Apenas unos años atrás la situación era totalmente distinta, instalado en la cima, viviendo un sueño para un joven de apenas 21 años. Había sido seleccionado como uno de los doce miembros que representarían a su país en los Juegos Olímpicos que se disputarían ese verano en Los Ángeles y estaba a punto de guiar a los Red Storms de la Universidad de St. John´s a la segunda Final Four de su historia 32 años después. Ahora, aquella noche de principios de 1988, miraba con nerviosismo e inseguridad el marcador del pabellón, esperando ser presentado ante una multitud que llevaba un tiempo sin verle aparecer por allí. No sabía cómo iba a ser la reacción de los fans y cuando sonó su nombre, acompañando a ese número 17 que vestía en honor de John Havlicek, el público se puso en pie para tributarle una sonora ovación como recompensa a todo el esfuerzo y compromiso que había llevado a cabo las semanas anteriores. Como recompensa a haber encontrado una salida al infierno en el que llevaba recluido desde sus años de juventud en las calles de Brooklyn. Su nueva vida acababa de dar comienzo.

En la cresta de la ola donde estaba subido todo parecía ir sobre ruedas para Chris Mullin en el otoño de 1987, pero cuando los focos de las canchas se apagaban y el partido acababa descubría que realmente se encontraba solo. Era algo inimaginable para alguien que en 1985 era idolatrado por los fans y respetado por todos los entrenadores, siendo uno de los mejores talentos universitarios del país. Acostumbrado a las victorias en St. John´s y en el equipo olímpico, no encontró lo mismo en unos Warriors que solo ganaron 30 partidos en su primer año como profesional. La pequeña mejoría experimentada en la 86-87 no tuvo continuidad y la peculiar naturaleza de aquellos Warriors, un equipo donde los jugadores rara vez se relacionaban fuera de la cancha, hizo que Mullin tuviese una vida muy solitaria en su residencia de Alameda, California. Sus constantes llamadas a familiares y amigos al otro lado del país se plasmaban en los 500 o 600 dólares de factura telefónica mensual y pronto el alcohol, la cerveza principalmente, venía a consolarle. Sin embargo, su gusto por la bebida ya venía de muy lejos.

Criado en una familia de raíces irlandesas, Mullin compartía habitación con tres de sus hermanos, con los cuales improvisaba partidillos de dos contra dos en la cancha que su padre había hecho en el patio trasero de la vivienda. Aquella casa en Troy Avenue pronto se convirtió en un lugar de culto para todos los chicos del vecindario, los cuales se presentaban en masa para medir su talento ante Chris y sus hermanos, mientras que su madre Eileen se ocupaba de hacer limonada para repartirla a los chavales en los descansos. “Allí corría la sangre”, recordaba Terence, el más pequeño de los hermanos. “A todo el mundo le gustaba venir a nuestro patio y jugar. Los partidos allí eran legendarios en el barrio”. Todo empezó allí, inspirado por los Knicks de Walt Frazier y por su verdadero ídolo, John Havlicek. Pero como el barrio pronto se le quedó pequeño empezó a recorrer los principales parques y canchas urbanas del Bronx o Harlem, lugares donde empezó a labrarse una seria reputación batallando contra los mejores de la ciudad. A la mayoría de esos partidos acudía acompañado de su amigo Mario Elie quien aseguraba que “A Chris le encantaba jugar en cualquier sitio. Si hacías un buen partido te ganabas el derecho a volver a jugar otra vez. Se ganó el respeto y una reputación y siempre era bienvenido”.

Mullin jugó sus dos primeros años de High School en Power Memorial, el mismo lugar donde Lew Alcindor había empezado a labrarse su leyenda, antes de ser trasladado a Xaverian. A pesar de crecer considerablemente en su último año, aún había gente que le consideraba un jugador lento y sin futuro, críticas que él mismo se encargaría de enterrar tras liderar a Xaverian al título estatal en 1981. Después de considerar ofertas universitarias de Villanova, Virginia, Notre Dame o Duke, Mullin hizo la mochila y marchó a tan solo unos 15 kilómetros de su hogar, a St. John´s, entrenada por el legendario Lou Carnesecca, quien ya había conocido a Mullin años atrás en uno de sus campamentos de verano. Era el mejor lugar para él, jugar en el parquet del Madison Square Garden, el lugar a donde había acudido tantas veces como espectador. Allí se convertiría en su máximo anotador histórico, siendo nominado tres veces para el mejor equipo de la Big East y liderando a St. John´s a la Final Four de 1985. “El primer partido que jugó con nosotros parecía como si hubiese estado allí cien años”, aseguraba el propio Carnesecca años atrás. “Veía la jugada antes de que se desarrollara. La capturaba como en una foto y luego la creaba. Le veía y veía a Joe DiMaggio en el campo de juego”.

