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Reflejos

Boston-Phila: el robo de Havlicek, ‘The Boston Strangler’ y la resurrección del duelo

La rivalidad entre Boston y Philadelphia ha vivido picos de gran intensidad, pero también épocas descafeinadas en los que se perdió toda identidad. Ahora, ambos proyectos luchan por la élite del Este y han revivido aquellas viejas rencillas.

jaime.eguen@gmail.com'

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Hay luchas que van más allá de equipos, banderas y colores. Batallas culturales entre ciudades que, de una manera u otra, sirven para generar rivalidades que serán indisolubles con el tiempo. Si ponemos la mirilla enfocando a la NBA, es imposible que no se te pase por la cabeza la pelea entre Celtics y Lakers. Sin embargo, sin hacer tanto ruido, la rivalidad que mantienen Boston y Philadelphia está muy lejos de quedarse atrás.

Los libros de historia cuentan que, la primera vez que se vieron las caras en una cancha de baloncesto rondaba 1950. En dicho partido (de hace unos 70 años), los Nationals se imponían a unos Celtics en un duelo que supuso el comienzo de una competencia histórica. La primera piedra de las 553 que se pusieron y sirvieron para construir una historia que, a día de hoy, ha vuelto a resurgir con fuerza. Precisamente por esto, la NBA está trabajando para comercializar una disputa que sirvió para formar las bases de lo que es hoy la liga.

No sería de extrañar que estos dos equipos se viesen las caras en los actuales Playoffs, para entender bien este duelo hay que echar una mirada atrás. Comenzando desde el “Havlicek stole the ball”, ‘The Boston Strangler’, pasando por el ‘Beat L.A’ y terminando con el duelo que viven en la actualidad. Un pequeño repaso a la historia de una de las mayores batallas del baloncesto americano, sin duda la más grande de toda la Costa Este de los Estados Unidos.

“Havlicek stole the ball!”

Hace más de 50 años de aquello, una realidad que no ha permitido olvidar el que es considerado uno de los mayores símbolos de toda la historia de los Boston Celtics. Un robo que será recordado eternamente y sirvió para generar una de las citas más legendarias de la NBA por parte de un Johnny Most que gritaba al micrófono preso de la emoción: “Havlicek stole the ball!”. Sin duda, todo un emblema para la NBA y los aficionados del trébol verde.

Foto: NBA.com

Antes de aquello, Boston, había ganado cuatro de las siete series que jugaron contra los Nats (como se llamaban antes de mudarse a Philadelphia) y de esta forma se convirtieron en su bestia negra. Sin embargo, los de ‘Philly’ añadieron a su ‘roster’ al gigante Chamberlain y las fuerzas se igualaron. Cuando se vieron las caras en Playoffs, la serie se fue a siete partidos y el duelo Chamberlain-Russell llamó la atención de propios y extraños.

En los Playoffs de la década del ’65, los Sixers consiguieron llevar a los Celtics al séptimo partido y ponerles contra las cuerdas. En aquel encuentro, los chicos de Philadelphia consiguieron remontar la renta que tenían los Celtics. No obstante, los de Boston tiraron de su característico ‘orgullo’ y entonces ocurrió. ‘Philly’ sacaba de banda con cinco segundos, los Celtics bloquearon la posibilidad de pase a Chamberlain y se produjo el robo. Havlicek, el cual estuvo magistral, se hacía con la posesión y se desataba la locura en Boston. Los Celtics llegaban a las Finales de la NBA y se hacían con su séptimo Anillo consecutivo. Sin lugar a duda, el primer momento histórico entre dos ciudades destinadas a odiarse.

‘The Boston Strangler’

Si retrocedemos en la historia de estos dos equipos, es imposible no pensar en ‘The Boston Strangler’. ‘El estrangulador de Boston’ fue un asesino en serie que sembró el caos en la ciudad de Massachusetts tras acabar con la vida de 13 mujeres. El criminal respondió al nombre de Albert Henry DeSalvo, un chico de Chelsea con un pasado violento, y un padre conocido por sacar los dientes a su mujer y quebrar sus dedos.

Pese a este pasado oscuro y reconocer los asesinatos, todavía sigue habiendo mucha controversia acerca de la autoría de semejante atrocidad. Susan Kelly, una autora que tuvo acceso a los archivos de la Comunidad de Massachusetts en “Strangler Bureau“, sostuvo que los asesinatos fueron un trabajo de varios asesinos y no de un solo individuo. Otro autor, ex perfilador de FBI, dijo: “estás utilizando diferentes patrones que son inconcebibles, ya que todos estos comportamientos no podrían caber en una sola persona”.

