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Sir Charles: el rey sin corona

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Si hay alguien a lo largo de la historia de la NBA que fue maestro de maestros en la tarea de encarnar el término “carácter” ese era Charles Barkley. Nunca una estatura tan “corta” y un sobrepeso tan evidente, fueron capaces de luchar sobre una pista de baloncesto lo que lo hizo Charles hasta lograr convertirse a base de sacrificio, en uno de los mejores jugadores que ha conocido el baloncesto mundial. Hoy contaremos la historia de este jugador que, como muchos otros buenos jugadores, se retiró siendo socio honorífico del selecto pero triste club de estrellas que nunca han ganado un anillo.

Los comienzos

“Sir Charles”, “The Mound Round of Rebound”, “The Chuckster”, “The Chuck Wagon” o como se le conocía en España: “El gordo Barkley”, nace en un suburbio de la localidad de Leeds (Alabama) en 1963. Pasó su infancia imbuido en un ambiente bastante cargado de prejuicios raciales, no en vano, actualmente en Leeds, la población es de casi un 80% de blancos frente a un 14 % de gente de color, mientras que la tasa de pobreza supera el 17%.  Como el mismo relató: “Nací en un sitio precioso, pero donde era imposible ser feliz y estar contento. Vivíamos en caravanas, no íbamos al colegio, robábamos para comer… como coño iba a estar contento” Pero lejos de vivir amargado por una infancia difícil, Charles desarrolló desde pequeño un particular sentido del humor que le acompañaría durante toda su vida, ayudándole a sobreponerse a las adversidades y convirtiéndose en una de sus principales señas de identidad. Según cuenta su madre, Charrcey Mae Glenn, era un niño muy tímido y tranquilo pero con un gran sentido de la responsabilidad. Charles se comportó siempre como un padre con sus hermanos Darryl y Johnn a pesar de su corta edad. Su madre trabajaba limpiando casas en dos sitios diferentes y su abuela en el matadero municipal, ambas dedicadas en cuerpo y alma a que no les faltara de nada a sus tres hijos, por lo que el pequeño Charles se encargaba a diario de todos los quehaceres domésticos.

La idea de tener que luchar duro por conseguir lo que uno quiere, fue un concepto que pronto arraigó profundamente en el carácter de Charles, pues no solamente en casa las cosas le resultaban difíciles. “Era muy gordito, medía igual de ancho que de alto” cuenta su abuela y pilar fundamental de su vida, Johnnie Mae Edwards. Fue gracias a ella que asistió al Instituto Leeds, pues era una de las pocas personas que tenía la capacidad de dominar el carácter de Charles. Por aquel entonces, el baloncesto era solamente un pasatiempo para él, pero la idea de conseguir una beca deportiva para hacer más fácil la vida de su familia, fue la principal responsable de su entrega por este deporte.

En sus comienzos tuvo problemas debido a su altura, pues con 1.78 y 100 kg de peso, no era exactamente un dechado de virtudes a primera vista. “Chuck” comenzó sentado en el banquillo, pues sus dificultades para acatar órdenes, sumado a su afición desmesurada por la comida, le hacían ser un jugador del montón tirando a mediocre, pero su amor propio y capacidad de sacrificio le empujaron a entrenar duramente en solitario. Mientras sus amigos se iban de fiesta, a patinar o a cualquier otra actividad, Charles practicaba día y noche en una vieja y estropeada canasta que había en su barrio. Muchas veces, la frustración que le producía saber que era bueno pero que no le daban oportunidad para demostrarlo, le hacía llorar desconsoladamente, pero, haciendo caso a los consejos de su madre, jamás cesaba en su empeño de seguir mejorando.

La suerte por fin se iba a poner de lado de nuestro protagonista, que de repente comenzó a crecer de manera notable. Al hecho de haber incrementado su altura unos 12 centímetros, había que sumarle los kilos que había perdido ese verano, pues, de nuevo su abuela, después de haber hablado con su entrenador Billy Coupland, lo sometió a un estricto régimen de comidas. También lo “ayudaba” a asistir al instituto cuando las ganas le abandonaban, cosa que sucedía habitualmente, yendo a buscarle allá donde estuviese y llevándole literalmente de la oreja de nuevo a clase.

Barkley continuó creciendo bastantes centímetros, y pronto aquel niño rechoncho y bajito se convirtió en un fornido hombretón. Al fin, el sacrificio tuvo su justo premio y se ganó un hueco en el equipo titular en su último año. No desaprovechó la oportunidad, promediando 19,1 puntos y 17,9 rebotes por partido. Lideró a su equipo a un balance de 26-3, aupándolos a las semifinales estatales. A pesar de su juego, ninguna universidad se interesó por él hasta un partido de dichas semifinales estatales  en el que anotó 26 puntos ante Bobby Lee Hurt, fichaje de la Universidad de Alabama. Un asistente del entrenador Sonny Smith, de la Universidad de Auburn, presenció el encuentro y le definió como “un tipo gordo… que juega como el viento”. Charles Barkley había salido vertiginosamente del anonimato para convertirse en el chico gordito de Alabama del que más de medio país hablaba.

La universidad

Charles lograba su ansiada meta y conseguía una beca de estudios para asistir a la universidad de Auburn, donde se matriculó en ciencias empresariales. Aquel muchacho universitario había experimentado un cambio radical en varias facetas de su vida, además de la evidente transformación física. Por una parte, estaba la circunstancia de verse liberado de responsabilidades familiares así como de tener la tranquilidad de que sus estudios universitarios no iban a tener coste ninguno para su madre y su abuela. Esto permitía a Charles centrarse en el baloncesto al 100%. Por otro lado, la constante lucha y necesidad de superación que le habían conducido hasta allí, habían forjado en él un duro carácter rebelde e inconformista que comenzaba a salir a flote. Ese carácter fue su mayor valedor sobre la pista, en la que pronto comenzó a dar destellos del tremendo jugador que era.  Baloncesto aparte, la conciencia social de Charles pronto comenzó a evidenciarse en su personalidad, y siempre se mostró como un aguerrido defensor de los derechos civiles de la gente de color. No en vano, su abuela, participante activa en la campaña de Birmingham (movimiento organizado a inicios de 1963 por la Conferencia Sur de Liderazgo Cristiano para atraer la atención hacia la integración de esfuerzos de la población afroamericana en Birmingham, Alabama, y Liderada por Martin Luther King), le hizo sabedor de los sacrificios que le permitieron asistir a la escuela primaria con niños blancos o jugar al baloncesto universitario en una universidad blanca.

