Fíjese el lector en los primeros minutos de este Pau Orthez-PAOK de marzo de 1993. No le exijo que vea todo el partido, solo el arranque del mismo. Observe y calibre la colosal influencia en el juego de ese mastodóntico dorsal número 13 del equipo local. Prácticamente todas las situaciones de ataque y defensa están marcadas por su presencia. En ataque, cuando el balón no acaba en sus manos al poste bajo, recibe en el 4’60 para un tiro cómodo; si no han conseguido finalizar la jugada con él, rebaña el tiro errado de su compañero. Dos puntos. Un indefendible gancho lateral, en esta ocasión fallado. Dos puntos más. En defensa, los jugadores del club griego evitan, en la medida de lo posible, acercarse a su zona de influencia, aterrados por el Godzilla verdoso que tiene delante, y estamos hablando de Fassoulas, Cliff Levingston o Ken Barlow; aunque acabarán ganado el partido, y la eliminatoria de cuartos de final de la Copa de Europa, a golpe de exteriores, con el francotirador Prelevic (30 puntazos) al mando. Era lo de menos, porque el equipo francés había llegado, a las descomunales espaldas del coloso rumano (acompañado de clásicos del basket francés como Demory o los hermanos Gadou), mucho más lejos de lo que nadie podía esperar aquella temporada. El PAOK de Salónica llegaría a una Final Four en la que sería eliminado en semifinales por la Benetton de Toni Kukoc, quien a su vez caería derrotado en una espantosa final ante otro equipo francés, el Limoges de Maljkovic. Esa FF daría el pistoletazo a una época de baloncesto rugoso, cincelado en piedra pómez, de partidos a menos de 60 puntos, de defensas de lija y ataques en arenas movedizas: Naumoski™ y Zdovc®. Una época, a) de la que, snif, aún no nos hemos recuperado del todo, y b) es historia para otro día: la de hoy se circunscribe a aquel titánico dorsal 13 de Pau Orthez, el rumano Gheorghe (o Ghita, o Gidza) Muresan.

Wikipedizando a Muresan. La de Gidza es la clásica historia de niño grande descubierto por un héroe anónimo al servicio del baloncesto en, pongamos por caso, una parada de autobús. O, sin ir más lejos, en la consulta de un dentista-entrenador de un ignoto pueblo transilvano (inserte chiste sobre ser dentista en Transilvania a su discreción) llamado Triteni. El joven Gheorge tiene 14 años y unos hermosos 2’07 metros, que años después sabrá debidos a una enfermedad llamada acromegalia. Con esa altura, tu futuro se resume en dos posibilidades: jugador de baloncesto o doble de Chewbacca. Pero en 1985 nadie preveía una nueva (ay) trilogía galáctica, así que el pequeño Muresan empezó a jugar al basket, con las muestras de vergonzosa descoordinación pero infinito potencial que puede el lector avezado imaginar. Horas y horas de gimnasio, con el “Gonna fly now” de la BSO de “Rocky” sonando a todo trapo mientras Gidza subía y bajaba las escaleras de la universidad de Cluj (esto me lo estoy inventando), más una celérica asimilación de los conceptos básicos del baloncesto, fueron moldeando a un jugador con pátina de diferente y esperanza de diferencial. Todo va a velocidad de vértigo. Destaca en el Mundial junior de Edmonton en 1991 (enchufándole a la España de Esteller y Paraíso un 26/11, sin ir más lejos), y enseguida debuta con la selección absoluta rumana. En octubre de ese mismo año, juega un partido de Recopa con su club, el Cluj-Napoca, contra Pau Orthez, y les clava 39 puntos. Los franceses, que van a jugar la máxima competición europea al año siguiente, no se olvidarán de esa exhibición, y le contratan. La onda expansiva de su impacto se extiende a Europa, y de qué manera, con partidos como el relatado en el arranque del artículo. Y llega a Barcelona.

