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Perfiles NBA

Mi gigante

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Fíjese el lector en los primeros minutos de este Pau Orthez-PAOK de marzo de 1993. No le exijo que vea todo el partido, solo el arranque del mismo. Observe y calibre la colosal influencia en el juego de ese mastodóntico dorsal número 13 del equipo local. Prácticamente todas las situaciones de ataque y defensa están marcadas por su presencia. En ataque, cuando el balón no acaba en sus manos al poste bajo, recibe en el 4’60 para un tiro cómodo; si no han conseguido finalizar la jugada con él, rebaña el tiro errado de su compañero. Dos puntos. Un indefendible gancho lateral, en esta ocasión fallado. Dos puntos más. En defensa, los jugadores del club griego evitan, en la medida de lo posible, acercarse a su zona de influencia, aterrados por el Godzilla verdoso que tiene delante, y estamos hablando de Fassoulas, Cliff Levingston o Ken Barlow; aunque acabarán ganado el partido, y la eliminatoria de cuartos de final de la Copa de Europa, a golpe de exteriores, con el francotirador Prelevic (30 puntazos) al mando. Era lo de menos, porque el equipo francés había llegado, a las descomunales espaldas del coloso rumano (acompañado de clásicos del basket francés como Demory o los hermanos Gadou), mucho más lejos de lo que nadie podía esperar aquella temporada. El PAOK de Salónica llegaría a una Final Four en la que sería eliminado en semifinales por la Benetton de Toni Kukoc, quien a su vez caería derrotado en una espantosa final ante otro equipo francés, el Limoges de Maljkovic. Esa FF daría el pistoletazo a una época de baloncesto rugoso, cincelado en piedra pómez, de partidos a menos de 60 puntos, de defensas de lija y ataques en arenas movedizas: Naumoski™ y Zdovc®. Una época, a) de la que, snif, aún no nos hemos recuperado del todo, y b) es historia para otro día: la de hoy se circunscribe a aquel titánico dorsal 13 de Pau Orthez, el rumano Gheorghe (o Ghita, o Gidza) Muresan.

Wikipedizando a Muresan. La de Gidza es la clásica historia de niño grande descubierto por un héroe anónimo al servicio del baloncesto en, pongamos por caso, una parada de autobús. O, sin ir más lejos, en la consulta de un dentista-entrenador de un ignoto pueblo transilvano (inserte chiste sobre ser dentista en Transilvania a su discreción) llamado Triteni. El joven Gheorge tiene 14 años y unos hermosos 2’07 metros, que años después sabrá debidos a una enfermedad llamada acromegalia. Con esa altura, tu futuro se resume en dos posibilidades: jugador de baloncesto o doble de Chewbacca. Pero en 1985 nadie preveía una nueva (ay) trilogía galáctica, así que el pequeño Muresan empezó a jugar al basket, con las muestras de vergonzosa descoordinación pero infinito potencial que puede el lector avezado imaginar. Horas y horas de gimnasio, con el “Gonna fly now” de la BSO de “Rocky” sonando a todo trapo mientras Gidza subía y bajaba las escaleras de la universidad de Cluj (esto me lo estoy inventando), más una celérica asimilación de los conceptos básicos del baloncesto, fueron moldeando a un jugador con pátina de diferente y esperanza de diferencial. Todo va a velocidad de vértigo. Destaca en el Mundial junior de Edmonton en 1991 (enchufándole a la España de Esteller y Paraíso un 26/11, sin ir más lejos), y enseguida debuta con la selección absoluta rumana. En octubre de ese mismo año, juega un partido de Recopa con su club, el Cluj-Napoca, contra Pau Orthez, y les clava 39 puntos. Los franceses, que van a jugar la máxima competición europea al año siguiente, no se olvidarán de esa exhibición, y le contratan. La onda expansiva de su impacto se extiende a Europa, y de qué manera, con partidos como el relatado en el arranque del artículo. Y llega a Barcelona.

