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Perfiles

Dennis Rodman: El último guerrero (II)

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Foto: thesportsfanjournal.com

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Viene de la primera parte

Después del tremendo varapalo que supuso para Rodman haber perdido el título por un fallo suyo, comenzaba el año siguiente con una mentalización defensiva casi fanática. Pronto comenzó a aportar más rebotes que puntos (9 puntos y 9.4 rebotes por partido) en una clara declaración de intenciones. Sólo iba a hacer lo que mejor se le daba, mientras que el resto deberían hacer lo propio.

Los Pistons continuaron por sus derroteros de juego contundente y los resultados hablaban por sí mismos ya que con 63 victorias y 19 derrotas, firmaban la mejor temporada regular de su historia. Rodman jugó los 82 partidos y fue el mejor del equipo y de toda la liga en porcentaje de tiros de campo (60.1%) quedando segundo en rebotes, casi empatado con Billy Laimbeer. Pese a no tener unos promedios estratosféricos (numéricamente hablando) en robos (0.7) ni tapones (0.9), el impacto que generaba en sus defensores “el gusano” no pasó desapercibido defensivamente en la liga, y sus “intangibles” eran temidos por jugadores y entrenadores. La capacidad del gusano de desestabilizar rivales, tanto física como mentalmente, estaba creciendo a pasos agigantados, y se convertía en el arma secreta de los de Detroit.

Con la confianza por las nubes después de haber completado una temporada regular asombrosa, los Pistons con Rodman a la cabeza, llegan a las finales, pasando por los playoffs como una auténtica apisonadora. Como si de una película del Oeste se tratase, los “Bad Boys” vengaron sus eliminaciones de pasados años, ejecutando a sus rivales sin piedad. Ni Larry Bird en primera ronda (3-0), ni los Bucks en segunda (4-0) fueron rivales dignos para ellos, y solamente los Bulls de Michael Jordan fueron capaces a oponer algo de resistencia (4-2). Si lo del año pasado había sido cerco y batida a Jordan, lo de éste año podía haber sido perfectamente motivo de detención. Rodman no estaba dispuesto a volver a fracasar y se empleó a fondo contra Jordan. Aunque la primera opción para defender al 23 de los Bulls era JoeDumars, al más mínimo indicio de que se podía liberar de su marca, Rodmanaparecía como un rayo para hacer la ayuda e intentar maniatar al astro de los Bulls con la contundencia ya habitual.Los partidos entre estos dos equipos quedaron marcados en historia por la extrema dureza de sus acciones. Los Bulls cayeron por 4 a 2.

En la final, esperaban los Lakers, a los que Rodman no había sido capaz de rematar el año pasado. El guion de la película tuvo su esperado final y los Lakers cayeron por 4 a 0 para finalizar la venganza perfecta del gusano y su pandilla. Rodman defendió a Magic  Johnson y a James Worthy (entre otros) como si le fuese la vida en ello. La NBA se rendía a la dureza y al juego incómodo de los Pistons. Rodman era el máximo exponente de aquel ideal y estaba encantado, su constante necesidad de captar atención y cariño, parecía momentáneamente saciada por aquel grupo que ya era como su familia, y su entrenador Chuck Daly al que pronto comenzó a ver como al padre que nunca tuvo.

Foto: NBA

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Al año siguiente, el draft de expansión alejó del equipo a Ricky Mahorn camino de los Philadelphia 76ers. Mahorn era conocido por el “speaker”de los Pistons  como “el chico más malo de todos ellos”, así que con su marcha, podía peligrar el carácter de los Pistons. No era especialmente bueno en nada, pero era el matón por excelencia. Duro, molesto y pendenciero, había sido el referente en la dura hoja de ruta de conducta seguida por los de Detroit. Cuando una figura así abandona un grupo tan definido, debe ser sustituida por otra de iguales o superiores características o el grupo puede desaparecer. Rodman estaba más que preparado para ocupar el puesto de “matón de matones” dentro de aquel grupo, y ésta era su oportunidad perfecta.

Dadas las circunstancias, Rodman disfrutó al año siguiente de más minutos en pista, lo que le sirvió para seguir demostrando su valía y ganarse su primera elección para un All-Star Game. Sus promedios mejoraron y mientras que su aportación en el rebote seguía subiendo (9.7 por partido) su aportación ofensiva se mantenía en sus mínimos imprescindibles con buen acierto. 8.8 puntos por encuentro con casi un 59% de acierto, significaba que tiraba poco pero bien. Rodman tenía perfectamente asumido su rol y se redefinía partido tras partido. Los Pistons, después de otra “animada” final de conferencia contra Michael Jordan y sus Bulls, se hacían con su segundo anillo consecutivo, ganado a Portland en la final por 4 a 1. En 4 años, Rodman había conseguido dos títulos de la NBA, un título al mejor defensor y una selección para el All-Star Game. Su carrera se encontraba en lo más alto, pero caer de muy alto duele más, y Rodman estaba a punto de experimentar esa situación.

La era de los chicos malos tuvo que dar paso irremisiblemente a la era Jordan, con lo que la pandilla comenzó a desintegrarse a medida que el equipo obtenía malos resultados. Rodman ya era titular indiscutible e incluso obtuvo su segundo título de mejor defensor de la liga, pero poco pudo hacer contra unos Bulls, que hartos de perder y con Jordan en modo “dios” pasaban por encima de ellos en finales de conferencia como un auténtico bulldozer. Al año siguiente, con Rodman promediando 19 rebotes y 10 puntos por partido en un titánico esfuerzo por reflotar a los Pistons, el equipo fue a peor y no pasaron de 1ª ronda. La edad de algunos de los “chicos malos” (Laimbeer 34, Thomas 30, Henderson 36, Aguirre y Woolridge 32, etc) los condenaba a perder la condición de chicos y también la de malos. Para colmo, Chuck Daly, al que Rodman consideraba como un padre, dimite ante la frustrante situación del equipo, para poco después poner rumbo a los Nets de Nueva Jersey. Iba a comenzar uno de los años más oscuros en la vida de Rodman, que le supondría un punto de inflexión en su vida. Ese mismo año, Rodman asombraba al mundo, cuando en un partido contra los Pacers, capturó la espeluznante cifra de 34 rebotes, algo incomprensible para alguien de dos metros.

