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Don Haskins y los Miners del 66: un legado imperecedero

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Don Haskins NCAA

“Se trataba solamente de jugar con los mejores jugadores que tenía. Era lo que había estado haciendo todo el año. Y sucedió que los cinco eran de raza negra”. Para Don Haskins, un personaje humilde y propenso a alejarse de toda repercusión mediática, no era más que eso, tratar de conseguir la victoria ante el rival más duro utilizando sus hombres de mayor talento. Pero, a pesar de que él había repetido en más de una ocasión que el asunto del color nunca había sido importante, en realidad sí lo estaba siendo. Y lo sería mucho más de cara al futuro. No solo estaba intentando ensamblar un buen equipo de baloncesto, sino que estaba cambiando la historia, una historia repleta de prejuicios raciales y conflictos de segregación en aquella década de los 60, donde blancos y negros no podían mezclarse en autobuses, cafeterías, iglesias o escenarios deportivos. Decir que la cultura baloncestística ha cambiado muchísimo en el último medio siglo es algo sobradamente conocido, pero menos conocidos son aquellos que pusieron las primeras semillas para llevar a cabo aquella transformación. Gran parte del mérito en ese cambio en el juego y en la percepción del baloncesto ha recaído durante muchos años en Don Haskins y sus pupilos de la Universidad de Texas Western (hoy Texas El Paso). Ellos fueron los primeros en alinear cinco jugadores de raza negra como titulares el 19 de marzo de 1966, el día en que lograron, contra todo pronóstico, derrotar a la Universidad de Kentucky y proclamarse campeones de la NCAA. Cada uno de ellos, en ese momento, no pudieron saber las consecuencias que ello depararía en el futuro, pero las alabanzas hacia aquel grupo han ido creciendo año tras año desde aquella fecha.

Los cinco jugadores de Texas Western que iniciaron aquel partido (Bobby Joe Hill, Willie Worsley, David Lattin, Harry Flournoy y Orsten Artis) lograron algo aún mayor que conseguir el campeonato nacional ante los Wildcats de Kentucky, una de las universidades con mayor reputación de todo el país, entrenada en aquel momento por el legendario Adolph Rupp y liderada en la cancha por Pat Riley y Lou Dampier. Lograron atraer la atención del país hacia las políticas de exclusión racial que se estaban dando, especialmente en el sureste del país, y contribuyeron a que los jugadores de raza negra empezaran a ser admitidos en los programas universitarios. “Fue una de las victorias con un mayor significado social en la historia del deporte”, recordaba Rick Majerus, entrenador de diferentes universidades durante más de 25 años.

Donald Lee Haskins había venido al mundo el 14 de marzo de 1930 en la diminuta localidad de Enid, Oklahoma. Con su padre viajando como camionero a lo largo de todo el país, pronto supo de las diferencias raciales en su comunidad a través de su amistad con Herman Carr, con quien gustaba competir en improvisadas pachangas veraniegas en uno de los parques del pueblo. Carr, quien trabajaba junto a Haskins en una tienda de alimentación, era negro y Haskins no podía entender que uno de sus mejores amigos no pudiese beber de la misma fuente en la que él lo hacía, lo que le desagradaba mucho. Más de 20 años después, Carr, quien trabajaba en la oficina postal de Denver, observaba la final universitaria de 1966 en el salón de su casa preguntándose si aquel Don Haskins era el mismo con quien había compartido tantos momentos durante su infancia en Enid.

Don Haskins NCAA
Foto: NCAA

Tras su paso por el instituto, Haskins encontró un hueco en la plantilla de Oklahoma State desde 1949 a 1952 donde no pasó de ser uno más de la plantilla. A pesar de no destacar demasiado y de no poder encontrar un hueco en la NBA, su paso por la universidad le ofreció la oportunidad de entrenar bajo las ordenes de Henry Iba, una de las mayores leyendas de los banquillos colegiales estadounidenses, de quien aprendió la importancia de la disciplina y de una gran ética de trabajo para alcanzar el éxito. Fue allí también donde conoció a Mary Gorman, quien se convertiría en su esposa en 1951 y con quien compartiría la pasión por el baloncesto viajando durante la siguiente década por las distintas localidades de New Mexico y Texas en donde Don fue contratado como entrenador. Porque la carrera de Don como jugador no llegó muy lejos, poco más de una decena de partidos en una liga industrial como miembro de un equipo de la pequeña localidad de Artesia. Sería Mary quien le recomendase probar como entrenador, recibiendo ofertas de pequeños institutos en Benjamin, Hedley o Dumas.

Entrenando a equipos masculinos y femeninos, Don fue poco a poco labrándose una reputación hasta que recibió la llamada de Texas Western en 1961 para hacerse cargo del puesto de entrenador. Era el espaldarazo que Haskins necesitaba y, sin dudarlo un segundo, reunió a su mujer y sus cuatro hijos en su vieja camioneta y los condujo hasta El Paso, justo en la frontera mexicana, en el que sería el primero de sus 38 años como entrenador de los Miners. Durante los dos primeros la familia Haskins habitaría un pequeño apartamento de un solo dormitorio en el mismo campus universitario, compartiendo pasillos y comedores con los estudiantes, además de aconsejarles en todo lo referente a comportamiento y estudios.

