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Made in USA

El hombre bajo el antifaz

Además de una estrella sobre la cancha, la figura de Julius Erving esconde un trasfondo personal repletos de dramas y momentos complicados. Una figura universal que fue desconocida para el gran público.

M.A. Forniés

Julius Erving es el ejemplo de que el destello que envuelve al mito puede tapar los recovecos más oscuros. El lado menos conocido del Doctor J arroja a un hombre infiel, que sufrió problemas de adicción al sexo mientras luchaba por superar algunos de los acontecimientos más trágicos por los que puede pasar el ser humano. Y todo eso, al mismo tiempo que cambiaba un deporte para siempre.

 “Somos el sueño americano. Soy millonario, con una bella esposa, cuatro hermosos hijos y un nuevo perro. Tenemos coches, ropa, una mansión. Somos una pintura al óleo hecha realidad, la pesadilla de un supremacista blanco, la hermosa familia negra que de alguna manera ha desplazado a la nobleza inglesa y se ha llevado su armario y su hogar. Somos los deseos de nuestros antepasados, la culminación de las luchas de los sueños de Abneys, Ervings y Browns”. – Dr. J: The Autobiography.

Julius Erving era el hombre más deseado en los Estados Unidos de principios de los setenta. Su juego divertido y desenfrenado, casi callejero, servía como cebo para llamar la atención del público y patrocinadores, que fantaseaban con ese magnífico ejemplar de figura esbelta y pelo afro.

Julius es el auténtico rey de la ABA, el amo y señor de los Squires de Virginia, a la que contempla cada noche desde el lujoso apartamento que le había cedido Earl Foreman, el dueño de la franquicia. Es una vivienda de tres plantas, delicadamente decorada, con vistas panorámicas a la ciudad y al puerto. Por supuesto, no falta una amplia plaza de aparcamiento para su Jaguar.

El lugar perfecto para cazar.

En su segunda temporada en Virginia, Julius es un hombre libre tras cortar con Carol, su novia de la universidad, y decide probar todos los platos que ofrece el mundo al máximo anotador de la ABA. Hasta empacharse. Por aquella época son incontables las mujeres que pasan por aquel apartamento. El jugador crea de forma inconsciente una especie de competición consigo mismo, en la que el objetivo es encadenar el mayor número de mujeres diferentes con las que mantener relaciones en días consecutivos. Establece su récord en ocho.

Julius sabe que, aunque su noviazgo es historia y no está engañando a nadie, ese no es el comportamiento que se espera de él. En su autobiografía recalca que lucha a menudo con esa visión de las mujeres como un mero entretenimiento, pero que es incapaz de alejarse de la tentación durante demasiado tiempo. Teme quedarse atrapado en esa espiral, y le atormenta la idea de verse solo, como un hombre mayor divorciado, arruinado y fracasado. Unos pensamientos de los que sale tan rápido como aparece un buen plan.

“Doc, estas chicas te vieron jugar y quieren conocerte”.

Julius reconoce rápidamente la voz que sale desde el final del túnel de vestuarios. Se trata de Billy Franklin, un alero alto que ese año cumple su primer año en la liga. Erving las mira. Son tres, dos de ellas hermanas. “Esta es Cynthia”, dice Billy. “Esta es la hermana de Cynthia, Camille. Y esta es Turquoise”.

El alero no presta demasiada atención a las dos hermanas. Pero contiene la respiración con la tercera. Labios perfectos, pómulos afilados, ojos color almendra y piel clara, casi de color dorado. No tardan más que unos minutos en intercambiarse los teléfonos. Y unos pocos días en volverse a ver.

Turquoise ha llegado conduciendo desde Salem. Durante ese trayecto, Julius se ha empleado a fondo. Champán en el congelador, unas pocas flores por la casa, unos bombones aquí o allá. Marvin Gaye sonando a través del sistema de sonido de la casa y luces tenues en cada habitación. “Es casi injusto”, pensaría para sus adentros el alero.

Pero Turquoise es diferente. Llega a la cita junto con Cynthia, y Julius pronto comprende que esa noche el partido no se va a jugar al ritmo que él pretendía.  Turquoise es agradable, pero también muy inteligente. No es una nueva conquista de una noche para el Doctor. Tras conseguir librarse de la amiga –que, por azares del destino, acabaría pasando esa velada en el cine junto a un compañero de equipo de Erving, un tal George Gervin-, Turquoise aparece vestida con un pulcro pijama de franela. La noche se alarga hasta las siete de la mañana, con la joven pareja hablando, conociéndose. Erving siente que por primera vez está consiguiendo ver más allá en una mujer, asomándose a ella realmente. Turquoise, que tiene un hermano jugando al baloncesto en la universidad, logra entrar en terrenos comunes con la estrella, llevando la conversación a arenas insospechadas pocas horas antes. 

Un año después, en una boda celebrada por todo lo alto, Julius y Turquoise se convertían en marido y mujer.

