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Análisis

Thibodeau, Butler y los Timberbulls: Historia de un proyecto fallido.

Los Wolves pasan página tras despedir a Tom Thibodeau. El futuro tanto para el equipo como para su ya ex entrenador se presenta incierto.

alfososlozano@gmail.com'

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Cuando llegó a los Bulls, Tom Thibodeau nunca había sido el primer entrenador de un equipo NBA. Pero catalogarle como “entrenador sin experiencia” era un error tan grande como pasar un bloqueo por detrás a Ray Allen. Su trayectoria en los banquillos había nacido 30 años atrás. Con 23 años dejó su puesto de jugador, tras haber conseguido meter a la modestísima Salem State en el torneo de la División III de la NCAA durante dos años.

Pero Thibs no se fue muy lejos y pasó del parqué a los banquillos (como asistente) de su mismo college. Lo debió hacer bien, porque en la 84-85, con 25 años, le dieron la oportunidad de ser el primer entrenador de su ‘alma máter’. Solo duró un año, ya que se embarcó como asistente en Harvard (División I).

En el 89 dio el salto a la NBA, donde nunca le ha faltado un hueco. Pasó por los Wolves, Sonics, Spurs y Sixers y comenzó a coger fama en los Knicks como ayudante de Jeff Van Gundy. Fue el principal ideólogo defensivo de los neoyorkinos. Concretamente, del último gran equipo de Nueva York (el que llegó a las Finales del 99) que destacaba, precisamente, por su defensa.

Thibs acompañó a Van Gundy a los Rockets y en 2007 se fue a Nueva Inglaterra, donde fue uno de los fichajes más importantes para el anillo de los Celtics. Además del Big Three de Pierce, Allen y Garnett, de Rondo, Posey y Perkins, además de ‘Doc’ Rivers… estaba Thibodeau. El cerebro de la excelente defensa céltica. Tras haber conseguido notoriedad con los Knicks en los Celtics fue consagrado como un gurú defensivo. Como uno de los mayores expertos en negar la canasta al rival de toda la NBA.

Y en él pensaron los Bulls para dar un salto adelante en su primer proyecto con opciones de conseguir algo desde la retirada de Michael Jordan.

Derrick Rose: creando un MVP

Thibodeau se sentaba por primera vez en como técnico jefe en un banquillo en la NBA en el año 2010. Pero como habéis podido comprobar, no era un primerizo y sí lo que necesitaban los Bulls para asaltar ese escalón que se les había escapado con Del Negro. Con Thibodeau en el banquillo y Derrick Rose, Bogans, Deng, Boozer (o Gibson) y Noah (o Kurt Thomas) y Brewer y Korver en la pista, los Bulls alcanzaron el siguiente nivel.

Eran un equipo ‘corto’, en el que los suplentes estaban para apenas dar un descanso a los titulares. Cuando recuperaban el resuello, de nuevo a la cancha. Thibs dejó claro desde su primera temporada que iba a exprimir a sus mejores hombres. Que iba a aprovechar todo lo que llevasen dentro. Y con esa rotación tan escasa, de 8-9 jugadores llevó a los Bulls a un sensacional balance de 62-20, a Derrick Rose a convertirse en el MVP más joven de la historia y a él mismo, a Thomas Joseph Thibodeau Jr. a ser nombrado ‘Coach of the Year’. Todo a la primera. Los Playoffs de los Bulls fueron sensacionales. Eliminaron a Indiana y a Atlanta y solo los Heat del ‘Big Three’ pudieron con ellos.

Foto: NBA.com

En la 11-12 lo que acabó con la temporada de los de Illinois fue la lesión de Rose en el primer partido de los Playoffs ante los Sixers. Quizás por eso en la 2012-2013 Thibs abrió la mano y usó a 9 jugadores más de 20 minutos por partido. Noah y Deng fueron los más utilizados. También en la 2013-2014. Pero sin Rose, los Bulls ‘solo’ eran un buen equipo. Correosos, difíciles de ganar, pero al fin y al cabo no inmortales. En la 12-13 cayeron ante Miami en las semifinales de Conferencia y en la 13-14, a las primeras de cambio contra los Wizards.

Jimmy Butler fue cogiendo cada vez más minutos. Parecía el prototipo de jugador para Thibodeau. Físico, disciplinado sobre la cancha, abnegado, generoso, solidario… un trabajador con un talento que Thibs fue el primero en pulir. En la 14-15 era ya el líder de un equipo en el que Derrick Rose jugó algo más de media temporada y en la que Pau Gasol volvió a brillar individualmente.

Sí acabaron la temporada regular con un 50-32 que debería haberles dado algo más de favoritismo. Y sí, llenaban el United Center noche tras noche. Pero el Este era el terreno de LeBron James y de sus Cavs, que fueron los que les eliminaron en seis partidos en semis. Los últimos seis de Thibs con los Bulls.

“Cuando todos (jugadores, entrenadores, dirigentes y propietario) están en la misma página, se desarrolla una confianza y los equipos crecen y triunfan juntos. Desafortunadamente, ha habido un cambio en esta cultura”.

Taj Gibson

Así justificaban los Bulls el despido de Thibodeau. Aunque el fin del proyecto había llegado bastante antes, con la primera gran lesión de Derrick Rose.

Si el final de Thibodeau con los Bulls tiene una fecha bastante anterior que su despido efectivo, lo mismo podría decirse de su estancia en los Minnesota Timberwolves. Y es el de un viejo conocido que él mismo, Thibs, intentó fichar por todos los medios: Jimmy Butler. Pero vayamos paso a paso.