La marcha de Daly unido a los malos resultados del equipo, hacía caer a Rodman en una profunda depresión. Aquel grupo en el que tan bien había encajado, se desmoronaba por completo, e incluso el entrenador había huido. Para colmo, Annie, su primera esposa y madre de su hija con la que apenas llevaba 3 meses casado, le abandona llevándose su hija a Sacramento. En cuestión de meses había perdido todo lo que le importaba sin poder remediarlo. Nada bueno podía resultar de ésta situación. Un día, a la salida de un entrenamiento, sus compañeros lo encontraron en el parking del pabellón con una escopeta cargada en las manos diciendo: “He asesinado al antiguo Dennis y voy a dejar salir al auténtico” “Voy a vivir mi vida como quiera, para poder ser feliz”.

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Con un bestial cambio de look inspirado en uno de sus personajes favoritos (Wesley Snipes como “Simon Phoenix” en Demolition Man) y un continuo incremento de tatuajes, ponía rumbo a los Spurs de San Antonio en calidad de agente libre, en un intento de reinventar su malograda vida personal y profesional. Aunque la estrella local (David Robinson) era totalmente opuesto a la forma de ser de Rodman, la aportación sobre la cancha de “el gusano” consiguió convencer a Robinson, pues le descargó de trabajo defensivo, permitiéndole centrarse en el ataque casi totalmente. Rodman seguía haciendo lo que mejor sabía, y conseguía ser el mejor reboteador de la liga por tercer año consecutivo, promediando unos brutales 17.3 rebotes por encuentro. También fue incluido en el mejor quinteto defensivo, y su aportación en los Spurs fue de capital importancia para que David Robinson conquistara su primer título de máximo anotador de la liga. Pese al buen año (55 victorias y 27 derrotas) son eliminados en primera ronda por los Jazz de Stockton y Malone.

El nuevo y pintoresco personaje en el que se estaba convirtiendo Rodman iba cogiendo forma día tras día. A su estrafalaria presencia y pelo de colores pronto empezaron a añadirse extras como un breve pero intenso romance con la diva del pop, Madonna, la cual después de unas sórdidas declaraciones cruzadas, aclaró sobre Rodman que “es un amante decepcionante”. El por su parte, detalló paso por paso sus encuentros sexuales con la cantante en su biografía, a la presentación de la cual acudió vestido de novia. Pero toda esa atención mediática, lo único que conseguía era retroalimentar al “nuevo yo” de Rodman, que pronto comenzó a tener salidas de tono como faltar a entrenamientos, tener accidentes de moto, trifulcas con compañeros, descalzarse en protesta por ser sustituido, o incluso llegar a arrojarle una bolsa de hielo a Bob Hill por encima. Uno de sus nuevos hábitos fue deshacerse de todos sus relojes y medir el tiempo por las horas de sol sin importarle lo más mínimo la hora. Rodman era un personaje imposible de controlar, pero cuando salía a la cancha, nadie defendía como el, y sus 17 rebotes estaban asegurados, así que no quedaba más remedio que lidiar con él. Robinson decía de él que “Si has convivido con Dennis, poco más o menos ves venir el desastre, pero como jugador de baloncesto era único” “No es el mejor compañero que he tenido, pero si estás construyendo un equipo quieres tenerlo contigo por lo que aporta”.

Pero las payasadas de Rodman acabaron con la paciencia del comedido Robinson, que llegó a afirmar que “no quería punks en el equipo” y después de la eliminación de San Antonio en finales de conferencia a manos de los Rockets de Olajuwon, “el gusano” dejaba los Spurs. Al final, los temas extradeportivos inclinaron injustamente la balanza en contra de Rodman, pues había luchado como un poseso, primero contra Malone y luego contra Olajuwon, para conseguir llevar a los suyos a las finales. También sería justo no mencionar que la franquicia tejana obtuvo en liga regular 62 victorias y 20 derrotas, lo cual era récord histórico absoluto. Injusticia o no, el destino se volvía a cebar con Rodman en la que parecía su última oportunidad de hacer algo en la liga. 33 años y un pasado reciente de “sospechoso habitual” parecían ser lastres suficientes como para poner fin a su carrera.

Foto: rantsports.com

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Pero entonces sucedió lo inesperado. Michael Jordan había regresado a las canchas después de su efímera retirada y se apresuró a reclamar refuerzos. Al esbelto chaval croata que no lo había hecho mal ese año, y aprovechando la marcha de Horace Grant, se iba a sumar el indomable Dennis Rodman, el mismo que había luchado contra Jordan en la pista haciéndole sudar la gota gorda en años anteriores. Precisamente por eso, el 23 de los Bulls veía con buenos ojos la llegada del máximo reboteador de la liga de los últimos 4 años, aunque fuese conocedor de sus “andanzas”. El pequeño detalle de dominar la personalidad de Rodman era una tarea que recaía en “el maestro zen”. Phill Jackson, en su primera conversación con el jugador, comprendió que intentar dominar los impulsos del “gusano” era una tarea imposible, así que decidió simplemente utilizarlos en beneficio propio. Cuando Jackson le preguntó si quería formar parte de los Bulls y ser compañero de Jordan, Rodman contestó tajantemente: “Me la suda”.

Jackson debía establecer ciertas concesiones especiales, entre las que destacaba el prestarle una atención especial, como hizo en su día Chuck Daly, a efectos de poder ejercer una relativa autoridad sobre él. Más que como entrenador, tenía que ejercer como un padre. Jackson quería controlarle pero no aplacarle, los Bulls necesitaban la figura del jugador provocador y pendenciero al que todos temían en mayor o menor medida, y que ejercía una atracción mediática tremenda. En palabras del propio Rodman: “No tenían ningún problema conmigo por ser salvaje y loco cuando se trataba de llenar los pabellones”.

El equipo realizó algunos ajustes con la llegada del Jugador, básicamente la permisividad de Jackson sobre las acciones de Rodman no parecía tener límites. Podía llegar al partido casi cuando quería,se saltaba entrenamientos, no realizaba las ruedas de calentamiento, asistía a las charlas pre-partido totalmente desnudo con una toalla en la cabeza. Para poder permitirle toda la tensión previa al partido era terrible para el jugador, que no era capaz a estarse quieto, por lo que calentaba por su cuenta en un lugar apartado o iba al gimnasio o se duchaba varias veces. Jackson estableció un sistema de multas específico para Rodman que realmente lo que hacía era comprar el derecho a hacer lo que le diera la gana. El “maestro zen” se salía con la suya y dominaba a la bestia hasta la hora de salir a la pista, ahí la cosa cambiaba. En vez de tirar para calentar, Rodman observaba sentado los tiros de sus compañeros e intentaba predecir las trayectorias de los rebotes.

