a su fin. Pero no era así. Y es que en un supuesto error, el encargado del marcador, Andre Chopard, había colocado 50 segundos restantes, cuando la cifra correcta debía haber sido 3.

Por ello, Renato William Jones, que ya se había puesto de parte de la Unión Soviética con la resolución de su tiempo muerto fallido previo, y se encontraba a pie de cancha, ordenó que se volviera a repetir la jugada por tercera vez. Saltándose, de esta forma, las reglas del Comité Olímpico, pues no tenía el poder ni la potestad para hacer algo de este calibre.

Se recobró el control de la cancha, los jugadores se dispusieron y Edeshko ejecutó un pase que, esta vez sí, pudo encontrar directamente a Belov, pues McMillen, su defensor en el saque anterior, había interpretado un gesto del árbitro como una orden de darle espacio a Edeshko. Algo que, en teoría, no podían hacer, pero no quería arriesgarse a recibir una técnica.

Belov, tras atrapar el balón y dejar atrás a la intensa defensa americana, estaba libre de marcajes, y anotó a placer una bandeja histórica y, ahora sí, absolutamente definitiva. La victoria americana había sido un sueño, la Unión Soviética sería galardonada con la medalla de oro.

La Federación estadounidense, incrédula y verdaderamente dolida, emitió una queja formal y un jurado de cinco miembros decretó, finalmente, la victoria soviética. Eran las tres de la mañana, y ya todo hacía sospechar. Aunque había motivos para ello. Y es que de estos 5 jueces, 3 eran de la URSS. El resultado podía haber sido amañado. Y Jones también había tenido algo que ver en ello.

Por tanto, la plata nunca sería aceptada por parte de los 12 jugadores, y sus técnicos, que conformaron la expedición estadounidense a Munich, y que aún a día de hoy, aguardan una resolución del asunto, en el Museo Olímpico de Suiza. Y así seguirá, hasta que el error sea solventado. Al fin y al cabo, sólo quieren descansar de una lucha que ha alargado 3 segundos a toda una vida, a toda una eternidad. Y que nunca les dejará estar en paz.

Fuentes: LA Times, NY Times, ESPN Classic, Bleacher Report, Huffington Post

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Todo lo que nos dejó el Mundial de China

Dos semanas de baloncesto dan para mucho. Repasamos lo que nos han dejado los treinta y dos participantes del Mundial de Baloncesto de China 2019

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El mundial más numeroso de la historia también ha sido el que más sorpresas por metro cuadrado ha deparado, fruto de un sistema de competición que apenas permitía los errores y los partidos para administrar el desgaste de otras ediciones. España sumó trece año después su segundo título, Argentina tomó una máquina del tiempo para revivir los sentimientos olvidados de la Generación Dorada, mientras que Estados Unidos se veía fuera del torneo en cuartos tras reunir al equipo más vulgar de los últimos quince años. Esto fue todo lo que pasó en el Mundial de China 2019

Alemania (18º)

Batacazo del baloncesto teutón en la cita asiática. Con una plantilla con a priori que contaba con buenos mimbres, y un grupo no excesivamente complicado, quedaron eliminados el segundo día, dando serias muestras de ser un equipo poco trabajado y dependiente de la inspiración de Dennis Schroder, principal foco de las críticas (40% en tiros de campo). Estarán en el Preolímpico.

Angola (27º)

Tenía muy complicado pasar de ronda en un grupo con Serbia e Italia, y al menos pudo llevarse una honorífica victoria ante Filipinas, aunque eso sí, se echó en falta que pudiera competir ante los favoritos. El objetivo era ser el mejor africano y tampoco estuvo cerca de conseguirlo. Urge un relevo de garantías para una generación agotada.

Argentina (Subcampeones)

Un milagro. Los argentinos retrocedieron una década atrás en el tiempo y se volvieron a mostrar como un equipo bravo… que además jugaba al baloncesto de forma maravillosa. Un inconmensurable Scola guió a los suyos en unos cuartos de final históricos ante Serbia. Después eliminarían a Francia de forma brillante para llegar desfondados a la gran final. Histórico.