Nueva etapa: los timberbulls

En abril de 2016, los Minnesota Timberwolves anunciaban que habían contratado a Tom Thibodeau. No solo como entrenador, sino también como presidente de operaciones. Quizás éste fue el primer error. En los últimos años no ha habido un solo caso de dualidad de funciones (una misma persona encargada de fichar y encargada de entrenar al mismo tiempo) que haya salido bien. Ha fallado en mayor o menor medida en los Clippers, con Doc Rivers (que dejó el cargo de presidente hace un par de años y ha vuelto a centrarse en los banquillos, aunque siga manteniendo ciertas responsabilidades en los despachos) y ha fallado en gran medida en Detroit (Stan Van Gundy fue despedido de sus dos cargos en 2018 tras cuatro años y cero victorias en playoffs).

Una de las primeras decisiones de Thibodeau como responsable de los Wolves fue en el Draft de 2016. Con la quinta elección llegaba Kris Dunn. Towns, Wiggins y Lavine fueron los tres tenores en la cancha. Ricky dirigía el sistema de Thibs (el sexto más lento de la NBA) y Gorgui Dieng jugaba de cuatro. Muhammad, Dunn, Jones, Rush o Bjelica eran los jugadores que salían desde el banquillo. Cuando salían. Las cosas no fueron bien en esta primera campaña. Los Wolves eran el cuarto equipo con peor defensa de toda la NBA (112 puntos recibidos por cada 100 posesiones) y aunque su ataque sí era efectivo (Top 10 de la NBA), el juego lento y las derrotas hacían que el Target Center fuera la segunda cancha menos visitada de la NBA. Ni los números ni el juego le daban la razón a Thibodeau.

¿La solución? Cambiar. Solo dos fichas eran intocables: Towns y Wiggins. Thibs quería a un jugador fiable. Capaz de defender. Con la experiencia necesaria pero sin ser un abuelo. El elegido fue Jimmy Butler. El precio, Dunn, Lavine y el número 7 del Draft: el interior con alma de alero Lauri Markkanen.

Visto que Ricky Rubio no era el base ideal para su proyecto, Thibs lo envió a Utah a cambio de la primera ronda de 2018 de los Thunder (empleada para seleccionar en la vigésima posición a Josh Okogie) y fichó a un base teóricamente más fiable en ambos lados de la pista: Jeff Teague. Para esa temporada, además de reclutar a un ex de los Bulls como Jimmy Butler, Thibs se hizo con Taj Gibson y a mitad de año intentó (y como se ha visto en esta 2018-2019, lo consiguió) recuperar a Derrick Rose para el baloncesto profesional.

Los Timberbulls habían llegado. Con todas las caras nuevas, los Wolves fueron mucho mejores en una de las dos facetas. No en la defensiva (de nuevo el cuarto peor equipo de la Liga). Sorprendentemente para un equipo de Thibodeau, los Wolves fueron muy efectivos en el campo contrario. Con 113,4 puntos por cada 100 ataques, los de Minneapolis acabaron la 2017-2018 como el cuarto mejor equipo de la Liga. Eso sí, jugaban lento.

Butler, Towns y Wiggins formaron un Big-Three que no acabó de casar. Los dos más jóvenes no tenían (según ha ido apareciendo puntualmente en la prensa) toda la ética de trabajo necesaria para triunfar a gran escala. Y el de más edad, nunca se ha cortado a la hora de recriminar a los demás.

La temporada no fue mala. Más bien al contrario. Pero en el duro Oeste y con las expectativas puestas a principio de la temporada, quedó un sabor nada dulce. Los Wolves terminaron con un balance de 45-37. Es decir, un buen balance. Y se metieron en playoffs. Es decir, el objetivo. Pero lo hicieron de una manera agónica. En la prórroga del partido número 82 ante los Nuggets, con los que se jugaban la octava plaza de la conferencia. Con Jimmy Butler forzando el periodo extra. Y con el ex de Marquette anotando 7 de los 11 puntos de los Wolves en la prórroga. A los Wolves les dio para colarse en los Playoffs, pero no para vencer a los Rockets, que se impusieron 4-1.

Septiembre de 2018: la caída

Todo parecía indicar que el verano de 2018 sería para reforzarse, para dar alguna puntada, para mejorar un poco lo ya existente, para seguir consolidando los Timberbulls con el fichaje de Deng y los rumores de llegada (nunca concretados) de Joakim Noah. Pero entonces llegó el bombazo. El 19 de septiembre, The Athletic publicaba una noticia que pillaba a todo el mundo a contrapié. Jimmy Butler quería salir de Minnesota. Había pedido el traspaso a uno de estos tres equipos: Clippers, Nets y Knicks.

Solo una temporada después de haber conseguido su fichaje, Thibodeau veía cómo el jugador en el que quería basar su proyecto quería marcharse. Y no a un equipo mejor. Quería liderar el resurgir de los equipos de Los Ángeles y Nueva York.

Lo primero que hizo Thibodeau fue negar la mayor. Rechazar cualquier tipo de negociación. Cuando directivos de los otros equipos de la NBA se pusieron en contacto con los Wolves para tratar el traspaso, Thibs les colgó el teléfono. “No está en el mercado”, era la respuesta.

Esto no hizo sino radicalizar el deseo de marcharse de Butler. En las siguientes semanas el movimiento fue nulo. Butler perdía valor de mercado minuto a minuto. En el actual contexto de la NBA, los jugadores (especialmente las estrellas) tienen mucho peso a la hora de decidir su destino. Como se ha visto en las últimas temporadas, los equipos prefieren traspasar a sus estrellas en el último año de contrato si éstas muestran su intención de no renovar. Pasó con Indiana y Paul George. Y los demás General Managers interesados en el traspaso confiaban en que volvería a pasar con Jimmy Butler.