Todos estos esfuerzos por adaptar a Rodman al equipo, tuvieron sus frutos inmediatamente en el parqué. Con el gusano en la pista defendiendo como si estuviera poseído, cogiendo 15 rebotes por noche, e interpretando el triángulo ofensivo de Jackson con una facilidad inusitada, los Bulls establecieron el récord histórico de victorias en temporada regular con 72 partidos ganados y 10 perdidos. El “efecto gusano” unido a la inestimable aportación de Jordan, Pippen y Kukoc, hacía a los Bulls insultantemente superiores. Rodman era un atleta portentoso a sus 34 años, pero lo que le diferenciaba de los demás era su tenacidad para luchar cada balón como si fuera el último reto personal de su vida. Él mismo, afirmaba que estaba más hambriento que muchos y que lo único que le diferenciaba del resto, era que saltaba 4 o 5 veces a por el rebote. La inquebrantable voluntad de luchar de Rodman, le hacía ser un jugador al que pronto nadie quería enfrentarse, porque sabían que era una batalla que tenían perdida de antemano. Más que un jugador, era un guerrero.

El maestro Montes se refería a él como “adivina quién viene ésta noche”, en un perfecto ejemplo de cómo se sentían los rivales que tenían que medirse a él. Rodman desesperó por completo en los playoffs de ese año, a auténticas fuerzas de la naturaleza como Alonzo Mourning (2.08 m y 120 kg), Shaquille O´Neal (2.16 m 147 kg) o Shawn Kemp (2.07 m y 118 kg). El propio Jackson se asombraba de que pudiese soportar las embestidas de estos jugadores durante 48 minutos, pero según el propio Jackson, cuanto más avanzaba el partido, más se crecía. La pista era el terreno en el que Rodman se sentía cómodo y en lo que hacía, era el mejor sin duda alguna. Los Bulls ganaban sin problemas su 4º anillo y comenzaban una nueva época de dominio. La actuación defensiva de Rodman sobre HoraceGrant y ShaquilleO´Neal en playoffs, debería aparecer en los libros de baloncesto.

Aunque Phill Jackson pasaba por alto las excentricidades de Rodman, hubo varios episodios de violencia que le costaron sanciones importantes, como la pérdida del contrato con Nike (“está loco” – dijeron). Todo el mundo recuerda la patada al cámara de televisión en Minnesota, o el cabezazo al árbitro Ted Bernhardt, Pero los Bulls le necesitaban y todo valía. Manteniendo el bloque del primer año y con Rodman siendo máximo reboteador por 6º y 7º año consecutivos, Jackson y los Bulls conquistan otros dos anillos, en dos épicas finales contra los Jazz de Utah, pero los escándalos de Rodman aumentaron de manera exponencial el último año, debido a que fue relegado a un papel secundario en el equipo, circunstancia que provocó  que el eterno niño con necesidad de atención que habita en su interior volviera a hacer de las suyas. Varias demandas por acoso sexual y su aparición en un ring de lucha libre durante las finales del 98 para pelear con Karl Malone, iban a poner fin a su etapa como jugador de Chicago. Ese mismo año, Jordan se retira por 2ª vez y el equipo se desintegra como ya hubiese pasado con los Pistons. La historia se repetía otra vez y Dennis Rodman era apartado de la que había sido su nueva casa y de quien había sido como su nuevo padre.

Con 37 años y sin equipo, no fueron pocas las ofertas que recibió ese verano, que se alargó más de lo previsto por el tristemente famoso “lockout”. Finalmente, los Lakers consiguen hacerse con sus servicios. O´Neal, que había tenido desagradables declaraciones cruzadas con Rodman, declaró que “necesito un matón en mi vida” en claro gesto de aprobación por la llegada del jugador. Pero aunque los Lakers pusieron todo de su parte, llegando incluso a ponerle un vestuario independiente, Rodman cogió muchos rebotes (11.2 por partido) pero su cabeza estaba en Hollywood. Su Efímero matrimonio con Carmen Electra y posterior relación tormentosa plagada de denuncias por peleas conyugales, unido a sus primeras apariciones en películas, de la mano de Jean Claude Van-Damme, eclipsaron al jugador devaluando su juego casi por completo. Aquella personalidad exhibicionista y excéntrica que Chuck Daly fue capaz de dominar y Phill Jackson de encauzar, había aflorado del todo, convirtiéndole en un ser grotesco e incómodo. A la vez, la esencia del grandísimo jugador que había sido, iba desapareciendo poco a poco ante la atenta mirada de las cámaras de Hollywood.

Foto: NBA.COM

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Inexplicablemente, al año siguiente, fueron varios los equipos que quisieron hacerse con sus servicios, siendo el también excéntrico (por llamarle algo) Mark Cuban el que consiguiera llevárselo a los Dallas Mavericks. Cuban era el reciente nuevo propietario del equipo tejano y buscaba reclamos para avivar la llama de la afición de un equipo que había perdido gancho y Don Nelson necesitaba alguien que defendiera y cogiera rebotes. Aunque sólo jugó 12 partidos, Rodman tuvo tiempo a retar a David Stern a una pelea, acumular nuevas demandas por escándalos sexuales y conducción bajo los efectos del alcohol, sentarse en la pista a modo de protesta e incluso echarle en cara a Cuban que se entrometiera en todo. Esto último le costó el puesto y como su cese llegó sin avisar, no pudo cumplir su expreso deseo de desnudarse en la pista en el último partido de su carrera. Rodman se iba para siempre, pero en 12 partidos cogió 14.3 rebotes por partido, dando la última pincelada de la  tremenda calidad que atesoraba bajo aquella montaña de traumas y paranoias en la que se convirtió su vida.

Ahí acababa el periplo de éste incomprendido genio que tuvo una corta pero intensa carrera plagada de altibajos. Muchas y muy diversas han sido y son sus andanzas posteriores, las cuales hoy en día colean, pero no veo justo mencionarlas pues no trascienden en lo deportivo. Como todos los genios, Rodman tenía su particular locura, que con el paso del tiempo fue su peor enemiga y le consumió por dentro. Aun así, sus tremendos méritos deportivos fueron capaces de inclinar la balanza de su lado, y en el año 2010 fue elegido como miembro del “Hall Of Fame”. En un último halo de cordura, no acudió a la ceremonia como había prometido (desnudo) y acompañado por Phil Jackson, rompió a llorar al igual que lo hiciera cuando fue nombrado mejor defensor hacía dos décadas. Entre lágrimas y mostrando su lado más humano y sentimental,  pidió perdón a su madre por haber sido un mal hijo, agradeció a sus entrenadores haber sido como padres para él, y lamentó no haber sido mejor padre. Al año siguiente los Pistons retiraron su número 10.

