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Reflejos

La historia de Judas Shuttlesworth

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Jim Tanner había quedado en llamar a las cinco en punto, y, como era costumbre en él, no se retrasó ni un segundo. Al otro lado respondería pocos segundos después una voz pausada y serena. Demasiado serena, pensaría Jim.

– Ya está todo preparado…. ¿Estás absolutamente seguro?

– Sí, Jimmy. Por supuesto. Mañana nos vemos allí. ¿De acuerdo?

– De acuerdo, amigo. Descansa. Será un día largo.

Tanner colgó y, de repente, el mundo amagó con enmudecer. El ruido de la oficina cesó. Los teléfonos callaron. Los chascarrillos de la secretaria se desvanecieron. Lo único que el hombre albergaba en su mente era la charla que había tenido hace unos segundos con su cliente. Aquel hombre acababa de rechazar dieciocho millones de dólares. Y se iba a convertir en un traidor a los ojos de medio mundo. Y sin embargo, Ray Allen era la persona más tranquila del planeta.

***

El advenimiento del Big Three en Boston durante el verano de 2007 supuso el cambio, intencionado o no, de un paradigma de la nueva NBA, en la que la convivencia de superestrellas creada para un bien superior -el anillo- no sería un extravagante experimiento condenado al fracaso como el de aquellos Rockets de Barkley, Pippen y Olajuwon, sino que se convertiría en una fórmula tan buena como cualquier otra de acercarse al botín que durante años se había presentado esquivo. Así, y continuando la saga iniciada en Boston, en Miami asistiríamos atónitos a la unión de tres estrellas en pleno apogeo de su carrera como eran James, Bosh y Wade, o replicando el modelo unos años más tarde en Oakland, la llegada de Durant al reino de Stephen Curry y Klay Thompson.

Pero volvamos a Massachusetts. Con los Celtics atravesando la mayor sequía de títulos de su historia, y, con lo que es peor, encadenado un proyecto vergonzoso tras otro, Danny Ainge, antigua estrella ochentera y director de operaciones de la franquicia, hila dos movimientos que cambian el destino de toda la temporada, y de rebote, el panorama de la NBA. Ray Allen, un escolta con categoría de perenne All-Star y anotador compulsivo, firma por los Celtics. En una operación paralela, Kevin Garnett abandona su casa de toda la vida, Minnesota, rumbo a Boston, en un traspaso en el que quedó reflejado el amor que todavía sentía Kevin McHale, manager general de los Wolves, por su antigua casa. A ambas estrellas las recibe con los brazos abiertos Paul Pierce, el último mito verde, que de repente se ve inmerso en un proyecto ganador.

big three boston

Foto: NBA

Porque esos Celtics se construyeron para ser un éxito inmediato. No se podía concebir otra forma, con un trío estelar que combinaban una madurez plena y el hambre de unas carreras exentas de títulos colectivos. Pero el problema para aquel equipo entrenado por Doc Rivers era encontrar a los actores de reparto que acompañaran a los grandes intérpretes. Sin apenas opciones, el casting se iría completando con nombres de todo tipo de pelaje: Glen Davis, un cinco con tanta clase como sobrepeso, el veterano Eddie House, el simpático Scalabrine… y Rajon Rondo.

Rondo había sido una joven promesa que deslumbraba desde su época en Oak Hill. Dotado de un talento innegable, y acompañado con un físico perfecto para el base del siglo XXI, el problema de Rajon durante su año de novato -y en su trayectoria en Kentucky- había sido su cabeza. Con un ego tan superlativo como tóxico, había completado un primer año en la liga errático, alternando actuaciones interesantes con constantes decisiones erróneas en la pista. Y su tiro exterior era digno de una película de terror barata. Desde luego no parecía el perfil de jugador que pudiera funcionar al lado de esas estrellas consagradas que acababan de aterrizar. Pero funcionó, y de qué forma. Los Celtics se llevarían ese anillo de 2008 ante los Lakers y Rondo puso energía, defensa y circulación de pelota. Resultó un complemento perfecto, mientras su ego siguió elevándose. Sin un techo aparente.

Ese anillo de 2008 puso en marcha el reloj de arena de aquel proyecto. Los intentos por dotar de profundidad al equipo de Danny Ainge no cuajaron -desfilarían nombres ilustres como Rasheed Wallace, Shaquille y Jermaine O’Neal- y el olor a caduco empezaba a sobrevolar el ambiente del TD Garden, en especial tras la dolorosa derrota en las Finales de 2010 y, sobre todo, en las semifinales de la Conferencia Este ante los pujantes Miami Heat de James y compañía. Durante aquella serie, Rajon Rondo estrellaría una botella contra el televisor que estaba utilizando Doc Rivers para recriminarle distintos fallos en su juego. Rondo, enfurecido, se defendía gritando “¿Y LA DEFENSA? ¿QUIÉN DEFIENDE?”.  Ray Allen tomaría aquello como una acusación directa hacia él. Si la relación entre el base y el escolta parece que nunca había sido fluida, a partir de entonces no se dirigirían la palabra. Sin duda, el mejor ejemplo para ilustrar esta lucha interna la ofreció el propio Rondo, cuando en 2016, en pleno anuncio de la retirada oficial de Ray, y al ser preguntado por esta, espetó un escueto pero directo “pensé que estaba retirado desde hace años”.

