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Perfiles NBA

Joe Ingles y el éxito de ser rechazado

La carrera de Joe Ingles es una anomalía del deporte. Un jugador que se ha ganado cada centavo en todos sus equipos cuando nadie contaba con él.

gasalvarez@gmail.com'

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“Hey cariño, no tengo trabajo. ¿Qué quieres hacer?”

Así recibió Joe Ingles a su esposa cuando esta aterrizó en Los Ángeles. Cuando Renae subió al avión en Australia, Joe era jugador de Los Angeles Clippers; a su llegada, 14 horas después, el alero australiano estaba de vacaciones. El buen humor con el que le comunicó el mazazo a su mujer explica muy bien por qué está de moda ser Joe Ingles.

En una época donde triunfa la extravagancia, Joe representa todo lo que sobre el papel ya no se lleva. Ingles, tras cinco años en la liga, todavía llega al pabellón con un jersey de los Jazz, unos tejanos y unas Converse negras.  “A mi me gustan mis zapas, no me vas a ver en esas cuentas de Instagram que recopilan los mejores looks del día. Me compro diez pares de Chucks negras [en referencia al clásico modelo de Converse Chuck Taylor’s] y tiro hasta que las gasto. Entonces pido 10 más y listos”, explicaba hace poco en el podcast que le dedicó el prestigioso periodista Adrian Wojnarowski.

Como atleta de Nike, podría personalizarse mil y una zapatillas, con un click tendría cualquiera del catálogo en la puerta de casa. Pero Joe es un tipo sencillo, de esos que aparecen de relleno en las películas de la tarde de Antena 3. Un buenacho que te cae simpático y que, de un solo vistazo, dejarías escapar sin descubrir su verdadera esencia.

Un aussie de manual

Escuchar el inglés de Joe Ingles es placentero, un placer que reside en el marcado acento del sur australiano, que destila tranquilidad, buen rollo y despreocupación por las complejidades de la vida. Nacido en Adelaide en 1987, Ingles creció como una promesa del baloncesto nacional, pero nada hacía imaginar que llegaría a recorrer mundo como lo ha hecho. Primero triunfó como jugador de complemento en Europa, donde pocos podrían haber augurado su papel de protagonista en uno de los equipos más interesantes de la NBA actual.

Ingles aterrizó al baloncesto europeo en Granada, donde promedió 13 puntos por partido y se ganó la oportunidad de proyectar su carrera en el Barcelona. Con los azulgrana, Ingles tuvo una magnífica primera temporada, pero se desinfló ante la exigente grada del Palau Blaugrana. El Ingles del Barça era un luchador nato, un defensor correcto y un especialista en el tiro exterior que te daba una de cal y otra de arena. Cuando se marchó, tras tres cursos de azulgrana, nadie pensó en que se le llegaría a echar de menos. De ese rechazo implícito, cuando la dirección deportiva dejó que se agotase su contrato, Ingles supo sacar el máximo provecho.

Foto: ACB

Rechazando los primeros cantos de sirena de la NBA, el alero decidió apostar por el proyecto del Maccabi Tel-Aviv de David Blatt, y acertó. En su único año en Israel levantó la Euroliga, ganando la final ante el Real Madrid mientras su exequipo se quedaba en semis.  “Cuando jugaba allí, si perdías un partido pasabas un par de días malos…” recuerda el jugador sobre su etapa en Barcelona.

En Europa, Ingles lo hizo bien, pero sus estadísticas decían muy poco a los ojeadores de la NBA. Sus promedios en cuatro temporadas de Euroliga quedaron así: 5.6 puntos por partido, 2.2 rebotes y 1.7 asistencias por partido con un 34% de acierto desde la línea de tres y 20 minutos de juego de promedio.

Lugar adecuado, momento adecuado

Dice el General Manager de los Jazz que tienen a uno de los diez mejores aleros de la liga, y no bromea. “Si le dices esto a un aficionado casual sería una herejía, pero sabemos lo que tenemos”, explicó Dennis Lindsey después de atar al jugador por cuatro años y 52 millones. Lo de Ingles y Utah es un gran ejemplo de eso que a todos nos han dicho alguna vez: hay que estar en el lugar adecuado en el momento adecuado.

