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Análisis

Año cero para DeRozan

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Hay momentos en la vida en que las láminas de tiempo que habitamos se abren como si fueran hojas de flores carnívoras y te engullen. Te llevan a un lugar oscuro, alejado de este mundo, en el que pasas un tiempo dando vueltas sobre ti mismo a toda velocidad, como si te hubieras quedado encerrado en la lavadora.  Ese lugar se llama año cero. Después, el centrifugado termina, las láminas de tiempo se relajan, se transforman en la superficie de un lago en calma. Y ya puedes comenzar de nuevo. Volver a empezar. Algo así -tan extraño y tan habitual- es lo que le sucedió a DeMar DeRozan el pasado mes de julio cuando, por sorpresa, Masai Ujiri, el presidente y director de operaciones de Toronto Raptors, decidió cambiarle por Kawhi Leonard y enviarlo a San Antonio, Texas.

DeRozan, que tenía una relación de confianza plena con Ujiri tras cinco años de duro trabajo en común, después de haber situado juntos a Toronto en la élite de la NBA, se sintió traicionado por el trueque: “Me quedé realmente pillado. No podía pensar porque sencillamente no parecía real”.

El escolta siempre fue leal a Toronto, un lugar que le hacía sentir en casa, un lugar en el que se disponía a dejar un legado de trabajo duro y pasión por el baloncesto. Cuando hace dos años, en 2016, DeRozan fue agente libre y podía por tanto salir al mercado, ni se lo pensó. Renovó sin dudarlo por cinco años -y 139 millones- por los Raptors y selló así su amistad que él creía eterna con Ujiri.“Así es como yo soy y he sido siempre. Una vez que me siento cerca o vinculado a algo, siempre he sentido que era mi responsabilidad que no desapareciese. Y nunca me ha importado cómo de difíciles se pusieran las cosas. Hay que estar cuando las cosas van bien y cuando las cosas van mal, cuando van mal y cuando van bien. Ese ha sido siempre mi punto de vista acerca de todo, de mis amigos, de mi familia”, dijo en una entrevista tiempo después de renovar.

Elegido en el puesto 9 del draft, DeRozan llegó en 2009 a los Raptors, que son una franquicia joven con plaza en la NBA desde 1995 y con todo por construir. Nueve años después, el escolta ha dejado su huella: cuatro veces all-star; máximo anotador histórico (13.296); líder en minutos (22.986) y partidos disputados (675). Los Raptors han vivido con el tándem DeRozan en la cancha y Ujiri (que llegó cuatro años después, en 2013) en los despachos la mejor etapa de su corta historia: tres años seguidos por encima de los 50 triunfos, una cifra que los Raptors jamás habían superado antes; el liderato del Este en temporada regular; una final de Conferencia… Y, sin embargo, Ujiri sentía que no era suficiente. Tres años consecutivos, los Raptors -y DeRozan singularmente- naufragaron en los playoffs ante los Cleveland Cavaliers del hoy rey sin trono LeBron James, seguro uno de los mejores jugadores que jamás hayan pisado una cancha de baloncesto.

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Valores profundos

Que las alas arraiguen y vuelen las raíces. Este verso de Juan Ramón Jiménez le viene como anillo al dedo a DeRozan. El escolta proviene de Compton, una barriada de Los Ángeles, que se rige por códigos propios -dominada por las bandas-. Allí se crió.  Allí, donde para poder sobrevivir, para no convertirte en un monstruo, necesitas que algunas palabras tengan sentido, adquirió sus valores. “La mitad de mi familia eran miembros de bandas. Mis amigos más cercanos eran miembros de bandas. Mis tíos sucumbieron a la violencia de las bandas. Perdí a mi mejor amigo por la violencia de las bandas. Recuerdo un año en que mi madre fue a 20 funerales de miembros de bandas. Todo eso cuando era pequeño. Cuando era pequeño. Ahí es donde crecí. Conozco a cada uno de los miembros de las bandas”. A DeRozan le salvó el baloncesto. “Cuando iba al instituto, había gente de las bandas que solían venir a verme y nunca hubo problemas. Estaban felices de verme jugar. Todavía hoy escucho historias de gente que son felices de verme jugar. A eso venían. Y eso me hace sentir mejor que un pandillero normal… Me encantaba que todo el mundo estuviera unido, así que eso fue lo que me mantuvo fuera de lo otro”.

DeRozan eligió una gorra negra con la leyenda Comp10, leído Compten -que remedaba Compton- para su primera entrevista después del traspaso. La mirada clara y directa, hierático, inmóvil, como una doliente estatua griega. Derozan compareció en la televisión, ocupó una sillaenfrente del periodista Chris Haynes y le dijo unas cuantas cosas.

-Otra gente utiliza las palabras familia, hermano y similares a la ligera, pero yo, una vez que uso ese término, hago honor a ese término. No lo abandono, lo apoyo. Así que, tanto si es algo que me gusta como si no, lo voy a aceptar si vienes y me lo cuentas. Pero no hagas que una cosa parezca otra cosa y hagas otra cosa y me cojas con la guardia baja. Ese es el problema. Entiendo cómo funciona el juego, cómo funciona el negocio. Siempre pensé que iba a estar en Toronto toda la vida, pero nunca fui naif. Eso sí, déjame saberlo. De ahí viene mi frustración. [El traspaso] me cogió completamente fuera de juego.

-¿Cómo sientes que te trató Masai Ujiri?

-Sentí que no fui tratado con el respeto que merecía. Eso es todo lo que quería. No estoy diciendo que no tuvieras que traspasarme… Solo déjame saber que algo esta sucediendo porque lo he sacrificado todo. Solo déjame saberlo.  Todo el mundo sabe que que soy la persona que menos pide en el mundo. Solo déjame saberlo, para que pueda prepararme a mí mismo para el próximo capítulo, pero no me dio eso.

-¿Preguntaste si ibas a ser traspasado?

-Pregunté: ¿Voy a ser traspasado? ¿Hay algo que esté moviéndose? ¿Hay alguna posibilidad de que me traspaséis? Y en numerosas ocasiones, me dijo. No, nada. Bueno, si lo hay, dejad que mi agente lo sepa o yo lo sepa.

Hay quien dice que lo que recordamos de las personas al final del día es cómo nos hicieron sentir.

DeRozan no quiere saber nada más de Ujiri.

