“Se trataba solamente de jugar con los mejores jugadores que tenía. Era lo que había estado haciendo todo el año. Y sucedió que los cinco eran de raza negra”. Para Don Haskins, un personaje humilde y propenso a alejarse de toda repercusión mediática, no era más que eso, tratar de conseguir la victoria ante el rival más duro utilizando sus hombres de mayor talento. Pero, a pesar de que él había repetido en más de una ocasión que el asunto del color nunca había sido importante, en realidad sí lo estaba siendo. Y lo sería mucho más de cara al futuro. No solo estaba intentando ensamblar un buen equipo de baloncesto, sino que estaba cambiando la historia, una historia repleta de prejuicios raciales y conflictos de segregación en aquella década de los 60, donde blancos y negros no podían mezclarse en autobuses, cafeterías, iglesias o escenarios deportivos. Decir que la cultura baloncestística ha cambiado muchísimo en el último medio siglo es algo sobradamente conocido, pero menos conocidos son aquellos que pusieron las primeras semillas para llevar a cabo aquella transformación. Gran parte del mérito en ese cambio en el juego y en la percepción del baloncesto ha recaído durante muchos años en Don Haskins y sus pupilos de la Universidad de Texas Western (hoy Texas El Paso). Ellos fueron los primeros en alinear cinco jugadores de raza negra como titulares el 19 de marzo de 1966, el día en que lograron, contra todo pronóstico, derrotar a la Universidad de Kentucky y proclamarse campeones de la NCAA. Cada uno de ellos, en ese momento, no pudieron saber las consecuencias que ello depararía en el futuro, pero las alabanzas hacia aquel grupo han ido creciendo año tras año desde aquella fecha.

Los cinco jugadores de Texas Western que iniciaron aquel partido (Bobby Joe Hill, Willie Worsley, David Lattin, Harry Flournoy y Orsten Artis) lograron algo aún mayor que conseguir el campeonato nacional ante los Wildcats de Kentucky, una de las universidades con mayor reputación de todo el país, entrenada en aquel momento por el legendario Adolph Rupp y liderada en la cancha por Pat Riley y Lou Dampier. Lograron atraer la atención del país hacia las políticas de exclusión racial que se estaban dando, especialmente en el sureste del país, y contribuyeron a que los jugadores de raza negra empezaran a ser admitidos en los programas universitarios. “Fue una de las victorias con un mayor significado social en la historia del deporte”, recordaba Rick Majerus, entrenador de diferentes universidades durante más de 25 años.

Donald Lee Haskins había venido al mundo el 14 de marzo de 1930 en la diminuta localidad de Enid, Oklahoma. Con su padre viajando como camionero a lo largo de todo el país, pronto supo de las diferencias raciales en su comunidad a través de su amistad con Herman Carr, con quien gustaba competir en improvisadas pachangas veraniegas en uno de los parques del pueblo. Carr, quien trabajaba junto a Haskins en una tienda de alimentación, era negro y Haskins no podía entender que uno de sus mejores amigos no pudiese beber de la misma fuente en la que él lo hacía, lo que le desagradaba mucho. Más de 20 años después, Carr, quien trabajaba en la oficina postal de Denver, observaba la final universitaria de 1966 en el salón de su casa preguntándose si aquel Don Haskins era el mismo con quien había compartido tantos momentos durante su infancia en Enid.

Don Haskins NCAA

Foto: NCAA

Tras su paso por el instituto, Haskins encontró un hueco en la plantilla de Oklahoma State desde 1949 a 1952 donde no pasó de ser uno más de la plantilla. A pesar de no destacar demasiado y de no poder encontrar un hueco en la NBA, su paso por la universidad le ofreció la oportunidad de entrenar bajo las ordenes de Henry Iba, una de las mayores leyendas de los banquillos colegiales estadounidenses, de quien aprendió la importancia de la disciplina y de una gran ética de trabajo para alcanzar el éxito. Fue allí también donde conoció a Mary Gorman, quien se convertiría en su esposa en 1951 y con quien compartiría la pasión por el baloncesto viajando durante la siguiente década por las distintas localidades de New Mexico y Texas en donde Don fue contratado como entrenador. Porque la carrera de Don como jugador no llegó muy lejos, poco más de una decena de partidos en una liga industrial como miembro de un equipo de la pequeña localidad de Artesia. Sería Mary quien le recomendase probar como entrenador, recibiendo ofertas de pequeños institutos en Benjamin, Hedley o Dumas.

