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Reflejos

Memphis Grizzlies, más que el hogar de los Gasol

En los últimos dieciocho años siempre ha habido un Gasol en Memphis. 2019 es el fin de una era, pero también el punto y final a una cultura, la defunción del grit&grind, el sello de identidad de los Grizzlies.

alfososlozano@gmail.com'

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Hemos pasado casi 20 años asociando Memphis a los hermanos Gasol. Es más, en España hemos pasado casi 20 años asociando Memphis al triunfo del baloncesto español. Además de Pau y Marc, por allí ha pasado Navarro (y los derechos de Raül López). Para muchos aficionados a la NBA en nuestro país, los Grizzlies han sido su equipo por ser el conjunto, primero de Pau, y luego de Marc. No podría explicarse de otra forma que una pequeña ciudad del medio Oeste de Estados Unidos, sin mucho glamour ni una gran historia deportiva, signifique tanto para el baloncesto de nuestro país. Pero los Grizzlies son más que la casa de los Gasol.

Sí, Pau llegó a los Grizzlies cuando los Grizzlies llegaron a Memphis. Fue la primera estrella de la franquicia en su nuevo destino. Fue All-Star y pisó por primera vez los Playoffs con el 16 de los de Tennessee. Cuando, por petición propia, fue traspasado a los Lakers a punto de cerrarse el mercado en febrero de 2008, se habló de “el robo del siglo”.

Uno de los mejores ala-pívots de la Liga era regalado a un equipo, Los Angeles Lakers, que se convertían automáticamente en candidatos al anillo. Memphis recibía a Kwame Brown (uno de los peores números 1 de la historia del Draft), Javaris Crittenton y Aaron McKie. Y los derechos de Marc Gasol, el hermano de Pau. Un hombre al que Daryl Morey (un genio de los despachos de la NBA) no había drafteado en 2007 para Houston porque sus ayudantes le habían apodado “Man Boobs”. Literalmente, el hombre tetas.

Love por Mayo, Lowry por Conley

Con esas mimbres comenzaba Memphis una reconstrucción. Un puñado de secundarios, Rudy Gay (en aquel momento el proyecto de estrella de la franquicia, pero poco eficaz y uno de los jugadores más señalados por las estadísticas avanzadas), O.J. Mayo (número 3 del Draft por Minnesota, intercambiado a los Grizzlies por Kevin Love y un buen jugador en sus primeros años, pero con una mala cabeza que le apartó de la Liga), y el hombre tetas.

El puesto de base se lo repartieron entre unos entonces inexpertos Mike Conley y Kyle Lowry (todavía lejos del nivelazo que han ido mostrando años después), que fue traspasado a mitad de año para dar toda la responsabilidad al zurdo de Ohio State. La temporada fue un completo desastre. Eso sí, hubo indicios de que las cosas podrían mejorar. Marc ya no era el hombre tetas. Era un novato con un gran margen de potencial. Conley se iba haciendo poco a poco con su sitio. Y a mitad de año llegó Lionel Hollins, uno de los arquitectos de los exitosos Grizzlies de las próximas campañas.

Para la 2009-2010 el quinteto era de memoria. Conley, Mayo, Gay, Zach Randolph y Marc Gasol. El experimento Allen Iverson solo duró 3 partidos y el equipo no se metió en playoffs, pese a rozar el 50%. La mejoría era clara. Se veía que en los Conley, Gasol, Randolph y compañía había futuro.

De O.J. Mayo no se ha hablado mucho. Era un jugador muy prometedor, que en su primer año en la Liga rozó los 19 puntos por partido y fue elegido en el quinteto de los mejores novatos y quedó segundo en las votaciones de Rookie of the Year tras Derrick Rose. Su segunda temporada no fue de ascenso. Sus números mostraron un estancamiento.

