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Perfiles

Jimmy Butler y el desafío a la probabilidad

De pasar una noche en cada casa a convertirse en una estrella de la NBA. El esfuerzo y el sudor han impregnado cada paso del escolta en su escabroso camino al profesionalismo.

Tendemos a considerar a los deportistas profesionales como seres separados del resto de la sociedad, anclados en una dimensión paralela donde el dinero crea una burbuja impenetrable que se asemeja a un Olimpo particular. La barrera de las siete cifras se sitúa muy por encima de las posibilidades de los mortales, pero en el mundo del baloncesto, especialmente en la NBA, esa barrera se convierte en el campo base de cada contrato. Los salarios de los jugadores, que en muchos casos ascienden a las ocho cifras anuales, hacen que los protagonistas de la mejor liga del planeta sean reducidos a solo una de sus facetas (la relacionada con el balón), obviando carácter y personalidad y haciendo caso omiso del trabajo previo que hay detrás de toda ascensión a la cima.

En una competición con treinta equipos y más de 450 jugadores es fácil asociar cada profesional a un simple número, pero lo cierto es que este amplio panorama nos regala un crisol de historias, caminos y actitudes. No hay dos trayectorias iguales para llegar a la élite porque el pasado de cada jugador es único y la dimensión humana, al igual que la percepción del éxito, es un molde que adopta formas muy distintas. A pesar de esta individualización, sí existe un consenso generalizado sobre una cosa: podemos dividir a los profesionales en dos grupos según sus pasos previos antes de entrar a formar parte de la liga. Algunas caras conocidas que se suelen poner como ejemplo de cada uno de ellos son, entre otros, Stephen Curry (hijo del ex-jugador Dell Curry, criado en una familia estable en la que el baloncesto siempre era objeto de conversación) y, en el lado opuesto, LeBron James (durante su niñez se movió constantemente de casa en casa con su madre, que lo tuvo siendo una adolescente, e incluso vivió durante un tiempo con su entrenador del instituto).

Muchas de las estrellas de la liga, algunas del calibre de Kevin Durant o Giannis Antetokounmpo, se encuadran en este segundo grupo y tienen historias personales plagadas de dificultades en las que la pobreza, y en algunos casos un ambiente plagado de drogas y violencia, juega un papel protagonista. El baloncesto ejerció de válvula de escape para ellos, planteando una salida –la única salida- a una realidad que estrechaba las ventanas de esperanza y obstruía cada puerta hacia otras oportunidades. El caso de Jimmy Butler, All-Star desde hace años, es desolador y fascinante a partes iguales; desolador por la dureza de sus años en Tomball, un pequeño pueblo de Texas, y fascinante por lo improbable que ha sido su recorrido.

Buscando un refugio

¿Qué sería de algunas de las grandes personalidades de la NBA si el deporte no se hubiera cruzado en su camino? La pregunta revolotea con frecuencia y la incertidumbre en la respuesta se hace más aguda en casos como el del jugador de los Miami Heat. Butler contó su historia por primera vez a ESPN en 2011, antes de ser elegido en la 30ª posición del Draft por los Bulls. Las palabras que le forzaron a encomendar su futuro al baloncesto, y que resuenan con más fuerza al bucear en el pasado de este jugador, son: “I don’t like the look of you. You gotta go”.

Esas palabras las pronunció su madre cuando lo echó de casa a los 13 años. La situación en la casa familiar en Tomball, un suburbio de Houston, en Texas, estaba lejos de ser ideal: su padre los abandonó cuando Jimmy era solo un niño y después del rechazo de su madre Butler se vio obligado a quedarse en casas de amigos, en cada una de las cuales no duraba más que un par de semanas. Dónde iba a dormir por la noche era su única preocupación más allá del baloncesto, la columna vertebral de su vida, y donde mostró un gran potencial antes de su cuarto y último año de instituto.

El aspecto del juego en el que más se prodigó Butler en aquella etapa fue la anotación, precisamente en el que menos destacó en sus primeros años en el mundo profesional. El escolta aterrizó en la NBA lejos de ser considerado una posible futura primera espada como los top prospects de aquella camada de novatos y, definitivamente, sin vistas de poder convertirse en un top-20 de la liga como es en la actualidad. Antes de hacerse con el galardón al Jugador Más Mejorado en la temporada 2014-15 sus grandes bazas eran la defensa y su predisposición a encajar dentro del cuestionable sistema de rotaciones de Tim Thibodeau, su entrenador en sus primeros años en Chicago y con el que más tarde se reuniría en los Minnesota Timberbulls – apodados así por el empeño de Thibodeau en firmar a varios jugadores a los que dirigió en su etapa en los Bulls, concretamente Taj Gibson y Derrick Rose.

