Hay momentos en la vida en que las láminas de tiempo que habitamos se abren como si fueran hojas de flores carnívoras y te engullen. Te llevan a un lugar oscuro, alejado de este mundo, en el que pasas un tiempo dando vueltas sobre ti mismo a toda velocidad, como si te hubieras quedado encerrado en la lavadora.  Ese lugar se llama año cero. Después, el centrifugado termina, las láminas de tiempo se relajan, se transforman en la superficie de un lago en calma. Y ya puedes comenzar de nuevo. Volver a empezar. Algo así -tan extraño y tan habitual- es lo que le sucedió a DeMar DeRozan el pasado mes de julio cuando, por sorpresa, Masai Ujiri, el presidente y director de operaciones de Toronto Raptors, decidió cambiarle por Kawhi Leonard y enviarlo a San Antonio, Texas.

DeRozan, que tenía una relación de confianza plena con Ujiri tras cinco años de duro trabajo en común, después de haber situado juntos a Toronto en la élite de la NBA, se sintió traicionado por el trueque: “Me quedé realmente pillado. No podía pensar porque sencillamente no parecía real”.

El escolta siempre fue leal a Toronto, un lugar que le hacía sentir en casa, un lugar en el que se disponía a dejar un legado de trabajo duro y pasión por el baloncesto. Cuando hace dos años, en 2016, DeRozan fue agente libre y podía por tanto salir al mercado, ni se lo pensó. Renovó sin dudarlo por cinco años -y 139 millones- por los Raptors y selló así su amistad que él creía eterna con Ujiri.“Así es como yo soy y he sido siempre. Una vez que me siento cerca o vinculado a algo, siempre he sentido que era mi responsabilidad que no desapareciese. Y nunca me ha importado cómo de difíciles se pusieran las cosas. Hay que estar cuando las cosas van bien y cuando las cosas van mal, cuando van mal y cuando van bien. Ese ha sido siempre mi punto de vista acerca de todo, de mis amigos, de mi familia”, dijo en una entrevista tiempo después de renovar.

Elegido en el puesto 9 del draft, DeRozan llegó en 2009 a los Raptors, que son una franquicia joven con plaza en la NBA desde 1995 y con todo por construir. Nueve años después, el escolta ha dejado su huella: cuatro veces all-star; máximo anotador histórico (13.296); líder en minutos (22.986) y partidos disputados (675). Los Raptors han vivido con el tándem DeRozan en la cancha y Ujiri (que llegó cuatro años después, en 2013) en los despachos la mejor etapa de su corta historia: tres años seguidos por encima de los 50 triunfos, una cifra que los Raptors jamás habían superado antes; el liderato del Este en temporada regular; una final de Conferencia… Y, sin embargo, Ujiri sentía que no era suficiente. Tres años consecutivos, los Raptors -y DeRozan singularmente- naufragaron en los playoffs ante los Cleveland Cavaliers del hoy rey sin trono LeBron James, seguro uno de los mejores jugadores que jamás hayan pisado una cancha de baloncesto.

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Valores profundos

Que las alas arraiguen y vuelen las raíces. Este verso de Juan Ramón Jiménez le viene como anillo al dedo a DeRozan. El escolta proviene de Compton, una barriada de Los Ángeles, que se rige por códigos propios -dominada por las bandas-. Allí se crió.  Allí, donde para poder sobrevivir, para no convertirte en un monstruo, necesitas que algunas palabras tengan sentido, adquirió sus valores. “La mitad de mi familia eran miembros de bandas. Mis amigos más cercanos eran miembros de bandas. Mis tíos sucumbieron a la violencia de las bandas. Perdí a mi mejor amigo por la violencia de las bandas. Recuerdo un año en que mi madre fue a 20 funerales de miembros de bandas. Todo eso cuando era pequeño. Cuando era pequeño. Ahí es donde crecí. Conozco a cada uno de los miembros de las bandas”. A DeRozan le salvó el baloncesto. “Cuando iba al instituto, había gente de las bandas que solían venir a verme y nunca hubo problemas. Estaban felices de verme jugar. Todavía hoy escucho historias de gente que son felices de verme jugar. A eso venían. Y eso me hace sentir mejor que un pandillero normal… Me encantaba que todo el mundo estuviera unido, así que eso fue lo que me mantuvo fuera de lo otro”.

DeRozan eligió una gorra negra con la leyenda Comp10, leído Compten -que remedaba Compton- para su primera entrevista después del traspaso. La mirada clara y directa, hierático, inmóvil, como una doliente estatua griega. Derozan compareció en la televisión, ocupó una sillaenfrente del periodista Chris Haynes y le dijo unas cuantas cosas.

