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Walton vs. Portland: el fin de la lealtad

Es bien sabido que el poder absoluto corrompe absolutamente, pero las consecuencias menos gratas del poder relativo casi siempre escapan al ojo crítico. No es este el lugar para una disertación política, pero asumo que todos hemos observado cómo el poder en la modernidad está dividido entre una rama ejecutiva, una legislativa y una judicial (por no hablar de otros poderes fácticos, como la prensa o los empresarios), y que esta división a menudo deriva en la eternización de las discusiones, el encono como forma de vida y, en últimas consecuencias, una completa confusión acerca de qué decisión tomar.

¿Quién tiene autoridad sobre qué? ¿De verdad puede ejercerla? Y si dos poderes de igual fuerza chocan, ¿quién resuelve el desacuerdo? Estas son preguntas que acucian a todo sistema de gobierno medianamente democrático.

El baloncesto también sufre ante estas interrogantes, primero porque es una empresa humana colectiva, pero también porque es un producto mercantil moderno y como tal reproduce las estructuras sociales de su era. Hoy en día, el poder dentro de un equipo NBA es una idea completamente abstracta, dividida y relativa. Hay un entrenador, claro, pero también un gerente general y a veces un director de operaciones, además de la mano en ocasiones ominosa del dueño. (Te estoy viendo, Robert Sarver).

 Y luego están los jugadores. El poder de los jugadores reside en que son los héroes de la película, son los que portan el uniforme, conectan con la afición y hacen las cosas suceder. Las estrellas, además, ganan mucho más dinero que sus jefes inmediatos, poniendo en jaque la supuesta relación jerárquica. Así, cuando hay un choque entre jugadores y alguna parte del cuerpo técnico o la directiva, ¿qué evita realmente que el jugador incaute su bien más preciado, su talento, y obligue al equipo a hacer su voluntad? (Te estoy viendo, Jimmy Butler).

No siempre fue así.

La mayoría de nosotros quizá seamos demasiado jóvenes para recordarlo, pero alguna vez el poder en la NBA fue una noción más unívoca. Mandaban los jefes; los jugadores se atenían. Era bien sabido que Red Auerbach, por ejemplo, le pagaba a sus Celtics una miseria con la excusa del privilegio que era jugar en su equipo. Pero el violento despertar de la sociedad estadounidense entre las décadas de 1960 y 1970 no dejó atrás al baloncesto: el dinero proveniente de la televisión se unió al surgimiento de la Asociación de Jugadores y a los primeros ensayos de agencia libre para que, poco a poco, los atletas se hicieran conscientes de su poder.

Como peones que hubieran cruzado todo el tablero de ajedrez hasta coronarse, los jugadores de pronto se vieron en condiciones de revertir las tablas, de irse a donde quisieran cuando quisieran, de amenazar, de ser hasta destructivos si es que algo los había puesto de mal humor.

Ningún dúo entre jugador y franquicia estaba a salvo, ni siquiera el más perfecto. Y el más perfecto eran Bill Walton y los Portland Trail Blazers.

Bill Walton nunca fue un basquetbolista promedio. No sólo era inmensamente talentoso y veloz para su tamaño, sino que en una época donde la mayoría de los atletas que entraban a la NBA o la ABA eran ya afroamericanos y de extracción muy pobre, la melena pelirroja y su ascendencia de buena familia lo hacían único, para bien o para mal.

 No cualquiera es reclutado en persona por John Wooden para ir a UCLA. No cualquiera gana tres premios al Jugador Colegial del Año y dos Campeonatos Nacionales. No cualquiera recibe una promesa de la ABA de formar una franquicia en San Diego o Los Ángeles y llenarla con sus compañeros de universidad si decidiera jugar en su liga. Y no cualquiera rechaza esta promesa y firma con Portland como la primera elección del Draft de 1974.

Aún más: todo esto fue logrado sin caerle particularmente bien a muchos de sus compañeros, así como a varios directivos y fans de la vieja escuela. Los primeros resentían su posición económica y su estatus de estrella blanca a quien John Wooden llegó a permitirle fumar marihuana después de los juegos, y los segundos no gustaban precisamente de esa personalidad de hippie politizado, de pelo largo, vegetariano y amigo de The Grateful Dead.

