Nadie duda en la actualidad de que las ligas de baloncesto en España y en Grecia ocupan los dos primeros puestos en cuanto a importancia y potencial económico de las que existen en el Viejo Continente. Probablemente, aunque el orden del Top 4 es debatible, después se sitúan las competiciones de Turquía y Rusia. En un quinto lugar, y a bastante distancia, la otrora magnífica Lega italiana lucha por retornar a un pasado esplendoroso ya tristemente desaparecido. No hay más que echar un ojo a la Euroliga de este año, donde el Armani Jeans de Milán ha quedado eliminado y los grandes trasatlánticos de las ligas ya citados copan los primeros puestos. Sin embargo, no se lleven a engaño, hubo un tiempo en el cual la situación era radicalmente la contraria; Bolonia, Milán, Roma, Cantú, Varese o Pesaro significaban y representaban el paraíso deportivo y económico en un continente ávido por sacar a relucir a sus estrellas y también en reclutar jugadores NBA de gran valor, aunque muchos de ellos ya agotando sus últimas dosis de magia.

En 1998, un joven y desgarbado portento físico y técnico procedente de Bahía Blanca acababa de dar sus primeros pasos en el concierto internacional durante el Mundial FIBA de Grecia. Emanuel Ginóbili se había colado de rondón en el roster argentino “quitándole” el puesto a otros jugadores más consagrados, gracias a la confianza del seleccionador Julio Lamas. Argentina se había quedado pequeña para su potencial, y el paso más lógico le situaba en Europa, un lugar perfecto para progresar y medir su techo. En junio del 98, cuando estaba en Olavarría durante la preparación para el Mundial, le dio el sí a Reggio Calabria con un contrato de 750.000 dólares por tres temporadas. Valladolid y Fuenlabrada, dos clubes españoles, también habían mostrado interés. Lo más firme al principio parecía lo de Tau Cerámica, que inició contactos con el representante Arturo Ortega y luego hasta habló con Manu, pero no se llegó a nada. Alfredo Salazar, un dirigente del club de Vitoria, todavía se arrepiente de aquella decisión.

El club Pallacanestro Viola Reggio Calabria accede por primera vez a la Serie A1 en 1989, donde se mantiene en la categoría, con dos descensos y ascensos en los años posteriores, hasta que el club quiebra en 1997. Renace al año siguiente con la denominación Nuovo Basket Viola Reggio 98, justo el año en el que Manu Ginóbili recala allí. Obviamente, la elección de un club modesto en lo deportivo le conviene al argentino. Situados en un segundo escalafón competitivo, la A-2, su objetivo se sitúa en el ascenso. Ginóbili tiene un perfecto espejo en quien mirarse.

“Yo le dije que el lugar era magnífico y que la gente me había tratado de primera. La adaptación a la vida de allá no le iba a costar mucho”, explica Hugo Sconochini, compañero en la selección y uno de los principales consultados, porque Reggio Calabria había sido su primer destino fuera de Argentina.

Con su habitual modestia, Manu siempre cuenta que no las tenía todas consigo al debutar en Europa. Desconocía su propio potencial. Simplemente cayó de pie y los resultados se vieron enseguida. Desde su primera aparición, con 31 puntos a Biella, los hinchas lo convirtieron en símbolo y los medios le brindaron un trato privilegiado. El primero fue La Gazzeta dello Sport, que le dedicó media página y le comparó con Sconochini, un compatriota ya consagrado. “Ginóbili: la historia se puede repetir”, se titulaba.

Foto: Ciamillo Castoria

No se trataba desde luego de un conjunto plagado de enormes y rutilantes estrellas. Sí que disponía de un jugador con una amplia trayectoria en la NBA y en Europa, el alemán Christian Welp, pero éste apenas jugó unos partidos testimoniales y agotó su recorrido en Calabria. Nunca fue un factor decisivo. La afinidad con los cuatro estadounidenses del equipo, especialmente con Brent Scott, fue clave en los momentos complicados. Scott emigraría al año siguiente al Real Madrid, donde fue campeón de liga en el Palau Blaugrana tras un quinto partido memorable y el escándalo de Sasha Djordjevic. Terminaron la serie regular en el tercer puesto y en el play-off, tras eliminar a Jesi y Scavolini, lograron el esperado ascenso. ¿Su aporte en la campaña? Fundamental, con 17’9 puntos y 3’2 robos por partido, máximo anotador de su escuadra.

Ahora en la A-1 la exigencia sería mayor. Para ello reclutaban, entre otros, a otro bahiense de reconocido prestigio, el internacional Alejandro “Puma” Montecchia, uno de los bases de la selección argentina, y futuro jugador de Pamesa Valencia. La temporada de Manu mejoró aún la primera y tuvo la fortuna de medirse en sucesivas ocasiones con las mejores escuadras del planeta Europa, especialmente la Kinder de Bolonia obra y gracia de Ettore Messina. En el comienzo del play-off Manu se destapó con 21 puntos en la victoria sobre el campeón Varese, además de coger diez rebotes y robar cinco balones. Esa misma semana, con 25 puntos de Manu y 14 de Montecchia, definieron la serie de octavos ante un rival, teóricamente, con más nivel. Ya en cuartos la serie fue durísima ante la Kinder. Sconochini usó toda su experiencia ante Manu y el equipo de Bologna superó a Reggio Calabria agónicamente en el quinto partido. Los objetivos se habían cumplido con creces. Ahora, en lo personal, tocaba afrontar nuevos retos, y a pesar de la gran oferta del Olimpiakos de El Pireo, Manu Ginóbili se decantaba por un paso algo más lógico, emigrar hacia la élite en la misma Italia, y qué lugar mejor que jugar en el Dream Team que Messina había diseñado en torno a Predrag Danilovic en Bolonia, tras el paso de éste por la NBA.

