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Reflejos

Del Madison a Englewood: huida emocional de Derrick Rose

Derrick Rose empezó a dar signos de preocupación. Algo no iba bien con la estrella destrozada por las lesiones. Un infierno personal avanzaba y a punto estuvo de destruirlo como persona.

Getty Images

10 de enero de 2017

Nueva York

Llaman a la puerta. No hay respuesta. Desde el otro lado del umbral, en el rellano, pareciera como si ahí dentro no hubiese nadie. El teléfono sigue sonando de manera incesante. Desde el pabellón continúan llamando sin éxito. Los augurios empiezan a ser bastante oscuros. El emisario de los Knicks empieza a ponerse nervioso. Telefonea de nuevo al Madison. “Aquí no está”, asegura, “estoy oyendo el timbre del teléfono al otro lado de la puerta”. Las alarmas se encienden mientras los chicos de New York salen al warm up entre confusión y extrañeza. En un rato empieza su partido contra los New Orleans Pelicans y, aunque no aparece, esa misma mañana su compañero Derrick sí ha estado en el entrenamiento de tiro.

Nada hacía pensar aquel 10 de enero que Rose estaba pasándolo tan mal como para largarse. Por la mañana había acudido al entrenamiento y Jeff Hornacek contaba con él para disputar el partido. Lo necesitaban en su mejor versión. Los Knicks habían perdido el récord positivo con el que habían empezado la campaña y, ahora, peleaban por volver a acercarse a los puestos de playoff. Debía formar pareja con Carmelo Anthony para tratar de revertirlo y volver a estar sobre el 50%. Sin embargo, aquella noche había desaparecido. Nadie sabía siquiera si estaba bien o si, por el contrario, algo malo sucedía.

Con esa incertidumbre, sus compañeros salieron a jugar al ruidoso templo neoyorquino. Y perdieron, claro. Anthony Davis se aprovechó de su ausencia y de la expulsión de Carmelo para aplastar a su aturdido rival con 40 puntos y 18 rebotes. El marcador terminó con un 110-96 a favor de los del Mississipi. Pero el resultado era lo que menos importaba aquella noche. Al terminar el partido, todos se hacían la misma pregunta: “¿Dónde está Derrick Rose?”

Para justificar su ausencia se alegaron los clásicos motivos personales. “A family situation”, así lo definía la periodista Ramona Shelbourne. Lo más cercano a una información que se escuchó aquella noche fueron las declaraciones tranquilizadoras de Joakim Noah. “Rose está bien, no quiero demasiado sobre el asunto porque no sé cuál es la situación, pero me estoy contento de que todo esté bien”, aseguraba el ex compañero de D. Rose en los Bulls, en vestuarios, tras el final del partido. Las palabras del pívot contrastaban con la ausencia de información que transmitían el entrenador Hornacek o su compañero Kristaps Porzingis. “Ahora mismo no disponemos de la información suficiente para decir nada, tenemos que esperar hasta que sepamos algo de Derrick”, zanjaba Hornacek en contraposición a las alentadoras palabras de Noah, unas palabras que completaba la respuesta del jugador letón al ser preguntado por su compañero: “No sabemos qué está pasando, esperemos que él y su familia estén bien”.

Englewood, Chicago

A 1263 kilómetros del Madison Square Garden se encuentra el vecindario de Englewood. En sus calles, Rose se crio junto a su madre, Brenda, y sus tres hermanos: Dwyane, Reggie y Allan. Aquella noche, el pequeño Derrick también estaba allí. Quizás la presión o la mente jugando una mala pasada habían concluido con el jugador roto, necesitado del abrazo maternal y el calor del hogar en una de sus peores noches. Es imposible saberlo, pero, aunque lo lógico es pensarlo en un avión, el relato romántico nos lleva a imaginarlo en el cubículo de su coche, conduciendo durante las aproximadamente 13 horas que separan la Gran Manzana del Southside y rindiendo cuentas consigo mismo y sus grietas. Quién sabe si contemplando el mundo desde fuera como hacía Travis Bickle en el Taxi Driver de Scorsese.