El promedio de anotación de Butler en su carrera, 18.8 puntos, se acerca a su media de ese último año de instituto: 19.9 tantos por partido. Al término del curso el jugador esperaba ser reclutado por los scouts de alguna universidad prestigiosa, pero sus esfuerzos pasaron desapercibidos, en gran parte debido a que su highschool no participaba en la AAU (Amateur Athletic Union), organización deportiva que fomenta el deporte a nivel local y regional y que sirve de escaparate para muchos jóvenes talentos del país. Jimmy se tuvo que contentar con acudir al Tyler Junior College, una universidad de la zona sin demasiada presencia en el circuito baloncestístico pero en la que el jugador destacó desde el primer día, anotando 34 puntos en su debut.

Un nuevo hogar

Aunque Butler tuvo que seguir peleando para hacerse un nombre en el mundo del baloncesto, el único scout que de verdad necesitaba, el que le dio estabilidad a nivel personal, apareció después de su tercer año de instituto. Después de un partido en una liga de verano, Jordan Leslie, otro adolescente residente en Tomball que destacaba por sus aptitudes en baloncesto y fútbol americano, retó a Butler a un concurso de triples tras el cual se hicieron grandes amigos. Esa amistad se forjó rápidamente y de pura casualidad, pero fue un acto espontáneo que cambió radicalmente la vida de nuestro protagonista.

Ahora Jimmy Butler tenía un hogar. Después de que Leslie lo invitara a su casa a jugar a videojuegos y a pasar alguna que otra noche, su madre, Michelle Lambert, que ya de por sí tenía a siete niños que criar, accedió a retirar la fecha de caducidad de la estancia de Butler en su hogar. Hubo algunas reglas: las calificaciones académicas debían ser notables, la participación en las tareas de la casa no aceptaban discusión y, sobre todo, su nuevo protegido debía convertirse en un modelo a seguir. El joven Butler se había ganado una reputación de chico conflictivo, sin duda provocada por haberse visto forzado a actuar por su cuenta desde una edad tan temprana, pero la petición de Lambert fue un dicho y hecho. “Le dije que no debía meterse en problemas, que tenía que sacar buenas notas y ser un ejemplo. ¿Y sabes qué? Jimmy lo hizo”, contaba Miranda a ESPN. “Todo lo que le pedía, él lo hacía sin objeciones”.

Sentirse querido en su nuevo hogar y contar con ese apoyo motivó a Butler y le permitió centrarse de verdad en el baloncesto. A pesar de considerar a Michelle su madre, el jugador no guarda rencor hacia sus verdaderos padres, con quienes habla regularmente y mantiene una buena relación. Y es que aunque la sombra de la soledad oscureció su niñez y su adolescencia, fueron determinadas relaciones las que le han permitido llegar a donde está: primero con Jordan Leslie y su familia y después con Buzz Williams, su entrenador en la Universidad de Marquette.

Williams, que lleva ligado a la NCAA desde 1994 y ha formado parte de distintos equipos universitarios, primero como asistente y después como head coach (actualmente dirige a Texas A&M), considera a Butler el jugador con el que más duro ha sido. Jimmy recibió varias ofertas de universidades como Kentucky, Mississippi State o Iowa State después de completar un fantástico primer año en Tyler, pero finalmente se decantó por hacer el traslado a Marquette debido, básicamente, a razones académicas y al consejo de Michelle Lambert, en la práctica su madre adoptiva, que le aconsejó que saliese de la universidad con un diploma bajo el brazo por si su aventura en el baloncesto no daba sus frutos. Por supuesto, Butler hizo sus deberes: completó su grado en Comunicación (que recogió en 2014) y mejoró hasta convertirse en un jugador cinco veces All-Star de la NBA.

Con una historia de esfuerzo, sudor y una lucha constante por superar las expectativas, no es de extrañar que el escolta haya encontrado su sitio en un equipo guerrillero como los Heat después de un periodo corto y tumultuoso en Minnesota y de media temporada en Philadelphia. Puede que Miami sea la única franquicia donde todos reman en la misma dirección en la que Butler ha estado desde aquellos rocosos Bulls liderados por Derrick Rose, Joakim Noah y Luol Deng. Bajo el sol de Florida tiene responsabilidades (25.2% de usage esta temporada, el segundo más alto de su carrera) y está al frente de una plantilla que lo acepta como líder a pesar de que él mismo haya asegurado que el papel de estrella recae en Bam Adebayo. En cuanto a cultura de equipo, calidad de organización y madurez en su juego es justo decir que Butler está en la cima de su carrera, no gracias a oportunidades regaladas, sino al espíritu de superación y al constante proceso de mejora en el que Butler se ha enfrascado desde su etapa en la Universidad. Y ahí Buzz Williams es una figura clave.

Mientras que en Tyler el puesto de primera espada tenía grabado su nombre y apellido, en Marquette la situación inicial fue bastante distinta. En su primer año allí no pasó de los 5.6 puntos en 19.6 minutos por partido saliendo desde el banquillo y en más de una ocasión llamó a Lambert diciendo que quería volver a casa. Pero donde muchos encontrarían razones para desistir, Butler halló motivación para trabajar y continuar progresando. Su entrenador Buzz comentaba que fue especialmente duro con él porque Jimmy no sabía lo bueno que podía llegar a ser. “Durante toda su vida le habían dicho que no era lo suficientemente bueno. Lo que yo veía era a un chico que podía ayudar a nuestro equipo de muchas maneras”, explicaba Williams en la pieza de ESPN.