Haskins no fue el primer entrenador en Texas El Paso en reclutar jugadores que no fuesen blancos, de hecho, la primera persona que se encontró en el campus a su llegada fue Nolan Richardson, base del equipo, de raza negra, al igual que Jim Barnes, olímpico en 1964 después de pasar tres temporadas bajo las órdenes de Haskins. Era un ambiente poco usual para él, tras haber entrenado en pequeñas zonas rurales donde predominaba la población blanca, pero Don no veía colores, veía jugadores. Por tanto, cuando muchos jugadores rehusaban jugar para la modesta Texas Western, tuvo que viajar por todo el país para reclutar jugadores de cierta calidad que pudiesen completar el roster. Así, encontró a Willie Cager, Nevil Shed y Willie Worsley en los suburbios de Nueva York; a Harry Flournoy y Orsten Artis los halló en Gary, ciudad natal de Michael Jackson, a orillas del Lago Michigan; tuvo que viajar hasta Houston para traerse a Dave Lattin, mientras que Bobby Joe Hill estaba esperándole en Detroit. Su trabajo consistía en hablar con chicos de grandes ciudades como Detroit o Chicago y convencerles de ir a una universidad de la cual nadie había oído hablar en un lugar perdido en medio de la nada.

De 1961 a 1965 el equipo logró 18, 19, 25 y 16 victorias respectivamente, anticipo de lo que sería la temporada 65-66, donde el balance fue de 23-1, el tercer mejor registro de toda la nación, gracias a una gran defensa individual que asfixiaba al rival y a un baloncesto control, herencia de los tiempos en los que Haskins era discípulo de Iba, a pesar de que el equipo tenía jugadores de gran rapidez. Pero Haskins no lo permitía. Apodado “El Oso”, por la forma en que gruñía a sus discípulos y por cómo se retorcía en el banquillo, un día echó a uno de sus jugadores de un entrenamiento por pasarse el balón por la espalda, mientras que en otra ocasión se rompió un dedo del pie por patear una silla. Su carácter y sus estrictos métodos de entrenamiento modelaron un equipo sin fisuras a lo largo de aquella temporada. “Primero tenías que superar a Bobby Joe y a Orsten en el perímetro”, recordaba Shed en el 25 aniversario de la victoria en el campeonato. “Si lo hacías, entonces te encontrabas con Flo y conmigo. Al final te estaba esperando Lattin. Si alguien penetraba hacia canasta le apagábamos las luces. Para los que eran valientes se les nublaba todo muy rápido”.

Sin embargo, el camino hacia la final contra Kentucky en aquella temporada de ensueño no fue sencillo para una plantilla que tenía que soportar ataques xenófobos allá donde iban. Mientras que la mayoría de los equipos del sur del país tenían dos o tres jugadores de raza negra en sus plantillas, Texas Western tenía siete, lo que hacía que cada viaje fuese una aventura. Los jugadores tenían que escuchar todo tipo de gritos e insultos desde la grada, pero Haskins tenía una norma: ningún jugador podía girar la cabeza hacia la grada a menos que él lo hiciera, algo que no pasaba casi nunca. Hubo pintadas hechas con sangre en las paredes de los hoteles donde el equipo se alojaba, mientras que Haskins recibiría miles de cartas insultándole y algunas amenazas de muerte por permitir que aquellos muchachos saliesen a la pista.

La atmósfera que se vivía en el país durante aquella temporada, a mitad de camino entre los asesinatos de Kennedy y Martin Luther King, estaba llena de tumultos y cambios. El presidente Johnson había ordenado a sus generales acabar con el asunto de Vietnam en menos de dos años, Muhamad Ali había renunciado a enrolarse en el ejército, habían pasado solo tres años desde que James Meredith había acudido a la Universidad de Mississippi escoltada por la Guardia Nacional y numerosos atletas de raza negra empezaban a reclamar becas en universidades fuera del sur del país. Sin embargo, en la gran mayoría de las conferencias del país (SEC, ACC o SWC) todos los equipos eran formados en su totalidad por jugadores de raza blanca.

Foto: NCAA

Con todo, la temporada siguió su curso y la cenicienta seguía en el baile. Los Miners se deshicieron de Oklahoma State, Cincinnati y Kansas para alcanzar la primera Final Four de su historia. Allí se las tendrían que ver contra Utah, mientras que la otra semifinal mediría las fuerzas de Kentucky y Duke, los principales favoritos al título. Y es que, tras deshacerse de Utah, los Miners seguían siendo considerados un rival fácil para el vencedor de la segunda semifinal, en parte porque la cobertura televisiva de los partidos de Texas Western no había sido muy amplia. “Nunca vimos imágenes de los partidos de Texas Western hasta la noche antes de la final”, declaraba Pat Riley, miembro de los Wildcats en aquella final. “Habíamos batido a Duke y mucha gente consideraba que ellos eran los principales favoritos aquel año, así que teníamos mucha confianza en aquel partido, no porque menospreciásemos a Texas Western”. Y, en cierto modo, no les faltaba razón, ya que Kentucky había ganado cuatro campeonatos, Duke era un aspirante cada año y Utah había alcanzado la gloria en 1944,  mientras que los Miners solo habían pisado los playoffs dos veces en su historia, cayendo siempre en primera ronda.