Estas impresiones le seguirían a Portland, pero las primeras temporadas cambiaron algo en su carácter, o lo revelaron. En esta ciudad vivía con un amigo llamado Jack Scott, quien cuenta del calvario que el centro vivió cuando las lesiones lo alcanzaron. En paráfrasis de Scott hecha por David Halberstam, Walton no era capaz de lidiar con la depresión de estar lesionado como lo haría alguien con menos expectativas. Había vivido consentido tanto por sus entrenadores como por su propio inmenso talento, que usualmente le permitía ganar torneos y preseas con cierta facilidad, y además por las exigencias físicas reducidas del calendario colegial, cuya brevedad escondía los terribles problemas de rodilla, tobillo y pie que su cuerpo siempre tuvo. Lesionado, se volvía iracundo, huraño y hasta cruel.

Su temporada de novato, Walton sólo jugó en 35 encuentros; 51 el año siguiente. Y el equipo necesitaba su ayuda. Fuera de él, la carga recaía sobre los hombros de Sidney Wicks, un talentosísimo pero problemático ala-pívot que los entrenadores consideraban testarudo e incorregible. Los medios y la propia directiva de Portland a veces insinuaban que el problema de Walton era mental, lo cual lo enfurecía. Algo tenía que cambiar.

Fue entonces que Jack Scott se dio cuenta de que ser un ganador en el mundo del baloncesto le importaba de verdad a Walton, más aún que sus nociones culturales y políticas. “Big Red” comenzó a transigir. Aceptó comer carne blanca y pescado para fortalecer su cuerpo, dejó de frecuentar a muchos de sus amigos radicales y, la decisión más importante, se abrió a que los doctores de Portland le recetaran analgésicos.

Tanto él como su hermano Andy y el mencionado Scott siempre habían estado fervientemente en contra de las inyecciones como parche a las dolencias deportivas, sobre todo en el caso de la sobreutilización de fenilbutazona. Pero Bill necesitaba jugar. Necesitaba probarse. Con las incorporaciones de los novatos Bob Gross y Lionel Hollins en su segunda temporada, el equipo estaba cerca de dar un gran salto de calidad. Pero en aquella era de basquetbol centralizado y sin línea de tres puntos, un centro como Walton era indispensable para el campeonato.

Había tomado una decisión, aunque le costó una pelea de antología con su hermano.

Pero todavía faltaba otra pieza para preparar la tormenta perfecta que serían los Trail Blazers en la temporada 1976-1977. Un entrenador de altura. Por fortuna para Larry Weinberg, dueño de la franquicia y el negociador más duro de la liga, pudo conseguir al doctor Jack Ramsay con todo y precio descontado.

Jack Ramsay tampoco era un entrenador promedio. Tras una carrera de jugador discreta, aunque cumplidora, en una liga semiprofesional de Pensilvania, Ramsay se encontró entrenando en preparatorias antes de pasar a la universidad de St. Joseph’s, su alma mater, una pequeña escuela católica donde casi nunca podría reclutar a los prospectos más talentosos, por lo que tendría que hallar jóvenes inteligentes, duros, determinados, y entrenarlos mejor que nadie.

Para cuando llegó a Portland, 21 años después, esa se había convertido en su filosofía: sacar agua de las piedras. Después de entrar al baloncesto profesional para tratar de mantener a flote a los Philadelphia 76ers tras la partida de Wilt Chamberlain y ganarse el respeto de propios y extraños al hacer maravillas con el juego de Bob McAdoo y la modesta plantilla de los Buffalo Braves, Ramsay estaba acostumbrado a no tener los equipos más talentosos bajo su tutela, pero eso le sentaba bien. Los jugadores “de Ramsay” eran de otro tipo: disciplinados, tozudos, sacrificados.

Algunos veían en su ego residuos del mundo colegial —donde los coaches son reyes—, como si los jugadores fueran simples engranes, pequeñas partes de una visión incuestionable que, por supuesto, era suya nada más. Su visión tenía todo que ver con la velocidad, el ritmo de juego y compartir la pelota. Walton, cuando estaba sano, era pura velocidad y visión de juego. Cubría tanto terreno que todos sus compañeros jugaban mejor defensa; pasaba tan bien que todo el equipo lanzaba mejor.