Por supuesto, no sería justo cargar a Rajon de toda la responsabilidad, pese haber demostrado que estaba lejos de ser un as en las relaciones sociales. Ray Allen, según los otros dos componentes del Big Three, actuaba siempre al margen. Pasaba de acudir a las cenas del equipo, y tampoco aparecía en la mayoría de los habituales actos de caridad que organizaban los Boston Celtics y la NBA. Ah, y adivinen quién faltó a la cena para celebrar la renovación de Rondo. Exacto. Si Kevin Garnett pronto se convirtió en un Celtic más, la integración de Allen fue mucho más lenta, y posiblemente incompleta, como si el californiano supiera en su fuero interno que aquello era solo una estación más en su carrera.

Como decíamos, aquellas series de 2011 enterraron definitivamente el proyecto de un segundo anillo. Y Danny Ainge decidió que era el momento de reconstruir, y que para ello, tendría que traspasar a alguna de sus viejas estrellas. Con la imposibilidad material y espiritual de sacar a Pierce o Garnett de Boston, tan solo Ray Allen parecía un canje posible, y durante el mes de febrero de 2012 a punto estuvo de concretarse. Pero mejor que nos lo cuente el propio Ray.

“Estaba en San Francisco para jugar contra los Warriors. Hablé con Danny y me dijo que me había traspasado a Memphis por OJ Mayo.  Sabía que lo hacía por el equipo, aunque realmente estaba molesto por cómo se había llevado todo. Pero entiendo que esto es un negocio, y que no había nada que pudiera hacer al respecto.”

Aquel conato de traspaso que desterraba a Sugar Ray a Tennesse, y que tumbó la avaricia de Ainge -que pidió una ronda extra a Memphis cuando estaba todo cerrado- fue la semilla de lo que pasaría meses después. Durante aquellos días el escolta se sentía maltratado. Tras casi cinco años vistiendo el verde, había sido reemplazado en el quinteto titular por el pujante Avery Bradley, que había aprovechado una larga lesión de tobillo de Allen para presentarse a la liga. Y ahora además, le trataban como mercancía barata. El 9 de junio de 2012 los Celtics claudicarían ante Miami Heat en el séptimo y definitivo encuentro de las Finales del Este. Ray Allen anotaría quince puntos esa noche. Y jamás volvería a vestirse de verde.

Las negociaciones ese mes de julio con Miami fueron bastante sencillas. Allen tenía ofertas además de Memphis y de Minnesota, pero no las contempló. Tampoco meditó mucho más la oferta de renovación que le puso encima de la mesa Danny Ainge. Y eso que sería apabullante en comparación con la que podía ofrecerle Pat Riley. Mientras los Celtics estaban dispuestos a pagarle 27 millones por tres temporadas, los Heat le pagarán tan solo nueve. Por un contrato de tres años. Pero Ray aceptó.

Antes de que se hiciera público, Allen se lo comunicó a Rivers y a Ainge, que lo aceptaron con deportividad. También le escribió a Kevin Garnett. Jamás recibiría respuesta. Según el ala-pívot, “había perdido su número”. El trío que cambió la NBA cinco años antes ahora estaba roto. Hecho añicos.

El epílogo de esta historia no se hizo esperar. En un nada azarístico suceso, la NBA programó como partido del Opening Day de la temporada 2012-2013 un Miami Heat – Boston Celitcs. Ray Allen se había convertido en el traidor oficial de la liga, y en Boston estaban deseando darle a Ray el recibimiento que según ellos se merecía. En las inmediaciones del TD Garden se vendieron camisetas con el nombre de Judas Shuttlesworth, un juego de palabras basado en la película de Spike Lee He Got Game en la que Ray Allen da vida a un jugador llamado Jesus Shuttelsworth. Ironía americana, suponemos.

Por supuesto, el asunto no acabó allí. En Florida todos los ojos estaban pendientes en el saludo de Ray con sus excompañeros aquella noche. Tras abrazar cordialmente a Doc Rivers, Allen se acercó al banquillo local en el que se encontraba un Garnett aparentemente ajeno al mundo. El escolta se acercó a Big Ticket y le tocó el hombro levemente. Kevin, por supuesto, ni reacciona. Roma no paga traidores, y Boston, al parecer, tampoco. Ray Allen se aleja de aquel lugar, y a cada paso que avanza va olvidando un lustro dedicado al verde. Un anillo y un triple milagroso ya asoman por el horizonte.

***

El tiempo parece que va derritiendo levemente la pared de hielo que se había levantado entre los protagonistas de la historia. Ainge ha manifestado en varias ocasiones que agradece a Ray el tiempo que estuvo allí, y el gran jugador que fue, aunque no parece partidario de retirar la camiseta del escolta. Garnett y Pierce, que terminaron por abandonar también Boston en busca de una última oportunidad, no parecen tener tanto interés en recuperar el tiempo perdido, aunque quizá el devenir de sus carreras haya hecho comprender un poco mejor la decisión de Ray. Por supuesto, Rajon Rondo es el menos proclive hacia la figura de Allen, aunque con Rondo debemos ser clementes. La forma en la que lleva destruyendo su carrera durante los últimos años ya parece suficiente castigo.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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