Ante ello, Haskins trataría de motivar a su equipo de la mejor manera que conocía, gritándoles. Antes de la semifinal ante Utah, durante el entrenamiento delante de todos los medios de comunicación en el Maryland´s Cole Field House, había gritado “¿Habéis visto alguna vez un grupo tan perezoso?”, en alusión a sus chicos, mientras que a Bobby Joe Hill le soltó “Muy bien Hill, sigue actuando indiferente. Si tu cerebro fuese dinamita este lugar volaría por los aires”. “¿Cómo puedes hablar a esos chicos negros de esa manera?”, le preguntó alguien en la rueda de prensa posterior. “Es la misma manera en la que hablo a los chicos blancos”, respondió. Cualquiera hubiera pensado que aquel grupo era más una banda callejera que un equipo de baloncesto, pero Haskins lo tenía todo bajo control.

Cincinnati o Kansas eran equipos como Kentucky o incluso mejores, por lo que tenían opciones de ganar aquella final. Ya en el vestuario informó a sus jugadores de que Rupp había insinuado que “de ninguna manera cinco jugadores negros van a ganarnos” e ideó un plan de última hora que iba a marcar la diferencia en el partido. A pesar de que Kentucky era un equipo con grandes tiradores, no tenía muchos hombres altos, de hecho los llamaban “The Rupp´s Runts” (Los enanos de Rupp), por lo que Haskins decidió empezar con un quinteto más bajo y más rápido, reemplazando a Nevil Shed por Willie Worsley. Como lo había hecho antes de cada partido aquella temporada, escribió los nombres de los cinco titulares en la pizarra antes del choque (Bobby Joe, Orsten, David, Harry y Willie). Cuando Worsley se levantó para felicitar a Willie Cager por su titularidad, Haskins tuvo que pararle y decirle “No, me refiero a ti pequeñajo”. Tras ello, empezó a desglosar los puntos fuertes del equipo contrario hasta que, llegado un momento, se dio cuenta de que su base titular, Bobby Joe Hill, se había quedado dormido. “Se estaba tomando una maldita siesta de domingo antes del partido por el campeonato nacional”, recordaría años más tarde. “Agarré el borrador y se lo lancé a la cabeza. Estaba tan enfadado que no podía ni pensar”. “Espero que os pateen el culo ahí fuera. Estoy harto y cansado de toda esta mierda”, fueron sus últimas palabras antes de saltar a la cancha.

Unas 14.000 personas vieron salir a los cinco titulares de los Miners al centro de la pista enfundados en chaquetas blancas sobre sus trajes de color naranja. La primera orden fue dirigida al grandullón Dave Lattin, “David, quiero que vayas al aro y machaques sobre alguien. No me importa si te pitan pasos, falta en ataque o cualquier otra cosa. Solo haz el mate”. Era la forma de decir a los Wildcats que aquello no iba a ser un picnic. En la segunda posesión, Lattin lo hizo. Los Miners lograron atacar la zona 1-3-1 planteada por Rupp, controlando el partido en todo momento, gracias a la actuación de Bobby Joe Hill (20 pts) y a la seguridad en los tiros libres (anotaron 26 de 27). Texas Western mandaba en el marcador al descanso, 31-28, y el pánico empezaba a apoderarse de los rivales. Cuando el equipo marchaba al vestuario, una aficionada de los Wildcats corrió hacia Dave Palacio, reserva de los Miners, para decirle “Por favor, no nos ganéis”. Palacio, de origen hispano, argumentaría años más tarde que “posiblemente se dirigió a mí para no tener que hablar con ningún jugador negro”. Los Miners celebrarían el campeonato tras vencer 72-65, en lo que sería una de las mayores sorpresas en la historia del torneo. La victoria fue celebrada en El Paso con júbilo, bocinas y hogueras, igual que al día siguiente, cuando miles de personas fueron a recibir a sus héroes al aeropuerto.

