Amar los deportes es amar la geometría. Desde la retícula severa y militarizada que distingue al campo de futbol americano hasta el célebre diamante beisbolero coronado por la bóveda de los jardines, cada competición atlética no puede entenderse sino a partir de su elección y subdivisión del espacio y la materia.

Sin embargo, la teoría física del juego es sólo la mitad de la ecuación: toda regla necesita súbditos. Para que cada deporte sea realizable, la configuración del terreno y las herramientas de juego deben corresponder a las capacidades y características del cuerpo humano. Los 3,05 m de altura reglamentaria para un aro de baloncesto, entonces, hace a los atletas altos sujetos privilegiados en la mayoría de los aspectos del juego, o al menos eso es lo que la simple geometría sugiere. Por ende, no es de extrañarse que el imaginario histórico, táctico y teórico del baloncesto se distinga por una fascinación constante y ambivalente con la figura del gigante.

Actualmente, el promedio de estatura en la NBA es de 1,93 m para bases y escoltas y 2,03 m para aleros y ala-pívots. La posición de pívot, usualmente la de más altura, ronda un promedio de 2,11 m, un poco más bajo que su estándar histórico de siete pies (2,14 m). Esta reciente reducción en la estatura esperada de un centro se origina en la elevada importancia del lanzamiento de tres puntos y del switching defensivo en el perímetro. A medida que el juego se desarrolla más lejos del aro, muchos equipos prefieren tener un centro atlético, rápido y capaz de disparar en lugar del tradicional gigante lento cuya mayor virtud es defender bajo el aro y poner pantallas para el pick-and-roll.

El cambio de paradigma ha venido acompañado del personal oportuno: jugadores como el camerunés Joel Embiid (2,13 m) o el letón Kristaps Porzingis (2,21 m) son gigantes ágiles, habilidosos y con buen disparo. A Porzingis, por su rareza, incluso se le apoda “El Unicornio”. Mientras tanto, centros de buen nivel, pero con habilidades más tradicionales, como Rudy Gobert o Jonas Valančiūnas, fueron puestos en serios aprietos más de una vez durante los actuales playoffs por equipos rápidos y que enfatizan el disparo a distancia. Es evidente que el baloncesto norteamericano vive una revolución en cuanto a las expectativas del gigante. Pero como es usual en los anales de la historia, antes de los revolucionarios siempre hay otros revolucionarios, sólo que estos condenados a empolvarse en el anuario viejo y la nota al pie de página ya sea por mala suerte, malas decisiones o mal timing. Arvydas Sabonis sufrió las tres cosas.

Sabonis nació en Kaunas, Lituania, el 19 de diciembre de 1964. Es decir, en la Unión Soviética y en la Guerra Fría. La importancia del deporte tanto en el ethos como en la praxis del régimen soviético es bien sabida, pero a menudo infravalorada. En manos del Comisariado Supremo de la Cultura Física, el atletismo se convirtió —de 1923 a 1991— en un mandato masivo ligado inextricablemente a la cultura totalitaria del experimento soviético, no un impulso libre que un individuo pudiera sentir o no en su fuero interno. La medida del éxito deportivo no sería el logro de metas personales o el aplauso de los fanáticos, sino el veredicto burocrático del Comisariado sobre la aportación de cada atleta al bienestar físico y espiritual del pueblo y la revolución.

A los deportistas, sustentados con dinero público, se les premiaba o castigaba de acuerdo a un sistema piramidal: el objetivo era llegar al rango de Honorable Maestro del Deporte, para lo cual se debía ser campeón mundial, de ser posible en Juegos Olímpicos e imponiendo récords. Más que una llana excelencia, los atletas cargaban con la responsabilidad de lograr la perfección espartana: se cuenta, por ejemplo, que un grupo de ajedrecistas fue reprendido en la prensa oficial por conformarse con el empate y que un campeón de tenis fue descalificado en 1954 por salir a la cancha cinco minutos tarde.

