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Reflejos

Walton vs. Portland: el fin de la lealtad

Hubo un tiempo en que en la relación entre jugador y franquicia no se planteaba el divorcio como opción. Hasta que Walton lo cambió todo.

danielarce@skyhook.es'

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Es bien sabido que el poder absoluto corrompe absolutamente, pero las consecuencias menos gratas del poder relativo casi siempre escapan al ojo crítico. No es este el lugar para una disertación política, pero asumo que todos hemos observado cómo el poder en la modernidad está dividido entre una rama ejecutiva, una legislativa y una judicial (por no hablar de otros poderes fácticos, como la prensa o los empresarios), y que esta división a menudo deriva en la eternización de las discusiones, el encono como forma de vida y, en últimas consecuencias, una completa confusión acerca de qué decisión tomar.

¿Quién tiene autoridad sobre qué? ¿De verdad puede ejercerla? Y si dos poderes de igual fuerza chocan, ¿quién resuelve el desacuerdo? Estas son preguntas que acucian a todo sistema de gobierno medianamente democrático.

El baloncesto también sufre ante estas interrogantes, primero porque es una empresa humana colectiva, pero también porque es un producto mercantil moderno y como tal reproduce las estructuras sociales de su era. Hoy en día, el poder dentro de un equipo NBA es una idea completamente abstracta, dividida y relativa. Hay un entrenador, claro, pero también un gerente general y a veces un director de operaciones, además de la mano en ocasiones ominosa del dueño. (Te estoy viendo, Robert Sarver).

 Y luego están los jugadores. El poder de los jugadores reside en que son los héroes de la película, son los que portan el uniforme, conectan con la afición y hacen las cosas suceder. Las estrellas, además, ganan mucho más dinero que sus jefes inmediatos, poniendo en jaque la supuesta relación jerárquica. Así, cuando hay un choque entre jugadores y alguna parte del cuerpo técnico o la directiva, ¿qué evita realmente que el jugador incaute su bien más preciado, su talento, y obligue al equipo a hacer su voluntad? (Te estoy viendo, Jimmy Butler).

No siempre fue así.

La mayoría de nosotros quizá seamos demasiado jóvenes para recordarlo, pero alguna vez el poder en la NBA fue una noción más unívoca. Mandaban los jefes; los jugadores se atenían. Era bien sabido que Red Auerbach, por ejemplo, le pagaba a sus Celtics una miseria con la excusa del privilegio que era jugar en su equipo. Pero el violento despertar de la sociedad estadounidense entre las décadas de 1960 y 1970 no dejó atrás al baloncesto: el dinero proveniente de la televisión se unió al surgimiento de la Asociación de Jugadores y a los primeros ensayos de agencia libre para que, poco a poco, los atletas se hicieran conscientes de su poder.

Como peones que hubieran cruzado todo el tablero de ajedrez hasta coronarse, los jugadores de pronto se vieron en condiciones de revertir las tablas, de irse a donde quisieran cuando quisieran, de amenazar, de ser hasta destructivos si es que algo los había puesto de mal humor.

Ningún dúo entre jugador y franquicia estaba a salvo, ni siquiera el más perfecto. Y el más perfecto eran Bill Walton y los Portland Trail Blazers.

Bill Walton nunca fue un basquetbolista promedio. No sólo era inmensamente talentoso y veloz para su tamaño, sino que en una época donde la mayoría de los atletas que entraban a la NBA o la ABA eran ya afroamericanos y de extracción muy pobre, la melena pelirroja y su ascendencia de buena familia lo hacían único, para bien o para mal.

 No cualquiera es reclutado en persona por John Wooden para ir a UCLA. No cualquiera gana tres premios al Jugador Colegial del Año y dos Campeonatos Nacionales. No cualquiera recibe una promesa de la ABA de formar una franquicia en San Diego o Los Ángeles y llenarla con sus compañeros de universidad si decidiera jugar en su liga. Y no cualquiera rechaza esta promesa y firma con Portland como la primera elección del Draft de 1974.

Aún más: todo esto fue logrado sin caerle particularmente bien a muchos de sus compañeros, así como a varios directivos y fans de la vieja escuela. Los primeros resentían su posición económica y su estatus de estrella blanca a quien John Wooden llegó a permitirle fumar marihuana después de los juegos, y los segundos no gustaban precisamente de esa personalidad de hippie politizado, de pelo largo, vegetariano y amigo de The Grateful Dead.

