Thibodeau, Butler y los Timberbulls: Historia de un proyecto fallido.

Cuando llegó a los Bulls, Tom Thibodeau nunca había sido el primer entrenador de un equipo NBA. Pero catalogarle como “entrenador sin experiencia” era un error tan grande como pasar un bloqueo por detrás a Ray Allen. Su trayectoria en los banquillos había nacido 30 años atrás. Con 23 años dejó su puesto de jugador, tras haber conseguido meter a la modestísima Salem State en el torneo de la División III de la NCAA durante dos años.

Pero Thibs no se fue muy lejos y pasó del parqué a los banquillos (como asistente) de su mismo college. Lo debió hacer bien, porque en la 84-85, con 25 años, le dieron la oportunidad de ser el primer entrenador de su ‘alma máter’. Solo duró un año, ya que se embarcó como asistente en Harvard (División I).

En el 89 dio el salto a la NBA, donde nunca le ha faltado un hueco. Pasó por los Wolves, Sonics, Spurs y Sixers y comenzó a coger fama en los Knicks como ayudante de Jeff Van Gundy. Fue el principal ideólogo defensivo de los neoyorkinos. Concretamente, del último gran equipo de Nueva York (el que llegó a las Finales del 99) que destacaba, precisamente, por su defensa.

Thibs acompañó a Van Gundy a los Rockets y en 2007 se fue a Nueva Inglaterra, donde fue uno de los fichajes más importantes para el anillo de los Celtics. Además del Big Three de Pierce, Allen y Garnett, de Rondo, Posey y Perkins, además de ‘Doc’ Rivers… estaba Thibodeau. El cerebro de la excelente defensa céltica. Tras haber conseguido notoriedad con los Knicks en los Celtics fue consagrado como un gurú defensivo. Como uno de los mayores expertos en negar la canasta al rival de toda la NBA.

Y en él pensaron los Bulls para dar un salto adelante en su primer proyecto con opciones de conseguir algo desde la retirada de Michael Jordan.

Derrick Rose: creando un MVP

Thibodeau se sentaba por primera vez en como técnico jefe en un banquillo en la NBA en el año 2010. Pero como habéis podido comprobar, no era un primerizo y sí lo que necesitaban los Bulls para asaltar ese escalón que se les había escapado con Del Negro. Con Thibodeau en el banquillo y Derrick Rose, Bogans, Deng, Boozer (o Gibson) y Noah (o Kurt Thomas) y Brewer y Korver en la pista, los Bulls alcanzaron el siguiente nivel.

Eran un equipo ‘corto’, en el que los suplentes estaban para apenas dar un descanso a los titulares. Cuando recuperaban el resuello, de nuevo a la cancha. Thibs dejó claro desde su primera temporada que iba a exprimir a sus mejores hombres. Que iba a aprovechar todo lo que llevasen dentro. Y con esa rotación tan escasa, de 8-9 jugadores llevó a los Bulls a un sensacional balance de 62-20, a Derrick Rose a convertirse en el MVP más joven de la historia y a él mismo, a Thomas Joseph Thibodeau Jr. a ser nombrado ‘Coach of the Year’. Todo a la primera. Los Playoffs de los Bulls fueron sensacionales. Eliminaron a Indiana y a Atlanta y solo los Heat del ‘Big Three’ pudieron con ellos.

Foto: NBA.com

En la 11-12 lo que acabó con la temporada de los de Illinois fue la lesión de Rose en el primer partido de los Playoffs ante los Sixers. Quizás por eso en la 2012-2013 Thibs abrió la mano y usó a 9 jugadores más de 20 minutos por partido. Noah y Deng fueron los más utilizados. También en la 2013-2014. Pero sin Rose, los Bulls ‘solo’ eran un buen equipo. Correosos, difíciles de ganar, pero al fin y al cabo no inmortales. En la 12-13 cayeron ante Miami en las semifinales de Conferencia y en la 13-14, a las primeras de cambio contra los Wizards.

Jimmy Butler fue cogiendo cada vez más minutos. Parecía el prototipo de jugador para Thibodeau. Físico, disciplinado sobre la cancha, abnegado, generoso, solidario… un trabajador con un talento que Thibs fue el primero en pulir. En la 14-15 era ya el líder de un equipo en el que Derrick Rose jugó algo más de media temporada y en la que Pau Gasol volvió a brillar individualmente.

Sí acabaron la temporada regular con un 50-32 que debería haberles dado algo más de favoritismo. Y sí, llenaban el United Center noche tras noche. Pero el Este era el terreno de LeBron James y de sus Cavs, que fueron los que les eliminaron en seis partidos en semis. Los últimos seis de Thibs con los Bulls.

“Cuando todos (jugadores, entrenadores, dirigentes y propietario) están en la misma página, se desarrolla una confianza y los equipos crecen y triunfan juntos. Desafortunadamente, ha habido un cambio en esta cultura”.

Taj Gibson

Así justificaban los Bulls el despido de Thibodeau. Aunque el fin del proyecto había llegado bastante antes, con la primera gran lesión de Derrick Rose.