Una estrella solitaria sobre la que amenazaban múltiples oscuridades y la inminencia perversa de su apagado prematuro. Desde su lesión, Rose no había vuelto a ser el mismo. El MVP más joven de la NBA no había vuelto a brillar con ese fulgor que hizo las delicias del United Center. El heredero de Michael Jordan se había convertido en un juguete roto cuyas piezas nadie podía recomponer. Aquel niño con fobia a las agujas que no permitía que se le suturasen las heridas se había hecho mayor y estaba completamente roto por dentro. Y sus lesiones, más candentes que nunca antes.

Al parecer, según cuentan los mentideros neoyorquinos, las críticas privadas de Hornacek sobre el juego de Rose en las últimas jornadas habrían podido ser la gota que colmó un vaso demasiado lleno que permanecía en el filo de la mesa, avisando de la posible caída y los miles de pequeños cristales rotos. La situación mental de Rose era tan agobiante que lo que para cualquier otro jugador hubiese sido un lance normal en mitad de una temporada, para él se pudo haber convertido en la espita de una hoguera ingobernable. ¿Podría Poohdini[1] llegar a perder su magia?

Todo hacía mella en la cabeza del excelso jugador. Alejado de su entorno predilecto, el joven de Chicago sentía que en Nueva York no terminaba de cuajar y tenía que confirmarse constantemente. Como un examen interminable. Con el miedo al suspenso detrás de cada esquina y con los fantasmas de una lesión terrible siempre presentes. La duda se había instalado en la mente de Rose a la manera indeleble que lo hacían en los sueños creados por Dominic Cobb en Inception (Christopher Nolan, EE.UU., 2010). La fuerza de una idea puede llegar a ser letal: “Una idea es como un virus. Resistente. Altamente contagiosa. La más pequeña semilla de una idea puede crecer. Puede crecer para definirte o destruirte […] Una vez que una idea se ha apoderado del cerebro es casi imposible erradicarla.”

Pero sobre la cabeza de Derrick Rose no solo sobrevolaba una idea. Había múltiples espectros que miraban desde todos los ángulos al point guard de los Knicks. Hacía solo tres meses, en octubre de 2016, Derrick Rose consiguió vislumbrar el final de una de sus peores pesadillas. Un jurado compuesto por seis mujeres y dos hombres le exoneró del cargo de violación grupal del que le acusaba una mujer con la que él y dos amigos habían mantenido relaciones sexuales tres años atrás.

Una mochila llena que llevó a Rose a la extenuación mental y a la necesidad de huir de todo y de sí mismo. El abrazo de una madre es incomparable y hasta los héroes lo necesitan para sanar las heridas. Chicago ofrecía en ese momento el aire que anhelaban sus pulmones, el suelo blando que ansiaban sus rodillas. El abrazo fraternal que calmase su ansiedad. Así lo confirmó el propio Rose, tras su desaparición y regreso al Madison con el equipo. “Es la primera vez que me siento así emocionalmente y necesitaba estar con mi familia”, afirmó a la prensa. “No tenía nada que ver con el equipo o el baloncesto y necesitaba mi espacio”, culminó su justificación.

Porque sí, no pasa nada, los hombres fuertes también sufren. Y lloran. Porque, a pesar de todo, son personas como nosotros. Y en ocasiones es mejor alejarse, hacerse a un lado, que forzar la máquina. Evadirse del dolor para, después, tenerlo aún más presente y alcanzar la redención. La liberación que ha alcanzado Derrick Rose en su segunda etapa en los Knicks de Thibodeau. Lo decía el propio Dominique Cobb en la citada Origen: “más fuerte es la cuestión, más poderosa es la catarsis”.


[1] Rose lleva un tatuaje de un mago en el hombro izquierdo con el nombre de Poohdini, un acrónimo formado por el apodo cariñoso que le puso su abuela cuando era un niño, Pooh (por el tono amarillento de su piel, parecido al del famoso dibujo animado, Winnie, the Pooh), y el nombre del mítico prestidigitador y escapista Harry Houdini.

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Agosto 2020 | 100 páginas

Un espectáculo mundial, universal. Los Harlem Globetrotters fueron durante décadas la versión recreativa más apasionante de nuestro deporte. Una cumbre popular que ha decaído en los últimos años. Nos acercamos a un fenómeno que parece, nunca volverá a ser como antes.

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