Estas impresiones le seguirían a Portland, pero las primeras temporadas cambiaron algo en su carácter, o lo revelaron. En esta ciudad vivía con un amigo llamado Jack Scott, quien cuenta del calvario que el centro vivió cuando las lesiones lo alcanzaron. En paráfrasis de Scott hecha por David Halberstam, Walton no era capaz de lidiar con la depresión de estar lesionado como lo haría alguien con menos expectativas. Había vivido consentido tanto por sus entrenadores como por su propio inmenso talento, que usualmente le permitía ganar torneos y preseas con cierta facilidad, y además por las exigencias físicas reducidas del calendario colegial, cuya brevedad escondía los terribles problemas de rodilla, tobillo y pie que su cuerpo siempre tuvo. Lesionado, se volvía iracundo, huraño y hasta cruel.

Su temporada de novato, Walton sólo jugó en 35 encuentros; 51 el año siguiente. Y el equipo necesitaba su ayuda. Fuera de él, la carga recaía sobre los hombros de Sidney Wicks, un talentosísimo pero problemático ala-pívot que los entrenadores consideraban testarudo e incorregible. Los medios y la propia directiva de Portland a veces insinuaban que el problema de Walton era mental, lo cual lo enfurecía. Algo tenía que cambiar.

Fue entonces que Jack Scott se dio cuenta de que ser un ganador en el mundo del baloncesto le importaba de verdad a Walton, más aún que sus nociones culturales y políticas. “Big Red” comenzó a transigir. Aceptó comer carne blanca y pescado para fortalecer su cuerpo, dejó de frecuentar a muchos de sus amigos radicales y, la decisión más importante, se abrió a que los doctores de Portland le recetaran analgésicos.

Tanto él como su hermano Andy y el mencionado Scott siempre habían estado fervientemente en contra de las inyecciones como parche a las dolencias deportivas, sobre todo en el caso de la sobreutilización de fenilbutazona. Pero Bill necesitaba jugar. Necesitaba probarse. Con las incorporaciones de los novatos Bob Gross y Lionel Hollins en su segunda temporada, el equipo estaba cerca de dar un gran salto de calidad. Pero en aquella era de basquetbol centralizado y sin línea de tres puntos, un centro como Walton era indispensable para el campeonato.

Había tomado una decisión, aunque le costó una pelea de antología con su hermano.

Pero todavía faltaba otra pieza para preparar la tormenta perfecta que serían los Trail Blazers en la temporada 1976-1977. Un entrenador de altura. Por fortuna para Larry Weinberg, dueño de la franquicia y el negociador más duro de la liga, pudo conseguir al doctor Jack Ramsay con todo y precio descontado.

Jack Ramsay tampoco era un entrenador promedio. Tras una carrera de jugador discreta, aunque cumplidora, en una liga semiprofesional de Pensilvania, Ramsay se encontró entrenando en preparatorias antes de pasar a la universidad de St. Joseph’s, su alma mater, una pequeña escuela católica donde casi nunca podría reclutar a los prospectos más talentosos, por lo que tendría que hallar jóvenes inteligentes, duros, determinados, y entrenarlos mejor que nadie.

Para cuando llegó a Portland, 21 años después, esa se había convertido en su filosofía: sacar agua de las piedras. Después de entrar al baloncesto profesional para tratar de mantener a flote a los Philadelphia 76ers tras la partida de Wilt Chamberlain y ganarse el respeto de propios y extraños al hacer maravillas con el juego de Bob McAdoo y la modesta plantilla de los Buffalo Braves, Ramsay estaba acostumbrado a no tener los equipos más talentosos bajo su tutela, pero eso le sentaba bien. Los jugadores “de Ramsay” eran de otro tipo: disciplinados, tozudos, sacrificados.

Algunos veían en su ego residuos del mundo colegial —donde los coaches son reyes—, como si los jugadores fueran simples engranes, pequeñas partes de una visión incuestionable que, por supuesto, era suya nada más. Su visión tenía todo que ver con la velocidad, el ritmo de juego y compartir la pelota. Walton, cuando estaba sano, era pura velocidad y visión de juego. Cubría tanto terreno que todos sus compañeros jugaban mejor defensa; pasaba tan bien que todo el equipo lanzaba mejor.

