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Análisis

Dwight Howard: De crianza a sobremesa sin pasar por gran reserva

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Foto: NBA

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Después de mucho pensar, he decidido encabezar el artículo con éste bonito símil enológico, pues la otra opción era “de nebulosa a nova sin pasar por gigante roja”, por lo que hubiese tenido que dar una pesada teórica de astronomía previa, o mejor dicho, recibirla yo primero e intentar explicarlo. Sea como fuere, el caso que vamos a tratar, es el de éste chico, que por cualidades creímos que iba a ser uno de los dominadores de la liga, y sin embargo, el tiempo ha ido pasando y nos ha quitado la razón, si es que algún día la tuvimos…

En el 2004 llegaba a los Magic de Orlando con el nº 1 del draft bajo el brazo, un joven prometedor con un físico portentoso. Formado en “Atlanta Christian Academy” en su Georgia Natal, se presentaba como ganador del premio Naismith (Mejor jugador de High School del país) y tenía por delante la difícil tarea de recomponer a un equipo que había quedado huérfano del gran Shaquille O´Neal y más recientemente del genial Tracy McGrady, que se habían ido a los Lakers y a los Rockets respectivamente. Curiosamente, esos serían los siguientes destinos de Howard. Caprichos del destino…

Condiciones no le faltaban al chico para echarse un equipo a la espalda, y hasta dos si fuese necesario, a juzgar por el tamaño de las mismas. Con un físico portentoso y una amplitud de salto vertical fuera de lo normal, parecía predestinado a ser el dueño del espacio aéreo de las zonas por tiempo ilimitado. Con sólo 19 años y esas capacidades potenciales, el equipo de Florida parecía tener asegurada la piedra angular de su reconstrucción.

En el primer año, jugando 32 minutos por partido, acabó la temporada con unos promedios de 12 puntos, 10 rebotes y 1.7 tapones por partido. Pese a convertirse en el jugador más joven de la historia en promediar un doble – doble, los Magic se quedaron fuera de los playoffs con un balance de 36 victorias y 46 derrotas. No logró el premio al Rookie del año, quedando tercero en las votaciones por detrás de Emeka Okafor y Ben Gordon. No había sido un mal año para él, pero su rendimiento distaba algo de las expectativas puestas en él. La sombra de O´Neal era alargada y Howard pronto se dio cuenta. Él mismo, prometió al público de Orlando ser capaz de hacerles olvidar a Shaq.

Para el año siguiente, Howard comenzó su peculiar metamorfosis y ganó bastante músculo durante el verano. También se sometió a entrenamientos específicos destinados a mejorar sus movimientos en el poste bajo, tanto en ataque como en defensa. Su rendimiento personal mejoró notablemente y llegó hasta los 15.8 puntos y 12.5 rebotes por partido, pero el equipo volvió a quedar fuera de playoffs, obteniendo el mismo récord del año pasado (36v – 46d). El pívot iba poco a poco batiendo records individuales de precocidad, como el de ser el jugador más joven en conseguir un 20 – 20, obteniendo 21 puntos y 20 rebotes contra Atlanta, pero la marcha del equipo no mejoraba.

Fotos: NBA/ ESPN.COM

Fotos: NBA/ ESPN.COM

En otro pequeño pero importante salto cualitativo, Howard lidera a los Magic en la temporada 2006/2007, hasta la 8ª plaza del Este y consigue los tan ansiados playoffs a base de esfuerzo y dedicación. Ese mismo año es elegido por 1ª vez para disputar el All-Star game. Todo parecía empezar a irle bien a éste sonriente chico que encandilaba a la gente con sus bromas y su constante buen humor. Poco importó caer eliminados en 1ª ronda por los “Bad Boys” de Detroit, pues el futuro parecía presente.

Con otro monumental incremento veraniego de presencia física y ejerciendo como líder absoluto de los Magic, Howard incrementa su progresión hasta los 20.7 puntos y 14.2 rebotes por partido, siendo en el apartado de los rebotes por partido el mejor de la liga por 1ª vez en su carrera, así como el mejor en rebotes totales. En sus primeros cuatro años como profesional, había jugado los 82 partidos anuales sin perderse ni uno sólo, además de ser el jugador más joven de la historia en alcanzar los 3.000 rebotes. Los récords se suceden, así como su primera titularidad para el All-Star game y para rematar, con la inestimable ayuda de  Rashard Lewis y Hedo Türkoglu, consigue un balance de 50 victorias y 32 derrotas, que daba al equipo opciones en la post-temporada. Después de barrer a Toronto en 1ª ronda por 4-1, son eliminados nuevamente por los Pistons de Detroit. Howard era un pívot muy físico y un gran reboteador, pero ya comenzaban a oírse las voces de la crítica, que lo ponían en el punto de mira, alegando que sus fundamentos en el poste eran escasos y basados en la impedancia física, además de tacharle de un nefasto tirador desde cualquier distancia. Cierto es que aún era muy joven, pero en 4 años no se había observado mejora alguna en dichos aspectos.

Ese mismo año, dejó muestras de su tremenda superioridad física, ganando el concurso de mates vestido de Superman, realizando una serie de mates espectaculares en los que hacía ostentación de un despegue vertical impresionante. Curiosamente ganó el concurso con un mate que no llegó a ser mate, pues aunque realizó un salto monumental, no llegó a tocar el aro y simplemente lanzó el balón con fuerza. Al igual que no suelen pitar pasos cuando alguien va solo hacia canasta, por esa absurda prerrogativa del “Show must go on”, nadie dijo nada y el simpático grandullón se coronó entre aplausos. Más allá del concurso, yo que soy muy de teorías absurdas, vi el atuendo de Superman escogido por Howard, como una declaración de intenciones en su intento de superar a su predecesor Shaquille O´Neal. De todos es sabido el gusto de O´Neal por el símbolo de Superman, el cual incluso lleva tatuado en su brazo, por lo que el paralelismo es más que evidente.

Al año siguiente, ya estaba en el centro de las miradas de la liga y seguía acumulando récords sin parar. Máximo reboteador, máximo taponador y jugador defensivo del año, pero era necesario dar un paso más. Los “animales de estadísticas” como  Kevin Love, suelen tener una gran capacidad para acumular números y récords, que por lo general es inversamente proporcional a la consecución de títulos. Howard era muy bueno en su pequeña parcela de poder, pero no era un líder en la pista. Por aquel entonces parecía más interesado por su popularidad fuera de las canchas, que por la buena marcha del equipo. Los 13.000.000$ que por aquél entonces adornaban el contrato del pívot y sus multitudinarias apariciones en programas de televisión, comenzaban a hinchar su ego, casi tanto como sus hombros.