Sus cifras eran casi calcadas a las de la campaña de debut. Y en la tercera, la 2010-2011, su estilo se vio perjudicado por un cambio de sistema. Los Grizzlies jugarían con una mayor intensidad atrás y decidieron apostar por otro perfil completamente diferente: Tony Allen. La carrera de Mayo siguió en declive. Pasó por Dallas y por Milwaukee y fue apartado de la Liga por un doble positivo por marihuana. Desde entonces, ha pasado por Puerto Rico y Taiwán sin posibilidades de relanzar una carrera que un día prometía ser muy brillante.

Nace una cultura: el Grit&Grind

Acabado este paréntesis, podemos decir que la deriva de los Grizzlies hacia una mejor defensa empezó a verse de una manera más clara en esta 2010-2011. Pasaron de ser uno de los equipos de la Liga que más encajaban a recibir 105,1 puntos por cada 100 posesiones. La novena mejor defensa de la NBA. Randolph y Gay ponían los puntos y Conley, Gasol y Tony Allen todo lo demás para seguir creciendo. Con un gran balance de 46 victorias y 36 derrotas se clasificaron en el octavo lugar del duro Oeste y protagonizaron una de las mayores sorpresas de la temporada al echar a los Spurs (primeros, con un balance de 61-21) en la primera ronda de los Playoffs.

Los jóvenes Thunder de Durant y compañía les vencieron en el séptimo de una serie igualadísima entre dos equipos llamados a dominar en Oeste. Cada uno con sus armas. Y las de los Grizzlies era bajar al barro. Ralentizar el ritmo. Defender como que no hubiera un mañana. Y hacer que el rival sudase sangre para ganarles. Había nacido el ‘Grit & Grind’. Una frase que apelaba al espíritu de lucha del equipo. Y también de la ciudad de Memphis. Una frase que podríamos traducir como algo parecido a “narices y golpes”.

La defensa de los Grizzlies volvió a ser su seña en la 2011-2012, la campaña del segundo lockout. Con la séptima mejor cifra defensiva por 100 posesiones de toda la NBA, los de Memphis se volvieron a meter en postemporada con un registro de 41 victorias y solo 25 derrotas. Pero los Clippers de Paul, Griffin y DeAndre se impusieron en la primera ronda en una serie muy dura. Siete encuentros de lucha y de brega. Una eliminatoria larga que se resolvió en el último suspiro por 82 a 72 favorable a los angelinos. Un encuentro más propio de una eliminatoria de Euroliga que de la Conferencia Oeste de la NBA.

La temporada 2012-2013 iba a ser la que definitivamente midiese el nivel de los Grizzlies. Si eran un equipo candidato o simplemente un conjunto que con un juego lento y tedioso era difícil de ganar y nada más. Pero en Memphis tenían su propio plan. Fueron una de las primeras franquicias (según se publicó) en tomar decisiones utilizando en gran medida un nuevo elemento: la estadística avanzada.

Ahora, en plena era Moneyball, todos sabemos que en mayor o menor medida en la NBA se utiliza el ‘Big Data’ en multitud de ámbitos. Pero en 2012 todo cambió en Memphis. Robert Pera (un joven millonario que se había hecho un hueco en las empresas tecnológicas) se hizo con el control de la franquicia y puso a un periodista conocedor de la estadística avanzada (John Hollinger, creador del sistema PER para medir la eficiencia de los jugadores) en el organigrama deportivo de los Grizzlies. Una de las primeras decisiones de los nuevos directivos fue traspasar a su máximo anotador. Rudy Gay fue enviado a Toronto en un movimiento a tres bandas que acercaba a Memphis a Ed Davis, Austin Daye y Tayshaun Prince, que mandaba a los Raptors a Haddadi y a Gay y a José Calderón a los Pistons.

Es decir, Memphis cambiaba a su estrella por tres secundarios. Según la concepción tradicional de los traspasos, los Grizzlies se habían vuelto a meter un tiro en el pie. Pero en esta ocasión no fue así. Los datos decían que Rudy Gay no era productivo. Y que otros jugadores, como Davis o Prince, podían hacer mejor al colectivo aunque no fuesen ninguna estrella. Y con un renegado (Zach Randolph), un base muy discutido (Mike Conley), un escolta que anotaba menos de lo que ha defendido Carmelo Anthony en toda su carrera (Tony Allen) y el pívot anteriormente conocido como Hombre-Tetas (Marc Gasol), los Grizzlies completaron el mejor año de su historia.

