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Reflejos

El virus S, de Spurs

La cultura de los Spurs se ha extendido como una pandemia por toda la NBA.

acarretero@skyhook.es'

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14 de enero de 2019. Tony Parker pisa el AT&T Center por primera vez… Sin vestir el uniforme de los Spurs. En su regreso a San Antonio le habían preparado una emotiva sorpresa. Toda su familia viajó desde Francia para verle volver a casa. Porque sí, quizá Francia sigue siendo su patria, pero San Antonio es su hogar. Como lo es para Timmy y Manu. O para el del retirado Almirante, quien engulló a Parker entre sus musculosos brazos en uno de sus terroríficos abrazos de oso – que te pueden dejar sin columna vertebral – hasta hacerlo desaparecer. Todos ellos se han afincado en un lugar en el que seguramente nunca se habrían planteado vivir de no ser por el baloncesto. Una ciudad que ha llegado a acogerles como hijos adoptivos.

Cuántas veces nos habremos preguntado qué demonios tendrá San Antonio para encandilar así a los jugadores. Lo más curioso es que esa mística parece ejercer incluso un hechizo especial en los extranjeros más que en los propios americanos. Y todo ello es gracias a un equipo que, en gran medida, ha ayudado a cambiar la propia cultura de una ciudad. Sus valores como organización, su credo y sus principios han calado en lo más hondo de una población que contempla con respeto reverencial a su equipo de baloncesto.

Los Spurs han cambiado la historia. Quizá hablemos de la era de LeBron o de los Warriors, pero a la par coexiste una dinastía de entrenadores y General Managers que pertenece a Popovich y Buford. La cultura Spur es la matriz donde se ha gestado esta segunda edad dorada de la NBA. Y obviamente no todos tienen que aplicar su sistema de juego a pies juntillas (no hay más que ver a los Bucks de Budenholzer renegando del pase para explotar la versión más salvaje de Antetokounmpo), pero todos llevan consigo unos valores y una metodología de trabajo que trasciende más allá del estilo de juego en sí mismo.

DESAFIANDO LA LÓGICA DEL DEPORTE

La NBA es una finita sucesión de dominios cambiantes en la historia. Algunos ejercidos con mano de hierro – la de Auerbach y su brazo ejecutor Bill Russell, o los noventa de Jordan – y otros tan efímeros como una página de un buen libro. Dejan huella, sí, pero saben a poco.

El caso es que la historia de la liga se fundamenta no solo en el actual star system, sino en esas dinastías y hegemonías que encadenan las etapas y marcan la evolución del juego. Detenernos en su cronología, por breve que fuese, podría ocupar las páginas de un artículo entero. El baloncesto y, más concretamente, la NBA, está sujeto a la idea de la regeneración perpetua, a ese cambio de ciclo constante como una parte más de la competición. Es su ADN, su misma esencia. La NBA no sería la NBA sin su condición de mutante.

De hecho es la propia lógica del deporte la que implica esa caducidad. Está sujeto a la juventud, a los resultados, al rendimiento o a cualquier factor que escape de la mano de cualquier jugador o un entrenador. Los cuerpos se marchitan, las ideas perecen. Cuatro años de contrato son un mundo en el deporte, pero un suspiro en la vida. Ningún atleta puede quitarse de encima la sensación de inmediatez. Son nómadas volando a través de sus carreras profesionales, conscientes de que su inminente final pueda estar a la vuelta de cualquier rebote.

Foto: Pomona College

Pero en medio de esa marisma de nombres y récords anclados ya en la historia, en mitad del caos organizado sobre el que orbita la NBA, nació un reducto perenne a la destrucción a la que el paso del tiempo somete a proyectos y deportistas. Los Spurs han desafiado esa misma noción de caducidad haciendo de la evolución su bandera. Adaptándose al entorno, que diría la teoría evolutiva. Una y otra vez se han reinventado para dominar, pero siempre sobre una misma base y unos principios incuestionables.