Australia (4º)

Puede que estemos ante la gran perdedora del torneo. Se plantaron en semifinales sin sufrimiento, y en un duelo a vida o muerte contra España, perdieron tras dos prorrogas. Posiblemente sean la mayor amenaza a día de hoy para un Estados Unidos de primer nivel, pero siguen dejando dudas de su capacidad de sufrimiento en los partidos de pierde paga.

Brasil (13º)

Dejaron una buena imagen, ofreciendo un buen nivel competitivo durante gran parte del torneo. Esa es la buena noticia, la mala, es que lo hicieron tirando de un equipo envejecido y que necesita una renovación urgente. Tendrá complicado estar en la cita olímpica el verano que viene.


Canadá (21º)

Estarán en el Preolímpico, y si para entonces logran reunir a todo el talento que su suponen atesoran, será un equipo distinto completamente. Con todas sus bajas, nadie esperaba nada de ellos, aún así, pobre rendimiento siendo apalizados porLituania y Australia en la primera fase.

China (24º)

Otra decepción. En un grupo hecho a su medida, naufragaron en los partidos clave de Venezuela y Nigeria, perdiendo sus opciones de Juegos. Toca reflexionar en un país del que se esperaba fuera la gran potencia asiática, y que solo ha conseguido tapar el talento nacional en su liga a base de jugadores extranjeros pagados a precio de oro.

Corea del Sur (26º) y Costa de Marfil (29º)

Dos de esos equipos intrascendentes que demuestran el error deportivo de un mundial de treinta y dos equipos.

España (Campeones del Mundo)

Nadie contaba con esto. Trece años después, campeones del mundo. La transición desde los Juniors de Oro se ha culminado de la forma más sorprendente y grandiosa imaginable. Ricky Rubio (MVP), Marc Gasol (partido clave ante Australia) y las labores de intendencia de Llull, Rudy y Víctor Claver, indispensables. Lección de planteamiento y scouting de Sergio Scariolo, que -parece mentira- queda consagrado como una leyenda de nuestro baloncesto tras el mundial. Enormes.

Estados Unidos (7º)

Eran, pese a las innumerables bajas, el máximo favorito al oro. Sin embargo, y pese a que no se atisbó poco trabajo o prepotencia, los americanos vieron enormemente penalizadas sus carencias interiores en el choque de cuartos de final ante Francia, con Rudy Gobert como verdugo. La duda de qué equipo podrán reunir de cara a Tokio condicionará el torneo.

Filipinas (32º)

Paso atrás del baloncesto filipino. Con un Andray Blatche ya muy lejos de su mejor versión, el estilo de juego del combinado asiático demostró ser poco trasladable a una competición de alto nivel. Pese a todo, deberían seguir creciendo si logran una buena política de nacionalizados.

Francia (medalla de bronce)

Irregulares. Ofrecieron su mejor cara en el histórico partido ante Estados Unidos de cuartos, para después volver al suelo en semifinales, donde mostraron las mismas carencias de los últimos años: escaso acierto en el tiro y pobre capacidad de sufrimiento. Evan Fournier realizó su mejor torneo con la selección gala, mientras que Batum certificó su defunción como élite, anunciada previamente en la NBA.

Grecia (11º)

Siguen sin tener ni la más remota idea de como aprovechar todo el potencial de Giannis Antetokounmpo. Da la impresión de que hay dos estilos de juego en la selección helena que luchan por imponerse, y hasta que no se de respuesta a eso llevando un equipo hecho a la medida de su estrella, no llegarán a ninguna parte. Por favor, que Nick Calathes y Giannis no vuelvan a coincidir nunca más sobre una pista de baloncesto.


Irán (23º)

Premio gordo para Irán, que consigue billete olímpico como mejor equipo asiático, donde posiblemente sean el rival más asequible de todo el torneo de lejos. Los de Hamed Haddadi practican un baloncesto arcaico, casi entrañable, pero saben disimular sus carencias ante equipos de similar nivel. Y eso en un torneo un tanto flojo como este tiene mucho valor.