Era un emparejamiento destinado. Incluso Ramsay, cuyos asistentes solían exasperarse por cuánto solía infravalorar el talento de sus jugadores, sabía que Walton le concedía una oportunidad especial. Por eso aceptó el trabajo, aunque Larry Weinberg le ofreció menos salario del que tenía en Buffalo.

No necesito contarles la historia de su primera temporada juntos en Portland, que también es la temporada del único título de liga para los Trail Blazers. Tras la disolución de la ABA, Portland obtuvo al pívot Maurice Lucas, sustituto más que adecuado para Sidney Wicks y cuya fortaleza complementó de manera perfecta el genio de Ramsay y el talento de Walton. En la serie de campeonato perdieron los primeros dos juegos contra Philadelphia, pero se llevaron los siguientes cuatro. Venganza para el entrenador y vindicación para el center, quien al fin había probado de lo que era capaz en una temporada sana.

Se mencionó la palabra “dinastía”. Tanto Walton como Hollins, Lucas y Gross eran bastante jóvenes aún. El siguiente año, los Blazers estaban teniendo una temporada fulgurante —50 ganados y 10 perdidos— cuando Walton tuvo que rendirse ante el dolor por un neuroma en el pie derecho. Fue operado con éxito, pero luego se quejó de un dolor inubicable en el pie izquierdo. Regresó para los playoffsinyectado de xilocaína, pero al segundo partido no pudo más y, tras una exhaustiva batería de radiografías,se le detectó una pequeña fractura.

La temporada de los Blazers estaba acabada. Pero no sólo la temporada.

Durante el año del campeonato, Walton había aprendido a confiar en el cuerpo técnico de Portland; no sólo en Ramsay, sino en el preparador Ron Culp y el médico Bob Cook.

Con este último en particular compartía un vínculo especial: el cuidado diario de su desconfiable cuerpo. En febrero de 1977, por ejemplo, Cook había protegido el tendón de aquiles de Walton ante una posible ruptura con una venda elástica hasta la rodilla, que básicamente le daba al jugador un tendón extra. Todo esto implicaba riesgo, pero la visión de Ramsay y la ambición del mismo Walton pendían de ese delgado hilo; ambos lo sabían.

Sin embargo, la relación que uno tiene con sus doctores tiende a estar estrechamente ligada a su capacidad de mantenernos sanos. En 1978, tres semanas después del juego de playoffs contra Seattle cuando Walton no pudo más y salió con el pie roto, asistió a la fiesta de cumpleaños del Dr. Cook y le regaló una motocicleta. Sería quizás su último signo de cordialidad.

La terrible depresión que acometía a Walton siempre que se lesionaba regresó peor que nunca, y el credo anti-analgésico que soliera compartir con Scott le dio una justificación y un conducto para su enojo: fue el cuerpo médico de Portland el que lo animó a tomar inyecciones, y miren a dónde lo habían llevado. No fue contra su voluntad, pero había confiado en ellos y ellos habían visto por el “bien” del equipo (y por extensión de Ramsay) antes que por su salud. O así quiso verlo en ese momento. Estos hombres habían dicho ser sus amigos, pero ahora que lo peor había ocurrido ellos podían seguir sus carreras como si nada mientras que él estaba a punto de perder para siempre el juego que amaba.

Pasó la temporada ’78-’79 de baja, supuestamente recuperándose de la lesión mientras todos en Portland murmuraban sobre su tensa relación con el equipo e insinuaban que no jugaba porque no quería. Tanto Jack Scott como John Bassett, otro amigo izquierdista de Walton, fueron citados en la prensa haciendo críticas al cuerpo médico de los Blazers.

Ramsay se mantuvo distante por el profesionalismo que le debía a ambas partes del conflicto, pero Walton interpretó en esa distancia falta de empatía y un alineamiento con los médicos. A lo largo de su carrera, varias fuentes dirían que el pívot siempre esperó un trato de estrella por parte de sus coaches, por lo que la falta de deferencia mostrada por Ramsay lo lastimó todavía más.

