“Make America Great Again”. Ese fue el lema utilizado por Donald Trump en su campaña como candidato a la presidencia de Estados Unidos. Un país. Grande de nuevo. Le fue bien. Alcanzó su objetivo. Hoy se sienta en el Despacho Oval y controla los designios de la primera potencia mundial. El mensaje caló hondo. Los norteamericanos picaron. Cuestión de orgullo, imagino. Porque de sentido común, ya resulta, como poco, discutible…

¿Cómo se hace grande una nación? ¿Cuál es la mejor estrategia? Supongo que eso va de perspectivas. La suya consiste en imponerse. A toda costa. A quien sea necesario. De cualquier manera. Su modus operandi se basa en la fuerza. Es el matón del patio del colegio. Y, mientras prosigue con su particular cruzada, tiene tiempo para otras cosas, como tuitear. Así, de paso, se retrata. Quedando como el segregacionista que es. Y como el déspota. Y como el resentido. Y como el… (introducir aquí el calificativo que cada uno considere adecuado, que caben muchos).

Ser un resentido no es sano. Menos cuando te crees mejor que los demás. Que a nadie se le ocurra criticarte porque, piensas, lo va a pagar. Y da igual de quién se trate, ya sea una estrella de cine o un deportista de élite. Hagamos un poco de memoria respecto a este sector en particular: en su visor han estado multitud de atletas, una amplia lista en la que figuran desde Colin Kaepernick hasta Stephen Curry. En realidad, cualquiera que cuestione su manera de liderar es su enemigo. Por eso LeBron James fue atacado por el personaje en cuestión cuando, en una entrevista televisiva, dijo que no se sentaría con él. El tweet de Trump no se hizo esperar. ¡Faltaría más! Alguien como él no deja pasar ni una. Un mensaje a la altura. La suya. Bajeza, nula educación, racismo.

No es la primera vez que el mejor jugador del mundo y el presidente norteamericano confrontan. No será la última. Y, aunque LeBron no es el único que ha sido objetivo directo de Trump, sí que es, seguramente por la relevancia del de Ohio, con quien más se ensaña.

Lo que no comprende el presidente es que LeBron James hace mucho más que él porque su nación sea más grande. O mejor. En realidad, porque el mundo entero sea mejor. Sus actos no son sólo eso. También son inspiración para otros. Pero para Trump, que a simple y prepotente no le gana nadie, el Rey es un tonto.

Cualquiera puede poner en una balanza los méritos de uno y otro. Y valorar. Sinceramente, ¿a quién escogerías como modelo? La vida pública de James es intachable. Como poco inteligente, si acaso, cabe aquel desafortunado episodio, The Decision. Por las formas. Ya que, sin embargo, en el fondo del mismo hubo buena fe. El dinero recaudado en el programa fue destinado a organizaciones benéficas. Hablamos de millones de dólares. De resto, todo lo que se puede decir de él es bueno. La vida pública de Trump ya es otra cosa, ¿no?

Sigamos con la comparativa. Gloria tuvo a LeBron James siendo adolescente. Y estaba sola. Cuando el jugador ha dicho que no debería estar donde está, se refiere a que sus circunstancias fueron dramáticas. De casa en casa, en Akron. Madre e hijo durmiendo en sofás de personas que se solidarizaban con ellos, todos los días de colegio que el joven LeBron perdió porque les resultaba imposible asistir al mismo, las dificultades a las que se enfrentaron… Pero, por fortuna, ahí estaba el baloncesto. Una válvula de escape. Aunque cuidado, hay también que lidiar con la presión. Con ser portada de Sports Illustrated antes de la mayoría de edad. Con que ESPN retransmita a nivel nacional partidos de instituto por ti. Perder el norte hubiese sido lo normal. Y no. No ocurrió. Por el contrario, Trump creció rico. Heredó una fortuna. La cual ha gestionado de aquella manera. Según la revista Forbes su patrimonio asciende a 4.500 millones de dólares, aunque el magnate, víctima de su arrogancia, puntualiza que tiene mucho más. Por ello, resulta hasta ofensivo que se jacte de lo bien que le han ido a sus empresas en la bancarrota. Como relató en su momento Chris Isidore (CNN), “Trump ha declarado en quiebra a cuatro de sus negocios, algo que, según Bankruptcy.com, convierte a Trump en la persona que más lo ha hecho en las últimas décadas. Las declaraciones se centraron en casinos que solía tener en propiedad en Atlantic City. Todas fueron en base al Capítulo 11 de la ley, que permite a una compañía seguir en el negocio mientras se despoja de lo que le debe a bancos, empleados y proveedores”.