Me gustaría dejarlo ahí y no añadir ningún dato más sobre la vida de Rodman, que no sea recordar tremendos sus logros deportivos, entre los que destacan 5 anillos, 2 veces mejor defensor y 7 veces consecutivas máximo reboteador, además de diversos records individuales. Poco importa lo sucedido después, pues mi principal intención era hacer justicia al gran jugador que fue Dennis Rodman y rendir el merecido tributo al defensor más duro que ha conocido ésta liga, cuya tenacidad y capacidad de luchar  contra quien fuese necesario, le convirtieron en el último gran guerrero de nuestra era y así le recordaré siempre.

Como dije anteriormente, intentar comprender a Rodman era inútil, lo único que podías hacer era disfrutarlo, y por suerte yo tuve ese placer.

 

“Siempre he luchado por no volverme blando. Ser blando es la peor cosa que pueden decir de un jugador de baloncesto” 

Dennis Rodman

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Análisis

Elfrid Payton: El regreso a casa

A menudo, los cambios de look no sólo entrañan un cambio físico, sino también emocional. Payton, a diferencia de Sansón, se cortó el matojo de pelo como símbolo de madurez y fuerza.

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Prácticamente todo el mundo hemos pasado por esa etapa de jóvenes, cuando hacemos cosas solo porque no es lo que se supone que tenemos que hacer. Un jugador de baloncesto profesional no debería tener el pelo golpeándole y cubriéndole la cara constantemente, pero Elfrid Payton, en la veintena, jugó más de 200 partidos en la mejor liga del planeta de esta guisa.

Durante su época en los Magic de Orlando, equipo en el que recaló después de ser traspasado por los 76ers la noche del Draft de 2014, estuvo envuelto en esa aura tan familiar con los deportistas de élite que nos hace pensar en lo que podrían llegar a ser y por un motivo desconocido no consiguen alcanzar.

Sin embargo, cuando toca volver a casa y uno ya ha crecido y madurado un poco, las formas son importantes. A mediados de mayo de 2018, como si alguien le hubiese chivado desde el futuro lo que iba a ocurrir, el base de Louisiana anunció a través de su cuenta de Instagram que por fin se había quitado el impedimento en forma de flequillo gigantesco que hasta entonces lucía.

Tras cuatro temporadas en Florida, había sido traspasado a Phoenix por apenas una segunda ronda del Draft, ya que terminaba contrato ese verano y los Magic querían sacar algún rédito por él. Allí solamente jugó 19 partidos, y sufrió la primera lesión relevante en su carrera: una tendinopatía en su rodilla izquierda. A pesar de ello, y tal vez por el ambiente distendido que reina en la franquicia desde hace ya varios años, promedió el máximo de puntos por encuentro de su carrera, 11’8, además de mejorar sustancialmente su faceta reboteadora.

Este episodio de transición en Arizona no hacía más que preparar al joven Payton para lo que tendría que afrontar en la temporada 2018/19. En la agencia libre de verano llegó la oferta que más deseaba: un hueco en la plantilla de su ciudad, donde había crecido con su madre y había visto volver a su padre, jugador profesional de fútbol americano en la liga canadiense.

En el suburbio de Gretna, New Orleans, Elfrid Payton Jr. había crecido siendo de los más pequeños del colegio y de las canchas. De complexión muy delgada, había probado varios deportes, pero en el instituto decidió que quería ir a por todas con el baloncesto. Entonces, Payton Sr. empezó a prepararlo para el camino del profesional y, según cuentan ambos en una entrevista para “The Undefeated”, el padre fue bastante duro con el hijo.

A pesar de que al salir del instituto nadie del mundo del baloncesto universitario americano se fijó especialmente en él, tuvo una oferta de la universidad de Louisiana-Lafayette para estudiar becado y así poder jugar a baloncesto en la División I, la más alta de la NCAA. En su segundo año explotó, y fue elegido en el mejor quinteto de la Conferencia Sun Belt, pero eso no era más que el principio.

La extraordinaria temporada que había cuajado lo llevó a ser seleccionado para el combinado americano Sub-19 que disputaría el mundial, y fue titular en todos y cada uno de los partidos hasta conseguir el oro, destacando junto a grandes estrellas universitarias como Aaron Gordon, Marcus Smart o Jahlil Okafor. En ese momento, como remarca su padre, “las cosas se volvieron locas”.

En el tercer año como universitario dejó unas estadísticas admirables, con más de 19 puntos por partido junto con 6 rebotes y otras 6 asistencias. El Lefty Driessel Award, premio al mejor defensor de la NCAA, completaba una carta de presentación extraordinaria que lo llevó a cerrar el top 10 de su camada de Draft.

Y después del viaje que hemos recorrido por fin volvió a su casa, pero esta vez como profesional, de la mano de los New Orleans Pelicans. Firmó un contrato con los de Louisiana por tres millones de dólares para la presente temporada, y ahora ve cada día el barrio que su familia tuvo que abandonar tras el huracán Katrina para recuperarlo después, el barrio donde creció en la ciudad en la que se siente orgulloso de jugar.

Un nuevo comienzo en casa, con un nuevo corte de pelo en una franquicia que a principio de temporada tenía un proyecto prometedor. El arranque de temporada con Anthony Davis, Nikola Mirotic, Julius Randle y Jrue Holiday a niveles extraordinarios parecía indicar que este era su año, que por fin podría disputar su primera serie de Playoffs y competir como siempre ha querido hacer, máxime en su ciudad natal.

Por desgracia, después de unos extraordinarios cinco primeros partidos, un dedo de la mano lo traicionó en la que empezó siendo su temporada de ensueño. Después de romperse el dedo, encadenó otra lesión en el tobillo derecho que ya tenía tocado, y no pudo volver a competir a pleno rendimiento hasta el mes de marzo.

El pelo despejado parecía haber despejado también las incógnitas sobre su juego. Mejoró significativamente su porcentaje de tiros libres, desde el 62% en Orlando hasta el 74% en New Orleans, y al inicio de temporada tiraba con un 42% de acierto desde el triple. Estaba redondeando su juego, y sus compañeros lo alababan como pasador y ayudante de dirección junto a Jrue Holiday.