Su obsesiva preocupación por superar a Shaquille, sus sobreactuaciones excéntricas , y su más que evidente incapacidad para tomarse las cosas en serio, y por ende, para adquirir compromisos, le alejaban cada vez más de la figura de pívot dominante líder del equipo. Lejos de intentar mejorar sus aspectos técnicos, lo único que parecía saber hacer era reírse. Reggie Miller actuando como comentarista deportivo, le dedicó unas ilustrativas palabras, después de que el pívot fallara dos tiros libres y se riera a carcajadas: “Deja de reírte y trabaja para ayudar a tu equipo, ya no tienes 20 años campeón…”

Foto: NBA.COM

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Stan van Gundy movió sus cartas a la perfección y con todo, Orlando entra en playoffs, y después de superar a los Sixers en primera ronda, eliminan a los Celtics, que defendían el título, en el séptimo partido con una gran actuación de Howard (23 puntos y 22 rebotes). Los Cavaliers de Lebron fueron la siguiente víctima, y además de caer por 4 a 2, en el sexto partido vieron como Howard les pasaba por encima con unos números colosales (40 puntos, 14 rebotes y 4 asistencias) en un partido en el que la superioridad del center de los Magic llegó a ser irrisoria.

Primera final para Orlando desde el año 1995, cuando de la mano de O´Neal se enfrentaron a los Rockets de Olajuwon, que los barrieron del mapa por un contundente 4 – 0. No era muy distinta la suerte que le esperaba a los Magic de Howard, que se vieron sobrepasados por los Lakers de Bryant y Gasol, perdiendo la eliminatoria por 4 a 1.

Fue el momento en el que la verdadera personalidad del pívot de Orlando comenzaba a aflorar. Después de haberse quejado innumerables veces a lo largo de la temporada por la ausencia de refuerzos de calidad, al concluir las series finales, arremetió primero contra el arbitraje y posteriormente contra la organización de la liga, diciendo que “no es viable que una franquicia como Orlando gane un anillo”, en clara alusión a presuntas acciones destinadas a favorecer a las grandes franquicias. Como es lógico, no pudo probar nada.

Las continuas quejas de Howard por la falta de ayudas que recibía, provocó en los años siguientes una serie de movimientos incesantes en el banquillo de los Magic. Vince Carter, Ryan Anderson, Matt Barnes, Brandon Bass, Gilbert Arenas y Marcin Gortat entre otros, intentaron complementar a Howard sin resultados concluyentes. Aunque mantenía sus buenos porcentajes, nunca dio el salto definitivo para asumir galones y convertirse en el líder del equipo, que daba bandazos de un lado a otro, buscando una identidad que nunca llegó a obtener.

Las quejas de Howard se convirtieron en algo constante, y pese a que por aquel entonces ya percibía el nada despreciable montante de 15.000.000$, sus tremendas ansias por conquistar la fama, comenzaron a relegar a un segundo plano, los intereses del equipo, y lo que es aún más llamativo, su evolución como jugador. Poco parecían preocuparle sus evidentes carencias en ataque así como su preocupante porcentaje de tiros libres, que ya era un  record histórico con un 42%. Su físico y su fama, se convirtieron en una gran cortina de niebla que le apartó de la realidad más absoluta.

Howard expresó públicamente su intención de irse de Orlando, en el caso de que la directiva no fuese capaz de reunir a un equipo competitivo. Fueron varios sus intentos de hacer las maletas y emigrar, siendo los más sonados, el intento de recalar en los Dallas Mavericks o en los New Jersey Nets. Van Gundy por su parte, hizo lo imposible para que esto no sucediera, pero la suerte parecía más que echada. A principios del 2012, después de una extraña negociación, Howard firmaba por un año más con los Magic, a condición de que después de dicho periodo, se le facilitase el traslado a un equipo de su agrado. Esa situación evitaba que el pívot se fuese como agente libre. A los pocos meses, sufre un golpe por el que tiene que ser operado de una hernia de disco. La frustración se apodera del jugador, y al final de temporada, durante un largo y extraño periodo de tiempo, Howard se dedicó a alabar indiscriminadamente a los equipos en los que quería recalar, alternando sus motivos de la manera más variopinta.

El Gran proyecto de Brooklyn fue su primer objetivo, era nuevo, ambicioso y respaldado por un gran talonario y fichajes potentes. Luego coqueteó con la idea de irse a Boston porque según el: “Rondo es el mejor base de la NBA”. Al poco tiempo, le concedió ese mismo calificativo a Chris Paul en otro claro intento de emigrar a los Clippers. Esta situación solventaba la más mínima duda que pudiésemos tener, sobre los intereses que movían los designios de la carrera de Howard.

“He hecho todo lo que he podido y más por la ciudad y no creo que la gente entienda el gran cariño que tengo por la misma”, declaró Howard, tratando de explicar una decisión que ya lo ha convertido en el “enemigo” número uno de los seguidores del equipo y de los residentes de Orlando. Howard trató de explicar los motivos de su salida del equipo y lo único que dejó claro fue que no sentía que pudiese conseguir “nunca” un título mientras estuviese en Orlando.

En agosto del 2012, los Orlando Magic traspasan al jugador a los Lakers, ante su amenaza de irse gratis si no lo hacían. A pesar de haber dicho innumerables veces que no jugaría jamás al lado de Kobe Bryant, la tentación de vestir la elástica dorada y ser el centro de atención de las cámaras en Los Ángeles, le hizo cambiar de opinión. 20.000.000$ también tuvieron algo que ver…

Lo que menos necesitaba en aquel momento el ego de Howard, era recalar en una de las franquicias más mediáticas del mundo, pues podía ser un grave punto de inflexión en su rendimiento, que por aquel entonces evolucionaba en indirecta proporción a su fama. Los Lakers conformaban a priori un quinteto que daba auténtico miedo, con Steve Nash, Kobe Bryant, Metta World – Peace, Pau Gasol y el propio Dwight Howard. Digo a priori, porque Mike D´Antoni tenía otros planes para Pau, pero eso es otra historia…

Motivados por la gran presión que suponía ser claros aspirantes al anillo, el equipo angelino observó milimétricamente el rendimiento de su nuevo jugador, que no había realizado la pretemporada por su lesión. El estado de recuperación de la lesión era una temible incógnita, más aun, sabiendo que era un jugador que basaba el 99% de su juego en su fuerza física. Pronto comenzó a alternar buenas actuaciones con auténticos cúmulos de despropósitos, todo ello aderezado por una tremenda falta de implicación. La disciplina nunca había sido la principal cualidad de Howard, pero si además el que la intentaba imponer era Bryant, la cosa pintaba muy mal.