Italia (10º)

La generación de los Belinelli, Gallinari y Datome se nos han hecho mayores sin apenas ningún indicio de evolución en su nivel competitivo. Se cruzaron con dos rivales importantes -Serbia y España- y antes los dos naufragaron. Especialmente hiriente resultó con los que campeones, con los que empataban a tres minutos para el final del partido y acabaron sin competir. Pocas opciones de estar en Tokio 2020

Japón (31º)

Mucho que progresar y poco tiempo para hacerlo. Los nipones perdieron todos sus partidos, algunos de forma escandalosa, y dejaron pocas notas para el optimismo, a excepción del NBA Hachimura. Será interesante comprobar el plan que hay de cara a la cita olímpica, si es que existe alguno.

Jordania (28º)

Consiguieron una histórica victoria ante Senegal en un partidazo de Dar Tucker. Básicamente eso es lo único reseñable de uno de los equipos más débiles de los presentes en China, y que debería tardar en volver a asomarse en una cita de primer nivel.

Lituania (9º)

De acuerdo, los echaron del Mundial en parte a un fallo arbitral ridículo, pero eso no debería servir como obstáculo para advertir que el nivel del baloncesto lituano sigue descendiendo inexorablemente desde hace años. Decepcionante torneo de Sabonis en su primera gran cita internacional con galones de jugador importante.

Montenegro (25º)

Vucevic en torneos FIBA es un jugador mucho mejor que el que solemos ver en la NBA, y el segundo hombre de mayor nivel es su suplente, lo cual es un serio problema. Poca brillantez y menos acierto, justo lo que no necesitaban en un grupo complicado.

Nigeria (17º)

Billete olímpico para un grupo que llegó con problemas extra deportivos a China y sale con una sonrisa. Brillante torneo del joven Josh Okogie, que será la gran referencia ofensiva en Tokio.

Nueva Zelanda (19º)

Lejos queda ya la edad dorada de los kiwis, sin embargo, siguen siendo un grupo de guerreros al que hay que matar mil veces. Estuvieron a centímetros de dar la sorpresa del torneo dejando a Grecia fuera en la primera fase, en uno de los mejores partidos de toda la primera fase.

Polonia (8º)

Una de las sensaciones del torneo, si no por juego, sí por resultado. El equipo polaco mostró un gran sentido del juego colectivo y alcanzó unos sorprendentes cuartos de final con un equipo sin apenas individualidades. El objetivo (complicado) será refrendar la hazaña llegando a los Juegos.

Puerto Rico (15º)

Talento e irregularidad. Puerto Rico cumplió llegando a segunda fase, el máximo que por nivel podían alcanzar. Estupenda actuación de David Huertas, un anotador que ha alcanzado el punto más alto de su carrera a los 32 años. Sería interesante ver que papel asume en un equipo europeo.

República Checa (6º)

La gran sorpresa. Los de Tomas Satoranski se cargaron en su camino a Turquí y Grecia, alcanzado un histórico sexto puesto. Atentos a este equipo si sigue su progresión y logran añadir a Jan Vesely a la plantilla, tienen capacidad de dar un susto en los cruces de un gran torneo.

República Dominicana (16º)

La gran pregunta del torneo. ¿Hasta dónde podría llegar los del Ché Guevara Dominicana con sus NBA en pista? Quizás- o quizás no- lo comprobemos en el torneo PreOlímpico del próximo verano. Por lo pronto, alcanzaron de forma brillante la segunda fase, muro natural para sus limitaciones en el juego interior.

Rusia (12º)

Salvaron los muebles llegando a la segunda fase, que viendo el nivel mostrado, no está nada mal. La travesía por el desierto del baloncesto ruso se antoja todavía muy larga, sin que la nueva generación haya dado un paso adelante… ni parezca que lo vaya a dar.

Senegal (30º)

Otra de esas selecciones que por nivel, jamás debería pisar nada parecido a una competición que se llame Copa del Mundo. Relleno.