Conforme iba pasando el tiempo, la situación se hacía más insostenible. Butler no se entrenaba con el equipo. No participaba en el día a día. Hasta que el 11 de octubre, 3 semanas después de la petición de traspaso, Jimmy se puso el peto y cogió a la tercera unidad de los Wolves y metió un baño a los titulares.

Y por si fuera poco, se puso a gritar en dirección a Scott Layden (GM de la franquicia) “Me necesitáis, joder. No podéis ganar sin mí”.

Eso fue la gota que colmó el vaso. Bueno, eso y la entrevista que esa misma noche dio Butler a Rachel Nichols, de ESPN, comentando lo sucedido. El jefazo de los Wolves, Ethan Casson, tomó cartas en el asunto. Los Wolves habían tomado partido por Karl-Anthony Towns (renovándole por el contrato máximo) y eran conscientes de que el futuro junto a Butler era imposible. Así que se pusieron a negociar. Pero mientras tanto, si el traspaso no llegaba, Jimmy tendría que jugar con el equipo. Y así lo hizo. 10 partidos con los Wolves hasta que por fin llegó la solución.

Foto: NBA.com

Cerca estuvo de llegarse a un acuerdo con los Heat y se especulaba con que los Rockets podían dar hasta 3 primeras rondas por Butler. Pero fueron los Sixers los que más se ajustaron a las exigencias de los Wolves: Butler saldría si recibían a cambio jugadores de rendimiento inmediato y con futuro por delante. No querían reconstruir. Querían seguir creciendo. Los de Filadelfia mandaron a Minnesota a Dario Saric y a Robert Covington, además de una segunda ronda de Draft. Recibían lo que deseaban. Un veterano con ganas de competir para dar un salto a su genial grupo joven.

Visto cómo se había dado el final del verano, la solución fue positiva para casi todas las partes. Los Wolves se quitaban de encima un problema y recibían dos jugadores interesantes. Los Sixers daban un salto de calidad. Y Jimmy Butler salía de un sitio en el que no estaba a gusto. Todos ganaron, menos Thibodeau. Su labor como responsable de las operaciones quedaba muy en entredicho. Sacrificó parte del grupo joven de los Wolves para ganar ya. No lo consiguió. Y su gran apuesta salió por la puerta de atrás.

El precio pagado por Jimmy Butler pareció adecuado en su momento. Un base joven que no había demostrado mucho, pero que podía ser un buen defensor (Kris Dunn), un escolta poco defensivo con problemas de rodilla (Zach Lavine) y una elección de Draft (Lauri Markkanen) que podría no adaptarse a la NBA. Pero en los Bulls Dunn mejoró su nivel, Lavine ha demostrado ser un jugador más que útil y Markkanen es la nueva cara de los de Chicago. En la otra cara de la moneda, lo obtenido por Butler es un decente ala-pívot que no es ninguna estrella y un alero defensivo con un más que correcto juego de ataque. Lo que salió (Dunn, Lavine y Markkanen) es bastante mejor que lo que hay ahora en Minnesota (Saric y Covington). Entre medias, un proyecto fracasado, el de Butler, que le ha terminado costando el puesto a Tom Thibodeau.

Porque cuando el 7 de enero los Wolves echaron a su entrenador (y presidente de operaciones), nadie se echó las manos a la cabeza. Era el paso lógico. Sus traspasos empeoraron al equipo. Y su talento en el banquillo no logró ningún éxito colectivo. Sus estrellas (Wiggins y Towns) no pegaban con su forma de entender el baloncesto. Los jugadores que le acompañaron desde los Bulls a Minnesota no dieron el nivel esperado. Nada había funcionado como se esperaba y la única salida era la de cada uno por su lado.

El paso de Thibs por Minnesota no ha sido positivo ni para él ni para el equipo. Ahora, el que fue nombrado mejor entrenador del año en 2011, está sin trabajo. Ha perdido algo de prestigio en su última etapa profesional, pero sigue siendo un entrenador al que, a buen seguro, tendrán en cuenta cuando quede un banquillo libre. Algo que en la NBA pasa bastante a menudo.

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Análisis

L.A. 2020: la gran batalla de nuestro tiempo

La rivalidad en Los Ángeles, por llamarla de alguna forma, ha sido siempre la gran omitida por la historia. Los Clippers nunca representaron una amenaza para los Lakers… Hasta que Kawhi Leonard, el ‘matarreyes’ apareció en la ciudad.

jon@skyhook.es'

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Getty Images

Desde sus lujosos sillones esparcidos por todos los rincones de Estados Unidos, los aspirantes observaron con asombro la caída del Rey que los había sometido sin piedad. Kevin Durant, que había forzado para estar en el quinto choque de las Finales, veía como su tendón de Aquiles se rompía y, para más inri, privaba a su equipo de conseguir el tan ansiado three-peat. Los Warriors habían gobernado con puño de hierro la Conferencia Oeste durante el último lustro, entrando en el debate del mejor equipo de todos los tiempos por derecho propio. Sin embargo, ahora que las campanas tañían para anunciar el desplome de su reinado, todos los aspirantes volverían a tomar las armas.

Se había erigido un nuevo monarca en el Norte. Kawhi Leonard, tras sus vaivenes con Popovich y los Spurs, puso rumbo a Toronto para llevar a Canadá el primer anillo de su historia, en un relato con aires épicos que quedará grabado en los anales de la NBA. Lo tenía todo al alcance de la mano: el estrellato, un equipo compacto y potencial para revalidar el título. No obstante, los atractivos de los Raptors no fueron suficientes para retener a su jugador franquicia, que, bajo un secretismo sin precedentes, decidió retornar a casa.