Han pasado veinticinco años desde que Popovich regresara a San Antonio para cambiar la cultura de la NBA. Él y Buford son el ejemplo personificado de que la perpetuidad no implica inmovilismo. Ambos han mutado, fluyendo con el baloncesto en su propia metamorfosis kafkiana. Los anillos de los Spurs no han dado pie realmente a considerarles como una fuerza dominante en la historia, como sí pudieran ser los Lakers de Shaq y Kobe en aquellos 2000. De hecho, su éxito, independientemente de los anillos, se ha estirado tanto en el tiempo que es difícil acotar la influencia que han tenido en el baloncesto NBA dentro y fuera de la cancha. Los Spurs han ido un paso más allá, han edificado toda una cultura arraigada en San Antonio que ha echado raíces en la misma base de la NBA a través de la exportación de talento a otros equipos.

Son más de veinte años en la élite. Cinco anillos en tres décadas distintas. Un sinfín de entrenadores y general manager formados en la cuna de San Antonio, bajo el ala de Pops y Buford, que ahora vuelan solos implantando los valores de sus mentores. Y por supuesto que el proyecto de los Spurs comienza a dar síntomas de agotamiento estructurales, más allá de que haya vuelto a reinventarse una vez más esta temporada. Pero eso queda para otra noche de desvelo. Lo que nos interesa ahora es esa abstracta cultura Spurs de la que tanto hablamos, ese concepto etéreo que se ha instalado en el imaginario colectivo como un mantra, pero que rara vez nos llegamos a preguntar qué integra exactamente.

Así que allá vamos a responder qué es la cultura Spurs. ¿Cuál es su influencia en la NBA? ¿Por qué trasciende en el tiempo más allá del propio juego? ¿Por qué se ha propagado como un virus en la liga? ¿Cómo nace?

FORJANDO LA CULTURA SPURS

Para entender la figura de Popovich y, por ende, a los Spurs, tenemos que remontarnos a sus orígenes. Al menos a los deportivos. Gregg recibe su primer trabajo como entrenador a los treinta años en la universidad Pomona-Pitzer, de la División II de la NCAA. O lo que es lo mismo, empieza desde abajo. Muy abajo. Porque Pomona-Pitzer era uno de los colleges más prestigiosos académicamente hablando, pero en aquel entonces ni tan siquiera ofrecía becas deportivas a sus estudiantes. Nos podemos imaginar el nivel y la los quebraderos de cabeza que eso suponía para un entrenador.

Situémonos. Estamos ante un completo desconocido. Un entrenador joven y novato. En una universidad de un enorme prestigio académico pero sin ningún rastro de cultura deportiva… Y obviamente por aquel entonces Popovich, como tantos otros, se postulaba en el banquillo como un Bobby Knight en potencia. Contaba un ex jugador suyo de aquella etapa que cuando veía a Popovich (ya en la NBA) rojo de ira, desgañitándose como un energúmeno para vociferar a Tony Parker llegaba a compadecerse del entonces joven base pensando “tío… se cómo te sientes”.

Foto: Pomona College


Pero siendo francos… quién no imita a otros en sus inicios. En lo que sea. Nosotros mismos, como periodistas, nos forjamos a base de replicar ideas y estilos narrativos de quienes consideramos referentes antes de poder desarrollar nuestro estilo. Siempre existen esos modelos a seguir que van desapareciendo a medida que cada uno construye su propia carrera y gana el incalculable aprendizaje de la experiencia. Así se desarrolla la identidad. Y siempre quedará una cierta base de aquellos inicios, pero se va moldeando como un pedazo de arcilla.

Popovich en sus inicios (un inicio muy prolongado, todo sea dicho) era mucho más autoritario. Más solitario. Es un sesgo que mantuvo muy entrada su carrera en la NBA pero, a la par, fue la influencia de otras personas, especialmente la de Buford, la que fue desarrollando otro tipo de mentalidad e ideas en él. Igual que Knight pudo ser un referente en sus inicios, fue ese minúsculo entorno de trabajo, esas personas, las que influyeron decisivamente en su forma de entender el cargo.

Al igual que ese deje autoritario viene de las influencias de las que se nutría el joven Popovich, la edificación de una cultura deportiva tiene sus raíces en Pomona-Pitzer. Una etapa apenas documentada de su vida (Popovich rehusó hacer ninguna declaración a Jordan Ritter Conn cuando escribió su artículo para Grantland) que es la que nos ayuda a entender su mentalidad. Porque los primeros Spurs son un reflejo de su trabajo allí.

