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Costa a costa

Historia de un gigante olvidado (un relato en primera persona ficticia)

Esto no es una historia de baloncesto. Es un relato de perseverancia, de lucha contra la adversidad y de encontrar fuerzas dentro de uno mismo

Me llamo Kenny George y desde que era un niño en las bulliciosas calles de Chicago, siempre sobresalí. Mi altura era algo que no pasaba desapercibido para nadie, ya que la hiperactividad en la glándula pituitaria que padecía provocó en mí un crecimiento extraordinario. Cuando tenía 15 años y cursaba segundo curso en el instituto ya medía 6 pies y 11 pulgadas, lo que en el sistema métrico europeo equivale a unos 2’10 metros. Sin embargo, hasta ese momento nunca había tenido un especial interés por el baloncesto, algo que puede resultar paradójico dada mi singular estatura.  Entonces hubo una persona que se fijó en mí con una perspectiva diferente. Mientras que la mayoría de la gente me veía como una especie de “freak”, un bicho raro que causaba asombro, el entrenador de baloncesto del instituto intuyó que, más allá de la altura, había algo en mi manera de moverme que dejaba entrever que podía llegar a ser un gran jugador. Probé, y desde entonces el baloncesto se convirtió en mi pasión, aunque nunca imaginé el viaje extraordinario que me esperaba en las canchas universitarias.

Cuando llegó el momento de tomar una decisión sobre mi futuro universitario, opté por unirme al equipo de baloncesto de la Universidad de Carolina del Norte en Asheville (UNC Asheville). Entonces ya alcanzaba los 2’31 centímetros, lo que me convierte en el jugador más alto en toda la historia del baloncesto universitario, un hito que todavía perdura a día de hoy Fue un momento emocionante, pero también lleno de incertidumbre. ¿Podría hacer frente a las expectativas? ¿Podría aprovechar mi altura para marcar una diferencia real en el juego?

Mi tiempo en UNC Asheville fue un torbellino de emociones y desafíos. Desde el primer día me esforcé por demostrar mi valía en la cancha. Mi altura imponente me otorgó una ventaja única, pero también trajo consigo una gran responsabilidad. Quería ser más que simplemente el hombre más alto en el equipo; quería ser un líder, un competidor feroz y un ejemplo a seguir para mis compañeros de equipo. Pero desde el mismo instante en que aterricé en la universidad, tuve un desagradable compañero de viaje que me persiguió y lastró de un modo inmisericorde: las lesiones. Mis rodillas sufrían la consecuencia de tener que soportar todo el peso de un cuerpo interminable y se dislocaron, lo que me obligó a operarme y perderme entera toda la temporada de mi supuesto estreno.

Tras mucho sufrimiento y un arduo trabajo de rehabilitación, finalmente conseguí debutar. Fue un 22 de noviembre, frente a la universidad de Virginia. Recuerdo perfectamente aquel partido, en el que, aunque solamente estuve quince minutos en la cancha, coloqué cinco tapones. No obstante, terminé con sensaciones agridulces. La alegría del debut quedaba parcialmente empañada por el dolor en las rodillas, un dolor que me iba a acompañar cada vez que saltaba al campo. A pesar de ello, la temporada no fue mal y la terminé promediando algo más de cinco puntos, casi cuatro rebotes y dos tapones en los diez minutos que jugaba por encuentro.

También recuerdo vivamente el enfrentamiento contra la universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Fue un momento que quedó grabado en mi memoria para siempre. A pesar de la derrota, enfrentarme a jugadores de la talla de Tyler Hansbrough fue un honor y una experiencia que nunca olvidaré. En ese momento, me di cuenta de la magnitud de lo que estaba logrando, no solo como jugador, sino como persona. Mi mejor encuentro llegó contra la universidad de Campbell, en el que logré el primer triple-doble de la historia de UNC Asheville con 20 puntos, 12 rebotes y 10 tapones. Fue un momento memorable.

Pero como suele suceder en la vida, los momentos de gloria a menudo van de la mano con los desafíos más difíciles. En el verano de 2008, mi mundo se detuvo cuando una grave infección en mi pie derecho amenazó con poner fin a mi carrera. Las cirugías se convirtieron en una parte rutinaria de mi vida, y la incertidumbre sobre mi futuro se cernía sobre mí como una sombra oscura.  Finalmente, llegó el día en que los médicos me informaron que la única opción era la amputación parcial de mi pie derecho. Fue un golpe devastador, y durante un tiempo me encontré luchando con sentimientos de desesperación y pérdida. ¿Cómo podría volver a jugar al baloncesto sin mi pie? ¿Podría algún día superar esta adversidad y volver a la cancha?

A medida que pasaban los días y las semanas, comencé a darme cuenta de que mi historia no se trataba solo de baloncesto. Era una historia de perseverancia, de lucha contra la adversidad y de encontrar fuerzas dentro de uno mismo cuando todo parece perdido. Aunque mi carrera universitaria fue truncada por esa lesión, mi legado sigue vivo en el corazón de aquellos que me vieron jugar y en la mente de quienes se inspiran en mi historia de superación. Hoy, mientras reflexiono sobre mi viaje, me siento agradecido por cada momento, tanto los gloriosos como los desafiantes. Jugué un total de 51 partidos en esas dos temporadas, en los que promedié 9’3 puntos, 5’4 rebotes y 2’7 tapones. No son números espectaculares, lo sé, pero dadas las circunstancias físicas que me acompañaron, estoy satisfecho con mi rendimiento y, sobre todo, con mi entrega y dedicación.

Mi historia no termina aquí, por supuesto. Continuaré siendo un defensor de aquellos que luchan contra la adversidad y un ejemplo de que, con determinación y coraje, podemos superar cualquier obstáculo que se nos presente en la vida. Porque, aunque la vida no nos reserve un lugar en el Olimpo de los elegidos en el mundo del deporte, nuestro mundo no puede terminar ahí. Hay que buscar, y encontrar, otras motivaciones y salidas para lograr la felicidad. En mi caso, la he hallado como diseñador gráfico, dibujante de cómics y películas de animación, el mismo campo que ya estudié en la universidad y al que ahora me dedico profesionalmente. Después de todo lo que he vivido, me he puedo considerar un auténtico privilegiado por dedicarme a lo que, desde el principio, fue mi verdadera vocación.

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