Baloncesto moderno, tantas veces nombrado. Tan amado como odiado, alabado e insultado. Los hay que niegan que el progreso sea tal, los que creen vivir en una era de competencia más blanda, de escasa ferocidad. En frente, aquellos que celebran ver bases de dos metros. Aduladores del espacio que sonríen con solo pensar en el run and gun. Para todos, la realidad es la misma. No varía, sí lo hace la interpretación. Porque el cambio es constante, y cada uno lo vive desde su perspectiva.

Decía Brad Stevens que la idea de cinco posiciones marcadas ha quedado en desuso. Hablaba de tres nuevas dimensiones, obviando el lugar que ocupe el jugador y primando su rol en la cancha. Todos lo hacen todo. El amasador de balón, el ala y el grande. Se pisan, claro. LeBron James uno contra uno desde el bote y desde ahí crea, Marcus Smart va al poste y carga el rebote y Nikola Jokic comanda ataques con naturalidad implacable. Y para el otro, el uno siempre es clave. Sin un reparto correcto de funciones nada de esto existiría. Las mentes que hoy manejan maquinaria avanzada en el tiempo deben encontrar el orden dentro de la libertad que esto exige. Point-forward, point-center, 3&d. No son términos cerrados al pedante. Son parte del hoy.

Quien descubre hoy a Ben Simmons disfruta, maravillado, de más de dos metros de puro descaro. De alguien que no cesa, que no deja de buscar el aro. Y desde ahí amplía miras. Todo lo que genera lo hace con la red como objetivo. Sin embargo, falta algo vital en el análisis de sus virtudes. Más bien alguien. Una figura sin la que, simplemente, no estaría cómodo. Un jugador que le evita dolores de cabeza. Es el muro atrás y la amenaza exterior en ataque. En este caso, se llama Robert Covington, pero los hay en todo ecosistema. Se llame Courtney Lee, Trevor Ariza, PJ Tucker, Kelly Oubre o CJ Miles, está, y su presencia es crucial para el desarrollo de las cosas.

“Vino como una especie de chico que rocía, que recibe y tira, de largos triples. Y nos ha ayudado a entrenarlo para ser un jugador de ambos lados, ese jugador escurridizo. Y ahora lo es de verdad.” Brett Brown, sobre Covington.

Elemento esencial en un contexto que se mueve por instinto, que hace de la agresividad una premisa principal. Oler la sangre, buscar a la presa. El 3&D es quien une. El pegamento que hace de los cinco uno. Un facilitador que agradece cada oportunidad que se le da y trabaja para que el resto las tenga. Suele hablarse de sombra y oficio. Ellos, ciertamente, tienen sus flashes. Pero sobre todo, sobre el protagonismo, hay algo que prima. Un punto que destaca sobre el resto. Digamos que cuanta más atención atraiga el hombre con balón, más sencillo será para él brillar.

Un ejemplo, Miami en los años de LeBron. ¿Quién más que ese big three? No había focos mayores que los dedicados a Bosh, Wade y James. Pero sin los Battier, Mike Miller (este dejaba más de lado la D), Ray Allen, no habrían logrado nada. No es drástico ni exagerado, simplemente real. Porque, imagine. Bron penetra dejando atrás a su defensor, que no recupera. Llega una ayuda. Aparece alguien para castigar. Y se repite, una y otra vez. ¿Deciden no ayudar? El seis machaca. Sin piedad. Y de eso se trata. De leer, de generar ventajas. Y en esta situación es constante. Espacio, opciones, decisión y respuesta. Eso es baloncesto. Ese es el hoy sobre el parqué.

Dicen que en el deporte de la canasta, el 85% de un jugador en pista se produce sin bola en las manos. Significativo. Para estos no hay cuestión con mayor trascendencia que el lugar que ocupan cuando es otro quien bota. En Washington, Wall y Gortat se asocian para el pick and roll. Hacer de la pintura un sitio libre y estar donde deben para recibir si esto no es así es tarea de Oubre, Porter y Beal.  El juego off the ball da sentido al pase y construye tiros. Y eso trae tras de sí un poderoso trabajo de lectura.

“Su inteligencia del baloncesto es fuera de serie entendiendo situaciones y siendo capaz de analizar todas las diferentes situaciones en la pista. Incluso fuera de la pista, si hay una pregunta, todo el mundo mirará a Shane como; ‘¿Sabes la respuesta?'” Joel Anthony.

Foto: USA Today

La comprensión de sus funciones en la ofensiva debe resultar poco compleja. Al fin y al cabo, es alguien que alarga la cancha. Alguien que espera a que la estrella (para Brad, el amasador de balón) haga su trabajo para aparecer. El que se mantiene con calma en la esquina y arma el brazo en cuestión de décimas de segundos. Es la relevancia de su labor lo que le da un significado especial. Lo que le diferencia. Para el base que entra con todo es la asistencia fruto del cierre, para el interior que desde el poste intenta anotar es en quien poder descargarse de presión para jugar con comodidad. Porque evita el dos contra uno solo con estar. Y si se produjera, bang. Sin miramientos.

En la protección del aro hay algo más allá de lo evidente. Que profundiza en la idea de que desde la defensa se construye todo. Y para eso, hay que viajar al presente. A los Warriors. Al quinteto más versátil defensivamente que existe. Donde el mismatch es utopía. El rating defensivo hablaba de ellos en la pasada campaña como el segundo equipo de la NBA que menos puntos recibía cada 100 posesiones. En ataque eran, directamente, el primero. Y hay conexión entre ambas. Porque son capaces de hacer de un robo o un rebote en aro propio una amenaza. Para el 3&D, esto se convierte en religión hoy. El contraataque es resultado de su trabajo y esto es parte de la columna vertebral que da forma al juego.

La cohesión que aportan tales cuerpos gira sobre la posibilidad de ofrecer descanso al resto atrás. Es quien se encarga de marcar a la estrella rival y libera a los demás. Porque en sus ojos vemos compromiso. Cada jugador es un mundo, sí, pero esto se establece como característica aplicable a casi toda pieza de plantilla que califiquemos así. Suele ser aquel que lidere desde el ejemplo, aquel con una presencia impecable como guerrero al que seguir. Aquel al que nada importe más que la uve doble.

Ha desaparecido el especialista. Se ha extinguido. Esta vez no lo ha provocado nadie, no ha sido premeditado. Algo natural, que ha surgido, como todo progreso, por la llamada imperante de la necesidad. Tener a alguien hoy que se limite a un solo aspecto es jugar con uno menos. Es no entender que en la pluralidad del repertorio, cada vez más, está la victoria. Y sobre todo, es presionar a la estrella y allanar el camino a la defensa rival, al cerrojo.

Progreso, modernidad. Guste o no, es lo que tenemos. Y sin ellos, probablemente no existiría el contexto actual. God bless you, 3&D!

Si te ha gustado, suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada del mejor baloncesto para leer. Kwame Brown no lo hizo y mira en que quedó su carrera.