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Reflejos

De Walton a Porzingis: el daño del poder en la NBA

Los últimos casos de Walton y Porzingis han vuelto a poner sobre la mesa el debate acerca de si protegemos a los deportistas sólo por ser ídolos de masas.

jon@skyhook.es'

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“Si Charles Manson jugara bien, algún equipo lo contrataría”.

Bill Parcels, exentrenador de fútbol americano.

La cita puede sonar excesivamente contundente. Pero se trata de un gran reflejo de cuáles son las prioridades en el deporte de alto rendimiento, cuando un jugador comete actos que convertirían a cualquier otro ciudadano en un paria. Era 30 de marzo cuando saltaron las alarmas. Según publicaba el periódico New York Post, Kristaps Porzingis, jugador franquicia de New York Knicks desde hace tres campañas, había sido denunciado por una presunta violación. La polémica estaba servida.

En palabras de la denunciante, la fecha coincide exactamente con el día en el que el letón se rompió el ligamento cruzado anterior de su rodilla izquierda (7 de febrero de 2018), lesión que todavía le mantiene alejado de las canchas. Aquel día, presuntamente, unas horas después de abandonar el Madison Square Garden Porzingis llegó a su casa, ubicada en el barrio de Manhattan, e invitó a su vecina a pasar un rato en su apartamento, donde la habría abusado sexualmente de ella.

El diario neoyorquino apunta a que la policía encargada de la investigación ve “muy creíble” la versión de la denunciante, quien fue coaccionada y silenciada a cambio de la falsa promesa de recibir 68.000 dólares de la mano del jugador. Fue después de más de un año, y tras no recibir ningún tipo de cuantía económica, cuando la mujer decidió interponer la denuncia. El dinero, supuestamente, era para poder pagar la matrícula universitaria de su hermano.

Por su parte, el periodista de ESPN Adrian Wojnarowski afirmó que los Knicks no escondieron en ningún momento estas informaciones en las negociaciones para traspasar al jugador báltico a Dallas Mavericks. La franquicia tejana era plenamente consciente de la bomba de relojería que estaba adquiriendo. Al ser cuestionado al respecto por el Post, el propietario Mark Cuban prefirió cubrirse las espaldas y no hacer ninguna declaración, “por recomendación de las autoridades federales”.

Cabe recordar que en febrero de 2018 una investigación de Sports Illustrated destapó decenas de acosos sexuales sucedidos en la organización durante años. Razón de más para no escatimar en cautela.

En pleno auge de las redes sociales, donde las noticias se hacen virales en apenas unos minutos, las informaciones comenzaron a expandirse a lo largo y ancho del globo. Todos los medios deportivos se hicieron eco de la noticia. Un jugador NBA volvía a copar los titulares por temas extradeportivos. Un caso que, de nuevo, hemos visto repetido con Luke Walton, sin que los Lakers, Warriors y Kings hayan movido un dedo al respecto.

Nada más ver la luz, el abogado de Porzingis, en la teórica labor de defender a su cliente, negó las acusaciones.

“Informamos de manera formal a las autoridades federales el 20 de diciembre de 2018, en base a las extorsionistas demandas de la denunciante. También informamos a la NBA hace meses y están sobre aviso de la investigación en curso por parte de las autoridades federales. No podemos comentar más sobre una investigación en curso”.

Roland G. Riopelle, abogado de Porzingis

No fue el único. Un día después de descubrirse el caso, Michele Roberts, presidenta de la NBPA (el sindicato de jugadores de la NBA), se posicionó a favor del jugador del ala-pívot de los Mavs. En declaraciones a ESPN, la directiva declaró que eran conscientes de las alegaciones “desde hace tiempo”.

“Hemos evaluado las acusaciones de la denunciante y, basándonos en la información que se nos ha presentado, nos hemos puesto de parte de Kristaps”.

Michele Roberts

De la misma forma, era lo esperado, ya que el sindicato estaba sacando la cara a uno de los suyos. Aunque el incidente de Porzingis no es una rara avis dentro de la NBA. A lo largo de los años de vida de la competición, se han registrado multitud de abusos sexuales, violaciones, extorsiones y toda clase de excesos por parte de jugadores y hombres de poder dentro de las organizaciones.

La impunidad como regla

El deportista de élite, figura siempre venerada por el populacho, se ha convertido en una especie de deidad intocable en el seno de la sociedad. Auténticos ídolos de masas, capaces de movilizar a miles de personas con un mísero tweet. El proceso de retroalimentación es tal, que a medida que internet, el show televisivo y todo producto de una índole parecido crece, el deportista lo hace al mismo tiempo, alejándose cada vez más del resto de la población.

Actualmente, su lejanía con la realidad es tan grande, que da la sensación de que viviesen en otro planeta, aunque también se pueden apuntar excepciones como las de Damian Lillard, Jaylen Brown y tantos otros.

He ahí el problema: se han convertido en eminencias tan idolatradas, que los aficionados no están dispuestos a que dañen su imagen ni un ápice. A lo mejor, por miedo a tener que renegar de ellos. Se trata de figuras públicas que gozan del respaldo social. En muchas ocasiones, los casos de abusos en el deporte de élite se resuelven de manera extrajudicial, quedando como una mera anécdota en el currículum de los jugadores. Su imagen acostumbra a permanecer intacta y, además, el sistema empuja, en primer lugar, a dudar del testimonio de las presuntas víctimas.