Madurar nunca es fácil

El balón tricolor de la ABA hace tiempo que es un bonito recuerdo para Erving. También el pelo afro, que ha sido reemplazado por un contundente mostacho. El Doctor es una estrella en decadencia. Es un declive suave, dulce, con la tranquilidad de que el deseado anillo ya reposa en la memoria del Spectrum. Tampoco está acabado. Es verdad que ya no puede surcar los aires como hace diez años, pero sigue siendo uno de los aleros más completos de la NBA, y donde ahora no llega la exuberancia del físico, lo hace la experiencia de una larga carrera.

Durante estos años ha formado una bonita familia con Turquoise. Julius, el mayor, Jazmin, la devoción del padre, y el pequeño Cory. El matrimonio ha sufrido altibajos, pero el retiro de la estrella parece próximo y Turquoise confía en que, cuando llegue, el Doctor terminará de sentar la cabeza.

Esa calma se ve rota de repente. Su hermana mayor, Alexis, tras una cena familiar, le comunica que padece cáncer de colon, y que es muy grave. Tanto como que ni la fama ni el dinero de su hermano podrían hacer nada. Cuestión de meses, dice.

El alero de los Sixers entra en ‘shock’, y automáticamente se retrotrae a la época de la universidad, a aquel viaje angustioso para ver morir a su hermano pequeño. Ahora era Alexis, su única hermana viva, la que le deja. No tardaría más que unos pocos meses en hacerlo, casi coincidiendo con el repaso de los Celtics en las Finales del Este, la última aparición del Dr. J en una cita de ese calibre. Era mayo de 1985 y una parte de su vida se ha evaporado para siempre.

Dos años más tarde, Julius dice adiós, tras una eterna gira de despedida. Cambia las zapatillas por unos elegantes zapatos italianos, y la estrella de baloncesto da paso al hombre de negocios. Compra varios inmuebles en Philadelphia y Atlantic City, además de acceder a la copropiedad de la planta de Coca-Cola en Pennsylvania y a la vicepresidencia de la franquicia de los Orlando Magic.

Aunque los años dorados iban quedando atrás, la impronta del Dr. J seguía viva, sobre todo en las ciudades que le tuvieron como hijo predilecto. Forma parte de una especie de realeza deportiva, que evoca a tiempos mejores en los que los Sixers eran uno de los grandes de la NBA, y no a la franquicia decadente que se había convertido tras  su retirada.

Dentro de ese linaje, él y Turk eran considerados como una de las parejas más sólidas, elegantes y exitosas de Philadelphia. Ella había sumado a su atractivo natural una especial sensibilidad por la moda y el maquillaje. Ya no era la joven de aquella noche en Virginia, pero se había convertido en una mujer hermosa y madura.

Todo ese teatro se vino abajo en 2003, con un comunicado que anunciaba el divorcio de la pareja. La sorpresa fue absoluta, ya que se habían visto juntos un año antes en el All Star Game celebrado en Philadelphia, donde reservaron diez habitaciones en el lujoso el Rittenhouse Square para recibir a amigos como Oprah Winfrey, Samuel L. Jackson y su esposa actriz, LaTanya Richardson. Y todo parecía ir tan bien como siempre.

Sin embargo, y una vez que la prensa se puso a investigar en las causas del divorcio, no tardó en salir a flote basura de todo tipo, que de forma directa señalaba al Doctor. Al parecer, el exjugador había reconocido la paternidad de un segundo hijo fuera del matrimonio, que se sumaba a la aceptación en 1999 de la jugadora de tenis Alexandra Stevenson como hija suya, durante un escarceo extramatrimonial en 1980 con la periodista Samantha Stevenson, una joven que cubría a los Sixers. Según contó el propio Doctor J, la relación entre él y Samantha no consistía más que en encuentros ocasionales “para relajarse durante la competición” y en los que no solía ir más allá del sexo oral, salvo en un momento determinado en el que “ella estaba con un tratamiento de ortodoncia, y no era una opción”.

Ese segundo hijo reconocido fue el golpe final a una pareja que tres años antes había vuelto a sacudirse por la tragedia. Cory, el hijo pequeño, desapareció. La pareja lanzó una búsqueda a nivel nacional, e incluso Erving ofreció una recompensa de 25.000 dólares para aquel que pudiera ofrecer una pista sobre el paradero de su hijo. Pocos días después, recibían la peor noticia imaginable, cuando se encontraba el coche del chico sumergido en un estanque del condado de Seminole, a media milla de distancia de la residencia familiar, con el cadáver de Cory dentro. Cory, de diecinueve años, había llamado poco antes para avisar de que llegaría a casa en unos veinte minutos. Fue la última ocasión en la que hablaron con él. Encontraron su cuerpo sin el cinturón de seguridad puesto y los airbags sin utilizar. Enseguida se alzaron rumores de un posible suicidio, que no hicieron sino acrecentarse después de que Julius admitiera que su hijo llevaba una temporada atravesando serios problemas relacionados con la droga.

Este artículo es un extracto del aparecido en Skyhook 18 dentro del especial del Dr. J que puedes comprar aquí

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