En la conciencia de LeBron, saber que existe una cantidad ingente de críos en su misma situación. Chavales sin sus cualidades. Sin ese flotador al que agarrarse. Insisto: tiene razón cuando dice que él no debería estar ahí. Que sólo es un niño de Akron. Pero está. Y se sabe afortunado. El haber vivido tanto malo le hizo crecer consecuente. Entiende que otros no gozan de su capacidad o su físico para labrarse un futuro como atleta. ¿Cuántos llegan al profesionalismo deportivo? Una ínfima parte. Claro que, tal vez, sí posean el talento para salir adelante de otra manera, por otra vía. Ahí aparece la figura de James, empujando a los más desfavorecidos. Abriéndoles las puertas de un futuro digno. Él está. Desde hace muchísimo tiempo. Y, a pesar de que no es de alardear sus méritos, sabemos de su compromiso con Boys & Girls Clubs of America, ONEXONE o Children’s Defense Fund. Sabemos que acaba de inaugurar su escuela, I Promise. Sabemos de su casa club. De su propia fundación. De enormes sus donaciones, ya sean económicas (que ascienden a cantidades mareantes) o en materiales. De Donald Trump sabemos lo de los niños en jaulas, sus deseos de muro, su nula política social. No hay pruebas de que existan escrúpulos en su persona.

Por cierto, ya que estamos a vueltas con el tema y debido a que el propio Trump poco menos que lo invitó a ello, Michael Jordan perdió otra gran oportunidad de pronunciarse claramente sobre este tipo de asuntos. Éste, una vez más, hizo gala de su tibieza. Que salga un portavoz en tu nombre para decir que apoyas a James es casi no hacer nada. He admirado a Jordan toda mi vida. Como jugador. De la persona siempre he esperado más compromiso. Demasiado preocupado en no ofender a nadie. Y es que, obvio, “los republicanos también compran zapatillas”. Revisa tus prioridades, MJ. Cuando pase el tiempo y hablemos del legado de los grandes referentes del baloncesto, poco podremos exponer sobre ti fuera de las pistas. El mundo espera de sus ídolos cierto nivel de compromiso. Cada cosa que hacen tiene calado. La posibilidad de mejorar el entorno es algo que no se debe objetar. No vale mirar para otro lado. Vuelvo una vez más a aquella frase de Bill Russell: “Hacemos héroes a atletas por golpear o coger una pelota. Los únicos atletas a los que debemos calificar así son aquellos como Muhammad Ali, a quienes podemos admirar por cómo son realmente, más allá de sus habilidades técnicas deportivas”. En la eterna y cada vez más aceptada comparación entre Jordan y James, el segundo aplasta al primero en este sentido. Y es que han sido personas como él, como el propio Russell o como Kareem Abdul-Jabbar, las que se han sensibilizado con su comunidad y han dado un paso al frente por los desfavorecidos (por fortuna hay muchos más casos, pero escogemos estos tres por lo grandiosas de sus carreras, dignas de colocarlos en un hipotético top10 histórico de baloncestistas). En cualquier caso, nada nuevo bajo el sol. ¿O acaso ya hemos olvidado cómo Michael Jordan dejó asomar su fondo cuando su antiguo compañero en los primeros Bulls campeones, Craig Hodges, quiso despertar conciencias manifestándose sobre la Guerra de Irak? Sólo Phil Jackson parecía saber de lo que hablaba el excelso tirador de Park Forest, siendo su único apoyo claro en aquel vestuario.

Reviso un texto publicado en The New Yorker en 2017 titulado “El atleta político: entonces y ahora”, en el que se resalta el sentido de responsabilidad de miembros de la NBA actual y se valoran las posibilidades a la hora de comunicarse en este mundo global en el que vivimos. “Los atletas siempre han sido políticos. Pero hasta hace poco, rara vez atesoraban los medios para explicarse tan directamente a sus fans”, escribe Hua Hsu, para proseguir “…Es lo que hace que los jugadores de hoy en día parezcan tan diferentes: su capacidad para comunicar más en un post de Instagram nocturno, que en una década de documentales sobre Jordan cuidadosamente gestionados y validados por Nike”. Ciertamente, parece claro que los representantes actuales de la mejor liga del planeta se sienten obligados moralmente. Y no hablamos de una generación como tal, sino del conjunto de la misma, edad de cada sujeto aparte. Es común ver a Gregg Popovich, Steve Kerr, Stan Van Gundy, Carmelo Anthony, Chris Paul o Dwyane Wade compartir su parecer sobre asuntos políticos. Además, el ejemplo de liderazgo de los más grandes es la semilla del cambio. Como prueba bastaría comprobar la cantidad de jóvenes jugadores que condenaron el tweet de Trump o que se sienten inspirados por el legado que está construyendo LeBron James.

Así que volvemos al inicio. Valorando en conjunto, la pregunta es: ¿quién hace más por los suyos, LeBron James o Donald Trump?

Va de compromiso. “I like Mike”, sentenció Trump.

Bueno… I like LeBron.