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Perfiles NBA

El gigante de Ahvaz

Hamed Haddadi nunca pasó desapercibido durante su estancia en la NBA, pese a los pocos minutos que disfrutó. Ni por su tamaño, ni por su origen, ni por su historia.

Wikimedia

Un inconfundible aroma llega desde la cocina. El hogar, Ahvaz, la dulzura picante de Irán replica en un apartamento en Memphis. Sobre la alfombra, en una pequeña mesita, el samovar aún permanece caliente mientras una pequeña taza humea y desliga un toque azafranado almohadillado por el nabat, un pequeño terrón de azúcar similar a un chupa-chups que se introduce en el té y se va descomponiendo poco a poco. De repente, un teléfono llena el espacio vacío con su incesante ring. En el teclado, tres botones se muestran claramente más desgastados que el resto. Se trata de la zona inferior derecha: el 0, el 8 y el 9. Sería imposible saber cuántas veces habrá marcado el gigante Hamed, desde su llegada a los Estados Unidos, el prefijo internacional de su país: 0098. Haddadi es uno de los más de 400.000 ciudadanos iraníes que viven en el país norteamericano. Quizás uno de los más mediáticos e icónicos de una diáspora que, no obstante, llena el tejido estadounidense de ingenieros, doctores y pequeños y medianos empresarios. Un pionero que, un verano de 2008, se convirtió en el primer jugador persa en pisar una cancha de NBA para defender los colores de una franquicia local.

La eclosión del pívot durante los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, en los que lideró con solo tres encuentros la tabla de tapones y rebotes, le valió la atención de unos Memphis Grizzlies que decidieron incorporarlo a su roster para alternar su posición con otro extranjero recién llegado: el español Marc Gasol relevaría a su hermano Pau, que marchaba para poner su talento a las órdenes de Phil Jackson. Antes de aterrizar en Tennessee, Haddadi visitó el más laberíntico de los castillos kafkianos. La tensión política entre Irán y Estados Unidos había instalado restricciones legales con respecto a las relaciones comerciales entre empresas estadounidenses e iraníes, por lo que un proceso tan sencillo como el trade entre el Saba Battery Tehran, en el que jugaba entonces el center, y los Memphis Grizzlies era una operación que necesitaba autorización, comprobación de visados y la evasión de todo tipo de subterfugios legales. Finalmente, el 28 de agosto de 2008, Haddadi se convertía en el primer jugador iraní en la NBA, a la que llegaba desde Irán como agente libre.

Los turbulentos inicios y el padrino Mike Conley

Nunca los comienzos son fáciles, mucho menos en otro país radicalmente diferente a lo que conoces. Haddadi debutó en pretemporada el 7 de octubre de 2008, en una derrota de los Grizzlies frente a los Houston Rockets. Un día histórico para el baloncesto iraní: uno de los suyos se había enfundado, por primera vez, la camiseta de un conjunto NBA. Haddadi superaba así el hito de Behdad Sami, que un año antes había sido el primer jugador persa en jugar para un equipo profesional norteamericano, los Georgia Gwizzlies de la ABA. Haddadi subiría un escalón más y, a diferencia de su precursor, sí debutaría en la NBA. Sin embargo, en sus primeros meses en el conjunto de Tennessee, el pívot de 23 años fue enviado a los Dakota Wizards, conjunto de la D-League asociado a la franquicia, entre noviembre y diciembre. Su capacidad de adaptación, los números de su pretemporada (promedió 1,7 puntos y 3,3 rebotes en 9 minutos en sus seis apariciones) y sus condiciones atléticas llevarían a los Grizzlies a ofrecerle, finalmente, su oportunidad el 30 de diciembre de ese mismo año. Haddadi se presentó al público estadounidense con una modesta tarjeta de 4 minutos, 2 puntos y un rebote que ampliaría, año tras año, durante los cinco que permaneció en la NBA.