En sus propias palabras: “Nelson Mandela y Ali son las mayores influencias de mi vida” pero también demostró ser autocrítico con esa búsqueda de igualdad al asegurar que “Uno de los problemas que tenemos en la comunidad negra, es que hay muchas heridas autoinfligidas”. Barkley era una especie de yin yang enorme, tanto sorprendía su extrema madurez en temas sociopolíticos como sus continuas y absurdas salidas de tono en temas deportivos. La vida extradeportiva de Charles Barkley asociada al entorno de su Leeds natal es apasionante, pero volvamos a su vida en la pista.

Con su “relativamente corta” estatura y su peso bastante aumentado por no tener cerca a su abuela, “Hacía cosas increíbles” en palabras de su entrenador Sonny Smith. Barkley poseía una asombrosa agilidad nada acorde con su morfología, circunstancia que le proporcionaba una desmesurada capacidad de generar peligro en las transiciones ofensivas, especialmente a campo abierto donde talmente parecía un bulldozer dirigiéndose a mucha velocidad y sin oposición hacia el aro. La fuerza de sus piernas le proporcionaba la guinda del pastel, un prodigioso salto (si tenemos en cuenta los 140 kg de peso) con el que pronto destacó como un finalizador temible.

Charles Barkley

Foto: ESPN.com

Otra de las virtudes por las que destacaba Charles, era su “Timing” de salto (sincronización) a la hora de elevarse para realizar estratosféricos tapones que hacían las delicias del respetable. Dicha característica implementaba mucho su capacidad de conseguir un número muy elevado de rebotes frente a rivales mucho más altos. Su carácter dominante pero divertido le hacía buscar siempre la manera de llamar la atención. Pronto caló hondo en la afición y se convirtió en el líder del equipo. Su preeminencia física, unida a la espectacularidad de sus acciones sobre el parque, eran un imán a la hora de atraer gente a las gradas de la, hasta entonces relativamente desconocida, universidad de Auburn. Como no podía ser de otra manera, la atracción generada por Barkley puso a la facultad en el mapa, dándola a conocer por todo el país. Esta circunstancia fue clave para que comenzase a aflorar la faceta descarada de Charles, que iba a retroalimentarse gracias a sus nuevas oportunidades de aparecer en los medios de comunicación. Escandalizar, llamar la atención de cualquier forma y sobre todo realizar declaraciones con la franqueza más absoluta, se convirtieron en su carta de presentación habitual. En sus propias palabras: “decidí no callarme nada, había crecido y me había convertido en un hombre” No fueron pocos los quebraderos de cabeza que le causó a su entrenador Sony Smith, el cual, sabiendo el tremendo potencial que albergaba, fue especialmente duro con él. Pero pese a que el carácter de Barkley era una de sus principales armas sobre la pista, no siempre le reportaba beneficios. Aquel mismo año, el estricto Bobby Knight, le dejaba fuera de la convocatoria para el equipo olímpico estadounidense de Los Ángeles.

Habiendo jugado de base desde bien pequeño, tuvo que jugar mucho tiempo de pívot, enfrentándose a rivales mucho más grandes que él, a pesar de ello, lideró a la liga en rebotes durante los tres años que permaneció en el equipo. Los promedios del jugador durante esos tres años en la universidad, fueron de 14.1 puntos, 9.6 rebotes y 1.7 tapones, con un porcentaje en tiros de campo del 62.6 %. Al finalizar la temporada, Charles decidió intentar el salto al baloncesto profesional americano y se presentó al draft de la Nba del año 1984.

Salto a la NBA: destino Sixers

El 19 de Junio de 1984 se celebró el trigésimo octavo draft de la Nba, último antes de la instauración del sistema de lotería y primero del mandato de David Stern como comisionado.

Después de que los Rockets seleccionasen a Hakeem Olajuwon, los Blazers a Sam Bowie, los Bulls a Michael Jordan y los Mavericks a Sam Perkins, los Philadelphia Seventy Sixers escogían al orondo muchacho de Alabama en una sorprendente quinta posición.

Ya en Philadelphia a las órdenes de Billy Cunningham y rodeado nada menos que de Julius Erving, Moses Malone y Maurice Cheeks,  Barkley aterrizaba en la franquicia campeona de la Nba del año anterior, con la presión añadida que ello conllevaba, pero pronto demostró de que pasta estaba hecho. A pesar de ser un jugador conflictivo con un evidente problema de peso, Barkley continuó asombrando a todos con su talento. “Lo que más nos llamó la atención fue su tremenda fortaleza física y su explosiva forma de jugar” afirmaba Cunningham, pero Charles era incapaz (o no quería) ser un jugador disciplinado. “El primer año fue muy difícil, no bajaba a defender y hacía muchas payasadas”.

Todo apuntaba a que la carrera de Barkley podía entrar en una espiral negativa de autodestrucción, pero la inestimable influencia de uno de sus ilustres compañeros, Moses Malone, iba a ser determinante a la hora de encauzar la actitud del muchacho. Sus ganas de ser el mejor contrastaban con su manifiesta vagancia, pero gracias a Malone, pronto comprendió que si quería triunfar entre los mejores, debería entrenar duro y esforzarse más cada día. Malone se convirtió en el principal valedor de Barkley, enseñándole a entrenar su físico, a hacer valer sus capacidades innatas para el baloncesto, a dominar los tableros e incluso vigiló su alimentación. La primera y accidentada temporada de Charles en la élite, finalizaba con unos números nada despreciables (14 pt y  8,6 rb) pero muy mejorables para alguien con su proyección. El futuro del jugador era tan incierto como apasionante.

Foto: NBA

En la siguiente campaña todo cambió y un Barkley renovado se mostraba ante la liga como un voraz competidor y un trabajador incansable. Su esfuerzo, pronto le reportó un papel de responsabilidad en aquellos Sixers en los que, siendo “sophomore”, ya promediaba un meritorio doble/doble (20 p y 12,8 rb) disputando muchos minutos de partido (37). Se había convertido en un jugador muy diferente que hacía de la confianza en sí mismo una de sus armas más poderosas. El arrollador torrente ofensivo que se desataba cuando estaba sobre el parqué, unido a su férreo carácter ganador,  pronto hicieron que el liderazgo del equipo fuera desplazándose hacia su persona. En dos años, Barkley ya era el máximo anotador y reboteador del equipo, en el cual la etapa de Erving y Malone tocaba a su fin. A todos los efectos, comenzaba la era de “los Sixers de Barkley”

La carrera del jugador continuó su imparable ascenso y los reconocimientos pronto comenzaron a llegar. Consiguió su primer título como máximo reboteador de la liga con 14,6 por partido y lideró también la liga en rebotes ofensivos promediando 5,7 por partido.