A pesar de lidiar con las lesiones, en el mes de marzo volvió dejando una estadística para el recuerdo: consiguió cinco triples-dobles consecutivos, una marca solo al alcance de jugadores históricos como Wilt Chamberlain, Oscar Robertson y Michael Jordan, además del hombre que va a pulverizar todas las marcas en este aspecto: Russell Westbrook.

No es común que la temporada de despegue de un jugador y en la que más sufre con las lesiones coincidan, pero Elfrid Payton Jr. ha encontrado en New Orleans el hogar perfecto para su juego. Tal vez los planes de la dirección de la franquicia no pasen por mantener el bloque, sino que parecen más encaminados a empezar una reconstrucción a partir del traspaso de Anthony Davis.

No en vano se armó todo el revuelo días antes de la fecha límite de traspasos en el culebrón con Los Angeles Lakers, que al final resultó fallido. Además, Mirotic abandonó el equipo en su mejor temporada como profesional rumbo a los Milwaukee Bucks, de modo que la franquicia ya dejaba entrever sus intenciones de no ir a por todas, al menos en esta temporada. Sea como fuere, Payton espera una nueva oferta para quedarse un año más en casa y preparar de nuevo la cabeza (por dentro y por fuera, ya sin el matojo de pelo) para continuar creciendo y enorgulleciendo a la ciudad de los pelícanos.

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Objetivo Europa

Milos Teodosic, el ilusionista de Valjevo

Un genio controvertido como pocos. Su actitud siempre ha sido un asterisco en su carrera, al igual que las derrotas en la F4. Pero Teodosic ha sido uno de los mejores bases del continente de la era moderna.

jon@skyhook.es'

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Mayo de 2005. Rondas eliminatorias de la Liga del Adriático. Realmente, nadie esperaba ver a aquel chico disputar ningún minuto. No obstante, en su fugaz participación los congregados pudieron vislumbrar destellos del talento que aquel cuerpo de 1,95 de altura atesoraba, siendo uno de los puntos positivos del torneo de cara al futuro más próximo.

Contra todo pronóstico, Bosko Djokic, entrenador del  BC Reflex, había decidido dar algunos minutos a un base canterano con 18 años recién cumplidos. Pudo haberlo hecho meramente por ver cómo respondía el joven ante su primera gran competición profesional, pero la actuación de aquel adolescente callado y de semblante inexpresivo dejó atónito al público.

La forma en la que cuidaba el balón, un excelso tiro exterior y su innata facilidad a la hora crear juego para sus compañeros era algo fuera de lo común. Además, su desparpajo para buscar la canasta quedó patente: 17 puntos en apenas 15 de minutos de juego repartidos en dos noches. “Juega como un veterano, se ve que tiene una gran confianza en sí mismo”, apuntaban algunos scouts por aquel entonces. Los ojeadores ya seguían los pasos del nuevo diamante del baloncesto serbio de cara al Draft de la NBA.

“No debería estar antes de 2007, pero conviene recordar su nombre. Muestra un equilibrio especial en su juego, como si tuviera todo bajo control”.

DraftExpress

No era otro que Milos Teodosic.

Los orígenes

Nacido el 19 de marzo de 1987 en Valjevo (República Federativa Socialista de Yugoslavia), una de las casas tradicionales del baloncesto serbio, Milos estaba destinado a convertirse en un jugador de renombre. Aquella era una pequeña ciudad ubicada en el distrito de Kolubara, y como en el resto del estado yugoslavo, la canasta estaba a la orden del día.

Ya desde muy joven estaría en contacto con la pelota, dada la influencia de su hermano mayor Jovan, también jugador profesional. De esta forma, sus progenitores, Miodrag y Zorana, decidieron apuntar al menor de sus hijos en un equipo local, a la edad de seis años. Milos iría quemando etapas, mostrando unas aptitudes de las que el resto de compañeros carecían. Su ídolo de la infancia: Pedrag Danilovic, de quien admiraba “su forma de pensar en la pista y su gran deseo por ganar”.

“A diferencia de muchos guards, es más un distribuidor de perímetro que otra cosa. No es particularmente atlético, no muestra gran rapidez y, a pesar de tener buen manejo de balón, le cuesta superar las defensas. Por lo general, trata de aprovechar las pantallas o situaciones en las que su defensor está desequilibrado, lo que consigue con la simple amenaza de su tiro exterior. Este es uno de sus déficits más grandes cuando se habla de su potencial para la NBA”.

15 de agosto de 2005

Su carrera echó a andar cuando el modesto Vujic Metalac se fijó en él. Valjevo estaba viendo nacer a su hijo pródigo, alguien que tuviese la proyección como para colocar a la ciudad en el mapa. Siguió superando categorías a la vez que cursaba sus estudios. No sería hasta el año 2001 cuando su vida cambiaría para siempre. El FMP de Belgrado no perdía la pista a un base emergente que apuntaba maneras. Milos se vería obligado a abandonar su hogar por primera vez para emprender un viaje que a día de hoy no ha terminado. En la capital, alejado del núcleo familiar, continúo formándose como estudiante a la vez que dominaba las categorías inferiores del baloncesto serbio. Por otro lado, su condición de deportista de élite le facilitó el acceso a la universidad privada John Naisbitt. Había llegado el momento de firmar su primer contrato profesional. Lo tenía todo de su parte, en especial la confianza del entrenador.

Uno de los escasos documentos visuales del paso de Teodosic por Belgrado

Tras el primer contacto con Djokic su progresión se dispararía. Sin embargo, debido a su corta edad y a la competencia dentro de la plantilla, se decidió ceder a Teodosic por una temporada al KK Borac Čačak, donde el jugador podría curtirse antes de regresar a las filas del club que lo formó. En aquellos momentos, se antojaba complicado que el jugador pudiese continuar progresando sin apenas gozar de minutos. Pese a su juventud, este cumplió con las expectativas y el cuadro belgradense decidió reclamar sus servicios.

2007 sería el año de su eclosión profesional. Si bien su debut en la Copa ULEB fue en la campaña 2004-05 (14 minutos frente al Vertical Vision Cantu italiano), fue entonces cuando Milos empezó a fraguarse un nombre en las plazas europeas. Con Aleksandar Rasic como base titular, Teodosic sería un combo-guard de lujo en aquella plantilla. Tanto fue así, que a sus 20 primaveras atrajo el interés de varios clubes de renombre en Euroliga. Finalmente, el atractivo de Olympiacos lo sedujo, firmando un contrato de cinco temporadas por valor de 2,8 millones de euros.

