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NBA

De padre a hijo, la historia de Bob Pettit

Le bastaron cinco temporadas para ganarlo absolutamente todo, algo que ni siquiera los propios Milwaukee Hawks preveían cuando le draftearon en 1954. Es la historia de Bob Pettit. Un gigante que en su día no valía para su equipo de instituto.

maanuf96@gmail.com'

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La ciudad de Atlanta, que recordemos es la más poblada y a su vez capital del estado de Georgia, destaca por cosas como su clima subtropical o su moderno urbanismo. El núcleo urbano presenta un gran abanico de atractivos que rodean a la cultura del baloncesto, que se vive desde 1968 tras la llegada de una franquicia NBA. Una entidad que ya llegaba con un anillo de campeón logrado una década atrás.

En 1958 los Hawks consiguieron su primer y único título hasta el momento, una hazaña para la que fue necesaria un héroe que les liderara. Ese hombre, ya legendario, tuvo unos inicios dubitativos, pero fue capaz de acabar grabando su nombre en los libros de historia de la pelota naranja.

Hay que remontarse a Louisiana, en los años cuarenta. Más en concreto a Baton Rouge, para ver los primeros pasos de “Big Blue”. Unos inicios humildes en los que fue rechazado varias veces de plantillas escolares por no dar la talla. El instituto de la zona le cortó en dos ocasiones, tanto en freshman como en sophomore. Una situación que pudo haber desembocado en que el ahora Hall of Famer nunca llegara a hacer carrera profesional. Gracias a un aro en la terraza y las ansias de superarse a sí mismo, hay una franquicia en la liga que triunfó por una vez en su historia.

La cantidad de horas que pasó en el patio trasero de su casa entrenando solo, con la esperanza de que su propio padre se sintiera orgulloso de él, fueron por momentos un infierno. Los fantasmas de los sucesivos rechazos vividos en high school rondaban su cabeza, haciendo cada vez más difícil enfrentarse a la soledad de su patio. Sin nadie alrededor y con el sonido de la bola rebotando en el frío hierro con cada error.

Tras su primer fracaso, Pettit volvió renovado, con un nuevo repertorio de jugadas y ansioso por demostrar su lugar en el mundo. O, al menos, lo que para él era su único mundo conocido entonces. Su progresión le hizo conseguir un puesto de titular en su tercer año, momento en el que explotó y se hizo con las riendas del equipo. De su mano, Baton Rouge lograría el campeonato estatal, más de dos décadas después.

Los ojeadores comenzaron a hacerse eco del nombre de Bob Pettit y, en tan solo dos temporadas, pasó a convertirse en una de las mayores promesas de principios de los años cincuenta. Finalmente, el ala-pívot se comprometería con Lousiana State.

Etapa universitaria e inicio NBA

A medio camino entre las expectativas y los vívidos recuerdos del más frío rechazo, Pettit se obligaba a sí mismo a darlo todo en cada segundo que se encontraba sobre la pista. Aquellas horas infatigables lanzando a canasta en solitario, bañadas por los últimos rayos del sol y su sudor, hicieron que los entrenadores se frotaran las manos. A los 18 años, Pettit ya era un ejemplo de superación y tenía una ética de trabajo impropia de un adolescente cuya carrera aún ni había empezado.

El dominio absoluto que mostró con los Tigers se remarca con sus primeros registros conocidos. Unas estadísticas que pueden parecer sacadas del mismísimo With Chamberlain, pero es que Pettit era de los pocos que lograba mirarle a la cara sin amilanarse por su dominio. La descabellada cifra de 27’8 puntos y una gran capacidad reboteadora le permitieron ser un fijo en el mejor quinteto de la Conferencia Suroeste tres años y ser dos veces All-American.

Su presencia en LSU marcó un antes y un después tanto para el jugador como para el college e, incluso, para la propia historia del baloncesto. Le bastaron cinco temporadas para ganarlo absolutamente todo, algo que ni siquiera los propios Milwaukee Hawks preveían cuando le draftearon en 1954.

Su andadura en la NBA comenzó, como no podía ser de otra forma, ganando el Rookie of the Year, la primera de las incontables distinciones individuales que acumuló en sus once temporadas en la liga. Un año más tarde, con los Hawks ya en St. Louis, Pettit ganó su primer título de máximo anotador y máximo reboteador (promedió más de 20-20), convirtiéndole en el primer MVP de la historia de la competición, galardón que recibiría también en 1959. Además, fue nombrado MVP del All Star Game tras anotar 20 puntos y recoger 24 rebotes.