Don Haskins NCAA
Foto: NCAA

Sin embargo, muchos medios de comunicación no se hicieron eco de la noticia o la dejaron en un segundo plano. El equipo no fue invitado a la Casa Blanca ni tampoco al programa de Ed Sullivan, al contrario que los equipos campeones los años anteriores. “Nadie explicó nunca el motivo por el que no fuimos, pero así eran las cosas”, manifestaba Lattin. “Primero, veníamos de ningún sitio y nadie esperaba que lográsemos aquello. No estábamos entre los favoritos al comienzo de la temporada. Así que, ¿quiénes son estos tipos, de dónde salen y por qué ganan?”. Mientras, las cartas de odio y amenazas se irían acumulando en la oficina de Haskins los meses posteriores a la victoria, dándose cuenta de que había desatado algo muy feo en el país. Miles de cartas, en su mayoría del sur, le acusaban de ser un “amante de los negros”, mientras que las comunidades negras le tildaban de ser un explotador. “El año siguiente a la victoria fue el más duro y triste de toda mi vida”, explicaría Haskins años más tarde. “Sufrimos amenazas de muerte en un partido en Dallas. Un tipo me llamó y me dijo que me dispararía si alguno de los negros ponía un pie sobre la cancha. Todos estábamos asustados, hasta el punto de que me hubiese gustado haber sido subcampeones. Obviamente nadie pensaba que siete jugadores de raza negra podían ganar el campeonato nacional”.

Llevó su tiempo, pero la victoria de los Miners hizo posible que poco a poco jugadores de raza negra fuesen encontrando hueco en equipos y conferencias donde unos años antes había sido impensable. Cinco años más tarde, en 1971, Tom Payne se convirtió en el primer jugador negro que se enfundaba la camiseta de los Wildcats. Un año más tarde sería Alabama quien empezase un partido sin ningún jugador de raza blanca, algo que sería ya una tónica en todos los equipos durante los 80. “Creo que aquel partido fue la Declaración de Emancipación de 1966”, afirmaría años después Pat Riley. “No fue hasta que la historia empezó a hablar sobre aquel partido cuando nos dimos cuenta de que fuimos parte de algo más grande que un partido jugado por cinco blancos contra cinco negros. La derrota aún está ahí, nunca me había sentido más vacío. Fue la peor noche de mi carrera pero estoy orgulloso de haber formado parte de algo que cambió las vidas de tantas personas”.

Don Haskins accedería al Hall of Fame en 1997, dos años antes de retirarse definitivamente de los banquillos, tras 38 años ininterrumpidos donde logró 716 victorias y moldeó el carácter de jugadores como Nate Archibald, Antonio Davis o Tim Hardaway. Su paso por los Miners y especialmente aquella temporada de 1966 sería llevada a la gran pantalla por Jim Gartner en 2006, dos años antes de su fallecimiento,  bajo el título de “Glory Road”, lo que ayudó a que mucha gente conociese mejor la historia de aquel equipo cenicienta cuyo triunfo cambió la historia del deporte y, de alguna manera, del país. Riley aseguraría que fue la peor noche de su vida pero sintió que la victoria de los Miners fue lo correcto porque ayudaría a muchos otros. Hizo posible que muchos chicos tuviesen la oportunidad de cursar estudios universitarios, especialmente en el sur del país, y no solamente porque destacasen jugando al baloncesto. Cuando todo el equipo se reunió el 2 de marzo de 1991 para celebrar el 25º aniversario del triunfo, Haskins les hizo ver la singularidad de su triunfo “Ustedes lograron muchas becas para chicos de raza negra a lo largo de todo el país. Pueden estar orgullosos de ello. Apuesto a que ayudaron a cambiar el mundo un poco”.

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A las puertas de lo imposible

sergiconcha@skyhook.es'

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El 22 de junio de 2017, el CB Prat anunció la contratación de Arturo Álvarez como entrenador principal. Un técnico con experiencia incluso en Brasil y Portugal que llegaba con una gran temporada en Araberri bajo el brazo. Ese 22 de junio, aunque nadie lo podría suponer, cambió la historia reciente de un club con 86 años a sus espaldas y que ha llegado en este curso a su cénit deportivo.

Esta era la cuarta temporada consecutiva del equipo en LEB Oro, una competición exigente con un gran nivel de jugadores ilustres como Jordi Trias, Dani Rodríguez, Ricardo Úriz o Nacho Martín, junto a jóvenes promesas que esperan un trampolín para alcanzar la ACB. Hasta la fecha, el mejor resultado obtenido por el conjunto potablava (nombre de un ave muy común en el Prat) había sido un decimotercer puesto, logrado el pasado curso todavía bajo el paraguas de una estrecha colaboración con el Joventut de Badalona, una colaboración que este año se puso en stand-by con miras a retomarla en un futuro cercano. La realidad de la entidad, con el presupuesto más bajo de la competición, era luchar por salvar la categoría, como lo ha venido haciendo desde que consumaron el ascenso en 2014, pero Arturo ha catapultado al equipo a un nivel jamás visto que les ha situado en el foco del baloncesto español y a estar a un paso de disputar la gran final por el ascenso a la mejor competición europea de clubes.