Así lo aprecia Doc Rivers, el entrenador que tuvo que renunciar al talento del aussie por una lesión de última hora. “Ya lo dije el día que le dejamos escapar”, recordó Rivers en la última cita entre los Clippers y los Jazz. “Es una mala decisión y nos vamos a arrepentir”. Cinco años después el equipo angelino todavía tiene un vacío en el puesto de alero –cabe recordar que Ingles perdió su puesto en L.A. en beneficio de Jared Cunningham, una calamidad que ahora juega en China–, y una crisis de identidad que dura años. En cambio, los Jazz son uno de los equipos de moda y Ingles es, además de titular indiscutible, uno de los jugadores más defendidos de la liga.

El motivo es que Ingles se pasó las dos últimas campañas enchufando un 44% en triples, superando a tipos como Klay Thompson, Kyle Korver o Stephen Curry. “Ha demostrado que es un jugador versátil que puede hacer un montón de cosas distintas sobre la pista. Su camino hasta aquí ha sido distinto, pero su perseverancia habla mucho de su carácter y ética de trabajo”, le elogió la estrella de los Golden State Warriors después de que Joe, un tipo sencillo pero confiado, declarase a inicios de esta campaña que él se sentía el mejor tirador de la liga.

Este año, Ingles ha bajado mucho sus porcentajes, quizás precisamente porque los rivales le están tratando como si fuera el mismo Curry. “Hay partidos en que he tenido a alguien tocándome… ahora entiendo porque Steph y esos chicos se frustran, ¡porque es muy molesto! He necesitado 40 y pico partido para descubrir cómo puedo seguir siendo efectivo en ataque sin tener tanto espacio y tiempo”, le confesaba a Woj.

Las estadísticas le siguen respaldando, a pesar de que ha bajado su porcentaje de acierto exterior a un 36%. En la presente campaña, Ingles ha subido su anotación, su reparto de juego y su capacidad defensiva con 11.8 puntos, 3.8 rebotes, 4.9 asistencias y 1.4 robos por partido en 31.2 minutos de juego. Quizás la transformación más importante del australiano ha sido la defensiva: “Cuando estaba en pista los primeros años, siempre que había un cambio defensivo, un pick and roll, parecía que mis rivales me miraban, daban un paso atrás y cómo que levantaban la mano y pedían el uno contra uno. Y era así literalmente en cada posesión”.

Foto Chris Nicoll-USA TODAY Sports

En sus dos primeras temporadas, la fragilidad defensiva condenó a Ingles al banquillo. El premio de la titularidad refleja, en gran medida, su capacidad de sumar en ambos lados de la pista. Para compensar su falta de velocidad, Ingles ha mejorado mucho su juego de anticipación y posicionamiento.

Un inesperado trash-talker

El sunshine guy de Rivers, sin embargo, no se amilana en la cancha y actúa, una vez más, de manera sorpresiva. Los últimos días, a Ingles le han catalogado como uno de los más inesperados y mejores trash-talkers de la liga. Por sus pintas, por su look de tipejo australiano, de poquita cosa en el musculoso y extravagante mundo de la NBA, Ingles debería ser un jugador cualquiera. Es más, debería ser un tipo que pasara desapercibido y él mismo lo reconoce: “Seamos sinceros. Tengo entradas, soy lento y no estoy muy cachas, pero aún así voy a seguir ganándote en el uno contra uno”. Era una respuesta a las críticas que recibe en redes sociales… Hoy en día hay haters para todo el mundo.

Lo cierto es que Ingles se ha enzarzado con Paul George, Blake Griffin y, en su actuación mediática más reciente, contra los aficionados de los Detroit Pistons, a quienes dedicó el triple que sellaba la victoria de su equipo en Motown. “Contra Pat Beverly no me atrevería”, bromeó para relativizar sus logros en la lucha dialéctica. Su trash-talking, más que de mala leche, parece tirar por la vía del cachondeo y el buen rollo. “Tus zapatillas no combinan con los calcetines”, le soltó un día a su excompañero Alec Burks. Y claro, todos se echaron unas risas.

 “Hay ciertos jugadores que cuando están en la pista hacen que la suma de las partes sean mucho más buena. Joe Ingles ‘la parte’ ha mejorado, y Joe Ingles ‘el compañero’ hace a los demás mejores”, le elogia su actual entrenador Quin Snyder. “No hay nada que no este dispuesto a hacer por el equipo. Y aquí ha encontrado su juego, en hacer el equipo mejor cuando él está en cancha. Lo que ha podido hacer para mejorar al equipo no han parado de multiplicarse”.