Su estancia en la NBA le consagró como una de las figuras mitológicas del baloncesto, siendo una estrella que no apagó su brillo desde el primer día hasta colgar su dorsal en el pabellón de los Hawks. Su última temporada es considerada aún como la mejor despedida a nivel numérico que se haya visto, y es que en la 1964/65, su última aventura en la liga, fue capaz de labrar una estadística de 22’5 puntos, 12’4 rebotes y 2’6 asistencias a sus 32 años.

Lo que hizo todo posible

Recapitulemos y volvamos al principio, a ese preciso momento en el que Bob salía hundido después de que no contaran con él para formar parte del plantel del instituto. La sensación de no sentirse útil para realizar aquello que amaba corría por los pensamientos de aquel niño que no sabía aún como le iba a decir a su padre que había fracasado. Las energías negativas le cubrían la mente en el camino del pabellón a casa. Durante ese andar el futuro se volvió opaco.

Fue su propio padre, el sheriff de la ciudad, quien pronunció las palabras que cambiaron su destino. La confianza paternal fue un punto de inflexión. El calor de su hogar fue la palanca para cambiar el presente de Bob y lo único que podía volver a animarle a jugar después de que sus ilusiones se hubieran desvanecido por segunda vez, siendo aún un chaval.

La vitrina de trofeos de Atlanta Hawks, en pleno siglo XXI, no podría decir al mundo que tiene un título de campeón de la NBA sin esa conversación. Un diálogo que podría parecer un simple momento familiar cotidiano pero que tuvo una trascendencia mucho más allá, atravesando límites que Bob Pettit jamás hubiera imaginado al pronunciar esas oraciones para alentar a su chaval.

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NBA

Al Bianchi, un hombre de baloncesto

Al Bianchi nos dejó hace dos semanas. Una de esas personas cuya vida giró siempre por y para el baloncesto. Ni siquiera tras su retiro se desligó del todo de este mundo.

rjimenez@skyhook.es'

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Fallecido el pasado 28 de octubre en Phoenix, Arizona, de una insuficiencia cardíaca por causas naturales a los 87 años, Al Bianchi fue un tipo vinculado al baloncesto profesional norteamericano durante casi setenta años. Héroe universitario en los 50 y sólido jugador NBA hasta mediados de los 60. Entrenó en la ABA y rozó el anillo en los banquillos de la NBA  a mediados de los 70. Resucitó brevemente a los Knicks a finales de los 80 desde la gerencia general. Y compartió su idiosincrática visión del juego como consultor y ojeador hasta el final de sus días. Érase una vez un hombre a un balón de baloncesto pegado…

Nacido el 26 de marzo de 1932 en el neoyorquino barrio de Long Island City, Queens, Alfred «Al» Bianchi, uno de los tres hijos de los inmigrantes italianos Alfredo y Rose (Sciallo) Bianchi, fue un flacucho y letal francotirador —también un joven tenista de primer nivel pero, afortunadamente, escogió el baloncesto— con aparato dental, que en 1948 sería fundamental para llevar a su instituto de Long Island City a las semifinales de la liga de institutos públicos de Nueva York City, celebradas en el Madison Square Garden. Un lugar que llegaría a conocer como pocos en su vastísima trayectoria.

En las canchas

Bianchi fue reclutado por la Universidad Bowling Green State de Ohio en 1950, donde se convirtió en prolífico anotador desde su posición de base, en la que aprovechaba su entonces notable altura de 1,90 y un juego cada vez más agresivo y físico. Durante sus cuatro temporadas promedió 19,3 puntos por partido, con sus dos últimos años entrando en la historia de la institución —miembro de su Salón de la Fama desde 1965— con promedios récords de 22,1 puntos como junior (1952-53), y de 25 como senior (1953-54), y noches para el recuerdo como los 42 puntos endosados a Western Michigan, récord absoluto de los de Ohio. En esa temporada, Bianchi, apodado «Blinky», que formaba una temible dupla junto a otro icono de la universidad, James Gerber, llevó a los Falcons a un 17-7, lo que les valió una aparición en el National Invitation Tournament de la NCAA. Además de su segundo MVP consecutivo del equipo, Bianchi fue incluido en el All Ohio Team y recibió una mención honorífica en el All American Team. La NBA aguardaba.

