La prensa, los aficionados, el Comité Olímpico estadounidense. Todos, de una u otra forma, no habían cesado de recordarlo durante los últimos cuatro años cada vez que había surgido la oportunidad. Un recordatorio con fondo de amenaza. El margen de error para el equipo de baloncesto en los Juegos Olímpicos de 1984 era de cero. Elevado a una cuestión de estado, también lo reconocía así el seleccionador americano, Bobby Knight, un declarado anti comunista. Y pese a todo, no podía evitar maldecir entre dientes con cada advertencia, más o menos velada, sobre una obligación que iba pesando cada día más sobre los hombres encargados de diseñar un equipo con un único final aceptable: la conquista de la medalla de oro el 10 de agosto de 1984 en el Forum de Inglewood.

Aquel reto, no hace falta decirlo, se completaría de una forma casi rutinaria, gracias a un equipo que había reunido a alguna de las grandes joyas del baloncesto universitario americano -Michael Jordan, Chris Mullin, Sam Perkins o Patrick Ewing son nombres a los que no hace falta presentar- y que además contaría con el apoyo del público angelino. Por si fuera poco,  una cierta fortuna en los cruces, que dejarían fuera de la final al previsible mayor rival, Yugoslavia, eliminado en semifinales ante la sorprendente generación española, reduciría aún más la improbable sorpresa en la gran final. Ese combinado universitario sería el último en alzarse con la medalla de oro en unos juegos, antes de la debacle del 88 en Seúl y el posterior paso al profesionalismo NBA. Pero más allá del torneo, es conveniente recordar cómo Knight enfocó la selección de sus integrantes finales, y la curiosa forma en la que algunos jugadores, de nombres muy ilustres, terminarían por quedar fuera del mismo.

Solo pueden quedar doce

Para cualquiera que conozca la figura de Bobby Knight, sabrá que adjudicarle el adjetivo de concienzudo es quedarse muy corto. Por eso, no es de extrañar que desde 1979 el técnico de Indiana ya estuviera preparando la cita de Los Ángeles, para lo cual se serviría principalmente de dos campeonatos -el Mundial de Cali del 82, y los Panamericanos del 83- como pruebas de fuego antes de la selección final. Tampoco hay que obviar la importancia que cobró el National Sport Festival, un torneo anual organizado por la USOC en el que el baloncesto adquiría una relevancia especial, y que servía como escaparate en el que medir a distintas estrellas universitarias. Fue precisamente en la edición de 1981 en la que Knight escuchó por primera vez el nombre de Michael Jordan, a través de un aviso de Tim, su hijo, en el que le advertía de que no se perdiera las evoluciones “del chaval que acaba de firmar por North Carolina”. Al preguntarle Bobby unos días más tarde por ese tal Jordan a su homónimo Dean Smith, el viejo maestro de los Tar Heels, este solo contestaría con un vago y sospechoso: “Lo hemos escogido porque es de aquí cerca, de Wilmington”.

Foto: SI.COM

Pero sin duda, el momento cumbre de aquella preselección olímipica tuvo lugar unos pocos meses antes de los Juegos, en un campus en el que ochenta jugadores lucharían, al más puro estilo del circo romano, por una de las doce plazas que darían acceso al combinado definitivo. En teoría, los elegidos saldrían de los entrenamientos y los partidillos que se irían disputando a lo largo de los siguientes días allí. Sin embargo, ya se conocía que ciertos jugadores tenían el billete asegurado, pasara lo que pasara. Estrellas del calibre de Pat Ewing eran virtualmente miembros de pleno derecho, al igual que otros jugadores a los que se les quería premiar por los servicios prestados en otros torneos de menos glamour, como era el caso del base Leon Wood, que un año antes accedió a incorporarse de urgencia al equipo USA de los Panamericanos tras la lesión de un compañero. En definitiva, había una mezcla de criterios a la hora de hacer los descartes, que finalmente se resumían en uno: lo que decidiera Knight, que se convirtió durante esas semanas en el seleccionador con más poder en la historia de la selección norteamericana, muy dada a dejar poca libertad de elección al entrenador de turno. Ese poder se pudo constatar con la inclusión en el equipo final de dos pívots con poco nivel, pero muy del “estilo Hoosier”: grandes, lentos y entregados. Joe Kleine y Vern Fleming no eran, desde luego, los dos grandes talentos de su generación, pero en cambio eran el perfil con el que Knight más acostumbrado estaba a jugar. Y con eso fue suficiente.

Por supuesto, que un poder de decisión tan grande estuviera en manos de una personalidad como Knight no podía estar exento de polémica, que se avivaría con cada sucesión de descartes que se iban produciendo. Hay que recordar, que si el fuego competitivo ya crepitaba con fuerza al contar con tal cantidad de candidatos, la cercanía del Draft del 84 suponía un conato de incendio tras cada decisión, que podía influir de forma clave en la carrera deportiva de aquellos jugadores.

Unos cuantos nombres ilustres

Una de las mayores polémicas fue el descarte de Charles Barkley. El futuro MVP de la NBA se había convertido en una de las atracciones del campus, tanto que en una acción terminó por romper el tablero tras un violento mate. Su juego explosivo, lleno de energía, se hizo notar durante aquellos días, por lo que la decisión de Knight de dejarlo fuera de la lista definitiva, aduciendo “motivos tácticos” fue recibida con un enorme escepticismo. Mucho más plausible es la versión no oficial de un choque de personalidades entre el recto técnico y el bocazas Barkley, propenso a la polémica y a la rebeldía. La personalidad del coach -aderezada por su conocido mal genio y la total ausencia de modales- hizo que los roces entre él y sus jugadores fueran tan habituales, que Wayman Tisdale declaraba que tras aquellos días, “deseaba volver a Oklahoma y abrazar a todas las personas que había creído groseras hacia él”.

Esas jornadas extremas de competitidad dejaron una última escena para el recuerdo. Tras uno de los cortes finales, la práctica habitual era que una furgoneta de la federación recogiera a los jugadores excluídos y los llevara al aeropuerto, para que volvieran a su lugar de origen. Tras un último agradecimiento por parte del cuerpo técnico, cinco jugadores se subieron al vehículo, con pocas ganas de hablar y la sensación generalizada de que habían perdido el tiempo. Aquellos cinco jugadores eran Karl Malone, Joe Dumars, A.C. Green, Charles Barkley y John Stockton. Fue precisamente la futura leyenda de los Jazz el primero en levantar la voz y romper el silencio que atrapaba la atmósfera de la furgoneta. “Me gustaría poder hacer un equipo con los jugadores que vamos aquí y enfrentarnos al equipo que vayan a presentar”. La reflexión daría paso a otro largo trago de silencio, mientras dejaban atrás un sueño olímpico que algunos podrían retomar unos cuantos años más tarde en forma de Dream Team. Pero eso es otra historia.

Foto: SI.COM

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