En la temporada 88/89 ya es segundo en las votaciones para el Mvp por detrás de “Magic” Johnson, a pesar de haber recibido más votos que el base de los Lakers para el primer lugar, a pesar de ello, fue nombrado jugador del año por The Sporting News y Basketball Weekly. Promedió 25,2 puntos, 11,5 rebotes y un 60% en tiros de campo, siendo elegido en el mejor quinteto de la temporada por tercer año consecutivo y apareciendo una vez más (3) en el All-Star. Curiosamente, años después (91/92) cambiaría su dorsal del número 34 al número 32 en honor al propio “Magic” Johnson, después de que éste anunciase que era portador del virus del sida y se iba a retirar. El dorsal 32 había sido retirado precisamente en honor a Bill Cunningham, primer entrenador de Barkley en Philadelphia, quien conmovido por el gesto, no tuvo ningún problema en permitir que se utilizase de nuevo.

Totalmente consolidado como la piedra angular del equipo, “Sir Charles” era un jugador que no se daba jamás por vencido y que utilizaba su capacidad de intimidación para ganar terreno física y moralmente a sus rivales. Pronto llegaron los conflictos inherentes a su carácter, como aquella histórica pelea con el pendenciero pívot de los “Bad Boys” de Detroit, Billy Laimbeer, otra ocasión en la que mojó a varios espectadores con vasos de bebida, o el desafortunado incidente en el que escupió a un aficionado que le había insultado repetidas veces, pero falló y le dio a una niña. Posteriormente, conocería a la niña de 8 años y a su familia, llegando a entablar amistad. En la pista era uno de los jugadores más determinantes del panorama actual, pues en palabras del mismísimo Larry Bird: “Es imparable”. La capacidad de generar peligro en transiciones rápidas de Barkley era digna de estudio, pues una vez salía con el balón controlado en velocidad, eran pocos los que se atrevían a interponerse entre él y la canasta. Un alero tan corpulento con una facilidad tan pasmosa para conducir el balón, era algo para lo que nadie estaba preparado, y aunque hoy en día sea algo más normal, Barkley se adelantó 20 años al futuro. También gozaba de una buena visión de juego a la hora de asistir a sus compañeros, aunque no se prodigaba en exceso en dicha faceta.

Barkley se había hecho muy popular y le encantaba divertirse y ser el centro de todas las miradas. Su pasión por el baloncesto le confería una personalidad que le hacía ser un entrañable showman cuando el juego no se desarrollaba y una bestia sobre el parqué cuando el balón estaba en movimiento. “Barkley jugaba varios partidos a la vez, uno contra sus rivales, otro contra el árbitro y otro más con los de la segunda fila”  Su madre, Charrcey Mae Glenn, aseguraba que “Cuando tenía tres días le hicieron una transfusión de sangre, a veces me pregunto qué tipo de sangre le metieron” Su afán de protagonismo y total sinceridad a la hora de contestar a la prensa, nos dejó para el recuerdo decenas de perlas marca de la casa. Las cámaras querían a Barkley y el las adoraba.

En la temporada 90/91 Charles Barkley ya pertenecía a la élite de la liga por derecho propio. Promedió 24,7 puntos y 15,5 rebotes por partido. Su imparable progresión continuó en su séptima temporada como profesional, (27,6 p y 10,1 rb) en la que fue nombrado MVP del All-Star tras aupar al Este a la victoria y conseguir la astronómica cifra 17 puntos y 22 rebotes, mejor marca reboteadora en un All-Star desde los 22 de Wilt Chamberlain en 1967. Pero año tras año los Sixers caían en postemporada. Barkley era un ganador nato que contagiaba de su espíritu a toda la plantilla. Pocos jugadores había y habrá con su capacidad para echarse el equipo a las espaldas, pero sus titánicos esfuerzos por superar en Playoffs a los Bulls de Jordan no fueron suficientes, y sus esperanzas comenzaron a desvanecerse. El hecho de atesorar una temporada tras otra unos números de estrella pero no ser capaz de subir al equipo a lo más alto, comenzó a hacer crecer una sensación de frustración que aumentaba exponencialmente. Tras esta temporada, Charles pide ser traspasado, y el 17 de Julio de 1992 es enviado a Los Suns de Phoenix, a cambio de Jeff Hornancek, Tim Perry y Andrew Lang.

Aquel mismo verano, Chuck Daly, le brindó la oportunidad a Barkley de formar parte del mejor equipo de baloncesto que se ha formado jamás, la selección estadounidense de baloncesto de la olimpiada de Barcelona 92. Aquel impás de tiempo y espacio que suponía dicho campeonato, iba a resultar vital en su recuperación anímica, que resultó bastante tocada después del último año en los Sixers y que parecía repuntar después de haber sido convocado para representar a su país, 8 años después de que Bobby Knight le denegara esa posibilidad. En un equipo rodeado de la flor y la nata del baloncesto mundial, nuestro protagonista aprovechó la oportunidad y se mostró ante el mundo como un auténtico depredador de la canasta. Rival tras rival, Charles utilizó todo su poder ofensivo, defensivo e intimidatorio (sobre todo éste último) para superar a ilustres rivales y convertirse en el máximo anotador del mejor equipo de la historia. El primer galardón colectivo profesional por fin llegaba y sus renovadas ansias de triunfo volaban con el de vuelta a Estados Unidos para enfundarse la camiseta del equipo de Arizona.

Los Phoenix Suns y la gran oportunidad

Con 29 años de edad y el dificilísimo reto de desbancar a los Bulls de Jordan del olimpo de la liga, comienza la temporada 92/93 para Barkley, que como siempre, daba un paso al frente y se convertía automáticamente en el líder indiscutible de la franquicia dirigida por Paul Westphal. Los Suns no esperaban otra cosa de él que no fuese convertir al equipo en un serio aspirante. Toda aquella presión podría haber sido un hándicap determinante para cualquier otro jugador, pero no para Barkley. El Barkley que llegó a Phoenix era más maduro, menos ansioso y se guardaba su carácter para cuando hacía falta realmente. La ausencia del enfermizo deseo de vencer a costa de cualquier precio, desapareció dando paso a una mente igual de competitiva pero algo más calculadora, que volvía a disfrutar de lo que hacía.  Él mismo reconoció que tras el incidente del escupitajo a la niña en New Jersey, se replanteó muchas cuestiones acerca de su comportamiento dentro y fuera de la pista. “Me hizo darme cuenta de que tenía excesivas ansias de ganar, no hay nada en la pista tan importante como para que me impulse a escupir a alguien”