Foto: NBA

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De todos era sabido que quien mandaba en los Lakers era Kobe Bryant y no D´Antoni, y eso era imposible de digerir para Howard y su exacerbado ego, aun incluso cuando las rotaciones del equipo le beneficiaban a él en claro detrimento de Pau Gasol, en un absurdo intento del entrenador de  jugar un “small-ball” que nunca llegó a funcionar. Los encontronazos entre ambos jugadores fueron numerosos, y mientras Howard acusaba a Bryant de acaparador y ponía en tela de juicio su capacidad de liderazgo, el 24 de los Lakers arremetía contra él, echándole en cara su falta de compromiso, su escasa ética de trabajo e incluso su incapacidad manifiesta de ejecutar fundamentos de 2 x 2 tan sencillos como el pick & roll. Hasta los menos espabilados, vaticinaban la inminente salida del jugador al finalizar el curso

La maldición que pesa sobre los Lakers cada vez que intentan juntar un “Big Four” actuaba de nuevo.

Como a perro flaco todo son pulgas, llega la peor de las noticias, la lesión de Kobe Bryant. El equipo púrpura quedaba sumido en una situación caótica y muy comprometida, pues la falta de Bryant podía suponer no entrar en playoff. La guinda la ponía Howard que se resentía de los dos hombros, los que, a juzgar por su tamaño, puede que hubiesen sido sobrecargados “un poco” de trabajo por parte del jugador. El bestial incremento de masa muscular de Howard pasaba factura, y la solución que le daban, era pasar por quirófano.

Sus 27 años y su situación de último año de contrato, le hicieron plantearse dicha intervención, pues podía ser determinante para el resto de su carrera. Al final no se operó y jugó el resto de la temporada a bastante menos nivel del habitual. Con Gasol tirando del carro y cerrando bocas, los Lakers obtienen la 8ª plaza del Oeste y son barridos en 1ª ronda por los Spurs de San Antonio por 4 a 0. La temporada acababa para Howard que a pesar de promediar un doble-doble y liderar la liga en rebotes, había realizado una aportación muy poco acorde con las expectativas depositadas y el sueldo que percibía.

En un acto más propio del club de la comedia, que de una negociación, los Lakers le ofrecen 5 años y 118 millones de dólares, pero Howard pone como condición sin ecuánime, la salida de Bryant y Mike D´Antoni del equipo. Obviamente, ni siquiera se planteó la remota posibilidad de que eso sucediera, por lo que su futuro se volvía a sumergir en los mares de la rumorología y la incertidumbre.

En el caso de Howard, haber sido 3 años mejor defensor, 5 veces máximo reboteador y 2 veces máximo taponador, no eran contrapesos suficientes para equilibrar la balanza de la confianza a su favor, pues su personalidad egocéntrica, su nula ética de esfuerzo y su poca disciplina y compañerismo, eran sobradamente conocidos por las franquicias, y constituían un lastre para sus posibilidades de ser contratado. Aun así, se rumoreaba con intereses por parte de Mavericks, Rockets, Warriors y Clippers.

88 millones de dólares por 4 años de contrato, consiguen convencer a Howard para que haga las maletas y se vaya a los Houston Rockets, a compartir vestuario con otro jugador “modelo de humildad y trabajo en equipo” como es James Harden.

Howard llegaba a un equipo que había superado con creces las expectativas puestas en el la pasada campaña y que necesitaba un empujón para dar el salto definitivo de calidad que les permitiera aspirar a metas concretas. La pregunta era sencilla, ¿aceptaría Howard ser un gregario de lujo a la sombra de Harden?

No comenzaba demasiado bien la andadura del pívot en la franquicia tejana, pues aunque obtuvieron un récord de 54 victorias y 28 derrotas que los metía de lleno en playoffs, los números de Howard eran casi idénticos a los obtenidos el último año con la lesión de hombro. Al empezar las eliminatorias todo parecía haber cambiado. Aunque cayeron eliminados por los Portland Trail Blazers por 4 a 2 en unos partidos apretadísimos, Howard brilló como nunca consiguiendo cuajar grandes actuaciones y mostrando una implicación inusual para él. 26 puntos, 13.7 rebotes y 2.8 tapones por encuentro, eran las sólidas bases de las esperanzas del equipo tejano para el año siguiente. ¿Habría resurgido cual ave fénix de sus cenizas?

Poco tardaron en disiparse las esperanzas, pues la irregularidad volvió a ser la hoja de ruta del jugador en el resto de su etapa como Rocket, hasta la fecha. Los números se siguen acumulando, aunque con una sustancial bajada, pero el síndrome amotivacional y la soberbia, se han apoderado totalmente del jugador. A su ya clásica falta de compromiso, unimos una nueva lesión y aderezamos con un notable cambio de personalidad que le hace enfadarse bastante cuando las cosas no le van bien, que suele ser casi siempre.

DWIGHT HOWARD

Broncas con jugadores y contactos físicos totalmente fuera de lugar, adornan estos dos últimos años de la carrera de éste mediático ser, que cada vez desdibuja más su figura de jugador estrella y forma otra paralela a medio camino entre matón de discoteca y pandillero de gueto. No son pocas las acciones por las que ha recibido sanciones económicas de hasta 15.000$ por una bronca con Garnett y otros 15.000 por otra con Barnes , partidos sin poder jugar por acumulación excesiva de faltas flagrantes (4 en 17 partidos), o recientemente un manotazo a un árbitro que mediaba en una trifulca entre él y Nené Hilario. Por dar un  dato, Howard lleva 12 técnicas en lo que va de temporada, encabezando en solitario la clasificación.

Tristemente, su comportamiento “poco ejemplar” se traslada también a lo extradeportivo, donde tampoco se muestra como un modelo a seguir. En 2014 se le retira el carnet de conducir por acumulación de sanciones.