Unidos por California

Oriundo de Riverside, nunca fue un secreto que Kawhi Leonard algún día volvería a su California natal. Como a todo gran jugador, siempre se le relacionaba directamente con Los Angeles Lakers, franquicia que ha acogido a varios de los más grandes a lo largo de los años. El glamour, la historia, la influencia de leyendas como Kobe Bryant o Magic Johnson, etc. Muchas son las razones por las que The Claw hubiera podido acabar vistiendo el púrpura y oro. En un intenso pulso que se prolongó más de lo esperado, Lakers, Clippers y los propios Raports trataron de hacerse con los talentos de Leonard, quien desojó la margarita hasta el último instante.

Finalmente, y para sorpresa de gran parte de los seguidores, optó por los Clippers. Una franquicia históricamente denostada, considerada el “patito feo” de la liga durante muchos años. No estaría solo en su misión, ya que Paul George, otro californiano con ansias de volver a competir por el anillo, pondría rumbo a Los Ángeles tras su fallido idilio con Russell Westbrook y los Thunder. Después de su mejor campaña en la liga, el de Palmdale decidió unir fuerzas con Leonard para suplantar a los Lakers como equipo principal de la ciudad.

El eterno segundón

Afincada previamente en San Diego, la franquicia de los Clippers se mudó a L.A. en 1984, después de seis campañas. En aquel momento, la existencia de dos equipos en la ciudad generó una expectación que no se convertiría en realidad en los años siguientes, dadas las notorias diferencias competitivas. Los Lakers representaban el poder, con una plantilla plagada de estrellas, mientras que los Clips se posicionaron como “el equipo del pueblo”, poniendo incluso precios más asequibles para los espectadores.

Entre 1986 y 1999, jugaron como locales tanto en el Los Angeles Memorial Sports Arena como en el Arrowhead Pond de Anaheim. Realmente nunca hubo una gran rivalidad, ya que el balance era inmensamente favorable para su equipo vecino. De esta forma, en 1996 la franquicia angelina declinó un acuerdo para establecerse en Anaheim, para después unirse a los Lakers en el Staples Center, que se inauguraría en 1999. Desde entonces ambos equipos han compartido pabellón. La superioridad de los de púrpura y oro no dejó de existir e incluso tuvo el culmen de cinco campeonatos desde que comenzara el nuevo milenio. Una preeminencia inmutable hasta la llegada de Glenn Rivers al banquillo clipper.

El otrora entrenador de los Celtics, y verdugo de los Lakers en 2008, arribó con las ideas claras para cambiar la cultura de aquel equipo sumido en un eterno segundo plano. Desde que el técnico de Chicago cogiera los mandos, siempre han quedado por delante en temporada regular. Al mismo tiempo, en el otro bando todo se volvió dolor y sufrimiento, con cinco cursos consecutivos sin disputar la postemporada. La inercia se había invertido por primera vez.

Los Clippers se colocaron en el mapa NBA bajo el nombre de Lob City. Sus aficionados por fin saboreaban las victorias con asiduidad. Por su parte, en octubre de 2013 Doc decidió tapar con posters los títulos de los Lakers colgados de lo alto del Staples. Decisión que generó gran controversia en el seno de la ciudad y de la liga. Lo veía como algo humillante, reflejo de la situación que había vivido aquel humilde conjunto, siempre a la sombra. Si querían establecer una identidad ganadora, no podían esgrimir los éxitos de su enemigo dentro sus propios muros. Al mismo tiempo, la filtración de unas declaraciones racistas vertidas por Donald Sterling, propietario desde 1981 hasta 2014, no ayudaron lo más mínimo a mejorar la imagen de la franquicia. Más bien tuvieron el efecto contrario. Finalmente, la NBA decidió suspender de por vida al magnate norteamericano, viéndose obligado a poner los Clippers en venta.

Con el paso del tiempo, el proyecto fue quedándose sin margen, cayendo antes de tiempo en playoffs en más de una ocasión. Los Paul, Griffin y Jordan harían las maletas para poder reconstruir el equipo. Una reestructuración con la mirada puesta en el pasado mercado estival, en el que fueron los grandes ganadores. A un plantel que se mostró muy competitivo el último año frente a Golden State, se le unen dos superestrellas superlativas. Probablemente los dos mejores two-way players de la competición a día de hoy. Acompañados de Beverly, Harkless o Harrell, el potencial defensivo de los Clippers es uno de los más elevados de toda la competición. El mundo los mira con otros ojos, de modo que su objetivo es claro: asaltar el Campeonato.

El reto para Leonard será mayúsculo, más incluso que el alcanzado la última temporada portando la elástica de los Raptors. Los Clippers nunca han jugado unas Finales de Conferencia. Kawhi, de la mano de un escudero de lujo como George, deberá rebasar esa barrera para poder brindar a su nueva familia el primer anillo de su historia. Ya lo hizo en Toronto, neutralizando grandes potencias como los Sixers o los Bucks por el camino. Esta vez, la competencia será más dura que nunca, empezando por su rival más cercano e inmediato.

Tras la estela de Jordan

Frente a Leonard estará un hombre en busca de la leyenda. Un rey que perdió su corona, si bien su reinado está aún por concluir. Tras una primera temporada tumultuosa en la disciplina laker, LeBron James regresa más descansado que nunca. El de Akron no se perdía las eliminatorias por el título desde su segunda campaña en la NBA. Su físico lo agradecerá, ya que el año pasado mostró por primera vez síntomas de que el tiempo pasa para todos. El ‘23’ sufrió una lesión en la ingle justo el día de Navidad, en un triunfo ante los Warriors. Por aquel entonces, el equipo se había mostrado notable bajo su liderazgo. No obstante, el problema se dilató en el tiempo e impidió ver al mejor James de vuelta.