Pese a las controversias, DeSalvo, fue sentenciado a cadena perpetua en 1967. Ese mismo año, escapó con dos compañeros de prisión provocando una persecución a gran escala. Tres días después de la fuga, llamó a su abogado para entregarse. Fue trasladado a la prisión de máxima seguridad, conocida en aquella época como Walpole, donde más tarde se retractó de sus confesiones. Seis años después, fue encontrado asesinado a puñaladas en la enfermería de la prisión.

Volviendo al baloncesto y dejando a un lado esta curiosa historia, hubo un jugador de los Sixers que se ganó a pulso ser considerado ‘The Boston Strangler’. Andrew Toney fue conocido por hacer la vida imposible a los Celtics y en las Finales de la Conferencia Este de 1982 dio un paso adelante para derrotar a Bird y compañía, siendo capaz de eclipsar figuras como la de Julius Erving. El bueno de Andrew destacó por ser un anotador compulsivo que dominó la media distancia con frialdad, una faceta que llegaba a niveles superlativos cuando tenía enfrente a los Celtics.

Precisamente fue en unas Finales de Conferencia Este cuando, ‘The Boston Strangler’, se ganó más que nunca dicho mote. En el ‘Game 2’ se fue hasta los 30 puntos, en el cuarto encuentro anotó 39 con un 14 de 21 en tiros de campo y en el séptimo partido convirtió 34 para clasificar a Philadelphia a las Finales de la NBA. Una hazaña que no dudó en alabar el propio Larry Bird, que se deshizo en halagos ante su verdugo. El que es actualmente GM de los Celtics, Danny Ainge, reconoció tenerle más miedo que a Michael Jordan.

“Siempre que tenía el balón sabíamos que nos iba a meter canasta”.

Larry Bird sobre Andrew Toney.

Con los Celtics derrotados en el TD Garden, sucedió otro momento histórico entre estos dos equipos. La afición de Boston, consciente que Philadelphia se vería las caras en la Final con Los Lakers, se unió para cantar ‘Beat L.A’ pidiendo al contrario que ganase al eterno rival y privase a Lakers de conseguir el Anillo ese año. Un hecho que no se produjo puesto que, Kareem Abdul-Jabbar, Magic Johnson y Bob McAdoo, se impusieron a los Sixers en seis partidos y se alzaron con su octavo Anillo de la NBA.

La revitalización del duelo

La última década entre estos dos equipos estuvo marcada por el abusivo ‘tanking’ que protagonizaron los Sixers. Un hecho que repercutió en la rivalidad y que dejó el duelo en estado durmiente. Sin embargo, en Philadelphia hace tiempo que se dejó de hablar de tanques y perder partidos. Ahora cuentan con un proyecto que goza de buena salud y que está llamado a hacer grandes cosas en Playoffs.

Por parte de los Celtics, la situación es parecida. Tienen un ‘roster’ formado por un núcleo joven y acompañado por grandes estrellas como Kyrie Irving, Al Horford y Gordon Hayward. Además, en sus plantillas (tanto Celtics como Sixers) poseen jugadores ‘guerrilleros’ capaces de llevar los encuentros al barro y complicar las estructuras ofensivas rivales. A esto hay que sumarle el hecho de que, distintos factores, han provocado que dicha rivalidad se vea potenciada.

El debate Simmons-Tatum

Ben Simmons y Jayson Tatum son dos nombres llamados a dominar la NBA en los próximos años. Pese a ser dos jugadores diferentes, cuentan con un aspecto común: un talento descomunal y una capacidad innata para acaparar focos. También, hay que destacar que Tatum llegó a Celtics mediante el traspaso que hizo que, Markelle Fultz, fuese ‘drafteado’ por los Philadelphia 76ers.

Foto: Sporting News

Los números del australiano durante este año están siendo de: 16.9 puntos, 8.9 rebotes y 7.8 asistencias. El ’25’ de los Sixers ha sido All-Star por primera vez en su carrera deportiva y de su buen funcionamiento en Playoffs dependerán las aspiraciones de su equipo. Una postemporada que, precisamente el año pasado, se le atragantó y los Boston Celtics supieron castigar derrocándolos en el duelo directo entre los dos equipos.