Sus éxitos le valieron un hueco en el equipo estadounidense que disputaría los Juegos Olímpicos de 1984. En el transcurso de la preparación de aquellos Juegos, Mullin y sus compañeros hicieron una parada en Bloomington, Indiana. Allí, en uno de los bares más conocidos del campus universitario, todos se encargaron de firmar, escribir dedicatorias o los números de sus camisetas en una de las paredes de madera. Chris escribió “If the beer is cold, we´ll win the gold”. Y es que la relación de Mullin con el alcohol, principalmente con la cerveza, ya había surgido mucho tiempo atrás, cuando él y sus hermanos la bebían mientras jugaban al softball los domingos por la tarde antes de ir a la iglesia o escondidos entre los bloques lejos de la mirada de los padres. Al finalizar los partidos en St. John´s era habitual verle beber una o dos en el vestuario, algo aceptado como parte de la vida social allí, como una forma de relacionarse con los demás. Pero Mullin iba más allá y sabía esconderlo muy bien o no considerarlo un problema. Mientras tres de sus compañeros fueron rechazados en su intento de alcanzar el equipo olímpico por ser sospechosos de beber demasiado, Mullin logró estar en el equipo final junto a Jordan, Ewing o Joe Kleine, su mejor amigo en aquel equipo, quien recordaba que “nunca tuvo un mal comportamiento o algo así. Durante los Juegos no salíamos mucho, teníamos mucho que hacer. Nos esforzábamos mucho para llegar al equipo y conseguir la medalla de oro”.

Mullin era joven y no lo percibía como un problema. Aquellas cervezas después de los partidos siempre tenían un límite y nadie perdía nunca el control. O eso pensaba. Los más cercanos a él siempre aseguraban que podía beber una o dos cervezas más pero nunca las suficientes para impedirle conducir de vuelta a casa. Deporte y bebida iban de la mano y los primeros años lejos de St. John´s no iban a ser fáciles. Le habían elegido los Warriors en la séptima posición del draft confiando en que con él pudiesen volver a disputar unos playoffs, algo que no sucedía desde 1977. Sus primeras tres temporadas no pasó de ser un buen tirador de media y larga distancia con un par de buenos movimientos, pero para nada las expectativas creadas en torno a él se habían hecho realidad. Su ética de trabajo y su ganada fama de rata de gimnasio no era valorada por sus compañeros y el baloncesto dejó de ser divertido. A miles de kilómetros de familia y amigos y jugando cada noche en una cancha casi vacía, empezó a tener ligeros problemas de sobrepeso y su única ilusión era regresar cuanto antes a casa cuando la temporada de los Warriors llegara a su fin. Vivir en solitario significaba también beber en solitario, el mismo problema que años antes habían sufrido tanto su padre como su tío.

Foto: NBAE

Para su tercera temporada como profesional las latas de cerveza se apilaban en la puerta de su casa y empezó a llegar tarde a los entrenamientos y a ausentarse de alguno de ellos. “Llegó un punto donde llegaba a casa por la noche y no estaba preocupado por lo que tenía que hacer el día siguiente”, recordaba Mullin. “No tenía un horario para el siguiente día y no me importaba. Me levantaba cantidad de mañanas con dolores de cabeza y el baño hecho un asco. Para ser sincero, fueron días donde no me importaba si volvería a jugar otra vez”. Afortunadamente para él Don Nelson, entonces General Manager de la franquicia, atacó el problema de raíz, preocupado después de cada partido en que le veía jugar y sin aceptar las críticas de público y prensa, convencidos ya de que los Warriors habían malgastado su elección en aquel draft de 1985.

“Había oído que era muy bueno”, relataba Nelson, “pero no lo era. Era un alcohólico y estaba fuera de forma, aparte de que no estaba tampoco encantado con la forma en que defendía”. Estaba escondiendo su problema así que Nelson habló con él personalmente a finales de 1987 para hacerle saber que sí tenía ese problema. Mullin siguió negándolo así que Nelson hizo un pacto con él “Si crees que no tienes un problema hagamos un trato ahora: dame tu palabra de que no probarás la cerveza en seis meses”. Solo dos días después de que sellaran ese trato con un apretón de manos, Nelson recibió la llamada de un aficionado relatándole las andanzas de Mullin en un bar la noche anterior. Fue suspendido e incluido en la lista de lesionados. Esa misma noche Nelson le exigió que encarase el problema y que llamase a sus padres y agente. Aún reacio a admitir su alcoholismo, Mullin telefoneó a su novia Liz para contarle que la mañana siguiente ingresaría en una clínica de rehabilitación, que entendería que ella no quisiese seguir saliendo con él. Liz le respondió “¿Estás de broma? Es el mejor regalo de navidad que nos puedes haber dado”.