Entrenando a equipos masculinos y femeninos, Don fue poco a poco labrándose una reputación hasta que recibió la llamada de Texas Western en 1961 para hacerse cargo del puesto de entrenador. Era el espaldarazo que Haskins necesitaba y, sin dudarlo un segundo, reunió a su mujer y sus cuatro hijos en su vieja camioneta y los condujo hasta El Paso, justo en la frontera mexicana, en el que sería el primero de sus 38 años como entrenador de los Miners. Durante los dos primeros la familia Haskins habitaría un pequeño apartamento de un solo dormitorio en el mismo campus universitario, compartiendo pasillos y comedores con los estudiantes, además de aconsejarles en todo lo referente a comportamiento y estudios.

Haskins no fue el primer entrenador en Texas El Paso en reclutar jugadores que no fuesen blancos, de hecho, la primera persona que se encontró en el campus a su llegada fue Nolan Richardson, base del equipo, de raza negra, al igual que Jim Barnes, olímpico en 1964 después de pasar tres temporadas bajo las órdenes de Haskins. Era un ambiente poco usual para él, tras haber entrenado en pequeñas zonas rurales donde predominaba la población blanca, pero Don no veía colores, veía jugadores. Por tanto, cuando muchos jugadores rehusaban jugar para la modesta Texas Western, tuvo que viajar por todo el país para reclutar jugadores de cierta calidad que pudiesen completar el roster. Así, encontró a Willie Cager, Nevil Shed y Willie Worsley en los suburbios de Nueva York; a Harry Flournoy y Orsten Artis los halló en Gary, ciudad natal de Michael Jackson, a orillas del Lago Michigan; tuvo que viajar hasta Houston para traerse a Dave Lattin, mientras que Bobby Joe Hill estaba esperándole en Detroit. Su trabajo consistía en hablar con chicos de grandes ciudades como Detroit o Chicago y convencerles de ir a una universidad de la cual nadie había oído hablar en un lugar perdido en medio de la nada.

De 1961 a 1965 el equipo logró 18, 19, 25 y 16 victorias respectivamente, anticipo de lo que sería la temporada 65-66, donde el balance fue de 23-1, el tercer mejor registro de toda la nación, gracias a una gran defensa individual que asfixiaba al rival y a un baloncesto control, herencia de los tiempos en los que Haskins era discípulo de Iba, a pesar de que el equipo tenía jugadores de gran rapidez. Pero Haskins no lo permitía. Apodado “El Oso”, por la forma en que gruñía a sus discípulos y por cómo se retorcía en el banquillo, un día echó a uno de sus jugadores de un entrenamiento por pasarse el balón por la espalda, mientras que en otra ocasión se rompió un dedo del pie por patear una silla. Su carácter y sus estrictos métodos de entrenamiento modelaron un equipo sin fisuras a lo largo de aquella temporada. “Primero tenías que superar a Bobby Joe y a Orsten en el perímetro”, recordaba Shed en el 25 aniversario de la victoria en el campeonato. “Si lo hacías, entonces te encontrabas con Flo y conmigo. Al final te estaba esperando Lattin. Si alguien penetraba hacia canasta le apagábamos las luces. Para los que eran valientes se les nublaba todo muy rápido”.

Sin embargo, el camino hacia la final contra Kentucky en aquella temporada de ensueño no fue sencillo para una plantilla que tenía que soportar ataques xenófobos allá donde iban. Mientras que la mayoría de los equipos del sur del país tenían dos o tres jugadores de raza negra en sus plantillas, Texas Western tenía siete, lo que hacía que cada viaje fuese una aventura. Los jugadores tenían que escuchar todo tipo de gritos e insultos desde la grada, pero Haskins tenía una norma: ningún jugador podía girar la cabeza hacia la grada a menos que él lo hiciera, algo que no pasaba casi nunca. Hubo pintadas hechas con sangre en las paredes de los hoteles donde el equipo se alojaba, mientras que Haskins recibiría miles de cartas insultándole y algunas amenazas de muerte por permitir que aquellos muchachos saliesen a la pista.

La atmósfera que se vivía en el país durante aquella temporada, a mitad de camino entre los asesinatos de Kennedy y Martin Luther King, estaba llena de tumultos y cambios. El presidente Johnson había ordenado a sus generales acabar con el asunto de Vietnam en menos de dos años, Muhamad Ali había renunciado a enrolarse en el ejército, habían pasado solo tres años desde que James Meredith había acudido a la Universidad de Mississippi escoltada por la Guardia Nacional y numerosos atletas de raza negra empezaban a reclamar becas en universidades fuera del sur del país. Sin embargo, en la gran mayoría de las conferencias del país (SEC, ACC o SWC) todos los equipos eran formados en su totalidad por jugadores de raza blanca.

