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Objetivo Europa

Yad Eliyahu

Dos clubes históricos, ambos con estrellas lituanas entre sus filas. Un desenlace de thriller para el más trepidante grupo del top 16 en 2004. El choque terminaría marcando el nacimiento de una dinastía que estuvo a dos décimas de no existir…

Getty Images

Toda Europa quería despedirse de él. Daba igual que apenas retuviera medio centímetro de salto o el martirio constante que representaban sus rodillas, el Viejo Continente anhelaba presenciar los que, tal vez, serían los últimos compases de Arvydas Sabonis en la pista. Y seguía siendo un espectáculo que justificaba la entrada. Con mil batallas de la NBA a sus espaldas, en Portland todavía se preguntan qué hubiera pasado de haber tenido al prodigio de la URSS sano, en su época como domador de tableros.

“Me habría encantado jugar con el Sabonis de veinte años, pero la versión que conocí siempre estaría en mi quinteto”, recordaba Damon Stoudemire, el base de Oregón que más le pudo disfrutar en el Rose Garden. Durante el curso baloncestístico 2003/04, volvía a Kaunas, su casa, comprando parte del Zalgiris y dispuesto a enfundarse la elástica verde. 

No lo haría solo. Antanas Sireika le rodeó de guardaespaldas a su altura. Tanoka Beard, un pívot explosivo de amplia experiencia ACB, acompañaría a la leyenda en la pintura, mientras que el base estadounidense Ed Cota daría tiempo su veterana estrella a posicionarse. Desde su atalaya de más de 2´20, Sabonis seguiría dejando boquiabiertos a compañeros y rivales con lecturas de juego reservadas a los privilegiados. 

La fase regular en Euroliga fue una fiesta donde la leyenda recibió el merecido galardón de MVP, presentándose su sorprendente Zalgiris al temible formato del Top 16. Cuatro equipos supervivientes y una sola plaza para la Final Four. Emparejados con Pamesa Valencia, Ulker de Estambul y Maccabi Tel Aviv, el conjunto lituano afrontó el trance con la tranquilidad de quien no tiene nada que perder y mucho que ganar.

Las dudas de Saras

Se sentía extraño. Los hábitos de su nuevo equipo se asemejaban más a la NBA que a los de una escuadra europea. Con fina ironía, Sarunas Jasikevicius llegó a afirmar que una sesión de tiro a las órdenes de Svetislav Pesic era más dura que algunos de los entrenamientos en Tel Aviv, donde el temperamental Pini Gershon se reservaba su carácter para colegiados y rivales, siendo amistoso con la plantilla bajo su tutela.

También estaba un segundo con muchos galones, David Blatt, quien convenció al MVP de la final ACB en 2003 de fichar por los israelíes. Shimon Mizrahi presidía un proyecto de talonario que estaba obsesionado con aprovechar la oportunidad inmejorable de que la final de la Euroliga se celebraría en el Nokia Arena de Tel Aviv, popularmente conocido por su afición como Yad Eliyahu.

En una visita a Málaga, Jasikevicius departió con el periodista Sixto Miguel Serrano y Juan Antonio San Epifanio, “Epi”, mito del Palau. El base lituano, estrella y medalla de oro en el reciente Eurobasket de Suecia, dudaba del nivel que estaba ofreciendo. Las estadísticas seguían siendo buenas y contaba con compañeros como Maceo Baston, quien podía culminar ferozmente cualquier alley-oop que le llegase. También fluía su relación dentro y fuera de la pista con Anthony Parker, uno de los escoltas más explosivos en el campeonato continental. Con todo, esa cierta ligereza que, a veces, mostraban les podía perjudicar en las eliminatorias finales.

Ciertamente, no es que el proyecto deportivo fuera improvisado. Avi Kowalski preparaba bien el físico de la plantilla; de hecho, esa predilección por otorgar días libres entre medias permitía llegar con menos sobrecarga que otros rivales de Euroliga a los meses decisivos. Acompañando a las estrellas, existía un núcleo muy sólido: Derrick Sharp, Deon Thomas, David Buthenthal, Tal Burstein o Gur Shelef se añadían perfectamente a los Nikola Vujcic y cía. Shelef gozaba de fama como ojito derecho de Gershon, mientras que Sharp era muy querido por la grada gracias a su entrega defensiva, especialmente ante Will Solomon, el astro del Hapoel Jerusalén.