“No es lo suficientemente rápido. Sufre en defensa. Esto no supone nada que no supiéramos de antemano, es probablemente el jugador al que menos favorece el juego de la NBA entre los jugadores internacionales de gran talento. Alguien podría estar interesado en él en segunda ronda, pero eso no es un hecho”.


4 de abril de 2007

Ante las aguas del Egeo

Eran años difíciles en el Pireo. Pese a sus buenos jugadores, todavía permanecían a la sombra del gran gigante heleno, Panathinaikos. Durante la década de los 2000, Grecia y Europa estuvieron bajo el yugo del equipo de Zeljko Obradovic y Dimitris Diamantidis. Nada más aterrizar en Atenas, Milos empezaría a sufrir las consecuencias de jugar en uno de los equipos pudientes del continente. No siempre hay espacio para los jóvenes al más alto nivel. Olympiacos, en su ansia por equipararse a los más grandes de la competición, firmó al anotador Lynn Greer. Pésima noticia para Teodosic, ya que el norteamericano sería el puntal ofensivo del equipo. Sin embargo, y pese a la competencia con Roderick Blackney, el técnico Pini Gershon utilizó eventualmente al serbio como escolta, aprovechando su tamaño y rango de tiro. Fue una campaña en la que no careció de minutos, pero tuvo menos peso creativo de lo habitual.

Por el momento, el balance positivo. No fue fácil aclimatarse a la actividad en Grecia tras toda una vida en los Balcanes. La incorporación de Yotam Halperin, proveniente del Maccabi, y la sobrepoblación en líneas exteriores restaron protagonismo a Teodosic. Fue un año muy duro para él, pero le sirvió para madurar y ver realmente cual era el coste del éxito. Por tercer curso consecutivo, Olympiacos se tendría que conformar con el subcampeonato liguero, para mayor gloria de su eterno rival. No obstante, una derrota por 82-84 en semifinales de Euroliga, también ante Panathinaikos, fue lo que realmente hizo daño en el Estadio de la Paz y la Amistad. Era hora de cambiar la tendencia. En 2009 se presentaría al Draft de la NBA, sin ser elegido por ningún equipo. Su estilo de juego no gustaba en demasía en la liga norteamericana y las franquicias eran muy escépticas sobre su hipotética adaptación.

Año 2010. Al fin, con 22 años, el mando era suyo. Milos adquirió las riendas de aquella plantilla desde el primer de día de pretemporada. Bajo las órdenes de Panagiotis Giannakis y formando un trío demoledor con Linas Kleiza y Josh Childress, Olympiacos ya provocaba miedo en sus contrarios. Cuajaron una Euroliga casi perfecta, pero tras una gran campaña faltó el broche final. Teodosic no pudo celebrar su MVP de la temporada, ya que en la final de la Euroliga se encontraron con un FC Barcelona muy superior (86-68). Asimismo, fue elegido ‘Jugador del Año Europeo de la FIBA’, por delante de Pau Gasol y Dirk Nowitzki. Su estrellato era una realidad, si bien no faltaban detractores que lo tachaban de ser excesivamente frío, poco menos que indolente a la trascendencia de los partidos.

Milos Teodosic nunca ha renunciado a la selección | FIBA Photo

Aquel verano, Milos grabaría una marca a fuego en la piel de la parroquia española. Copa Mundial de Baloncesto de la FIBA, Turquía. 89-89 en el marcador con 25 segundos por jugarse. Las indicaciones de Dusan Ivkovic no dejan cabos sueltos. Hay que agotar el reloj de posesión. El balón, en manos de la estrella, quema. Llull aprieta, pero un bloqueo de Velickovic permite que Teodosic y Jorge Garbajosa queden emparejados. No hará falta acercarse a canasta.

El serbio se levanta desde nueve metros y anota. La derrota en la final del EuroBasket de 2009 estaba vengada. En semifinales el plantel serbio caería ante la selección anfitriona, pero todavía hay quien sueña con aquella suspensión imposible. “Pensar mientras juegas no te sirve para nada. Todo sale solo. Eso me pasa a mí. Simplemente, vi la canasta enfrente y decidí tirar. Así, sin más. En ese momento es lo que se suponía que debía hacer”, declaró el propio jugador en una entrevista.

La siguiente campaña tocaría reponerse, con la llegada del que, a la postre, sería el mejor jugador de la historia del club: Vassilis Spanoulis, proveniente del mismísimo Panathinaikos. Teodosic compartiría el liderazgo con el heleno, mucho más idolatrado por la parroquia ateniense. La temporada resultó decepcionante, con una Copa griega que supo a poco. Milos bajó sus prestaciones al mismo tiempo que Kill Bill se erigía como la gran estrella del roster. El dúo de bases, por muy atractivo que sonase, no funcionó.

En las filas del Ejército Rojo 

Algunos rumores apuntaban a cierto interés por parte de San Antonio Spurs, que no habían dejado de seguir la pista del jugador balcánico. No parecía un mal momento para cambiar de aires. Con todo, tras cuatro cursos en el Ática, en Moscú se estaba fraguando un proyecto para volver a dominar Europa. Andrei Kirilenko, Alexey Shved, Sasha Kaun, Victor Khryapa, Ramunas Siskauskas o Nenad Krstic. Núcleo soviético rodeado de algunos los mejores nombres del torneo continental. Escuela lituana en el banco con Jonas Kazlauskas. El plan era claro. Revalidar la Euroliga. Cetro que no levantaban desde el año 2008, perdiéndose tan solo la Final Four del año anterior.

El recorrido era un cuento de hadas. Tras eliminar en playoffs a Bilbao Basket (3-1), después se deshicieron de un correoso Panathinaikos. El destino quiso que Milos se enfrentase a su amado Olympiacos en la gran final. Los rusos eran claros favoritos e hicieron gala de ello. Todo eran risas con 53-34 a dos minutos de concluir el tercer cuarto. Pero nunca subestimes el corazón de Olympiacos. Punto a punto, el equipo griego fue acercándose en el luminoso, hasta que Giorgios Printezis convirtió una especie de bomba que es historia del baloncesto contemporáneo (funesto Siskauskas desde la personal). La eventualidad quiso que el conjunto del Pireo volviese a reinar, y lo hiciese sin Teodosic en sus filas.

