Hay figuras que, simplemente por su grandeza, generan una sombra muy compleja de evitar. De ahí vienen las grandes depresiones y los vacíos existenciales. Me refiero a la sensación que te genera acabar un buen libro, ver el último capítulo de una serie o esa bonita relación adolescente que llega a su fin. Es ese momento en el que te preguntas: y ahora qué narices hago. Algo parecido sucedió con los Bulls cuando Michael Jordan decidió abandonar la ciudad de Chicago convirtiéndola, durante muchos años, en un auténtico descampado. Como si se tratase de un abandono por parte de los Dioses del Olimpo dejando a sus ciudadanos a merced del ‘libre albedrío’.

Con Illinois en ruinas y las divinidades disfrutando de la situación, los aficionados se empezaban a preguntarse acerca de si volverían aquellos maravillosos años en los que reinaban la liga con puño de hierro. Porque, muy seguramente, jamás ha habido un vació más complejo de llenar que la retirada de ese dorsal ‘23’, una sensación de soledad que iba en aumento y que era imposible dejar de lado. Las malas lenguas dicen que, sin la figura de ‘AIR’, los Bulls no tendrían mucha más historia que los New Orleans Pelicans o los Charlotte Hornets.

Bromas a un lado, los de Illinois, sufrieron mucho para montar un proyecto que ilusionase al United Center, un pabellón que estaba acostumbrado a las grandes noches de Playoffs y que pedía un ‘roster’ que los volviese a permitir soñar. En la ‘Ciudad del Viento’ se pasó de ganar, en la campaña 97/98, la increíble cifra de 62 encuentros a tener que sumar las siguientes cuatro temporadas para superar dicha cifra que se consiguió en un solo año. Una situación que había que revertir y que era necesario cortar de raíz.

Tom Thibodeau, la pieza que faltaba

Los Chicago Bulls fueron añadiendo piezas muy interesantes a su roster y, poco a poco, salieron del océano en el que andaban sumergidos. Todavía se encontraban muy lejos de poder iluminar la oscuridad que dejó Jordan, pero ya no era la situación catastrófica de las pasadas ediciones. Aquí jugó un papel muy importante la figura de Derrick Rose. La suerte (y la no suerte) sonrío a los Bulls en ese Draft y se hicieron con los servicios de aquel chico que se había criado en las calles de Chicago. Además, añadieron piezas importantes como Luol Deng o un Joakim Noah que demostró en el futuro ser el corazón de esos Bulls.

Foto: BullsSports

Sin embargo, faltaba algo. Y sí, (sorprendentemente) la directiva dio con la tecla correcta. Los Bulls decidieron apostar por Tom Thibodeau. Se contrata como entrenador jefe al ex-asistente de los Boston Celtics, reconocido por su gran trabajo defensivo. Tom se puso manos a la obra y empezó a construir, entorno a la figura de Derrick Rose, una de las mejores maquinarias defensivas que se han visto en los últimos años. Un auténtico monstruo capaz de ahogar los mejores sistemas ofensivos y que devolvió a la ciudad a los puestos de arriba de la Conferencia Este.

Un proyecto absolutamente maravilloso que sorprendió a propios y extraños acabando la campaña del año 2010 con la maravillosa cifra de 62 victorias. Exactamente las mismas que consiguieron los Bulls de Michael Jordan el último año que estuvieron. El secreto: defensa, disciplina y trabajo duro. Los chicos de Tom, antes de los partidos, parecían soldados dispuestos a ir a la guerra. Esos fueron los pilares de un ‘roster’ que puso las cosas muy complejas al primer año de LeBron James en los Miami Heat junto a Wade y Bosh.

Tom Thibodeau se encontró con un equipo que había estado la temporada pasada en el TOP-10 de las mejores defensas de la liga y es que, Vinny Del Negro, ya contaba con una plantilla que había demostrado estar más que preparada para arrastrar el marcador hacia su terreno y cambiar los encuentros desde ese lado de la cancha. Muy posiblemente una situación que empujó a los Chicago Bulls a contratar a un entrenador especializado en tareas defensivas.

Sin embargo, limitar la figura de Tom a un especialista defensivo sería desprestigiar mucho todo lo que hizo por aquellos Bulls. El entrenador fue el encargado de difuminar (ligeramente) la figura de Jordan e implantar, desde el minuto uno, un carácter y espíritu de equipo que los llevó a liderar la Conferencia Este. Tom era esa garganta rompiéndose en la banda y ajustando la defensa. Esa sensación que aquellos Bulls defendían con seis hombres en pista. Un modelo que apostó por llevar todos los encuentros al barro y ralentizar el ritmo de juego todo lo posible.

Chicago Bulls, la telaraña perfecta

De este modo, el bueno de Thibodeau, se puso manos a la obra para construir una telaraña perfecta que sirviese para dominar los partidos. Y la verdad es que piezas no faltaban, puesto que los Bulls contaban con una plantilla muy polivalente que se ajustaba a la perfección al sistema que quiso implantar. Rose, en sus primeros años, manifestó tener grandes aptitudes defensivas y su defensa de ‘1vs1’ fue muy importante para ellos. Además, contaban con un buen ‘3&D’ como es Luol Deng y jugadores consistentes en la zona como Carlos Boozer o Taj Gibson. Eso sí, al igual que la figura de Rose era imprescindible para construir el ataque, la defensa de los Bulls no se podía dibujar sin Joakim Noah.

Noah demostró ser el alma dentro del alma. Ser ese aliento al que agarrarse cuando todo estaba perdido. El francés era ese balón suelto que había que partirse la cara para llegar hasta él, ese grito que desquiciaba al rival. Todo corazón. Todo garra. Posiblemente, el ‘13’ de los Bulls, no fuese el pívot con más recursos del equipo, pero si era el que más opciones defensivas te daba. Noah era la personificación en cancha de lo que pedía Thibodeau, el ejemplo al que debían de mirar sus compañeros cuando las dudas surgían. Atento a la ayuda, al más mínimo desajunte, contundente cuando era necesario y entregado cuando era requerido.

En cuanto a los conceptos defensivos que empleaban eran los siguientes. Su defensa estaba basada en sacrificar los ‘pull-up jumper’ que son menos eficientes que los mates, las bandejas y los triples abiertos. Todo esto venía acompañado de una increíble actividad de manos que forzaba una gran cantidad de pérdidas, ayudas muy interesantes que dificultaban la circulación de balón y bloqueaba sistemas ofensivos. Además, Tom Thibodeau usó durante muchos años el famoso sistema de bloqueos ‘ICE Ball Screen Defense’. Una táctica que buscaba mantener el balón alejado de la pintura y que obligaba al rival a limitar sus opciones en ataque provocando que la mayoría de los jugadores quedasen atrapados en la parte débil de la cancha.

De este modo, los Bulls, recuperaron una ilusión que fue disminuyendo silenciosamente. Es un misterio qué hubiese sido de aquel equipo si las lesiones no se hubiesen cruzado en su camino. Un obstáculo que mató un proyecto que estaba llamado a hacer grandes cosas en la NBA y que maravilló a muchos aficionados de este deporte. Es por eso que no sorprende que el bueno de Tom se ponga nostálgico y quiera juntar a las viejas glorias que tan bien supieron interpretar sus ideas que pintaba en la pizarra. Porque se demostró que había vida más allá de los partidos a 130 puntos. Porque aquellos Bulls, por un momento, hicieron pensar a la ciudad de Chicago que había vida después de Jordan.