En este clima cultural, Sabonis debutó con el legendario Žalgiris Kaunas en 1981, a los dieciséis años, y no tardó más de una temporada en encender la máquina internacional de rumores. En 1982, el lituano deslumbró a EE.UU. durante una gira de la URSS contra equipos universitarios de gran prosapia. En victorias contra Virginia e Indiana, un Sabonis aún adolescente dominó a dos de las promesas más brillantes de la NCAA en su posición, uno de ellos Ralph Sampson, otro gigante de 2,24 m que a la postre iría a tres juegos de las estrellas con los Houston Rockets antes de que las lesiones lo diluyeran. Algunos comenzaron a hablar de él como un jugador ya más desarrollado que Patrick Ewing, quizá el mejor talento universitario de la época y ahora miembro del Salón de la Fama, a pesar de ser más de dos años menor. Sabonis, en retrospectiva, era un protounicornio perfecto: un pívot altísimo (2,21 m), rápido, con ubicación defensiva, buen disparo y la habilidad de pase de un armador élite. Lo tenía todo.

En 1985, los Atlanta Hawks se arriesgaron a elegirlo en la cuarta ronda del Draft, pero la NBA anuló la selección porque el jugador no había cumplido 21 años. El año siguiente, los Portland Trail Blazers aprovecharon el desliz y lo seleccionaron en la primera ronda, pero la URSS no cedió: para ellos era imperativo que su mejor jugador se mantuviera amateur hasta la olimpiada de 1988. A mediados de 1986, la Universidad del Estado de Louisiana se encontró sin un buen centro titular para la temporada y se les ocurrió reclutar a Sabonis aunque fuera por un año. Después de todo, en LSU, Sabonis seguiría siendo amateur nominalmente, como todos los atletas-estudiantes. Además de mandar cartas diplomáticas al mismísimo Gorbachov, donde ofrecían giras con el equipo por la URSS a cambio del permiso para el jugador, la universidad contactó al jugador con ayuda de Rima Janulevicius, una joven periodista con raíces lituanas. Janulevicius lo alcanzó en un hotel de Madrid.

¿Te gustaría jugar en Estados Unidos?, le preguntó.

Sí.

¿Con una universidad?

Sí.

¿Qué podemos hacer?

Ante esta pregunta, el gigante sonrió resignado. No sé, dijo. Pero sabía muy bien que no se podía hacer nada. Estaba atrapado tras la cortina de hierro.

Lo peor es que el tiempo comenzaba a apretarle el paso. En baloncesto, el gigante es una figura mítica, pero también a menudo trágica. Cuando un jugador sobrepasa los 2,15 m de estatura y tiene cierta destreza, las posibilidades parecen ilimitadas. Las reglas y la configuración del juego se pliegan como espigas en el viento y todo se ve tan fácil y natural como un fruto en una rama. Pero, así como David venció a Goliat con una honda, los cuerpos de estos gigantes se derrumban fácilmente y no suelen ser capaces de sanar.

De 1986 a 1988, Sabonis libró sus primeras batallas con las lesiones y —aunque salió adelante— el verdadero vencedor fue ambiguo. Los mayores problemas para este espécimen superhumano vinieron, como por broma del destino, de su tendón de Aquiles. Sabiendo el valor de su inversión, Portland trató de protegerlo y hasta de mostrar su buena voluntad a los soviéticos permitiendo que Sabonis se recuperara de una operación en sus instalaciones, pero la arrogancia del Comisariado y del seleccionador Aleksandr Gómelski prevalecieron: contra las indicaciones médicas, el gigante jugó en Seúl 1988 cojeando y disminuido, pero ganó la medalla de oro. Sabonis nunca cuestionó a Gómelski, ¿pero podría haberlo hecho? ¿Qué tan acostumbrado podría estar un soviético de 23 años a levantar la voz? ¿Acaso querría hacerlo tras una victoria tan rotunda? El otro gran gigante en la historia de los Trail Blazers, Bill Walton, cuya guerra con las lesiones de pie y tobillo quedara documentada en el clásico libro The Breaks of the Game, conoce a Sabonis de tiempo atrás y asegura que, pese a todo, al lituano se le ilumina el rostro con admiración cuando escucha el nombre de su entrenador olímpico.