Aquel jugador tan diferente en matices pero tan similar en esencia, pronto consiguió hacer que sus nuevos y escépticos compañeros se unieran en pos de un objetivo común. Barkley infundió en aquellos Suns un espíritu luchador y algo canalla que pronto sacó al equipo del victimismo en el que se encontraba sumido y le confirió un carácter más agresivo, que pronto derivó en que el equipo fuese temido en todo el país. “Al poco tiempo, todos andábamos más derechos, con una actitud más arrogante”, declaró Cedric Ceballos. La confianza contagiada por Barkley hacía crecer la sinergia del grupo hasta consolidar un asombroso equipo, que bajo su liderazgo, pronto calló las recelosas bocas que criticaban su fichaje, consiguiendo un record de 62 victorias y 20 derrotas. El carisma de Charles, había conseguido transformar en un solo año las críticas en adoración pura y dura. Phoenix idolatraba a su nuevo ídolo y los compañeros estaban encantados con su nuevo líder. En poco tiempo, había pasado de villano a héroe y ya se había convertido en el jugador más famoso de la historia de la franquicia de Arizona.

Barkley y el traspaso a Phoenix

Foto; NBAE

Barkley fue nombrado MVP de la temporada y disputó su séptimo All-Star Game consecutivo. Aquellos Suns fueron el equipo revelación de la temporada y no defraudaron en los playoffs, pues en su caminar firme hacia el objetivo que los alentaba (las finales) abatieron, no sin luchar, a los Angeles Lakers, San Antonio Spurs y Seattle Supersonics. Nadie fue capaz de contener a Barkley, que realizó dos rondas de playoff memorables, que aún permanecen en la retina de los aficionados. “Probablemente el quinto partido contra los Spurs, haya sido el mejor de mi vida, nadie podía pararme” Dijo Barkley refiriéndose al penúltimo partido de las semifinales de conferencia de dicho año, en el que anotó 20 puntos en el último cuarto y prorrogó la serie a un sexto partido, en el cual, volvió a ser el héroe al decidir a un segundo del final con un histórico triple enfrente de David Robinson. Tampoco los Sonics de Shawn Kemp y Gary Payton fueron capaces de doblegar la inquebrantable voluntad de vencer de Barkley, que pese a estar permanentemente cercado por varios jugadores de Seattle, y después de haber realizado un nefasto sexto partido en el que admitió que se había perdido por su culpa, consiguió llevar en volandas a los suyos a las finales después de firmar otra estratosférica actuación en un séptimo partido memorable en el que consiguió 44 puntos y 24 rebotes.  El duro trabajo y esfuerzo había dado su recompensa y contra todo pronóstico, los Suns estaban en las finales intentando impedir el “Threepeat” de los Bulls. Charles no quería dinero, publicidad o premios individuales, su único objetivo era el anillo.

La batalla entre dos de los más grandes jugadores que había visto la era moderna, prometía ser digno de convertirse en un cantar de gesta. Barkley, sabedor de que probablemente no volviese a tener una oportunidad como aquella, entregó cuerpo, alma y corazón, en una de las mayores demostraciones que se recuerdan de talento y  liderazgo sobre la pista. “Dios ha querido que ganemos el campeonato”  declaró antes de comenzar las finales, haciendo gala de su interminable capacidad de crear titulares. La batalla fue durísima desde sus inicios, dejándonos actuaciones sobresalientes como la del segundo partido, en el que tanto Michael Jordan como el propio Barkley, anotaron 42 puntos. Los Suns lo intentaron con todas sus fuerzas y Charles jamás cesó en su empeño de luchar cada segundo de las series, pero los Bulls eran superiores como equipo y nadie en Phoenix podía contener a Jordan. Chicago ganó su tercer anillo consecutivo y Barkley se quedó a las puertas de la gloria, habiendo promediado en la postemporada 26,6 puntos y 13,6 rebotes por partido.

Final NBA 1993

Charles Barkley jugaría aún tres temporadas más en los Suns, pero el equipo se fue modificando y la parte de la sinergia se perdió. Comenzaron a aparecer los primeros problemas de lesiones, pero con todo, se llegó durante dos años seguidos a semifinales de conferencia, aunque los dos años cayeron eliminados ante los Rockets de Hakeem Olajuwon. Los números de Barkley seguían siendo muy buenos, pero el equipo ya no daba para más, y tras plantearse la retirada en pretemporada, Barkley regresó para disputar su duodécima temporada y plantar batalla a las lesiones. La temporada 1995-96 fue la última de Barkley en los Suns. Fue líder del equipo en anotación, rebotes y robos, disputando por décimo año consecutivo el All-Star Game.  Se convirtió en el décimo jugador en la historia de la NBA en conseguir 20.000 puntos y 10.000 rebotes, pero sucumbió en primera ronda ante los Spurs de San Antonio pese a firmar 25,5 puntos y 13,5 rebotes.

Los Suns, equipo tradicionalmente acostumbrado a fichajes modestos, habían conseguido retener a Charles Barkley durante 4 años en los que había conseguido darles una identidad de equipo y llevarles de la mano a unas finales de la Nba, pero era obvio que la etapa tocaba a su fin. En aquel verano, “Sir Charles” fue traspasado a Houston Rockets por Sam Cassell, Robert Horry, Mark Bryant y Chucky Brown.

Los Houston Rockets y “el ultimo tranvía”

Barkley se mudaba a Houston con la clara intención de intentar su último y desesperado asalto a ese anillo que tanto se le resistía y que había de ser colofón perfecto a una carrera que cada vez se antojaba más corta por mor de las lesiones. Los Houston Rockets de  Hakeem Olajuwon y Clide Drexler eran los candidatos prefectos, pues habían ganado los dos últimos campeonatos con autoridad. El único problema a la vista era que el señor Michael Jordan había regresado de su prematura retirada de poco más de un año y medio y amenazaba con volver a acaparar campeonatos. Barkley seguía luchando contra las lesiones y conseguía mantener unas estadísticas más que dignas para sus 33 años, finalizando la campaña como segundo máximo anotador y máximo reboteador del equipo. El hecho de verse rodeado de estrellas y jugadores con rol muy definido, le restó protagonismo ofensivo a Barkley, cosa que agradeció, pues su capacidad de tirar del carro mermaba de manera directamente proporcional al paso de los años y las lesiones. La pérdida de explosividad en el juego de Barkley vino acompañada de un más que notable aumento de peso. El instinto para dominar el rebote jamás se mermó y consiguió la segunda mejor media de su carrera (13,5 por partido), pero los Jazz de Utah le privaron de alcanzar su sueño, apeando a los actuales campeones en finales de conferencia. La maniobra del “superequipo” no había salido del todo bien, pero no se iba a dar por vencido.

