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Reflejos

Memphis Grizzlies, más que el hogar de los Gasol

En los últimos dieciocho años siempre ha habido un Gasol en Memphis. 2019 es el fin de una era, pero también el punto y final a una cultura, la defunción del grit&grind, el sello de identidad de los Grizzlies.

alfososlozano@gmail.com'

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Hemos pasado casi 20 años asociando Memphis a los hermanos Gasol. Es más, en España hemos pasado casi 20 años asociando Memphis al triunfo del baloncesto español. Además de Pau y Marc, por allí ha pasado Navarro (y los derechos de Raül López). Para muchos aficionados a la NBA en nuestro país, los Grizzlies han sido su equipo por ser el conjunto, primero de Pau, y luego de Marc. No podría explicarse de otra forma que una pequeña ciudad del medio Oeste de Estados Unidos, sin mucho glamour ni una gran historia deportiva, signifique tanto para el baloncesto de nuestro país. Pero los Grizzlies son más que la casa de los Gasol.

Sí, Pau llegó a los Grizzlies cuando los Grizzlies llegaron a Memphis. Fue la primera estrella de la franquicia en su nuevo destino. Fue All-Star y pisó por primera vez los Playoffs con el 16 de los de Tennessee. Cuando, por petición propia, fue traspasado a los Lakers a punto de cerrarse el mercado en febrero de 2008, se habló de “el robo del siglo”.

Uno de los mejores ala-pívots de la Liga era regalado a un equipo, Los Angeles Lakers, que se convertían automáticamente en candidatos al anillo. Memphis recibía a Kwame Brown (uno de los peores números 1 de la historia del Draft), Javaris Crittenton y Aaron McKie. Y los derechos de Marc Gasol, el hermano de Pau. Un hombre al que Daryl Morey (un genio de los despachos de la NBA) no había drafteado en 2007 para Houston porque sus ayudantes le habían apodado “Man Boobs”. Literalmente, el hombre tetas.

Love por Mayo, Lowry por Conley

Con esas mimbres comenzaba Memphis una reconstrucción. Un puñado de secundarios, Rudy Gay (en aquel momento el proyecto de estrella de la franquicia, pero poco eficaz y uno de los jugadores más señalados por las estadísticas avanzadas), O.J. Mayo (número 3 del Draft por Minnesota, intercambiado a los Grizzlies por Kevin Love y un buen jugador en sus primeros años, pero con una mala cabeza que le apartó de la Liga), y el hombre tetas.

El puesto de base se lo repartieron entre unos entonces inexpertos Mike Conley y Kyle Lowry (todavía lejos del nivelazo que han ido mostrando años después), que fue traspasado a mitad de año para dar toda la responsabilidad al zurdo de Ohio State. La temporada fue un completo desastre. Eso sí, hubo indicios de que las cosas podrían mejorar. Marc ya no era el hombre tetas. Era un novato con un gran margen de potencial. Conley se iba haciendo poco a poco con su sitio. Y a mitad de año llegó Lionel Hollins, uno de los arquitectos de los exitosos Grizzlies de las próximas campañas.

Para la 2009-2010 el quinteto era de memoria. Conley, Mayo, Gay, Zach Randolph y Marc Gasol. El experimento Allen Iverson solo duró 3 partidos y el equipo no se metió en playoffs, pese a rozar el 50%. La mejoría era clara. Se veía que en los Conley, Gasol, Randolph y compañía había futuro.

De O.J. Mayo no se ha hablado mucho. Era un jugador muy prometedor, que en su primer año en la Liga rozó los 19 puntos por partido y fue elegido en el quinteto de los mejores novatos y quedó segundo en las votaciones de Rookie of the Year tras Derrick Rose. Su segunda temporada no fue de ascenso. Sus números mostraron un estancamiento.

Sus cifras eran casi calcadas a las de la campaña de debut. Y en la tercera, la 2010-2011, su estilo se vio perjudicado por un cambio de sistema. Los Grizzlies jugarían con una mayor intensidad atrás y decidieron apostar por otro perfil completamente diferente: Tony Allen. La carrera de Mayo siguió en declive. Pasó por Dallas y por Milwaukee y fue apartado de la Liga por un doble positivo por marihuana. Desde entonces, ha pasado por Puerto Rico y Taiwán sin posibilidades de relanzar una carrera que un día prometía ser muy brillante.

