Febrero de 1993, Detroit (Michigan).

Alzaba las pesas con rabia. De arriba a abajo, en un ciclo repetitivo. Como queriendo escapar de sí mismo. Buscaba purgar esa extraña sensación que le comía por dentro a base de trabajo físico. Esfuerzo y sudor como forma de hacerla desaparecer. La ansiedad había ocupado su casa, cambiado la cerradura, y se negaba a marcharse.

El reloj daba ya las 2 de la mañana. Una luz cegadora nacía del techo e iluminaba la habitación. Lo que horas antes era un gimnasio repleto de vida, con gritos, bromas y ruido de maquinaria pesada, ahora emulaba a los pasillos de un hospital abandonado. En medio de todo, él. Empujando con fuerza y con Pearl Jam sonando a toda mecha por los cascos. Una más, la última, hasta llevar al límite sus músculos y caer rendido. Pero ni así. Ese vacío incontrolable no cesaba.

“No había nadie alrededor cuando llegué al pabellón y me dejé caer. Trabajé muy duro. Me estaba dejando cada fibra de mi cuerpo ahí, levantando pesas y escuchando a Pearl Jam. No había nadie, tan solo la música y yo. El sitio parecía un puto cementerio. Traté de usar esas pesas y sacar todo lo que tenía dentro, todo el dolor y el sufrimiento que recorría mi cuerpo”.

De camino a la camioneta empezó a considerar la idea. Venía rondando su mente desde hacía tiempo, pero ahora empezaba a tomar verdadera forma. El aparcamiento del Palace era inmenso, y en la oscuridad de la noche parecía un océano. De hecho, así se sentía él, como un náufrago en mitad de la nada. Sacó las llaves, cogió una escopeta de la guantera, y se sentó sobre la parte trasera del vehículo. Postrado como un perro callejero, con los párpados medio caídos por el cansancio acumulado, mirando fijamente a la nada. De vez en cuando sus ojos miraban hacia abajo, sopesando los pros y los contras mientras acariciaba con mimo el arma. Todo estaba listo.

Empezó a recordar el pasado con nostalgia. Se veía con 16 o 17 años, trabajando como bedel en el aeropuerto de Dallas. Lo que hiciera falta para ganar unos cuantos billetes. El chico del gueto de Oak Cliff buscando sobrevivir. Un día más en la vida de Dennis. Recordaba incluso aquella vez que le despidieron por robar un maletín repleto de relojes de lujo, que más tarde repartiría entre algunos de sus conocidos en lugar de venderlos y sacar tajada. Aunque aparentara ser malo y peligroso, no podía rebosar más inocencia. Rodeado de lujo y fama, pensó en todo aquello. Dónde estaba. Quién era realmente.

“Me senté en esa camioneta, y toda mi confianza se había ido. Ya no estaba seguro de nada. Solo era un tipo con una pistola en medio de un aparcamiento vacío. Pensé mucho en cómo logré llegar hasta aquí, y lo poco que me importaría volver atrás. Quería ser normal. La vida de un jugador NBA, llena de adulación, dinero y mujeres, me estaba trastornando. En ese momento podía haber renunciado perfectamente a la fama y al dinero. Mientras me sentaba en la camioneta, honestamente pensé que sería más feliz de vuelta en ese puto aeropuerto, dándole a la escoba a cambio de 6.50 dólares la hora”.

De pasar noches a la intemperie en los hostiles rincones de Dallas, vagando sin rumbo, a ser dos veces campeón de la NBA y dos veces mejor jugador defensivo del año. ¿Cómo había ocurrido? Ni él lo sabía. Quizá fuera el milagro de crecer hasta 27 centímetros de un año a otro, un regalo de la genética que dio con sus pies en el baloncesto. Ese juego, antaño territorio dominado por sus dos hermanas, tenía algo especial. Le hacía sentir completamente libre. Bajo el fragor del parquet, el aro y los botes del balón, podía expresarse. Dar rienda suelta a esa bomba emocional reprimida durante tanto tiempo, y que le abrasaba las entrañas. El baloncesto no era solo un juego. Era una terapia.

Quizá fuera su incansable ética de trabajo lo que le había llevado hasta allí. La voluntad de sacrificio y el espíritu de superación. Morar en la oscuridad le aportó un impulso más. El hambre por conquistar una meta. O quizá solo fuera que, enterrado en las profundidades de su alma, siempre existió el presentimiento de que la vida le aguardaba algo.

“Hubo mucho dolor y sufrimiento en mi infancia, pero cuando me postraba por la noche en aquella cama del gueto de Oak Cliff, siempre me invadía el mismo pensamiento: hay algo grande ahí fuera esperando a DENNIS RODMAN. No era un razonamiento lógico. Yo era un chaval de aspecto extraño, tan tímido que a veces me escondía detrás de mi madre en el supermercado. Parecía que nada importante podía sucederme a mí, pero no pensaba que en el fondo me estaba engañando. Dejando la razón a un lado, creía honestamente que sería famoso algún día”.

El recuerdo de no tener un techo donde dormir le acompañaba. Eso, y el abandono temprano de su padre, Philander Rodman, que dejó a la familia cuando él solo tenía tres años, eran dos cicatrices que no terminaban de cerrarse nunca. Sin importar dónde estuviera. Años más tarde, siendo ya un jugador importante en la NBA, acostumbraría a repetir un extraño ritual. Cada vez que terminaba un encuentro, se metía en su coche, dejaba atrás el estadio, y se ponía a recorrer los bajos fondos de Detroit. Allí, sin cámaras que le grabaran, y sin pedir nada a cambio, recogía a un vagabundo, se lo llevaba a casa, le daba alimento, ropa, un baño caliente y entradas para el próximo partido de los Pistons.