-Otra gente utiliza las palabras familia, hermano y similares a la ligera, pero yo, una vez que uso ese término, hago honor a ese término. No lo abandono, lo apoyo. Así que, tanto si es algo que me gusta como si no, lo voy a aceptar si vienes y me lo cuentas. Pero no hagas que una cosa parezca otra cosa y hagas otra cosa y me cojas con la guardia baja. Ese es el problema. Entiendo cómo funciona el juego, cómo funciona el negocio. Siempre pensé que iba a estar en Toronto toda la vida, pero nunca fui naif. Eso sí, déjame saberlo. De ahí viene mi frustración. [El traspaso] me cogió completamente fuera de juego.

-¿Cómo sientes que te trató Masai Ujiri?

-Sentí que no fui tratado con el respeto que merecía. Eso es todo lo que quería. No estoy diciendo que no tuvieras que traspasarme… Solo déjame saber que algo esta sucediendo porque lo he sacrificado todo. Solo déjame saberlo.  Todo el mundo sabe que que soy la persona que menos pide en el mundo. Solo déjame saberlo, para que pueda prepararme a mí mismo para el próximo capítulo, pero no me dio eso.

-¿Preguntaste si ibas a ser traspasado?

-Pregunté: ¿Voy a ser traspasado? ¿Hay algo que esté moviéndose? ¿Hay alguna posibilidad de que me traspaséis? Y en numerosas ocasiones, me dijo. No, nada. Bueno, si lo hay, dejad que mi agente lo sepa o yo lo sepa.

Hay quien dice que lo que recordamos de las personas al final del día es cómo nos hicieron sentir.

DeRozan no quiere saber nada más de Ujiri.

Las razones de Ujiri

Fue el tercer partido de la serie que enfrentó a Toronto Raptors con Cleveland Cavaliers en mayo pasado el que marcó el punto de inflexión en el proyecto y en la consideración de Ujiri por DeRozan y también por su entrenador Dwayne Casey. Casey fue destituido después de la derrota con los Cavaliers y al poco tiempo fue nombrado nada menos que entrenador del año. DeRozan y Casey, junto al base Kyle Lowry, eran los rostros del proyecto que Ujiri quería ganador. Y la derrota, por tercer año consecutivo contra el mismo equipo, y por la forma en que se produjo, lo decepcionó y le hizo pensar que hacía falta más. En ese tercer partido, que era a vida o muerte a cara de perro, después de haber perdido los dos primeros partidos, Casey dejó a DeRozan, que no daba pie con bola en el banquillo casi toda la segunda parte. La estrella, el jugador franquicia. Casey lo sentó en el minuto 34 y no lo puso más y Toronto perdió ese partido y, finalmente, la serie por 4-0. Ambos quedaron sentenciados.

Ujiri dijo dos cosas en la rueda de prensa en la que explicó el trueque DeRozan-Leonard. Por un lado, trató de ser cariñoso con DeRozan, al que se refirió todo el tiempo por su nombre propio, y manifestó: “DeMar ha hecho mucho por esta organización. Cuando estás en mi posición, siempre tienes que estar abierto a lo que puedas hacer. Ambos tuvimos una conversación, y DeMar y yo sabemos cuál fue esa conversación. Podría haberlo manejado mejor. Por eso me disculpo. Y no solo quiero disculparme con él por una posible falta de comunicación, sino reconocer todo lo que ha hecho por este equipo, por esta ciudad y por este país (Toronto es la única franquicia de la NBA de fuera de EEUU, está en Canadá). No hay forma de medir lo que nos ha dado”.

Y, por otro, dijo que Leonard, al mismo tiempo un jugador indiscutible y una apuesta arriesgada porque nadie sabe qué tiene en la cabeza y porque solo ha firmado por un año, era mejor que DeRozan: “Todos sabían que teníamos que hacer algo diferente. Hemos estado haciendo lo mismo ¿Cuántos años? No puedes seguir haciendo lo mismo una y otra vez. Y cuando tienes la oportunidad de conseguir uno de los cinco mejores jugadores de la Liga, cosa que no sucede muy a menudo, creo que tienes que saltar sobre él. Le hemos dado la oportunidad a este equipo, hemos tratado de construirlo tanto como hemos podido, pero, en este punto, esta oportunidad llegó y tuvimos que cogerla”.

DeRozan no lo entendió. Y le dijo al periodista Haynes, como si el que tuviera delante fuera Ujiri: “¿Nos echas la culpa a mí y a Casey? Porque obviamente somos los dos que hemos sufrido por la derrota en las series contra Cleveland. Pero solo hemos perdido en playoffs con un equipo, un equipo que fue a la final de la NBA cada año. Ahora teníamos una gran oportunidad de hacer lo que no habíamos sido capaces de hacer. Con la oportunidad que teníamos (este año), con mi mentalidad y la del resto de mis compañeros… Al final del día, dí todo lo que tenía a este equipo. Y eso se vio. Se vio en los progresos que hicimos como equipo y en los que yo hice como jugador. Así que cuando sales ahí diciendo “le hemos dado la oportunidad” y “tenía que hacer algo”, eso me suena a estupideces (bullshit es la palabra que utilizó DeRozan)”.