Nace una cultura: el Grit&Grind

Acabado este paréntesis, podemos decir que la deriva de los Grizzlies hacia una mejor defensa empezó a verse de una manera más clara en esta 2010-2011. Pasaron de ser uno de los equipos de la Liga que más encajaban a recibir 105,1 puntos por cada 100 posesiones. La novena mejor defensa de la NBA. Randolph y Gay ponían los puntos y Conley, Gasol y Tony Allen todo lo demás para seguir creciendo. Con un gran balance de 46 victorias y 36 derrotas se clasificaron en el octavo lugar del duro Oeste y protagonizaron una de las mayores sorpresas de la temporada al echar a los Spurs (primeros, con un balance de 61-21) en la primera ronda de los Playoffs.

Los jóvenes Thunder de Durant y compañía les vencieron en el séptimo de una serie igualadísima entre dos equipos llamados a dominar en Oeste. Cada uno con sus armas. Y las de los Grizzlies era bajar al barro. Ralentizar el ritmo. Defender como que no hubiera un mañana. Y hacer que el rival sudase sangre para ganarles. Había nacido el ‘Grit & Grind’. Una frase que apelaba al espíritu de lucha del equipo. Y también de la ciudad de Memphis. Una frase que podríamos traducir como algo parecido a “narices y golpes”.

La defensa de los Grizzlies volvió a ser su seña en la 2011-2012, la campaña del segundo lockout. Con la séptima mejor cifra defensiva por 100 posesiones de toda la NBA, los de Memphis se volvieron a meter en postemporada con un registro de 41 victorias y solo 25 derrotas. Pero los Clippers de Paul, Griffin y DeAndre se impusieron en la primera ronda en una serie muy dura. Siete encuentros de lucha y de brega. Una eliminatoria larga que se resolvió en el último suspiro por 82 a 72 favorable a los angelinos. Un encuentro más propio de una eliminatoria de Euroliga que de la Conferencia Oeste de la NBA.

La temporada 2012-2013 iba a ser la que definitivamente midiese el nivel de los Grizzlies. Si eran un equipo candidato o simplemente un conjunto que con un juego lento y tedioso era difícil de ganar y nada más. Pero en Memphis tenían su propio plan. Fueron una de las primeras franquicias (según se publicó) en tomar decisiones utilizando en gran medida un nuevo elemento: la estadística avanzada.

Ahora, en plena era Moneyball, todos sabemos que en mayor o menor medida en la NBA se utiliza el ‘Big Data’ en multitud de ámbitos. Pero en 2012 todo cambió en Memphis. Robert Pera (un joven millonario que se había hecho un hueco en las empresas tecnológicas) se hizo con el control de la franquicia y puso a un periodista conocedor de la estadística avanzada (John Hollinger, creador del sistema PER para medir la eficiencia de los jugadores) en el organigrama deportivo de los Grizzlies. Una de las primeras decisiones de los nuevos directivos fue traspasar a su máximo anotador. Rudy Gay fue enviado a Toronto en un movimiento a tres bandas que acercaba a Memphis a Ed Davis, Austin Daye y Tayshaun Prince, que mandaba a los Raptors a Haddadi y a Gay y a José Calderón a los Pistons.

Es decir, Memphis cambiaba a su estrella por tres secundarios. Según la concepción tradicional de los traspasos, los Grizzlies se habían vuelto a meter un tiro en el pie. Pero en esta ocasión no fue así. Los datos decían que Rudy Gay no era productivo. Y que otros jugadores, como Davis o Prince, podían hacer mejor al colectivo aunque no fuesen ninguna estrella. Y con un renegado (Zach Randolph), un base muy discutido (Mike Conley), un escolta que anotaba menos de lo que ha defendido Carmelo Anthony en toda su carrera (Tony Allen) y el pívot anteriormente conocido como Hombre-Tetas (Marc Gasol), los Grizzlies completaron el mejor año de su historia.

Con 56 victorias y 26 derrotas, finalizaron en la quinta posición del Oeste, empatados con los Clippers. Los angelinos no fueron rival en esta ocasión y, pese a ganar los dos primeros partidos en el Staples, fueron derrotados por 4-2. El siguiente oponente para los de Tennessee eran los Oklahoma City Thunder, que se impusieron en el primer encuentro. No tuvieron más opciones. Los Grizzlies vencieron los cuatro siguientes y se colaron en la final del Oeste.