En esta ocasión no estará solo al timón. Anthony Davis, gran deseado por la franquicia, llegó para formar una de las mejores parejas de la liga. El coste fue elevado, teniendo que deshacerse del núcleo joven de la plantilla casi al completo, a excepción de Kyle Kuzma. La ceja, talento diferencial en ambos lados de la pista, aterriza como pupilo de un James que podrá delegar en él gran parte del peso ofensivo del equipo. Una vez este decida colgar las botas, los Lakers serán del ex de los Pelicans.

Un James que continúa persiguiendo aquel fantasma de Chicago. La influencia de Michael Jordan en él ha sido algo recurrente durante su largo trayecto hacia el Olimpo. Entró en la competición antes de cumplir los 19, con una presión absolutamente ridícula para un pipiolo de su edad. Pese a los críticos, superó las expectativas. En su sueño por convertirse en el mejor de todos los tiempos, sabe que este puede ser su último viaje y no quiere retirarse antes de lograr otro anillo. Sería el cuarto para él, tercero con una franquicia distinta.

En una mezcla de talento y veteranía, los Lakers han rearmado el equipo de cara al presente curso. Todavía con la herida del rechazo de Kawhi reciente, firmaron a jugadores de renombre como Danny Green, Avery Bradley o Dwight Howard. Gente experimentada que dará un plus defensivo al plantel. El propio Frank Vogel, nuevo entrenador tras la abrupta salida de Luke Walton, aseveró recientemente que pretende construir un cuadro duro. “Quiero ver jugadores por el suelo, si no es que no estamos haciendo nuestro trabajo”, aseguró.

Tras aquel fatídico 13 de abril de 2013, en el que Kobe Bryant se rompió el tendón de Aquiles, los Lakers han vagado sin rumbo por el desierto. Malas decisiones en los despachos, unidas a la baja competitividad de una plantilla huérfana de líderes. Por ello, la presión que James y Davis tendrán que soportar será mayor que nunca. Este año no habrá excusas para no lograr el billete para los playoffs y, además, tendrán que hacerlo en posiciones nobles.

Los detractores estarán ahí, a la espera en su trinchera. Para una institución con 16 anillos de campeón y 15 Finales en su haber la exigencia siempre es máxima. Más aún si se trata de la franquicia más atractiva de la NBA. West, Jabbar, Magic, Shaq o Kobe lograron alzarse victoriosos soportando el peso de la camiseta dorada. LeBron no quiere ser menos.

Con los Warriors (aparentemente) un peldaño por debajo del nivel establecido desde 2015, los Lakers ingresan de lleno en la terna de favoritos al título. Pese a su gran plantilla, también miran de reojo como sus vecinos, los Clippers, han creado otro equipo capaz de competirles de tú a tú. Cada encuentro será una batalla sin cuartel en la que la victoria no será lo único que esté en juego.

Las guerras venideras

Dos hombres en una misma misión. Uno, devolver la grandeza a una franquicia que perdió su luz hace más de un lustro. El otro, como ya hiciera en Toronto, brindar a un equipo su primera gran gloria. Si la empresa de cualquiera de los dos resultase exitosa, elevaría al jugador a un altar nunca antes hollado: 3 anillos y 3 MVPs de las Finales (siempre que lo lograsen) con tres equipos distintos. Un hito sin precedentes.

Sobre el papel, los Lakers partirán con un mayor potencial ofensivo, teniendo enfrente a lo que aspira a ser una trituradora en defensa. Las opciones en el perímetro del combo Beverly-George-Leonard serán determinantes. Un trío perfecto para intentar neutralizar a LeBron, el mejor generador de los suyos. A sus casi 35 primaveras, King James tendrá un nuevo reto que superar, acostumbrado a lidiar con grandes redes defensivas como las de los Warriors o los antiguos Spurs. Pese a su previsible capacidad anotadora, los de Vogel también pueden presentarse como un gran equipo atrás, con protectores de aro del calibre de Howard o Davis, además de los Bradley, Green o Caldwell-Pope en tareas exteriores. El botín para el vencedor podría ser el trono del Oeste.

Hubo un tiempo en el que James convirtió la Conferencia Este en su coto de caza privado. No tuvo oposición durante ocho campañas consecutivas hasta que Kawhi recogió su testigo por un año. “Por ahora solo pienso en llevar a los Clippers a las Finales”, afirmaba el propio Leonard hace escasos días. Esta vez se verán las caras hasta en cuatro ocasiones en temporada regular, en  la carrera más feroz que se recuerda en la Conferencia Oeste. Nuggets, Rockets, Jazz o los propios Warriors completarán una lucha en la que no se vislumbra un vencedor claro.

La NBA, referente indiscutible en el cuidado de los aficionados, pensó oportuno comenzar la temporada programando uno de sus platos fuertes para su jornada inaugural. Una fecha marcada en el calendario: 22 de octubre, con los Clippers con el cartel de locales. El segundo capítulo, el día de Navidad. Serán cuatro noches en total. Un mismo campo de batalla para una lid que puede definir el sino de la temporada.

Como diría un viejo mago de barba desaliñada y sombrero picudo: “el tablero está listo”.

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Análisis

Vuelve la burbuja inmobiliaria a la NBA: la moda de las hipotecas

Concentración de mercado, hipotecas, proyectos de capital riesgo a corto plazo, sobrecostes en forma de impuestsos de lujo… La NBA se mueve y la burbuja del mercado no deja de crecer.

acarretero@skyhook.es'

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Allá por 2013, cuando los informativos aún nos recordaban que había una crisis económica, había una expresión que monopolizaba todas las conversaciones. Seguramente, el ciudadano de a pie no sabría definir a ciencia cierta qué era aquella burbuja inmobiliaria, pero qué más daba. Le habían inoculado el término y sabía lo que tenía que saber: era malo. Oda al simplismo de la sociedad.