El Barcelona de aquella época era un club en convulsión permanente, que vomitaba la toxicidad que suelen emanar los equipos que vienen de ganarlo todo, o casi todo, y que ven que los Lannister les han comido la tostada y no saben cómo recuperar el trono. La guerra Aito-Maljkovic había dejado secuelas, año y medio después, con declaraciones absolutamente deliciosas por ambos bandos, pero el club había perdido su férrea tiranía sobre el baloncesto español. Y aunque el Joventut también se había subido a las barbas, el principal causante era un tal Arvydas Romas Sabonis. En aquella época era muy habitual en el imaginario periodístico buscar jugadores “anti” para contrarrestar a los que dominaban la Liga: los antiNorris, los antiJiménez… Ahora tocaba buscar antiSabonis. Y el Barcelona se fijó en Muresan, quien, sin ir más lejos, le había hecho a Sabas 21/10 y 23/15 en sus dos partidos de Copa de Europa. Cerró un acuerdo en abril del 93 por 6 temporadas, solo pendiente de una revisión médica (la historia de los servicios médicos del Barça da para una serie de Netflix al estilo “Wild wild country”) que, debido a su peculiar físico, iba a ser menos burocrática y rutinaria de lo habitual. Vaya si lo fue: los médicos azulgrana dictaminaron que ese señor no debía ni tocar un balón anaranjado, como mínimo, en los siguientes seis meses, y luego si eso ya veríamos. Para compensar la pérdida, el Barcelona se fijó en objetivos como Alexander Volkov o Dino Radja, para acabar firmando a, snif, Tony Massenburg y Fred Roberts, y… un momentito, que voy a por kleenex… no, no estoy llorando, es que algo se me ha metido en el ojo.

De repente, Gidza se quedaba tirado y sin equipo. Los Bullets lo elegían en el 30 del draft de 1993, en segunda ronda, pero no se decidieron a hacerle oferta. Hay algunos contactos con equipos como el AEK, nada concreto, y Gheorge decide operarse de la hipófisis. En septiembre, el Barça vuelve a hacerle pruebas físicas, de las cuales concluyen que quizás, a lo mejor, si eso ya te llamo yo, la temporada que viene… Cuando el año parece ya perdido, su agente consigue arrancarle un contrato mínimo, pero garantizado, a los Bullets, que confían en el jugador, eso sí, de aquella manera. Declaraciones de Abe Pollin, propietario de Washington en aquella época: “Tiene futuro en la NBA, aunque su juego está muy atrasado en comparación a los de su misma edad. Pero tendremos paciencia, porque tiene algo que no se puede enseñar: altura”. No sabría decir si son declaraciones halagadoras u ofensivas, o las dos cosas, pero es lo de menos: el sueño de Gidza está más cerca de cumplirse.

En un principio, la popularidad en América le llegó gratis. Superaba por un centímetro a su nuevo compañero Manute Bol en la carrera por ser el jugador más alto de la historia de la NBA. Además, no solo era europeo y no formado en universidad americana, lo cual ya de por sí era un exotismo, sino que además era rumano, you know, Dracula and shit. Y formaba parte del equipo de la capital estadounidense, que es la única razón por la que a alguien le podían importar los Bullets (fans de los Wizards, venid de uno en uno). Su primer año, deportivamente hablando, fue todo lo discreto que se podía esperar; resultaba hasta hilarante ver aquella masa de huesos mal repartidos desplazarse costosamente de lado a lado de la pista, viendo pasar por delante a aquellos pequeños locos de ébano que viajaban a hipervelocidad: Muresan era el Godzilla de las películas japonesas de los 50, los jugadores americanos eran “Matrix”. Pero Ghita tenía dos cosas a su favor: por un lado, la capacidad de aprendizaje de quien había aplazado su arco formativo y se encontraba en la adolescencia de su entendimiento del juego; por otro, ese carisma innato del arquetipo “gigante bonachón”, la bondad intrínseca de quien acepta su enormidad física como una constante necesidad de probar que no es una amenaza. Gheorghe le cayó bien a todo el mundo, técnicos, compañeros y aficionados, y todos remaron a su favor. Hasta que pudo remar solo.

La 94-95 es la temporada de su confirmación. Sus números suben a 10 puntos y casi 7 rebotes por partido, es titular en más de la mitad de los partidos, y en la atmósfera NBA se le comienza a tomar en serio (más que a su equipo, que a pesar de la mejora del rumano solo consigue 21 victorias) (ninguna sorpresa: sus estrellas eran Rex Chapman y Tom Gugliotta, por el amor de Magic). Ha perdido peso, es capaz de moverse con más ligereza, sin que su obvia capacidad de intimidación se vea mermada. En defensa no le mueve un mercancías; en ataque desarrolla recursos técnicos inauditos en alguien de su tamaño, y una encomiable capacidad de pase y visión periférica del juego. Vale, no era Sabonis, pero es que NADIE era Sabonis. En la siguiente temporada llega su explosión: sus 14’5 puntos y 9’6 rebotes por partido no solo le valen para llevar a su equipo (que ha incorporado a jóvenes promesas interiores del nivel de Juwan Howard, Chris Webber y Rasheed Wallace) a las 39 victorias, sino para que se le reconozca como Most Improved Player of the year, el primer europeo que lo consigue. Su popularidad se dispara, empieza a hacer anuncios, everybody loves Gidza. ¿Qué podía frenar, siquiera obstaculizar, a un gigante en pleno uso de la energía cinética?

Un tendón.