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El hecho es que, a pesar de estas palabras de DeRozan, el equipo que él lideraba siempre naufragó en el mismo lugar. Fueron incapaces de doblar por tres veces consecutivas el Cabo Lebron James. Y el hecho es que ningún analista ni directivo en la NBA, sentimientos personales aparte, rechazaría un intercambio entre Leonard y DeRozan. Hoy, en lo estrictamente deportivo, Leonard aparece como un jugador mejor, más hecho, más completo que DeRozan. Leonard es probablemente, si está centrado, el único capaz de defender a James en un duelo individual. Mientras que DeRozan, una vez que ha desembarcado a la fuerza en el salvaje Oeste, tiene de nuevo, a sus 29 años, todo por demostrar. Las preguntas ahora para DeRozan, las que deberá contestar en este año cero y en los próximos, son estas: ¿Es un all-star de verdad? ¿Es un hall of famer? Como aliados, tiene a dos fundamentales: a LaMarcus Aldridge, uno de los mejores jugadores interiores de la liga, y, sobre todo, al considerado mejor entrenador de los últimos tiempos: Greg Popovich.

 

Nueva vida en San Antonio

Las cosas han cambiado para DeRozan. El Oeste no es el Este. Aquí están los pistoleros más rápidos de todos. Como Lucky Luke, algunos más rápidos aun que su propia sombra. Aquí están los Warriors con su quinteto para la historia: Stephen Curry, Klay Thompson, André Iguodala, Kevin Durant y Draymond Green. Aquí están los Rockets de Mike D’Antoni y Chris Paul y James Harden. Y aquí está de nuevo, también, su bestia negra, ahora en los Lakers de su Los Angeles natal: Lebron James, ocho finales consecutivas.

El verano pasado todo el objetivo era vencer a James en el Este y llegar a las finales de la NBA: “No tienes muchas oportunidades de llegar a las finales de la Conferencia Este, de estar a dos victorias de las finales del NBA. No tienes muchas oportunidades”, decía DeRozan. Este año, todo es diferente. El escolta desembarca en una franquicia ganadora, pero que aún habita bajo el síndrome de Tim Duncan, el mejor jugador de su historia. Los Spurs vienen de vuelta, de vivir la mejor época de su historia, en la que han ganado 5 anillos. Ahora, además, afrontan la -veremos si traumática- marcha de Leonard, sobre quien iba a pivotar todo el proyecto post-Duncan, y la jubilación de Manu Ginóbili y el retiro de Tony Parker a Charlotte. En definitiva, es una franquicia que afronta una nueva etapa.

¿Podrán competir los Spurs por una plaza en la final de la NBA? A primera vista, no parece posible, pero Popovich, al igual que lo tuvo en sus años de éxitos junto a Duncan, tiene un plan. El año pasado, de la experiencia con LaMarcus Aldridge, Popovich aprendió. Este año, no va a pretender que tiene a aquellos jugadores que lo hicieron grande. Tiene ahora otros y se va a adaptar a ellos. Lo que sí vas a hacer es ponerlos a correr. Al base Dejonte Murray, de 22 años, le va a dar la titularidad y los galones para que lleve la voz cantante y marque el ritmo a los demás. Y en defensa, todos a aplicarse. El quinteto Murray, DeRozan, Gay, Aldridge y Gasol puede ser una roca de granito imposible de romper. Salvo Murray, son todos perros viejos, conocedores como nadie del oficio. Si Popovich logra motivarles, los jugadores hallan una melodía que tocar, y los preparadores físicos logran que lleguen con el cuerpo en perfecto estado de revista a los playoffs, en una buena jornada,le pueden complicar la vida a cualquiera. “DeMar ya es un All-Star. Ya ha jugado de una determinada manera. Hay algunas cosas que trataremos de añadir a su juego, si él quiere. No voy a hacer con él lo que hice con LaMarcus. A quien quise convertir en John Havlicek. Creo que le confundí”, asumió Popovich.

DeRozan es un jugador de corte clásico. Podría haber jugado en la NBA de los 80 con gran éxito. Como defectos, se le puede reprochar cierta falta de implicación en la faceta defensiva y cierta aversión al triple, lo cual en el baloncesto de hoy -en el que por obra y gracia, entre otros, de Stephen Curry, se tiran y se encestan más triples que nunca antes- lo transforman casi en un romántico, en heredero de otra época. Sin embargo, en la media distancia, en el poste bajo, penetrando a canasta, en la lectura del ataque es un jugador sobresaliente. Popovich intentará que defienda mejor, que se implique en las tareas de un sistema coral, con referentes fuertes en la pintura y las largas manos de Gay y Murray en el perímetro. Y en ataque, dejará que desarrolle sus talentos en el uno contra uno, y a la hora de encontrar al hombre libre cuando llega la ayuda.