La mala marcha del equipo es más que evidente, pero siguiendo la nueva tendencia de moda de la liga, los jugadores le echan la culpa al entrenador, y este es despedido. Así consiguieron la “influyente” pareja formada por Harden y Howard, cargarse al bueno de Kevin McHale y dejar al frente del equipo a alguien más dócil que no puede permitirse ser despedido.

La influencia que ha ejercido el egoísta y presuntuoso James Harden sobre Howard, ha sido la carga explosiva que ha dinamitado el último pilar de la estructura que sustentaba las esperanzas de muchos fans, que ansiaban que Howard, volviese a ser el jugadorazo que apuntaba ser en Orlando. Tampoco debemos culpar de todo a Harden, pues las ansias de protagonismo y gloria del pívot de Atlanta, sumado a sus excentricidades e incapacidad para el compromiso, han ido truncando su carrera desde el inicio de la misma, haciéndole tomar siempre decisiones erróneas y adoptar actitudes poco afortunadas. Su constante conflicto interno entre el gran jugador y el animal mediático, le ha ido arrastrando hacia la versión más pobre de lo que podía haber llegado a ser.

Es una verdadera lástima para el baloncesto que se haya perdido un jugador con unas capacidades potenciales tan descomunales. La expresión “Gigante con pies de barro” adquiere una nueva dimensión en la figura de Dwight Howard

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Análisis

L.A. 2020: la gran batalla de nuestro tiempo

La rivalidad en Los Ángeles, por llamarla de alguna forma, ha sido siempre la gran omitida por la historia. Los Clippers nunca representaron una amenaza para los Lakers… Hasta que Kawhi Leonard, el ‘matarreyes’ apareció en la ciudad.

jon@skyhook.es'

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Getty Images

Desde sus lujosos sillones esparcidos por todos los rincones de Estados Unidos, los aspirantes observaron con asombro la caída del Rey que los había sometido sin piedad. Kevin Durant, que había forzado para estar en el quinto choque de las Finales, veía como su tendón de Aquiles se rompía y, para más inri, privaba a su equipo de conseguir el tan ansiado three-peat. Los Warriors habían gobernado con puño de hierro la Conferencia Oeste durante el último lustro, entrando en el debate del mejor equipo de todos los tiempos por derecho propio. Sin embargo, ahora que las campanas tañían para anunciar el desplome de su reinado, todos los aspirantes volverían a tomar las armas.

Se había erigido un nuevo monarca en el Norte. Kawhi Leonard, tras sus vaivenes con Popovich y los Spurs, puso rumbo a Toronto para llevar a Canadá el primer anillo de su historia, en un relato con aires épicos que quedará grabado en los anales de la NBA. Lo tenía todo al alcance de la mano: el estrellato, un equipo compacto y potencial para revalidar el título. No obstante, los atractivos de los Raptors no fueron suficientes para retener a su jugador franquicia, que, bajo un secretismo sin precedentes, decidió retornar a casa.

Unidos por California

Oriundo de Riverside, nunca fue un secreto que Kawhi Leonard algún día volvería a su California natal. Como a todo gran jugador, siempre se le relacionaba directamente con Los Angeles Lakers, franquicia que ha acogido a varios de los más grandes a lo largo de los años. El glamour, la historia, la influencia de leyendas como Kobe Bryant o Magic Johnson, etc. Muchas son las razones por las que The Claw hubiera podido acabar vistiendo el púrpura y oro. En un intenso pulso que se prolongó más de lo esperado, Lakers, Clippers y los propios Raports trataron de hacerse con los talentos de Leonard, quien desojó la margarita hasta el último instante.

Finalmente, y para sorpresa de gran parte de los seguidores, optó por los Clippers. Una franquicia históricamente denostada, considerada el “patito feo” de la liga durante muchos años. No estaría solo en su misión, ya que Paul George, otro californiano con ansias de volver a competir por el anillo, pondría rumbo a Los Ángeles tras su fallido idilio con Russell Westbrook y los Thunder. Después de su mejor campaña en la liga, el de Palmdale decidió unir fuerzas con Leonard para suplantar a los Lakers como equipo principal de la ciudad.

El eterno segundón

Afincada previamente en San Diego, la franquicia de los Clippers se mudó a L.A. en 1984, después de seis campañas. En aquel momento, la existencia de dos equipos en la ciudad generó una expectación que no se convertiría en realidad en los años siguientes, dadas las notorias diferencias competitivas. Los Lakers representaban el poder, con una plantilla plagada de estrellas, mientras que los Clips se posicionaron como “el equipo del pueblo”, poniendo incluso precios más asequibles para los espectadores.

Entre 1986 y 1999, jugaron como locales tanto en el Los Angeles Memorial Sports Arena como en el Arrowhead Pond de Anaheim. Realmente nunca hubo una gran rivalidad, ya que el balance era inmensamente favorable para su equipo vecino. De esta forma, en 1996 la franquicia angelina declinó un acuerdo para establecerse en Anaheim, para después unirse a los Lakers en el Staples Center, que se inauguraría en 1999. Desde entonces ambos equipos han compartido pabellón. La superioridad de los de púrpura y oro no dejó de existir e incluso tuvo el culmen de cinco campeonatos desde que comenzara el nuevo milenio. Una preeminencia inmutable hasta la llegada de Glenn Rivers al banquillo clipper.

El otrora entrenador de los Celtics, y verdugo de los Lakers en 2008, arribó con las ideas claras para cambiar la cultura de aquel equipo sumido en un eterno segundo plano. Desde que el técnico de Chicago cogiera los mandos, siempre han quedado por delante en temporada regular. Al mismo tiempo, en el otro bando todo se volvió dolor y sufrimiento, con cinco cursos consecutivos sin disputar la postemporada. La inercia se había invertido por primera vez.

Los Clippers se colocaron en el mapa NBA bajo el nombre de Lob City. Sus aficionados por fin saboreaban las victorias con asiduidad. Por su parte, en octubre de 2013 Doc decidió tapar con posters los títulos de los Lakers colgados de lo alto del Staples. Decisión que generó gran controversia en el seno de la ciudad y de la liga. Lo veía como algo humillante, reflejo de la situación que había vivido aquel humilde conjunto, siempre a la sombra. Si querían establecer una identidad ganadora, no podían esgrimir los éxitos de su enemigo dentro sus propios muros. Al mismo tiempo, la filtración de unas declaraciones racistas vertidas por Donald Sterling, propietario desde 1981 hasta 2014, no ayudaron lo más mínimo a mejorar la imagen de la franquicia. Más bien tuvieron el efecto contrario. Finalmente, la NBA decidió suspender de por vida al magnate norteamericano, viéndose obligado a poner los Clippers en venta.