Foto: NCAA

Con todo, la temporada siguió su curso y la cenicienta seguía en el baile. Los Miners se deshicieron de Oklahoma State, Cincinnati y Kansas para alcanzar la primera Final Four de su historia. Allí se las tendrían que ver contra Utah, mientras que la otra semifinal mediría las fuerzas de Kentucky y Duke, los principales favoritos al título. Y es que, tras deshacerse de Utah, los Miners seguían siendo considerados un rival fácil para el vencedor de la segunda semifinal, en parte porque la cobertura televisiva de los partidos de Texas Western no había sido muy amplia. “Nunca vimos imágenes de los partidos de Texas Western hasta la noche antes de la final”, declaraba Pat Riley, miembro de los Wildcats en aquella final. “Habíamos batido a Duke y mucha gente consideraba que ellos eran los principales favoritos aquel año, así que teníamos mucha confianza en aquel partido, no porque menospreciásemos a Texas Western”. Y, en cierto modo, no les faltaba razón, ya que Kentucky había ganado cuatro campeonatos, Duke era un aspirante cada año y Utah había alcanzado la gloria en 1944,  mientras que los Miners solo habían pisado los playoffs dos veces en su historia, cayendo siempre en primera ronda.

Ante ello, Haskins trataría de motivar a su equipo de la mejor manera que conocía, gritándoles. Antes de la semifinal ante Utah, durante el entrenamiento delante de todos los medios de comunicación en el Maryland´s Cole Field House, había gritado “¿Habéis visto alguna vez un grupo tan perezoso?”, en alusión a sus chicos, mientras que a Bobby Joe Hill le soltó “Muy bien Hill, sigue actuando indiferente. Si tu cerebro fuese dinamita este lugar volaría por los aires”. “¿Cómo puedes hablar a esos chicos negros de esa manera?”, le preguntó alguien en la rueda de prensa posterior. “Es la misma manera en la que hablo a los chicos blancos”, respondió. Cualquiera hubiera pensado que aquel grupo era más una banda callejera que un equipo de baloncesto, pero Haskins lo tenía todo bajo control.

Cincinnati o Kansas eran equipos como Kentucky o incluso mejores, por lo que tenían opciones de ganar aquella final. Ya en el vestuario informó a sus jugadores de que Rupp había insinuado que “de ninguna manera cinco jugadores negros van a ganarnos” e ideó un plan de última hora que iba a marcar la diferencia en el partido. A pesar de que Kentucky era un equipo con grandes tiradores, no tenía muchos hombres altos, de hecho los llamaban “The Rupp´s Runts” (Los enanos de Rupp), por lo que Haskins decidió empezar con un quinteto más bajo y más rápido, reemplazando a Nevil Shed por Willie Worsley. Como lo había hecho antes de cada partido aquella temporada, escribió los nombres de los cinco titulares en la pizarra antes del choque (Bobby Joe, Orsten, David, Harry y Willie). Cuando Worsley se levantó para felicitar a Willie Cager por su titularidad, Haskins tuvo que pararle y decirle “No, me refiero a ti pequeñajo”. Tras ello, empezó a desglosar los puntos fuertes del equipo contrario hasta que, llegado un momento, se dio cuenta de que su base titular, Bobby Joe Hill, se había quedado dormido. “Se estaba tomando una maldita siesta de domingo antes del partido por el campeonato nacional”, recordaría años más tarde. “Agarré el borrador y se lo lancé a la cabeza. Estaba tan enfadado que no podía ni pensar”. “Espero que os pateen el culo ahí fuera. Estoy harto y cansado de toda esta mierda”, fueron sus últimas palabras antes de saltar a la cancha.