Tras su aterrizaje en la ciudad de Elvis, el veterano Mike Conley lo apadrinó y se erigió como una especie de hermano mayor en su periodo de adaptación. En los primeros días, Conley y Haddadi practicaron juntos y el jugador de Indianápolis, dos años menor que el iraní, le enseñó lo necesario para desenvolverse en inglés. La enseñanza fue recíproca, una simbiosis idiomática y cultural que el jugador norteamericano recordaba de manera divertida: “Me ha enseñado algo de su idioma. Ahora yo también sé decir algunas malas palabras”. Conley, por entonces el base del equipo y un jugador a todas luces inteligentísimo, percibió muy pronto el potencial que tenía el pívot para el juego interior de su escuadra. “Es un gran jugador, con mucho talento y muy inteligente. No se ven demasiados jugadores de siete pies que puedan manejar el balón como lo hace él y que, además, puedan lanzar y pasar. Se está convirtiendo en un gran jugador”, declaraba el 11 grizzlie al periodista Irv Soonachan en un reportaje sobre el center persa para SLAM.

En las tripas del Gran Satanás

Evidentemente, la procedencia de Haddadi nunca pasó desapercibida durante su periplo americano. Por el lado malo, bastaría con destacar la suspensión de dos locutores de los Clippers por sus alusiones raciales al pívot. Ralph Lawler y Michael Smith fueron denunciados por un telespectador tras bromear de la siguiente manera: “¿Estás seguro de que no es el hermano mayor de Borat?”, dijo el primero, a lo que el segundo respondió: “Si alguna vez hacen una película sobre Haddadi, conseguiré que Sacha Baron Cohen haga el papel. Aquí está Haddadi. Bonito pase; supongo que esos iraníes pueden pasar la bola”. Tras la emisión y la denuncia, la FOX suspendió algunas emisiones a sus comentaristas.

En la otra orilla, la vasta comunidad iraní-estadounidense se convirtió, enseguida, en una legión de admiradores del jugador nacido en Ahvaz. Un buen ejemplo de ello es la noche que, en su segundo año, los Grizzlies visitaron el Oracle Arena para enfrentarse a los Golden State Warriors del recién drafteado Stephen Curry. Lo cuenta el periodista Irv Soonachan en SLAM Magazine. Allí había casi un millar de personas de origen iraní que vestían camisetas verdes que habían regalado los dos equipos (el verde se había convertido en el color simbólico de las manifestaciones a favor de la democracia y contra el gobierno de los ayatolás). Los Warriors y los Grizzlies, por lo tanto, participaban en una acción velada de carácter político justo el día en el que el primer y único iraní en la NBA visitaba San Francisco. Escribía Soonachan que, incluso, una estrella pop persa, que vestía un brazalete verde, cantó el himno nacional en la previa. El propio center había lucido esa muñequera verde desde el media day hasta entonces y, junto a su traductor y representante, Mayar Zokaei, había organizado el citado evento, aunque prefería que no se revelase su participación. La visita de Haddadi se había convertido, en cambio, en toda una fiesta en un entorno próximo al espacio urbano conocido como Tehrangeles, el barrio iraní de Los Angeles en el que residen más de la mitad de todos los persas afincados en los USA. Muy pocos de los aficionados persas que asistieron al encuentro se marcharon sin una foto con su estrella y su simbólica camiseta verde.

No obstante, Haddadi no era un tipo que se prodigase mucho en sus declaraciones políticas. Si acaso con pequeños gestos. Algo normal si tenemos en cuenta lo que les había ocurrido, ese mismo año, a los futbolistas de la selección iraní que, tras portar brazaletes verdes durante el transcurso de un partido, fueron obligados a retirarse al volver a su país. Explicaba el erudito, en conversación para SLAM con el propio Soonachan, que “asociarse explícitamente con el movimiento verde no solo podía ser peligroso para su carrera, sino también para su vida”. Nunca es banal recordar cómo en Irán consideran demonios, literalmente, al gobierno estadounidense. Estados Unidos, sheitane bozorg (شیطان بزرگ); el Gran Satanás.