Sea como fuere, esa sensación de ambivalencia que preocupaba a Jasikevicius se confirmó, mientras la pesada espada de Damocles de poder certificar el billete para jugar la F4 en casa iba cayendo sobre ellos. Ganaron en una plaza tan complicada como la Fonteta, sucumbieron en Kaunas ante Sabonis y se vieron involuntariamente beneficiados por la negativa taronja a viajar a la siempre tensa zona de Oriente Medio por riesgos de atentado. Con todo hecho, un sorprendente Ulker fue capaz de vencerles en Turquía, obligándoles a una última jornada de infarto ante el Zalgiris. Las caprichosas deidades de las canastas habían diseñado el argumento para una noche inolvidable.

Thriller in Tel Aviv

Mientras que para muchos de los jugadores presentes era la primera vez que acariciaban esa instancia, el Arvydas Sabonis que llegó a la cancha habría podido escribir una tesis doctoral de partidos importantes. Lo conocía todo: deslumbrar en Juegos Olímpicos, decepcionar por ceder a su temperamento, embelesar a Europa por su talento, las absurdas y severas faltas que le alejaron del séptimo choque en que Portland rozó aniquilar a los Lakers de Kobe y Shaq, etc.

Nadie sabía si sería la última gran clase continental del venerado pívot, aunque el viejo maestro exhibió todo lo que tenía dentro. 29 puntos, 9 rebotes y 3 asistencias. Cifras escalofriantes, aunque se quedaban cortas para lo que transmitía a los de Kaunas en serenidad y aplomo. Sireika sabía que era una jornada para guerreros curtidos, dando mucha relevancia a Ainars Bagatskis, quien lució como triplista.

Desde el punto de vista de la afición neutral, el desenlace del grupo G de top 16 fue todo lo que podía esperarse. Muchos cambios de marcador, héroes inesperados, alto ritmo ofensivo y la cátedra de un jugador legendario. Su compatriota Jasikevicius no se quedó atrás, firmando su tope anotador en el campeonato: 37 puntos con una inspiración tremenda.

La grada amarilla vivió el thriller con presencias tan reconocibles como Moni Fanan, figura controversial, pero idolatrada en el pabellón por su forma de presionar a los colegiados y rivales del Maccabi cada noche. Paulatinamente, el Zalgiris fue logrando éxitos tácticos y mostró un basket inteligente. Controlaron a una figura como Maceo Baston, mientras aprovechaban que los locales anotaban tanto como facilidades permitían para hacerlo en su aro. Jasikevicius hizo una falta de impotencia a Giedrius Gustas. El electrónico mostraba el marcador: 91-94. Apenas quedan dos segundos de reloj. Deportivamente, se abrazó con Sireika y Sabonis. El pívot ya estaba expulsado por faltas personales, igual que Anthony Parker y él mismo. Había sido una noche sin prisioneros.

La mano de Elías

Tanoka Beard maldecía en silencio. En realidad, las probabilidades de perder eran mínimas, pero un experimentado interior como él sabía que los pequeños detalles contaban mucho en tales lides. Ante el segundo tiro libre errado por Gustas, los colegiados le señalaron infracción por invadir la botella antes de lo permitido. Apenas quedaban segundos y el Maccabi sacaría desde su campo, con una marea de camisas verdes intentando impedirlo. Sin embargo, esa clásica decisión casera no le gustaba nada.

Como cabía esperar, Gershon confió la crucial acción a Shelef. No se precisaba de ninguna exquisitez técnica. Un pase de béisbol fuerte que fuera capaz de encontrar al compañero que se liberase. Uno de los que más posibilidades tenían de ser el receptor era Sharp, escurridizo y de menor altura que otros.

Bagatskis, inteligentemente adelantado para usar su tamaño para dificultar la acción de Shelef, se dio cuenta de que el israelí le pedía a Sharp irse más a la esquina. El base rehuyó esa opción quedándose en una parte más central, algo que resultó clave para que el lituano se quedase en un término medio que le llevó a acariciar la bola sin cogerla. De forma heterodoxa, Sharp se dio media vuelta y lanzo en suspensión, casi a una mano, una parábola que pareció eterna desde siete metros.