El mérito de Joe Ingles es mantener su carácter colectivo intacto a pesar de los focos. Cuando estaba en Granada ya creía en sí mismo como cree ahora, ni más ni menos. En esa época, los entrenadores europeos ya le tenían bajo el radar por ser un competidor nato y, sobre todo, un buen tipo. En un deporte como el baloncesto, se necesita acumular a los mejores talentos pero, también, a tipos como Joe Ingles, pegamentos de lo colectivo que estallan gracias a las buenas dinámicas de equipo.

A pesar de haber sentido muy de cerca lo que es ser rechazado, Joe es el ejemplo de que el fracaso es solo una piedra más en el camino más buscado: el éxito.

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NBA

Al Bianchi, un hombre de baloncesto

Al Bianchi nos dejó hace dos semanas. Una de esas personas cuya vida giró siempre por y para el baloncesto. Ni siquiera tras su retiro se desligó del todo de este mundo.

rjimenez@skyhook.es'

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Fallecido el pasado 28 de octubre en Phoenix, Arizona, de una insuficiencia cardíaca por causas naturales a los 87 años, Al Bianchi fue un tipo vinculado al baloncesto profesional norteamericano durante casi setenta años. Héroe universitario en los 50 y sólido jugador NBA hasta mediados de los 60. Entrenó en la ABA y rozó el anillo en los banquillos de la NBA  a mediados de los 70. Resucitó brevemente a los Knicks a finales de los 80 desde la gerencia general. Y compartió su idiosincrática visión del juego como consultor y ojeador hasta el final de sus días. Érase una vez un hombre a un balón de baloncesto pegado…

Nacido el 26 de marzo de 1932 en el neoyorquino barrio de Long Island City, Queens, Alfred «Al» Bianchi, uno de los tres hijos de los inmigrantes italianos Alfredo y Rose (Sciallo) Bianchi, fue un flacucho y letal francotirador —también un joven tenista de primer nivel pero, afortunadamente, escogió el baloncesto— con aparato dental, que en 1948 sería fundamental para llevar a su instituto de Long Island City a las semifinales de la liga de institutos públicos de Nueva York City, celebradas en el Madison Square Garden. Un lugar que llegaría a conocer como pocos en su vastísima trayectoria.

En las canchas

Bianchi fue reclutado por la Universidad Bowling Green State de Ohio en 1950, donde se convirtió en prolífico anotador desde su posición de base, en la que aprovechaba su entonces notable altura de 1,90 y un juego cada vez más agresivo y físico. Durante sus cuatro temporadas promedió 19,3 puntos por partido, con sus dos últimos años entrando en la historia de la institución —miembro de su Salón de la Fama desde 1965— con promedios récords de 22,1 puntos como junior (1952-53), y de 25 como senior (1953-54), y noches para el recuerdo como los 42 puntos endosados a Western Michigan, récord absoluto de los de Ohio. En esa temporada, Bianchi, apodado «Blinky», que formaba una temible dupla junto a otro icono de la universidad, James Gerber, llevó a los Falcons a un 17-7, lo que les valió una aparición en el National Invitation Tournament de la NCAA. Además de su segundo MVP consecutivo del equipo, Bianchi fue incluido en el All Ohio Team y recibió una mención honorífica en el All American Team. La NBA aguardaba.

Pero no sucedió así. Porque Bianchi, seleccionado en el puesto número 18 —novena selección de la segunda ronda— del Draft de la NBA de 1954 por los Minneapolis Lakers, pasaría los siguientes dos años sirviendo en el Cuerpo Médico del Ejército estadounidense. Y, al reincorporarse a la competición en 1956, los Lakers lo traspasaron a los Syracuse Nationals. Con el equipo del estado de Nueva York jugaría siete años, antes de que este se «mudase» a Filadelfia en 1963, transformándose en los 76ers. En total fueron diez temporadas promediando 8,1 puntos , 2,2 asistencias y 2,5 rebotes por partido en menos de 20 minutos. Un consistente recambio, que destacaba por su fiereza y competitividad, para el excelso backcourt titular de los Nationals formado por Larry Costello y el gran Hal Greer. El 1 de mayo de 1966, los flamantes Chicago Bulls escogieron a Al en el draft de expansión de la NBA, pero nunca llegó a jugar con ellos, retirándose a los 33 años. O, mejor dicho, cambiando las zapatillas y el tiro desde el pecho a dos manos —el two set shot, del que fue uno de sus últimos exponentes— por la pizarra y el libreto de jugadas. 

