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Reflejos

El virus S, de Spurs

La cultura de los Spurs se ha extendido como una pandemia por toda la NBA.

acarretero@skyhook.es'

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14 de enero de 2019. Tony Parker pisa el AT&T Center por primera vez… Sin vestir el uniforme de los Spurs. En su regreso a San Antonio le habían preparado una emotiva sorpresa. Toda su familia viajó desde Francia para verle volver a casa. Porque sí, quizá Francia sigue siendo su patria, pero San Antonio es su hogar. Como lo es para Timmy y Manu. O para el del retirado Almirante, quien engulló a Parker entre sus musculosos brazos en uno de sus terroríficos abrazos de oso – que te pueden dejar sin columna vertebral – hasta hacerlo desaparecer. Todos ellos se han afincado en un lugar en el que seguramente nunca se habrían planteado vivir de no ser por el baloncesto. Una ciudad que ha llegado a acogerles como hijos adoptivos.

Cuántas veces nos habremos preguntado qué demonios tendrá San Antonio para encandilar así a los jugadores. Lo más curioso es que esa mística parece ejercer incluso un hechizo especial en los extranjeros más que en los propios americanos. Y todo ello es gracias a un equipo que, en gran medida, ha ayudado a cambiar la propia cultura de una ciudad. Sus valores como organización, su credo y sus principios han calado en lo más hondo de una población que contempla con respeto reverencial a su equipo de baloncesto.

Los Spurs han cambiado la historia. Quizá hablemos de la era de LeBron o de los Warriors, pero a la par coexiste una dinastía de entrenadores y General Managers que pertenece a Popovich y Buford. La cultura Spur es la matriz donde se ha gestado esta segunda edad dorada de la NBA. Y obviamente no todos tienen que aplicar su sistema de juego a pies juntillas (no hay más que ver a los Bucks de Budenholzer renegando del pase para explotar la versión más salvaje de Antetokounmpo), pero todos llevan consigo unos valores y una metodología de trabajo que trasciende más allá del estilo de juego en sí mismo.

DESAFIANDO LA LÓGICA DEL DEPORTE

La NBA es una finita sucesión de dominios cambiantes en la historia. Algunos ejercidos con mano de hierro – la de Auerbach y su brazo ejecutor Bill Russell, o los noventa de Jordan – y otros tan efímeros como una página de un buen libro. Dejan huella, sí, pero saben a poco.

El caso es que la historia de la liga se fundamenta no solo en el actual star system, sino en esas dinastías y hegemonías que encadenan las etapas y marcan la evolución del juego. Detenernos en su cronología, por breve que fuese, podría ocupar las páginas de un artículo entero. El baloncesto y, más concretamente, la NBA, está sujeto a la idea de la regeneración perpetua, a ese cambio de ciclo constante como una parte más de la competición. Es su ADN, su misma esencia. La NBA no sería la NBA sin su condición de mutante.

De hecho es la propia lógica del deporte la que implica esa caducidad. Está sujeto a la juventud, a los resultados, al rendimiento o a cualquier factor que escape de la mano de cualquier jugador o un entrenador. Los cuerpos se marchitan, las ideas perecen. Cuatro años de contrato son un mundo en el deporte, pero un suspiro en la vida. Ningún atleta puede quitarse de encima la sensación de inmediatez. Son nómadas volando a través de sus carreras profesionales, conscientes de que su inminente final pueda estar a la vuelta de cualquier rebote.

Foto: Pomona College

Pero en medio de esa marisma de nombres y récords anclados ya en la historia, en mitad del caos organizado sobre el que orbita la NBA, nació un reducto perenne a la destrucción a la que el paso del tiempo somete a proyectos y deportistas. Los Spurs han desafiado esa misma noción de caducidad haciendo de la evolución su bandera. Adaptándose al entorno, que diría la teoría evolutiva. Una y otra vez se han reinventado para dominar, pero siempre sobre una misma base y unos principios incuestionables.

Han pasado veinticinco años desde que Popovich regresara a San Antonio para cambiar la cultura de la NBA. Él y Buford son el ejemplo personificado de que la perpetuidad no implica inmovilismo. Ambos han mutado, fluyendo con el baloncesto en su propia metamorfosis kafkiana. Los anillos de los Spurs no han dado pie realmente a considerarles como una fuerza dominante en la historia, como sí pudieran ser los Lakers de Shaq y Kobe en aquellos 2000. De hecho, su éxito, independientemente de los anillos, se ha estirado tanto en el tiempo que es difícil acotar la influencia que han tenido en el baloncesto NBA dentro y fuera de la cancha. Los Spurs han ido un paso más allá, han edificado toda una cultura arraigada en San Antonio que ha echado raíces en la misma base de la NBA a través de la exportación de talento a otros equipos.