El Barcelona de aquella época era un club en convulsión permanente, que vomitaba la toxicidad que suelen emanar los equipos que vienen de ganarlo todo, o casi todo, y que ven que los Lannister les han comido la tostada y no saben cómo recuperar el trono. La guerra Aito-Maljkovic había dejado secuelas, año y medio después, con declaraciones absolutamente deliciosas por ambos bandos, pero el club había perdido su férrea tiranía sobre el baloncesto español. Y aunque el Joventut también se había subido a las barbas, el principal causante era un tal Arvydas Romas Sabonis. En aquella época era muy habitual en el imaginario periodístico buscar jugadores “anti” para contrarrestar a los que dominaban la Liga: los antiNorris, los antiJiménez… Ahora tocaba buscar antiSabonis. Y el Barcelona se fijó en Muresan, quien, sin ir más lejos, le había hecho a Sabas 21/10 y 23/15 en sus dos partidos de Copa de Europa. Cerró un acuerdo en abril del 93 por 6 temporadas, solo pendiente de una revisión médica (la historia de los servicios médicos del Barça da para una serie de Netflix al estilo “Wild wild country”) que, debido a su peculiar físico, iba a ser menos burocrática y rutinaria de lo habitual. Vaya si lo fue: los médicos azulgrana dictaminaron que ese señor no debía ni tocar un balón anaranjado, como mínimo, en los siguientes seis meses, y luego si eso ya veríamos. Para compensar la pérdida, el Barcelona se fijó en objetivos como Alexander Volkov o Dino Radja, para acabar firmando a, snif, Tony Massenburg y Fred Roberts, y… un momentito, que voy a por kleenex… no, no estoy llorando, es que algo se me ha metido en el ojo.

De repente, Gidza se quedaba tirado y sin equipo. Los Bullets lo elegían en el 30 del draft de 1993, en segunda ronda, pero no se decidieron a hacerle oferta. Hay algunos contactos con equipos como el AEK, nada concreto, y Gheorge decide operarse de la hipófisis. En septiembre, el Barça vuelve a hacerle pruebas físicas, de las cuales concluyen que quizás, a lo mejor, si eso ya te llamo yo, la temporada que viene… Cuando el año parece ya perdido, su agente consigue arrancarle un contrato mínimo, pero garantizado, a los Bullets, que confían en el jugador, eso sí, de aquella manera. Declaraciones de Abe Pollin, propietario de Washington en aquella época: “Tiene futuro en la NBA, aunque su juego está muy atrasado en comparación a los de su misma edad. Pero tendremos paciencia, porque tiene algo que no se puede enseñar: altura”. No sabría decir si son declaraciones halagadoras u ofensivas, o las dos cosas, pero es lo de menos: el sueño de Gidza está más cerca de cumplirse.

En un principio, la popularidad en América le llegó gratis. Superaba por un centímetro a su nuevo compañero Manute Bol en la carrera por ser el jugador más alto de la historia de la NBA. Además, no solo era europeo y no formado en universidad americana, lo cual ya de por sí era un exotismo, sino que además era rumano, you know, Dracula and shit. Y formaba parte del equipo de la capital estadounidense, que es la única razón por la que a alguien le podían importar los Bullets (fans de los Wizards, venid de uno en uno). Su primer año, deportivamente hablando, fue todo lo discreto que se podía esperar; resultaba hasta hilarante ver aquella masa de huesos mal repartidos desplazarse costosamente de lado a lado de la pista, viendo pasar por delante a aquellos pequeños locos de ébano que viajaban a hipervelocidad: Muresan era el Godzilla de las películas japonesas de los 50, los jugadores americanos eran “Matrix”. Pero Ghita tenía dos cosas a su favor: por un lado, la capacidad de aprendizaje de quien había aplazado su arco formativo y se encontraba en la adolescencia de su entendimiento del juego; por otro, ese carisma innato del arquetipo “gigante bonachón”, la bondad intrínseca de quien acepta su enormidad física como una constante necesidad de probar que no es una amenaza. Gheorghe le cayó bien a todo el mundo, técnicos, compañeros y aficionados, y todos remaron a su favor. Hasta que pudo remar solo.