Las razones de Ujiri

Fue el tercer partido de la serie que enfrentó a Toronto Raptors con Cleveland Cavaliers en mayo pasado el que marcó el punto de inflexión en el proyecto y en la consideración de Ujiri por DeRozan y también por su entrenador Dwayne Casey. Casey fue destituido después de la derrota con los Cavaliers y al poco tiempo fue nombrado nada menos que entrenador del año. DeRozan y Casey, junto al base Kyle Lowry, eran los rostros del proyecto que Ujiri quería ganador. Y la derrota, por tercer año consecutivo contra el mismo equipo, y por la forma en que se produjo, lo decepcionó y le hizo pensar que hacía falta más. En ese tercer partido, que era a vida o muerte a cara de perro, después de haber perdido los dos primeros partidos, Casey dejó a DeRozan, que no daba pie con bola en el banquillo casi toda la segunda parte. La estrella, el jugador franquicia. Casey lo sentó en el minuto 34 y no lo puso más y Toronto perdió ese partido y, finalmente, la serie por 4-0. Ambos quedaron sentenciados.

Ujiri dijo dos cosas en la rueda de prensa en la que explicó el trueque DeRozan-Leonard. Por un lado, trató de ser cariñoso con DeRozan, al que se refirió todo el tiempo por su nombre propio, y manifestó: “DeMar ha hecho mucho por esta organización. Cuando estás en mi posición, siempre tienes que estar abierto a lo que puedas hacer. Ambos tuvimos una conversación, y DeMar y yo sabemos cuál fue esa conversación. Podría haberlo manejado mejor. Por eso me disculpo. Y no solo quiero disculparme con él por una posible falta de comunicación, sino reconocer todo lo que ha hecho por este equipo, por esta ciudad y por este país (Toronto es la única franquicia de la NBA de fuera de EEUU, está en Canadá). No hay forma de medir lo que nos ha dado”.

Y, por otro, dijo que Leonard, al mismo tiempo un jugador indiscutible y una apuesta arriesgada porque nadie sabe qué tiene en la cabeza y porque solo ha firmado por un año, era mejor que DeRozan: “Todos sabían que teníamos que hacer algo diferente. Hemos estado haciendo lo mismo ¿Cuántos años? No puedes seguir haciendo lo mismo una y otra vez. Y cuando tienes la oportunidad de conseguir uno de los cinco mejores jugadores de la Liga, cosa que no sucede muy a menudo, creo que tienes que saltar sobre él. Le hemos dado la oportunidad a este equipo, hemos tratado de construirlo tanto como hemos podido, pero, en este punto, esta oportunidad llegó y tuvimos que cogerla”.

DeRozan no lo entendió. Y le dijo al periodista Haynes, como si el que tuviera delante fuera Ujiri: “¿Nos echas la culpa a mí y a Casey? Porque obviamente somos los dos que hemos sufrido por la derrota en las series contra Cleveland. Pero solo hemos perdido en playoffs con un equipo, un equipo que fue a la final de la NBA cada año. Ahora teníamos una gran oportunidad de hacer lo que no habíamos sido capaces de hacer. Con la oportunidad que teníamos (este año), con mi mentalidad y la del resto de mis compañeros… Al final del día, dí todo lo que tenía a este equipo. Y eso se vio. Se vio en los progresos que hicimos como equipo y en los que yo hice como jugador. Así que cuando sales ahí diciendo “le hemos dado la oportunidad” y “tenía que hacer algo”, eso me suena a estupideces (bullshit es la palabra que utilizó DeRozan)”.

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El hecho es que, a pesar de estas palabras de DeRozan, el equipo que él lideraba siempre naufragó en el mismo lugar. Fueron incapaces de doblar por tres veces consecutivas el Cabo Lebron James. Y el hecho es que ningún analista ni directivo en la NBA, sentimientos personales aparte, rechazaría un intercambio entre Leonard y DeRozan. Hoy, en lo estrictamente deportivo, Leonard aparece como un jugador mejor, más hecho, más completo que DeRozan. Leonard es probablemente, si está centrado, el único capaz de defender a James en un duelo individual. Mientras que DeRozan, una vez que ha desembarcado a la fuerza en el salvaje Oeste, tiene de nuevo, a sus 29 años, todo por demostrar. Las preguntas ahora para DeRozan, las que deberá contestar en este año cero y en los próximos, son estas: ¿Es un all-star de verdad? ¿Es un hall of famer? Como aliados, tiene a dos fundamentales: a LaMarcus Aldridge, uno de los mejores jugadores interiores de la liga, y, sobre todo, al considerado mejor entrenador de los últimos tiempos: Greg Popovich.

 

Nueva vida en San Antonio

Las cosas han cambiado para DeRozan. El Oeste no es el Este. Aquí están los pistoleros más rápidos de todos. Como Lucky Luke, algunos más rápidos aun que su propia sombra. Aquí están los Warriors con su quinteto para la historia: Stephen Curry, Klay Thompson, André Iguodala, Kevin Durant y Draymond Green. Aquí están los Rockets de Mike D’Antoni y Chris Paul y James Harden. Y aquí está de nuevo, también, su bestia negra, ahora en los Lakers de su Los Angeles natal: Lebron James, ocho finales consecutivas.

El verano pasado todo el objetivo era vencer a James en el Este y llegar a las finales de la NBA: “No tienes muchas oportunidades de llegar a las finales de la Conferencia Este, de estar a dos victorias de las finales del NBA. No tienes muchas oportunidades”, decía DeRozan. Este año, todo es diferente. El escolta desembarca en una franquicia ganadora, pero que aún habita bajo el síndrome de Tim Duncan, el mejor jugador de su historia. Los Spurs vienen de vuelta, de vivir la mejor época de su historia, en la que han ganado 5 anillos. Ahora, además, afrontan la -veremos si traumática- marcha de Leonard, sobre quien iba a pivotar todo el proyecto post-Duncan, y la jubilación de Manu Ginóbili y el retiro de Tony Parker a Charlotte. En definitiva, es una franquicia que afronta una nueva etapa.

¿Podrán competir los Spurs por una plaza en la final de la NBA? A primera vista, no parece posible, pero Popovich, al igual que lo tuvo en sus años de éxitos junto a Duncan, tiene un plan. El año pasado, de la experiencia con LaMarcus Aldridge, Popovich aprendió. Este año, no va a pretender que tiene a aquellos jugadores que lo hicieron grande. Tiene ahora otros y se va a adaptar a ellos. Lo que sí vas a hacer es ponerlos a correr. Al base Dejonte Murray, de 22 años, le va a dar la titularidad y los galones para que lleve la voz cantante y marque el ritmo a los demás. Y en defensa, todos a aplicarse. El quinteto Murray, DeRozan, Gay, Aldridge y Gasol puede ser una roca de granito imposible de romper. Salvo Murray, son todos perros viejos, conocedores como nadie del oficio. Si Popovich logra motivarles, los jugadores hallan una melodía que tocar, y los preparadores físicos logran que lleguen con el cuerpo en perfecto estado de revista a los playoffs, en una buena jornada,le pueden complicar la vida a cualquiera. “DeMar ya es un All-Star. Ya ha jugado de una determinada manera. Hay algunas cosas que trataremos de añadir a su juego, si él quiere. No voy a hacer con él lo que hice con LaMarcus. A quien quise convertir en John Havlicek. Creo que le confundí”, asumió Popovich.

