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Sir Charles: el rey sin corona

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Si hay alguien a lo largo de la historia de la NBA que fue maestro de maestros en la tarea de encarnar el término “carácter” ese era Charles Barkley. Nunca una estatura tan “corta” y un sobrepeso tan evidente, fueron capaces de luchar sobre una pista de baloncesto lo que lo hizo Charles hasta lograr convertirse a base de sacrificio, en uno de los mejores jugadores que ha conocido el baloncesto mundial. Hoy contaremos la historia de este jugador que, como muchos otros buenos jugadores, se retiró siendo socio honorífico del selecto pero triste club de estrellas que nunca han ganado un anillo.

Los comienzos

“Sir Charles”, “The Mound Round of Rebound”, “The Chuckster”, “The Chuck Wagon” o como se le conocía en España: “El gordo Barkley”, nace en un suburbio de la localidad de Leeds (Alabama) en 1963. Pasó su infancia imbuido en un ambiente bastante cargado de prejuicios raciales, no en vano, actualmente en Leeds, la población es de casi un 80% de blancos frente a un 14 % de gente de color, mientras que la tasa de pobreza supera el 17%.  Como el mismo relató: “Nací en un sitio precioso, pero donde era imposible ser feliz y estar contento. Vivíamos en caravanas, no íbamos al colegio, robábamos para comer… como coño iba a estar contento” Pero lejos de vivir amargado por una infancia difícil, Charles desarrolló desde pequeño un particular sentido del humor que le acompañaría durante toda su vida, ayudándole a sobreponerse a las adversidades y convirtiéndose en una de sus principales señas de identidad. Según cuenta su madre, Charrcey Mae Glenn, era un niño muy tímido y tranquilo pero con un gran sentido de la responsabilidad. Charles se comportó siempre como un padre con sus hermanos Darryl y Johnn a pesar de su corta edad. Su madre trabajaba limpiando casas en dos sitios diferentes y su abuela en el matadero municipal, ambas dedicadas en cuerpo y alma a que no les faltara de nada a sus tres hijos, por lo que el pequeño Charles se encargaba a diario de todos los quehaceres domésticos.

La idea de tener que luchar duro por conseguir lo que uno quiere, fue un concepto que pronto arraigó profundamente en el carácter de Charles, pues no solamente en casa las cosas le resultaban difíciles. “Era muy gordito, medía igual de ancho que de alto” cuenta su abuela y pilar fundamental de su vida, Johnnie Mae Edwards. Fue gracias a ella que asistió al Instituto Leeds, pues era una de las pocas personas que tenía la capacidad de dominar el carácter de Charles. Por aquel entonces, el baloncesto era solamente un pasatiempo para él, pero la idea de conseguir una beca deportiva para hacer más fácil la vida de su familia, fue la principal responsable de su entrega por este deporte.

En sus comienzos tuvo problemas debido a su altura, pues con 1.78 y 100 kg de peso, no era exactamente un dechado de virtudes a primera vista. “Chuck” comenzó sentado en el banquillo, pues sus dificultades para acatar órdenes, sumado a su afición desmesurada por la comida, le hacían ser un jugador del montón tirando a mediocre, pero su amor propio y capacidad de sacrificio le empujaron a entrenar duramente en solitario. Mientras sus amigos se iban de fiesta, a patinar o a cualquier otra actividad, Charles practicaba día y noche en una vieja y estropeada canasta que había en su barrio. Muchas veces, la frustración que le producía saber que era bueno pero que no le daban oportunidad para demostrarlo, le hacía llorar desconsoladamente, pero, haciendo caso a los consejos de su madre, jamás cesaba en su empeño de seguir mejorando.

La suerte por fin se iba a poner de lado de nuestro protagonista, que de repente comenzó a crecer de manera notable. Al hecho de haber incrementado su altura unos 12 centímetros, había que sumarle los kilos que había perdido ese verano, pues, de nuevo su abuela, después de haber hablado con su entrenador Billy Coupland, lo sometió a un estricto régimen de comidas. También lo “ayudaba” a asistir al instituto cuando las ganas le abandonaban, cosa que sucedía habitualmente, yendo a buscarle allá donde estuviese y llevándole literalmente de la oreja de nuevo a clase.

Barkley continuó creciendo bastantes centímetros, y pronto aquel niño rechoncho y bajito se convirtió en un fornido hombretón. Al fin, el sacrificio tuvo su justo premio y se ganó un hueco en el equipo titular en su último año. No desaprovechó la oportunidad, promediando 19,1 puntos y 17,9 rebotes por partido. Lideró a su equipo a un balance de 26-3, aupándolos a las semifinales estatales. A pesar de su juego, ninguna universidad se interesó por él hasta un partido de dichas semifinales estatales  en el que anotó 26 puntos ante Bobby Lee Hurt, fichaje de la Universidad de Alabama. Un asistente del entrenador Sonny Smith, de la Universidad de Auburn, presenció el encuentro y le definió como “un tipo gordo… que juega como el viento”. Charles Barkley había salido vertiginosamente del anonimato para convertirse en el chico gordito de Alabama del que más de medio país hablaba.