Los de Hollins habían acabado la temporada con la segunda mejor defensa y el ritmo más lento de toda la Liga. Eran el conjunto más duro de la NBA. Y aunque los Spurs vencieron esta final de conferencia por 4-0, no fueron unas series fáciles para ellos. Dos encuentros llegaron hasta la prórroga y en el cuarto y último, los texanos solo vencieron por 7 puntos. La competitividad de los Grizzlies era extraordinaria. Y esta 2012-2013, fue la más alta cota alcanzada por el Grit & Grind. Un equipo que jugaba de una manera colectiva. Sin fisuras y con un plan. Un estilo que les metió entre los cuatro mejores equipos de toda la Liga.

Redefiniendo el concepto: el grit&grind nunca muere

Pero Lionel Hollins dejó el banquillo a David Joerger y las cosas dejaron de ser iguales. Sí, competían. Sí, seguían siendo de las mejores defensas de la NBA. Sí, Marc, Conley, Randolph y Allen continuaban en un equipo que había añadido a Courtney Lee (uno de los jugadores más cotizados en 3&D, triple y defensa). Pero los Grizzlies ya habían tocado su techo el año anterior. En la 2013-2014, terminaron con 50 victorias y 32 derrotas que les enfrentaban a los Thunder en la primera ronda del Oeste. Y en esta ocasión, los de Oklahoma se hicieron con la serie en 7 encuentros.

Marc Gasol lo bordó en la 14-15 y fue el líder de un equipo que acabó con 55 victorias, a una de su mejor registro. Los Grizzlies (tercera mejor defensa) aplastaron a los Blazers de Lillard y Aldridge por 4-1 y consiguieron llevar a seis encuentros a los Warriors. Todo un éxito, pero insuficiente para pasar de la barrera de las semifinales del Oeste. La 15-16 (42-40) fue un bastante peor, con unos Grizzlies que ni defendieron ni atacaron (decimonovenos de 30 equipos en ambas categorías).

Se equivocaron en el mercado de agentes libres y ficharon a Chandler Parsons por 94 millones en 4 años. Estaban hipotecados. Tras ser barridos por los Spurs en la primera ronda, los Grizzlies decidieron cambiar a Joerger por David Fizdale. El actual entrenador de los Knicks hizo que los de Memphis defendieran un poco mejor y con Conley, Vince Carter y JaMychal Green como complementos de Big Marc, los Grizzlies volvieron a defender. 43 victorias, derrota por 4-2 contra los Spurs y un gran ‘take that for data’ de Fizdale quejándose por el arbitraje.

Esa fue la última vez que los de Memphis pisaron los playoffs. Ahora son un equipo en plena reconstrucción que se han deshecho de Marc rumbo a Toronto y que se encomiendan a un novato más que interesante (Jaren Jackson Jr) y a la suerte en la lotería del Draft. Los Grizzlies están en una tierra de nadie y buscan recuperar aquel Grit & Grind que tantas alegrías les dio. Tantas como enfados de los rivales. Porque hace no mucho tiempo los Grizzlies fueron el equipo más difícil de ganar de toda la NBA. Y esa es la senda que tienen que volver a encontrar.

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Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

nachoanayac2@gmail.com'

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Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Reflejos

Redención en púrpura y oro

A Magic Johnson aún le quedaba una última bala. La amarga derrota contra los Rockets el año anterior había puesto en jaque un proyecto que parecía acercarse a su fin.

juanluis_num7@hotmail.com'

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El planeta basket aguardaba ansioso la anticipada revancha entre los grandes rivales de toda una era, un choque entre dos potencias baloncestísticas que se extendía a confrontación entre dos ciudades cultural y climatológicamente antagónicas. Los Lakers del Showtime se impusieron en la última batalla por el anillo el 9 de junio de 1985, con Kareem Abdul-Jabbar dominando el sexto partido en el Boston Garden a sus 38 primaveras, y los Celtics de Larry Bird rumiaron su venganza durante todo el periodo estival y fueron plantando semillas de cara a su materialización. Con 67 arrolladoras victorias durante la temporada regular (MVP incluido para el Pájaro) y apenas una derrota en las eliminatorias de playoffs en la Conferencia Este, los Orgullosos Verdes aseguraron su plaza en la final de 1986.

Pero los otros invitados acabarían por no presentarse a la cita.

El colosal Hakeem Olajuwon (31 puntos, 11.2 rebotes, 4 tapones y 2.2 robos de balón como promedios en la serie) y Ralph Sampson (20.4 puntos, 8.8 rebotes y 2.2 tapones) dominaron la final de la Conferencia Oeste ante unos Lakers que cayeron con estrépito tras imponerse en el primer duelo: las 16.2 asistencias por partido firmadas por Magic Johnson no evitarían 4 derrotas consecutivas de los angelinos. Y la penitencia en Hollywood consistiría en presenciar por televisión la victoria de sus archienemigos.