Como no podía ofrecer becas, la tarea de reclutar jugadores podía llegar a ser terriblemente frustrante. Así que Poppo tuvo que idear otro sistema para captar su interés. ¿Cúal? Endandilarlos. Hacerles ver que eran únicos. Cada temporada Popovich enviaba cientos de cartas manuscritas a cada jugador, todas ellas con una caligrafía impoluta. Cada carta personalizada, nunca había dos iguales. Y jamás eran misivas al uso. Pops hablaba a los chicos, como una conversación. Les preguntaba por sus intereses personales e intelectuales, por sus metas más allá del deporte… Hablaba de filosofía, de política, de sociedad… Y sobre todo les transmitía el reto intelectual que suponía aceptar su oferta y el futuro que tenían por delante yendo a ese college. Siempre fue franco, decían sus jugadores. Sabían que el programa deportivo no era el mejor y que en una universidad como Pomona no habría concesiones por ser deportistas. Lo que Popovich les ofrecía era un futuro, dentro o fuera del baloncesto, y la oportunidad de madurar en un entorno distinto.

Quizá nos recuerde, y con razón, a esas comidas que Popovich paga desde hace años a sus asistentes cuando juegan fuera de casa solo con el fin de compartir vida más allá del baloncesto. O a las interminables conversaciones con sus jugadores interesándose por otras culturas y tradiciones. Esos detalles son los que desarrollan una cultura.

De vuelta a aquellos años, a los que caían en sus redes les hacía un seguimiento como ninguno de ellos hubiera imaginado. Popovich hablaba por teléfono con sus chicos o con sus familias casi todas las semanas para preguntarles por sus estudios, para conocerles en profundidad o interesarse incluso por las más mundanas preocupaciones que puedan pasar por la cabeza de un adolescente a punto de dar un vuelco a su vida. Desde su más tierno inicio Popovich ya estaba construyendo una cultura de diálogo e integración. Y, sobre todo, una cultura casi hedonista, basada en los intereses y la felicidad más allá del deporte.

Por eso Popovich nunca buscó reclutar jugadores al uso, sino chavales con inquietudes y valores. ¿Nos vuelve a sonar, verdad? Pues en aquella época lo hacía solo. Sin recursos ni ayudas. Solo él y su voluntad. Por eso cabe comprender también por qué en ciertos momentos de su carrera a Popovich le ha costado tanto ceder el control o dar responsabilidades. No era tozudez, era simplemente su vida.

HISTORIA DE UN ROMANCE

Hablamos más de Popovich que de Buford en este inicio porque es él quien crea el proyecto. En 1988 llega a los Spurs para ser asistente de Larry Brown en el banquillo. Tras un breve paso por los Warriors tras la marcha de Brown, Gregg vuelve en 1994 para ser el General Manager de la franquicia texana. Esa es la fecha desde donde marcamos el inicio de la cultura Spurs. Aunque para eso hubo otro acontecimiento clave antes.

Un año antes (1993) Peter Holt compró la franquicia trayendo aire fresco a sus apolilladas oficinas. Para 1994 los Spurs estrenan su nuevo estadio, traen de vuelta al ídolo local Sean Elliot gracias al recién llegado Popovich y el equipo acaba con un balance de 62-20 gracias a un David Robinson MVP. Es justo ese mismo año, 1994, cuando los caminos de Pops y Buford se cruzan de nuevo. Ya en 1988 habían compartido banquillo como asistentes de Brown y su relación fue tan intensa que Popovich buscó cualquier puesto disponible para traer a su compañero.

Ambos habían entablado una estrecha amistad como rookies en la NBA. Ese lazo imposible de describir entre dos personas que comparten una misma experiencia e ilusión a la vez. Buford llegaba de nuevo en 1994 como scout y no fue hasta 1999 cuando fue promocionado a vicepresidente de operaciones deportivas y asistente del General Manager. Precisamente el mismo año que los Spurs consiguen su primer anillo. Precisamente, también, cuando Popovich ya había armado su equipo y asentado su filosofía y su credo en San Antonio tras un lustro como entrenador y GM.