Era un emparejamiento destinado. Incluso Ramsay, cuyos asistentes solían exasperarse por cuánto solía infravalorar el talento de sus jugadores, sabía que Walton le concedía una oportunidad especial. Por eso aceptó el trabajo, aunque Larry Weinberg le ofreció menos salario del que tenía en Buffalo.

No necesito contarles la historia de su primera temporada juntos en Portland, que también es la temporada del único título de liga para los Trail Blazers. Tras la disolución de la ABA, Portland obtuvo al pívot Maurice Lucas, sustituto más que adecuado para Sidney Wicks y cuya fortaleza complementó de manera perfecta el genio de Ramsay y el talento de Walton. En la serie de campeonato perdieron los primeros dos juegos contra Philadelphia, pero se llevaron los siguientes cuatro. Venganza para el entrenador y vindicación para el center, quien al fin había probado de lo que era capaz en una temporada sana.

Se mencionó la palabra “dinastía”. Tanto Walton como Hollins, Lucas y Gross eran bastante jóvenes aún. El siguiente año, los Blazers estaban teniendo una temporada fulgurante —50 ganados y 10 perdidos— cuando Walton tuvo que rendirse ante el dolor por un neuroma en el pie derecho. Fue operado con éxito, pero luego se quejó de un dolor inubicable en el pie izquierdo. Regresó para los playoffsinyectado de xilocaína, pero al segundo partido no pudo más y, tras una exhaustiva batería de radiografías,se le detectó una pequeña fractura.

La temporada de los Blazers estaba acabada. Pero no sólo la temporada.

Durante el año del campeonato, Walton había aprendido a confiar en el cuerpo técnico de Portland; no sólo en Ramsay, sino en el preparador Ron Culp y el médico Bob Cook.

Con este último en particular compartía un vínculo especial: el cuidado diario de su desconfiable cuerpo. En febrero de 1977, por ejemplo, Cook había protegido el tendón de aquiles de Walton ante una posible ruptura con una venda elástica hasta la rodilla, que básicamente le daba al jugador un tendón extra. Todo esto implicaba riesgo, pero la visión de Ramsay y la ambición del mismo Walton pendían de ese delgado hilo; ambos lo sabían.

Sin embargo, la relación que uno tiene con sus doctores tiende a estar estrechamente ligada a su capacidad de mantenernos sanos. En 1978, tres semanas después del juego de playoffs contra Seattle cuando Walton no pudo más y salió con el pie roto, asistió a la fiesta de cumpleaños del Dr. Cook y le regaló una motocicleta. Sería quizás su último signo de cordialidad.

La terrible depresión que acometía a Walton siempre que se lesionaba regresó peor que nunca, y el credo anti-analgésico que soliera compartir con Scott le dio una justificación y un conducto para su enojo: fue el cuerpo médico de Portland el que lo animó a tomar inyecciones, y miren a dónde lo habían llevado. No fue contra su voluntad, pero había confiado en ellos y ellos habían visto por el “bien” del equipo (y por extensión de Ramsay) antes que por su salud. O así quiso verlo en ese momento. Estos hombres habían dicho ser sus amigos, pero ahora que lo peor había ocurrido ellos podían seguir sus carreras como si nada mientras que él estaba a punto de perder para siempre el juego que amaba.

Pasó la temporada ’78-’79 de baja, supuestamente recuperándose de la lesión mientras todos en Portland murmuraban sobre su tensa relación con el equipo e insinuaban que no jugaba porque no quería. Tanto Jack Scott como John Bassett, otro amigo izquierdista de Walton, fueron citados en la prensa haciendo críticas al cuerpo médico de los Blazers.

Ramsay se mantuvo distante por el profesionalismo que le debía a ambas partes del conflicto, pero Walton interpretó en esa distancia falta de empatía y un alineamiento con los médicos. A lo largo de su carrera, varias fuentes dirían que el pívot siempre esperó un trato de estrella por parte de sus coaches, por lo que la falta de deferencia mostrada por Ramsay lo lastimó todavía más.