Serbia (5º)

En Serbia iba todo bien… hasta que se cruzaron con España. Arrasaron en la primera fase, pero el sistema de dos interiores grandes se estrelló a la hora de la verdad. Djordjevic, muy señalado, dejará de ser seleccionador de un equipo al que se le intuyen serios problemas de carácter y competitividad en los momentos claves.

Túnez (20º)

Al menos sacaron billete para el Preolímpico, premio de consolación para el que quizás sea el equipo más sólido del continente africano. Su falta de talento exterior les penaliza demasiado en torneos de primer nivel.

Turquía (22º)

De estar a punto de tocar la gloria con cuatro tiros libres fallados ante Estados Unidos, a volverse a casa tras caer con la República Checa en un partido depresivo. Turquía ha resultado una de las grandes perdedoras de este mundial. Tocará revolución si no hay billete a Tokio.

Venezuela (14º)

Aceptable papel de la vino tinto, a la que le faltó un poco más de suerte en la segunda fase. Tienen calidad y sobre todo un estilo. Notable torneo del interior Michael Carrera, otro jugador al que sería interesante volver a tener por Europa de nuevo.

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El impactante adiós de Hank Gathers

Sus familiares no podían creerlo. Nadie podía. Su tía Carol sufría un ataque de ansiedad y su madre Lucille gritaba de angustia e incredulidad de un lado para otro, como también algunos de los compañeros. Sus hermanos Derrick y Charles intercambiaban miradas entre sí, atónitos. No podían creer que ya no estuviera entre ellos.

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Getty Images

La historia del baloncesto está plagada de grandes ‘what if’. Sobre todo en Estados Unidos, donde saben explotar cada suceso hasta su repercusión máxima posible. ¿Había sido Ben Wilson, la estrella de baloncesto del instituto Simon de Chicago, tan bueno como decían? El debate se llegó a formar incluso acerca del hipotético dominio de Benji en la NBA cuando le llegase el momento, y ni siquiera sabemos si habría alcanzado el profesionalismo, ni cómo de exitosa habría sido antes su trayectoria en la NCAA.

¿Y Len Bias? Amargó por momentos la existencia a Michael Jordan el poco tiempo que coincidieron en las canchas universitarias, y hay quien se aventuraba a decir que podría ser tan bueno o, como mínimo, tan excitante como el número 23 de los Bulls, que llevaba dos años en la NBA cuando Bias escuchó su nombre en el Draft, una posición más alta que la de Jordan – segunda elección – y por deseo de los Boston Celtics, la franquicia ganadora del último campeonato de la NBA, que veía en Bias la continuidad a su dinastía una vez le llegara la senectud deportiva a un Bird al que le sería encomendada la misión de ser su tutor personal. Pero una sobredosis se lo llevó por delante la noche siguiente. Si no pudo soportar la presión de ser número 2 del Draft, ¿soportaría la de ser el futuro encargado de mantener en lo alto a la franquicia más exitosa de la historia?

A Wilson le mataron, Bias se mató a sí mismo. A Hank Gathers ni lo uno ni lo otro, simplemente el corazón se le paró. Y para terror de los asistentes y conmoción de todo el planeta baloncesto, ocurrió en la misma cancha. Con la camiseta de sus Lions de la Universidad de Loyola Marymount. Acababa de culminar un ‘alley-oop’ haciendo gala de la potencia física con la que los scouts NBA se frotaban las manos, y segundos más tarde  estaba en el suelo. Intentó levantarse, pero fue inútil. Como también los intentos por reanimarle de los entrenadores y médicos que le rodeaban en aquellos angustiosos instantes en que a Gathers se le paró el corazón, pero se encogió el de todos los presentes.

Sus familiares no podían creerlo. Nadie podía. Una hora y cuarentaiún minutos después era declarado muerto en el hospital, donde su tía Carol sufría un ataque de ansiedad y su madre Lucille gritaba de angustia e incredulidad de un lado para otro, como también algunos de los compañeros que hasta allí se habían desplazado. Sus hermanos Derrick y Charles intercambiaban miradas entre sí, atónitos. No podían creer que ya no estuviera entre ellos.