La 94-95 es la temporada de su confirmación. Sus números suben a 10 puntos y casi 7 rebotes por partido, es titular en más de la mitad de los partidos, y en la atmósfera NBA se le comienza a tomar en serio (más que a su equipo, que a pesar de la mejora del rumano solo consigue 21 victorias) (ninguna sorpresa: sus estrellas eran Rex Chapman y Tom Gugliotta, por el amor de Magic). Ha perdido peso, es capaz de moverse con más ligereza, sin que su obvia capacidad de intimidación se vea mermada. En defensa no le mueve un mercancías; en ataque desarrolla recursos técnicos inauditos en alguien de su tamaño, y una encomiable capacidad de pase y visión periférica del juego. Vale, no era Sabonis, pero es que NADIE era Sabonis. En la siguiente temporada llega su explosión: sus 14’5 puntos y 9’6 rebotes por partido no solo le valen para llevar a su equipo (que ha incorporado a jóvenes promesas interiores del nivel de Juwan Howard, Chris Webber y Rasheed Wallace) a las 39 victorias, sino para que se le reconozca como Most Improved Player of the year, el primer europeo que lo consigue. Su popularidad se dispara, empieza a hacer anuncios, everybody loves Gidza. ¿Qué podía frenar, siquiera obstaculizar, a un gigante en pleno uso de la energía cinética?

Un tendón.

El tendón de su pie derecho, concretamente. La temporada 96-97 es extraña. Muresan empieza a perderse partidos por culpa de ese dichoso tendón; el equipo no va lo bien que se esperaba, y a mitad de temporada largan a Jim Lynam, un técnico con el que Gidza tenía una relación muy cercana. Su juego se resiente, y sus estadísticas bajan; pero en un inaudito rush final el equipo acaba clasificándose para los playoffs por primera vez en 8 años, siendo barridos por, en fin, “aquellos” Bulls. Nadie podía imaginar que Muresan no volvería a jugar para los Bullets. La temporada siguiente la pasa en blanco debido al susodicho tendón, lo cual no menoscaba su notoriedad; más bien al contrario. Rueda “My giant” con Billy Crystal, película cuyo mayor valor artístico consiste en que aparece Steven Seagal haciendo de sí mismo. Realiza un cameo en el videoclip de Eminem “My name is” interpretando a un ventrílocuo. Dos memorables incursiones artísticas que, por desgracia, no tienen equivalencia en su carrera deportiva. Ficha por los Nets y en la temporada 98-99 solo juega un minuto. En la siguiente sí consigue participar activamente, pero su físico comienza a traicionarle definitivamente. Las piernas, las rodillas, la espalda, todo es dolor desde que se levanta hasta que se acuesta. El año 2000, sin ofertas americanas, es el de su vuelta a Europa, de nuevo a Pau Orthez, donde coincide con aquel Esteller contra el que jugó en el mundial junior de Edmonton, y con un jovencísimo Boris Diaw. Al final de esa temporada prácticamente se ha retirado del baloncesto, su descomunal físico le pone demasiadas trabas. Solo se permite un fugaz retorno, año y medio después, para jugar con la selección rumana, de la que se despidió perdiendo contra España en el torneo clasificatorio para el Eurobasket del 2003.

Foto: NBAE

Con residencia fija en Washington, y con uno de sus hijos jugando al baloncesto en Georgetown (spoiler: no hace pinta de llegar a mucho), su retiro lo ha manejado, sin alharacas, entre la federación rumana y las oficinas de los Wizards, a través de múltiples encargos de gestión, clínics, embajadas, labores humanitarias, etcétera. Siempre con una sonrisa afectuosa en el rostro, desprendiendo la bonhomía de un ser que, como muchos de su fenotipo, aprendió que el único lugar donde tenía éticamente permitido abusar de su tamaño era en una cancha de baloncesto.