En los banquillos

Y es que Bianchi pasó a ser el entrenador asistente de su ex-compañero en Syracuse y primer entrenador en la historia de la nueva franquicia de «la ciudad del viento» Johnny «Red» Kerr. Tras un año de formación, Blinky asumió el reto de liderar el banquillo de otro equipo en expansión, los Seattle Supersonics, pese a que en sus dos años en el equipo de Washington tan sólo pudo conseguir una marca perdedora de 53 victorias y 111 derrotas.

En cambio, su siguiente empresa sí sería exitosa y llamativa. Porque Bianchi, un preparador temperamental, con abundantes ataques de ira contra los jugadores que calificaba de «blandos» y los árbitros, con quienes siempre mantuvo una volátil relación de amor-odio, se trasladó a la ABA para ser el entrenador —asumiría su gerencia general posteriormente— de los Washington Caps/Virginia Squires, desde 1969 hasta 1975. En la temporada 1970-1971, la primera en Richmond, Virginia, llevó al equipo al campeonato de la División Este con una marca de 55-29, por lo que fue nombrado Entrenador del Año. Y, al año siguiente, consiguieron hacerse con todo un mito: Julius Erving —a quien Bianchi llamaba «Julie»—, recién salido de la Universidad de Massachusetts. Sin duda alguna, los Squires eran el equipo a seguir de la ABA.

Desgraciadamente, tras la derrota ante los New York Nets en la segunda ronda de los playoffs de 1972, los problemas económicos de los virginianos provocaron la toma de decisiones más que drásticas. Y, una temporada después, convertidos en grandes favoritos al título al juntar al «Dr. J» con George Gervin, los acontecimientos se precipitaron tras la sorpresiva derrota contra Kentucky en primera ronda. «Tuvimos que vender jugadores sólo para sobrevivir», dijo Bianchi a The Richmond Times Dispatch en 2006 sobre la decisión de enviar a Erving a los Nets por «mucho dinero» y George Carter. Y, en 1974, fue Gervin el tradeado a los San Antonio Spurs por 225.000 dólares. Tan sólo sirvió para alargar la agonía. Temporalmente salvados económicamente, pero sin mucho a lo que acogerse —tan sólo contaban con el futuro Hall of Famer Charlie Scott como jugador de renombre—, los aficionados dieron la espalda a los Squires y las derrotas —15-69 en sus dos últimas temporadas— causaron el cese de Bianchi en noviembre de 1975, seis meses antes de que la franquicia desapareciera. «La marcha de Erving me hizo un pésimo entrenador.», afirmó con sorna Blinky tiempo después.

Tras la absorción de la ABA por la NBA en 1976, Jerry Colangelo fichó a Al Bianchi para los Phoenix Suns como entrenador asistente de John MacLeod, en lo que parecía una extraña pareja —emocional y lenguaraz Bianchi, metódico y reflexivo MacLeod—, que funcionó a la perfección. Y es que esa sería su labor más extensa en los banquillos, hasta 1987, aunque su momento de mayor gloria a la vez que frustración llegaría en su primer año, en aquellas fenomenales finales contra los Boston Celtics, mitificadas gracias al quinto partido de la serie, el de la tres prórrogas —para muchos el mejor en la historia de la NBA—, clave para la victoria por 4-2 de los verdes. Al, expulsado en ese encuentro por el árbitro Richie Powers, relataría a The Arizona Republic que «fue mi única oportunidad de ganar un anillo, así que pensé, voy a hacerme uno yo mismo». Era de plata con una piedra turquesa y dos  inscripciones: «Phoenix Suns, 1975-76 World Champs», acompañado de un inapelable «Fuck you, Richie Powers».

En los despachos

Al Bianchi aún tenía varias aventuras que vivir. De hecho, su siguiente singladura fue una de las más relevantes y peliagudas de su carrera, pasando del banquillo de Phoenix al cargo de gerente general de —nada menos— que los New York Knicks. Bianchi tomó las riendas de la gestión knickerbocker en verano de 1987, tras una temporada 1986-87 desastrosa, con tan sólo 24 victorias. A nuestro protagonista no le tembló el pulso en sus primeras decisiones, reemplazando al entrenador Bob Hill —que había sustituido a Hubie Brown— por Rick Pitino, y permitiendo que Bernard King —tras dos años alejado de las canchas tras su gravísima lesión de rodilla— se fuera a los Washington Bullets.