Al año siguiente continuaron las lesiones, probablemente el adversario más duro de la carrera de Barkley. El equipo terminó la temporada regular con un discreto 50% de victorias y cayeron en primera ronda, de nuevo ante los Jazz. Charles luchaba contra su declive como un gato panza arriba y conseguía promediar un doble/doble, temporada tras temporada, en un ejercicio de supervivencia deportiva sin precedentes. En la temporada siguiente (1998/99), famosa por el Lockout, se convirtió en el segundo jugador en la historia (tras Wilt Chamberlain) en conseguir 23.000 puntos, 12.000 rebotes y 4.000 asistencias. Se fue Clyde Drexler y llegó Scottie Pippen, en otro intento desesperado de aunar fuerzas por un anillo. Aquel con quien tanto había luchado Barkley en las eliminatorias del Este años atrás, e incluso en la misma final de la Nba, luchaba codo con codo con él en un agónico último intento de conquistar una corona. Sus esfuerzos fueron en vano y pese a promediar en las eliminatorias 23,4 puntos y 13,8 rebotes, fueron eliminados a las primeras de cambio por Los Angeles Lakers.

Houston Barkley

Foto: Houston Chronicle

Corría la temporada 99/00 y la frustración de Charles recordaba a la sufrida en su último año en Philadelphia, solo que aquí la culpa ya no era de su ansiedad sino del paso del tiempo y las circunstancias. La liga había cambiado y nuevos jóvenes jugadores reclamaban su sitio entre la élite de manera expeditiva. Ese año fue famoso por la trifulca que el propio Barkley protagonizó con Shaquille O´Neal, curiosamente hoy en día su amigo y compañero de trabajo en la TNT. El devenir de Barkley por los parqués de la liga era la crónica de una muerte anunciada, y como tal llegó. La temporada finalizó prematuramente para el tras romperse el tendón de su cuádriceps izquierdo el 8 de diciembre de 1999 en Philadelphia. Un amargo capricho del destino tuvo a bien sentenciar la carrera de Barkley allí donde comenzó, pero dando un último y grandioso ejemplo de rebeldía innata, quiso evitar que la última imagen deportiva que se tuviera de el fuese aquella. El 19 de abril de 2000 en la cancha de los Grizzlies de Vancouver, disfrutó de unos últimos minutos en pista hasta que consiguió anotar una canasta. Inmediatamente después, abandonaría la pista para poner fin a una gloriosa carrera de 16 años en la élite.

Charles Barkley Ganó una vez el MVP de la temporada y jugó 11 veces el All-Star. Se retiró con 23.757 puntos, 12.546 rebotes y 4.215 asistencias. Con la selección de los Estados Unidos ganó dos oros olímpicos: El de Barcelona y el de Atlanta. Fue 6 veces escogido para el mejor quinteto de la liga, 5 para el segundo y una para el tercero. En 1996 fue elegido entre los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA. A partir de 2006 entró a formar parte del Basketball Hall of Fame.

El bueno de Barkley se fue sin un anillo pero con la cabeza bien alta al haberse convertido en uno de los mejores jugadores de la historia del baloncesto. Desde que se retiró inició su carrera como comentarista deportivo de la NBA en el programa “Inside the NBA” de la cadena “NBA on TNT” donde da rienda suelta a su faceta más lenguaraz, codo con codo con Shaquille O´Neal.

Barkley no era más que un niño grande. Un niño con un gran corazón al que las circunstancias de la vida le hicieron coger el toro por los cuernos. Extradeportivamente, a pesar de haberse postulado varias veces como gobernador de Alabama, declarándose republicano primero, luego independiente y por último demócrata, la conciencia social de Barkley siempre se ha traducido en buenas acciones. Donó un millón de dólares para ayudar a las víctimas del huracán Katrina,  dio otro millón a una escuela elemental de Birmingham y otro millón más a Leeds High para ayudar a los estudiantes a pagar la universidad. En su Leeds natal, la “Charles Barkley Avenue” recuerda al mayor valedor de la comunidad.

Intentar definir a Barkley sería una tarea imposible, así que la mejor manera de recordarle es como un demonio dentro de la pista y como un ángel fuera de ella, porque como el mismo aseguraba: “Alguien tenía que ser yo, ¿Por qué no yo?”

Foto: SI.COM

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NBA

Exponiendo el ‘Fenómeno Cowens’

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”.

jakonako10@gmail.com'

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Dave Cowens es, posiblemente, uno de los componentes de la prestigiosa lista de los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA que menor interés y entusiasmo despierta entre los seguidores de la mejor liga de baloncesto del planeta.

En una década dominada por auténticas leyendas de los tableros como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar, Bob McAdoo, Bill Walton, Elvin Hayes o Nate Thurmond, Cowens nunca poseyó el aura de estrellato de sus contemporáneos pese a combatir de tú a tú con todos ellos tanto en premios colectivos como en distinciones individuales.

Su conocimiento del juego, su ética de trabajo, su versatilidad y energía en la cancha lo convirtieron no solo en uno de los ‘5’ más determinantes y respetados de la época, sino que incluso, en muchos momentos, hizo olvidar la ausencia del jugador que había conquistado su undécimo campeonato con los Celtics apenas unos años antes de su llegada a la liga: Bill Russell.

Más allá de sus éxitos como jugador, Cowens era una figura particularmente extravagante e impredecible, notablemente despegada de la masificación multitudinaria de una NBA que, por otro lado, no pasaba por sus mejores años.

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”, reconocería el exjugador en 1991 durante la ceremonia en la que sería incluido en el ilustre Hall Of Fame. Una frase que resumiría el carácter humilde de un jugador que, a base de una entrega y una fortaleza inconmensurables, se ganaría el respeto de toda la afición de Boston y de sus compañeros de equipo, así como de la gran mayoría de sus rivales repartidos por todos los rincones de la geografía norteamericana.

Curiosamente, y como tantos otros jugadores cuyos testimonios han dado constancia de ello, la vida de Cowens podría haber seguido unos derroteros completamente distintos. Con apenas ocho años de edad, el pequeño Dave dio sus primeros pasos en el mundo de la canasta aunque un enfrentamiento con su entrenador durante su primer año de instituto en la Newport Catholic le hizo abandonar prematuramente el baloncesto para dedicarse al atletismo y la natación.