Dentro de unos parámetros muy marcados y unas pretensiones muy ajustadas, el técnico asturiano, junto a la directiva, confeccionó una plantilla de nivel con una mezcla entre jugadores jóvenes y veteranos que ha resultado decisiva. Al proyecto se unieron nombres del calibre de: Josep Pérez, Marc Blanch, Emanuel Cate y Martynas Andriuskevicius, ya con experiencia en España o jugadores que aterrizaban aquí por primera vez como: Alex Campbell, Marlon Johnson y Caleb Agada. El inicio de curso fue fulgurante y aúpo al equipo catalán a la primera plaza con once victorias en los primeros doce encuentros.

A medida que la temporada avanzaba y el objetivo de mantener la categoría ya parecía encaminado, era cuestión de batir récords. A mediados de enero el equipo ya había superado los 13 triunfos cosechados en la 16/17, justo antes de quedar apeados, solo por el basket average, de disputar la Copa Princesa, que enfrentó casualmente a los dos equipos que han logrado el ascenso: Breogán y Manresa. En vistas que los playoffs eran un hito alcanzable, el club se reforzó en miras de un crecimiento inesperado con Saúl Blanco y Pep Ortega, que cumplía su tercera etapa en el equipo.

Foto: Luiggi García

La temporada regular acabó con 25 victorias y solo 9 derrotas, doce más que la anterior y un segundo puesto histórico que les otorgaba el factor cancha a favor en todas las eliminatorias por el ascenso. “Es algo irrepetible”, se escuchaba entre los aficionados que acudían al pabellón Joan Busquets a animar a su equipo. Una cancha, que con una capacidad cercana a las 600 personas, era la más pequeña de la categoría. Desde su humilde morada, el equipo liderado en la cancha por Agada y Cate, dos jugadores que veremos en categorías superiores muy pronto, se impuso 3-0 a Carramimbre Valladolid y compraba así su ticket para semifinales.

Allí esperaba todo un portentoso Melilla Baloncesto, uno de los equipos históricos de la LEB Oro que disputaba su sexta semifinal con Mamadou Samb, Diego Kapelan, Fran Guerra o Dani Rodríguez en sus filas. Tras ganar cada uno un partido en casa y a domicilio, el decisivo encuentro se iba a disputar en un Busquets que prácticamente doblaba su aforo permitido, registrando la mejor entrada de su historia por encima de las 800 personas. Caprichoso el destino, el partido iba a decidirse en los últimos segundos a favor de un Melilla que fue perdiendo durante más de 39 minutos, pero que tuvo la suerte y experiencia necesaria para darle la vuelta al marcador y apear del sueño a un Prat que había obrado por encima de sus expectativas.

Pese a quedar a las puertas de disputar la final por el ascenso a ACB, las posibilidades eran remotas. “No tenemos ninguna opción de jugar en ACB, es imposible. Si acabamos subiendo, renunciaremos”. Declaraba el presidente del club, Arseni Conde, cuando todavía se estaban disputando las semifinales al Diari Ara. Para la temporada que viene, el club deberá volver a reinventarse una vez despertados del sueño. Arturo Álvarez ya ha hecho oficial que no seguirá en el club, en parte debido a un presupuesto que debe ajustarse más si cabe tras el esfuerzo presente. Además, muchos de los jugadores importantes cuentan con ofertas muy superiores tras brillar en un Prat que ha escrito una de las páginas más bonitas del baloncesto español este año.

“Hay que hacer un paréntesis en la historia del club para valorar este año”, decía Arturo en su última rueda de prensa. Una historia que ha llevado a jugadores como: Guillem Vives, Pau Ribas, Henk Norel o Christian Eyenga, a defender los colores del CB Prat gracias a un vínculo con la Penya que empezó en 2004. Curiosidades del baloncesto, ha sido el año de la desvinculación cuando el proyecto ha tocado techo para ahora quedar en un futuro incierto, donde al menos ya se han ganado el respeto de toda la competición y donde ahora los aficionados esperan poder seguir celebrando victorias hasta que algún día, quien sabe, puedan derrumbar la barrera imposible de jugar en ACB.

Foto: Luiggi García

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Michael Porter y el dilema del Draft

periz.oscar@gmail.com'

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Nuevo entrenador, equipo renovado y con el mejor prospect de la nación. Eran los primeros instantes de una nueva e ilusionante era en Columbia, Missouri. Los Tigers empezaban un año esperanzador y con objetivos diferentes y opuestos a lo que estaban acostumbrados en los últimos años. Esa reconstrucción sin rumbo, con la llegada de Cuonzo Martin al banquillo, en Mizzou se empezó a ver algo de luz al final del túnel, pero aquello no sería lo único que cambiaría el programa de Columbia en verano.

Michael Porter Jr, considerado el mejor jugador de su generación, rompía su compromiso con la Universidad de Washington una vez conocida la noticia de que Lorenzo Romar era despedido como entrenador de los Huskies después de 15 temporadas en el cargo. Unos últimos años en la intemperie y más bien discretos pasaron factura. A la vez, con el despido de Romar, Michael Porter Sr, padre de Michael Jr. y miembro del staff técnico, tampoco continuaría en el proyecto de Washington. Ese sería un movimiento decisivo, porque con Michael Sr. uniéndose al staff de Cuonzo Martin, la posibilidad de que la estrella del instituto Nathan Hale recalara en Mizzou era una posibilidad más que real.