Los cambios salieron bien para ambas partes. Mientras King resucitó su ilustre carrera en Washington, Bianchi acertó con Pitino, cuyo estilo de defensa presionante, ataque a la carrera y mucho tiro exterior, hizo progresar a un equipo cimentado en un joven Patrick Ewing y el rookie Mark Jackson —elegido mejor novato del año—, drafteado por Al desde la universidad de St. John’s. Ese primer año alcanzaron los playoffs, siendo eliminados en primera ronda por los Celtics. No obstante, la temporada 1988-89 sería aún mejor. Bianchi seleccionó a Rod Strickland proveniente de De Paul en la lotería, y se hizo con Charles Oakley y Kiki Vandeweghe vía traspasos. ¿El resultado? 52 triunfos, segundos del Este tras los «Bad Boys» Pistons, y una trayectoria más que notable que sólo truncaría un tal Michael Jordan en las semifinales de conferencia.

Sin embargo, tanto el equipo como la labor de Bianchi se tornaría más errática los dos años siguientes. Pitino renunció en verano del 89 para irse a los Kentucky Wildcats, cruce de declaraciones entre ambos, reflejo de la profunda desconfianza mutua, incluidos. Stu Jackson, su asistente, lo sustituyó al frente de los Knicks y, pese a que el arranque fue bueno, el discutible cambio del prometedor Strickland por el veterano Maurice Cheeks funcionó, y el equipo repitió ronda en playoffs cayendo ante los Pistons, futuros bicampeones, el momentum se esfumó. Al se deshizo de Jackson en diciembre de 1990, dándole el mando a su antiguo colega en Phoenix John MacLeod. Y aunque se apuntó un último tanto fichando al icono del Madison John Starks, tres meses después fue despedido y reemplazado por Dave Checketts.

En 1991, Bianchi regresó a Phoenix para ejercer de ojeador de los Suns, sobre todo en el ámbito universitario, cargo que repitió entre 2004 y 2009 para los Golden State Warriors. Incluido en el New York City Basketball Hall of Fame en septiembre de 2007, en sus últimos años, de nuevo en Arizona, se dedicó a la consultoría y el scouting independientes, labores en las que, no podía ser de otra forma, favorecía al jugador físico y despreciaba la analítica y las estadísticas, puro old school. Estaba preparando sus memorias, Journeyman: Seventy Years Along the Sidelines of Pro-Hoop History, junto a Tom Ambrose —otro tipo de dilatada trayectoria ligada a los Suns—. No podían tener un título más apropiado. Un auténtico hombre de baloncesto.

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NBA

Exponiendo el ‘Fenómeno Dave Cowens’

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”.

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Dave Cowens es, posiblemente, uno de los componentes de la prestigiosa lista de los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA que menor interés y entusiasmo despierta entre los seguidores de la mejor liga de baloncesto del planeta.

En una década dominada por auténticas leyendas de los tableros como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar, Bob McAdoo, Bill Walton, Elvin Hayes o Nate Thurmond, Cowens nunca poseyó el aura de estrellato de sus contemporáneos pese a combatir de tú a tú con todos ellos tanto en premios colectivos como en distinciones individuales.

Su conocimiento del juego, su ética de trabajo, su versatilidad y energía en la cancha lo convirtieron no solo en uno de los ‘5’ más determinantes y respetados de la época, sino que incluso, en muchos momentos, hizo olvidar la ausencia del jugador que había conquistado su undécimo campeonato con los Celtics apenas unos años antes de su llegada a la liga: Bill Russell.

Más allá de sus éxitos como jugador, Dave Cowens era una figura particularmente extravagante e impredecible, notablemente despegada de la masificación multitudinaria de una NBA que, por otro lado, no pasaba por sus mejores años.

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”, reconocería el exjugador en 1991 durante la ceremonia en la que sería incluido en el ilustre Hall Of Fame. Una frase que resumiría el carácter humilde de un jugador que, a base de una entrega y una fortaleza inconmensurables, se ganaría el respeto de toda la afición de Boston y de sus compañeros de equipo, así como de la gran mayoría de sus rivales repartidos por todos los rincones de la geografía norteamericana.

Curiosamente, y como tantos otros jugadores cuyos testimonios han dado constancia de ello, la vida de Dave Cowens podría haber seguido unos derroteros completamente distintos. Con apenas ocho años de edad, el pequeño dio sus primeros pasos en el mundo de la canasta aunque un enfrentamiento con su entrenador durante su primer año de instituto en la Newport Catholic le hizo abandonar prematuramente el baloncesto para dedicarse al atletismo y la natación.