Su trayectoria deportiva amenazaba con seguir por esta nueva senda y con mínimas opciones de salir de su ciudad natal en el estado de Kentucky de no ser por un sorprendente crecimiento de 13 centímetros en apenas un año, tras lo cual alcanzaría los casi dos metros de estatura.

Una figura mucho más intimidante, curtida durante sus exigentes entrenamientos en ambas disciplinas deportivas, que le abrió de nuevo las puertas del equipo de baloncesto coincidiendo con la llegada de un nuevo entrenador.

El nacimiento del fenómeno

En apenas dos partidos, el novato se ganó la confianza de su técnico y su presencia inamovible en el quinteto inicial. Sus 13 puntos y 20 rebotes de promedio durante su último año ya auguraban un prometedor futuro que se confirmaría años después en la élite norteamericana fruto de su destreza cerca del aro.

El ‘Fenómeno Cowens’ se hallaba en plena ebullición y no pocas fueron las universidades que mostraron interés en reclutar a una de las mayores promesas del país. Sin embargo, la Universidad de Kentucky del legendario coach Adolph Rupp, destino que anhelaba el imberbe Cowens, nunca llegó a llamar a su puerta. Especialmente dolido ante la indiferencia exhibida por el equipo de su estado natal, el jugador optó por hacer las maletas rumbo a la Universidad de Florida State, donde su entrenador Hugh Durham, con quien cuajaría una gran amistad, le prometió la titularidad desde el primer minuto.

El center respondió a esta confianza con creces con unos números globales de 19.2 puntos y 17.0 rebotes en sus tres años con los Seminoles, quienes, sin embargo, no llegaron a firmar ninguna aparición en el torneo final de la NCAA. Su dorsal número 13 es, a día de hoy, el único, en el apartado masculino, que ha sido retirado por la institución deportiva en sus más de cien años de historia.

Su extraordinario rendimiento no pasaría desapercibido en los despachos de Boston. Red Auerbach, todo un maestro en las artes del baloncesto y un genio a la hora de reclutar talento para su equipo, no dudó ni un segundo en seleccionar a Cowens en la cuarta selección del Draft de 1970 en su difícil propósito de hacer olvidar a toda una institución en el lugar como lo fue Bill Russell, retirado un año antes.

Por enésima vez en su carrera, la excelsa intuición de Red dio en la diana con un jugador que, nada más aterrizar en la competición, recibiría el premio al Rookie del Año tras promediar 17.0 puntos y 15.0 rebotes por noche. Unos números que mantendría inamovibles durante sus siete siguientes temporadas en la competición, durante las cuales sería elegido para disputar el All-Star Game en todas y cada una de ellas, además de recibir el galardón al MVP de la temporada en 1973. Aún así no sería hasta un año después cuando la gloria aterrizara de nuevo en Boston en modo de duodécimo campeonato.

En aquellas Finales de 1974, Cowens escribió uno de los capítulos más recordados de su carrera. En el séptimo y definitivo partido, con la cancha de los Bucks de un tal Lew Alcindor como escenario de lujo, el interior dio un auténtico recital en ambos lados de la cancha que se saldó con un doble-doble de 28 puntos y 14 rebotes, y, principalmente, una victoria que devolvía a los Celtics a lo más alto del pabellón baloncestístico norteamericano.

Dos años después, con un tropiezo en medio ante los Washington Bullets de Wes Unseld y Elvin Hayes, los Celtics recuperarían el trono de la NBA tras vencer a Phoenix Suns en unas Finales que se prolongaron hasta el sexto partido y en las que Cowens fue uno de los principales referentes de su equipo con unos números de 21.0 puntos y 16.4 rebotes por partido.

El declive

Sin embargo, ese nuevo campeonato supuso el comienzo del fin de la carrera del de Ketucky. Ese mismo verano, la salida de su gran amigo Paul Silas rumbo a Denver no sentó nada bien a un Cowens que se reunió con Auerbach para comunicarle su “pérdida de entusiasmo por el juego.” Una situación que desencadenó en una de las anécdotas más excéntricas del jugador. Después de confirmar su marcha del equipo al gerente y despedirse de sus compañeros, Dave regresó a su granja familiar para iniciar un negocio de venta de árboles de Navidad.

Curiosamente, apenas unos meses antes había sido protagonista de una historia que el mismo relataría años después a ESPN. Aprovechando la llegada a Boston de un gran amigo de la infancia, el pívot de los Celtics tuvo una idea tan original como excéntrica para mostrarle la ciudad a su invitado. Ni corto ni perezoso, Cowens acudió a una oficina de la Asociación de Taxistas Independientes de Boston y compró, por la módica cantidad de 35 dólares, una licencia profesional. Sería taxista por una noche.

Durante toda la noche, el jugador guió a su amigo por los rincones más emblemáticos de la ciudad e incluso se atrevió a llevar a algunos transeúntes a su lugar de destino. “Hicimos algunos trayectos largos por la ciudad. Nadie me reconoció”, reconocería entre risas durante la entrevista.

Volviendo al caso, ya sea por el mal rumbo del negocio o por la creciente nostalgia del caluroso ambiente del legendario Boston Garden, el periplo emprendedor de Cowens apenas duraría unos meses, tras lo cual regresaría al equipo para completar 50 partidos ese año y otras tres temporadas más en la franquicia de Massachussets.

Unos Celtics que no duraron en honrar a una de las grandes estrellas de su historia con la retirada de su dorsal número 18, el cual ondea en lo más alto del pabellón del equipo junto al de ilustres como Bill Russell, Larry Bird, Bob Cousy o los propios Jo Jo White, John Havlicek y Red Auerbach.

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NBA

Gigantes a hombros de gigantes

Antes de Antetokounmpo y Doncic, antes incluso de Nowitzki y Petrovic, hubo un pionero que desafió a toda una liga. El primer europeo de la historia de la NBA.

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Los galardones de final de temporada tienen este año, más que nunca, sabor europeo. Por primera vez en la historia de la liga, el jugador más valorado y el novato del año vienen desde el otro lado del charco. Los más valientes pueden opinar que los europeos (o al menos los no-americanos) están reinando en la NBA. El griego Giannis Antetokounmpo ha deslumbrado al planeta entero con su potencia y capacidad atlética fuera de lo normal. Luka Doncic, esloveno, al que ya habíamos visto hacer de las suyas en Europa, ha maravillado a la liga americana a pesar de las dudas que suscitaba a ambos lados del Atlántico. Además, en la misma temporada, Marc Gasol, Serge Ibaka, OG Anunoby y Sergio Scariolo se han llevado a casa (en Europa) un anillo de campeones de la NBA.