Con el paso del tiempo, el proyecto fue quedándose sin margen, cayendo antes de tiempo en playoffs en más de una ocasión. Los Paul, Griffin y Jordan harían las maletas para poder reconstruir el equipo. Una reestructuración con la mirada puesta en el pasado mercado estival, en el que fueron los grandes ganadores. A un plantel que se mostró muy competitivo el último año frente a Golden State, se le unen dos superestrellas superlativas. Probablemente los dos mejores two-way players de la competición a día de hoy. Acompañados de Beverly, Harkless o Harrell, el potencial defensivo de los Clippers es uno de los más elevados de toda la competición. El mundo los mira con otros ojos, de modo que su objetivo es claro: asaltar el Campeonato.

El reto para Leonard será mayúsculo, más incluso que el alcanzado la última temporada portando la elástica de los Raptors. Los Clippers nunca han jugado unas Finales de Conferencia. Kawhi, de la mano de un escudero de lujo como George, deberá rebasar esa barrera para poder brindar a su nueva familia el primer anillo de su historia. Ya lo hizo en Toronto, neutralizando grandes potencias como los Sixers o los Bucks por el camino. Esta vez, la competencia será más dura que nunca, empezando por su rival más cercano e inmediato.

Tras la estela de Jordan

Frente a Leonard estará un hombre en busca de la leyenda. Un rey que perdió su corona, si bien su reinado está aún por concluir. Tras una primera temporada tumultuosa en la disciplina laker, LeBron James regresa más descansado que nunca. El de Akron no se perdía las eliminatorias por el título desde su segunda campaña en la NBA. Su físico lo agradecerá, ya que el año pasado mostró por primera vez síntomas de que el tiempo pasa para todos. El ‘23’ sufrió una lesión en la ingle justo el día de Navidad, en un triunfo ante los Warriors. Por aquel entonces, el equipo se había mostrado notable bajo su liderazgo. No obstante, el problema se dilató en el tiempo e impidió ver al mejor James de vuelta.

En esta ocasión no estará solo al timón. Anthony Davis, gran deseado por la franquicia, llegó para formar una de las mejores parejas de la liga. El coste fue elevado, teniendo que deshacerse del núcleo joven de la plantilla casi al completo, a excepción de Kyle Kuzma. La ceja, talento diferencial en ambos lados de la pista, aterriza como pupilo de un James que podrá delegar en él gran parte del peso ofensivo del equipo. Una vez este decida colgar las botas, los Lakers serán del ex de los Pelicans.

Un James que continúa persiguiendo aquel fantasma de Chicago. La influencia de Michael Jordan en él ha sido algo recurrente durante su largo trayecto hacia el Olimpo. Entró en la competición antes de cumplir los 19, con una presión absolutamente ridícula para un pipiolo de su edad. Pese a los críticos, superó las expectativas. En su sueño por convertirse en el mejor de todos los tiempos, sabe que este puede ser su último viaje y no quiere retirarse antes de lograr otro anillo. Sería el cuarto para él, tercero con una franquicia distinta.

En una mezcla de talento y veteranía, los Lakers han rearmado el equipo de cara al presente curso. Todavía con la herida del rechazo de Kawhi reciente, firmaron a jugadores de renombre como Danny Green, Avery Bradley o Dwight Howard. Gente experimentada que dará un plus defensivo al plantel. El propio Frank Vogel, nuevo entrenador tras la abrupta salida de Luke Walton, aseveró recientemente que pretende construir un cuadro duro. “Quiero ver jugadores por el suelo, si no es que no estamos haciendo nuestro trabajo”, aseguró.

Tras aquel fatídico 13 de abril de 2013, en el que Kobe Bryant se rompió el tendón de Aquiles, los Lakers han vagado sin rumbo por el desierto. Malas decisiones en los despachos, unidas a la baja competitividad de una plantilla huérfana de líderes. Por ello, la presión que James y Davis tendrán que soportar será mayor que nunca. Este año no habrá excusas para no lograr el billete para los playoffs y, además, tendrán que hacerlo en posiciones nobles.

Los detractores estarán ahí, a la espera en su trinchera. Para una institución con 16 anillos de campeón y 15 Finales en su haber la exigencia siempre es máxima. Más aún si se trata de la franquicia más atractiva de la NBA. West, Jabbar, Magic, Shaq o Kobe lograron alzarse victoriosos soportando el peso de la camiseta dorada. LeBron no quiere ser menos.

Con los Warriors (aparentemente) un peldaño por debajo del nivel establecido desde 2015, los Lakers ingresan de lleno en la terna de favoritos al título. Pese a su gran plantilla, también miran de reojo como sus vecinos, los Clippers, han creado otro equipo capaz de competirles de tú a tú. Cada encuentro será una batalla sin cuartel en la que la victoria no será lo único que esté en juego.

Las guerras venideras

Dos hombres en una misma misión. Uno, devolver la grandeza a una franquicia que perdió su luz hace más de un lustro. El otro, como ya hiciera en Toronto, brindar a un equipo su primera gran gloria. Si la empresa de cualquiera de los dos resultase exitosa, elevaría al jugador a un altar nunca antes hollado: 3 anillos y 3 MVPs de las Finales (siempre que lo lograsen) con tres equipos distintos. Un hito sin precedentes.

Sobre el papel, los Lakers partirán con un mayor potencial ofensivo, teniendo enfrente a lo que aspira a ser una trituradora en defensa. Las opciones en el perímetro del combo Beverly-George-Leonard serán determinantes. Un trío perfecto para intentar neutralizar a LeBron, el mejor generador de los suyos. A sus casi 35 primaveras, King James tendrá un nuevo reto que superar, acostumbrado a lidiar con grandes redes defensivas como las de los Warriors o los antiguos Spurs. Pese a su previsible capacidad anotadora, los de Vogel también pueden presentarse como un gran equipo atrás, con protectores de aro del calibre de Howard o Davis, además de los Bradley, Green o Caldwell-Pope en tareas exteriores. El botín para el vencedor podría ser el trono del Oeste.

