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Reflejos

Never fear, Magic is here

El joven novato tornó en onmipresente durante aquel sexto partido ante los Sixers de Erving. Magic quería cruzar ya la puerta de la mitología.

Never fear, E.J. is here

Earving Magic Johnson en el avión hacia Philadelphia

Los Lakers, ese perenne, snif, meme. Son ya seis años sin saborear Playoffs y una última temporada en la que han sido incapaces de superar los números de la anterior. A pesar de contar con el refuerzo de un tal LeBron James, y que se ha rematado, coherentemente, con el vodevil de la dimisión en directo de Magic Johnson como presidente de la franquicia.

Incapaz de comunicárselo cara a cara a Jeanie Buss, Magic aireó su decisión en una esperpéntica rueda de prensa en la que no cesó de arrojar paletadas de mugre sobre su prestigio como leyenda de la NBA (“Ahora con todo lo del tampering y todo eso no puedo ni poner un tuit”, por el amor de dios, Earvin, ni que fueras @norcoreano).

Prestigio que ya se encontraba seriamente tocado debido a su errática gestión al mando de las operaciones del club angelino; con el remache ejecutivo de la contratación de LeBron como único éxito indiscutible de su labor, de la que incluso el bueno de Adrian Wojnarowski rajó salvajemente.

“Magic quiere ser querido, y en este trabajo eso es imposible”, concluía Woj. La amargura de Johnson se derramaba cual catarata en la susodicha rueda de prensa: “Solo quiero volver a divertirme, ser la persona que era antes de aceptar este trabajo”. Con esa frase encapsulaba Earvin “Magic” Johnson su filosofía de vida, su estilo de juego, su aura en cancha, su esencia vital y su incapacidad para funcionar en los entresijos de un deporte que, fuera de los límites de la pista, nunca ha tenido nada que ver con él.

Y al escribano que está arrejuntando estas letras le entristece ver al prestidigitador de Lansing braceando en pantanal, y anuncia solemnemente que “Magic” Johnson ha sido, es y será su jugador de baloncesto preferido, el gurú estético a través del que focalizó su amor por este juego. Y debido a ello, y con el único objetivo de sacudirse todo este barro del traje, se sienta a glosar la primera gesta histórica del eterno dorsal 32 púrpura. 2019 no existe, es un mal sueño, una pesadilla falaz de la que despertamos en el momento justo: bienvenidos a 1980.

Al 16 de mayo de 1980, en concreto. No creo que haga falta detenerse demasiado en lo que significaba “Magic” Johnson en ese momento, entre otras cosas porque todavía era una promesa de leyenda. Su temporada de debut había sido maravillosa, pero, a fin de cuentas, ni siquiera había conseguido el galardón al mejor rookie del año (otorgado a su eterno rival Larry Bird), y, por mucho que su impacto fuese pivotal para llegar a las finales, los galones de aquellos Lakers los llevaban Jamaal Wilkes y, en particular, el grandérrimo Kareem Abdul Jabbar, quien de todas maneras no había conseguido llevar al equipo angelino a ninguna final desde su fichaje en 1975.

La onda energética de Magic equilibró las sinergias de aquella plantilla y colaboró decisivamente a imponerse en las finales de conferencia a aquellos Sonics de Silas, Sikma y Dennis Johnson, y enfrentarse a unos Sixers en plena época dorada, serios candidatos a equipo más molón del momento: sí, el dr. J, pero también el gorila Dawkins o el incólume bigotito de Maurice Cheeks. Y eso que aún tenían que llegar los andares oseznos de Moses Malone…

Fue una serie extraordinariamente igualada, en la que el factor campo fue poco más que un pour parler: solamente en dos partidos consiguió la victoria el equipo local. El cuarto encuentro fue, por cierto, el marco de una de las canastas más icónicas e inolvidables de la historia de la NBA, el celebérrimo “baseline move” de Julius Erving en el que desafió al tiempo, al espacio y a Mark Landsberger para anotar dos puntos casi interdimensionales. Hubiera sido el momento decisivo, el culmen legendario que habría llevado a aquellos Sixers a la historia… de no ser porque en el tercer cuarto del quinto partido en el Forum de Inglewood, con 2-2 en las finales, Kareem Abdul Jabbar pisó accidentalmente a Lionel Hollins.

