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El nacimiento de la bestia

El último lottery pick de los Seattle SuperSonics antes de su mudanza llamó a la puerta de una fuerza sobrenatural tallada para hacer historia. Hoy, Oklahoma City sigue bendiciéndose por aquel movimiento. Pudieron disfrutar de unas Finales, de tres estrellas en cocción y ahora de su propia marca. Russell Westbrook es los Thunder. La liga vive en turbulencias provocadas por él. Su lema, ‘¿Por qué no?’, es mucho más que una declaración de intenciones. Tres palabras sobran para una definición. El base ha hecho del ‘lo quiero, lo consigo’ un hábito. Mamba Mentality, dicen algunos. Kobe mamó la competitividad, Westbrook la adoptó. No siempre fue así, hubo un punto de inflexión que hizo un hombre del adolescente en un chasquido.

Llevaba el número doce, pero en cuanto pudo cambió al tres. El staff técnico del instituto Leuzinger, en Lawndale (California) le definía como el mejor de la class de 2006. Para la web Scoutpodía ser el mejor prospect de esta, con la mejor oportunidad para ser un jugador de élite. “Es un semental físicamente. Un muy buen atleta con habilidades que siguen mejorando y juega con mentalidad de guerrero.” La única pega parecía más cerca de las aulas que del parqué, aunque rezaban por encontrar una buena influencia para él que le sirviera de guía.

Era solo un sophomore. Dos años por delante hasta dar el salto al college, tiempo suficiente para meditar opciones. Ya rozaba los dos metros y los aprovechaba para cargar el rebote y machacar el aro sin contemplaciones. Siendo alero, lucía como cinco. Protagonista de saltos iniciales. Muelles sobresalientes entre los diez en cancha, pero una pequeña parte de su arsenal. Tampoco le asustaban la media y larga distancia. Khelcey Barrs III lo tenía todo para convivir entre estrellas.

Dorell Wright, que pasó por Heat, Blazers y Warriors, fue testigo directo de su talento como compañero de instituto. Confirma ahora su grandeza. En noveno grado, como freshman, ya era capaz de adueñarse de todo rival. Su techo llegó un curso después. 18 puntos, 11 rebotes y 3 asistencias llegó a promediar.

Russell siempre le acompañaba. Había jugado anteriormente al fútbol americano, haciendo de quarterback running back, posiciones para las que se requieren dotes de liderazgo y fortaleza. La madre de Barrs cuenta que la unión entre ambos nace en el baloncesto. Vivían cerca, sabían el uno del otro, pero hasta que jugaron juntos no se conocieron realmente.

El guard era un niño tranquilo que no alzaba la voz. El forward, una constante muestra de confianza. Compartían equipo, pero sobre todo, sueños. “Sin duda, queríamos ir a UCLA juntos y luego a la NBA”, afirma el hoy cabecilla de los Thunder. Habían hecho planes juntos, aunque solo días atrás dejaran la niñez de lado. Siempre hablando sobre crecer al lado del otro.

Por ello, el 14 de mayo de 2004, el entrenador de Leuzinger, Reggie Morris, decidió llevar a la pareja de amigos junto a su equipo al suroeste de Los Ángeles. El motivo no era otro que ponerles a prueba en un gran escaparate, junto a otros jugadores de secundaria que destacaban en el estado. Barrs ya levantaba el interés de diversas universidades y los expertos lo colocaban entre los cuarenta mejores del país.

“Desafortunadamente, no estaba ahí cuando pasó”, declaró Dorell Wright en su llegada en la NBA. “Mi entrenador, mis amigos que estaban allí, me dijeron ‘¡Nunca he visto a Khelcey jugar de esta manera!’. Estaba, simplemente, dominando el pabellón entero. Ojalá hubiera estado para verlo.”

La confianza de Morris era plena, buscaba su brillo. No tardó en darse. Ganaron cuatro o cinco partidos consecutivos. Iban a sentarse en el lateral de la pista, entonces. Los jugadores bromeaban y pasó. Khelcey cayó al suelo, de espaldas. Todos se alarmaron. Cardiomiopatía hipertrófica (o corazón agrandado, como comúnmente se conoce). Dieciséis años y un futuro borrado de un plumazo. Su don era una esperanza que un colapso arrebató.

Russ se multiplicó. No permitió que el dolor le tumbara. Tampoco a los Barrs. Antes de ir a clase, Westbrook hacía las tareas domésticas de su desaparecido amigo. Mona, la madre, aún agradece el esfuerzo de un adolescente con mayor entereza que la mayoría de los adultos. Además de una mano ayuda, fue un hombro sobre el que llorar.