Hubo un tiempo en el que James convirtió la Conferencia Este en su coto de caza privado. No tuvo oposición durante ocho campañas consecutivas hasta que Kawhi recogió su testigo por un año. “Por ahora solo pienso en llevar a los Clippers a las Finales”, afirmaba el propio Leonard hace escasos días. Esta vez se verán las caras hasta en cuatro ocasiones en temporada regular, en  la carrera más feroz que se recuerda en la Conferencia Oeste. Nuggets, Rockets, Jazz o los propios Warriors completarán una lucha en la que no se vislumbra un vencedor claro.

La NBA, referente indiscutible en el cuidado de los aficionados, pensó oportuno comenzar la temporada programando uno de sus platos fuertes para su jornada inaugural. Una fecha marcada en el calendario: 22 de octubre, con los Clippers con el cartel de locales. El segundo capítulo, el día de Navidad. Serán cuatro noches en total. Un mismo campo de batalla para una lid que puede definir el sino de la temporada.

Como diría un viejo mago de barba desaliñada y sombrero picudo: “el tablero está listo”.

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Análisis

Vuelve la burbuja inmobiliaria a la NBA: la moda de las hipotecas

Concentración de mercado, hipotecas, proyectos de capital riesgo a corto plazo, sobrecostes en forma de impuestsos de lujo… La NBA se mueve y la burbuja del mercado no deja de crecer.

acarretero@skyhook.es'

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Allá por 2013, cuando los informativos aún nos recordaban que había una crisis económica, había una expresión que monopolizaba todas las conversaciones. Seguramente, el ciudadano de a pie no sabría definir a ciencia cierta qué era aquella burbuja inmobiliaria, pero qué más daba. Le habían inoculado el término y sabía lo que tenía que saber: era malo. Oda al simplismo de la sociedad.

Una vez más, nos remontamos a aquel fatídico traspaso, al que ahora, tras la reconstrucción de récord Guinness de Sean Marks, ya sí puede ser nombrado. Cuatro primeras rondas que viajaron a Boston y que hipotecaron el futuro a corto plazo de los Nets pero, sobre todo, cuatro picks que marcaron un punto de inflexión en la NBA. Nunca antes se habían evidenciado de forma tan salvaje las consecuencias de traspasar el máximo de rondas permitidas. Nunca… Salvo con los Cavaliers de los 80.

No son pocas las normas de la NBA que nacen bajo seudónimo, por la necesidad de adaptar la regulación a fenómenos sin precedentes en la liga. Desde La Jordan Rule, la Rose Rule… reglas que pasan a ser conocidas en el imaginario popular por el jugador que obligó a crearlas y que, dicho sea de paso, favorecen su recuerdo y asociación, en lugar de complejizar los términos. Ahora bien, para que una que limita el traspaso de rondas consecutivas de Draft lleve tu nombre, como sucedió entonces con Ted Stepien, hay que ser muy cenutrio.

El entonces propietario de los Cavs puso en el mercado cuatro picks seguidos, casi lleva el equipo a la quiebra y traspasó la hipoteca a otro dueño antes siquiera de acabar de pagarla. Más o menos, lo que intentó Prokhorov hace cinco años. Tras utilizar a los Nets como activo financiero para especular con otros negocios particulares quiso saltar el barco antes de que se hundiese hasta el fondo del mar.

Hasta aquellos Nets recién llegados a Brooklyn no hubo otro equipo que se atreviese a firmar una hipoteca de semejante magnitud. Como tampoco lo ha habido en estos últimos años. Pero, como siempre pasa en la economía capitalista, es cíclica; la burbuja siempre vuelve. Ahora, a cinco años vista y tras los últimos movimientos del mercado, se puede apreciar que no fue un hecho aislado, sólo desafortunado en su ejecución. Hasta 2018 nadie se ha atrevido a mover tantos activos a futuro por una estrella, acogiéndose al fracaso de los Nets.

Especulación, hipotecas y fondos buitre

El mercado financiero (de traspasos) de la NBA estaba marcado por la incertidumbre y por la presencia de dos fuerzas hegemónicas que aumentaban el riesgo de la inversión, como eran los Warriors y LeBron James, allá donde estuviera. No era, pues, la situación más propicia para pagar hipotecas a futuro, por lo que los proyectos deportivos apretaron el botón del pause hasta que mostrasen los primeros síntomas de debilidad. Y, efectivamente, así ha sido.

Con ambos ejes gravitacionales desplazados y con un tercio de jugadores de la NBA siendo agentes libres este verano, entre ellos cinco top ten de la liga y, al menos, otras diez superestrellas más, alguien tenía que romper la baraja. Ya no hay apuestas seguras, pero la incertidumbre tampoco es un lastre. El riesgo es inherente al nuevo mercado NBA y quienes mejor han sabido jugar con él, han sido los triunfadores.

Ya lo intentó Daryl Morey el año pasado, con sus cuatro picks por Jimmy Butler. Secos, como el vodka en Rusia. También lo previeron este año en Utah, que agilizaron el traspaso de Conley para que Dios cogiera a los mormones confesados en verano. Es cierto que la burbuja crece sin control y que la tendencia alarma a la propia NBA. Pero, por otro lado, qué éxtasis embarga a Silver y su equipo. La NBA más global, la reina del verano. Apenas ha terminado la temporada y no puede haber más expectación porque empiece de nuevo. A quién le importa ahora la burbuja, eso será problema de la futura NBA.

Empoderamiento: una nueva era

Uno a uno, los agentes libres han decidido su futuro en cascada, como un Fantasy Draft en el 2K, que deja tres lecturas claramente diferenciadas. Primero, y más reciente, la especulación, la inflación creciente del precio a pagar por las estrellas tras tres años a la baja. Proyectos corto y medioplacistas, con concentración de estrellas, que vuelven a hipotecar sin miedo el futuro más inmediato, como los Nets o los Clippers. Masai Ujiri y su “alquiler” de Kawhi Leonard han sentado cátedra, como lo hicieron sin suerte Paul George y los Thunder.