Así pues, la temporada 1986/87 comenzaba con muchos interrogantes a despejar para el imperio púrpura y oro, y la derrota en el partido inaugural de nuevo ante los Rockets (112-102) distaba mucho de ser la mejor manera de arrancar. Pero las dudas del grupo comandado por Riley murieron junto a aquellos primeros 48 minutos, que dieron inicio a una racha de 9 victorias consecutivas. Kareem Abdul-Jabbar resultaría capital (14 puntos en el último cuarto) para acabar con imbatibilidad casera de unos Celtics que sumaban 48 duelos invictos en su guarida del Boston Garden, y, ante los problemas oculares del veterano gigante (inflamación de la córnea de su ojo derecho), Magic asumió el mando anotador de la tropa con 38 puntos en Houston o 46 ante los Sacramento Kings.

Tres representantes en el All Star Game (Jabbar, Johnson y Worthy), Kareem alcanzando los 36.000 puntos totales en el Chicago Stadium, 4 triples-dobles consecutivos con la firma de Earving en otra arrolladora racha de 11 victorias, el primer y único triple anotado por el gigante neoyorquino en toda su carrera (en Phoenix)… Las 65 victorias abrochaban una temporada regular para el recuerdo. Pero la prueba definitiva llegaría, como siempre, en el tránsito por la jungla de los playoffs.

Los Denver Nuggets de Doug Moe y su apuesta fanática por el baloncesto ofensivo no generarían problemas reales a los Lakers, con Worthy dominando a Alex English, y los Golden State Warriors de George Karl únicamente serían capaces de infringirles una derrota en la 2ª ronda, gracias a la colosal actuación de Sleepy Floyd (51 puntos en el 4º partido de la serie, 29 de ellos en el último cuarto). Las primeras dificultades serias aparecerían en la final de la Conferencia Oeste, con los Seattle Supersonics desafiando a los angelinos.

Que el aplastante resultado de la serie (4-0 para los Lakers) no nos lleve a equívocos: el trío formado por Xavier McDaniel, Tom Chambers y el tirador Dale Ellis planteó una dura resistencia a la tropa de Riley hasta venirse abajo en el cuarto partido. En el tercero fue necesario un milagroso tapón de Michael Cooper a un triple de Ellis para ganar in extremis (122-121), y James Worthy sometió a los Sonics ejerciendo de martillo pilón de la ofensiva californiana durante toda la final de conferencia (30.5 puntos de promedio, con un excelente 59.8% de acierto en sus tiros de campo).

Y así, con una única derrota en su aventura por el Salvaje Oeste, llegaba la hora de la redención. Con la némesis verde fiel a la cita.

Los Lakers jamás cedieron el control de la final (2-0 de inicio, 3-1 tras una emocionante cuarta velada resuelta por un mísero punto con los visitantes remontando hasta 16 de desventaja en el Boston Garden) y sentenciaron a los de Larry Bird en el sexto gracias a un extraordinario ejercicio defensivo (apenas 93 puntos anotados por el equipo de Boston) a mayor gloria de un bloque más conocido por su vertiente lúdica y de ataque en transición. La multitudinaria pelea desatada durante el igualado cuarto partido, con el trío arbitral separando a los contendientes para impedir que la cosa fuera a mayores tras el puñetazo de Worthy a un batallador Greg Kite, en respuesta a una dura falta ejecutada a la limón entre Dennis Johnson y el pívot procedente de la universidad de Brigham Young en pleno contraataque visitante, fue el único borrón de una cita para el recuerdo.

“Jugué en los Lakers del año 72, pero éste es el mejor equipo de la historia de la franquicia porque tiene corazón, a Magic y a Kareem”.

Pat RILEY

Y un magnífico Magic (26.2 puntos, 8 rebotes, 13 asistencias y 2.3 robos de balón, MVP de la final) se impuso en este capítulo de su eterno duelo con el Pájaro (24.2 puntos, 10 rebotes, 5.5 asistencias y 1.2 tapones como promedios para el de French Lick en la final), gracias a la ayuda de Worthy (33 puntos en el primer partido) y del eterno Jabbar (21.7 puntos y 2.5 tapones en la final, rozando ya los 40).

Las palabras de Pat Riley que sirven como broche de oro (y púrpura) a un equipo que culminó su redención como parte del camino hacia la leyenda.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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