DeRozan es un jugador de corte clásico. Podría haber jugado en la NBA de los 80 con gran éxito. Como defectos, se le puede reprochar cierta falta de implicación en la faceta defensiva y cierta aversión al triple, lo cual en el baloncesto de hoy -en el que por obra y gracia, entre otros, de Stephen Curry, se tiran y se encestan más triples que nunca antes- lo transforman casi en un romántico, en heredero de otra época. Sin embargo, en la media distancia, en el poste bajo, penetrando a canasta, en la lectura del ataque es un jugador sobresaliente. Popovich intentará que defienda mejor, que se implique en las tareas de un sistema coral, con referentes fuertes en la pintura y las largas manos de Gay y Murray en el perímetro. Y en ataque, dejará que desarrolle sus talentos en el uno contra uno, y a la hora de encontrar al hombre libre cuando llega la ayuda.

La cabeza, la vida

DeRozan, como cualquiera que haya llegado a la NBA, siempre anda buscando maneras de mejorar, de empujarse a sí mismo hacia el siguiente nivel. Esa actitud, la que le llevó de la natación al boxeo, la que le sacó de Compton, la que le ha llevado a la élite de la NBA, es la que le puede salvar ahora otra vez más. “Siempre es fácil -reflexiona DeRozan- hacer las cosas con las que te sientes cómodo, como el baloncesto. Siempre busco cosas nuevas fuera de mi zona de confort y eso me hace trabajar muy duro. Cosas que luego transporto a la pista de baloncesto. Nadé los veranos pasados. Y fue algo realmente duro. Es agotador. Estoy probando el boxeo. Es un trabajo extraordinario. Le he encontrado el gusto. Piensas que tienes un límite que puedes empujar. Pero con el boxeo, es muy diferente porque o estás alerta y en forma o todo acabará con un KO”.

“Los deportes -prosigue DeRozan- son la vida. No todo va a ir de la manera que quieres. No vas a meter cada tiro. No vas a jugar bien en cada partido. Incluso hoy, ando así por la vida. Puede que no sea mi día, pero no me voy a rendir. Voy a continuar peleando y empujando para superarlo”.

En el deporte de élite -ahí arriba del todo- es una fina línea la que separa a los más grandes de los demás, también excelentes en términos de comprensión del juego y capacidades. Esa linea está en la mente. Se trata de cómo tienes amueblada la cabeza. De acertar en décimas de segundo. Ser el mejor, salir campeón, requiere de una capacidad de concentración asombrosa y de tomar decisiones adecuadas sin pensar. El juego tiene que fluir en la dirección correcta. En la cancha se trata, por usar un término de Unamuno, de sentir el pensamiento.

THE CANADIAN PRESS/Frank Gunn

El año pasado DeRozan puso sobre el tapete esta cuestión, la de la sanidad mental de los jugadores, y llevó a la NBA y a otros compañeros de oficio, como Kevin Love, a pensar y a hablar del tema. Todo empezó con un nocturno y misterioso tuit, publicado el fin de semana del all-star, que se celebraba precisamente en Los Ángeles, el lugar de donde proviene. “Esta depresión saca lo mejor de mí”, escribió DeRozan en la red social.

Después, lo explicó así: “Somos todos humanos. No importa cómo de indestructibles parezcamos. Todos tenemos sentimientos. Y algunas veces… saca lo mejor de ti, en el momento en que el mundo entero está encima de ti. Siempre tengo noches diferentes. Siempre he sido así desde que era un chaval. Creo que de ahí viene mi comportamiento. Somos todos humanos. Esa es la razón por la que miro a cada persona con la que me encuentro de la misma manera. No me importa quién seas. Te voy a tratar igual. Con respeto. Mi madre siempre me lo decía. Nunca te rías de nadie porque nunca sabes los problemas que tiene nadie. Y desde que era un chaval, nunca lo hice. Nunca lo hice. No me importa la forma, la educación, la etnia, nada. Trato a todo el mundo igual. Nunca sabes”.

DeRozan vio demasiadas cosas en Compton.

“Nunca he querido glorificar cómo crecí. He visto esto y he visto lo otro. Pero yo lidié con la visión de la muerte muchas veces y desde muy pronto. De alguna manera, eso le hace algo a una mente que no es completamente madura aún. Me dio una sensación de desapego a la hora de acercarme a la gente. Puse toda esa frustración y emociones en los deportes y me centré en eso. Al crecer en ese entorno, no piensas en ello como en algo malo, precisamente porque creces ahí. Es todo lo que conoces. Así que tienes de alguna manera que enseñarte a cambiar, a querer más y mejor. Eso es lo que Compton te da, un sentido de querer ser mejor. Y es realmente duro ser mejor. Pero eso es lo que te moldea y te convierte en un hombre que trata de saber lo que hay que hacer para ser mejor. Yo usé esa motivación para escapar de ello”.

 

Nota del redactor: Las fuentes utilizadas para la elaboración de este artículo han sido fundamentalmente tres entrevistas concedidas por DeRozan a periodistas estadounidenses, la ya citada con Chris Haynes para la ESPN; otra con Marc J. Spears, publicada en theundefeated.com y otra con Doug Smith, del diario Toronto Star. La traducción es directas del inglés y propia en estos casos. Los datos sobre puntos anotados, minutos y partidos disputados en Toronto se han obtenido del diario español As, al igual que la traducción de las declaraciones de Popovich sobre sus errores con Aldridge y la traducción de las palabras de Ujiri.

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Análisis

Vuelve la burbuja inmobiliaria a la NBA: la moda de las hipotecas

Concentración de mercado, hipotecas, proyectos de capital riesgo a corto plazo, sobrecostes en forma de impuestsos de lujo… La NBA se mueve y la burbuja del mercado no deja de crecer.

acarretero@skyhook.es'

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Allá por 2013, cuando los informativos aún nos recordaban que había una crisis económica, había una expresión que monopolizaba todas las conversaciones. Seguramente, el ciudadano de a pie no sabría definir a ciencia cierta qué era aquella burbuja inmobiliaria, pero qué más daba. Le habían inoculado el término y sabía lo que tenía que saber: era malo. Oda al simplismo de la sociedad.

Una vez más, nos remontamos a aquel fatídico traspaso, al que ahora, tras la reconstrucción de récord Guinness de Sean Marks, ya sí puede ser nombrado. Cuatro primeras rondas que viajaron a Boston y que hipotecaron el futuro a corto plazo de los Nets pero, sobre todo, cuatro picks que marcaron un punto de inflexión en la NBA. Nunca antes se habían evidenciado de forma tan salvaje las consecuencias de traspasar el máximo de rondas permitidas. Nunca… Salvo con los Cavaliers de los 80.