Unas 14.000 personas vieron salir a los cinco titulares de los Miners al centro de la pista enfundados en chaquetas blancas sobre sus trajes de color naranja. La primera orden fue dirigida al grandullón Dave Lattin, “David, quiero que vayas al aro y machaques sobre alguien. No me importa si te pitan pasos, falta en ataque o cualquier otra cosa. Solo haz el mate”. Era la forma de decir a los Wildcats que aquello no iba a ser un picnic. En la segunda posesión, Lattin lo hizo. Los Miners lograron atacar la zona 1-3-1 planteada por Rupp, controlando el partido en todo momento, gracias a la actuación de Bobby Joe Hill (20 pts) y a la seguridad en los tiros libres (anotaron 26 de 27). Texas Western mandaba en el marcador al descanso, 31-28, y el pánico empezaba a apoderarse de los rivales. Cuando el equipo marchaba al vestuario, una aficionada de los Wildcats corrió hacia Dave Palacio, reserva de los Miners, para decirle “Por favor, no nos ganéis”. Palacio, de origen hispano, argumentaría años más tarde que “posiblemente se dirigió a mí para no tener que hablar con ningún jugador negro”. Los Miners celebrarían el campeonato tras vencer 72-65, en lo que sería una de las mayores sorpresas en la historia del torneo. La victoria fue celebrada en El Paso con júbilo, bocinas y hogueras, igual que al día siguiente, cuando miles de personas fueron a recibir a sus héroes al aeropuerto.

Don Haskins NCAA

Foto: NCAA

Sin embargo, muchos medios de comunicación no se hicieron eco de la noticia o la dejaron en un segundo plano. El equipo no fue invitado a la Casa Blanca ni tampoco al programa de Ed Sullivan, al contrario que los equipos campeones los años anteriores. “Nadie explicó nunca el motivo por el que no fuimos, pero así eran las cosas”, manifestaba Lattin. “Primero, veníamos de ningún sitio y nadie esperaba que lográsemos aquello. No estábamos entre los favoritos al comienzo de la temporada. Así que, ¿quiénes son estos tipos, de dónde salen y por qué ganan?”. Mientras, las cartas de odio y amenazas se irían acumulando en la oficina de Haskins los meses posteriores a la victoria, dándose cuenta de que había desatado algo muy feo en el país. Miles de cartas, en su mayoría del sur, le acusaban de ser un “amante de los negros”, mientras que las comunidades negras le tildaban de ser un explotador. “El año siguiente a la victoria fue el más duro y triste de toda mi vida”, explicaría Haskins años más tarde. “Sufrimos amenazas de muerte en un partido en Dallas. Un tipo me llamó y me dijo que me dispararía si alguno de los negros ponía un pie sobre la cancha. Todos estábamos asustados, hasta el punto de que me hubiese gustado haber sido subcampeones. Obviamente nadie pensaba que siete jugadores de raza negra podían ganar el campeonato nacional”.

Llevó su tiempo, pero la victoria de los Miners hizo posible que poco a poco jugadores de raza negra fuesen encontrando hueco en equipos y conferencias donde unos años antes había sido impensable. Cinco años más tarde, en 1971, Tom Payne se convirtió en el primer jugador negro que se enfundaba la camiseta de los Wildcats. Un año más tarde sería Alabama quien empezase un partido sin ningún jugador de raza blanca, algo que sería ya una tónica en todos los equipos durante los 80. “Creo que aquel partido fue la Declaración de Emancipación de 1966”, afirmaría años después Pat Riley. “No fue hasta que la historia empezó a hablar sobre aquel partido cuando nos dimos cuenta de que fuimos parte de algo más grande que un partido jugado por cinco blancos contra cinco negros. La derrota aún está ahí, nunca me había sentido más vacío. Fue la peor noche de mi carrera pero estoy orgulloso de haber formado parte de algo que cambió las vidas de tantas personas”.

Don Haskins accedería al Hall of Fame en 1997, dos años antes de retirarse definitivamente de los banquillos, tras 38 años ininterrumpidos donde logró 716 victorias y moldeó el carácter de jugadores como Nate Archibald, Antonio Davis o Tim Hardaway. Su paso por los Miners y especialmente aquella temporada de 1966 sería llevada a la gran pantalla por Jim Gartner en 2006, dos años antes de su fallecimiento,  bajo el título de “Glory Road”, lo que ayudó a que mucha gente conociese mejor la historia de aquel equipo cenicienta cuyo triunfo cambió la historia del deporte y, de alguna manera, del país. Riley aseguraría que fue la peor noche de su vida pero sintió que la victoria de los Miners fue lo correcto porque ayudaría a muchos otros. Hizo posible que muchos chicos tuviesen la oportunidad de cursar estudios universitarios, especialmente en el sur del país, y no solamente porque destacasen jugando al baloncesto. Cuando todo el equipo se reunió el 2 de marzo de 1991 para celebrar el 25º aniversario del triunfo, Haskins les hizo ver la singularidad de su triunfo “Ustedes lograron muchas becas para chicos de raza negra a lo largo de todo el país. Pueden estar orgullosos de ello. Apuesto a que ayudaron a cambiar el mundo un poco”.