El propio Milos, denotando una excesiva prisa en su juego cuando debía imperar la calma, fue uno de los grandes señalados en aquella derrota. Además, con 61-58 y 20 segundo por jugarse, erró un tiro libre que hubiera sido decisivo. Los años venideros serían un dejà vú continuo en el seno del equipo ruso.

2013, 2014 y 2015. Las semifinales fueron lo máximo. Aquel equipo que durante los meses que duraba la temporada era una apisonadora ofensiva, se hacía pequeño a la hora de la verdad. Los automatismos colapsaban, las cabezas se nublaban y el nerviosismo ante otro fracaso se apoderaba de los jugadores. Se fichaba a las máximas estrellas para remediarlos, pero en el torneo del K.O. siempre había quien lograba tumbarlos. Su bestia negra en la historia reciente: el Olympiacos de Spanoulis. Aquel que tantas pesadillas ha provocado a Andrey Vatutin, presidente del club ruso.

Multitud de decepciones, éxitos en la VTB United League aparte, hasta que llegó el 15 de mayo de 2016. El día que cumplió su misión. CSKA y Fenerbache se enfrentaron en una noche histórica. Los moscovitas llegaron a liderar el marcador por 23 puntos en el tercer periodo, pero hizo falta una heroica canasta de su capitán, Khryapa, para forzar la prórroga y por fin a tantos años de maleficio. Moscú dominaba Europa ocho temporadas después. Milos fue el jugador más valorado de aquel partido (29), pero el MVP fue a parar a manos de su compañero Nando De Colo. No le hacía falta. Su valía estaba demostrada.

Destino L.A.

Una nueva derrota en semifinales frente a Olympiacos en 2017 supondría el adiós de Teodosic a la disciplina rusa. Lo había conseguido casi todo a nivel europeo y la NBA seguía llamando a su puerta. ¿Por qué no intentarlo en plena madurez deportiva? Varios equipos tentaron al serbio con sumas de lo más atractivas, pero se decidió por Los Ángeles Clippers.

La franquicia angelina esperaba ocupar la ausencia de Chris Paul con el IQ baloncestístico del ex del CSKA. Tremenda amenaza desde el triple en pleno auge de la larga distancia, además la mejor capacidad de pase de toda Europa. La NBA, aquella competición que le fue negada desde su eclosión, era un sueño hecho realidad.

Su desembarco en California generó todo tipo de sensaciones. La expectación era alta. Patrick Beverly, antiguo compañero suyo en Olympiacos, dijo que se trataba del “mejor pasador del mundo”. Matadores del calibre de DeAndre Jordan y Blake Griffin estaban deseosos de poder disfrutar de las asistencias imposibles de Milos. Mientras estuvo sano, disfrutó de minutos, siendo titular en 36 (22 victorias) de los 45 partidos que disputó en la 2017-18. Compartió labores de dirección con Austin Rivers y Lou Williams, pero para su desgracia, una fascitis plantar empañaría el primer año bajo los focos del Staples Center.

“En el pasado sentí que jugar en la NBA no era algo muy cercano a mí.  Tal vez ahora esté más listo mentalmente. Sé lo que puedo hacer. Quiero sentirme importante y ver que un equipo tiene un proyecto para mí. No pienso ir a la NBA solamente para decir que he estado allí, quiero ir y contribuir”.

Milos Teodosic, 2017

Las lesiones tampoco desaparecieron el siguiente curso, todavía por concluir. Desde el comienzo de la temporada, Teodosic arrastró molestias en los isquiotibiales, que le dificultaron tener mayor presencia en la rotación del equipo. Con Patrick Beverly recuperado, la adquisición de Shai Gilgeous-Alexander relegaba al serbio a un rol residual. Además, su carencias defensivas provocaban notorios desajustes ante los bases más físicos de la competición. Bagaje final: 15 escasos partidos, en los que apenas fue protagonista.

“Llegué, vi lo que había y de alguna manera me di cuenta de que disfruto más en Europa”.

El propio jugador lo veía con nitidez. Su lugar era otro. Finalmente, tras su completa ausencia en la distribución de minutos, los Clippers cortaron a Teodosic, el 7 de febrero de 2019. Adiós a un sueño de lo más efímero.

LOS ANGELES, CA – OCTOBER 09: Los Angeles Clippers Guard Milos Teodosic (4) looks on during an NBA preseason game between the Denver Nuggets and the Los Angeles Clippers on October 9, 2018 at STAPLES Center in Los Angeles, CA.

Cuando la prensa apuntaba a un inminente retorno a Europa de la mano de un aspirante, el de Valjevo sorprendió a propios y extraños diciendo que no jugaría en ningún club en lo que resta de calendario. Lo hará, en cambio, con su selección en el Mundial de China. Una Serbia capaz de todo: platas en el EuroBasket 2009, Mundial 2014 y Juegos Olímpicos 2016. Solo España y Estados Unidos han evitado que esta generación se cuelgue una medalla de oro. Mientras tanto, Teodosic se dedicará a entrenar por su cuenta, meditando sobre qué hacer la siguiente campaña. Le lloverán las ofertas, pero tiene claro que quiere un compromiso competitivo y a medio plazo.

Después de sacarse la espina de la Euroliga, Milos ya no volverá a jugar con aquella losa que recayó sobre sus hombros durante tanto tiempo. Había cumplido su tarea. Tras aquello, la opinión pública era clara: un jugador de su talento no podía quedarse sin probar suerte en la NBA. Al igual que continúa sucediendo con Sergio Llull, expertos y aficionados querían ver qué tal se desenvolvía en la liga norteamericana. Sin embargo, la realidad ha vuelto a dejar claro que hay tipos hechos para el baloncesto FIBA, como Nando De Colo, Aleksandar Djordjevic, Sarunas Jasikevicius, Sergio Rodríguez o el propio Vassilis Spanoulis. Auténticas estrellas que no brillaron al otro lado del Atlántico.

Lo decían los scouts cuando apenas era mayor de edad. Se trataba de un jugador que podía sufrir mucho contra los exuberantes físicos de la NBA, más de lo proyectado incluso en la actualidad. El caso es que Milos Teodosic ya jugaba por aquel entonces como un auténtico veterano. Pausado, leyendo el juego, amasando balón y sin correr más de lo debido. Su sitio era Europa. Un genio con un don especial para leer el juego, para ver huecos que nadie más percibe. Siguen apareciendo críticos con su estilo de juego. Es cierto, puede pecar de frialdad en ocasiones. Cuando salta al parquet parece recién levantado de la siesta. Pero es lo que tienen los genios, a veces sus mentes son inescrutables.