No son pocas las normas de la NBA que nacen bajo seudónimo, por la necesidad de adaptar la regulación a fenómenos sin precedentes en la liga. Desde La Jordan Rule, la Rose Rule… reglas que pasan a ser conocidas en el imaginario popular por el jugador que obligó a crearlas y que, dicho sea de paso, favorecen su recuerdo y asociación, en lugar de complejizar los términos. Ahora bien, para que una que limita el traspaso de rondas consecutivas de Draft lleve tu nombre, como sucedió entonces con Ted Stepien, hay que ser muy cenutrio.

El entonces propietario de los Cavs puso en el mercado cuatro picks seguidos, casi lleva el equipo a la quiebra y traspasó la hipoteca a otro dueño antes siquiera de acabar de pagarla. Más o menos, lo que intentó Prokhorov hace cinco años. Tras utilizar a los Nets como activo financiero para especular con otros negocios particulares quiso saltar el barco antes de que se hundiese hasta el fondo del mar.

Hasta aquellos Nets recién llegados a Brooklyn no hubo otro equipo que se atreviese a firmar una hipoteca de semejante magnitud. Como tampoco lo ha habido en estos últimos años. Pero, como siempre pasa en la economía capitalista, es cíclica; la burbuja siempre vuelve. Ahora, a cinco años vista y tras los últimos movimientos del mercado, se puede apreciar que no fue un hecho aislado, sólo desafortunado en su ejecución. Hasta 2018 nadie se ha atrevido a mover tantos activos a futuro por una estrella, acogiéndose al fracaso de los Nets.

Especulación, hipotecas y fondos buitre

El mercado financiero (de traspasos) de la NBA estaba marcado por la incertidumbre y por la presencia de dos fuerzas hegemónicas que aumentaban el riesgo de la inversión, como eran los Warriors y LeBron James, allá donde estuviera. No era, pues, la situación más propicia para pagar hipotecas a futuro, por lo que los proyectos deportivos apretaron el botón del pause hasta que mostrasen los primeros síntomas de debilidad. Y, efectivamente, así ha sido.

Con ambos ejes gravitacionales desplazados y con un tercio de jugadores de la NBA siendo agentes libres este verano, entre ellos cinco top ten de la liga y, al menos, otras diez superestrellas más, alguien tenía que romper la baraja. Ya no hay apuestas seguras, pero la incertidumbre tampoco es un lastre. El riesgo es inherente al nuevo mercado NBA y quienes mejor han sabido jugar con él, han sido los triunfadores.

Ya lo intentó Daryl Morey el año pasado, con sus cuatro picks por Jimmy Butler. Secos, como el vodka en Rusia. También lo previeron este año en Utah, que agilizaron el traspaso de Conley para que Dios cogiera a los mormones confesados en verano. Es cierto que la burbuja crece sin control y que la tendencia alarma a la propia NBA. Pero, por otro lado, qué éxtasis embarga a Silver y su equipo. La NBA más global, la reina del verano. Apenas ha terminado la temporada y no puede haber más expectación porque empiece de nuevo. A quién le importa ahora la burbuja, eso será problema de la futura NBA.

Empoderamiento: una nueva era

Uno a uno, los agentes libres han decidido su futuro en cascada, como un Fantasy Draft en el 2K, que deja tres lecturas claramente diferenciadas. Primero, y más reciente, la especulación, la inflación creciente del precio a pagar por las estrellas tras tres años a la baja. Proyectos corto y medioplacistas, con concentración de estrellas, que vuelven a hipotecar sin miedo el futuro más inmediato, como los Nets o los Clippers. Masai Ujiri y su “alquiler” de Kawhi Leonard han sentado cátedra, como lo hicieron sin suerte Paul George y los Thunder.

Segundo, las apuestas de capital riesgo ya no sólo vienen predeterminadas por el papel de propietarios y general managers, sino que son los propios jugadores los que fuerzan estas operaciones. Son ellos los que han comprendido que tienen el poder de negociación en sus manos, que son los verdaderos y únicos protagonistas; y que, al fin, en vez de ser tratados como meras inversiones inmobiliarias, casas sin caras, sin humanizar, ahora no sólo eligen su futuro, sino el de toda una franquicia. Estamos ante una nueva era de empoderamiento, que en este caso inició LeBron James allá por 2010, no de la mejor forma posible, pero que casi una década después ha alcanzado su clímax.

Finalmente, la tercera lectura y quizá la más destacada desde el punto de vista de las franquicias, es la necesidad de un proyecto. Ya no vale con ser un gran mercado. Las hermanas menores y tradicionalmente apestadas de New York y Los Angeles se han coronado reinas gracias a su gestión. Han saneado sus cuentas de inmuebles tóxicos como Chris Paul, DeAndre Jordan e incluso de los Mozgov y Crabbe para jugar su baza al presente más inmediato, con el futuro en entredicho. Otras como los Warriors decidieron pagar los sobrecostes en forma de impuesto de lujo para preservar su hegemonía. Pero con qué gusto se va a pagar la hipoteca del futuro si el presente sabe a gloria.

Ya lo dijo Homer Simpson, el oráculo omnisapiente de la sociedad moderna: “El futuro ha ganado, el pasado nunca tuvo una oportunidad”.

In memoriam: Sam Hinkie y su gerencia de capital riesgo. 

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Análisis

La iniciativa vengadores

No son superhéroes, ni llevan capa. Del Capitán América a Fun Guy, la revolución pasa por Toronto.

fontandelacruz@gmail.com'

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Foto cedida por Martín Santana (@marnsantana)

En la guerra siempre tuvimos vencedores y vencidos. Soldados en batallas épicas e historias legendarias. También se dieron masacres, noches para olvidar. Y las Finales de la NBA, aquello que disfrutamos desde más allá del charco y bien entrado junio, es la prueba de que la guerra tiene mil y una formas de manifestarse. Pero preparar una guerra nunca fue tan complicado, pues para Toronto el precio fue nada más y nada menos que descorazonar el núcleo del equipo para colocarle uno nuevo, lleno de vida y alternativas para un sistema algo desfasado en los tiempos que corren.

Construcción quirúrgica

En el seno de la gerencia Raptor’ surgió una idea. Una idea retorcida en términos sentimentales, pero con todo el trasfondo del mundo en materia deportiva. Con el hedor de la campaña pasada aún fresco, unos Playoffs tildados de fracaso y con la enésima caída frente a Cleveland Cavaliers, se puso en marcha el cambio. Traer a Kawhi Leonard y Danny Green en un único pack con la pérdida de Poeltl y DeRozan en el camino se presumía como un riesgo muy alto, pero con un beneficio posible tan elevado que materializarlo fue cuestión de segundos.