Foto: Eric Gay, AP

Y fue precisamente ese año cuando Buford fue promocionado porque Pops era más consciente que nunca de la necesidad de delegar responsabilidades. Se acabaron aquellos vicios de entrenador universitario. La experiencia iba enseñando a Popovich a confiar en su entorno y la importancia capital que tienen las relaciones personales en la NBA. Aun así a Buford le costaría otros tres años ascender a General Manager (2002) porque, como ya sabemos, en la cocina de Popovich todo se cuece a fuego lento. Y repetimos: aquellos Spurs, ni los noventeros ni los de los 2000, son los mismos que los actuales, ni dentro ni fuera de la pista. En aquel entonces todas sus ideas estaban aún en pañales.

Ahora bien, ¿por qué Buford, más allá de una amistad? Sencillamente, porque fue quien más comulgó con su filosofía. Básicamente, era la suya propia. Ambos trabajaron sobre la misma base de ideas remando en la misma dirección. Y no quiere decir que no hubiera discrepancias (y más que hubo con el paso de los años, como las elecciones de Tony Parker o Kawhi Leonard sacrificando a George Hill, el ojito derecho de Popovich), pero la agudeza y la capacidad intelectual de Buford superaban con creces a las de cualquier otro. Y esa visión especial para detectar talento y sus años como scout es lo que terminaría de erigir el imperio de los Spurs, robando internacionales a manos llenas en el Draft. Algo que, sin duda alguna, Popovich jamás hubiera podido hacer en solitario.

Es en esos años en los que la cultura de los Spurs cambia. En los que Pops trabaja codo con codo con Buford y abre su círculo de confianza. Así hasta alcanzar la maestría entrada esta década en la que han logrado crear un entorno dinámico, de trabajo transversal y de desarrollo personal. Popovich aprende a confiar, se gana el respeto como maestro en los banquillos y gracias a Buford cambian las señas de identidad de la franquicia. A los cimientos de Popovich se sumará una máxima: apostar por la diversidad. Y ese giro lo traerían los extranjeros: Parker, Ginóbili, Scola, Beno Udrih o Leandro Barbosa, así como Splitter, Mills, Diaw, Belinelli…

Desde 1999 (año en que draftean a Manu) hasta 2009 (cuando eligen a De Colo), los Spurs draftearon a 15 jugadores internacionales y 8 americanos. Entre 2003 y 2007 solo escogieron a extranjeros (Barbosa en 2003, Karaulov, Sato y Udrih en 2004, Mahinmi en 2005, Markota en 2006 y Printezis y Splitter en 2007). Evidentemente no todos eran Parker ni Ginóbili, pero la apuesta fue meritoria en unos años en los que los extranjeros aún batallaban contra su propio estigma en la NBA.

Infografía Spurs 2014: ESPN

Esa obsesión de Buford por importar talento cambió la consideración de la liga hacia el producto internacional. Todo ello, por supuesto, con la connivencia absoluta de un Peter Holt que siempre se ha limitado a dirigir desde la sombra dando plenos poderes, protagonismo, libertad y confianza para trabajar. A día de hoy, de hecho, sería imposible entender esta segunda edad dorada de la NBA sin la aportación de los internacionales.

Así que mientras Popovich se echaba en brazos del darwinismo y desarrollaba sus dinámicas internas, Buford se encargaba de proveer talento constante. Con él y sus extranjeros llegó el aperturismo y convirtireron a San Antonio en la cuna de la cultura. Se creó un núcleo heterogéneo, diverso, con pluralidad de idiomas, de tradiciones, de formas de entender el baloncesto… Casi sin querer los Spurs estaban sentando cátedra y se habían convertido en una franquicia modelo dentro y fuera de la pista. Aún quedaba un mundo para ver aquellos Spurs de 2014, pero su modelo de trabajo empezaba a ser replicado por toda la liga.