 

En 1989, la URSS al fin permite que sus atletas jueguen profesionalmente, pero Sabonis, desconfiado de su físico, no se atreve a jugar en la NBA. Prefiere recalar en España con el Forum de Valladolid primero y con el Real Madrid posteriormente: gana una Liga Europea, dos ligas españolas, dos galardones al Jugador Más Valioso de la misma y continúa destrozándose las rodillas. Todos lo sabemos: en cuanto a baloncesto europeo, Sabonis es una leyenda del más alto calibre. Pero incluso él sabía que el gran escenario global estaba al otro lado del océano, que su legado ante los ojos del mundo no estaría definido hasta que diera el salto.

En 1995, el nuevo director deportivo de los Trail Blazers hace un último intento. El lituano, con 30 años cumplidos, sabe que su cuerpo no es lo que era, pero también entiende que los fantasmas nunca lo dejarán dormir si rechaza la oferta. “Si no vengo ahora, no vengo nunca, es la última llamada”, declara después de firmar. Y luego, excusándose por adelantado, “Ya no soy una locomotora, tan sólo un tranvía pequeño”. La evaluación médica al llegar a Portland es demoledora. Según el doctor del club, Sabonis podría haber pedido una tarjeta de discapacitado con base en las radiografías de sus piernas. Físicamente, no parecía probable ni aconsejable que jugara esa temporada. Pero al final jugó. Y luego seis años más.

Las estadísticas de la carrera NBA de Arvydas Sabonis lucen sólidas, no espectaculares. 12 puntos, 8 rebotes y 2 asistencias por juego. Su mejor temporada fue la tercera, donde a los 34 años promedió 16 puntos, 10 rebotes y 3 asistencias. Durante su estancia, los Trail Blazers permanecieron eclipsados por las últimas glorias de los Bulls de Jordan y luego por el ascenso de los Lakers de Shaq y Kobe. El equipo nunca ganó la Conferencia Oeste y él nunca disputó un juego de las estrellas.

En 2011, fue inducido al Salón de la Fama Naismith como parte de una nutrida clase que incluye a Dennis Rodman, Chris Mullin y Artis Gilmore, pero del lado americano del Atlántico se escucharon algunos cuchicheos: ¿qué hacen esas leyendas junto a ese centro lento, consistente mas no dominante que estaba en los Blazers hace unos años? Hasta el día de hoy, uno puede encontrar discusiones donde aficionados casuales se hacen esta pregunta. Esto en gran parte se debe al desconocimiento del baloncesto europeo que hay en el nuevo continente, puesto que los logros de Sabonis en España y como jugador internacional más que justificarían su inclusión, pero también es cierto que estamos ante un caso único: entre las más grandes leyendas europeas del deporte, Petrovic, Nowitski y Gasol lograron ser estrellas NBA, mientras que Dejan Bodiroga nunca cruzó el charco, pero Sabonis es el único que lo intentó quizá demasiado tarde, que dejó en el imaginario de la liga norteamericana una deliciosa probada de lo que pudo ser, pero también un frustrante recordatorio de lo que nunca fue.

La gloria deportiva es casi siempre traicionera y frágil. Se basa en estirar los límites del cuerpo humano; por eso mismo es imposible saber cuándo éste dará de sí y rodará cuesta abajo, piedra estrepitosa e imparable. Y nunca es esto más cierto que en los cuerpos de los gigantes, que pueden realizar lo inimaginable y derrumbarse segundos después, aun jóvenes, ante alguna mala ráfaga de viento. Pero no olvidemos que el legado de Arvydas Sabonis en el baloncesto norteamericano no se reduce al fulgor vago de sus siete años en la liga —a aquellos pocos juegos que le ganó a Shaq y a David Robinson o a su buzzer-beater para forzar tiempos extra ante los Suns en 1997— sino que permanece y hace eco hasta el día de hoy cada que Joel Embiid encaja un triple o Nikola Jokic asiste a un compañero con un pase detrás de la espalda.

La evolución del juego seguirá corriendo. Y me atrevo a creer que, junto a ella, la sombra de este gigante sólo se hará más y más y todavía más larga.