Mullin ingresó en el Hospital Centinela, en Inglewood, muy cerca del Forum, la mítica cancha de los Lakers donde se había proclamado campeón olímpico tres años atrás. Llevando consigo algunos discos y un puñado de fotos, pasó siete semanas recluido en una habitación decorada únicamente con un pequeño camastro, un escritorio y un armario. Lo primero que tuvo que hacer fue admitir que aquel era el lugar donde necesitaba estar, que era un alcohólico. Después de unos primeros días reacio y escéptico, a medida que participaba y escuchaba se fue sintiendo como en casa y aprendiendo cómo necesitaba cambiar su vida. “Necesitaba volver a tomar el control de mi vida”, aseguraba a principios de los 90. Pasó aquellas semanas rodeado de heroinómanos y vagabundos adictos al alcohol, empleando seis horas diarias en terapias y reuniones diversas, descubriendo que las historias de aquella gente eran las mismas que las suyas, reconociendo su alcoholismo como una enfermedad. “Cuando empecé a ir a rehabilitación me sentía como un fracasado, pero cuando hablaba con mis padres estaban felices. Me decían ‘Felicidades, es lo mejor que has hecho nunca’ y ni yo mismo podía creer que estaba haciendo algo correcto”.

Mullin superó su alcoholismo, como lo hizo su padre en 1980 y nunca volvió a probar el alcohol desde diciembre de 1987. “Nunca hubiese dado el paso para rehabilitarme si Don Nelson no me hubiese empujado a hacerlo”, aseguraba solo un año después. “Anteriormente, siempre que intenté controlar mi vida acababa fastidiándolo todo. Puede que él salvase mi vida”. Esa adicción fue remplazada por otra, la adicción al gimnasio. Su rutina en un día normal consistía en levantarse a las 6.30, correr unos 6 o 7 kilómetros, emplear una hora en la bicicleta estática o en la piscina, comer, levantar pesas durante hora y media, acudir a la cancha y lanzar 400 tiros de media y larga distancia y 200 tiros libres. Perdió cerca de 20 kilos y olvidó para siempre su pelo largo, reemplazándolo por un corte rapado a cepillo, como si de un militar se tratase. Pasó a promediar al menos 25 puntos por partido las siguientes cinco temporadas, instaurándose como uno de los mejores anotadores del campeonato, además de poseer un altísimo porcentaje en tiros libres y una gran capacidad para robar balones. Fue la “C” de aquel mítico RUN TMC junto a Tim Hardaway y Mitch Richmond. El baloncesto volvía a ser divertido.

Foto: NBAE

Su trabajo y esfuerzo no le dieron la recompensa en forma de anillo (fue subcampeón con los Pacers en el año 2000), pero sí le sirvieron para formar parte del mejor equipo de la historia y ser, por segunda vez en su vida, campeón olímpico. Compañero suyo en aquel Dream Team, Magic Johnson dijo una vez de él que “Cuando Dios hizo un jugador de baloncesto, él esculpió a Chris Mullin”. “Si había alguien que tenía toda su mentalidad puesta en el baloncesto, era él”, aseguraba David Robinson, también compañero suyo en Barcelona. “Era un maníaco del trabajo, nunca vi nada igual. Cuando hablas con alguien a quien le guste el baloncesto, Chris sería el jugador del que te gustaría hablar”.

Elegido para formar parte del Hall of Fame en 2011, quizá Mullin no reparó tanto en haber logrado disputar cinco All-Stars, haber sido dos veces campeón olímpico o ser reconocido como uno de los mejores tiradores puros de siempre, sino que quizá reparó más en lo cerca que estuvo de haber estropeado ese futuro tan pronto. No fue fácil lograrlo, fue una excepción pero, una vez conseguido, valió la pena. Preguntado por su carrera profesional una vez retirado, aseguraba que “Me encanta hablar de los años en que fui All-Star y esas cosas, pero es el respeto lo que me importa más que nada. El respeto de tus compañeros, entrenadores, de la gente por la calles, eso es con lo que me quedo. Ir a tratamiento fue lo más duro que tuve que hacer en mi vida, pero fue lo mejor que hice. Mejor que todo lo que hice jugando al baloncesto”.

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