Hoy, el base es capaz de explicar el momento sin derrumbarse. Fue rápido, reconoce, pero no eran conscientes de la importancia de su caída. Imaginaron que se diera fruto del cansancio, incluso que fuera deshidratación. Como no puede ser de otra manera, está de acuerdo con todo aquel que le vio jugar: hoy estaría en la NBA. Pero más allá de eso, supo hacer una lectura profunda. Vio la situación como una lección filosófica. Lo aplica a su día a día. El carpe diem moderno se basa en sorprender al mundo. “No puedes dar la vida por sentada”.

Una tarde de baloncesto dio un vuelco a la realidad. Marcha, pero sobre todo vacío. Tanto en afecto como en el parqué. Era la estrella de un bloque que él cerraba. Westbrook lo sabía. Tenía una responsabilidad; taparlo. No pretendía provocar olvido, sino que el recuerdo no se pintara de negro. La oportunidad que uno perdió hizo a otro valorar que la mantuviera. Un empujón para trabajar más duro. “Para ser el mejor jugador que puedo ser”, dice él.

El verano que sucedió a la trágica pérdida, Russell se ejercitó hasta la saciedad con su padre. Flexiones, dominadas, ejercicios de piernas… Horas de sacrificio. Tenía como entrenador a un gran jugador de calle. Hizo de él el mejor tirador del equipo en cuestión de meses. “Empezó a jugar con rabia, pero realmente era Khelcey. Cada año mejoró drásticamente”, dice Donnell Beverly, amigo desde la secundaria de Russ.

El triple fue su principal arma, y además, no tenía miedo. Estaba dispuesto a todo para ganarse el respeto. Era pequeño y delgado, pero puso empeño en el juego de espaldas al aro y el rebote. Tiempo en el gimnasio que le hizo camuflar las carencias físicas con determinación. “Era como un ninja. Un asesino silencioso”, afirmó el entrenador Morris. Un estudiante de sobresaliente que había desarrollado obsesión enfermiza por la brega.

Entrando en su año junior, aún no tenía ninguna propuesta sobre la mesa. Ninguna universidad puso sus ojos sobre él, ya en su penúltimo curso de instituto. Contra Carson High hizo más ruido que nunca: 51 puntos. Se acercaba el final de la temporada y Jordan Farmar decidió presentarse al Draft. La conexión entonces se dio, como si todo estuviera escrito. UCLA llamó, Russell Westbrook respondió, mirando al cielo. “Sí. ¡Claro que sí!”.

Curioso resulta que no llegara a machacar el aro hasta los diecisiete, como senior, en sus últimos días en Leuzinger.

Russell Westbrook
Foto: John W. McDonough / Sports Illustrated

Era el primer paso de un sueño compartido del que se tuvo que adueñar en solitario sin alternativa alguna. Pero no fue rodado. Primera campaña en NCAA, pocos minutos. Darren Collison estaba indiscutiblemente por delante. En verano, aprovechó para pasarse por la Say No Classic, una liga estival del sur de California en la que se vio las caras con jugadores como James Harden, OJ Mayo o Taj Gibson. Dio el paso definitivo. Por lo que hoy se le conoce. La rabia con la que golpea el aro, las capacidades atléticas probando la gravedad. Más de 30 tantos de media y algunos mates imposibles con su firma. Golpe sobre la mesa y desde entonces, cuesta arriba.

“Su trabajo tuvo recompensa ese verano en términos de transición a un mejor jugador de universidad, y desde ahí, obviamente, puedes ver su talento para jugar a nivel NBA”, reconocía Arron Afflalo, también en los Bruins.

Poco tardó en sentar al hoy parte de los Sacramento Kings. Se hizo un hueco en el quinteto inicial junto a Collison y Kevin Love, como escolta. Fue su año. Todo flashes. Pura energía y esfuerzo defensivo. Llevaron entonces a la tercera Final Four consecutiva a los suyos. 2008. Y dio el paso final. Seattle confió en él. El progreso no se frenó. 2017, candidato al MVP de la temporada. Mr. Triple Double. Único. Definición de competición.

Aire, agua, fuego, tierra, Westbrook. Es el quinto elemento. Una fuerza de la naturaleza. Nunca se ha visto una potencia como la suya. Nunca hubo un corazón como el suyo. Toda máquina tiene un motor. La de Russell se llama Khelcey Barrs III. Es el alma que empuja el trueno. El motivo por el que el fenómeno del momento se conoció a sí mismo. Cumplió con los planes, aunque solo. Ya sea con pulseras o en las zapatillas, el recuerdo de su amigo sigue al de OKC. Su alma vive dentro de una bestia. Una bestia que nació el 14 de mayo de 2004.

“Quiero que todo el mundo sepa que Khelcey podría haber sido el mejor jugador del país. Siempre será una parte de mi vida.” – Russell Westbrook

 

Fuentes: SLAM, ESPN, MaxPreps, In depth: with Graham Bensinger, Sports Corner, LA Times, Sports Illustrated, Scout.

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