Ya no recordamos los tiempos en los que ver a un europeo partir hacia la gran liga era todo un hito, cuando los primeros hicieron historia. En nuestra memoria está un imberbe Pau Gasol haciendo un mate por la línea de fondo y poniendo en el póster a Kevin Garnett, está Jorge Garbajosa levantándose desde el triple con el 15 de los Raptors en la espalda y también Rudy Fernández en el concurso de mates con la camiseta de Fernando Martín. Pero antes que todos ellos, antes que Sabonis, que Drazen Petrovic y que Dirk Nowitzki, estuvieron los pioneros, los que abrieron el camino desde el viejo continente hacia las américas. Esos gigantes a los que nuestros gigantes están encaramados.

Algunos, alumnos aventajados nacidos en Europa, recorrieron ese camino años antes, en su etapa universitaria o prácticamente de niños, y pusieron las primeras notas europeas en la liga. A partir de principios de la década de los 80 se instalaron nombres como Uwe Blab o la leyenda alemana Detlef Schrempf. También los pívots Swen Nater (neerlandés) y Petur Gudmundsson (islandés) estuvieron en la NBA después de la transición desde la ABA en 1976. Aun así, todavía nadie había visto a un jugador ser fichado o drafteado directamente desde un equipo europeo. Hasta que ocurrió.

La técnica del goteo

Georgi Glouchkov asfaltó el camino en 1985. El primer europeo en partir hacia la NBA era pívot, búlgaro y firmaba con los Phoenix Suns tras ser elegido por los de Arizona en la séptima ronda del Draft de ese mismo año. La primera intentona, como suele ocurrir con los experimentos, no salió según lo esperado. Glouchkov (2,05 m) era demasiado pequeño para jugar en su posición natural, y demasiado lento para la línea exterior. Además, ganó mucho peso durante esa temporada, y al año siguiente tuvo que regresar por donde había venido, dejando una discreta marca de 4,9 puntos y 3,3 rebotes de media en los 49 partidos que jugó, pero también una huella histórica que abriría la puerta a la otra mitad del mundo del baloncesto.

El siguiente expedicionario nos es muy familiar. El primer español en la NBA, y también el segundo europeo que cruzó el océano para jugar al baloncesto. Fernando Martín se aventuró en la temporada 1986/87 de la liga americana y, como su predecesor, no tuvo el éxito que todo nuestro país deseaba. Martín tuvo un papel muy testimonial en aquella temporada, jugando solo 24 encuentros a razón de 6 minutos por cada uno. El pívot madrileño también regresó al año siguiente a España y, solamente dos años después de aquella gesta histórica, un fatal accidente de coche nos dejó sin el mayor héroe del mundo baloncestístico nacional del siglo XX.

Tarde o temprano, alguien venido del este tenía que triunfar. La mejor liga del planeta no podía ser propiedad exclusiva de los americanos para siempre y, finalmente, a la tercera, haciendo caso al tópico, llegó la vencida. Sarunas Marciulonis, un escolta en aquel entonces soviético, dejó el Statyba Vilnius en 1989 para mudarse a California. Los Golden State Warriors lo esperaban desde hacía dos años, ya que lo habían drafteado en la sexta ronda de 1987. Marciulonis se hizo de rogar, pero finalmente se decidió a intentar hacer historia entre los mejores. Estuvo durante cuatro temporadas en la bahía, y se adaptó al rol de sexto hombre a la perfección. Compartió vestuario con leyendas como Tim Hardaway y Chris Mullin, y entre sus dos últimas temporadas promedió más de 18 puntos por encuentro, siempre desde el banco.

Cuando estaba en la cresta de la ola y ya se había consolidado como el primer aventurero europeo que había conseguido triunfar en la NBA, el azar quiso que un día, jugando en la universidad de Saint Mary, se rompiese el ligamento cruzado de la rodilla. Cuando el New York Times lo anunció ya preveían que se podía perder toda la temporada 1993/94, después de haber sufrido pequeñas lesiones durante la anterior campaña que le permitieron jugar, aunque a gran nivel, solamente 30 partidos. El “sueño americano” se había roto, e iba a necesitar una temporada entera para recuperarlo. Por desgracia, los Warriors dejaron de contar con él, y los últimos tres años de carrera NBA fue saltando por los Sonics, los Kings y los Nuggets, dejando un buen rendimiento pero también mal sabor de boca por “lo que pudo ser”.

Marciulonis no fue otra historia de mala suerte con las lesiones. El primer europeo en triunfar en la NBA, poco antes de que Drazen Petrovic revolucionara Nueva Jersey, demostró que era una buena opción para las franquicias americanas buscar el talento al otro lado del Atlántico. En 2014, la NBA lo reconoció como uno de los pioneros y lo introdujo en el Hall of Fame, en el que ya figuraban los nombres de Petrovic (2002) y Arvydas Sabonis (2011). Además, su notoriedad aumentó fuera de las canchas, ya que estuvo muy involucrado en el crecimiento baloncestístico de Lituania una vez se deshizo la URSS.

Sarunas Marciulonis es el responsable de la creación de la liga de baloncesto lituana, la actual LKL, y fue uno de los principales impulsores de la primera selección nacional. Contando con que Lituania consiguió la independencia en 1990, y en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 consiguieron la medalla de bronce, podríamos decir que el país báltico está muy en deuda con él en este aspecto. Pero más allá de eso, el valor simbólico de este jugador es histórico. Él extendió la alfombra para que pasara Toni Kukoc hasta ganar el título de Mejor Sexto Hombre en 1996. Él separó las aguas para que Dirk Nowitzki se conviertiese en el primer MVP europeo de la historia de la liga en 2007, y también para que Pau Gasol fuese el primer Rookie del Año europeo en 2002.

Justo ahora, en los Dallas Mavericks, Nowitzki entrega el testigo a Luka Doncic. Cada vez hay más jugadores que triunfan en la liga americana después de haber iniciado su carrera en Europa. Giannis, que estuvo a punto de jugar en el CAI Zaragoza (y la ACB lo presentaba como “Adetocunbo”), recoge ahora el Maurice Podoloff con la expectativa de ser uno de los jugadores más dominantes de la liga en los próximos años. Los hermanos Gasol, Dirk, Antetokounmpo, Jokic… Todos son gigantes subidos a hombros, entre otros, del legado de Marciulonis.