Pasó casi un año desde que Walton pidiera salir del equipo en la oficina de Larry Weinberg hasta que finalmente firmó como agente libre para los entonces Clippers de San Diego. Conforme a la regla de aquella era, el Comisionado decidiría una compensación para los Blazers, que llegó en la forma del ala-pívot Kermit Washington y el interior Kevin Kunnert, ambos importantes jugadores de rol para San Diego, que venía de terminar 43-39 la temporada anterior. A cambio, Walton entregó tan sólo 14 juegos en su primera temporada como Clipper, quejándose ya desde la pretemporada de dolores constantes en el pie. Extrañando el aporte de Washington y Kunnert, su nuevo equipo terminó la campaña 35-47. Bill nunca volvería a ser lo que fue en ’76-’77, se perdió los siguientes dos años por lesión y sólo recuperaría algo de magia en 1985, cuando fue reconocido como Sexto Hombre del Año para los Boston Celtics en la temporada de su último campeonato con Bird y McHale.

En Portland las cosas no fueron mucho mejor. Varios jugadores sentían que Ramsay seguía melancólico por la partida de su estrella, del jugador que le hizo aceptar el trabajo en un primer lugar, y que no había adaptado su célebre visión de juego a no tener un centro dominante en el poste bajo. Lionel Hollins incluso lo declaró en una entrevista, lo cual causó incomodidad durante la pretemporada. Washington jugó admirablemente a su llegada, pero Maurice Lucas pasó la mayoría del año distraído por una disputa salarial antes de ser traspasado a los Nets, y otros jugadores importantes en la campaña del campeonato, como Larry Steele y Dave Twardzik, comenzaron a mostrar signos de declive físico. Terminaron la campaña 38-44 y se colaron a los playoffs tan sólo porque la otra división de su conferencia fue verdaderamente abismal.

Igual no importó mucho, fueron eliminados en la primera ronda por Seattle, su mismo verdugo de dos años atrás. Aunque Ramsay lo seguiría intentado otros seis años y alcanzaría a entrenar las primeras campañas de Clyde Drexler, la prometida “dinastía” Blazer había terminado antes de comenzar.

La noche después del anuncio público de que Walton quería salir de Portland, el gerente general del equipo, Stu Inman, recibió una llamada telefónica de uno de sus amigos más viejos y peculiares, Bobby Knight, el legendario entrenador colegial de Indiana.

 En 1976, Knight había ganado el campeonato de la NCAA con un equipo sin estrellas, por lo que la filosofía de sacrificio y juego de equipo que Portland lució en su temporada de campeonato le inspiraba gran admiración. Ahora esa admiración había trocado en pesar. “¿Cómo se puede mantener a un buen equipo junto?”, preguntó Knight a Inman. “¿Es todavía posible?”

 Las palabras de Knight aquella noche reflejaban el sentir de muchos entrenadores y directivos del basquetbol de aquella época, que básicamente era uno de temor ante el creciente poder del jugador para hacer estallar la situación interna de las instituciones y de nostalgia por los jugadores de tiempos anteriores, que aunque menos talentosos, eran “siempre leales” a la visión colectiva del equipo. Por supuesto, esta es una visión reduccionista, que no toma en cuenta las muchas injusticias que de hecho sí se cometieron contra los atletas en la época previa al fortalecimiento de la Asociación de Jugadores, las cuales casi derivaron en una legendaria huelga antes del Juego de Estrellas de 1964.

Y sin embargo es un sentimiento que perdura. Uno de los memes más populares que uno ve en Twitter cada que estalla una controversia en la liga es una imagen que reza “La NBA ha pasado cero días sin ser innecesariamente dramática”. Es cierto. El ego, la ambición y el rencor carcomen al juego por todos lados, mas paradójicamente constituyen una de sus caras más fascinantes.

Así que cada vez que desprecien (como yo) a los Golden StateWarriors y su aburridísima superioridad, recuerden a Bill Walton y los Blazers. Las lesiones de Penny Hardaway y la partida de Shaq que dejaron tantas ilusiones insatisfechas en Orlando. El supuesto enredo amoroso que arruinó a los Mavericks de Jason Kidd y Jim Jackson. Piensen en las disputas por dinero y roles de juego que separaron a Ray Allen de Garnett, Pierce y Rondo en los Celtics o en el via crucis que Kawhi Leonard y Gregg Popovich armaron el año pasado por una misteriosa lesión.

Llegar a la cima es de por sí casi imposible. ¿Mantenerse? Quizá eso sea lo que en verdad distingue a los elegidos del Olimpo.

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