Marco Madrigali, el dueño de la sociedad, fue el encargado de anunciar el acuerdo. “Me parece que a los 22 años me conviene quedarme en Italia, donde soy conocido y respetado. Ya estoy adaptado a la vida en este país”, justificaba su elección. Pero en esa conferencia hubo más anuncios de Madrigali: la renovación de Hugo Sconochini y la llegada del serbio Marko Jaric. De esta forma, se aumentaba a seis el número de jugadores en el perímetro. Una noticia a priori negativa para el bahiense. Sin embargo, las cosas cambiaron de la noche a la mañana. Danilovic, una figura rutilante en el panorama europeo, no se presentó al segundo entrenamiento y sorpresivamente comunicó su retiro debido a problemas físicos. Manu reconoce que tuvo un toque de suerte. Quizás el punto de inflexión en su carrera. “No sé qué hubiera pasado si se quedaba. Era la estrella del equipo. Yo estaba en segundo plano”.

La Kinder Bolonia de la temporada 2000/01 es recordada entre los buenos aficionados al baloncesto en general como uno de los equipos más talentosos de la historia de las competiciones europeas. Aquel megaproyecto contaba en sus filas con Ettore Messina como técnico, y además con soluciones y alternativas para todas las circunstancias y que se adaptaba a cualquier tipo de juego. Desde la inteligencia de Antoine Rigaudeau y Marko Jaric, pasando por la explosividad de los pura sangre argentinos hasta la juventud de David Andersen y Matjaz Smodis, sin olvidar el músculo de un gran center como Rashard Griffith. “Al principio trataba de justificar mi llegada al equipo de cualquier manera y después me tranquilicé cuando noté que jugando al ritmo de Rigaudeau me iba bien”, señalaba. Con el francés, un jugador tremendamente talentoso, protagonizó un incidente que le mostró la otra cara de su entrenador.

“En un partido, Rigaudeau me hizo notar un error y le contesté con un gesto. Messina me dijo de todo en el vestuario. Y hasta casi me pega”. Una premonición de lo que se encontraría años más tarde en San Antonio, un tal Gregg Popovich, dotado de una fama bien merecida de entrenador de hierro.

Los elogios empezaron a llegar en enero con la conquista de la Copa de Italia, frente a Scavolini Pesaro, partido en el que terminó como máximo anotador junto con Rashard Griffith. Kinder iba lanzada en busca de la triple corona, se había metido en la final de la Euroliga y se había afirmado en lo más alto de la Lega, con Ginóbili en gran nivel. Llegaron a una tremenda serie de 33 partidos consecutivos invictos entre los tres torneos. Fue el jugador más valioso en la serie decisiva de la Euroliga, que Kinder le ganó 3-2 al Tau Cerámica, con Fabricio Oberto y Luis Scola como jugadores destacados. Tras la celebración anunciaron la votación de los periodistas: Manu era elegido el mejor de la final con los 11 votos posibles de la prensa. “Somos un gran equipo y ninguno se la da de estrella. Es el día más feliz de mi carrera”, contaba al borde de las lágrimas.

Foto: Roberto Serra / Iguana Press

Para la consagración definitiva en Europa le faltaba el scudetto, justo ante Paf Fortitudo Bolonia, el otro equipo de la ciudad. No hubo problemas para Kinder, ganó 3-0 la serie y terminó con un esclarecedor 9-0 en el play-off, con Manu como jugador más valioso otra vez. Definitivamente, el presente le pertenecía, ya como líder indiscutible del equipo más potente de Europa.

Probablemente hablamos de uno de los conjuntos más famosos de la historia del pallacanestro italiano, a la altura del Ignis Varese de Meneghin y Bob Morse o del Phillips Milan del propio Meneghin, Bob McAdoo y Mike D’Antoni. El triplete conseguido por el Kinder de Messina resulta muy complicado de igualar. El principal problema de aquella constelación de estrellas con Ginóbili incluido es que tan solo duró un par de temporadas, y la segunda no pudo igualar los éxitos de la primera. Sólo la Copa ingresó en las vitrinas de la escuadra boloñesa. En el plano personal, y superadas de largo las expectativas creadas, en el exterior y por él mismo en torno a su figura, el siguiente paso sería la NBA. El jugador, ya con casi 25 años y un bagaje sensacional a su espalda, intuía, a pesar de su habitual modestia, que su futuro estaba con los mejores. Pero esta, amigos, es otra historia. Antes, cuatro años tan sólo habían bastado para que Emanuel Ginóbili ingresara por derecho propio en la élite histórica de una competición sin rival en épocas no tan pretéritas.

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