Son más de veinte años en la élite. Cinco anillos en tres décadas distintas. Un sinfín de entrenadores y general manager formados en la cuna de San Antonio, bajo el ala de Pops y Buford, que ahora vuelan solos implantando los valores de sus mentores. Y por supuesto que el proyecto de los Spurs comienza a dar síntomas de agotamiento estructurales, más allá de que haya vuelto a reinventarse una vez más esta temporada. Pero eso queda para otra noche de desvelo. Lo que nos interesa ahora es esa abstracta cultura Spurs de la que tanto hablamos, ese concepto etéreo que se ha instalado en el imaginario colectivo como un mantra, pero que rara vez nos llegamos a preguntar qué integra exactamente.

Así que allá vamos a responder qué es la cultura Spurs. ¿Cuál es su influencia en la NBA? ¿Por qué trasciende en el tiempo más allá del propio juego? ¿Por qué se ha propagado como un virus en la liga? ¿Cómo nace?

FORJANDO LA CULTURA SPURS

Para entender la figura de Popovich y, por ende, a los Spurs, tenemos que remontarnos a sus orígenes. Al menos a los deportivos. Gregg recibe su primer trabajo como entrenador a los treinta años en la universidad Pomona-Pitzer, de la División II de la NCAA. O lo que es lo mismo, empieza desde abajo. Muy abajo. Porque Pomona-Pitzer era uno de los colleges más prestigiosos académicamente hablando, pero en aquel entonces ni tan siquiera ofrecía becas deportivas a sus estudiantes. Nos podemos imaginar el nivel y la los quebraderos de cabeza que eso suponía para un entrenador.

Situémonos. Estamos ante un completo desconocido. Un entrenador joven y novato. En una universidad de un enorme prestigio académico pero sin ningún rastro de cultura deportiva… Y obviamente por aquel entonces Popovich, como tantos otros, se postulaba en el banquillo como un Bobby Knight en potencia. Contaba un ex jugador suyo de aquella etapa que cuando veía a Popovich (ya en la NBA) rojo de ira, desgañitándose como un energúmeno para vociferar a Tony Parker llegaba a compadecerse del entonces joven base pensando “tío… se cómo te sientes”.

Foto: Pomona College


Pero siendo francos… quién no imita a otros en sus inicios. En lo que sea. Nosotros mismos, como periodistas, nos forjamos a base de replicar ideas y estilos narrativos de quienes consideramos referentes antes de poder desarrollar nuestro estilo. Siempre existen esos modelos a seguir que van desapareciendo a medida que cada uno construye su propia carrera y gana el incalculable aprendizaje de la experiencia. Así se desarrolla la identidad. Y siempre quedará una cierta base de aquellos inicios, pero se va moldeando como un pedazo de arcilla.

Popovich en sus inicios (un inicio muy prolongado, todo sea dicho) era mucho más autoritario. Más solitario. Es un sesgo que mantuvo muy entrada su carrera en la NBA pero, a la par, fue la influencia de otras personas, especialmente la de Buford, la que fue desarrollando otro tipo de mentalidad e ideas en él. Igual que Knight pudo ser un referente en sus inicios, fue ese minúsculo entorno de trabajo, esas personas, las que influyeron decisivamente en su forma de entender el cargo.

Al igual que ese deje autoritario viene de las influencias de las que se nutría el joven Popovich, la edificación de una cultura deportiva tiene sus raíces en Pomona-Pitzer. Una etapa apenas documentada de su vida (Popovich rehusó hacer ninguna declaración a Jordan Ritter Conn cuando escribió su artículo para Grantland) que es la que nos ayuda a entender su mentalidad. Porque los primeros Spurs son un reflejo de su trabajo allí.

Como no podía ofrecer becas, la tarea de reclutar jugadores podía llegar a ser terriblemente frustrante. Así que Poppo tuvo que idear otro sistema para captar su interés. ¿Cúal? Endandilarlos. Hacerles ver que eran únicos. Cada temporada Popovich enviaba cientos de cartas manuscritas a cada jugador, todas ellas con una caligrafía impoluta. Cada carta personalizada, nunca había dos iguales. Y jamás eran misivas al uso. Pops hablaba a los chicos, como una conversación. Les preguntaba por sus intereses personales e intelectuales, por sus metas más allá del deporte… Hablaba de filosofía, de política, de sociedad… Y sobre todo les transmitía el reto intelectual que suponía aceptar su oferta y el futuro que tenían por delante yendo a ese college. Siempre fue franco, decían sus jugadores. Sabían que el programa deportivo no era el mejor y que en una universidad como Pomona no habría concesiones por ser deportistas. Lo que Popovich les ofrecía era un futuro, dentro o fuera del baloncesto, y la oportunidad de madurar en un entorno distinto.

