Los Suns seleccionaron a Devin Booker en la decimotercera posición del Draft de 2015, aquel en el que resultaron elegidas bestias interiores como Karl-Anthony Towns, Jahlil Okafor o Kristaps Porzingis, los tres en el top 5. Pasando casi inadvertido, en los puestos finales de lotería, aparecía Booker. Un asesino silencioso que salía escogido sin originar demasiado ruido a su alrededor. Qué bonita metáfora. Los Suns se hacían con lo que se vislumbraba como un tirador móvil, prácticamente unidimensional, pero sin embargo, pronto quiso demostrar que no era así.

Retrocedamos en el tiempo. Booker nació en Grand Rapids, Michigan, el 30 de octubre de 1996. Vástago de Melvin Booker, jugador que apenas disfrutó de oportunidades en la NBA y tuvo que emigrar a Europa a ganarse la vida como profesional, el joven Devin se dedicaba a absorber el repertorio de su progenitor durante los veranos que él pasaba en su casa de Michigan.  Fue en estos veranos cuando Booker comenzó a tener en consideración el hecho de marcharse a Europa durante el año junto a su padre, algo a lo que su madre se mostraba totalmente reacia.  Finalmente, en 2007, accedió.

Melvin vivía su segunda etapa en el Armani Jeans Milán, plantel en el que se encontraban jugadores de la talla del hoy NBA Danilo Gallinari o un joven Pietro Aradori, con los que Devin compartió multitud de entrenamientos. Tras esa segunda etapa en Milán, de tan solo una campaña de duración, Melvin colgó las botas y junto a su retoño, retornaron a Estados Unidos, donde el joven Booker se convirtió rápidamente en uno de los mejores jugadores de instituto del país. Su progresión está marcada por una pregunta formulada por su padre cuando apenas contaba con 14 años de edad:

-¿Cómo de bueno quieres ser?

-Quiero ser un jugador especial.

Esta respuesta es clave para entender la actitud, ética de trabajo y habilidad de Booker. Tras un último año de High School promediando 31 puntos por partido, las universidades se enfrentaban entre ellas para llevarse a la joven estrella. Finalmente, la poderosa Kentucky de John Calipari logró hacerse con sus servicios.

One and done

Una sola temporada con los Wildcats bastó para que el joven decidiera dar el salto a la mejor liga del mundo tras una temporada en la que Kentucky rozó (pero no logró) la perfección. 41% en triples y 10 puntos por partido fueron su bagaje en su año en la universidad. Pero volvamos al día del Draft. Adam Silver pronunciaba el nombre de Booker en la posición número 13, mientras el escolta sólo pensaba en alejarse de la etiqueta de jugador unidimensional que le había sido otorgada en su año universitario.

En los workouts pre-Draft, Booker se trataba de un jugador con altísima IQ, con un mortífero tiro de tres puntos y un letal step-back aún por pulir. Es alguien a quien no le duele pasar el balón con el objetivo de encontrar a un compañero mejor colocado, pero sin embargo, su ratio asistencias/pérdidas durante su temporada de rookie fue reducido (apenas de 1.3). Ver jugar a Booker te sugiere, casi inconscientemente, pensar en Klay Thompson.

Pero no todo eran virtudes. El novato tenía muchos problemas manejando el balón con la mano izquierda, lo que finalmente resultó ser el factor definitivo en el segundo tramo de Regular Season. El trabajo con el cuerpo técnico mejoró ese grave defecto, lo que le otorgó descaro, confianza en sí mismo y un 1×1 devastador. No en vano, en su primera campaña se ha hartado a coleccionar récords, algunos tan impresionantes como convertirse en el cuarto jugador más joven de la historia en llegar a 1000 puntos -tras Kobe, LeBron y Kevin Durant-. Casi nada.