El tendón de su pie derecho, concretamente. La temporada 96-97 es extraña. Muresan empieza a perderse partidos por culpa de ese dichoso tendón; el equipo no va lo bien que se esperaba, y a mitad de temporada largan a Jim Lynam, un técnico con el que Gidza tenía una relación muy cercana. Su juego se resiente, y sus estadísticas bajan; pero en un inaudito rush final el equipo acaba clasificándose para los playoffs por primera vez en 8 años, siendo barridos por, en fin, “aquellos” Bulls. Nadie podía imaginar que Muresan no volvería a jugar para los Bullets. La temporada siguiente la pasa en blanco debido al susodicho tendón, lo cual no menoscaba su notoriedad; más bien al contrario. Rueda “My giant” con Billy Crystal, película cuyo mayor valor artístico consiste en que aparece Steven Seagal haciendo de sí mismo. Realiza un cameo en el videoclip de Eminem “My name is” interpretando a un ventrílocuo. Dos memorables incursiones artísticas que, por desgracia, no tienen equivalencia en su carrera deportiva. Ficha por los Nets y en la temporada 98-99 solo juega un minuto. En la siguiente sí consigue participar activamente, pero su físico comienza a traicionarle definitivamente. Las piernas, las rodillas, la espalda, todo es dolor desde que se levanta hasta que se acuesta. El año 2000, sin ofertas americanas, es el de su vuelta a Europa, de nuevo a Pau Orthez, donde coincide con aquel Esteller contra el que jugó en el mundial junior de Edmonton, y con un jovencísimo Boris Diaw. Al final de esa temporada prácticamente se ha retirado del baloncesto, su descomunal físico le pone demasiadas trabas. Solo se permite un fugaz retorno, año y medio después, para jugar con la selección rumana, de la que se despidió perdiendo contra España en el torneo clasificatorio para el Eurobasket del 2003.

Foto: NBAE

Con residencia fija en Washington, y con uno de sus hijos jugando al baloncesto en Georgetown (spoiler: no hace pinta de llegar a mucho), su retiro lo ha manejado, sin alharacas, entre la federación rumana y las oficinas de los Wizards, a través de múltiples encargos de gestión, clínics, embajadas, labores humanitarias, etcétera. Siempre con una sonrisa afectuosa en el rostro, desprendiendo la bonhomía de un ser que, como muchos de su fenotipo, aprendió que el único lugar donde tenía éticamente permitido abusar de su tamaño era en una cancha de baloncesto.

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Perfiles NBA

Al Bianchi, un hombre de baloncesto

Al Bianchi nos dejó hace dos semanas. Una de esas personas cuya vida giró siempre por y para el baloncesto. Ni siquiera tras su retiro se desligó del todo de este mundo.

rjimenez@skyhook.es'

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Fallecido el pasado 28 de octubre en Phoenix, Arizona, de una insuficiencia cardíaca por causas naturales a los 87 años, Al Bianchi fue un tipo vinculado al baloncesto profesional norteamericano durante casi setenta años. Héroe universitario en los 50 y sólido jugador NBA hasta mediados de los 60. Entrenó en la ABA y rozó el anillo en los banquillos de la NBA  a mediados de los 70. Resucitó brevemente a los Knicks a finales de los 80 desde la gerencia general. Y compartió su idiosincrática visión del juego como consultor y ojeador hasta el final de sus días. Érase una vez un hombre a un balón de baloncesto pegado…

Nacido el 26 de marzo de 1932 en el neoyorquino barrio de Long Island City, Queens, Alfred «Al» Bianchi, uno de los tres hijos de los inmigrantes italianos Alfredo y Rose (Sciallo) Bianchi, fue un flacucho y letal francotirador —también un joven tenista de primer nivel pero, afortunadamente, escogió el baloncesto— con aparato dental, que en 1948 sería fundamental para llevar a su instituto de Long Island City a las semifinales de la liga de institutos públicos de Nueva York City, celebradas en el Madison Square Garden. Un lugar que llegaría a conocer como pocos en su vastísima trayectoria.

En las canchas

Bianchi fue reclutado por la Universidad Bowling Green State de Ohio en 1950, donde se convirtió en prolífico anotador desde su posición de base, en la que aprovechaba su entonces notable altura de 1,90 y un juego cada vez más agresivo y físico. Durante sus cuatro temporadas promedió 19,3 puntos por partido, con sus dos últimos años entrando en la historia de la institución —miembro de su Salón de la Fama desde 1965— con promedios récords de 22,1 puntos como junior (1952-53), y de 25 como senior (1953-54), y noches para el recuerdo como los 42 puntos endosados a Western Michigan, récord absoluto de los de Ohio. En esa temporada, Bianchi, apodado «Blinky», que formaba una temible dupla junto a otro icono de la universidad, James Gerber, llevó a los Falcons a un 17-7, lo que les valió una aparición en el National Invitation Tournament de la NCAA. Además de su segundo MVP consecutivo del equipo, Bianchi fue incluido en el All Ohio Team y recibió una mención honorífica en el All American Team. La NBA aguardaba.