Su trayectoria deportiva amenazaba con seguir por esta nueva senda y con mínimas opciones de salir de su ciudad natal en el estado de Kentucky de no ser por un sorprendente crecimiento de 13 centímetros en apenas un año, tras lo cual alcanzaría los casi dos metros de estatura.

Una figura mucho más intimidante, curtida durante sus exigentes entrenamientos en ambas disciplinas deportivas, que le abrió de nuevo las puertas del equipo de baloncesto coincidiendo con la llegada de un nuevo entrenador.

El nacimiento del fenómeno

En apenas dos partidos, el novato se ganó la confianza de su técnico y su presencia inamovible en el quinteto inicial. Sus 13 puntos y 20 rebotes de promedio durante su último año ya auguraban un prometedor futuro que se confirmaría años después en la élite norteamericana fruto de su destreza cerca del aro.

El ‘Fenómeno Cowens’ se hallaba en plena ebullición y no pocas fueron las universidades que mostraron interés en reclutar a una de las mayores promesas del país. Sin embargo, la Universidad de Kentucky del legendario coach Adolph Rupp, destino que anhelaba el imberbe Cowens, nunca llegó a llamar a su puerta. Especialmente dolido ante la indiferencia exhibida por el equipo de su estado natal, el jugador optó por hacer las maletas rumbo a la Universidad de Florida State, donde su entrenador Hugh Durham, con quien cuajaría una gran amistad, le prometió la titularidad desde el primer minuto.

El center respondió a esta confianza con creces con unos números globales de 19.2 puntos y 17.0 rebotes en sus tres años con los Seminoles, quienes, sin embargo, no llegaron a firmar ninguna aparición en el torneo final de la NCAA. Su dorsal número 13 es, a día de hoy, el único, en el apartado masculino, que ha sido retirado por la institución deportiva en sus más de cien años de historia.

Su extraordinario rendimiento no pasaría desapercibido en los despachos de Boston. Red Auerbach, todo un maestro en las artes del baloncesto y un genio a la hora de reclutar talento para su equipo, no dudó ni un segundo en seleccionar a Cowens en la cuarta selección del Draft de 1970 en su difícil propósito de hacer olvidar a toda una institución en el lugar como lo fue Bill Russell, retirado un año antes.

Por enésima vez en su carrera, la excelsa intuición de Red dio en la diana con un jugador que, nada más aterrizar en la competición, recibiría el premio al Rookie del Año tras promediar 17.0 puntos y 15.0 rebotes por noche. Unos números que mantendría inamovibles durante sus siete siguientes temporadas en la competición, durante las cuales sería elegido para disputar el All-Star Game en todas y cada una de ellas, además de recibir el galardón al MVP de la temporada en 1973. Aún así no sería hasta un año después cuando la gloria aterrizara de nuevo en Boston en modo de duodécimo campeonato.

En aquellas Finales de 1974, Cowens escribió uno de los capítulos más recordados de su carrera. En el séptimo y definitivo partido, con la cancha de los Bucks de un tal Lew Alcindor como escenario de lujo, el interior dio un auténtico recital en ambos lados de la cancha que se saldó con un doble-doble de 28 puntos y 14 rebotes, y, principalmente, una victoria que devolvía a los Celtics a lo más alto del pabellón baloncestístico norteamericano.

Dos años después, con un tropiezo en medio ante los Washington Bullets de Wes Unseld y Elvin Hayes, los Celtics recuperarían el trono de la NBA tras vencer a Phoenix Suns en unas Finales que se prolongaron hasta el sexto partido y en las que Cowens fue uno de los principales referentes de su equipo con unos números de 21.0 puntos y 16.4 rebotes por partido.

El declive

Sin embargo, ese nuevo campeonato supuso el comienzo del fin de la carrera del de Ketucky. Ese mismo verano, la salida de su gran amigo Paul Silas rumbo a Denver no sentó nada bien a un Cowens que se reunió con Auerbach para comunicarle su “pérdida de entusiasmo por el juego.” Una situación que desencadenó en una de las anécdotas más excéntricas del jugador. Después de confirmar su marcha del equipo al gerente y despedirse de sus compañeros, Dave regresó a su granja familiar para iniciar un negocio de venta de árboles de Navidad.