El siguiente paso de Porter ya estaba marcado. Regresaba a su tierra, Columbia, para unirse a los Tigers tal y como se especulaba una vez sabido que no acudiría a Washington. Todo quedaba en familia y en casa. Michael Jr coincidiría en Mizzou con su padre (Michael Sr), hermanas (Bri y Cierra) y también con su hermano menor (Jontay), que se comprometería con los Tigers un poco después de hacerlo Michael.

La llegada de un recruit de la talla de Michael Porter Jr catapultaba hacia arriba las aspiraciones de Missouri a corto plazo, porque todos –incluso él mismo- sabían que esa etapa no iba a durar mucho. Las cualidades de MPJ estaban muy bien consideradas por los scouts NBA incluso desde mucho antes de pisar la universidad, y su potencial, algo que se valora al alza en estos tiempos, ya era de súperestrella. Su dominio y sus números en Nathan Hale HS no hacían más que confirmarlo.

Llegó el día del gran estreno de los Tigers ante su afición. Missouri pasó por encima de una endeble Iowa State que no pasa sus mejores días, pero el triunfo de los de Cuonzo Martin quedó en un segundo plano. ¿El motivo? Michael Porter Jr, tras dos minutos de partido en los que anotó un mate, se sentó en el banquillo y no volvió a jugar. Sintió unas molestias que, por precaución, le dejaron sin jugar los siguientes partidos a la espera de obtener más pruebas.

Foto: NCAA.com

La peor de las noticias llegó: Michael Porter Jr. no jugaría más en su primer (y posiblemente último) año con Missouri. Se le diagnosticó un problema en dos vértebras que le dejarían en el dique seco hasta final de temporada, y dicha lesión requería pasar por el quirófano. La lesión de MPJ dejó, por otro lado, algunos frentes abiertos y libres para la especulación, como el de cómo habría sido su etapa en Mizzou o, por otra parte, cómo afectaría esta situación a su futuro más cercano: el Draft.

Un caso familiar

Esta situación tiene sus paralelismos con el caso reciente de Ben Simmons en LSU, incluso como el de Markelle Fultz en Washington. Jugador TOP de la Class se compromete con una universidad fuera del universo de las powerhouse del estilo de Kentucky, Duke, Kansas o Arizona.

Estaba claro que el australiano iba a ser el jugador por el que iban a pasar prácticamente todos los balones, y el plan de juego tampoco sugería un cambio hacia otra dirección. En resumidas cuentas: un gameplan limitado y previsible centrado en la gran estrella. La falta de un ‘plan B’ y ‘plan C’ de Johnny Jones, entonces técnico de LSU, mermó seriamente a unos Tigers que, salvando a Simmons, ni siquiera pisaron el March Madness cuando las previsiones les situaban arriba. La realidad era otra.

Algo que nunca sabremos con Porter Jr bajo la batuta de Cuonzo Martin. Si jugamos a especular, es cierto que entre esa LSU y la actual Missouri existen ciertas similitudes justo antes de conocer el alcance de la lesión de Porter, pero la lesión del jugador distorsiona tal relato. Ambos casos contaban como objetivo llegar al March Madness, pero también es verdad que Mizzou cuenta con mejor presencia y reputación en el banquillo y, por inri, más (y mejor) talento en la plantilla que esa LSU, carente de otras figuras trascendentes.

Ser o no ser pick #1

Con Porter estando en plenitud de condiciones, el próximo número 1 del Draft no tenía color, fuese cual fuese el primer equipo en elegir. Michael Porter Jr representa el tipo de prospect ideal para el baloncesto moderno: gran técnica para jugar por fuera, con la altura y movilidad de un alero y con la envergadura de un pívot. Porter, junto a Ayton, es considerado el mejor proyecto de estrella de la próxima generación y es probable que su lesión afecte a su stock en el Draft, aunque de hacerlo, afectará mínimamente. Y en un escenario excepcional como este, Porter caería como mucho uno o dos puestos en el Draft.

Ante un proyecto de futuro de ese calibre, resulta improbable que Porter caiga más allá del ‘Top 3’ incluso a sabiendas de que ha jugado solamente dos minutos en toda la temporada y de las temporadas que están realizando DeAndre Ayton, Marvin Bagley, Luka Doncic o Mo Bamba, que son los otros candidatos que van a estar en las quinielas para estar entre los tres primeros. Cualquier otra cosa que no sea figurar entre los tres primeros picks sería una sorpresa mayúscula, y también un regalo.

Otra variante decisiva será la de si Porter se ha recuperado plenamente de su lesión o no, pero todo hace indicar que MPJ estará 100% recuperado una vez lleguen las fechas para realizar workouts con franquicias NBA.

Tampoco está descartado el frente en el que MPJ decida seguir un año más en Missouri, pero a día de hoy es un escenario que parece difícil que se cumpla. Aunque su falta de ritmo competitivo puede ser un inconveniente en sus primeros días como profesional, su cartel en la NBA es elevado y será difícil dejar pasar ese tren.