No sabía muy bien por qué hacía eso. Puede que por pura empatía. Había experimentado en sus carnes lo que significaba vivir de esa manera. Lo duro, traumático e incierto que era. Pero en el fondo había algo más. Recoger a esas personas le servía de experiencia catártica. Rodeado de aquella gente calmaba su ansiedad y justificaba su sentimiento de culpabilidad. Sentía que, ahora sí, estaba en el lugar que realmente merecía. Era su forma de seguir conectado a la realidad. La suya.

“Pensaba que yo no debería estar haciendo esto. Yo no debería ser un jugador de la NBA. No tengo derecho a vivir en este mundo de fantasía. Solo soy un chaval del gueto, demasiado delgado, y con un aspecto demasiado absurdo como para ser tomado en serio. Soy el chaval al que apodaron ‘Gusano’ por cómo me retorcía jugando al pinball. Estoy aquí, viviendo esta vida, ¿con dinero, mujeres y atención en todos sitios? No es real”.

En los últimos tiempos, aquel mundo de fantasía había empezado a desmoronarse. Un divorcio traumático que le alejó de su hija fue el primer zarpazo. Uno para el que ya no tenía resguardo. Ya no podía refugiarse más en el rebaño. Rick estaba en New Jersey, James en Los Angeles, John en Miami y Vinnie retirado. Quedaban Bill, Mark, Isiah y Joe, pero en el fondo, todo había cambiado. Sus mejores amigos en el equipo ya no estaban allí. Aquella vieja camaradería se había esfumado. Pero lo que más dolía de todo era la sensación de volver a estar sin padre. Chuck fue mucho más que un entrenador. Era el mentor que había creído sin fisuras en él. Un referente masculino que le acogió como a un hijo, y que le dotó de paz, estabilidad y disciplina. Con Daly en los Nets, nada parecía tener sentido.

Foto: NBAE

Avanzaba la madrugada en el aparcamiento del Palace. El reloj daba ya las 3 de la mañana. Volvió a acariciar la escopeta y la levantó ligeramente hasta situarla pegada al rostro. La examinaba de arriba a abajo. Pensativo. Situó el dedo índice sobre el gatillo y empezó a presionar ligeramente. Cada vez con más intensidad hasta frenarse. Entonces recordó un inesperado encuentro anterior con Craig Sager en el club ‘The Landing Strip’. Allí mismo, el mítico reportero, recientemente fallecido, había intuido su plan y le había desaconsejado hacerlo. Recordaba también las letras de Pearl Jam, que goteaban vigor a un alma en retirada. Por último, se reencontró con su propio orgullo. ¿Acabar así? No. Además, de hacerlo se estaría volviendo a engañar a sí mismo. Se estaría volviendo a esconder.

“Se me ocurrió una idea: que le jodan a la escopeta. ¿Por qué no matar simplemente al tipo del exterior y dejar que el de dentro siga vivo? Ya había averiguado que podía apretar el gatillo si quería. Si esto era una especie de test, en mi mente lo había superado. Lo que en realidad buscaba era una manera de enfrentarme con esa persona que yo no quería ser. Quiero sacar esa parte de mi vida y dejar que mi otro yo salga a la luz”.

Su objetivo no era acabar con el simple envoltorio. Con la simple carne. Lo que en realidad buscaba era fulminar el espíritu de aquel extraño individuo que había adoptado su nombre y su cuerpo.

“Me senté en esa camioneta y tuve un duelo conmigo mismo. No necesitaba ya el arma; todo tuvo lugar en mi mente. Caminé hacia un lado y hacia el otro. Entonces me paré y disparé al impostor. Maté al Dennis Rodman que se había conformado con ser lo que todo el mundo quería que fuera”.

Aquella noche de 1993, en el aparcamiento del Palace of Auburn Hills, Dennis se sacrificó para alumbrar a Rodman.

Algunas horas más tarde, ya amaneciendo, varios agentes de policía acudieron al lugar alarmados por la llamada de Sheldon Steele, amigo de Dennis, que afirmaba haber recibido una nota en la que este parecía despedirse. Aquellas extrañas líneas le habían dejado muy preocupado. A su llegada, lo único que encontraron los agentes fue a un tipo de más de dos metros tirado en la parte trasera de la camioneta, agarrado a una escopeta y durmiendo a pata suelta. Exhausto tras toda una noche de reflexión.

Desconcertado, Rodman se despertó y les informó de que todo iba bien.

Semanas después, los Pistons recomendarían a Dennis regresar a la consulta del doctor Baxter Baker, uno de los mejores psiquiatras de la ciudad. Allí, el jugador se expresaría con absoluta franqueza sobre todo lo que había acontecido en su vida, incluido lo ocurrido aquella noche. Sin medias tintas. Siendo tan fiel como se puede ser a uno mismo. Le relató por qué sentía que la vida se le estaba complicando, qué aspiraciones tenía, y cómo pretendía manejarlo todo. Tras el coloquio, el doctor Baker se limitaría a responder con un escueto:

“Dennis, no te ocurre nada”.

Como validando a un hombre que, simplemente, y en un acto de valentía, se había querido sincerar consigo mismo, sin que eso significara nada malo, o que hubiera perdido la cabeza.

Dennis Rodman estaba más vivo que nunca.

*Las citas empleadas en este artículo están sacadas de la obra ‘Bad As I Wanna Be’, la autobiografía de Rodman originalmente publicada en 1996*