Un «alquiler» el de Kawhi que, con la temporada finalizada y los éxitos cosechados, merece ir acompañado de «el más barato jamás conocido en la historia del deporte». Pero esto no podría terminar aquí, añadir a Marc Gasol sería el plato fuerte preparado por la gerencia ya entrada la temporada, un nombre que cambiaría el sino del equipo en plena postemporada con una cobertura sobre Embiid de magnitudes históricas. Mención especial a la confianza otorgada a Nurse, que jamás dudo de su plan: negarse a seguir exprimiendo la pintura y poblar la media distancia. Él fue quien modernizó la estructura Raptor’ polarizando el uso de los dos interiores en pequeñas dosis y en casos muy concretos.

Todo esto lleva una firma grabada en oro, la de un militar con sangre helada y corazón de piedra: Masai Ujiri. El artífice de esta estructura de plantilla a todos los efectos, el encargado de apretar el gatillo siempre que fue requerido el uso de una mano imperturbable. Porque el negocio es el negocio, y en el negocio las amistades quedan a un lado.

Estructura y planteamiento en las Finales

Las Finales no dejaban de ser un terreno virgen para prácticamente toda la plantilla –a excepción de Leonard y Green, ya campeones en 2014-. Un escenario que sin duda puede catalogarse como el más grande al que se puede ver enfrentado un jugador de la NBA y al que accedían con una serie de cuatro victorias consecutivas frente a los Milwaukee Bucks. Nada desestimable dicho enfrentamiento, pues en él residiría una de las claves de estas Finales: llegar con rodaje y sin excesivo descanso para frenar el ritmo de competición.

El planteamiento de Nurse siempre vino dado por las circunstancias ofrecidas por la plantilla Warrior’, pues la ausencia de Kevin Durant invitó a Toronto, en tramos de descanso para Klay Thompson, a practicar defensas sobre Stephen Curry que le obligasen a sobrecargar su producción y terminasen por consumirle. La joya de la corona terminó por ser la defensa mixta box and one (caja y uno), que consiste en formar la zona con cuatro jugadores y liberar a uno de esta estructura para consumir a Steph. El fin era el de sobrecargarle como generador principal y provocar que sean el resto de piezas que componen el quinteto los que generen todo el juego posible con balón. Un repunte táctico tan dependiente del contexto como determinante en el desenlace general.

Otro de los elementos fundamentales en el buen desenlace Raptor’ consistió en una capacidad inigualable para amoldarse y aprovechar todos y cada uno de los contextos ofrecidos por Golden State Warriors, y hacer cumbre de ellos con la participación individual de todos los perfiles que atesora la plantilla. Gran ejemplo de esto fue el Game 1. Rebosante en acciones a campo abierto y con los balances defensivos de Warriors algo lejos de su mejor versión, una versión despótica de Pascal Siakam señaló el camino de a ritmo de transición.

Una vez más, se reafirmó como el jugador que mejor corre la cancha sin balón. Pero esta serie de ajustes generales no se redujeron única y exclusivamente a casos generales y partidos enteros, prueba de ello fue el reajuste realizado en la segunda mitad el cuarto partido, allí donde un Ibaka sobreexcitado sepultó a los de La Bahía a ritmo de pick and roll y recepciones cerca del aro. Un martillo que tuvo por objetivo castigar las carencias físicas de la pintura Warrior’ con un Looney que aún lastraba ciertos problemas físicos. Una condición camaleónica que le ha atribuido ese factor de mutabilidad, no solo en estas Finales, sino en todo el trayecto recorrido hasta las mismas.

Martín Santana (@marnsantana)

Otra de las bases sobre las que se ha asentado la máquina de destrucción masiva que ha conformado Toronto es el liberado uso del combo guard –un doble base al uso-. Pilotado por Lowry e increíblemente bien acompañado por un VanVleet que decidió aterrizar en Playoffs llegadas las Finales, ha podido ser el arma más punzante de todas las poseídas por Nurse. La combinación de creatividad y spacing es todo aquello que les había faltado por tramos en las eliminatorias frente a Philly u Orlando, un repunte técnico que engrasaba la maquinaria a media pista y dotaba de alternativas y cerebros para producir en acciones tras bloqueo directo –ya sea en pick and roll o doblando al corte-. Un pulmón extra en ataque, para ser más exactos.

Pero la aportación de este recurso no se queda en un gran incremento en la creación, pues el verdadero valor de juntar a Kyle y Fred ha estado en la alternancia con y sin balón que ofrecían estos dos. Una combinación de bote y juego sin balón que hacía imposible a Golden State Warriors coartar con el incesante dos contra uno que recibía Leonard con balón, una carga que, si bien está plenamente justificada y resulta necesaria, con tanto arsenal disponible facilitaba la tarea al entorno.

Y conectando con la tarea de Leonard es como mejor se entiende todo lo sucedido hasta la fecha, pues salvo unos minutos de completa dominancia histórica en el quinto partido –diez, sí, diez puntos consecutivos para poner un +6 que terminaría por tener valor nulo tras la derrota-, las Finales de Leonard están por lo mucho que ha facilitado la tarea al entorno. Entró a la serie sin apenas poder bajar el balón por la inagotable lluvia de ayudas ofrecidas por Kerr para frenar cualquier vía de mirar al aro, corrigió alternando su juego en un sentido menos autosuficiente y llegó a nutrirse más que nunca de las recepciones y el catch-and-shoot –prácticamente un sueño inalcanzable vistos sus Playoff-.

Todo esto no le exentó de conseguir, por enésima vez, que todo espectador se replantease lo que podía llegar a ser una absorción de contacto en sus penetraciones. Pero sí, un 2×1 algo nocivo vista su mejoría en la toma de decisiones tras recibir el trap es lo que permitió a Leonard generar dos o tres espacios libres según se diese la ayuda (o doble ayuda llegados al caso), y que vista la tónica de las Finales, con polaridad absoluta en términos de porcentajes, jamás pudo ser más peligroso. No obstante, la ausencia cuasi general de Durant también facilitó la tarea defensiva a un Leonard que jamás tuvo que focalizarse al completo en una única figura y pudo entregarse al máximo en las ayudas no-puntuales sobre Curry al perímetro.

Una defensa, la llevada a cabo sobre Steph, que tampoco se puede resumir en el box and one, recurso con una utilidad muy puntual y que no serviría de alternativa con posibilidades tales como Klay Thompson o Kevin Durant sobre el parqué. El desgaste que conlleva una cobertura tan sumamente meticulosa y elevada en gasto de energía y recursos no se puede describir con palabras, es más, sería todo un crimen tatar de hacerlo, pero no deja de ser una proeza que socavar tan fondo en el trap, con la incalculable cantidad de recursos para generar que posee Golden State Warriors –Green o Iguodala como perfiles punteros en esta faceta-, haya terminado por ser la vía más eficiente para frenar a un Curry que, más allá de toda la tormenta que le rodea, ha hecho unas finales a la altura de lo que es: una leyenda de la NBA.