Una vez más, nos remontamos a aquel fatídico traspaso, al que ahora, tras la reconstrucción de récord Guinness de Sean Marks, ya sí puede ser nombrado. Cuatro primeras rondas que viajaron a Boston y que hipotecaron el futuro a corto plazo de los Nets pero, sobre todo, cuatro picks que marcaron un punto de inflexión en la NBA. Nunca antes se habían evidenciado de forma tan salvaje las consecuencias de traspasar el máximo de rondas permitidas. Nunca… Salvo con los Cavaliers de los 80.

No son pocas las normas de la NBA que nacen bajo seudónimo, por la necesidad de adaptar la regulación a fenómenos sin precedentes en la liga. Desde La Jordan Rule, la Rose Rule… reglas que pasan a ser conocidas en el imaginario popular por el jugador que obligó a crearlas y que, dicho sea de paso, favorecen su recuerdo y asociación, en lugar de complejizar los términos. Ahora bien, para que una que limita el traspaso de rondas consecutivas de Draft lleve tu nombre, como sucedió entonces con Ted Stepien, hay que ser muy cenutrio.

El entonces propietario de los Cavs puso en el mercado cuatro picks seguidos, casi lleva el equipo a la quiebra y traspasó la hipoteca a otro dueño antes siquiera de acabar de pagarla. Más o menos, lo que intentó Prokhorov hace cinco años. Tras utilizar a los Nets como activo financiero para especular con otros negocios particulares quiso saltar el barco antes de que se hundiese hasta el fondo del mar.

Hasta aquellos Nets recién llegados a Brooklyn no hubo otro equipo que se atreviese a firmar una hipoteca de semejante magnitud. Como tampoco lo ha habido en estos últimos años. Pero, como siempre pasa en la economía capitalista, es cíclica; la burbuja siempre vuelve. Ahora, a cinco años vista y tras los últimos movimientos del mercado, se puede apreciar que no fue un hecho aislado, sólo desafortunado en su ejecución. Hasta 2018 nadie se ha atrevido a mover tantos activos a futuro por una estrella, acogiéndose al fracaso de los Nets.

Especulación, hipotecas y fondos buitre

El mercado financiero (de traspasos) de la NBA estaba marcado por la incertidumbre y por la presencia de dos fuerzas hegemónicas que aumentaban el riesgo de la inversión, como eran los Warriors y LeBron James, allá donde estuviera. No era, pues, la situación más propicia para pagar hipotecas a futuro, por lo que los proyectos deportivos apretaron el botón del pause hasta que mostrasen los primeros síntomas de debilidad. Y, efectivamente, así ha sido.

Con ambos ejes gravitacionales desplazados y con un tercio de jugadores de la NBA siendo agentes libres este verano, entre ellos cinco top ten de la liga y, al menos, otras diez superestrellas más, alguien tenía que romper la baraja. Ya no hay apuestas seguras, pero la incertidumbre tampoco es un lastre. El riesgo es inherente al nuevo mercado NBA y quienes mejor han sabido jugar con él, han sido los triunfadores.

Ya lo intentó Daryl Morey el año pasado, con sus cuatro picks por Jimmy Butler. Secos, como el vodka en Rusia. También lo previeron este año en Utah, que agilizaron el traspaso de Conley para que Dios cogiera a los mormones confesados en verano. Es cierto que la burbuja crece sin control y que la tendencia alarma a la propia NBA. Pero, por otro lado, qué éxtasis embarga a Silver y su equipo. La NBA más global, la reina del verano. Apenas ha terminado la temporada y no puede haber más expectación porque empiece de nuevo. A quién le importa ahora la burbuja, eso será problema de la futura NBA.

Empoderamiento: una nueva era

Uno a uno, los agentes libres han decidido su futuro en cascada, como un Fantasy Draft en el 2K, que deja tres lecturas claramente diferenciadas. Primero, y más reciente, la especulación, la inflación creciente del precio a pagar por las estrellas tras tres años a la baja. Proyectos corto y medioplacistas, con concentración de estrellas, que vuelven a hipotecar sin miedo el futuro más inmediato, como los Nets o los Clippers. Masai Ujiri y su “alquiler” de Kawhi Leonard han sentado cátedra, como lo hicieron sin suerte Paul George y los Thunder.

Segundo, las apuestas de capital riesgo ya no sólo vienen predeterminadas por el papel de propietarios y general managers, sino que son los propios jugadores los que fuerzan estas operaciones. Son ellos los que han comprendido que tienen el poder de negociación en sus manos, que son los verdaderos y únicos protagonistas; y que, al fin, en vez de ser tratados como meras inversiones inmobiliarias, casas sin caras, sin humanizar, ahora no sólo eligen su futuro, sino el de toda una franquicia. Estamos ante una nueva era de empoderamiento, que en este caso inició LeBron James allá por 2010, no de la mejor forma posible, pero que casi una década después ha alcanzado su clímax.

Finalmente, la tercera lectura y quizá la más destacada desde el punto de vista de las franquicias, es la necesidad de un proyecto. Ya no vale con ser un gran mercado. Las hermanas menores y tradicionalmente apestadas de New York y Los Angeles se han coronado reinas gracias a su gestión. Han saneado sus cuentas de inmuebles tóxicos como Chris Paul, DeAndre Jordan e incluso de los Mozgov y Crabbe para jugar su baza al presente más inmediato, con el futuro en entredicho. Otras como los Warriors decidieron pagar los sobrecostes en forma de impuesto de lujo para preservar su hegemonía. Pero con qué gusto se va a pagar la hipoteca del futuro si el presente sabe a gloria.

Ya lo dijo Homer Simpson, el oráculo omnisapiente de la sociedad moderna: “El futuro ha ganado, el pasado nunca tuvo una oportunidad”.

In memoriam: Sam Hinkie y su gerencia de capital riesgo.