En San Antonio se va construyendo un foro global, un ágora de ideas y personalidades. Y esa misma diversidad no solo se integra con los jugadores internacionales, sino que lo hace incorporando a profesionales de muy diversos ámbitos, creando un espacio único multicultural y multidisciplinar. Así se forma ese caldo de cultivo ideal del que han salido incontables entrenadores, jugadores y general manager que han ascendido en otras franquicias, llevándose consigo las enseñanzas y la filosofía Spur. Ese es el verdadero legado de Pops y Buford, el que se extiende como una pandemia por la NBA, un virus que ha infectado a toda la liga sin antídoto posible. No consiste en crear unos nuevos Spurs, sino en aprovechar las enseñanzas para desarrollar su propio estilo e identidad.

Quizá personalizamos esa cultura en dos nombres – tres si contamos a Tim Duncan, claro – pero es el trabajo unido de cientos de personas que aportaron su granito de arena. Y, sobre todo, se debe gracias a tres virtudes que han ido de la mano de todos aquellos que han exportado esa cultura: escuchar, tener la mente abierta y saber adaptarse y cambiar.

LOS SPURS, EN DATOS

Hace casi un año dediqué en el podcast de Outsiders NBA un programa a hablar sobre los herederos de Pops y Buford. Es precisamente la parte que no he analizado en este artículo, por aquello de preservar la originalidad de cada trabajo. También queda pendiente, como dije, analizar las debilidades que acusan los Spurs en estos últimos años.

En cualquier caso, como una última nota al margen y para terminar de comprender no solo cómo nace o qué es esa difusa concepción de la cultura Spurs, sino para entender por qué se expande por la liga como ese virus sin vacuna, voy a recuperar algunos de los datos que preparé para ese programa:

  • Actualmente hay 6 General Manager con pasado Spurs en la NBA y otros seis que lo fueron en su momento.
  • Nueve entrenadores actuales tienen pasado Spurs y al menos otros quince son actualmente entrenadores asistentes o son técnicos que ya no están en activo.*


*Thibs es la única anomalía, pues acaba de ser despedido y no está en ninguna categoría analizada.

  • Al menos trece jugadores que han jugado para Popovich ejercen ahora de entrenadores o directivos.
  • Y el manto se extiende si comenzamos a mirar otros GM o entrenadores que salen de ser asistentes de otros con pasado en los Spurs que emigraron a otros equipos. Por ejemplo, Quin Snyder (asistente de Brown en los Lakers y de Budenholzer en los Hawks) o Lloyd Pierce (asistente de Brett Brown en los Sixers). Así podemos contar hasta seis en la actualidad.
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Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

nachoanayac2@gmail.com'

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Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Reflejos

Redención en púrpura y oro

A Magic Johnson aún le quedaba una última bala. La amarga derrota contra los Rockets el año anterior había puesto en jaque un proyecto que parecía acercarse a su fin.

juanluis_num7@hotmail.com'

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El planeta basket aguardaba ansioso la anticipada revancha entre los grandes rivales de toda una era, un choque entre dos potencias baloncestísticas que se extendía a confrontación entre dos ciudades cultural y climatológicamente antagónicas. Los Lakers del Showtime se impusieron en la última batalla por el anillo el 9 de junio de 1985, con Kareem Abdul-Jabbar dominando el sexto partido en el Boston Garden a sus 38 primaveras, y los Celtics de Larry Bird rumiaron su venganza durante todo el periodo estival y fueron plantando semillas de cara a su materialización. Con 67 arrolladoras victorias durante la temporada regular (MVP incluido para el Pájaro) y apenas una derrota en las eliminatorias de playoffs en la Conferencia Este, los Orgullosos Verdes aseguraron su plaza en la final de 1986.

Pero los otros invitados acabarían por no presentarse a la cita.

El colosal Hakeem Olajuwon (31 puntos, 11.2 rebotes, 4 tapones y 2.2 robos de balón como promedios en la serie) y Ralph Sampson (20.4 puntos, 8.8 rebotes y 2.2 tapones) dominaron la final de la Conferencia Oeste ante unos Lakers que cayeron con estrépito tras imponerse en el primer duelo: las 16.2 asistencias por partido firmadas por Magic Johnson no evitarían 4 derrotas consecutivas de los angelinos. Y la penitencia en Hollywood consistiría en presenciar por televisión la victoria de sus archienemigos.