Porque la tarea de cubrir a uno de los perfiles más activos con y sin balón jamás vistos en la liga no puede encomendarse a un solo nombre, y es en este punto cuando salen a la palestra Kyle Lowry y Fred VanVleet. El primero de ellos, consabido y contrastado como defensor de primer nivel en emparejamientos perimetrales. El segundo, en cambio, no ha hecho más que agrandar su perfil y confirmar que más allá de ser un jugador muy notable en un lado de la cancha, es una pieza única en both sides. La cobertura off-ball de un jugador como Curry, que prácticamente promedia una media maratón por noche, solo se entiende con un sistema de ayudas generoso e inagotable.

Marc copó el trap tras bloqueo directo con un alarde de sacrificio y desgaste de piernas inimaginable, blindó también cualquier vía de escape en forma de línea de pase. Por su parte, las ayudas de Kawhi -algo más liberado por el contexto- y Green, entre otros, ponían la guinda a uno de los blindajes más inquebrantables en toda la campaña. Pero no todo podía ser perfecto, pues generar tanta atención abre una infinidad de vías explotables con una circulación rápida, espacios en pintura y en esquinas, un buffet libre de puntos liberados al servicio de una de las máquinas mejor preparadas para explotar desventajas.

Por último, es innegable que un campeonato no se gana solo con una batería de titulares repleta de grandes nombres. Y esta no iba a ser la excepción. Maestría de Nurse en el tacto a la hora de dar minutaje a un Ibaka que dinamitó por completo la eliminatoria en dosis pequeñas para exprimir al máximo el físico en pintura y cerrar el aro –para la historia quedará el cuarto con seis tapones y un flujo imparable de puntos en pintura-.

¿Y qué es de la historia?

La historia del deporte siempre ha sido ambiciosa y retorcida, egoísta por naturaleza, pero una tregua se la merece todo ser humano. Y toda institución, llegados al caso.

Por primera vez el Larry O’Brien sale de Estados Unidos con rumbo a Canadá. Un anillo histórico. Un anillo para la resistencia de aquellos que supieron caer una y mil veces frente al Rey en el Este; hasta que abdicó. Un anillo que lleva consigo la firma más grande jamás vista de jugadores que han pisado la liga de desarrollo, demostración del margen de mejora que posee casi cualquier perfil NBA si es tratado con mimo y a fuego lento. A fin de cuentas, un anillo que se antoja irrepetible.

El reconocimiento a Ujiri, fundirse en un abrazo con Lowry para reconocer lo que es suyo y la posterior entrevista junto a Kawhi solo es la guinda del pastel más sabroso jamás cocinado en el Norte. Porque nunca se llegó a ese extremo de antipatía que se daba por sentado tras dar puerta a DeMar DeRozan, es más, ambos ya maquinaban la idea de «hacer algo grande». Han forjado una amistad grandiosa, la química ha sido inmejorable y el equipo se ha nutrido de ella hasta límites insospechados. Ahora les toca disfrutar, a TODOS, y ya tendrá tiempo Kawhi para reflexionar sobre su futuro cuando no quedé champagne por descorchar en Toronto.
We won, Mr. DeMar. –Kyle Lowry-.

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Análisis

NBA y NCAA: conflicto abierto

La NBA volverá a permitir a jugadores de 18 años presentarse al Draft con el objetivo de dar el salto directamente a la liga profesional

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Flickr / NCAA Basketball

Treinta y tres segundos de juego y la zapatilla Nike de Zion Williamson reventó. El favorito al número 1 del Draft, lesionado, quizá de gravedad. Fue la imagen más icónica de la pasada temporada en la NCAA. La multinacional textil perdió más de 1.100 millones en bolsa (que posteriormente recuperó) pero, lejos de los perjuicios económicos, hubo más actores implicados. Indirectamente, en el despacho de Adam Silver resurgió un antiguo debate que atañe a su campo, la NBA, y a la competición universitaria.

Afortunadamente, la rodilla del jugador de Duke salió airosa del susto. Si no hubiese sido así, la carrera de Williamson en la NBA estaría en duda. Hubiera supuesto un serio traspiés para el futuro de la competición. Porque Zion estaba obligado a permanecer un año en la universidad. No tiene 19 años, no puede jugar en la NBA. Silver quiere eliminar ese año entre el instituto y la NBA. Una medida que permitiría dar el salto directo a los mejores jugadores, como hicieron en su día Kobe, Garnett o LeBron. En definitiva: el one and done, a escena; y el conflicto abierto.

Jaque a la NCAA

Fue en 2005 cuando el entonces comisionado David Stern implementó la norma: todo jugador que quisiera entrar en la NBA debería esperar un año desde su graduación, es decir, haber cumplido los 19 años. Los jugadores que terminaban el college debían permanecer un año como mínimo en una universidad, o buscar fortuna en una liga profesional extranjera, tal y como hicieron Brandon Jennings (Italia) y Emmanuel Mudiay (China), aunque ésta es una tendencia minoritaria.

La mayoría optan por seguir en Estados Unidos, en la NCAA, que ha experimentado un continuo crecimiento de audiencias en los últimos años. El one and done tiene buen parte de la culpa, ya que coloca en el escaparate, al menos durante una temporada, a futuras estrellas del baloncesto americano, como en su día fueron Anthony Davis, Kyrie Irving, Derrick Rose, John Wall o Kevin Durant, entre otros.

Pero lejos de estos nombres, los críticos sostienen que el one and done ha propulsado la corrupción y la desvergüenza en el sistema universitario, acabando con la mentalidad deportiva del amateurismo norteamericano. Sonados son los casos de Lousville y Rick Pitino, con el FBI investigando a programas y a jugadores universitarios que recibían dinero negro. Las universidades se disputaban a los mejores prospects para tan solo un año de relación contractual. Jugadores ya relevantes en la NBA como Markell Fultz, Kyle Kuzma o Dennis Smith fueron investigados.

Mientras, la NBA no dejaba de reclutar a ‘freshmens’ o jugadores de primer año. En 2018, los equipos de la NBA eligieron en el Draft a 18 estudiantes de primer año universitario, casi 1 de cada 3. La misma cifra en 2017: ocho de las 10 mejores selecciones de draft fueron estudiantes de primer año. Y esta no es una afluencia anómala de jóvenes talentos: desde 2010, el número 1 del Draft lo ha ostentado un jugador de primer año.

Número de jugadores de primer año elegidos en el Draft.
Fuente y elaboración | NBADRAFT.NET

En este otro gráfico se puede observar la tendencia: los jugadores de primer año dominan sobre otras clases en las elecciones del Draft desde la entrada del one and done.