Si el final de Thibodeau con los Bulls tiene una fecha bastante anterior que su despido efectivo, lo mismo podría decirse de su estancia en los Minnesota Timberwolves. Y es el de un viejo conocido que él mismo, Thibs, intentó fichar por todos los medios: Jimmy Butler. Pero vayamos paso a paso.

Nueva etapa: los timberbulls

En abril de 2016, los Minnesota Timberwolves anunciaban que habían contratado a Tom Thibodeau. No solo como entrenador, sino también como presidente de operaciones. Quizás éste fue el primer error. En los últimos años no ha habido un solo caso de dualidad de funciones (una misma persona encargada de fichar y encargada de entrenar al mismo tiempo) que haya salido bien. Ha fallado en mayor o menor medida en los Clippers, con Doc Rivers (que dejó el cargo de presidente hace un par de años y ha vuelto a centrarse en los banquillos, aunque siga manteniendo ciertas responsabilidades en los despachos) y ha fallado en gran medida en Detroit (Stan Van Gundy fue despedido de sus dos cargos en 2018 tras cuatro años y cero victorias en playoffs).

Una de las primeras decisiones de Thibodeau como responsable de los Wolves fue en el Draft de 2016. Con la quinta elección llegaba Kris Dunn. Towns, Wiggins y Lavine fueron los tres tenores en la cancha. Ricky dirigía el sistema de Thibs (el sexto más lento de la NBA) y Gorgui Dieng jugaba de cuatro. Muhammad, Dunn, Jones, Rush o Bjelica eran los jugadores que salían desde el banquillo. Cuando salían. Las cosas no fueron bien en esta primera campaña. Los Wolves eran el cuarto equipo con peor defensa de toda la NBA (112 puntos recibidos por cada 100 posesiones) y aunque su ataque sí era efectivo (Top 10 de la NBA), el juego lento y las derrotas hacían que el Target Center fuera la segunda cancha menos visitada de la NBA. Ni los números ni el juego le daban la razón a Thibodeau.

¿La solución? Cambiar. Solo dos fichas eran intocables: Towns y Wiggins. Thibs quería a un jugador fiable. Capaz de defender. Con la experiencia necesaria pero sin ser un abuelo. El elegido fue Jimmy Butler. El precio, Dunn, Lavine y el número 7 del Draft: el interior con alma de alero Lauri Markkanen.

Visto que Ricky Rubio no era el base ideal para su proyecto, Thibs lo envió a Utah a cambio de la primera ronda de 2018 de los Thunder (empleada para seleccionar en la vigésima posición a Josh Okogie) y fichó a un base teóricamente más fiable en ambos lados de la pista: Jeff Teague. Para esa temporada, además de reclutar a un ex de los Bulls como Jimmy Butler, Thibs se hizo con Taj Gibson y a mitad de año intentó (y como se ha visto en esta 2018-2019, lo consiguió) recuperar a Derrick Rose para el baloncesto profesional.

Los Timberbulls habían llegado. Con todas las caras nuevas, los Wolves fueron mucho mejores en una de las dos facetas. No en la defensiva (de nuevo el cuarto peor equipo de la Liga). Sorprendentemente para un equipo de Thibodeau, los Wolves fueron muy efectivos en el campo contrario. Con 113,4 puntos por cada 100 ataques, los de Minneapolis acabaron la 2017-2018 como el cuarto mejor equipo de la Liga. Eso sí, jugaban lento.

Butler, Towns y Wiggins formaron un Big-Three que no acabó de casar. Los dos más jóvenes no tenían (según ha ido apareciendo puntualmente en la prensa) toda la ética de trabajo necesaria para triunfar a gran escala. Y el de más edad, nunca se ha cortado a la hora de recriminar a los demás.

La temporada no fue mala. Más bien al contrario. Pero en el duro Oeste y con las expectativas puestas a principio de la temporada, quedó un sabor nada dulce. Los Wolves terminaron con un balance de 45-37. Es decir, un buen balance. Y se metieron en playoffs. Es decir, el objetivo. Pero lo hicieron de una manera agónica. En la prórroga del partido número 82 ante los Nuggets, con los que se jugaban la octava plaza de la conferencia. Con Jimmy Butler forzando el periodo extra. Y con el ex de Marquette anotando 7 de los 11 puntos de los Wolves en la prórroga. A los Wolves les dio para colarse en los Playoffs, pero no para vencer a los Rockets, que se impusieron 4-1.

Septiembre de 2018: la caída

Todo parecía indicar que el verano de 2018 sería para reforzarse, para dar alguna puntada, para mejorar un poco lo ya existente, para seguir consolidando los Timberbulls con el fichaje de Deng y los rumores de llegada (nunca concretados) de Joakim Noah. Pero entonces llegó el bombazo. El 19 de septiembre, The Athletic publicaba una noticia que pillaba a todo el mundo a contrapié. Jimmy Butler quería salir de Minnesota. Había pedido el traspaso a uno de estos tres equipos: Clippers, Nets y Knicks.