Así pues, la temporada 1986/87 comenzaba con muchos interrogantes a despejar para el imperio púrpura y oro, y la derrota en el partido inaugural de nuevo ante los Rockets (112-102) distaba mucho de ser la mejor manera de arrancar. Pero las dudas del grupo comandado por Riley murieron junto a aquellos primeros 48 minutos, que dieron inicio a una racha de 9 victorias consecutivas. Kareem Abdul-Jabbar resultaría capital (14 puntos en el último cuarto) para acabar con imbatibilidad casera de unos Celtics que sumaban 48 duelos invictos en su guarida del Boston Garden, y, ante los problemas oculares del veterano gigante (inflamación de la córnea de su ojo derecho), Magic asumió el mando anotador de la tropa con 38 puntos en Houston o 46 ante los Sacramento Kings.

Tres representantes en el All Star Game (Jabbar, Johnson y Worthy), Kareem alcanzando los 36.000 puntos totales en el Chicago Stadium, 4 triples-dobles consecutivos con la firma de Earving en otra arrolladora racha de 11 victorias, el primer y único triple anotado por el gigante neoyorquino en toda su carrera (en Phoenix)… Las 65 victorias abrochaban una temporada regular para el recuerdo. Pero la prueba definitiva llegaría, como siempre, en el tránsito por la jungla de los playoffs.

Los Denver Nuggets de Doug Moe y su apuesta fanática por el baloncesto ofensivo no generarían problemas reales a los Lakers, con Worthy dominando a Alex English, y los Golden State Warriors de George Karl únicamente serían capaces de infringirles una derrota en la 2ª ronda, gracias a la colosal actuación de Sleepy Floyd (51 puntos en el 4º partido de la serie, 29 de ellos en el último cuarto). Las primeras dificultades serias aparecerían en la final de la Conferencia Oeste, con los Seattle Supersonics desafiando a los angelinos.

Que el aplastante resultado de la serie (4-0 para los Lakers) no nos lleve a equívocos: el trío formado por Xavier McDaniel, Tom Chambers y el tirador Dale Ellis planteó una dura resistencia a la tropa de Riley hasta venirse abajo en el cuarto partido. En el tercero fue necesario un milagroso tapón de Michael Cooper a un triple de Ellis para ganar in extremis (122-121), y James Worthy sometió a los Sonics ejerciendo de martillo pilón de la ofensiva californiana durante toda la final de conferencia (30.5 puntos de promedio, con un excelente 59.8% de acierto en sus tiros de campo).

Y así, con una única derrota en su aventura por el Salvaje Oeste, llegaba la hora de la redención. Con la némesis verde fiel a la cita.

Los Lakers jamás cedieron el control de la final (2-0 de inicio, 3-1 tras una emocionante cuarta velada resuelta por un mísero punto con los visitantes remontando hasta 16 de desventaja en el Boston Garden) y sentenciaron a los de Larry Bird en el sexto gracias a un extraordinario ejercicio defensivo (apenas 93 puntos anotados por el equipo de Boston) a mayor gloria de un bloque más conocido por su vertiente lúdica y de ataque en transición. La multitudinaria pelea desatada durante el igualado cuarto partido, con el trío arbitral separando a los contendientes para impedir que la cosa fuera a mayores tras el puñetazo de Worthy a un batallador Greg Kite, en respuesta a una dura falta ejecutada a la limón entre Dennis Johnson y el pívot procedente de la universidad de Brigham Young en pleno contraataque visitante, fue el único borrón de una cita para el recuerdo.

“Jugué en los Lakers del año 72, pero éste es el mejor equipo de la historia de la franquicia porque tiene corazón, a Magic y a Kareem”.

Pat RILEY

Y un magnífico Magic (26.2 puntos, 8 rebotes, 13 asistencias y 2.3 robos de balón, MVP de la final) se impuso en este capítulo de su eterno duelo con el Pájaro (24.2 puntos, 10 rebotes, 5.5 asistencias y 1.2 tapones como promedios para el de French Lick en la final), gracias a la ayuda de Worthy (33 puntos en el primer partido) y del eterno Jabbar (21.7 puntos y 2.5 tapones en la final, rozando ya los 40).

Las palabras de Pat Riley que sirven como broche de oro (y púrpura) a un equipo que culminó su redención como parte del camino hacia la leyenda.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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