Clases de jugadores elegidos en el Draft. Fuente y elaboración:
NBADRAFT.NET

Pugna de intereses y pensamientos

Han sido muchas las voces, con más o menos credibilidad, que han opinado sobre la cuestión: ¿deben los talentos más jóvenes esperar a cumplir 19 años para ingresar en la NBA?, ¿es recomendable que cambien el collage por la mejor liga del mundo sin pasar por la universidad?, ¿existe alguna solución intermedia?

Como todo debate que se atañe, encontramos opiniones diversas según el campo en el que busquemos. En la planta noble de la NBA, y más tras el susto de Zion Williamson, Adam Silver fue contundente:

“Mi sensación actual, es que este reglamento no está funcionando para nadie. He hablado con entrenadores y directores deportivos de universidades y me aseguran que no están satisfechos con el sistema actual. También tengo conocimiento de miembros de numerosas franquicias NBA que tampoco están felices con estos jugadores, ya que no creen que estén recibiendo el tipo de entrenamiento que necesitan y que esperan ver en profesionales. Mi visión personal es que estamos listos para bajar a los 18 años la edad mínima para entrar en la NBA.

Adam Silver

Leyendas del baloncesto también se han pronunciado en ese aspecto, siendo aún directos. Karim Abdul-Jabbar, por ejemplo:

“Los chicos están allí menos de seis meses. Bueno, ni siquiera seis meses, y se van. Es una farsa, creo que sólo están usando el sistema de la universidad como un trampolín para la NBA, y eso es realmente lamentable. Creo que una educación es vital para tener una buena vida, y estos chicos no están recibiendo esa oportunidad. Es triste.”

Kareem Abdul Jabbar en TNT.

La falta de educación y madurez que adquieren los jugadores en la NCAA es un argumento recurrente, incluso fuera de Estados Unidos

“Muchos de los equipos de la NBA piensan que los jugadores que optan por el one and done no están recibiendo el entrenamiento necesario que se espera en las elecciones altas del Draft”. Según el directivo, “la importancia de entrar en la NBA con suficiente base de desarrollo de baloncesto, así como de madurez física y emocional, no debería ser subestimada”.

Chus Bueno, vicepresidente de la NBA en Europa, África y Oriente Medio

Uno de los firmes defensores del one and done es Mike Krzyzewski. Voz autorizada y practicante confeso de esta estrategia con la universidad de Duke. Desde 2013, dicha universidad ha incorporado un ‘freshmen’ en las cinco primeras posiciones del Draft. En 2015, Krysewski se alzó con el título con tres one an done en su roster: Jahlil Okafor, Justise Winslow y Tyus Jones. Coack K defiende la norma:

“Jugar en la universidad aporta al jugador madurez y crecimiento, pero también le enseña su exposición, el aspecto de marketing que un programa de alto nivel le da a un joven. Jayson Tatum saliendo de St. Louis Chaminade justo después de la escuela secundaria no sería el mismo Jayson Tatum que estuvo allí después de un año”.

Coach K.

El ex seleccionador estadounidense está convencido del avance de la liga universitaria, aún si el one and done queda eliminado:

“Todavía habrá chicos que vendrán a la universidad y que se irán después de un año, de dos, o tres. Para ser sincero, no veo por qué la NBA cambiaría el límite de edad. Pero hagan lo que hagan, reaccionaremos. Así que todos los que digan que la NCAA saldrá perjudicada, están completamente equivocados”.

Mike Krzyzewski

En esa teoría se sitúa también Dan Gavitt, vicepresidente senior de la NCAA:

“Hay más jugadores que están mejor preparados físicamente (más fuertes, más grandes, más rápidos, mejores habilidades) y logran desarrollar a lo largo de su carrera universitaria unas facultades mentales y emocionales adecuadas para ser un atleta profesional y para lidiar con lo que viene después. No son productos terminados en ningún caso, pero hace 20-25 años podías contar con los dedos de una mano a los jugadores que salían preparados de la universidad”.

Gavitt se muestra tajante, aunque se olvida de otros como LeBron o Kobe:

“Los mejores jugadores en la historia de este deporte han sido parte de la universidad”. Y enumera: “Michael Jordan, Larry Bird, Kareem Abdul-Jabbar, Oscar Robinson”.

El vicepresidente cambia el gesto cuando le preguntan por los salarios. En la liga universitaria, los jugadores no reciben nada, pese a la gran suma de ingresos que genera la competición (891 millones de euros en 2018). Mientras, hay 47 entrenadores que cobran más de 2 millones de dólares al año.

Pero los jugadores, por su condición de amateurs, tienen prohibido recibir pagos de las universidades y de las empresas vinculadas a estas, como pueden ser Nike, Under Armour o Adidas.

“Los salarios y, sin duda, el potencial de ganancias a largo plazo, son tan cambiantes que es algo difícil de resolver para un jugador y su familia. Hace muchos, muchos años, la diferencia en el valor de jugar en la universidad y jugar en la NBA era diferente, pero no dramáticamente diferente. Ahora es dramáticamente diferente”.

Gavitt

Stan Van Gundy, que entrenó un año a la Universidad de Wisconsin (94/95), dispara:

“La NCAA es una de las peores organizaciones del mundo del deporte. Puede que la peor. Desde luego no les importa nada el atleta. La gente que estuvo en contra de que los jugadores llegaran directamente desde el instituto inventó muchas excusas, pero creo que en gran parte fue racismo. Nunca he visto a nadie levantarse a protestar sobre las ligas menores de béisbol o Hockey. Allí no ganan muchísimo dinero y suelen ser chicos blancos, así que nadie tiene ningún problema. Pero de repente tienes a un chico negro que quiere salir del instituto y ganar millones y eso sí es una mala decisión. Pero saltarse la universidad para ganar 800 dólares al mes en una liga menor de béisbol es una buena decisión. ¿Qué narices está pasando?”, expresa el ex técnico de Miami, Orlando y Detroit.

Stan Van Gundy

En un tono más distendido opina Jim Haney, director ejecutivo de la Asociación Nacional de Entrenadores de Baloncesto, piensa que un año de universidad es muy productivo para los jugadores:

“La gran mayoría de los chicos que ingresan no han aprendido en el baloncesto escolar cómo jugar duro dentro del concepto de equipo porque siempre han sido mejores que los otros niños. Su idea de jugar duro es: ‘Voy a tirar más o voy a conducir más hacia la canasta‘. Eso es un enfoque individual y no colectivo. En la NCAA se demuestra que se necesitan cinco hombres en la cancha trabajando juntos para ser realmente un equipo productivo”.