El 98 del Valley

En febrero de 2013, Hamed Haddadi era traspasado a los Toronto Raptors a cambio del alero Rudy Gay. Sin embargo, nuevamente los problemas de visado le iban a impedir debutar en la franquicia canadiense. Para evitar la situación, el iraní fue intercambiado por el playmaker Sebastian Telfair y recaló en los Phoenix Suns. Nada más aterrizar, Haddadi se mostraba satisfecho con su llegada a la capital de Arizona: “Phoenix es una de mis ciudades favoritas hasta ahora. Aquí también hay muchos persas. Recibo muchos mensajes y comentarios, me desean buena suerte. Ellos me apoyan, así que estoy feliz de estar aquí”, declaraba, tras su trade, a ESPN. Precisamente, el corresponsal del medio deportivo en Arizona, Arash Markazi, reveló que el jugador vestiría el dorsal 98 durante su estancia en Phoenix. Un guiño a toda la comunidad iraní-estadounidense, que tantas veces habrían marcado ese prefijo para comunicarse con sus familiares y amigos que continuaban residiendo en la metropolitana Teherán, la bella Isfahan, su Ahvaz natal, Shiraz o cualquier otro punto de la extensa y suculenta geografía iraní.

La elección del número 98 para lucir en su espalda era una forma de decirle a su pueblo que, aunque lejos, siempre los tenía en mente. Un reconocimiento, también, en cierta manera, de que siempre jugaba cargando la responsabilidad del honor de sus conciudadanos en la mochila. Así lo reconocía al periodista Soonachan cuando este le preguntaba si sentía cierta presión por toda la comunidad iraní-estadounidense que lo contemplaba. “Sí, la siento al 100%. Es una especie de deber cívico hacer felices a estas personas que vienen a apoyarme. Son mis compatriotas y siento la necesidad de jugar bien porque están ahí apoyándome”, aseguraba la estrella de Irán.

Por otra parte, el 98 a la espalda de Haddadi también es una muestra de su carácter juguetón. El gigante persa siempre se mostró como un bonachón alegre y distendido, un gran aficionado del chiste y la broma que da por buena la velada si consigue sacarle a alguien una sonrisa. Buena muestra de ello son, por ejemplo, las declaraciones que hizo en una entrevista con la agencia Mehr News cuando, en 2009, le preguntaron si se consideraba una estrella del deporte. “Sí, soy el All-Star del banquillo”, ironizó, con una mezcla de modestia y capacidad de reírse de sí mismo, en una expresión que se malinterpretó como una queja sobre su escasez de minutos en su año de rookie en Memphis.

El gigante nada egoísta

Sin embargo, la verdadera dimensión de Hamed Haddadi se alcanza cuando se trasciende lo deportivo, sobre todo si atendemos a su periodo en la NBA, y se atiende a lo humano. Su aventura en la NBA nunca llegó a cristalizar y solo alcanzó a ser un jugador de rol, el gigante que rescata la pintura y equilibra un partido complicado en unos minutos, con momentos de épica momentánea. Tal vez su mejor noche fuese una remontada de Memphis Grizzlies ante los Lakers en el Staples Center. El partido no iba bien para los visitantes, todo parecía cerrado y visto para sentencia. Hasta que irrumpió el gigante de Ahvaz para anotar 10 puntos en 7 tiros de campo y capturar 6 rebotes y equilibrar el marcador junto a una de las mejores versiones de Zach Randolph.

Aquella brillante actuación no fue más que un espejismo; la gran noche del secundario, ese momento de gloria que permanece siempre en la retina de su protagonista. Sin embargo, Haddadi no pasó nunca de ser ese jugador de rol que entra a pista en torno a diez minutos para asegurar el rebote, anotar debajo del aro y realizar algunas faltas de las denominadas tácticas. Así las cosas, en la temporada en la que más partidos disputó, su segunda en Memphis y en la liga, solo alcanzó la cifra de 36 apariciones con 6’7 minutos de media, mientras que sus promedios más altos llegaron en su única campaña en Phoenix, la última que jugaría en Estados Unidos, en la que disfrutó de casi 14 minutos de media y alcanzó cifras nada desdeñables en rebotes (5’1) y tapones (1’2) y un promedio anotador de 4’1 puntos por noche.