Curiosamente, apenas unos meses antes había sido protagonista de una historia que el mismo relataría años después a ESPN. Aprovechando la llegada a Boston de un gran amigo de la infancia, el pívot de los Celtics tuvo una idea tan original como excéntrica para mostrarle la ciudad a su invitado. Ni corto ni perezoso, Dave Cowens acudió a una oficina de la Asociación de Taxistas Independientes de Boston y compró, por la módica cantidad de 35 dólares, una licencia profesional. Sería taxista por una noche.

Durante toda la noche, el jugador guió a su amigo por los rincones más emblemáticos de la ciudad e incluso se atrevió a llevar a algunos transeúntes a su lugar de destino. “Hicimos algunos trayectos largos por la ciudad. Nadie me reconoció”, reconocería entre risas durante la entrevista.

Volviendo al caso, ya sea por el mal rumbo del negocio o por la creciente nostalgia del caluroso ambiente del legendario Boston Garden, el periplo emprendedor de Dave Cowens apenas duraría unos meses, tras lo cual regresaría al equipo para completar 50 partidos ese año y otras tres temporadas más en la franquicia de Massachussets.

Unos Celtics que no duraron en honrar a una de las grandes estrellas de su historia con la retirada de su dorsal número 18, el cual ondea en lo más alto del pabellón del equipo junto al de ilustres como Bill Russell, Larry Bird, Bob Cousy o los propios Jo Jo White, John Havlicek y Red Auerbach.

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NBA

Gigantes a hombros de gigantes

Antes de Antetokounmpo y Doncic, antes incluso de Nowitzki y Petrovic, hubo un pionero que desafió a toda una liga. El primer europeo de la historia de la NBA.

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Los galardones de final de temporada tienen este año, más que nunca, sabor europeo. Por primera vez en la historia de la liga, el jugador más valorado y el novato del año vienen desde el otro lado del charco. Los más valientes pueden opinar que los europeos (o al menos los no-americanos) están reinando en la NBA. El griego Giannis Antetokounmpo ha deslumbrado al planeta entero con su potencia y capacidad atlética fuera de lo normal. Luka Doncic, esloveno, al que ya habíamos visto hacer de las suyas en Europa, ha maravillado a la liga americana a pesar de las dudas que suscitaba a ambos lados del Atlántico. Además, en la misma temporada, Marc Gasol, Serge Ibaka, OG Anunoby y Sergio Scariolo se han llevado a casa (en Europa) un anillo de campeones de la NBA.

Ya no recordamos los tiempos en los que ver a un europeo partir hacia la gran liga era todo un hito, cuando los primeros hicieron historia. En nuestra memoria está un imberbe Pau Gasol haciendo un mate por la línea de fondo y poniendo en el póster a Kevin Garnett, está Jorge Garbajosa levantándose desde el triple con el 15 de los Raptors en la espalda y también Rudy Fernández en el concurso de mates con la camiseta de Fernando Martín. Pero antes que todos ellos, antes que Sabonis, que Drazen Petrovic y que Dirk Nowitzki, estuvieron los pioneros, los que abrieron el camino desde el viejo continente hacia las américas. Esos gigantes a los que nuestros gigantes están encaramados.

Algunos, alumnos aventajados nacidos en Europa, recorrieron ese camino años antes, en su etapa universitaria o prácticamente de niños, y pusieron las primeras notas europeas en la liga. A partir de principios de la década de los 80 se instalaron nombres como Uwe Blab o la leyenda alemana Detlef Schrempf. También los pívots Swen Nater (neerlandés) y Petur Gudmundsson (islandés) estuvieron en la NBA después de la transición desde la ABA en 1976. Aun así, todavía nadie había visto a un jugador ser fichado o drafteado directamente desde un equipo europeo. Hasta que ocurrió.

La técnica del goteo

Georgi Glouchkov asfaltó el camino en 1985. El primer europeo en partir hacia la NBA era pívot, búlgaro y firmaba con los Phoenix Suns tras ser elegido por los de Arizona en la séptima ronda del Draft de ese mismo año. La primera intentona, como suele ocurrir con los experimentos, no salió según lo esperado. Glouchkov (2,05 m) era demasiado pequeño para jugar en su posición natural, y demasiado lento para la línea exterior. Además, ganó mucho peso durante esa temporada, y al año siguiente tuvo que regresar por donde había venido, dejando una discreta marca de 4,9 puntos y 3,3 rebotes de media en los 49 partidos que jugó, pero también una huella histórica que abriría la puerta a la otra mitad del mundo del baloncesto.