Pero no sucedió así. Porque Bianchi, seleccionado en el puesto número 18 —novena selección de la segunda ronda— del Draft de la NBA de 1954 por los Minneapolis Lakers, pasaría los siguientes dos años sirviendo en el Cuerpo Médico del Ejército estadounidense. Y, al reincorporarse a la competición en 1956, los Lakers lo traspasaron a los Syracuse Nationals. Con el equipo del estado de Nueva York jugaría siete años, antes de que este se «mudase» a Filadelfia en 1963, transformándose en los 76ers. En total fueron diez temporadas promediando 8,1 puntos , 2,2 asistencias y 2,5 rebotes por partido en menos de 20 minutos. Un consistente recambio, que destacaba por su fiereza y competitividad, para el excelso backcourt titular de los Nationals formado por Larry Costello y el gran Hal Greer. El 1 de mayo de 1966, los flamantes Chicago Bulls escogieron a Al en el draft de expansión de la NBA, pero nunca llegó a jugar con ellos, retirándose a los 33 años. O, mejor dicho, cambiando las zapatillas y el tiro desde el pecho a dos manos —el two set shot, del que fue uno de sus últimos exponentes— por la pizarra y el libreto de jugadas. 

En los banquillos

Y es que Bianchi pasó a ser el entrenador asistente de su ex-compañero en Syracuse y primer entrenador en la historia de la nueva franquicia de «la ciudad del viento» Johnny «Red» Kerr. Tras un año de formación, Blinky asumió el reto de liderar el banquillo de otro equipo en expansión, los Seattle Supersonics, pese a que en sus dos años en el equipo de Washington tan sólo pudo conseguir una marca perdedora de 53 victorias y 111 derrotas.

En cambio, su siguiente empresa sí sería exitosa y llamativa. Porque Bianchi, un preparador temperamental, con abundantes ataques de ira contra los jugadores que calificaba de «blandos» y los árbitros, con quienes siempre mantuvo una volátil relación de amor-odio, se trasladó a la ABA para ser el entrenador —asumiría su gerencia general posteriormente— de los Washington Caps/Virginia Squires, desde 1969 hasta 1975. En la temporada 1970-1971, la primera en Richmond, Virginia, llevó al equipo al campeonato de la División Este con una marca de 55-29, por lo que fue nombrado Entrenador del Año. Y, al año siguiente, consiguieron hacerse con todo un mito: Julius Erving —a quien Bianchi llamaba «Julie»—, recién salido de la Universidad de Massachusetts. Sin duda alguna, los Squires eran el equipo a seguir de la ABA.

Desgraciadamente, tras la derrota ante los New York Nets en la segunda ronda de los playoffs de 1972, los problemas económicos de los virginianos provocaron la toma de decisiones más que drásticas. Y, una temporada después, convertidos en grandes favoritos al título al juntar al «Dr. J» con George Gervin, los acontecimientos se precipitaron tras la sorpresiva derrota contra Kentucky en primera ronda. «Tuvimos que vender jugadores sólo para sobrevivir», dijo Bianchi a The Richmond Times Dispatch en 2006 sobre la decisión de enviar a Erving a los Nets por «mucho dinero» y George Carter. Y, en 1974, fue Gervin el tradeado a los San Antonio Spurs por 225.000 dólares. Tan sólo sirvió para alargar la agonía. Temporalmente salvados económicamente, pero sin mucho a lo que acogerse —tan sólo contaban con el futuro Hall of Famer Charlie Scott como jugador de renombre—, los aficionados dieron la espalda a los Squires y las derrotas —15-69 en sus dos últimas temporadas— causaron el cese de Bianchi en noviembre de 1975, seis meses antes de que la franquicia desapareciera. «La marcha de Erving me hizo un pésimo entrenador.», afirmó con sorna Blinky tiempo después.

Tras la absorción de la ABA por la NBA en 1976, Jerry Colangelo fichó a Al Bianchi para los Phoenix Suns como entrenador asistente de John MacLeod, en lo que parecía una extraña pareja —emocional y lenguaraz Bianchi, metódico y reflexivo MacLeod—, que funcionó a la perfección. Y es que esa sería su labor más extensa en los banquillos, hasta 1987, aunque su momento de mayor gloria a la vez que frustración llegaría en su primer año, en aquellas fenomenales finales contra los Boston Celtics, mitificadas gracias al quinto partido de la serie, el de la tres prórrogas —para muchos el mejor en la historia de la NBA—, clave para la victoria por 4-2 de los verdes. Al, expulsado en ese encuentro por el árbitro Richie Powers, relataría a The Arizona Republic que «fue mi única oportunidad de ganar un anillo, así que pensé, voy a hacerme uno yo mismo». Era de plata con una piedra turquesa y dos  inscripciones: «Phoenix Suns, 1975-76 World Champs», acompañado de un inapelable «Fuck you, Richie Powers».