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Análisis

La iniciativa vengadores

No son superhéroes, ni llevan capa. Del Capitán América a Fun Guy, la revolución pasa por Toronto.

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el

Martín Santana

En la guerra siempre tuvimos vencedores y vencidos. Soldados en batallas épicas e historias legendarias. También se dieron masacres, noches para olvidar. Y las Finales de la NBA, aquello que disfrutamos desde más allá del charco y bien entrado junio, es la prueba de que la guerra tiene mil y una formas de manifestarse. Pero preparar una guerra nunca fue tan complicado, pues para Toronto el precio fue nada más y nada menos que descorazonar el núcleo del equipo para colocarle uno nuevo, lleno de vida y alternativas para un sistema algo desfasado en los tiempos que corren.

Construcción quirúrgica

En el seno de la gerencia Raptor’ surgió una idea. Una idea retorcida en términos sentimentales, pero con todo el trasfondo del mundo en materia deportiva. Con el hedor de la campaña pasada aún fresco, unos Playoffs tildados de fracaso y con la enésima caída frente a Cleveland Cavaliers, se puso en marcha el cambio. Traer a Kawhi Leonard y Danny Green en un único pack con la pérdida de Poeltl y DeRozan en el camino se presumía como un riesgo muy alto, pero con un beneficio posible tan elevado que materializarlo fue cuestión de segundos.

Un «alquiler» el de Kawhi que, con la temporada finalizada y los éxitos cosechados, merece ir acompañado de «el más barato jamás conocido en la historia del deporte». Pero esto no podría terminar aquí, añadir a Marc Gasol sería el plato fuerte preparado por la gerencia ya entrada la temporada, un nombre que cambiaría el sino del equipo en plena postemporada con una cobertura sobre Embiid de magnitudes históricas. Mención especial a la confianza otorgada a Nurse, que jamás dudo de su plan: negarse a seguir exprimiendo la pintura y poblar la media distancia. Él fue quien modernizó la estructura Raptor’ polarizando el uso de los dos interiores en pequeñas dosis y en casos muy concretos.

Todo esto lleva una firma grabada en oro, la de un militar con sangre helada y corazón de piedra: Masai Ujiri. El artífice de esta estructura de plantilla a todos los efectos, el encargado de apretar el gatillo siempre que fue requerido el uso de una mano imperturbable. Porque el negocio es el negocio, y en el negocio las amistades quedan a un lado.

Estructura y planteamiento en las Finales

Las Finales no dejaban de ser un terreno virgen para prácticamente toda la plantilla –a excepción de Leonard y Green, ya campeones en 2014-. Un escenario que sin duda puede catalogarse como el más grande al que se puede ver enfrentado un jugador de la NBA y al que accedían con una serie de cuatro victorias consecutivas frente a los Milwaukee Bucks. Nada desestimable dicho enfrentamiento, pues en él residiría una de las claves de estas Finales: llegar con rodaje y sin excesivo descanso para frenar el ritmo de competición.

El planteamiento de Nurse siempre vino dado por las circunstancias ofrecidas por la plantilla Warrior’, pues la ausencia de Kevin Durant invitó a Toronto, en tramos de descanso para Klay Thompson, a practicar defensas sobre Stephen Curry que le obligasen a sobrecargar su producción y terminasen por consumirle. La joya de la corona terminó por ser la defensa mixta box and one (caja y uno), que consiste en formar la zona con cuatro jugadores y liberar a uno de esta estructura para consumir a Steph. El fin era el de sobrecargarle como generador principal y provocar que sean el resto de piezas que componen el quinteto los que generen todo el juego posible con balón. Un repunte táctico tan dependiente del contexto como determinante en el desenlace general.

Otro de los elementos fundamentales en el buen desenlace Raptor’ consistió en una capacidad inigualable para amoldarse y aprovechar todos y cada uno de los contextos ofrecidos por Golden State Warriors, y hacer cumbre de ellos con la participación individual de todos los perfiles que atesora la plantilla. Gran ejemplo de esto fue el Game 1. Rebosante en acciones a campo abierto y con los balances defensivos de Warriors algo lejos de su mejor versión, una versión despótica de Pascal Siakam señaló el camino de a ritmo de transición.

Una vez más, se reafirmó como el jugador que mejor corre la cancha sin balón. Pero esta serie de ajustes generales no se redujeron única y exclusivamente a casos generales y partidos enteros, prueba de ello fue el reajuste realizado en la segunda mitad el cuarto partido, allí donde un Ibaka sobreexcitado sepultó a los de La Bahía a ritmo de pick and roll y recepciones cerca del aro. Un martillo que tuvo por objetivo castigar las carencias físicas de la pintura Warrior’ con un Looney que aún lastraba ciertos problemas físicos. Una condición camaleónica que le ha atribuido ese factor de mutabilidad, no solo en estas Finales, sino en todo el trayecto recorrido hasta las mismas.

Wikimedia

Otra de las bases sobre las que se ha asentado la máquina de destrucción masiva que ha conformado Toronto es el liberado uso del combo guard –un doble base al uso-. Pilotado por Lowry e increíblemente bien acompañado por un VanVleet que decidió aterrizar en Playoffs llegadas las Finales, ha podido ser el arma más punzante de todas las poseídas por Nurse. La combinación de creatividad y spacing es todo aquello que les había faltado por tramos en las eliminatorias frente a Philly u Orlando, un repunte técnico que engrasaba la maquinaria a media pista y dotaba de alternativas y cerebros para producir en acciones tras bloqueo directo –ya sea en pick and roll o doblando al corte-. Un pulmón extra en ataque, para ser más exactos.