Jim Haney

Otro de los seguidores confesos del one and done es John Calipari, gran reclutador de talentos. Por sus manos pasaron decenas de jugadores listos para la NBA: Derrick Rose, John Wall, Eric Bledsoe, DeMarcus Cousins, Anthony Davis, Julius Randle , Karl-Anthony Towns y Devin Booker, por ejemplo. El entrenador de Kentucky defiende el contacto directo con el jugador desde edades muy tempranas:

“No les prometemos tiempo de juego, tiros o cuánto tiempo estarán en la universidad. Todos tienen su propio horario, y se lo decimos a todos y cada uno de los chicos y sus familias. Para algunos, eso significa un año; para otros, dos, tres o cuatro. Pero nuestro enfoque es poner a nuestros hijos en la mejor posición para tener éxito en el siguiente nivel, ya sea en la NBA o en algún otro campo, cuando llegue el momento de eso. Creo sinceramente que no hay mejor lugar para crecer, especialmente en el factor humano, que la NCAA”.

Calipari.

Si bien es cierto que son muchos los que eligen seguir desarrollando sus capacidades en cualquiera de las tres divisiones de la NCAA, el número de jugadores dedicados finalmente al baloncesto es mínimo. Según un informe de la revista oficial de la NCAA, Champions Magazine, poco menos de tres cuartas partes de los jugadores de la División I creen que jugarán profesionalmente en la NBA, en la G-League o en el extranjero.

En la División II la cifra no llega al 50%, mientras que solo un 27% de los jugadores en la División III creen que jugaran de manera profesional. Las cifras finales otorgan cierta razón al desazón de los jugadores universitario: solo un 48% de División I llegan a jugar en un equipo profesional, 1 de cada 5 entre todas las divisiones.

Calipari prefiere centrarse en los casos de éxito, y pone como ejemplo a Willie Cauley-Stein, con el que también coincidió:

“Cuando llegó al campus me dijo ‘Odio la escuela’ y cuando se fue lo hizo llorando. Estuvo tres años aquí en Kentucky. Apreció la educación que se le dio, creció emocionalmente y aún hoy está inscrito en el club de lectura de la facultad. Todo eso también es la liga universitaria”.

Willie Cauley Stein

Dan Gavitt también incide en ese argumento romántico de los campus:

“Hemos tenido jugadores de un año que han regresado a su campus de manera regular, que han donado a sus instituciones, que han estado en contacto cercano con sus entrenadores y ex compañeros de equipo y realmente han aceptado ser parte de la comunidad. Incluso si no son graduados de la institución, sigue siendo una gran parte de sus vidas”.

Dan Gavitt, vicepresidente senior de la NCAA.

El comisionado de la Conferencia del Sureste, Greg Sankey, es más práctico.

“Debemos hacer una NCAA más fuerte. El debate del one and done no es asunto de un solo deporte. Debemos parecernos más a la NFL o a la MBL”.

Sankey.

En la liga de fútbol es obligatorio jugar tres años con la universidad, mientras que en el béisbol se permite a los jugadores que se conviertan en profesionales directamente de la escuela secundaria, pero si van a la universidad tienen que quedarse tres años allí.

Tres soluciones sobre la mesa

El debate es creciente y las negociaciones constantes. Por ello no hay una vía de acuerdo oficial entre todas las partes. Eso sí, todo parece indicar que el one and done tal y como lo conocemos hoy, desaparecerá.

La opción preferida de Adam Silver es unificar a los prospects de high-school y a los one-and-done en una sola categoría, que les permitiera o bien presentarse al Draft desde el collegue o bien desarrollarse en la G-League.

Aquí radica la idea de Silver: dotar de una mayor profesionalidad a la G-League. Una expansión que debe permitir sueldos mayores a los 26.000 dólares de máximo que existen ahora mismo. Contratos que alcancen los 125.000 dólares a jugadores que salgan del instituto y eviten así pasar un año sin cobrar en la liga universitaria.

“Condoleezza Rice y su comisión han recomendado a la NBA que los jugadores que están haciendo el llamado one and done entren directamente en la liga, por lo que creo que debemos considerar la reducción de nuestra edad a 18 años”.

Adam Silver

El comisionado de la NBA explico que la idea incluiría iniciar el contacto con los mejores jugadores en sus años de instituto. Un seguimiento pormenorizado del atleta, entrenando y desarrollando sus condiciones tanto dentro como fuera de la cancha con la mirada puesta en un futuro mejor tanto para ellos como para la NBA.

Existe una segunda vía que requiere mucho esfuerzo y coordinación en el tiempo. El pasado verano, la NBA y el Sindicato de Jugadores anunciaron un acuerdo con la Federación (USA Basketball) para ojear y aumentar el número de jugadores juveniles de élite a su equipo nacional junior a más de 80 de una tacada. Los jugadores recibirán atención sanitaria y psicológica, además de entrenamientos específicos y de rendimiento deportivo gestionados por expertos.

Getty Images

A su vez, los jugadores tendrán que enviar informes médicos y deportivos a los equipos de la NBA, a fin de que ingresen directamente en la liga (con 18 años) o utilicen un paso intermedio como la G-League. Por otro lado, la NBA solicita que los jugadores tuvieran que tener cierta asistencia obligatoria a las sesiones de Draft. En estas pruebas previas, los jugadores tienen ocasión de mostrar sus habilidades delante de los principales scouts de las franquicias.

“Llevamos mucho tiempo intentando involucrarnos más en el baloncesto de élite de categorías inferiores. Realmente existe un sentido de urgencia al respecto. Este programa es exactamente lo que hemos estado diciendo que debíamos hacer”.

Kathy Behrens, presidenta de responsabilidad social en la NBA.

Pero claro, estas dos iniciativas olvida por completo el papel de la NCAA en la negociación. Por ello, son más los rumores que apuntan a un simple cambio de regla. Del one and done al zero and two, una idea del sindicato de jugadores (NBPA) que gusta a ambas partes.

Zero and two sería una opción viable para todos los jugadores que decidan dar el salto desde el instituto a la NBA, pero los que se decanten por la universidad, no podrían ser drafteados hasta el final de su segundo curso. La medida no está recogida en el último convenio colectivo presentado por la NBA y la Asociación de Jugadores, pero, según fuentes de la negociación, es una opción muy viable.

¿Y para cuándo?

Adam Silver desveló hace unas semanas que cualquier medida definitiva no entraría en vigor antes de 2022:

“Hay un montón de problemas que deben resolverse entre nosotros y la asociación de jugadores, por lo que es algo sobre lo que estamos en discusiones activas”.

El comisionado aclaró que cambiar el one and done antes de 2022 no sería justo para las franquicias que han realizado intercambios con selecciones de draft: “Me faltan unos años, creo”. Y avisa:

“Esto afectará a las negociaciones entre las franquicias sobre intercambios en puestos del Draft. Espero que sepan elegir bien”.

Conflicto abierto, largo y lleno de interrogantes.

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