Pero no sucedió así. Porque Bianchi, seleccionado en el puesto número 18 —novena selección de la segunda ronda— del Draft de la NBA de 1954 por los Minneapolis Lakers, pasaría los siguientes dos años sirviendo en el Cuerpo Médico del Ejército estadounidense. Y, al reincorporarse a la competición en 1956, los Lakers lo traspasaron a los Syracuse Nationals. Con el equipo del estado de Nueva York jugaría siete años, antes de que este se «mudase» a Filadelfia en 1963, transformándose en los 76ers. En total fueron diez temporadas promediando 8,1 puntos , 2,2 asistencias y 2,5 rebotes por partido en menos de 20 minutos. Un consistente recambio, que destacaba por su fiereza y competitividad, para el excelso backcourt titular de los Nationals formado por Larry Costello y el gran Hal Greer. El 1 de mayo de 1966, los flamantes Chicago Bulls escogieron a Al en el draft de expansión de la NBA, pero nunca llegó a jugar con ellos, retirándose a los 33 años. O, mejor dicho, cambiando las zapatillas y el tiro desde el pecho a dos manos —el two set shot, del que fue uno de sus últimos exponentes— por la pizarra y el libreto de jugadas. 

En los banquillos

Y es que Bianchi pasó a ser el entrenador asistente de su ex-compañero en Syracuse y primer entrenador en la historia de la nueva franquicia de «la ciudad del viento» Johnny «Red» Kerr. Tras un año de formación, Blinky asumió el reto de liderar el banquillo de otro equipo en expansión, los Seattle Supersonics, pese a que en sus dos años en el equipo de Washington tan sólo pudo conseguir una marca perdedora de 53 victorias y 111 derrotas.

En cambio, su siguiente empresa sí sería exitosa y llamativa. Porque Bianchi, un preparador temperamental, con abundantes ataques de ira contra los jugadores que calificaba de «blandos» y los árbitros, con quienes siempre mantuvo una volátil relación de amor-odio, se trasladó a la ABA para ser el entrenador —asumiría su gerencia general posteriormente— de los Washington Caps/Virginia Squires, desde 1969 hasta 1975. En la temporada 1970-1971, la primera en Richmond, Virginia, llevó al equipo al campeonato de la División Este con una marca de 55-29, por lo que fue nombrado Entrenador del Año. Y, al año siguiente, consiguieron hacerse con todo un mito: Julius Erving —a quien Bianchi llamaba «Julie»—, recién salido de la Universidad de Massachusetts. Sin duda alguna, los Squires eran el equipo a seguir de la ABA.

Desgraciadamente, tras la derrota ante los New York Nets en la segunda ronda de los playoffs de 1972, los problemas económicos de los virginianos provocaron la toma de decisiones más que drásticas. Y, una temporada después, convertidos en grandes favoritos al título al juntar al «Dr. J» con George Gervin, los acontecimientos se precipitaron tras la sorpresiva derrota contra Kentucky en primera ronda. «Tuvimos que vender jugadores sólo para sobrevivir», dijo Bianchi a The Richmond Times Dispatch en 2006 sobre la decisión de enviar a Erving a los Nets por «mucho dinero» y George Carter. Y, en 1974, fue Gervin el tradeado a los San Antonio Spurs por 225.000 dólares. Tan sólo sirvió para alargar la agonía. Temporalmente salvados económicamente, pero sin mucho a lo que acogerse —tan sólo contaban con el futuro Hall of Famer Charlie Scott como jugador de renombre—, los aficionados dieron la espalda a los Squires y las derrotas —15-69 en sus dos últimas temporadas— causaron el cese de Bianchi en noviembre de 1975, seis meses antes de que la franquicia desapareciera. «La marcha de Erving me hizo un pésimo entrenador.», afirmó con sorna Blinky tiempo después.

Tras la absorción de la ABA por la NBA en 1976, Jerry Colangelo fichó a Al Bianchi para los Phoenix Suns como entrenador asistente de John MacLeod, en lo que parecía una extraña pareja —emocional y lenguaraz Bianchi, metódico y reflexivo MacLeod—, que funcionó a la perfección. Y es que esa sería su labor más extensa en los banquillos, hasta 1987, aunque su momento de mayor gloria a la vez que frustración llegaría en su primer año, en aquellas fenomenales finales contra los Boston Celtics, mitificadas gracias al quinto partido de la serie, el de la tres prórrogas —para muchos el mejor en la historia de la NBA—, clave para la victoria por 4-2 de los verdes. Al, expulsado en ese encuentro por el árbitro Richie Powers, relataría a The Arizona Republic que «fue mi única oportunidad de ganar un anillo, así que pensé, voy a hacerme uno yo mismo». Era de plata con una piedra turquesa y dos  inscripciones: «Phoenix Suns, 1975-76 World Champs», acompañado de un inapelable «Fuck you, Richie Powers».