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Objetivo Europa

Un ogro viene a verme

Un talento capaz de romper una barrera infranqueable hasta entonces: el de la NBA.

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18 de enero de 1950. El frío invierno azota con fuerza al pequeño pueblo de Alano di Piave, situado en un valle en los aledaños de las Dolomitas.

Mientras los acerca de 3.000 habitantes del recóndito lugar luchan contra la resaca propia de las fiestas mayores –celebradas en torno a mediados de mes- y las bajas temperaturas, una humilde familia celebra con júbilo y regocijo el nacimiento de un nuevo miembro. Lo que nadie sabía –y ni siquiera, remotamente, imaginaban- es que aquella diminuta criatura se encargaría de poner aquella pequeña localidad de la provincia de Belluno en el mapa y de conectar, de manera inquebrantable y para siempre, el apellido ‘Meneghin’ con el mundo del baloncesto.

Una unión completamente inexistente hasta la irrupción de Dino en la legendaria Varese de la década de los 70. Tan solo la altura de sus dos ascendientes masculinos más próximos -190 centímetros de su padre que quedan difuminados por los 206 que alcanzó su bisabuelo- puede ser considerada una herencia generacional real aprovechada en el mundo de la canasta.

Tal era el nivel de desconocimiento en el seno familiar, que su madre le preguntó a un bisoño Dino “¿qué es eso del baloncesto?” cuando regresó a casa tras su primer entrenamiento con el Varese, ciudad en la que recaló con apenas ocho años por motivos laborales de su padre.

Así, el pequeño Dino completó un meteórico ascenso por las categorías inferiores del club italiano hasta que Vittorio Tracuzzi sorprendía a todos haciéndolo debutar en primera división con apenas 16 años de edad. Previamente, había sido Nico Messina el encargado de ‘rescatarlo’ de las garras de la natación y el atletismo, disciplinas en las que su profesor de educación física se empeñó en introducirlo obviando su destacada altura.

Pese a estar catalogado como un diamante en bruto y una de las mayores promesas del continente, lo que no esperaba el técnico era el gran impacto que tendría aquel imberbe chaval en el baloncesto europeo, en el que el Varese comenzaba a despuntar con dos títulos de liga y una Recopa de Europa, en una antesala del insultante dominio que implantarían en la siguiente década.

Dino Meneghin

Los irrepetibles años setenta

Después de varios años de adaptación en los que fue ganando peso en la plantilla de forma paulatina, los años 70 dieron comienzo con Dino Meneghin completamente asentado en el quinteto inicial con apenas 20 años de edad y un triplete histórico adornado con la primera Copa de Europa.

Un pívot muy físico, duro y belicoso, pero con un talento tan desorbitado que fue capaz de romper una barrera infranqueable hasta entonces: el de la NBA. Aunque nunca llegó a jugar en la mejor liga de baloncesto del mundo, Meneghin se convirtió en el segundo jugador procedente de una liga europea cuyo nombre aparecía en una ceremonia del Draft (1970) después de ser escogido en la undécima ronda por Atlanta Hawks. Curiosamente, Manuel Raga, jugador mexicano y compañero de Meneghin en el Varese, sería elegido una ronda antes por la propia franquicia de Georgia.

Sin embargo, nunca recibiría la llamada del General Manager de los Hawks –Dino se enteraría de su selección en el Draft por los periódicos- y enterró la posibilidad de una NBA que, por aquel entonces, era “otro mundo”, inaccesible para el jugador europeo.

Un callejón sin salida que llevó a Meneghin a continuar en el Viejo Continente y cruzar una puerta que lo convertiría en uno de los mejores jugadores de Europa de todos los tiempos. La final ganada de 1970 dio paso a una década gloriosa en la que el Ignis Varese de Ossola, Zanatta, Raga, Rusconi, Meneghin y compañía alcanzó la gran final de la Copa Europa en todas y cada una de sus ediciones. Un total de cinco campeonatos en diez finales, con duelos legendarios ante el Real Madrid de Corbalán, Brabender y Lluyk y el CSKA de Gomelsky.

El dominio continental también tenía su equivalente en la Lega A, competición que conquistó en seis ocasiones a lo largo de la década, amén de tres copas de Italia de manera casi consecutiva.

Nueva década, nueva vida en Milán

Pero como todo en esta vida, aquel glorioso matrimonio entre Varese y Meneghin llegó a su fin en 1980, cuando el astro italiano se mudó a la ciudad transalpina para fichar por el Olimpia Milano, después de tres finales consecutivas de Copa de Europa perdidas ante Maccabi, Real Madrid y K.K.Bosna, respectivamente.

El Varese se despedía de su hegemonía europea, mientras que Dino aterrizaba en Milán en uno de los mejores momentos de su carrera tras ser elegir Mejor Jugador Europeo del Año y liderar a la selección de Italia a una histórica medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Moscú, en una final en la que serían derrotados por la potente Yugoslavia de Cosic, Slavnic, Dalipagic, Delibasic y Kikanovic, un combinado que acabaría la competición con un inmaculado 8-0 en su haber.

En la urbe italiana, Meneghin prolongaría su leyenda y su consecución masiva de títulos y galardones. Junto a Mike D’Antoni, actual entrenador de Houston Rockets, ‘el ogro’ conquistaría cinco títulos ligueros más, amén de dos copas de Italia, una Copa Korac y, principalmente, dos Copas de Europa de forma consecutiva (1987 y 1988) ante idéntico rival, el Maccabi, para terminar de poner el broche de oro a un palmarés de ensueño. De hecho, los siete entorchados europeos de Dino suponen el tope histórico para un jugador, como lo son los doce títulos de Bill Russell con los Celtics. Tan solo Zeljko Obradovic posee más títulos que el italiano.

El campeonato liguero de 1989 supuso el último título de Meneghin, aunque no sería hasta 1994, con 44 años y después de haber compartido cancha con su propio hijo, Andrea, cuando el astro colgó sus botas tras más de 1.000 partidos a sus espaldas entre clubes y selección y más de 30 títulos en su haber.

Dino Meneghin. Una leyenda irrepetible. Magia, calidad, fortaleza, ímpetu y espíritu ganador. Querido por sus compañeros de equipo y temido por sus rivales. Un jugador que elevó el baloncesto europeo a un nivel superior.

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