Solo una temporada después de haber conseguido su fichaje, Thibodeau veía cómo el jugador en el que quería basar su proyecto quería marcharse. Y no a un equipo mejor. Quería liderar el resurgir de los equipos de Los Ángeles y Nueva York.

Lo primero que hizo Thibodeau fue negar la mayor. Rechazar cualquier tipo de negociación. Cuando directivos de los otros equipos de la NBA se pusieron en contacto con los Wolves para tratar el traspaso, Thibs les colgó el teléfono. “No está en el mercado”, era la respuesta.

Esto no hizo sino radicalizar el deseo de marcharse de Butler. En las siguientes semanas el movimiento fue nulo. Butler perdía valor de mercado minuto a minuto. En el actual contexto de la NBA, los jugadores (especialmente las estrellas) tienen mucho peso a la hora de decidir su destino. Como se ha visto en las últimas temporadas, los equipos prefieren traspasar a sus estrellas en el último año de contrato si éstas muestran su intención de no renovar. Pasó con Indiana y Paul George. Y los demás General Managers interesados en el traspaso confiaban en que volvería a pasar con Jimmy Butler.

Conforme iba pasando el tiempo, la situación se hacía más insostenible. Butler no se entrenaba con el equipo. No participaba en el día a día. Hasta que el 11 de octubre, 3 semanas después de la petición de traspaso, Jimmy se puso el peto y cogió a la tercera unidad de los Wolves y metió un baño a los titulares.

Y por si fuera poco, se puso a gritar en dirección a Scott Layden (GM de la franquicia) “Me necesitáis, joder. No podéis ganar sin mí”.

Eso fue la gota que colmó el vaso. Bueno, eso y la entrevista que esa misma noche dio Butler a Rachel Nichols, de ESPN, comentando lo sucedido. El jefazo de los Wolves, Ethan Casson, tomó cartas en el asunto. Los Wolves habían tomado partido por Karl-Anthony Towns (renovándole por el contrato máximo) y eran conscientes de que el futuro junto a Butler era imposible. Así que se pusieron a negociar. Pero mientras tanto, si el traspaso no llegaba, Jimmy tendría que jugar con el equipo. Y así lo hizo. 10 partidos con los Wolves hasta que por fin llegó la solución.

Foto: NBA.com

Cerca estuvo de llegarse a un acuerdo con los Heat y se especulaba con que los Rockets podían dar hasta 3 primeras rondas por Butler. Pero fueron los Sixers los que más se ajustaron a las exigencias de los Wolves: Butler saldría si recibían a cambio jugadores de rendimiento inmediato y con futuro por delante. No querían reconstruir. Querían seguir creciendo. Los de Filadelfia mandaron a Minnesota a Dario Saric y a Robert Covington, además de una segunda ronda de Draft. Recibían lo que deseaban. Un veterano con ganas de competir para dar un salto a su genial grupo joven.

Visto cómo se había dado el final del verano, la solución fue positiva para casi todas las partes. Los Wolves se quitaban de encima un problema y recibían dos jugadores interesantes. Los Sixers daban un salto de calidad. Y Jimmy Butler salía de un sitio en el que no estaba a gusto. Todos ganaron, menos Thibodeau. Su labor como responsable de las operaciones quedaba muy en entredicho. Sacrificó parte del grupo joven de los Wolves para ganar ya. No lo consiguió. Y su gran apuesta salió por la puerta de atrás.

El precio pagado por Jimmy Butler pareció adecuado en su momento. Un base joven que no había demostrado mucho, pero que podía ser un buen defensor (Kris Dunn), un escolta poco defensivo con problemas de rodilla (Zach Lavine) y una elección de Draft (Lauri Markkanen) que podría no adaptarse a la NBA. Pero en los Bulls Dunn mejoró su nivel, Lavine ha demostrado ser un jugador más que útil y Markkanen es la nueva cara de los de Chicago. En la otra cara de la moneda, lo obtenido por Butler es un decente ala-pívot que no es ninguna estrella y un alero defensivo con un más que correcto juego de ataque. Lo que salió (Dunn, Lavine y Markkanen) es bastante mejor que lo que hay ahora en Minnesota (Saric y Covington). Entre medias, un proyecto fracasado, el de Butler, que le ha terminado costando el puesto a Tom Thibodeau.

Porque cuando el 7 de enero los Wolves echaron a su entrenador (y presidente de operaciones), nadie se echó las manos a la cabeza. Era el paso lógico. Sus traspasos empeoraron al equipo. Y su talento en el banquillo no logró ningún éxito colectivo. Sus estrellas (Wiggins y Towns) no pegaban con su forma de entender el baloncesto. Los jugadores que le acompañaron desde los Bulls a Minnesota no dieron el nivel esperado. Nada había funcionado como se esperaba y la única salida era la de cada uno por su lado.

El paso de Thibs por Minnesota no ha sido positivo ni para él ni para el equipo. Ahora, el que fue nombrado mejor entrenador del año en 2011, está sin trabajo. Ha perdido algo de prestigio en su última etapa profesional, pero sigue siendo un entrenador al que, a buen seguro, tendrán en cuenta cuando quede un banquillo libre. Algo que en la NBA pasa bastante a menudo.

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