Segundo, las apuestas de capital riesgo ya no sólo vienen predeterminadas por el papel de propietarios y general managers, sino que son los propios jugadores los que fuerzan estas operaciones. Son ellos los que han comprendido que tienen el poder de negociación en sus manos, que son los verdaderos y únicos protagonistas; y que, al fin, en vez de ser tratados como meras inversiones inmobiliarias, casas sin caras, sin humanizar, ahora no sólo eligen su futuro, sino el de toda una franquicia. Estamos ante una nueva era de empoderamiento, que en este caso inició LeBron James allá por 2010, no de la mejor forma posible, pero que casi una década después ha alcanzado su clímax.

Finalmente, la tercera lectura y quizá la más destacada desde el punto de vista de las franquicias, es la necesidad de un proyecto. Ya no vale con ser un gran mercado. Las hermanas menores y tradicionalmente apestadas de New York y Los Angeles se han coronado reinas gracias a su gestión. Han saneado sus cuentas de inmuebles tóxicos como Chris Paul, DeAndre Jordan e incluso de los Mozgov y Crabbe para jugar su baza al presente más inmediato, con el futuro en entredicho. Otras como los Warriors decidieron pagar los sobrecostes en forma de impuesto de lujo para preservar su hegemonía. Pero con qué gusto se va a pagar la hipoteca del futuro si el presente sabe a gloria.

Ya lo dijo Homer Simpson, el oráculo omnisapiente de la sociedad moderna: “El futuro ha ganado, el pasado nunca tuvo una oportunidad”.

In memoriam: Sam Hinkie y su gerencia de capital riesgo.

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Análisis

La iniciativa vengadores

No son superhéroes, ni llevan capa. Del Capitán América a Fun Guy, la revolución pasa por Toronto.

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Martín Santana

En la guerra siempre tuvimos vencedores y vencidos. Soldados en batallas épicas e historias legendarias. También se dieron masacres, noches para olvidar. Y las Finales de la NBA, aquello que disfrutamos desde más allá del charco y bien entrado junio, es la prueba de que la guerra tiene mil y una formas de manifestarse. Pero preparar una guerra nunca fue tan complicado, pues para Toronto el precio fue nada más y nada menos que descorazonar el núcleo del equipo para colocarle uno nuevo, lleno de vida y alternativas para un sistema algo desfasado en los tiempos que corren.

Construcción quirúrgica

En el seno de la gerencia Raptor’ surgió una idea. Una idea retorcida en términos sentimentales, pero con todo el trasfondo del mundo en materia deportiva. Con el hedor de la campaña pasada aún fresco, unos Playoffs tildados de fracaso y con la enésima caída frente a Cleveland Cavaliers, se puso en marcha el cambio. Traer a Kawhi Leonard y Danny Green en un único pack con la pérdida de Poeltl y DeRozan en el camino se presumía como un riesgo muy alto, pero con un beneficio posible tan elevado que materializarlo fue cuestión de segundos.

Un «alquiler» el de Kawhi que, con la temporada finalizada y los éxitos cosechados, merece ir acompañado de «el más barato jamás conocido en la historia del deporte». Pero esto no podría terminar aquí, añadir a Marc Gasol sería el plato fuerte preparado por la gerencia ya entrada la temporada, un nombre que cambiaría el sino del equipo en plena postemporada con una cobertura sobre Embiid de magnitudes históricas. Mención especial a la confianza otorgada a Nurse, que jamás dudo de su plan: negarse a seguir exprimiendo la pintura y poblar la media distancia. Él fue quien modernizó la estructura Raptor’ polarizando el uso de los dos interiores en pequeñas dosis y en casos muy concretos.

Todo esto lleva una firma grabada en oro, la de un militar con sangre helada y corazón de piedra: Masai Ujiri. El artífice de esta estructura de plantilla a todos los efectos, el encargado de apretar el gatillo siempre que fue requerido el uso de una mano imperturbable. Porque el negocio es el negocio, y en el negocio las amistades quedan a un lado.

Estructura y planteamiento en las Finales

Las Finales no dejaban de ser un terreno virgen para prácticamente toda la plantilla –a excepción de Leonard y Green, ya campeones en 2014-. Un escenario que sin duda puede catalogarse como el más grande al que se puede ver enfrentado un jugador de la NBA y al que accedían con una serie de cuatro victorias consecutivas frente a los Milwaukee Bucks. Nada desestimable dicho enfrentamiento, pues en él residiría una de las claves de estas Finales: llegar con rodaje y sin excesivo descanso para frenar el ritmo de competición.

El planteamiento de Nurse siempre vino dado por las circunstancias ofrecidas por la plantilla Warrior’, pues la ausencia de Kevin Durant invitó a Toronto, en tramos de descanso para Klay Thompson, a practicar defensas sobre Stephen Curry que le obligasen a sobrecargar su producción y terminasen por consumirle. La joya de la corona terminó por ser la defensa mixta box and one (caja y uno), que consiste en formar la zona con cuatro jugadores y liberar a uno de esta estructura para consumir a Steph. El fin era el de sobrecargarle como generador principal y provocar que sean el resto de piezas que componen el quinteto los que generen todo el juego posible con balón. Un repunte táctico tan dependiente del contexto como determinante en el desenlace general.

Otro de los elementos fundamentales en el buen desenlace Raptor’ consistió en una capacidad inigualable para amoldarse y aprovechar todos y cada uno de los contextos ofrecidos por Golden State Warriors, y hacer cumbre de ellos con la participación individual de todos los perfiles que atesora la plantilla. Gran ejemplo de esto fue el Game 1. Rebosante en acciones a campo abierto y con los balances defensivos de Warriors algo lejos de su mejor versión, una versión despótica de Pascal Siakam señaló el camino de a ritmo de transición.

Una vez más, se reafirmó como el jugador que mejor corre la cancha sin balón. Pero esta serie de ajustes generales no se redujeron única y exclusivamente a casos generales y partidos enteros, prueba de ello fue el reajuste realizado en la segunda mitad el cuarto partido, allí donde un Ibaka sobreexcitado sepultó a los de La Bahía a ritmo de pick and roll y recepciones cerca del aro. Un martillo que tuvo por objetivo castigar las carencias físicas de la pintura Warrior’ con un Looney que aún lastraba ciertos problemas físicos. Una condición camaleónica que le ha atribuido ese factor de mutabilidad, no solo en estas Finales, sino en todo el trayecto recorrido hasta las mismas.