Lamentablemente, ver desplomarse a un deportista sin razón aparente es algo que en los últimos años nos encontramos cada cuando, sin que nunca pierda el mismo impacto de la primera vez. Deporte profesional o amateur. En medio de ambas se podría situar al baloncesto universitario, caso de Gathers.

Esa razón que no encontramos en la apariencia suele encontrarse más tarde en la exploración médica. Sin embargo, con Gathers era algo que podía ocurrir. Eran otros tiempos, y ni tan siquiera los propios deportistas estaban tan concienciados como estamos ahora para proteger y tratar casos de malformaciones en el corazón. Este fuerte, fortísimo, alero de Loyola Marymount ya sabía lo que era sufrir mareos en la práctica deportiva, y en un partido de preparación para aquella temporada, la 1989-90, ya había caído a la lona cuando los Lions recibieron la visita de los Gauchos de Santa Bárbara.

Después de aquel enorme susto los médicos descubrieron que Gathers padecía de taquicardia, un latido anormal del corazón, para lo que emplazado a seguir una medicación que le fue recetada y así poder seguir jugando al baloncesto. De hecho, apenas tardó en volver. Después de caer inerte al suelo un 9 de noviembre, el 1 de diciembre ya estaba enfrentándose la Universidad de Stetson.

Un cardiólogo que había tratado a Gathers con anterioridad al fatídico suceso confirmaba su capacidad para desempeñar la práctica deportiva. “Su condición fue comprobada exhaustivamente, estaba sano, y hasta donde sabemos, para él era seguro jugar al baloncesto… Estaba tomando su medicación”, relataría el doctor Mason Weiss a Sports Illustrated.

“Estaba tomando su medicación”. Eso era lo que los médicos creían. No fue Weiss quien prescribió a Gathers lo que debía tomar, una droga tan fuerte que le hacía estar continuamente de mal humor, cansado y falto de energía, afectando negativamente a su juego, lo que en ese momento más le importaba, por lo que Gathers imploró al doctor Hattori que le fuera reduciendo gradualmente la dosis en la medida de lo posible.

¿Fue Gathers un inconsciente? Para obtener la respuesta más fiel a la realidad siempre hay que situarse en el contexto. Por entonces no existía el nivel de concienciación de ahora, y Gathers era un joven jugador de baloncesto con grandes aspiraciones que no podía permitir que sus espectaculares números de la anterior temporada (32’7 puntos y 13’2 rebotes por partido con el premio al jugador del año en la WCC) se vieran resentidos por aquel problema. Tampoco su sentido del humor, pues era conocido en el campus como un maestro de las imitaciones. Acudió al doctor con una súplica y este aceptó. ¿Fue así pues Hattori el irresponsable? Tal vez lo fuera, pero tal vez no y la evolución de Gathers en el tiempo en que venía tomando aquella droga así permitía una reducción de la dosis. En cualquier caso, la responsabilidad solo podía caer en quien le permitió jugar, por lo que la familia de Gathers demandó a la universidad y obtuvo una indemnización de 2’4 millones de dólares.

Una cardiopatía hipertrófica se lo llevó por delante. “Al menos murió haciendo lo que más amaba”, diría Richard Yankowitz, su entrenador de instituto en Philadelphia, cuando recibió la noticia de su fallecimiento. Una de tantas frases rancias en busca de una reducción del inconsolable dolor para el afligido familiar o amigo que le echa de menos. Una de esas frases que se pueden decir casi cada vez que alguien abandona hacia la otra vida, pero que en este caso era tal cual. Adoraba jugar al baloncesto y fue así como se marchó. No simplemente como jugador universitario, sino sobre el parqué.