El camino a la élite

Por supuesto, Butler se adueñó de la situación. En su segunda temporada en Marquette desarrolló la versatilidad que le caracteriza, ese all-around game que le permitió, además de desplegar el talento anotador que se había convertido en su mejor baza en sus años de instituto, empezar a rebotear, a crear juego para los demás y a ser capaz de defender múltiples posiciones. En su último año antes de afrontar el profesionalismo su tiempo en pista había aumentado exponencialmente -34.6 minutos- y su media de cara al aro se había aupado hasta los 15.9 puntos por partido.

Al igual que tuvo que luchar para encontrar un hogar en el que pasar la noche después de no encontrar cobijo en el suyo propio, Butler necesitó tenacidad y fuerza de voluntad, dos aspectos en los que estaba sobradamente curtido, para encontrar su sitio en Marquette. Quizás debido a ese camino repleto de baches, dominado por escabrosas subidas y tortuosas bajadas y ajeno a todo valle que pudiera asemejar una situación de estabilidad, el nativo de Texas ha desarrollado un fuerte carácter que le ha impedido conectar con determinados jugadores. Esforzarse nunca fue una opción para él, sino una demanda impuesta desde dentro (para mejorar) y desde fuera (para encontrar una salida en un entorno que lo asfixiaba). Esa incansable ética de trabajo, que le hace exigir lo mejor de sí mismo y de sus compañeros, ha levantado en más de una ocasión críticas sobre su comportamiento en el vestuario y sobre una personalidad explosiva que limitó su etapa en Minnesota a poco más de una temporada.

Al igual que ocurre con ciertos patrones de conductas tóxicas que no escasean en la NBA, la cara y la cruz de la moneda -la motivación para ganar y la actitud hacia otros miembros de la plantilla- convergen en crisis que a menudo se resuelven cuando el jugador en cuestión encuentra un nuevo hogar que se acomode a sus necesidades. Butler ha encontrado eso en Miami, una franquicia con una cultura –la Heat culture- que ha sido pulida y perfeccionada durante años y que se encuentra por encima de los jugadores, sea cual sea su estatus.

En la offseason es donde más se aprecia esa ética de trabajo. Las incontables horas en el gimnasio y las repeticiones de lanzamientos de cara al aro, día sí y día también, permiten que jugadores con un pie y medio en la élite se zambullan de golpe en el estanque de peces gordos de la NBA. Butler no es ajeno al encanto de la postemporada: Chicago Magazine recogió en una extensa pieza en 2017 la rutina de Butler en aquellos meses de verano en los que llevaba bajo el brazo una reciente extensión por 95 millones de dólares en cinco años con la que pronto iba a abandonar Chicago. El jugador alquiló una imponente mansión en San Diego junto a dos de sus mejores amigos para prepararse para la nueva temporada y, sin duda, para celebrar la firma de su contrato.

El artículo demostraba dos cosas. La primera, que el idílico entorno que rodeaba a Butler no conseguía camuflar el verdadero propósito de su estancia allí, que se resumía en tres sesiones de entrenamiento diarias para las cuales se levantaba a las cinco de la mañana. La segunda, que su humilde pasado no se olvida fácilmente: una de las reglas que Jimmy, Jermaine e Ifeanyi, sus dos amigos, marcaron durante sus “vacaciones” en San Diego era que cuando fueran a comprar al supermercado debían pagar la cuenta de la persona que se encontraba detrás en la cola del cajero.

Nothing in this world is ever promised to be here tomorrow. Butler comentó en una especie de tribuna en el portal The Undefeated en enero del año pasado que Buzz Williams fue el primero que le inculcó esta frase; una frase que, a fuerza de repetición, se acabó convirtiendo en una filosofía para el jugador. “Si vives el día a día y haces hoy todo lo posible para ser el mejor, creo que estás haciendo lo correcto”, explicaba. “Cuando empiezas a pensar demasiado en el ayer o en el mañana te encuentras perdido”.

Es posible que las probabilidades de que Butler llegara a la NBA fueran  mínimas; las de mejorar año a año para acabar siendo un fijo en el All-Star desde 2015, prácticamente inexistentes. Pero el mismo jugador podría haber asegurado que las probabilidades de que personas como Jordan Leslie y Michelle Lambert aparecieran para enderezar su vida también eran mínimas cuando pasaba las noches en Tomboy en casas de amigos, reboteando de hogar en hogar más que el triple de Kawhi Leonard ante Milwaukee. Al fin y al cabo, lo mismo se podría decir del resto de estrellas de la liga que han tenido que capear mil tempestades y sortear una infinidad de obstáculos para alcanzar la élite. ¿Números? Sí, los jugadores profesionales son números. Son esas probabilidades que no se han cumplido. Y son esas historias que impiden que la barrera de cifras se convierta en su única dimensión.

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