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Otra de las bases sobre las que se ha asentado la máquina de destrucción masiva que ha conformado Toronto es el liberado uso del combo guard –un doble base al uso-. Pilotado por Lowry e increíblemente bien acompañado por un VanVleet que decidió aterrizar en Playoffs llegadas las Finales, ha podido ser el arma más punzante de todas las poseídas por Nurse. La combinación de creatividad y spacing es todo aquello que les había faltado por tramos en las eliminatorias frente a Philly u Orlando, un repunte técnico que engrasaba la maquinaria a media pista y dotaba de alternativas y cerebros para producir en acciones tras bloqueo directo –ya sea en pick and roll o doblando al corte-. Un pulmón extra en ataque, para ser más exactos.

Pero la aportación de este recurso no se queda en un gran incremento en la creación, pues el verdadero valor de juntar a Kyle y Fred ha estado en la alternancia con y sin balón que ofrecían estos dos. Una combinación de bote y juego sin balón que hacía imposible a Golden State Warriors coartar con el incesante dos contra uno que recibía Leonard con balón, una carga que, si bien está plenamente justificada y resulta necesaria, con tanto arsenal disponible facilitaba la tarea al entorno.

Y conectando con la tarea de Leonard es como mejor se entiende todo lo sucedido hasta la fecha, pues salvo unos minutos de completa dominancia histórica en el quinto partido –diez, sí, diez puntos consecutivos para poner un +6 que terminaría por tener valor nulo tras la derrota-, las Finales de Leonard están por lo mucho que ha facilitado la tarea al entorno. Entró a la serie sin apenas poder bajar el balón por la inagotable lluvia de ayudas ofrecidas por Kerr para frenar cualquier vía de mirar al aro, corrigió alternando su juego en un sentido menos autosuficiente y llegó a nutrirse más que nunca de las recepciones y el catch-and-shoot –prácticamente un sueño inalcanzable vistos sus Playoff-.

Todo esto no le exentó de conseguir, por enésima vez, que todo espectador se replantease lo que podía llegar a ser una absorción de contacto en sus penetraciones. Pero sí, un 2×1 algo nocivo vista su mejoría en la toma de decisiones tras recibir el trap es lo que permitió a Leonard generar dos o tres espacios libres según se diese la ayuda (o doble ayuda llegados al caso), y que vista la tónica de las Finales, con polaridad absoluta en términos de porcentajes, jamás pudo ser más peligroso. No obstante, la ausencia cuasi general de Durant también facilitó la tarea defensiva a un Leonard que jamás tuvo que focalizarse al completo en una única figura y pudo entregarse al máximo en las ayudas no-puntuales sobre Curry al perímetro.

Una defensa, la llevada a cabo sobre Steph, que tampoco se puede resumir en el box and one, recurso con una utilidad muy puntual y que no serviría de alternativa con posibilidades tales como Klay Thompson o Kevin Durant sobre el parqué. El desgaste que conlleva una cobertura tan sumamente meticulosa y elevada en gasto de energía y recursos no se puede describir con palabras, es más, sería todo un crimen tatar de hacerlo, pero no deja de ser una proeza que socavar tan fondo en el trap, con la incalculable cantidad de recursos para generar que posee Golden State Warriors –Green o Iguodala como perfiles punteros en esta faceta-, haya terminado por ser la vía más eficiente para frenar a un Curry que, más allá de toda la tormenta que le rodea, ha hecho unas finales a la altura de lo que es: una leyenda de la NBA.

Porque la tarea de cubrir a uno de los perfiles más activos con y sin balón jamás vistos en la liga no puede encomendarse a un solo nombre, y es en este punto cuando salen a la palestra Kyle Lowry y Fred VanVleet. El primero de ellos, consabido y contrastado como defensor de primer nivel en emparejamientos perimetrales. El segundo, en cambio, no ha hecho más que agrandar su perfil y confirmar que más allá de ser un jugador muy notable en un lado de la cancha, es una pieza única en both sides. La cobertura off-ball de un jugador como Curry, que prácticamente promedia una media maratón por noche, solo se entiende con un sistema de ayudas generoso e inagotable.

Marc copó el trap tras bloqueo directo con un alarde de sacrificio y desgaste de piernas inimaginable, blindó también cualquier vía de escape en forma de línea de pase. Por su parte, las ayudas de Kawhi -algo más liberado por el contexto- y Green, entre otros, ponían la guinda a uno de los blindajes más inquebrantables en toda la campaña. Pero no todo podía ser perfecto, pues generar tanta atención abre una infinidad de vías explotables con una circulación rápida, espacios en pintura y en esquinas, un buffet libre de puntos liberados al servicio de una de las máquinas mejor preparadas para explotar desventajas.

Por último, es innegable que un campeonato no se gana solo con una batería de titulares repleta de grandes nombres. Y esta no iba a ser la excepción. Maestría de Nurse en el tacto a la hora de dar minutaje a un Ibaka que dinamitó por completo la eliminatoria en dosis pequeñas para exprimir al máximo el físico en pintura y cerrar el aro –para la historia quedará el cuarto con seis tapones y un flujo imparable de puntos en pintura-.

¿Y qué es de la historia?

La historia del deporte siempre ha sido ambiciosa y retorcida, egoísta por naturaleza, pero una tregua se la merece todo ser humano. Y toda institución, llegados al caso.

Por primera vez el Larry O’Brien sale de Estados Unidos con rumbo a Canadá. Un anillo histórico. Un anillo para la resistencia de aquellos que supieron caer una y mil veces frente al Rey en el Este; hasta que abdicó. Un anillo que lleva consigo la firma más grande jamás vista de jugadores que han pisado la liga de desarrollo, demostración del margen de mejora que posee casi cualquier perfil NBA si es tratado con mimo y a fuego lento. A fin de cuentas, un anillo que se antoja irrepetible.

El reconocimiento a Ujiri, fundirse en un abrazo con Lowry para reconocer lo que es suyo y la posterior entrevista junto a Kawhi solo es la guinda del pastel más sabroso jamás cocinado en el Norte. Porque nunca se llegó a ese extremo de antipatía que se daba por sentado tras dar puerta a DeMar DeRozan, es más, ambos ya maquinaban la idea de «hacer algo grande». Han forjado una amistad grandiosa, la química ha sido inmejorable y el equipo se ha nutrido de ella hasta límites insospechados. Ahora les toca disfrutar, a TODOS, y ya tendrá tiempo Kawhi para reflexionar sobre su futuro cuando no quedé champagne por descorchar en Toronto.
We won, Mr. DeMar. –Kyle Lowry-.

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