En los despachos

Al Bianchi aún tenía varias aventuras que vivir. De hecho, su siguiente singladura fue una de las más relevantes y peliagudas de su carrera, pasando del banquillo de Phoenix al cargo de gerente general de —nada menos— que los New York Knicks. Bianchi tomó las riendas de la gestión knickerbocker en verano de 1987, tras una temporada 1986-87 desastrosa, con tan sólo 24 victorias. A nuestro protagonista no le tembló el pulso en sus primeras decisiones, reemplazando al entrenador Bob Hill —que había sustituido a Hubie Brown— por Rick Pitino, y permitiendo que Bernard King —tras dos años alejado de las canchas tras su gravísima lesión de rodilla— se fuera a los Washington Bullets.

Los cambios salieron bien para ambas partes. Mientras King resucitó su ilustre carrera en Washington, Bianchi acertó con Pitino, cuyo estilo de defensa presionante, ataque a la carrera y mucho tiro exterior, hizo progresar a un equipo cimentado en un joven Patrick Ewing y el rookie Mark Jackson —elegido mejor novato del año—, drafteado por Al desde la universidad de St. John’s. Ese primer año alcanzaron los playoffs, siendo eliminados en primera ronda por los Celtics. No obstante, la temporada 1988-89 sería aún mejor. Bianchi seleccionó a Rod Strickland proveniente de De Paul en la lotería, y se hizo con Charles Oakley y Kiki Vandeweghe vía traspasos. ¿El resultado? 52 triunfos, segundos del Este tras los «Bad Boys» Pistons, y una trayectoria más que notable que sólo truncaría un tal Michael Jordan en las semifinales de conferencia.

Sin embargo, tanto el equipo como la labor de Bianchi se tornaría más errática los dos años siguientes. Pitino renunció en verano del 89 para irse a los Kentucky Wildcats, cruce de declaraciones entre ambos, reflejo de la profunda desconfianza mutua, incluidos. Stu Jackson, su asistente, lo sustituyó al frente de los Knicks y, pese a que el arranque fue bueno, el discutible cambio del prometedor Strickland por el veterano Maurice Cheeks funcionó, y el equipo repitió ronda en playoffs cayendo ante los Pistons, futuros bicampeones, el momentum se esfumó. Al se deshizo de Jackson en diciembre de 1990, dándole el mando a su antiguo colega en Phoenix John MacLeod. Y aunque se apuntó un último tanto fichando al icono del Madison John Starks, tres meses después fue despedido y reemplazado por Dave Checketts.

En 1991, Bianchi regresó a Phoenix para ejercer de ojeador de los Suns, sobre todo en el ámbito universitario, cargo que repitió entre 2004 y 2009 para los Golden State Warriors. Incluido en el New York City Basketball Hall of Fame en septiembre de 2007, en sus últimos años, de nuevo en Arizona, se dedicó a la consultoría y el scouting independientes, labores en las que, no podía ser de otra forma, favorecía al jugador físico y despreciaba la analítica y las estadísticas, puro old school. Estaba preparando sus memorias, Journeyman: Seventy Years Along the Sidelines of Pro-Hoop History, junto a Tom Ambrose —otro tipo de dilatada trayectoria ligada a los Suns—. No podían tener un título más apropiado. Un auténtico hombre de baloncesto.

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NBA

Exponiendo el ‘Fenómeno Dave Cowens’

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”.

jakonako10@gmail.com'

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Dave Cowens es, posiblemente, uno de los componentes de la prestigiosa lista de los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA que menor interés y entusiasmo despierta entre los seguidores de la mejor liga de baloncesto del planeta.

En una década dominada por auténticas leyendas de los tableros como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar, Bob McAdoo, Bill Walton, Elvin Hayes o Nate Thurmond, Cowens nunca poseyó el aura de estrellato de sus contemporáneos pese a combatir de tú a tú con todos ellos tanto en premios colectivos como en distinciones individuales.

Su conocimiento del juego, su ética de trabajo, su versatilidad y energía en la cancha lo convirtieron no solo en uno de los ‘5’ más determinantes y respetados de la época, sino que incluso, en muchos momentos, hizo olvidar la ausencia del jugador que había conquistado su undécimo campeonato con los Celtics apenas unos años antes de su llegada a la liga: Bill Russell.