En los despachos

Al Bianchi aún tenía varias aventuras que vivir. De hecho, su siguiente singladura fue una de las más relevantes y peliagudas de su carrera, pasando del banquillo de Phoenix al cargo de gerente general de —nada menos— que los New York Knicks. Bianchi tomó las riendas de la gestión knickerbocker en verano de 1987, tras una temporada 1986-87 desastrosa, con tan sólo 24 victorias. A nuestro protagonista no le tembló el pulso en sus primeras decisiones, reemplazando al entrenador Bob Hill —que había sustituido a Hubie Brown— por Rick Pitino, y permitiendo que Bernard King —tras dos años alejado de las canchas tras su gravísima lesión de rodilla— se fuera a los Washington Bullets.

Los cambios salieron bien para ambas partes. Mientras King resucitó su ilustre carrera en Washington, Bianchi acertó con Pitino, cuyo estilo de defensa presionante, ataque a la carrera y mucho tiro exterior, hizo progresar a un equipo cimentado en un joven Patrick Ewing y el rookie Mark Jackson —elegido mejor novato del año—, drafteado por Al desde la universidad de St. John’s. Ese primer año alcanzaron los playoffs, siendo eliminados en primera ronda por los Celtics. No obstante, la temporada 1988-89 sería aún mejor. Bianchi seleccionó a Rod Strickland proveniente de De Paul en la lotería, y se hizo con Charles Oakley y Kiki Vandeweghe vía traspasos. ¿El resultado? 52 triunfos, segundos del Este tras los «Bad Boys» Pistons, y una trayectoria más que notable que sólo truncaría un tal Michael Jordan en las semifinales de conferencia.

Sin embargo, tanto el equipo como la labor de Bianchi se tornaría más errática los dos años siguientes. Pitino renunció en verano del 89 para irse a los Kentucky Wildcats, cruce de declaraciones entre ambos, reflejo de la profunda desconfianza mutua, incluidos. Stu Jackson, su asistente, lo sustituyó al frente de los Knicks y, pese a que el arranque fue bueno, el discutible cambio del prometedor Strickland por el veterano Maurice Cheeks funcionó, y el equipo repitió ronda en playoffs cayendo ante los Pistons, futuros bicampeones, el momentum se esfumó. Al se deshizo de Jackson en diciembre de 1990, dándole el mando a su antiguo colega en Phoenix John MacLeod. Y aunque se apuntó un último tanto fichando al icono del Madison John Starks, tres meses después fue despedido y reemplazado por Dave Checketts.

En 1991, Bianchi regresó a Phoenix para ejercer de ojeador de los Suns, sobre todo en el ámbito universitario, cargo que repitió entre 2004 y 2009 para los Golden State Warriors. Incluido en el New York City Basketball Hall of Fame en septiembre de 2007, en sus últimos años, de nuevo en Arizona, se dedicó a la consultoría y el scouting independientes, labores en las que, no podía ser de otra forma, favorecía al jugador físico y despreciaba la analítica y las estadísticas, puro old school. Estaba preparando sus memorias, Journeyman: Seventy Years Along the Sidelines of Pro-Hoop History, junto a Tom Ambrose —otro tipo de dilatada trayectoria ligada a los Suns—. No podían tener un título más apropiado. Un auténtico hombre de baloncesto.

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Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

nachoanayac2@gmail.com'

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Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Análisis

Dwight Howard y su camino a la redención

“Mi ego ha muerto”. Tras años vagabundeando por la NBA, alejado del cariño que antaño le profesaban los fans, Dwitght Howard regresa a la ciudad donde todo se precipitó.

jaime.eguen@gmail.com'

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Conocemos la redención como el camino a tomar para liberarse de algo. En la doctrina cristiana, por ejemplo, se usa este término para referirse al perdón de los pecados y el objetivo de alcanzar la vida eterna. Según cuenta el cristianismo, Jesús murió en la cruz para salvar el mundo y, con su muerte, poder vencer la imperfección humana. Una tarea que fue desarrollando a lo largo de su vida y culminó con su crucifixión. Como Jesús, son muchos los que inician caminos de expiación para limpiar los malos actos pasados y comenzar en paz una vida nueva.