No estaba en ningún manual de ortodoxia y, de hecho, era la mejor acción posible. Buscar la comodidad ante una defensa acelerada y lanzar con convicción mientras le punteaban. Entró limpia, con Beard indicando a los colegiados que el lanzamiento estaba fuera de tiempo y Ed Cota se lamentaba. El playmaker firmó una temporada exquisita en la Euroliga que ahora parecía poder acabar de la forma más cruel posible.

Atípicamente para su pasional forma de ser, Gershon pedía calma. Jasikevicius apretaba los puños y miraba a una grada enloquecida. Era ese impulso mágico que Robert Horry regaló en tantas ocasiones Rockets, Lakers y Spurs. Un disparo decisivo en la hora más oscura. Sharp era sostenido y contenía las lágrimas.

Yad Eliyahu significaba “la mano de Elías”.

El nacimiento de una dinastía

Maceo Baston frenaba la aproximación de Tanoka Beard. En la siguiente jugada, Nikola Vujcic marcaba la primera canasta del tiempo extra con un gancho. El Maccabi ya no miraría más atrás en aquella final anticipada. Incluso la pronta expulsión de Sharp con su quinta personal parecía una excusa del destino para que el pabellón le ovacionase mientras entraba en su lugar el joven Yotam Halperin.

Con la mirada serena, Arvydas Sabonis no altero el gestó en ese tiempo extra donde no podía saltar a la pista. Su Zalgiris no se desmoronó, siguió luchando y manteniéndose con vida. Un feroz mate a dos manos de Maceo Baston pareció algo más que dos puntos. En la prórroga, David Bluthenthal, un portento físico, se fue asimismo expulsado por faltas personales. De cualquier modo, su puntería y colocación ya era una pista de su futuro papel protagónico en la Final Four. Estaba llamado a ser el único miembro del proyecto que también viviría el futuro éxito de 2014 en tierras de la Lombardía.

Fue una cuestión de deseo, el firme objetivo de aprovechar el impulso otorgado por el triple imposible. Una acción individual de Burstein penetrando a canasta reflejó que, al fin, la grada podía festejar. Sharp fue presa de las lágrimas con el 107-99 del final. Sabonis avanzo al encuentro de Jasikevicius y ambos se felicitaron.

Hubo un guiño a la ACB con Maceo Baston intentando consolar a Tanoka Beard. Ambos fueron uno de los juegos interiores más espectaculares en la historia de la Penya, dos referencias que hicieron soñar a Badalona. La gloria solamente podía ser para uno aquel año, aunque sus destinos habrían podido ser bien distintos por décimas de segundo.

El impulso de aquel triunfo ante el Zalgiris se terminó traduciendo en una Euroliga festejada en feudo propio. Aunque el CSKA representó un obstáculo formidable en semifinales, el Maccabi apabulló al joven y talentoso Skipper de Bolonia. Tras el sufrimiento del top 16, un torbellino amarillo explotó todo su caudal atacante para un 118-74 que, nadie podía saberlo, era el germen de una dinastía.  

Anthony Parker fue el MVP aquel día en la Mano de Elías, mientras que en la campaña 2004/05 sería el turno del propio Sarunas Jasikevicius. Los de Gershon desarrollaron un basket vistoso, de altas anotaciones y que generaba highlights dignos de resúmenes semanales de la NBA. En esta ocasión, lo lograron en cancha neutral, al batir al corajudo Tau Cerámica de Dusko Ivanovic en Moscú.

Pese a estar privado de Saras, ya requerido en Indiana por Larry Bird para sus Pacers, el Maccabi estuvo muy cerca de igualar la hazaña de la Jugoplastika con un tercer entorchado consecutivo en Praga que fue cortado in extremis por la magia de Papaloukas, la mente más afilada del CSKA de Moscú.

Durante tres años espléndidos, la Mano de Elías vivió recitales continentales. No obstante, conviene recordar que solamente el milagro oficiado por Derrick Sharp impidió que esa saga acabase justo antes de nacer. 

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