Klay Thompson, el espejop donde debe mirarse Book. Foto: USA TODAY Sports

Klay Thompson, el espejo donde debe mirarse Book. Foto: USA TODAY Sports

Durante su primera temporada firmó 13.8 puntos, 2.5 rebotes, 2.6 asistencias, 40% en tiros de Catch & Shoot y 45% en tiros librados. Sin embargo, su tramo post All Star fue para enmarcar: 19 puntos y 4 asistencias. Todo ello pese a no enfocar su papel como puro anotador, sino como referencia del equipo debido a las lesiones. Algo que le produjo un gran beneficio, pues Booker quería elevar su juego al siguiente nivel, a una nueva dimensión. Un arma en ataque indefendible, capaz de crear juego en una gran diversidad de situaciones. Jugar y hacer jugar como modus vivendi mientras estaba en pista. Con apenas 19 años. Inefable.

En tan solo una campaña se vio expuesto a los elementos más oscuros de la NBA, aquellos que no nos quieren contar. Tras un aceptable comienzo de temporada, los miembros del roster caían lesionados como moscas, el entrenador era cesado y jugadores descontentos forzaban traspasos. No obstante, dentro de aquel desierto, se encontraba un oasis de nombre Devin Booker. Su cara de niño y su expresión divertida te contagiaban de un optimismo muy necesario en Arizona. Todo giraba en torno a una palabra: ilusión.

El verano creó un hype con Booker fuera de lo común, y, por consiguiente, rumores de traspaso de otros miembros de la plantilla. En este caso, de Brandon Knight y Eric Bledsoe, el dúo de bases de la franquicia durante la temporada 15-16 hasta que ambos cayeron lesionados. Este cóctel recuerda al de hace apenas dos temporadas, con tres guards de primer nivel como eran Dragic, Bledsoe y Thomas. En la franquicia conviene recordar cómo acabó, pues en caso contrario, incurrirían de nuevo en el mismo error.

Earl Watson decidió darle el rol de titular a Booker y relegar a Knight a sexto hombre, con lo que el dueto Bledsoe-Booker iniciaría los partidos. A partir de ahí daba inicio una compleja –aunque en su planteamiento dé la impresión de ser sencilla- ecuación:  ¿Darle el papel a Booker de generador principal en pista –capitán general, con los roces que traería entre jugadores más veteranos- o, al estar Bledsoe de nuevo recuperado, entregarle a él los galones  y que Booker se aproveche de la atención que genera el base para producir? Parece que en Arizona han optado por la primera opción. No obstante, más balón no necesariamente implica más producción. Acaparar más bola en ataque puede inflar las cifras, pero reducir la eficiencia. Es justamente lo que está ocurriendo. Booker presenta un usage del 26%, por un 24% de Bledsoe. Es una diferencia casi mínima, pero Booker anota (a día 13 de noviembre) 20.3 puntos. Bledsoe, 18.2. Sin embargo, Booker aporta 3 rebotes y 3 asistencias, por 6.3 y 5.2 respectivamente. El caso de PER es otro caso sangrante: el de Booker es de 12.8 y el de Bledsoe, de 17.6.

Aquí vuelven las comparaciones con Klay Thompson – o cualquier otro tirador de equipos punteros-. Si solo supieran tirar, presentarían unos guarismos de anotación especialmente elevados, pero es necesario dominar otras facetas del juego si quieres convertirte en un jugador especial. Este debe ser el camino a seguir con el joven jugador de los Suns, y lo que le elevó al estrellato en la recta final de la temporada pasada. Controlar otros aspectos del juego es lo que marcará la diferencia en un día en el que no estés acertado en el tiro, pero puedas sumar en otras vertientes en el juego. Aquí se observan los dos tipos de jugador: el unidimensional  o el multidimensional.

Por las manos de Booker pasa una parte importante de las opciones de los Phoenix Suns las temporadas venideras. La gestión de su caso marcará el porvenir de una franquicia hoy en reconstrucción, pero que en un futuro, si las cosas se realizan correctamente, dicha reconstrucción tendrá un bonito y preciado premio: los Playoffs, y ¿por qué no algo más?

Booker tiene la oportunidad de cambiar el rumbo de un equipo que comienza a ver sus días de gloria demasiado lejanos en el tiempo. Tiene la opción de evolucionar a un jugador cuyo limite será nada menos que el cielo. Un jugador inmortal, del que hablarán nuestros hijos y nietos.

Parafraseando a Russell Westbrook: Why not?