Quizá nos recuerde, y con razón, a esas comidas que Popovich paga desde hace años a sus asistentes cuando juegan fuera de casa solo con el fin de compartir vida más allá del baloncesto. O a las interminables conversaciones con sus jugadores interesándose por otras culturas y tradiciones. Esos detalles son los que desarrollan una cultura.

De vuelta a aquellos años, a los que caían en sus redes les hacía un seguimiento como ninguno de ellos hubiera imaginado. Popovich hablaba por teléfono con sus chicos o con sus familias casi todas las semanas para preguntarles por sus estudios, para conocerles en profundidad o interesarse incluso por las más mundanas preocupaciones que puedan pasar por la cabeza de un adolescente a punto de dar un vuelco a su vida. Desde su más tierno inicio Popovich ya estaba construyendo una cultura de diálogo e integración. Y, sobre todo, una cultura casi hedonista, basada en los intereses y la felicidad más allá del deporte.

Por eso Popovich nunca buscó reclutar jugadores al uso, sino chavales con inquietudes y valores. ¿Nos vuelve a sonar, verdad? Pues en aquella época lo hacía solo. Sin recursos ni ayudas. Solo él y su voluntad. Por eso cabe comprender también por qué en ciertos momentos de su carrera a Popovich le ha costado tanto ceder el control o dar responsabilidades. No era tozudez, era simplemente su vida.

HISTORIA DE UN ROMANCE

Hablamos más de Popovich que de Buford en este inicio porque es él quien crea el proyecto. En 1988 llega a los Spurs para ser asistente de Larry Brown en el banquillo. Tras un breve paso por los Warriors tras la marcha de Brown, Gregg vuelve en 1994 para ser el General Manager de la franquicia texana. Esa es la fecha desde donde marcamos el inicio de la cultura Spurs. Aunque para eso hubo otro acontecimiento clave antes.

Un año antes (1993) Peter Holt compró la franquicia trayendo aire fresco a sus apolilladas oficinas. Para 1994 los Spurs estrenan su nuevo estadio, traen de vuelta al ídolo local Sean Elliot gracias al recién llegado Popovich y el equipo acaba con un balance de 62-20 gracias a un David Robinson MVP. Es justo ese mismo año, 1994, cuando los caminos de Pops y Buford se cruzan de nuevo. Ya en 1988 habían compartido banquillo como asistentes de Brown y su relación fue tan intensa que Popovich buscó cualquier puesto disponible para traer a su compañero.

Ambos habían entablado una estrecha amistad como rookies en la NBA. Ese lazo imposible de describir entre dos personas que comparten una misma experiencia e ilusión a la vez. Buford llegaba de nuevo en 1994 como scout y no fue hasta 1999 cuando fue promocionado a vicepresidente de operaciones deportivas y asistente del General Manager. Precisamente el mismo año que los Spurs consiguen su primer anillo. Precisamente, también, cuando Popovich ya había armado su equipo y asentado su filosofía y su credo en San Antonio tras un lustro como entrenador y GM.

Foto: Eric Gay, AP

Y fue precisamente ese año cuando Buford fue promocionado porque Pops era más consciente que nunca de la necesidad de delegar responsabilidades. Se acabaron aquellos vicios de entrenador universitario. La experiencia iba enseñando a Popovich a confiar en su entorno y la importancia capital que tienen las relaciones personales en la NBA. Aun así a Buford le costaría otros tres años ascender a General Manager (2002) porque, como ya sabemos, en la cocina de Popovich todo se cuece a fuego lento. Y repetimos: aquellos Spurs, ni los noventeros ni los de los 2000, son los mismos que los actuales, ni dentro ni fuera de la pista. En aquel entonces todas sus ideas estaban aún en pañales.

Ahora bien, ¿por qué Buford, más allá de una amistad? Sencillamente, porque fue quien más comulgó con su filosofía. Básicamente, era la suya propia. Ambos trabajaron sobre la misma base de ideas remando en la misma dirección. Y no quiere decir que no hubiera discrepancias (y más que hubo con el paso de los años, como las elecciones de Tony Parker o Kawhi Leonard sacrificando a George Hill, el ojito derecho de Popovich), pero la agudeza y la capacidad intelectual de Buford superaban con creces a las de cualquier otro. Y esa visión especial para detectar talento y sus años como scout es lo que terminaría de erigir el imperio de los Spurs, robando internacionales a manos llenas en el Draft. Algo que, sin duda alguna, Popovich jamás hubiera podido hacer en solitario.