El Lanzador de Skyhooks Antes Conocido Como Lew Alcindor tuvo que retirarse de la cancha, con el tobillo dolorido. Magic tomó las riendas de las operaciones el tiempo necesario para que Kareem, medio cojo, volviera y añadiera 14 puntos a los 26 que había anotado antes de la lesión, incluyendo un 2+1 a falta de 33 segundos que acabó de decantar el partido. Las sensaciones, sin embargo, eran agridulces.

El sexto partido era en Filadelfia, y los médicos desaconsejaron la participación de Jabbar, a la espera de una improbable recuperación de cara a un hipotético séptimo match en Los Angeles. El avión que transportaba al equipo a Philly respiraba una atmósfera mortuoria, con el pesimismo como mortaja. Ya no es que Kareem fuese la estrella del equipo y el jugador más decisivo de las finales; es que precisamente en la posición de center no había recambio de garantías.

Mark Landsberger (¿alguien recuerda su paso por Collado Villalba?) era un tipo esforzado, pero seamos serios, sus 2.03 y 100 kilos no le daban a Darryl Dawkins ni para el desayuno. Así que Earvin Johnson, su sonrisa selenita y su desparpajo veinteañero se sentaron en el asiento que habitualmente ocupaba Kareem, le guiñó el ojo al entrenador Paul Westhead y con la chulería de un rapero de Compton se dirigió a sus compañeros: “never fear,E.J. is here”. Él iba a jugar de pívot.

En Filadelfia no acababan de creerse que Kareem no fuese a jugar ese sexto partido, tal era la psicosis que les había insuflado. Había taxistas locales que juraban que le habían recogido en el aeropuerto y que le habían trasladado al hotel del equipo. Solo fueron realmente conscientes cuando comprobaron que era el base de los Lakers el que se preparaba para el salto inicial ante Caldwell Jones. Johnson perdió el salto, pero sería lo único que perdería esa velada.

A partir de ahí iba a ejercer de mago omnipotente toda la noche: Houdini, Harry Potter, David Copperfield, el dr. Extraño, Juan Tamariz, todos los que se os ocurran, todos a la vez. Es muy difícil que en cualquier otra ocasión se haya visto de manera tan límpida a un jugador ocupar de manera tan imperial las cinco posiciones del campo en un solo partido. Magic subía el balón como el uno que era, lanzaba desde fuera como un dos, finalizaba relampagueantes transiciones como un tres, atacaba desde afuera a los interiores como un cuatro y posteaba y reboteaba como un cinco.

Aparecía y desaparecía de todos los recovecos de la pista cual Rondador Nocturno. Y a pesar de su omnipresencia, fue capaz de permitirle su espacio a Jamaal Wilkes, que sostuvo al equipo durante unos momentos difíciles entre el segundo y el tercer cuarto, y que acabó con la máxima anotación de su carrera en playoffs gracias a sus 37 puntos. Cuando a falta de 5 minutos los Sixers se acercaron trabajosamente a un 101-103, Magic ofreció su golpe de varita definitivo, su particular expelliarmus, para engarzar 9 puntos consecutivos y tatuarle su nombre a ese anillo. 42 puntos, 15 rebotes, 7 asistencias, 3 robos de balón y 1 tapón son cifras que no son capaces de explicar lo más parecido a un advenimiento que se ha visto en unas finales de NBA.

Se le otorgó a Magic un MVP quizás inmerecido en el global de las finales (Kareem había estado excelso toda la serie), pero ese sexto partido había cegado al universo. Julius Erving calificó su actuación de “irreal”, pero para Kareem Abdul Jabbar la palabra que definió esa portentosa performance era el término árabe “kismet”, que viene a significar “destino”. “Yo estaba destinado a quedarme en casa, y Earvin estaba destinado a ganar el partido y traernos el anillo”. El “kismet”, tan errático y caprichoso en ocasiones, había tenido el buen gusto de regalarnos el inicio de una leyenda tan inolvidable como, claro, mágica.

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