El siguiente expedicionario nos es muy familiar. El primer español en la NBA, y también el segundo europeo que cruzó el océano para jugar al baloncesto. Fernando Martín se aventuró en la temporada 1986/87 de la liga americana y, como su predecesor, no tuvo el éxito que todo nuestro país deseaba. Martín tuvo un papel muy testimonial en aquella temporada, jugando solo 24 encuentros a razón de 6 minutos por cada uno. El pívot madrileño también regresó al año siguiente a España y, solamente dos años después de aquella gesta histórica, un fatal accidente de coche nos dejó sin el mayor héroe del mundo baloncestístico nacional del siglo XX.

Tarde o temprano, alguien venido del este tenía que triunfar. La mejor liga del planeta no podía ser propiedad exclusiva de los americanos para siempre y, finalmente, a la tercera, haciendo caso al tópico, llegó la vencida. Sarunas Marciulonis, un escolta en aquel entonces soviético, dejó el Statyba Vilnius en 1989 para mudarse a California. Los Golden State Warriors lo esperaban desde hacía dos años, ya que lo habían drafteado en la sexta ronda de 1987. Marciulonis se hizo de rogar, pero finalmente se decidió a intentar hacer historia entre los mejores. Estuvo durante cuatro temporadas en la bahía, y se adaptó al rol de sexto hombre a la perfección. Compartió vestuario con leyendas como Tim Hardaway y Chris Mullin, y entre sus dos últimas temporadas promedió más de 18 puntos por encuentro, siempre desde el banco.

Cuando estaba en la cresta de la ola y ya se había consolidado como el primer aventurero europeo que había conseguido triunfar en la NBA, el azar quiso que un día, jugando en la universidad de Saint Mary, se rompiese el ligamento cruzado de la rodilla. Cuando el New York Times lo anunció ya preveían que se podía perder toda la temporada 1993/94, después de haber sufrido pequeñas lesiones durante la anterior campaña que le permitieron jugar, aunque a gran nivel, solamente 30 partidos. El “sueño americano” se había roto, e iba a necesitar una temporada entera para recuperarlo. Por desgracia, los Warriors dejaron de contar con él, y los últimos tres años de carrera NBA fue saltando por los Sonics, los Kings y los Nuggets, dejando un buen rendimiento pero también mal sabor de boca por “lo que pudo ser”.

Marciulonis no fue otra historia de mala suerte con las lesiones. El primer europeo en triunfar en la NBA, poco antes de que Drazen Petrovic revolucionara Nueva Jersey, demostró que era una buena opción para las franquicias americanas buscar el talento al otro lado del Atlántico. En 2014, la NBA lo reconoció como uno de los pioneros y lo introdujo en el Hall of Fame, en el que ya figuraban los nombres de Petrovic (2002) y Arvydas Sabonis (2011). Además, su notoriedad aumentó fuera de las canchas, ya que estuvo muy involucrado en el crecimiento baloncestístico de Lituania una vez se deshizo la URSS.

Sarunas Marciulonis es el responsable de la creación de la liga de baloncesto lituana, la actual LKL, y fue uno de los principales impulsores de la primera selección nacional. Contando con que Lituania consiguió la independencia en 1990, y en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 consiguieron la medalla de bronce, podríamos decir que el país báltico está muy en deuda con él en este aspecto. Pero más allá de eso, el valor simbólico de este jugador es histórico. Él extendió la alfombra para que pasara Toni Kukoc hasta ganar el título de Mejor Sexto Hombre en 1996. Él separó las aguas para que Dirk Nowitzki se conviertiese en el primer MVP europeo de la historia de la liga en 2007, y también para que Pau Gasol fuese el primer Rookie del Año europeo en 2002.

Justo ahora, en los Dallas Mavericks, Nowitzki entrega el testigo a Luka Doncic. Cada vez hay más jugadores que triunfan en la liga americana después de haber iniciado su carrera en Europa. Giannis, que estuvo a punto de jugar en el CAI Zaragoza (y la ACB lo presentaba como “Adetocunbo”), recoge ahora el Maurice Podoloff con la expectativa de ser uno de los jugadores más dominantes de la liga en los próximos años. Los hermanos Gasol, Dirk, Antetokounmpo, Jokic… Todos son gigantes subidos a hombros, entre otros, del legado de Marciulonis.

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