Es en esos años en los que la cultura de los Spurs cambia. En los que Pops trabaja codo con codo con Buford y abre su círculo de confianza. Así hasta alcanzar la maestría entrada esta década en la que han logrado crear un entorno dinámico, de trabajo transversal y de desarrollo personal. Popovich aprende a confiar, se gana el respeto como maestro en los banquillos y gracias a Buford cambian las señas de identidad de la franquicia. A los cimientos de Popovich se sumará una máxima: apostar por la diversidad. Y ese giro lo traerían los extranjeros: Parker, Ginóbili, Scola, Beno Udrih o Leandro Barbosa, así como Splitter, Mills, Diaw, Belinelli…

Desde 1999 (año en que draftean a Manu) hasta 2009 (cuando eligen a De Colo), los Spurs draftearon a 15 jugadores internacionales y 8 americanos. Entre 2003 y 2007 solo escogieron a extranjeros (Barbosa en 2003, Karaulov, Sato y Udrih en 2004, Mahinmi en 2005, Markota en 2006 y Printezis y Splitter en 2007). Evidentemente no todos eran Parker ni Ginóbili, pero la apuesta fue meritoria en unos años en los que los extranjeros aún batallaban contra su propio estigma en la NBA.

Infografía Spurs 2014: ESPN

Esa obsesión de Buford por importar talento cambió la consideración de la liga hacia el producto internacional. Todo ello, por supuesto, con la connivencia absoluta de un Peter Holt que siempre se ha limitado a dirigir desde la sombra dando plenos poderes, protagonismo, libertad y confianza para trabajar. A día de hoy, de hecho, sería imposible entender esta segunda edad dorada de la NBA sin la aportación de los internacionales.

Así que mientras Popovich se echaba en brazos del darwinismo y desarrollaba sus dinámicas internas, Buford se encargaba de proveer talento constante. Con él y sus extranjeros llegó el aperturismo y convirtireron a San Antonio en la cuna de la cultura. Se creó un núcleo heterogéneo, diverso, con pluralidad de idiomas, de tradiciones, de formas de entender el baloncesto… Casi sin querer los Spurs estaban sentando cátedra y se habían convertido en una franquicia modelo dentro y fuera de la pista. Aún quedaba un mundo para ver aquellos Spurs de 2014, pero su modelo de trabajo empezaba a ser replicado por toda la liga.

En San Antonio se va construyendo un foro global, un ágora de ideas y personalidades. Y esa misma diversidad no solo se integra con los jugadores internacionales, sino que lo hace incorporando a profesionales de muy diversos ámbitos, creando un espacio único multicultural y multidisciplinar. Así se forma ese caldo de cultivo ideal del que han salido incontables entrenadores, jugadores y general manager que han ascendido en otras franquicias, llevándose consigo las enseñanzas y la filosofía Spur. Ese es el verdadero legado de Pops y Buford, el que se extiende como una pandemia por la NBA, un virus que ha infectado a toda la liga sin antídoto posible. No consiste en crear unos nuevos Spurs, sino en aprovechar las enseñanzas para desarrollar su propio estilo e identidad.

Quizá personalizamos esa cultura en dos nombres – tres si contamos a Tim Duncan, claro – pero es el trabajo unido de cientos de personas que aportaron su granito de arena. Y, sobre todo, se debe gracias a tres virtudes que han ido de la mano de todos aquellos que han exportado esa cultura: escuchar, tener la mente abierta y saber adaptarse y cambiar.

LOS SPURS, EN DATOS

Hace casi un año dediqué en el podcast de Outsiders NBA un programa a hablar sobre los herederos de Pops y Buford. Es precisamente la parte que no he analizado en este artículo, por aquello de preservar la originalidad de cada trabajo. También queda pendiente, como dije, analizar las debilidades que acusan los Spurs en estos últimos años.

En cualquier caso, como una última nota al margen y para terminar de comprender no solo cómo nace o qué es esa difusa concepción de la cultura Spurs, sino para entender por qué se expande por la liga como ese virus sin vacuna, voy a recuperar algunos de los datos que preparé para ese programa:

  • Actualmente hay 6 General Manager con pasado Spurs en la NBA y otros seis que lo fueron en su momento.
  • Nueve entrenadores actuales tienen pasado Spurs y al menos otros quince son actualmente entrenadores asistentes o son técnicos que ya no están en activo.*


*Thibs es la única anomalía, pues acaba de ser despedido y no está en ninguna categoría analizada.

  • Al menos trece jugadores que han jugado para Popovich ejercen ahora de entrenadores o directivos.
  • Y el manto se extiende si comenzamos a mirar otros GM o entrenadores que salen de ser asistentes de otros con pasado en los Spurs que emigraron a otros equipos. Por ejemplo, Quin Snyder (asistente de Brown en los Lakers y de Budenholzer en los Hawks) o Lloyd Pierce (asistente de Brett Brown en los Sixers). Así podemos contar hasta seis en la actualidad.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero con el mítico pívot, nada era nunca sencillo.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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SKYHOOK #16

 

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