Cualquier cosa que acabe sucediendo, una cosa es cierta: Michael Porter Jr. ya es, al igual que Kyrie Irving en su día o incluso Joel Embiid, uno de los grandes “qué hubiera pasado si…” de los últimos años en la NCAA. En una class tan abierta como la que se presenta próximamente, va a ser difícil dejar pasar a tal talento debido a una lesión.

La presión será para el primero en elegir. Y mientras, el resto ya se está frotando las manos.

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Collin Sexton, el mundo a su merced

bryangn@gmail.com'

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Hay un popular dicho que dice que «donde menos se piensa, salta la liebre», algo que le viene como anillo a esta competición, y que nos podría valer para identificar la llegada a la liga de Collin Sexton. El de Atlanta se ha convertido en uno de los grandes atractivos de esta nueva temporada universitaria, y con apenas 18 años tiene todo lo necesario para triunfar al nivel que él mismo se exija.

Sexton no es el modelo de base anotador empedernido que buscar desquiciar a su rival para la canasta fácil, ni el típico jugador que busca destacar a base de highlights, y ni mucho menos un base sensato y sosegado que busca gestionar la distribución de balones a sus compañeros en ataque. Es más, no existe a día de hoy un modelo predeterminado para encasillar a Sexton como base. Es un artista con el balón en su poder, uno de esos jugadores anárquicos que parece que deambulan como pollo sin cabeza, pero con altas dosis de creatividad y talento en vena. Es, sencillamente, un jugador diferente a los demás.

Desde los suburbios de Atlanta a ser considerado uno de los grandes nombres del próximo draft de rookies. La historia de Collin Sexton comenzó a forjarse en su Pebblebrook High School, donde ya comenzaba a llamar la atención de muchos ojeadores de todo el país con apenas 16 años, un pequeño y rápido base de gran ética de trabajo y un físico demoledor que resultaba imparable para la defensa rival, y que ya había liderado con maestría a su High School a cotas importantes a nivel estatal. Pero fue una llamada la que realmente le hizo ver que podía aspirar a ser alguien relevante para su comunidad, su instituto y también para sí mismo.

La vida le dio un giro de 180 grados después de que la mismísima USA Basketball le invitase a formar parte del campus de entrenamiento para el próximo Mundial U17 que se iba a celebrar en España en 2016. Una oportunidad única a la que sólo unos pocos privilegiados tenían acceso, y que a diferencia de otros compañeros de generación que ya habían hecho sus pinitos con el uniforme nacional, para Sexton era algo totalmente novedoso. Esto le motivó notablemente, y cambió su actitud y su forma de trabajar.


«Quería estar en ese equipo costase lo que costase», aseguraba su entrenador en el instituto, George Washington. «Muchos de esos jugadores ya eran conocidos, y tenían mucho ganado. Yo le decía a Collin: ‘tu trabajo es ser el más duro de todos, trabajar más que nadie, y así nadie te puede negar estar en ese equipo’».

Su duro entrenamiento personal para estar en Colorado Springs, lugar designado para el campus, fue tremendamente exigente. Su jornada constaba de tres entrenamientos diarios, comenzando el primero a las seis de la mañana con un trabajo específico en la cancha con un asistente del equipo de baloncesto, para retomarlo por la tarde para trabajar en el gimnasio con pesas y cardio y finalizar por la noche con ejercicios de tiro a canasta. Un menú que se repitió durante varios meses y al que Sexton no falló ni un solo día. Recordemos, todo esto viniendo de un chaval de 16 años que aún estaba en su año junior de instituto, y al que le había tocado madurar a la velocidad de la luz.

Cuando llegó a Colorado Springs, vio que todo el esfuerzo había merecido la pena, y su nombre era uno de los elegidos para defender a su país en Zaragoza ese mismo verano. Pero esto no iba a ser más que el comienzo de un ascenso en el que –a día de hoy– no ha visualizado todavía la cima.

Ese número 8 del combinado USA no pasó inadvertido para nadie en Zaragoza. Ese equipo orquestado por Donald Showalter estaba hecho a la medida de Sexton: jugadores muy abiertos con muchísimo espacio para correr, un ritmo de juego altísimo, una agresividad e intensidad en ataque y defensa inusitada y muchísimo poderío físico. Y hay que decirlo, un grupo de jugadores que también formaban una cohesión de grupo y una fuerza coral dignas de mención.

Lo más sorprendente de todo, es que Collin Sexton se había coronado en lo más alto de esa pirámide de talento y fama internacional en la que se había convertido este combinado USA. Su habilidad para romper la defensa rival a base de potencia de piernas, de transiciones donde tardaba nanosegundos en llegar a la pintura rival desde su propio campo, de intensidad en defensa para robar balones y también para lanzar desde cualquier punto de la pista. Pero, sobre todo, magia con el balón entre las manos y auténtico espectáculo destrozando el aro rival. Un MVP más que merecido.