Hank Gathers era originario de la otra costa del país. Nacido y criado en uno de los barrios más conflictivos de Philadelphia, tuvo en el baloncesto la salida oportuna para no toparse con los conflictos de drogas, armas y peleas entre bandas callejeras en que veía metidos a sus semejantes. No fue Loyola Marymount su primer destino universitario, sino la Universidad de Southern California, a donde fue reclutado junto a su inseparable amigo de la infancia Bo Kimble por el entrenador asistente David Spencer. O no tan inseparables, pues veinticinco años después de su muerte Kimble relataría en The Players’ Tribune que hubo un tiempo cuando eran adolescentes en que deseaba estar allá donde no estuviera Gathers. Ambos eran muy competitivos y el baloncesto no era lo suficientemente grande para los dos. Pero una semana después fue también convencido por Sepencer y allá que fue a USC.

Llegaron juntos y salieron juntos de allí cuando fueron destituidos de su cargo el entrenador Stan Morrison y Spencer, Gathers y Kimble se plantaron y decidieron que no habían cruzado todo el país para eso, por lo que ahí también acabó su etapa en los Trojans. Kimble, máximo anotador universitario de todo el país en la misma temporada en que Gathers dijo adiós (35’3 puntos por partido), sí alcanzó la NBA a la que ambos estaban predestinados, aunque solo jugó tres temporadas antes de quedarse sin sitio. El que Gathers nunca llegó a ocupar.

Un ‘alley-oop’ cazado tan arriba donde nadie más parecía poder llegar. No al menos a aquel nivel. La NBA aguardaba su llegada, pues Gathers estaba proyectado como un futuro primera ronda del Draft salvo alguna sorpresa de las que la noche de elección de novatos siempre puede deparar. Pero era fuerte, alto y coordinado.

Parecido a Terry Cummings, su inevitable comparación, por aquel momento jugador de los San Antonio Spurs, con estatus de ‘All-Star’ y que, seis años antes del primer desplome de Gathers, él ya había sufrido de irregularidades en el latir de su corazón. Era abril de 1983 y Cummings ya había hecho méritos más que suficientes para ganar el premio al Rookie del Año de 1983, por lo que se perdió las dos últimas semanas de la temporada. Disfrutaría de una larga carrera en la NBA de 18 temporadas, aunque sus mejores marcas en puntos (23’7), rebotes (10’6), robos (1’8), porcentaje de acierto en tiros de campo (52’3%) y minutos sobre la cancha (36’2) jamás superarían los picos de su primera temporada en la liga. Cuando supo en noviembre de 1989 del primer desmayo de Gathers se interesó por él.

Prometían reencontrarse en la NBA, pues Gathers había anunciado que daría el salto sin cumplir el último año de su ciclo universitario. Un anuncio que, por cierto, comenzó con una tomadura de pelo a los allí reunidos, a quienes vaciló empezando su conferencia de prensa diciendo que se pasaba al boxeo para pelear contra Mike Tyson.

“Esto es lo más duro que jamás he vivido”, dijo su entrenador Paul Westhead en un comunicado posterior a la muerte de Gathers. Westhead, el mismo entrenador de los Lakers del ‘Showtime’ previos a Pat Riley y que fue blanco de la conspiración del atribulado Spencer Haywood, que conspiró para planear su asesinato. A Westhead le encantaba jugar tan rápido como se pudiera, y en la pareja Kimble-Gathers tenía un filón.

Cuando Gathers ascendió al reino de los cielos, el 4 de marzo de 1990, el partido que se estaba jugando ante Portland, la semifinal por el título de conferencia, quedó suspendido. Pero también el resto de la temporada de los Lions, que fueron seleccionados por la WCC para asistir al torneo final, el ‘Madness’, por ser los líderes de la temporada regular, y que daba comienzo solo once días después. La intención inicial fue no jugarlo, pero Kimble, el amigo del alma de Gathers, dio el paso adelante para así hacerlo. “Jugaremos. Jugaremos por Hank”.

Los Lions no llegarían muy lejos, quedándose a las puertas del ‘Sweet Sixteen’, pero allí quedaría el homenaje de Kimble, que decidiría tirar el primero de cada serie de sus tiros libres con la mano izquierda en honor a su zurdo amigo.

Tim de Frisco /Allsport / Getty Images

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