Pero la aportación de este recurso no se queda en un gran incremento en la creación, pues el verdadero valor de juntar a Kyle y Fred ha estado en la alternancia con y sin balón que ofrecían estos dos. Una combinación de bote y juego sin balón que hacía imposible a Golden State Warriors coartar con el incesante dos contra uno que recibía Leonard con balón, una carga que, si bien está plenamente justificada y resulta necesaria, con tanto arsenal disponible facilitaba la tarea al entorno.

Y conectando con la tarea de Leonard es como mejor se entiende todo lo sucedido hasta la fecha, pues salvo unos minutos de completa dominancia histórica en el quinto partido –diez, sí, diez puntos consecutivos para poner un +6 que terminaría por tener valor nulo tras la derrota-, las Finales de Leonard están por lo mucho que ha facilitado la tarea al entorno. Entró a la serie sin apenas poder bajar el balón por la inagotable lluvia de ayudas ofrecidas por Kerr para frenar cualquier vía de mirar al aro, corrigió alternando su juego en un sentido menos autosuficiente y llegó a nutrirse más que nunca de las recepciones y el catch-and-shoot –prácticamente un sueño inalcanzable vistos sus Playoff-.

Todo esto no le exentó de conseguir, por enésima vez, que todo espectador se replantease lo que podía llegar a ser una absorción de contacto en sus penetraciones. Pero sí, un 2×1 algo nocivo vista su mejoría en la toma de decisiones tras recibir el trap es lo que permitió a Leonard generar dos o tres espacios libres según se diese la ayuda (o doble ayuda llegados al caso), y que vista la tónica de las Finales, con polaridad absoluta en términos de porcentajes, jamás pudo ser más peligroso. No obstante, la ausencia cuasi general de Durant también facilitó la tarea defensiva a un Leonard que jamás tuvo que focalizarse al completo en una única figura y pudo entregarse al máximo en las ayudas no-puntuales sobre Curry al perímetro.

Una defensa, la llevada a cabo sobre Steph, que tampoco se puede resumir en el box and one, recurso con una utilidad muy puntual y que no serviría de alternativa con posibilidades tales como Klay Thompson o Kevin Durant sobre el parqué. El desgaste que conlleva una cobertura tan sumamente meticulosa y elevada en gasto de energía y recursos no se puede describir con palabras, es más, sería todo un crimen tatar de hacerlo, pero no deja de ser una proeza que socavar tan fondo en el trap, con la incalculable cantidad de recursos para generar que posee Golden State Warriors –Green o Iguodala como perfiles punteros en esta faceta-, haya terminado por ser la vía más eficiente para frenar a un Curry que, más allá de toda la tormenta que le rodea, ha hecho unas finales a la altura de lo que es: una leyenda de la NBA.

Porque la tarea de cubrir a uno de los perfiles más activos con y sin balón jamás vistos en la liga no puede encomendarse a un solo nombre, y es en este punto cuando salen a la palestra Kyle Lowry y Fred VanVleet. El primero de ellos, consabido y contrastado como defensor de primer nivel en emparejamientos perimetrales. El segundo, en cambio, no ha hecho más que agrandar su perfil y confirmar que más allá de ser un jugador muy notable en un lado de la cancha, es una pieza única en both sides. La cobertura off-ball de un jugador como Curry, que prácticamente promedia una media maratón por noche, solo se entiende con un sistema de ayudas generoso e inagotable.

Marc copó el trap tras bloqueo directo con un alarde de sacrificio y desgaste de piernas inimaginable, blindó también cualquier vía de escape en forma de línea de pase. Por su parte, las ayudas de Kawhi -algo más liberado por el contexto- y Green, entre otros, ponían la guinda a uno de los blindajes más inquebrantables en toda la campaña. Pero no todo podía ser perfecto, pues generar tanta atención abre una infinidad de vías explotables con una circulación rápida, espacios en pintura y en esquinas, un buffet libre de puntos liberados al servicio de una de las máquinas mejor preparadas para explotar desventajas.

Por último, es innegable que un campeonato no se gana solo con una batería de titulares repleta de grandes nombres. Y esta no iba a ser la excepción. Maestría de Nurse en el tacto a la hora de dar minutaje a un Ibaka que dinamitó por completo la eliminatoria en dosis pequeñas para exprimir al máximo el físico en pintura y cerrar el aro –para la historia quedará el cuarto con seis tapones y un flujo imparable de puntos en pintura-.

¿Y qué es de la historia?

La historia del deporte siempre ha sido ambiciosa y retorcida, egoísta por naturaleza, pero una tregua se la merece todo ser humano. Y toda institución, llegados al caso.

Por primera vez el Larry O’Brien sale de Estados Unidos con rumbo a Canadá. Un anillo histórico. Un anillo para la resistencia de aquellos que supieron caer una y mil veces frente al Rey en el Este; hasta que abdicó. Un anillo que lleva consigo la firma más grande jamás vista de jugadores que han pisado la liga de desarrollo, demostración del margen de mejora que posee casi cualquier perfil NBA si es tratado con mimo y a fuego lento. A fin de cuentas, un anillo que se antoja irrepetible.

El reconocimiento a Ujiri, fundirse en un abrazo con Lowry para reconocer lo que es suyo y la posterior entrevista junto a Kawhi solo es la guinda del pastel más sabroso jamás cocinado en el Norte. Porque nunca se llegó a ese extremo de antipatía que se daba por sentado tras dar puerta a DeMar DeRozan, es más, ambos ya maquinaban la idea de «hacer algo grande». Han forjado una amistad grandiosa, la química ha sido inmejorable y el equipo se ha nutrido de ella hasta límites insospechados. Ahora les toca disfrutar, a TODOS, y ya tendrá tiempo Kawhi para reflexionar sobre su futuro cuando no quedé champagne por descorchar en Toronto.
We won, Mr. DeMar. –Kyle Lowry-.

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