Complicidad mediática

Uno de los casos más sonados en la historia de la liga norteamericana fue el de Kobe Bryant, leyenda recientemente retirada de las canchas. En la 2015-16, su vigésima y última campaña enfundando la elástica de los Lakers, Kobe se dio un auténtico baño de masas en todos los pabellones por los que pasó. Sus proezas eran dignas de reconocimiento, sin lugar a dudas. Pero, ¿dónde quedaban sus pecados? Al parecer, nadie recordaba el episodio más negro en la carrera la Mamba Negra. Uno de los mejores jugadores de siempre, venerado por la mayoría de los seguidores. La memoria es muy corta, o muy selectiva.

La noche del 30 de Junio de 2003, Bryant se encontraba en el Cordillera Lodge and Spa de Edwards, Colorado. La temporada había sido decepcionante, ya que los angelinos no pudieron revalidar su cuarto título consecutivo. Durante su estancia allí, Kobe conoció a una joven de 19 años que trabajaba en el hotel, a la que invitó a entrar en su habitación. Minutos más tarde la chica saldría angustiada con manchas de sangre y decidida a demandar al jugador por violación. En primera instancia, siguiendo un patrón común con gran parte de los demandados, negó los hechos.

Tras aquello, se montó un circo mediático obcecado en dañar a la joven, alegando un supuesto comportamiento “promiscuo”. Acusada de mentir y de haberlo hecho por dinero, algunos medios publicaron historiales médicos, hablaron con amigos y familiares e incluso sacaron a la luz fotografías de su vida privada. Diez meses aguantando aquel infierno fueron cuanto pudo soportar hasta aceptar la indemnización de Bryant. Momento en el que la prensa olvidó el tema y volvió a centrarse en el ámbito deportivo. La presión recibida a sus 19 años había sido brutal y se vio obligada a ceder.

Es por ello que desde ‘The Petition Site’ se creó una iniciativa para que la Academia de Ciencias y Artes Cinematograficas (AMPAS) retirase el Oscar de Mejor Corto de Animación a Kobe Bryant, que lo ganó por  ‘Dear Basketball’. Si bien se lograron miles de firmas para llevarla a cabo, la petición no estuvo ni cerca de prosperar. Era Kobe Bryant, histórico del deporte de la canasta.

“Kobe juega por su liberad. Tal vez si tuviera una mala racha se le empezaría a declarase culpable”.

El pasado noviembre otro de los nombres protagonistas fue Dwight Howard, jugador de Washington Wizards. Un usuario de Twitter llamado Masin Elijè, joven transexual que asegura que fue novia del jugador, lo acusó a él y a su pastor espiritual de amenazas y acoso sexual.

Para los medios, lo más importante del entuerto fue la posible bisexualidad de Howard, que además se trató si homosexualidad, aludiendo exclusivamente al sexo biológico de Elijè. Y obviando por completo la extorsión que, supuestamente, había sufrido Elijè. En ocasiones, las víctimas se convierten en muescas en la culata para los medios de comunicación, en su papel cómplice como agentes sociales y creadores de información que son.

Ídolos antes que personas

Justo antes de comenzar la temporada 2016-17, la policía de Los Ángeles abrió una investigación contra Derrick Rose y otros dos amigos, acusados de haber violado a la ex-pareja del MVP de 2011. El proceso se fue enturbiando, adquiriendo tintes de lo más macabros a medida que avanzaban los meses. Mientras los acusados se encontraban declarando ante el juez¸ Nadine Hernández, la detective que investigaba el caso, apareció muerta en su residencia de L.A. con un disparo en la cabeza. Además, la presunta víctima pedía 21 millones de dólares como indemnización, alegando que había sido drogada durante el acto.

Rose, por su parte, siempre se declaró inocente e incluso dio a entender que como hombres no necesitaban el consentimiento de la mujer, quitando al problema toda la gravedad que este conlleva. El jugador no es consciente del daño social que pueden provocar declaraciones de esa índole, si la personalidad que las vierte es alguien con su proyección mediática y capacidad de influencia.

No obstante, el súmmum del surrealismo llegaría el día del juicio, cuando tras tres horas de deliberación, el jurado absolvió a los acusados de todos los cargos. Instantes después de terminar la sesión, varios miembros del tribunal corrieron a hacerse fotos con el propio Rose. ¿Cómo se puede esperar un juicio justo por parte de alguien que admira al acusado?

Fuese inocente o no, es notorio que la condición de estrella de Derrick Rose pesaba sobre quienes dieron el veredicto. Su abogado, Marcos Baute, afirmó que la mujer, de 30 años, buscaba “un premio de la lotería” con la demanda. Argumento muy recurrente en casos de abusos por parte de jugadores profesionales, en los que, a menudo, se intenta plasmar que las víctimas solo buscan billetes.

Su posición de privilegio es la que los hace verdaderamente intocables. Tal vez, ni siquiera ellos actúan deliberadamente a sabiendas de que rara vez su comportamiento acarrea consecuencias directas. Es el público quien rehúye el hecho de ver manchada la imagen de sus héroes. Se trata del fanatismo, en definitiva. Y dicha obstinación puede anidar en cualquier sector, también en los medios o en el poder judicial.

Avery Bradley, Isiah Thomas, Dennis Rodman, ‘Fast’ Eddie Johnson…la lista de jugadores involucrados en casos de acosos, abusos y violaciones es extensa. La liga ha tenido que lidiar con los excesos de sus protegidos durante muchos años, dejando los castigos en manos de los tribunales y procurando no inmiscuirse demasiado en una guerra contra sus propias estrellas. Sin embargo, la verdadera semilla de la cuestión radica en el poder, en la potestad de equivocarse sin sufrir castigo alguno. Un poder generado a raíz del fervor de los aficionados.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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