Más allá de sus éxitos como jugador, Dave Cowens era una figura particularmente extravagante e impredecible, notablemente despegada de la masificación multitudinaria de una NBA que, por otro lado, no pasaba por sus mejores años.

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”, reconocería el exjugador en 1991 durante la ceremonia en la que sería incluido en el ilustre Hall Of Fame. Una frase que resumiría el carácter humilde de un jugador que, a base de una entrega y una fortaleza inconmensurables, se ganaría el respeto de toda la afición de Boston y de sus compañeros de equipo, así como de la gran mayoría de sus rivales repartidos por todos los rincones de la geografía norteamericana.

Curiosamente, y como tantos otros jugadores cuyos testimonios han dado constancia de ello, la vida de Dave Cowens podría haber seguido unos derroteros completamente distintos. Con apenas ocho años de edad, el pequeño dio sus primeros pasos en el mundo de la canasta aunque un enfrentamiento con su entrenador durante su primer año de instituto en la Newport Catholic le hizo abandonar prematuramente el baloncesto para dedicarse al atletismo y la natación.

Su trayectoria deportiva amenazaba con seguir por esta nueva senda y con mínimas opciones de salir de su ciudad natal en el estado de Kentucky de no ser por un sorprendente crecimiento de 13 centímetros en apenas un año, tras lo cual alcanzaría los casi dos metros de estatura.

Una figura mucho más intimidante, curtida durante sus exigentes entrenamientos en ambas disciplinas deportivas, que le abrió de nuevo las puertas del equipo de baloncesto coincidiendo con la llegada de un nuevo entrenador.

El nacimiento del fenómeno

En apenas dos partidos, el novato se ganó la confianza de su técnico y su presencia inamovible en el quinteto inicial. Sus 13 puntos y 20 rebotes de promedio durante su último año ya auguraban un prometedor futuro que se confirmaría años después en la élite norteamericana fruto de su destreza cerca del aro.

El ‘Fenómeno Cowens’ se hallaba en plena ebullición y no pocas fueron las universidades que mostraron interés en reclutar a una de las mayores promesas del país. Sin embargo, la Universidad de Kentucky del legendario coach Adolph Rupp, destino que anhelaba el imberbe Cowens, nunca llegó a llamar a su puerta. Especialmente dolido ante la indiferencia exhibida por el equipo de su estado natal, el jugador optó por hacer las maletas rumbo a la Universidad de Florida State, donde su entrenador Hugh Durham, con quien cuajaría una gran amistad, le prometió la titularidad desde el primer minuto.

El center respondió a esta confianza con creces con unos números globales de 19.2 puntos y 17.0 rebotes en sus tres años con los Seminoles, quienes, sin embargo, no llegaron a firmar ninguna aparición en el torneo final de la NCAA. Su dorsal número 13 es, a día de hoy, el único, en el apartado masculino, que ha sido retirado por la institución deportiva en sus más de cien años de historia.

Su extraordinario rendimiento no pasaría desapercibido en los despachos de Boston. Red Auerbach, todo un maestro en las artes del baloncesto y un genio a la hora de reclutar talento para su equipo, no dudó ni un segundo en seleccionar a Cowens en la cuarta selección del Draft de 1970 en su difícil propósito de hacer olvidar a toda una institución en el lugar como lo fue Bill Russell, retirado un año antes.

Por enésima vez en su carrera, la excelsa intuición de Red dio en la diana con un jugador que, nada más aterrizar en la competición, recibiría el premio al Rookie del Año tras promediar 17.0 puntos y 15.0 rebotes por noche. Unos números que mantendría inamovibles durante sus siete siguientes temporadas en la competición, durante las cuales sería elegido para disputar el All-Star Game en todas y cada una de ellas, además de recibir el galardón al MVP de la temporada en 1973. Aún así no sería hasta un año después cuando la gloria aterrizara de nuevo en Boston en modo de duodécimo campeonato.

En aquellas Finales de 1974, Cowens escribió uno de los capítulos más recordados de su carrera. En el séptimo y definitivo partido, con la cancha de los Bucks de un tal Lew Alcindor como escenario de lujo, el interior dio un auténtico recital en ambos lados de la cancha que se saldó con un doble-doble de 28 puntos y 14 rebotes, y, principalmente, una victoria que devolvía a los Celtics a lo más alto del pabellón baloncestístico norteamericano.

Dos años después, con un tropiezo en medio ante los Washington Bullets de Wes Unseld y Elvin Hayes, los Celtics recuperarían el trono de la NBA tras vencer a Phoenix Suns en unas Finales que se prolongaron hasta el sexto partido y en las que Cowens fue uno de los principales referentes de su equipo con unos números de 21.0 puntos y 16.4 rebotes por partido.