Nada que ver con las imponentes cifras que manejaba en cada uno de los torneos internacionales que jugaba con la selección iraní, a la que consiguió elevar hasta el Olimpo asiático en la conocida como la edad de Oro del baloncesto persa. Desde su irrupción en 2007, Irán ha sumado sus tres únicos campeonatos FIBA continentales (2007, 2009 y 2013) y se ha ausentado del medallero exclusivamente en una edición de las últimas seis, la de 2011. En cuatro de estos campeonatos, además, Haddadi se mantuvo firme en la defensa de su particular trono asiático como MVP del torneo (2007, 2009, 2013 y 2017). Más allá, en las competiciones internacionales, desde la llegada de Haddadi a la selección absoluta, Irán ha participado en los tres últimos mundiales FIBA (2010, 2014 y 2019), una competición en la que Irán permanecía inédito hasta entonces, y en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 y Tokyo 2020, competición que los persas no disputaban desde 1948.

No obstante, como decíamos, más allá del deporte luce una categoría humana que va más allá de la envergadura. Ya en su segundo año en Memphis, el número 15 de los Grizzlies, junto a publicaciones como el semanario persa Javanan, organizó un campamento para jóvenes de la comunidad iraní-estadounidense en el sur de California. El evento, patrocinado y costeado por el jugador persa, dispuso precios populares (45$ destinados a la fundación Javanan para la juventud iraní) para que nadie se quedase fuera por motivos económicos. Así ocurrió: nadie fue rechazado y un centenar de jóvenes de entre 6 y 18 años disfrutaron de varias jornadas de baloncesto en las que recibieron la visita de personalidades como el entonces jugador laker Ron Artest, la actriz estadounidense Yara Shadidi, el famoso presentador de la televisión en farsi Tehran Gashri o el pionero Behdad Sami, primer iraní en jugar para un equipo estadounidense de baloncesto (los Georgia Gwizzlies de la ABA). Los niños y el público vitoreaban y demostraban su cariño al pívot persa cada vez que anotaba alguna canasta. Haddadi no paraba de sonreír. “Espero hacer este campamento el próximo año; me encanta trabajar con niños porque yo soy como un niño de corazón”, concluía el jugador, orgulloso del evento.

Hamed Haddadi, un gigante nada egoísta, un siete pies afable que encontró en el baloncesto el vehículo para unificar dos miradas antagónicas. Un golem de Ahvaz al que el citado periodista Irv Soonachan retrató en su reportaje como un tipo alegre que, lejos de la tirantez del star-system, nunca abandonó la buena costumbre de sentarse junto a sus allegados a la mesa, recordar la comida de sus madres y disfrutar de la nostalgia de su Irán entre arroces, carnes especiadas y salsas con toque picante a las que acompañaba con grandes tragos de Coca-Cola como una metáfora de esa unión de dos mundos. El té negro con el aroma de azafrán que Haddadi respiraba a grandes bocanadas y el teléfono móvil con el prefijo 0098 siempre dispuesto a localizar a los suyos, tan lejos y tan cerca. El samovar siempre incandescente, melancólico bálsamo, y el Spalding como herramienta para reivindicar la identidad de un país. El príncipe de Persia, la mole humilde de Ahvaz, un pívot de 2’18 capaz de ensombrecer los 45 metros de la Torre Azadi. Hamed Haddadi, el 15 más corpulento e incorpóreo de los Memphis Grizzlies, el elegante y efímero 98 de los Phoenix Suns, el portentoso sha del baloncesto persa. Un gigante azafrán.

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Agosto 2020 | 100 páginas

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