El caso de Tatum es diferente al de Simmons. Hay voces que esperaban ver su rendimiento a un nivel superlativo. Sin embargo, sería muy injusto cargar contra un jugador que se encuentra disputando su segundo año en la NBA. Por otra parte, él demostró en los Playoffs del pasado año ser un jugador nacido para los momentos importantes y pese a su juventud fue capaz de echarse el equipo a la espalda. En los pasados Playoffs promedió 18.5 puntos, 4.4 rebotes y un 47.1% en tiros de campo. Sin lugar a dudas, estos dos jugadores invitan a pensar que el duelo entre ambos equipos tiene un futuro muy prometedor.

Duelo de altura, Embiid y Horford

Joel Embiid era entrevistado después de un partido y decía lo siguiente: “soy el jugador más imparable de la NBA”. Una afirmación atrevida pero que da pistas acerca de la confianza que tiene en su juego. Y no es para menos, el pívot de origen camerunés está promediando casi 28 puntos por encuentro y es el eje central por el cual gira todo el proyecto de ‘Phila’. Una bestia de siete pies que combina un juego de pies exquisito, con una gran capacidad para abrirse y una potencia desbastadora en la pintura.

Sin embargo, si hay un jugador que ha demostrado ser un gran problema para él, ese es Al Horford. La estrella dominicana cuenta con una amplia experiencia y es clave en el sustento de la defensa verde. El ’42’ de los Boston Celtics tiene grandes habilidades para defender en la pintura (además de ser muy versátil) y rara es la ocasión en la que cae en una finta. Un hecho que complica las cosas a Embiid que, gran parte de su juego, se basa en su movimiento de pies.

El ‘defensive rating‘ de Boston en los enfrentamientos directos contra Sixers, cuando Al Horford está en pista, es de 102.8 puntos por cada 100 posesiones. Un adversario que esta temporada está promediando 111.5 de ‘OFFRTG’ y que (contra Celtics) baja a los 103.4 puntos. Unos datos que no hacen dudar a Embiid que su bajada de rendimiento no es debido a la defensa de ‘Al’, sino a errores suyos.

“Él no está haciendo nada, es algo mío”.

Joel Embiid sobre la influencia de Horford en su rendimiento (vía Dave Uarm).

Los números dicen que, desde comenzaron los Playoffs del pasado año, Embiid ha anotado 83 puntos en 80 lanzamientos sobre el domenicano. Cifras que resultarían imposibles de entender sin analizar la telaraña defensiva que ha montado Brad Stevens sobre su figura. El All-Star titular de este año ha estado lidiando con ‘2vs1’ prácticamente constantes y con las presencia tanto de ‘Al’ como del propio Bynes cada vez que saltaba a cancha. Eso sí, al contrario que en los pasados Playoffs, este año estará mucho mejor acompañado.

Elton Brand ha movido ficha en el mercado y se ha hecho con los servicios de dos jugadores impresionantes. Jimmy Butler y Tobias Harris se unen a Simmons y Embiid para formar un cuarteto de ensueño en la ciudad de Philadelphia. De este modo ‘The Process’ llega a su etapa final y se ve con posibilidades de aspirar a todo este año. Sin embargo, los Celtics también podrán contar con Irving y un Hayward que, poco a poco, va cogiendo ritmo. Sin duda piezas que ayudan a abrir el apetito de cara a un hipotético cruce en Playoffs.

Los Boston Celtics han ganado tres de los cuatro encuentros que han disputado estos dos equipos en ‘RS’.

Si Celtics y Sixers se quieren ver las caras en los Playoffs, tendrán que luchar por llegar a las Finales de Conferencia Este. Para ello tendrán que despejar un camino complejo y plagado de obstáculos, en el que todo podría pasar. La historia entre estas franquicias nos ha dejado momentos inolvidables, pero visto como se están desarrollando los acontecimientos y lo que depara el futuro, esto acaba de comenzar. Una de las mayores rivalidades de la historia del deporte, ha vuelto. La NBA está de enhorabuena.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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SKYHOOK #16

 

Dossier Gigantes: pasado, presente y futuro de una profesión en peligro

De toscos gigantes a hábiles figuras capaces de hacer casi todo dentro de una pista. La figura del pívot marca el ritmo de su deporte y condiciona épocas, estilos y recuerdos, y a través de ellos viajamos en una travesía de casi ochenta años en el tiempo.

Ya a la venta en papel y digital 

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