El declive

Sin embargo, ese nuevo campeonato supuso el comienzo del fin de la carrera del de Ketucky. Ese mismo verano, la salida de su gran amigo Paul Silas rumbo a Denver no sentó nada bien a un Cowens que se reunió con Auerbach para comunicarle su “pérdida de entusiasmo por el juego.” Una situación que desencadenó en una de las anécdotas más excéntricas del jugador. Después de confirmar su marcha del equipo al gerente y despedirse de sus compañeros, Dave regresó a su granja familiar para iniciar un negocio de venta de árboles de Navidad.

Curiosamente, apenas unos meses antes había sido protagonista de una historia que el mismo relataría años después a ESPN. Aprovechando la llegada a Boston de un gran amigo de la infancia, el pívot de los Celtics tuvo una idea tan original como excéntrica para mostrarle la ciudad a su invitado. Ni corto ni perezoso, Dave Cowens acudió a una oficina de la Asociación de Taxistas Independientes de Boston y compró, por la módica cantidad de 35 dólares, una licencia profesional. Sería taxista por una noche.

Durante toda la noche, el jugador guió a su amigo por los rincones más emblemáticos de la ciudad e incluso se atrevió a llevar a algunos transeúntes a su lugar de destino. “Hicimos algunos trayectos largos por la ciudad. Nadie me reconoció”, reconocería entre risas durante la entrevista.

Volviendo al caso, ya sea por el mal rumbo del negocio o por la creciente nostalgia del caluroso ambiente del legendario Boston Garden, el periplo emprendedor de Dave Cowens apenas duraría unos meses, tras lo cual regresaría al equipo para completar 50 partidos ese año y otras tres temporadas más en la franquicia de Massachussets.

Unos Celtics que no duraron en honrar a una de las grandes estrellas de su historia con la retirada de su dorsal número 18, el cual ondea en lo más alto del pabellón del equipo junto al de ilustres como Bill Russell, Larry Bird, Bob Cousy o los propios Jo Jo White, John Havlicek y Red Auerbach.

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NBA

Gigantes a hombros de gigantes

Antes de Antetokounmpo y Doncic, antes incluso de Nowitzki y Petrovic, hubo un pionero que desafió a toda una liga. El primer europeo de la historia de la NBA.

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Los galardones de final de temporada tienen este año, más que nunca, sabor europeo. Por primera vez en la historia de la liga, el jugador más valorado y el novato del año vienen desde el otro lado del charco. Los más valientes pueden opinar que los europeos (o al menos los no-americanos) están reinando en la NBA. El griego Giannis Antetokounmpo ha deslumbrado al planeta entero con su potencia y capacidad atlética fuera de lo normal. Luka Doncic, esloveno, al que ya habíamos visto hacer de las suyas en Europa, ha maravillado a la liga americana a pesar de las dudas que suscitaba a ambos lados del Atlántico. Además, en la misma temporada, Marc Gasol, Serge Ibaka, OG Anunoby y Sergio Scariolo se han llevado a casa (en Europa) un anillo de campeones de la NBA.

Ya no recordamos los tiempos en los que ver a un europeo partir hacia la gran liga era todo un hito, cuando los primeros hicieron historia. En nuestra memoria está un imberbe Pau Gasol haciendo un mate por la línea de fondo y poniendo en el póster a Kevin Garnett, está Jorge Garbajosa levantándose desde el triple con el 15 de los Raptors en la espalda y también Rudy Fernández en el concurso de mates con la camiseta de Fernando Martín. Pero antes que todos ellos, antes que Sabonis, que Drazen Petrovic y que Dirk Nowitzki, estuvieron los pioneros, los que abrieron el camino desde el viejo continente hacia las américas. Esos gigantes a los que nuestros gigantes están encaramados.

Algunos, alumnos aventajados nacidos en Europa, recorrieron ese camino años antes, en su etapa universitaria o prácticamente de niños, y pusieron las primeras notas europeas en la liga. A partir de principios de la década de los 80 se instalaron nombres como Uwe Blab o la leyenda alemana Detlef Schrempf. También los pívots Swen Nater (neerlandés) y Petur Gudmundsson (islandés) estuvieron en la NBA después de la transición desde la ABA en 1976. Aun así, todavía nadie había visto a un jugador ser fichado o drafteado directamente desde un equipo europeo. Hasta que ocurrió.