Con 56 victorias y 26 derrotas, finalizaron en la quinta posición del Oeste, empatados con los Clippers. Los angelinos no fueron rival en esta ocasión y, pese a ganar los dos primeros partidos en el Staples, fueron derrotados por 4-2. El siguiente oponente para los de Tennessee eran los Oklahoma City Thunder, que se impusieron en el primer encuentro. No tuvieron más opciones. Los Grizzlies vencieron los cuatro siguientes y se colaron en la final del Oeste.

Los de Hollins habían acabado la temporada con la segunda mejor defensa y el ritmo más lento de toda la Liga. Eran el conjunto más duro de la NBA. Y aunque los Spurs vencieron esta final de conferencia por 4-0, no fueron unas series fáciles para ellos. Dos encuentros llegaron hasta la prórroga y en el cuarto y último, los texanos solo vencieron por 7 puntos. La competitividad de los Grizzlies era extraordinaria. Y esta 2012-2013, fue la más alta cota alcanzada por el Grit & Grind. Un equipo que jugaba de una manera colectiva. Sin fisuras y con un plan. Un estilo que les metió entre los cuatro mejores equipos de toda la Liga.

Redefiniendo el concepto: el grit&grind nunca muere

Pero Lionel Hollins dejó el banquillo a David Joerger y las cosas dejaron de ser iguales. Sí, competían. Sí, seguían siendo de las mejores defensas de la NBA. Sí, Marc, Conley, Randolph y Allen continuaban en un equipo que había añadido a Courtney Lee (uno de los jugadores más cotizados en 3&D, triple y defensa). Pero los Grizzlies ya habían tocado su techo el año anterior. En la 2013-2014, terminaron con 50 victorias y 32 derrotas que les enfrentaban a los Thunder en la primera ronda del Oeste. Y en esta ocasión, los de Oklahoma se hicieron con la serie en 7 encuentros.

Marc Gasol lo bordó en la 14-15 y fue el líder de un equipo que acabó con 55 victorias, a una de su mejor registro. Los Grizzlies (tercera mejor defensa) aplastaron a los Blazers de Lillard y Aldridge por 4-1 y consiguieron llevar a seis encuentros a los Warriors. Todo un éxito, pero insuficiente para pasar de la barrera de las semifinales del Oeste. La 15-16 (42-40) fue un bastante peor, con unos Grizzlies que ni defendieron ni atacaron (decimonovenos de 30 equipos en ambas categorías).

Se equivocaron en el mercado de agentes libres y ficharon a Chandler Parsons por 94 millones en 4 años. Estaban hipotecados. Tras ser barridos por los Spurs en la primera ronda, los Grizzlies decidieron cambiar a Joerger por David Fizdale. El actual entrenador de los Knicks hizo que los de Memphis defendieran un poco mejor y con Conley, Vince Carter y JaMychal Green como complementos de Big Marc, los Grizzlies volvieron a defender. 43 victorias, derrota por 4-2 contra los Spurs y un gran ‘take that for data’ de Fizdale quejándose por el arbitraje.

Esa fue la última vez que los de Memphis pisaron los playoffs. Ahora son un equipo en plena reconstrucción que se han deshecho de Marc rumbo a Toronto y que se encomiendan a un novato más que interesante (Jaren Jackson Jr) y a la suerte en la lotería del Draft. Los Grizzlies están en una tierra de nadie y buscan recuperar aquel Grit & Grind que tantas alegrías les dio. Tantas como enfados de los rivales. Porque hace no mucho tiempo los Grizzlies fueron el equipo más difícil de ganar de toda la NBA. Y esa es la senda que tienen que volver a encontrar.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Wikimedia

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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