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Análisis

Vuelve la burbuja inmobiliaria a la NBA: la moda de las hipotecas

Concentración de mercado, hipotecas, proyectos de capital riesgo a corto plazo, sobrecostes en forma de impuestsos de lujo… La NBA se mueve y la burbuja del mercado no deja de crecer.

acarretero@skyhook.es'

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Allá por 2013, cuando los informativos aún nos recordaban que había una crisis económica, había una expresión que monopolizaba todas las conversaciones. Seguramente, el ciudadano de a pie no sabría definir a ciencia cierta qué era aquella burbuja inmobiliaria, pero qué más daba. Le habían inoculado el término y sabía lo que tenía que saber: era malo. Oda al simplismo de la sociedad.

Una vez más, nos remontamos a aquel fatídico traspaso, al que ahora, tras la reconstrucción de récord Guinness de Sean Marks, ya sí puede ser nombrado. Cuatro primeras rondas que viajaron a Boston y que hipotecaron el futuro a corto plazo de los Nets pero, sobre todo, cuatro picks que marcaron un punto de inflexión en la NBA. Nunca antes se habían evidenciado de forma tan salvaje las consecuencias de traspasar el máximo de rondas permitidas. Nunca… Salvo con los Cavaliers de los 80.

No son pocas las normas de la NBA que nacen bajo seudónimo, por la necesidad de adaptar la regulación a fenómenos sin precedentes en la liga. Desde La Jordan Rule, la Rose Rule… reglas que pasan a ser conocidas en el imaginario popular por el jugador que obligó a crearlas y que, dicho sea de paso, favorecen su recuerdo y asociación, en lugar de complejizar los términos. Ahora bien, para que una que limita el traspaso de rondas consecutivas de Draft lleve tu nombre, como sucedió entonces con Ted Stepien, hay que ser muy cenutrio.

El entonces propietario de los Cavs puso en el mercado cuatro picks seguidos, casi lleva el equipo a la quiebra y traspasó la hipoteca a otro dueño antes siquiera de acabar de pagarla. Más o menos, lo que intentó Prokhorov hace cinco años. Tras utilizar a los Nets como activo financiero para especular con otros negocios particulares quiso saltar el barco antes de que se hundiese hasta el fondo del mar.

Hasta aquellos Nets recién llegados a Brooklyn no hubo otro equipo que se atreviese a firmar una hipoteca de semejante magnitud. Como tampoco lo ha habido en estos últimos años. Pero, como siempre pasa en la economía capitalista, es cíclica; la burbuja siempre vuelve. Ahora, a cinco años vista y tras los últimos movimientos del mercado, se puede apreciar que no fue un hecho aislado, sólo desafortunado en su ejecución. Hasta 2018 nadie se ha atrevido a mover tantos activos a futuro por una estrella, acogiéndose al fracaso de los Nets.

Especulación, hipotecas y fondos buitre

El mercado financiero (de traspasos) de la NBA estaba marcado por la incertidumbre y por la presencia de dos fuerzas hegemónicas que aumentaban el riesgo de la inversión, como eran los Warriors y LeBron James, allá donde estuviera. No era, pues, la situación más propicia para pagar hipotecas a futuro, por lo que los proyectos deportivos apretaron el botón del pause hasta que mostrasen los primeros síntomas de debilidad. Y, efectivamente, así ha sido.

Con ambos ejes gravitacionales desplazados y con un tercio de jugadores de la NBA siendo agentes libres este verano, entre ellos cinco top ten de la liga y, al menos, otras diez superestrellas más, alguien tenía que romper la baraja. Ya no hay apuestas seguras, pero la incertidumbre tampoco es un lastre. El riesgo es inherente al nuevo mercado NBA y quienes mejor han sabido jugar con él, han sido los triunfadores.

Ya lo intentó Daryl Morey el año pasado, con sus cuatro picks por Jimmy Butler. Secos, como el vodka en Rusia. También lo previeron este año en Utah, que agilizaron el traspaso de Conley para que Dios cogiera a los mormones confesados en verano. Es cierto que la burbuja crece sin control y que la tendencia alarma a la propia NBA. Pero, por otro lado, qué éxtasis embarga a Silver y su equipo. La NBA más global, la reina del verano. Apenas ha terminado la temporada y no puede haber más expectación porque empiece de nuevo. A quién le importa ahora la burbuja, eso será problema de la futura NBA.

Empoderamiento: una nueva era

Uno a uno, los agentes libres han decidido su futuro en cascada, como un Fantasy Draft en el 2K, que deja tres lecturas claramente diferenciadas. Primero, y más reciente, la especulación, la inflación creciente del precio a pagar por las estrellas tras tres años a la baja. Proyectos corto y medioplacistas, con concentración de estrellas, que vuelven a hipotecar sin miedo el futuro más inmediato, como los Nets o los Clippers. Masai Ujiri y su “alquiler” de Kawhi Leonard han sentado cátedra, como lo hicieron sin suerte Paul George y los Thunder.

Segundo, las apuestas de capital riesgo ya no sólo vienen predeterminadas por el papel de propietarios y general managers, sino que son los propios jugadores los que fuerzan estas operaciones. Son ellos los que han comprendido que tienen el poder de negociación en sus manos, que son los verdaderos y únicos protagonistas; y que, al fin, en vez de ser tratados como meras inversiones inmobiliarias, casas sin caras, sin humanizar, ahora no sólo eligen su futuro, sino el de toda una franquicia. Estamos ante una nueva era de empoderamiento, que en este caso inició LeBron James allá por 2010, no de la mejor forma posible, pero que casi una década después ha alcanzado su clímax.

Finalmente, la tercera lectura y quizá la más destacada desde el punto de vista de las franquicias, es la necesidad de un proyecto. Ya no vale con ser un gran mercado. Las hermanas menores y tradicionalmente apestadas de New York y Los Angeles se han coronado reinas gracias a su gestión. Han saneado sus cuentas de inmuebles tóxicos como Chris Paul, DeAndre Jordan e incluso de los Mozgov y Crabbe para jugar su baza al presente más inmediato, con el futuro en entredicho. Otras como los Warriors decidieron pagar los sobrecostes en forma de impuesto de lujo para preservar su hegemonía. Pero con qué gusto se va a pagar la hipoteca del futuro si el presente sabe a gloria.

Ya lo dijo Homer Simpson, el oráculo omnisapiente de la sociedad moderna: “El futuro ha ganado, el pasado nunca tuvo una oportunidad”.

In memoriam: Sam Hinkie y su gerencia de capital riesgo.

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SKYHOOK #17

Skyhook #17 | Objetivo Canadá

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