La técnica del goteo

Georgi Glouchkov asfaltó el camino en 1985. El primer europeo en partir hacia la NBA era pívot, búlgaro y firmaba con los Phoenix Suns tras ser elegido por los de Arizona en la séptima ronda del Draft de ese mismo año. La primera intentona, como suele ocurrir con los experimentos, no salió según lo esperado. Glouchkov (2,05 m) era demasiado pequeño para jugar en su posición natural, y demasiado lento para la línea exterior. Además, ganó mucho peso durante esa temporada, y al año siguiente tuvo que regresar por donde había venido, dejando una discreta marca de 4,9 puntos y 3,3 rebotes de media en los 49 partidos que jugó, pero también una huella histórica que abriría la puerta a la otra mitad del mundo del baloncesto.

El siguiente expedicionario nos es muy familiar. El primer español en la NBA, y también el segundo europeo que cruzó el océano para jugar al baloncesto. Fernando Martín se aventuró en la temporada 1986/87 de la liga americana y, como su predecesor, no tuvo el éxito que todo nuestro país deseaba. Martín tuvo un papel muy testimonial en aquella temporada, jugando solo 24 encuentros a razón de 6 minutos por cada uno. El pívot madrileño también regresó al año siguiente a España y, solamente dos años después de aquella gesta histórica, un fatal accidente de coche nos dejó sin el mayor héroe del mundo baloncestístico nacional del siglo XX.

Tarde o temprano, alguien venido del este tenía que triunfar. La mejor liga del planeta no podía ser propiedad exclusiva de los americanos para siempre y, finalmente, a la tercera, haciendo caso al tópico, llegó la vencida. Sarunas Marciulonis, un escolta en aquel entonces soviético, dejó el Statyba Vilnius en 1989 para mudarse a California. Los Golden State Warriors lo esperaban desde hacía dos años, ya que lo habían drafteado en la sexta ronda de 1987. Marciulonis se hizo de rogar, pero finalmente se decidió a intentar hacer historia entre los mejores. Estuvo durante cuatro temporadas en la bahía, y se adaptó al rol de sexto hombre a la perfección. Compartió vestuario con leyendas como Tim Hardaway y Chris Mullin, y entre sus dos últimas temporadas promedió más de 18 puntos por encuentro, siempre desde el banco.

Cuando estaba en la cresta de la ola y ya se había consolidado como el primer aventurero europeo que había conseguido triunfar en la NBA, el azar quiso que un día, jugando en la universidad de Saint Mary, se rompiese el ligamento cruzado de la rodilla. Cuando el New York Times lo anunció ya preveían que se podía perder toda la temporada 1993/94, después de haber sufrido pequeñas lesiones durante la anterior campaña que le permitieron jugar, aunque a gran nivel, solamente 30 partidos. El “sueño americano” se había roto, e iba a necesitar una temporada entera para recuperarlo. Por desgracia, los Warriors dejaron de contar con él, y los últimos tres años de carrera NBA fue saltando por los Sonics, los Kings y los Nuggets, dejando un buen rendimiento pero también mal sabor de boca por “lo que pudo ser”.

Marciulonis no fue otra historia de mala suerte con las lesiones. El primer europeo en triunfar en la NBA, poco antes de que Drazen Petrovic revolucionara Nueva Jersey, demostró que era una buena opción para las franquicias americanas buscar el talento al otro lado del Atlántico. En 2014, la NBA lo reconoció como uno de los pioneros y lo introdujo en el Hall of Fame, en el que ya figuraban los nombres de Petrovic (2002) y Arvydas Sabonis (2011). Además, su notoriedad aumentó fuera de las canchas, ya que estuvo muy involucrado en el crecimiento baloncestístico de Lituania una vez se deshizo la URSS.

Sarunas Marciulonis es el responsable de la creación de la liga de baloncesto lituana, la actual LKL, y fue uno de los principales impulsores de la primera selección nacional. Contando con que Lituania consiguió la independencia en 1990, y en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 consiguieron la medalla de bronce, podríamos decir que el país báltico está muy en deuda con él en este aspecto. Pero más allá de eso, el valor simbólico de este jugador es histórico. Él extendió la alfombra para que pasara Toni Kukoc hasta ganar el título de Mejor Sexto Hombre en 1996. Él separó las aguas para que Dirk Nowitzki se conviertiese en el primer MVP europeo de la historia de la liga en 2007, y también para que Pau Gasol fuese el primer Rookie del Año europeo en 2002.

Justo ahora, en los Dallas Mavericks, Nowitzki entrega el testigo a Luka Doncic. Cada vez hay más jugadores que triunfan en la liga americana después de haber iniciado su carrera en Europa. Giannis, que estuvo a punto de jugar en el CAI Zaragoza (y la ACB lo presentaba como “Adetocunbo”), recoge ahora el Maurice Podoloff con la expectativa de ser uno de los jugadores más dominantes de la liga en los próximos años. Los hermanos Gasol, Dirk, Antetokounmpo, Jokic… Todos son gigantes subidos a hombros, entre otros, del legado de Marciulonis.

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