La cabeza, la vida

DeRozan, como cualquiera que haya llegado a la NBA, siempre anda buscando maneras de mejorar, de empujarse a sí mismo hacia el siguiente nivel. Esa actitud, la que le llevó de la natación al boxeo, la que le sacó de Compton, la que le ha llevado a la élite de la NBA, es la que le puede salvar ahora otra vez más. “Siempre es fácil -reflexiona DeRozan- hacer las cosas con las que te sientes cómodo, como el baloncesto. Siempre busco cosas nuevas fuera de mi zona de confort y eso me hace trabajar muy duro. Cosas que luego transporto a la pista de baloncesto. Nadé los veranos pasados. Y fue algo realmente duro. Es agotador. Estoy probando el boxeo. Es un trabajo extraordinario. Le he encontrado el gusto. Piensas que tienes un límite que puedes empujar. Pero con el boxeo, es muy diferente porque o estás alerta y en forma o todo acabará con un KO”.

“Los deportes -prosigue DeRozan- son la vida. No todo va a ir de la manera que quieres. No vas a meter cada tiro. No vas a jugar bien en cada partido. Incluso hoy, ando así por la vida. Puede que no sea mi día, pero no me voy a rendir. Voy a continuar peleando y empujando para superarlo”.

En el deporte de élite -ahí arriba del todo- es una fina línea la que separa a los más grandes de los demás, también excelentes en términos de comprensión del juego y capacidades. Esa linea está en la mente. Se trata de cómo tienes amueblada la cabeza. De acertar en décimas de segundo. Ser el mejor, salir campeón, requiere de una capacidad de concentración asombrosa y de tomar decisiones adecuadas sin pensar. El juego tiene que fluir en la dirección correcta. En la cancha se trata, por usar un término de Unamuno, de sentir el pensamiento.

THE CANADIAN PRESS/Frank Gunn

El año pasado DeRozan puso sobre el tapete esta cuestión, la de la sanidad mental de los jugadores, y llevó a la NBA y a otros compañeros de oficio, como Kevin Love, a pensar y a hablar del tema. Todo empezó con un nocturno y misterioso tuit, publicado el fin de semana del all-star, que se celebraba precisamente en Los Ángeles, el lugar de donde proviene. “Esta depresión saca lo mejor de mí”, escribió DeRozan en la red social.

Después, lo explicó así: “Somos todos humanos. No importa cómo de indestructibles parezcamos. Todos tenemos sentimientos. Y algunas veces… saca lo mejor de ti, en el momento en que el mundo entero está encima de ti. Siempre tengo noches diferentes. Siempre he sido así desde que era un chaval. Creo que de ahí viene mi comportamiento. Somos todos humanos. Esa es la razón por la que miro a cada persona con la que me encuentro de la misma manera. No me importa quién seas. Te voy a tratar igual. Con respeto. Mi madre siempre me lo decía. Nunca te rías de nadie porque nunca sabes los problemas que tiene nadie. Y desde que era un chaval, nunca lo hice. Nunca lo hice. No me importa la forma, la educación, la etnia, nada. Trato a todo el mundo igual. Nunca sabes”.

DeRozan vio demasiadas cosas en Compton.

“Nunca he querido glorificar cómo crecí. He visto esto y he visto lo otro. Pero yo lidié con la visión de la muerte muchas veces y desde muy pronto. De alguna manera, eso le hace algo a una mente que no es completamente madura aún. Me dio una sensación de desapego a la hora de acercarme a la gente. Puse toda esa frustración y emociones en los deportes y me centré en eso. Al crecer en ese entorno, no piensas en ello como en algo malo, precisamente porque creces ahí. Es todo lo que conoces. Así que tienes de alguna manera que enseñarte a cambiar, a querer más y mejor. Eso es lo que Compton te da, un sentido de querer ser mejor. Y es realmente duro ser mejor. Pero eso es lo que te moldea y te convierte en un hombre que trata de saber lo que hay que hacer para ser mejor. Yo usé esa motivación para escapar de ello”.

 

Nota del redactor: Las fuentes utilizadas para la elaboración de este artículo han sido fundamentalmente tres entrevistas concedidas por DeRozan a periodistas estadounidenses, la ya citada con Chris Haynes para la ESPN; otra con Marc J. Spears, publicada en theundefeated.com y otra con Doug Smith, del diario Toronto Star. La traducción es directas del inglés y propia en estos casos. Los datos sobre puntos anotados, minutos y partidos disputados en Toronto se han obtenido del diario español As, al igual que la traducción de las declaraciones de Popovich sobre sus errores con Aldridge y la traducción de las palabras de Ujiri.

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