Pasó casi un año desde que Walton pidiera salir del equipo en la oficina de Larry Weinberg hasta que finalmente firmó como agente libre para los entonces Clippers de San Diego. Conforme a la regla de aquella era, el Comisionado decidiría una compensación para los Blazers, que llegó en la forma del ala-pívot Kermit Washington y el interior Kevin Kunnert, ambos importantes jugadores de rol para San Diego, que venía de terminar 43-39 la temporada anterior. A cambio, Walton entregó tan sólo 14 juegos en su primera temporada como Clipper, quejándose ya desde la pretemporada de dolores constantes en el pie. Extrañando el aporte de Washington y Kunnert, su nuevo equipo terminó la campaña 35-47. Bill nunca volvería a ser lo que fue en ’76-’77, se perdió los siguientes dos años por lesión y sólo recuperaría algo de magia en 1985, cuando fue reconocido como Sexto Hombre del Año para los Boston Celtics en la temporada de su último campeonato con Bird y McHale.

En Portland las cosas no fueron mucho mejor. Varios jugadores sentían que Ramsay seguía melancólico por la partida de su estrella, del jugador que le hizo aceptar el trabajo en un primer lugar, y que no había adaptado su célebre visión de juego a no tener un centro dominante en el poste bajo. Lionel Hollins incluso lo declaró en una entrevista, lo cual causó incomodidad durante la pretemporada. Washington jugó admirablemente a su llegada, pero Maurice Lucas pasó la mayoría del año distraído por una disputa salarial antes de ser traspasado a los Nets, y otros jugadores importantes en la campaña del campeonato, como Larry Steele y Dave Twardzik, comenzaron a mostrar signos de declive físico. Terminaron la campaña 38-44 y se colaron a los playoffs tan sólo porque la otra división de su conferencia fue verdaderamente abismal.

Igual no importó mucho, fueron eliminados en la primera ronda por Seattle, su mismo verdugo de dos años atrás. Aunque Ramsay lo seguiría intentado otros seis años y alcanzaría a entrenar las primeras campañas de Clyde Drexler, la prometida “dinastía” Blazer había terminado antes de comenzar.

La noche después del anuncio público de que Walton quería salir de Portland, el gerente general del equipo, Stu Inman, recibió una llamada telefónica de uno de sus amigos más viejos y peculiares, Bobby Knight, el legendario entrenador colegial de Indiana.

 En 1976, Knight había ganado el campeonato de la NCAA con un equipo sin estrellas, por lo que la filosofía de sacrificio y juego de equipo que Portland lució en su temporada de campeonato le inspiraba gran admiración. Ahora esa admiración había trocado en pesar. “¿Cómo se puede mantener a un buen equipo junto?”, preguntó Knight a Inman. “¿Es todavía posible?”

 Las palabras de Knight aquella noche reflejaban el sentir de muchos entrenadores y directivos del basquetbol de aquella época, que básicamente era uno de temor ante el creciente poder del jugador para hacer estallar la situación interna de las instituciones y de nostalgia por los jugadores de tiempos anteriores, que aunque menos talentosos, eran “siempre leales” a la visión colectiva del equipo. Por supuesto, esta es una visión reduccionista, que no toma en cuenta las muchas injusticias que de hecho sí se cometieron contra los atletas en la época previa al fortalecimiento de la Asociación de Jugadores, las cuales casi derivaron en una legendaria huelga antes del Juego de Estrellas de 1964.

Y sin embargo es un sentimiento que perdura. Uno de los memes más populares que uno ve en Twitter cada que estalla una controversia en la liga es una imagen que reza “La NBA ha pasado cero días sin ser innecesariamente dramática”. Es cierto. El ego, la ambición y el rencor carcomen al juego por todos lados, mas paradójicamente constituyen una de sus caras más fascinantes.

Así que cada vez que desprecien (como yo) a los Golden StateWarriors y su aburridísima superioridad, recuerden a Bill Walton y los Blazers. Las lesiones de Penny Hardaway y la partida de Shaq que dejaron tantas ilusiones insatisfechas en Orlando. El supuesto enredo amoroso que arruinó a los Mavericks de Jason Kidd y Jim Jackson. Piensen en las disputas por dinero y roles de juego que separaron a Ray Allen de Garnett, Pierce y Rondo en los Celtics o en el via crucis que Kawhi Leonard y Gregg Popovich armaron el año pasado por una misteriosa lesión.

Llegar a la cima es de por sí casi imposible. ¿Mantenerse? Quizá eso sea lo que en verdad distingue a los elegidos del Olimpo.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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