Dwight Howard, una persona profundamente religiosa, ha iniciado su propia peregrinación. El pívot que tanto dominó la NBA durante su etapa en los Orlando Magic, nunca escondió su intención de evangelizar la liga y su profunda relación con Dios. En una entrevista concedida a The Undefeated, el ahora jugador de los Lakers reconoció sentirse perseguido cuando cometió errores a lo largo de su vida y carrera profesional. Su asesor espiritual, el pastor Calvin Simmons es una figura clave en su día a día y según cuenta Howard, su fe actualmente está pasando por su mejor etapa.

“Ahora es más fuerte, mucho más fuerte de lo que era en aquel entonces. He pasado por tantas pruebas. No tienes más remedio que hacerte fuerte”.

Dwight Howard hablando de su fé (víaThe Undefeated’ ).

Dejando a un lado la moral cristiana, el pívot ha regresado a la ciudad de Los Ángeles y ha comenzado su propia redención con la camiseta ‘oro-púrpura’. Como si se tratase de un cuentagotas, se ha ido filtrando información acerca de cuáles fueron los motivos que llevaron a esos Lakers a fracasar de manera tan estrepitosa en su primera etapa en la franquicia angelina. Un quinteto formado por Steve Nash, Kobe Bryant, Metta World Peace, Pau Gasol y el propio Howard, que estaba llamado a marcar una época en la NBA y acabó disolviéndose por la puerta de atrás del Staples Center. La conversión de ‘Superman’ ha sido larga, desde su salida hasta su regreso como hijo pródigo.

El ‘superequipo’ que nunca llegó a ser

Año 2012. La ciudad de Los Ángeles, siempre conocida por su fama y conexión con Hollywood, se preparaba para vivir una emocionante temporada. Los Lakers venían de caer de manera consecutiva en Semifinales de la Conferencia Oeste y se comportaron de manera agresiva en el mercado veraniego. Hecho que les llevó a conseguir Dwight Howard y a Steve Nash, ilusionando a un pabellón que aún tenía recientes los dos Anillos consecutivos. De esta forma, montaban su particular ‘superequipo’, uniendo a uno de los mejores anotadores de la historia, un dos veces MVP, Pau Gasol y el mejor interior del momento, Dwight.

Una plantilla que les colgaba el cartel de favoritos e, incluso, el de equipo invencible. Nada más lejos de la realidad. Los Lakers naufragaron de manera estrepitosa y el proyecto se iba desmoronando a cada día que pasaba. La llegada de una nueva semana conllevaba escándalos que se acabaron traduciendo en la destitución de hasta dos técnicos y el hundimiento de una franquicia que estaba llamada a marcar una época. Un desastre que llevan arrastrando durante muchos años y que, desde esa campaña, les mantiene alejados de Playoffs. Con el paso de los años, poco a poco, han ido saliendo los motivos por los cuales el proyecto no cuajó.

El propio Nash, uno de los tres pilares del proyecto, atendió a ‘The Ringer’ y aportó su propia perspectiva de lo vivido con el conjunto ‘oro-púrpura‘. El base fue autocrítico y reconoció que nunca volvió a ser el mismo tras la lesión que lo mantuvo alejado en el primer tramo de la temporada. A esto se sumó los problemas crónicos que venía arrastrando Howard y la tremenda lesión que apartó a Kobe Bryant de los Playoffs. Además, Pau Gasol, “llegó a esa temporada agotado por jugar con España durante los últimos veranos”, según comentó el canadiense. Una plantilla asolada por las lesiones que, precisamente, no solo contó con ese contratiempo.

Es una realidad que un equipo falto de química está abocado al fracaso. Sin ella, los cambios, las ayudas, la circulación de balón y muchos otros aspectos; resultan tremendamente más complejos. Egos absolutamente incontrolables que dinamitaron un vestuario que no supo adaptarse por el bien común y remar hacia un mismo sentido. El dos veces MVP de la NBA no dudó en señalar la falta de adaptación al principal problema del fiasco: “no sé si habría funcionado. Éramos muchos gallos en el mismo gallinero y todos sabemos lo importante que es la química entre todos los jugadores para que un equipo funcione. Aunque no hubiésemos tenido todos esos problemas, no sé si hubiese funcionado”.

