Año 2009, Seattle. La ciudad se ha convertido en un hervidero de jóvenes talentos durante los últimos tiempos. Varios estudiantes de alto rango están dando el salto a universidades de prestigio con un único sueño en el horizonte: jugar en la NBA. Allonzo Trier, de 13 años, ya posee su propia línea de ropa. Los más cercanos lo llaman Zo y, pese a su corta edad, tiene un lema personal que reza: “Cuando se encienden las luces, es hora de actuar”. El joven espera con ansias un envío de Under Armour, de parte Brandon Jennings, el mejor base de instituto la campaña anterior y, ahora, profesional en las filas del Lottomatica Roma italiano. 

La vida está empezando a cambiar. Los ojeadores siguen sus pasos y últimamente se ve obligado a viajar por todo el país para jugar con equipos de la Amateur Athletic Union. Los promotores de baloncesto utilizan su figura para agregar brillo a los eventos y un abogado ha procurado que una escuela privada pague la enseñanza privada y la tutoría académica del muchacho. Excesiva parafernalia que no escapa del todo a su entendimiento.

Marcie Trier, madre de la criatura, se gana la vida como trabajadora social en un albergue para víctimas de violencia doméstica. Ambos viven en un apartamento de dos habitaciones, una vivienda de subsidio federal. “Están haciendo cosas buenas para mi hijo, cosas que él necesita y que no puedo pagar”, afirma. No obstante, Marcie es consciente de la crueldad del deporte de alta competición. La generosidad que muestran hacia su hijo no es desinteresada. Sabe que si su juego no continúa progresando, lo dejarán de lado.

Ella está presente en muchos entrenamientos y asegura conocer mejor el tiro de su hijo que los propios entrenadores. “Ellos conocen el juego, pero yo le veo tirar 3.000 tiros a la semana”, dice. Allonzo se encuentra inmerso en uno de esos rutinarios ejercicios en los que, cual si estuviera en trance, no para de lanzar a canasta sin inmutarse de lo que hay a su alrededor. Madre e hijo parecen estar en una sincronización casi perfecta. Ella nunca tiene que presionarlo para que entrene, si bien es capaz de corregir su técnica, y él no necesita convencerla de que el baloncesto debería estar en el centro de sus vidas.

NBAE

A medida que la sesión va llegando a su fin, sobre de las nueve y media de la noche, un compañero golpea a Trier en el cuello cuando se dispone a entrar a canasta. Una falta dura, que en la NBA hubiese supuesto la expulsión del infractor. Sin embargo, se levanta y sigue jugando. Su madre, que ha observado la escena, asegura que Allonzo es objeto de acciones de máxima dureza incluso por parte de sus compañeros de equipo.

En gran medida, el baloncesto moderno consiste en la economía y los incentivos. Muchos de los mejores jugadores del mundo provienen de barrios pobres y familias desestructuradas. Las empresas de zapatillas, de la mano de fabricantes de ropa, invierten dinero en el sistema porque quieren ganarse la lealtad de niños que podrían dominar la NBA en el futuro. Financian a los mejores equipos de la Amateur Athletic Union y encuentran maneras de canalizar el equipo a los jugadores más prometedores. Puro negocio.

Los padres son otra figura esencial en los niveles más altos del baloncesto de formación. Acosan a los entrenadores, a los directores de los campamentos y a los servicios de exploración para resaltar la figura de sus hijos. Aquellos con padres ausentes, como Trier, tienden a acumular figuras paternas en el camino: hombres que quieren ayudar genuinamente, junto con otros que esperan negociar becas, compartir acuerdos de patrocinio o simplemente permanecer cerca de un jugador con potencial NBA. Es un mundo tóxico, en el que las jóvenes promesas no tienen la madurez suficiente para diferenciar amigo de enemigo.

Trier jamás conoció a su padre, quien fuese la primera pareja de Marcie. Ella ha perdido contacto con él. Todo lo que Zo sabe acerca de su progenitor era su origen afroamericano y que medía 1,90 metros. Ahora mismo, Trier ronda el 1,65, ligeramente por encima de la media para su edad. Todavía necesitará estirarse para cumplir sus ambiciones en el baloncesto de élite, pero está convencido de que crecerá más que su padre.

El próximo escaparate será el Adidas Junior Phenom Camp, celebrado en San Diego. Una aglomeración de talentos prematuros que buscan empezar a negociar futuros billetes de acceso a la universidad. Trier, dos años etiquetado como el mejor jugador de su clase, intentará colocarse en el radar compitiendo contra otros adolescentes. El nivel de cinismo entre los padres e incluso algunos de los niños es extremo. Varias de las estrellas más importantes de la escuela secundaria asisten a este tipo de campamentos solo si se les paga. Es decir, dinero además del viaje gratis y la matrícula del propio campamento.

A menudo, los padres de jóvenes atletas escuchan que sus hijos “comenzaron tarde”, que tienen terreno que recuperar. Un elemento definitorio de la cultura moderna del deporte de base, la sensación de que siempre hay alguien por delante. Esto impregna de profesionalismo un campo que antes estaba ocupado por personas que lo hacían por amor al arte. La cultura exige estrellas, jóvenes deportistas como Allonzo Trier, para mostrar lo que es posible con atención temprana, esfuerzo extremo y dinero.

Los beneficios más importantes para Trier son las ventajas académicas por las que lucha día a día junto a su madre. Durante el verano, unas pruebas realizadas revelaron la razón por la que lee a un nivel muy por debajo de lo usual: es disléxico. Compite como si fuera estudiante de séptimo grado, pero académicamente, está un curso por debajo.

Para su desgracia, el tutor del joven Zo quiere trabajar tres días a la semana. Un sacrificio necesario en el camino que le espera si quiere dar el salto a una universidad de prestigio. No obstante, su apretada agenda le impide cumplir con todas las clases. Cuando su madre le pregunta acerca de sus motivaciones, Allonzo no duda: es feliz mientras tenga un balón en la mano.

Marcie, por su parte, está acostumbrada a recibir consejos no solicitados. Hay quien sugiere que debería sacar a su hijo del Pacífico Noroeste e ir a Nueva York o Texas, donde tendrá una mejor competencia. Pobre consejo, teniendo en cuenta lo que está demostrando en estos días un emergente Brandon Roy, oriundo de Seattle, en Portland Trail Blazers.

Otros dicen que ella debería alejar a su hijo de los focos y reducir el exigente calendario deportivo al que está sometido. Allonzo está siendo rodeado por hombres cuyas motivaciones son de dudosa honestidad. En los años venideros vendrán muchos más. A medida que vaya escalando, los interesas aflorarán de todos los rincones. Su viaje, no ha hecho más que empezar.

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