Sin lugar a dudas, Zaragoza fue la ciudad que encumbró definitivamente a Sexton y lo hizo saltar a la palestra de los nombres más destacado de la próxima clase de 2017, y su gran actuación posterior en el circuito EYBL –donde rompió el récord anotador del mismo de ese mismo año– no hizo más que confirmar que estábamos ante un talento en ciernes. Collin Sexton había pasado de ser un pequeño base unranked del que pocos habían oído hablar a ser un prodigioso base de cinco estrellas por el que las universidades se iban a dar golpes, todo en apenas doce meses.

«Nada ha cambiado», dijo Sexton en una entrevista el pasado verano. «Solo tenía que ponerme en frente de las personas adecuadas para mostrar mis talentos y hacer lo que mejor hago: jugar duro todo el tiempo».

Como era de esperar, muchas fueron las universidades que llamaron a su puerta, restringiendo su interés en seis programas: Alabama, Georgia, Georgia Tech, Kansas, North Carolina State y Oklahoma State, para finalmente decantarse entre los Crimson Tide y los Jayhawks en un programa especial de televisión emitido a nivel nacional por ESPNU, donde finalmente Sexton sorprendería escogiendo al conjunto de Avery Johnson.

«Son geniales y tienen un gran ambiente“, dijo Sexton en una entrevista a 247Sports. “El entrenador Avery Johnson es un entrenador muy bueno, me dijo cómo podía encajar en el programa y cómo podía ayudarme. Heredó el equipo el año pasado, por lo que no pudo traer a sus jugadores, pero fue capaz de convertir a los jugadores que no lo estaban haciendo bien en buenos jugadores. Es algo especial».

El compromiso de Sexton siguió ipso facto el de John Petty, otro talentazo exterior de la clase de 2017 al que John Calipari ya tenía echado el lazo desde hace tiempo. Así, Alabama volvería a resurgir a nivel nacional con estas dos pequeñas perlas comprometidas bajo el estricto Avery Johnson.

Foto: www.hoopseen.com

El último año de Collin en el instituto con Pebblebrook High School fue un paseo militar en lo personal, promediando casi 30 puntos por encuentro y guiando a su instituto al campeonato estatal, donde finalmente acabaría perdiendo. Pero eso sí, conseguiría ese pasado verano sus tres grandes objetivos que se había marcado: liderar la EYBL en anotación, volver a ser invitado por la USA Basketball para defender la camiseta nacional y ser nombrado McDonald’s All-American. Sexton ya lo tenía todo para ir al siguiente nivel.

Sin embargo, la reciente investigación del FBI por corrupción en varios programas universitarios de la NCAA Division I acabó afectando también a su debut como freshman en la competición. El ya ex-administrador de la universidad, Kobie Baker, fue acusado por el FBI de tener un trato ilegal con un asesor financiero para ayudar a ciertos jugadores económicamente a cambio de que éstos firmasen con dicho asesor durante su travesía universitaria y profesional. Según los documentos del FBI, se produjo una cena en un restaurante del área de Atlanta –de donde es Sexton– entre Baker, el asesor financiero y «el padre de un gran jugador de esta clase de reclutamiento», aunque nunca fue probado públicamente que fuese el padre de Collin Sexton.

La NCAA no lo dudó un instante, y suspendió la elegibilidad de Sexton indefinidamente hasta que se esclareciese este hecho.

Por fortuna para los fans de Sexton y de la NCAA, el prometedor base de Atlanta únicamente se perdió el debut oficial ante la universidad de Memphis, además de todos los encuentros de pretemporada, y este año estamos disfrutando de él a pleno interés.

Su paso por los Tide está siendo de todo menos previsible. Promediando más de 20 puntos por noche, su gran actuación personal la tuvo en un partido de locos ante la universidad de Minnesota, donde Alabama acabó jugando durante muchísimos minutos con solo tres jugadores en pista –uno de ellos Sexton– por diversas expulsiones que dejaron en cuadro a los Tide. Sexton se echó el equipo a sus espaldas y mantuvo la tensión del encuentro hasta pocos segundos antes del final, donde finalmente cedió la victoria.

Pero Sexton hizo historia esa noche, ya que sus 40 puntos –31 de ellos en la segunda mitad– son ahora el récord anotador de un jugador de Alabama de primer año desde los 43 de todo un Reggie King en 1973. Y, sobre todo, ha dejado constancia a toda la competición de que este año va en serio en la búsqueda del Bob Cousy Award y de una plaza de privilegio en el próximo draft de rookies.

Su agresividad con el balón, su pasión por el juego y su determinación en la pista son impropias de un jugador de su edad. Su instinto ganador y de superación le puede catapultar entre los cinco mejores de su generación, y la ausencia de bases de gran nivel en este draft puede hacerle subir algún puesto extra en el ranking. Sin techo en el horizonte, es una de las grandes perlas que la NBA explotará en los próximos meses.

 

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