Kobe-Howard, un matrimonio abocado al divorcio

El amor, las relaciones, las amistades… son relaciones que dependen del respeto mutuo y entendimiento por ambas partes. La comunicación y la compatibilidad son la base sobre la que se debe sostener todo, con esas características cumplidas, se puede comenzar a construir. Pues bien, la relación ‘Howard-Kobe’ estuvo ausente en todos estos campos. Dos personalidades muy dispares que jamás gozaron de entendimiento y no supieron comunicarse para poner parches a las numerosas grietas.

Con Dwight Howard ya establecido en Houston, y en una de sus primeras batallas contra Kobe Bryant tras su salida de Lakers. Se vivió una confrontación en la que ambos jugadores discutieron acaloradamente. Precisamente fue en esa ocasión en la que Kobe llamó “soft” al entonces interior de los Rockets. Un jugador que, desde su llegada a la ciudad angelina, vivió una decadencia constante que culminó con su horrendo pasó por los Washington Wizards. De esta forma, Dwight Howard, pasó de ser el pívot más dominante y heredero de Shaquille O’Neal, a buscar equipo y naufragar en la liga.

(Vía @Stadium)

El entonces ‘12’ de los Lakers, siempre estuvo señalado por su actitud infantil y su falta de competitividad. Unas características que contrastaban con todo lo que representaba Kobe Bryant, que siempre fue un competidor obsesivo y un amante de la ética de trabajo. Dwight Howard reconoció encontrarse en una dimensión distinta a la del escolta y no coincidir en la forma de entender el baloncesto: “Nunca había visto a una persona como yo. Alguien que pudiera disfrutar del baloncesto, pero al mismo tiempo no ser tan serio”. Una mezcla que terminó explotando y con el pívot saliendo de la plantilla sin demostrar el nivel alcanzado durante su etapa en los Orlando Magic. Una relación rota y que, hasta hace escasos meses, parecía irreparable.

Los Lakers creen en las segundas oportunidades

Las segundas partes nunca fueron buenas, o al menos eso se suele decir. Cuando una persona te ha fallado una vez, tiende a repetirlo en más ocasiones. En el cine ocurre más o menos lo mismo, son muchos los críticos que reprochan las continuaciones de una buena película y no dudan en criticar esta. Pues bien, los Lakers han roto el tópico y han decidido adoptar a Howard como el hijo pródigo que se equivocó y vuelve a casa con ganas de redención. Una vuelta que cierra el círculo y llega en un momento crucial para la carrera de ‘Superman’.

El pívot de los Lakers presume de haber cambiado todas las actitudes tóxicas que dañaron a la franquicia durante su primera etapa. Abandonado su ego y asumiendo su ‘rol’ de jugador secundario y con labores de ‘albañilería’, se reengancha a la NBA tras tener serios problemas para encontrar equipo durante el verano. Un cambio de actitud que le ha llevado a “enterrar su ego” y declararse al completo servicio del equipo. Un cambio que va acorde con su intención de limpiar su nombre de jugador problemático y que, según ha comentado, viene acompañado del olvido de sus problemas crónicos en el apartado físico. Además, cuenta con la bendición de Kobe Bryant que sorprendió con unas declaraciones en las que mostró su total apoyo a su ex-compañero.

Creo que realmente Dwight aprecia esa oportunidad y que va a tener un gran impacto en el juego“.

kobe bryant sobre el regreso de howard (vía los ángeles times).

Lo cierto es que, en este arranque de campaña, ha demostrado ser un activo valioso para los angelinos y cuenta con la confianza de Frank Vogel. Su futuro dependerá de aprovechar una oportunidad que llegó gracias a la lesión de un Cousins que, probablemente, pueda regresar para los Playoffs (si es que Lakers consigue entrar). La versión que ha mostrado durante este arranque de la temporada es completamente distinta a la de su primera etapa. Ya no cuenta con esa obsesión por demostrar su juego al poste como antaño y Howard deberá, día a día, convencer a sus superiores de su valor en cancha.

De hacerlo, se uniría al selecto grupo de nombres que consiguieron ser ‘una segunda parte de calidad’ como ‘El Imperio Contraataca’, ‘El Caballero Oscuro’, ‘Terminator II’ o la segunda parte de “El Padrino”. Una oportunidad que llega a sus 33 años y que, esta vez sí, puede ser la última. El camino a la redención acaba de comenzar, y muy probablemente sea su prueba más compleja.

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SKYHOOK #18

Skyhook #18 | Tras la estela del Doctor J.

Pelo afro, mates imposibles, aroma de estrella. Julius Erving nos demostró que el baloncesto se podía disfrutar con los cinco sentidos.

A la venta en papel y digital

Quinteto Ideal