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El vendedor de seguros de Spokane

Un tipo camina por Las Rambas de Barcelona durante el tórrido verano de 1992 junto a su mujer y sus 3 hijos, videocámara en mano con el noble propósito de inmortalizar la experiencia. Otra mujer, ataviada con una bufanda con la bandera norteamericana, falda a juego y camiseta con las caricaturas de los miembros de la selección olímpica de baloncesto de los Estados Unidos, se cruza en el camino de la familia, y el padre se dirige a ella.

“¿La importaría aparecer en el vídeo?”, preguntó el hombre.

“Desde luego que no”, respondió la mujer.

“¿Es usted aficionada del Dream Team?”.

“Oh, sí . Y acabo de ver a Charles Barkley en esta misma calle, ¡y también a Magic Johnson!”.

“También yo los he visto”.

“¿Es usted estadounidense?”, preguntó la mujer, instantes antes de que el niño de 4 años señalara hacia uno de los rostros caricaturizados de su camiseta, y acompañara el gesto de un “papá” cargado de ilusión.

La mujer bajó la mirada hacia su propia prenda y, acto seguido, la alzó en un movimiento acompasado hacia su interlocutor.

“¿Es usted John Stockton?”

Un vendedor de seguros en traje de baloncesto

John Houston Stockton nunca pareció un jugador de baloncesto a simple vista. Y sin embargo, bajo su apariencia de vendedor de seguros, se escondía un monstruo competitivo sin parangón, una enciclopedia baloncestística capaz de analizar entre infinitas variables sobre el terreno y en tiempo real, para acabar tomando siempre la mejor decisión posible. El líder histórico de la NBA tanto en asistencias repartidas como en balones robados, que regaló 14.5 pases letales por partido a sus compañeros en la temporada 1989-90, robando 3 balones y perdiendo únicamente 3.5 por el camino.

Un maestro que, a sus inmaculados fundamentos, añadía el talento de anticiparse a todo lo que sucedía en la pista tanto en ataque como en defensa, gracias a un conocimiento del juego diferencial.

Porque no es posible enseñar a ver lo que Stockton percibía en el pabellón de turno. Era un superpoder innato.

“Stockton fue el peor jugador al que me tocó defender, peor incluso que Jordan. Todo el mundo decía que era sucio, y no era ni de lejos tan atlético como nosotros, pero era más listo.”

Gary Payton

Imaginad un tipo inasequible al desaliento, cuya actividad sobre la pista jamás se detiene. De bote alto y poderoso, pantalones cortos hasta lindar con lo ridículo y mirada siempre alzada, en una expresión que transmite una calma y control de la situación arrolladoras. Dispuesto y capaz de ejecutar la acción idónea en pos del triunfo del equipo: la asistencia perfecta, el tiro certero, el bloqueo más duro para facilitar la salida limpia del tirador, la ayuda defensiva necesaria, el robo de balón inesperado… un roble tanto física como mentalmente, el paladín de una estirpe de bases que eran el corazón y el alma del juego.

El general de campo que, gracias a su maestría en el arte del pick and roll, aupó a Karl Malone hasta la segunda posición entre los mejores anotadores de siempre.

Playoffs de 1999. Chris Webber y sus Sacramento Kings se cruzan con los veteranos Utah Jazz en la primera ronda de la Conferencia Oeste. Los californianos son la sensación de la NBA, y el poderoso power forward pretenden marcar el territorio colocando un bloqueo al límite del reglamento sobre un Stockton con 37 años ya cumplidos. Así se lo comunica en la previa del partido a un Rick Adelman que le otorga su bendición, altamente escéptico en cuanto a la efectividad del plan de su estrella. Ya en la pista, Chris ejecuta sus intenciones y coloca un bloqueo durísimo sobre el playmaker rival, valiéndose de su hombro para incrementar el impacto. La reacción de Stockton desmoralizaría al ejecutor y mandaría de paso un mensaje devastador a los Sacramento Kings como grupo.

El vendedor de seguros de Spokane se levantó del suelo, observó a la montaña de 2.08 metros y 111 kilos de peso, y articuló las palabras que se transformaron en un martillo más poderoso que el musculoso nativo de Detroit.

“Buen bloqueo”

John Stockton se retiró sin el anillo de campeón que Michael Jordan y sus Chicago Bulls le negaron hasta en dos ocasiones en el último peldaño competitivo, y nunca buscó reconocimientos unánimes ni actos grandilocuentes o multitudinarios, pero el mejor homenaje fue y es el respeto y gratitud eterna de los profesionales que se cruzaron en su camino, y el de los afortunados aficionados que pudimos presenciar sus milagros diarios disfrazados de hechos mundanos. Aquel triple sobre la bocina para derrotar a los Houston Rockets de Charles Barkley, en el sexto partido de la final de la Conferencia Oeste de 1997, fue apenas un ejemplo más.

Porque, bajo su logrado disfraz de testigo de Jehová, fue siempre imposible camuflar a uno de los mejores jugadores de la historia de nuestra pasión.

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