La universidad

Charles lograba su ansiada meta y conseguía una beca de estudios para asistir a la universidad de Auburn, donde se matriculó en ciencias empresariales. Aquel muchacho universitario había experimentado un cambio radical en varias facetas de su vida, además de la evidente transformación física. Por una parte, estaba la circunstancia de verse liberado de responsabilidades familiares así como de tener la tranquilidad de que sus estudios universitarios no iban a tener coste ninguno para su madre y su abuela. Esto permitía a Charles centrarse en el baloncesto al 100%. Por otro lado, la constante lucha y necesidad de superación que le habían conducido hasta allí, habían forjado en él un duro carácter rebelde e inconformista que comenzaba a salir a flote. Ese carácter fue su mayor valedor sobre la pista, en la que pronto comenzó a dar destellos del tremendo jugador que era.  Baloncesto aparte, la conciencia social de Charles pronto comenzó a evidenciarse en su personalidad, y siempre se mostró como un aguerrido defensor de los derechos civiles de la gente de color. No en vano, su abuela, participante activa en la campaña de Birmingham (movimiento organizado a inicios de 1963 por la Conferencia Sur de Liderazgo Cristiano para atraer la atención hacia la integración de esfuerzos de la población afroamericana en Birmingham, Alabama, y Liderada por Martin Luther King), le hizo sabedor de los sacrificios que le permitieron asistir a la escuela primaria con niños blancos o jugar al baloncesto universitario en una universidad blanca.

En sus propias palabras: “Nelson Mandela y Ali son las mayores influencias de mi vida” pero también demostró ser autocrítico con esa búsqueda de igualdad al asegurar que “Uno de los problemas que tenemos en la comunidad negra, es que hay muchas heridas autoinfligidas”. Barkley era una especie de yin yang enorme, tanto sorprendía su extrema madurez en temas sociopolíticos como sus continuas y absurdas salidas de tono en temas deportivos. La vida extradeportiva de Charles Barkley asociada al entorno de su Leeds natal es apasionante, pero volvamos a su vida en la pista.

Con su “relativamente corta” estatura y su peso bastante aumentado por no tener cerca a su abuela, “Hacía cosas increíbles” en palabras de su entrenador Sonny Smith. Barkley poseía una asombrosa agilidad nada acorde con su morfología, circunstancia que le proporcionaba una desmesurada capacidad de generar peligro en las transiciones ofensivas, especialmente a campo abierto donde talmente parecía un bulldozer dirigiéndose a mucha velocidad y sin oposición hacia el aro. La fuerza de sus piernas le proporcionaba la guinda del pastel, un prodigioso salto (si tenemos en cuenta los 140 kg de peso) con el que pronto destacó como un finalizador temible.

Charles Barkley

Foto: ESPN.com

Otra de las virtudes por las que destacaba Charles, era su “Timing” de salto (sincronización) a la hora de elevarse para realizar estratosféricos tapones que hacían las delicias del respetable. Dicha característica implementaba mucho su capacidad de conseguir un número muy elevado de rebotes frente a rivales mucho más altos. Su carácter dominante pero divertido le hacía buscar siempre la manera de llamar la atención. Pronto caló hondo en la afición y se convirtió en el líder del equipo. Su preeminencia física, unida a la espectacularidad de sus acciones sobre el parque, eran un imán a la hora de atraer gente a las gradas de la, hasta entonces relativamente desconocida, universidad de Auburn. Como no podía ser de otra manera, la atracción generada por Barkley puso a la facultad en el mapa, dándola a conocer por todo el país. Esta circunstancia fue clave para que comenzase a aflorar la faceta descarada de Charles, que iba a retroalimentarse gracias a sus nuevas oportunidades de aparecer en los medios de comunicación. Escandalizar, llamar la atención de cualquier forma y sobre todo realizar declaraciones con la franqueza más absoluta, se convirtieron en su carta de presentación habitual. En sus propias palabras: “decidí no callarme nada, había crecido y me había convertido en un hombre” No fueron pocos los quebraderos de cabeza que le causó a su entrenador Sony Smith, el cual, sabiendo el tremendo potencial que albergaba, fue especialmente duro con él. Pero pese a que el carácter de Barkley era una de sus principales armas sobre la pista, no siempre le reportaba beneficios. Aquel mismo año, el estricto Bobby Knight, le dejaba fuera de la convocatoria para el equipo olímpico estadounidense de Los Ángeles.

Habiendo jugado de base desde bien pequeño, tuvo que jugar mucho tiempo de pívot, enfrentándose a rivales mucho más grandes que él, a pesar de ello, lideró a la liga en rebotes durante los tres años que permaneció en el equipo. Los promedios del jugador durante esos tres años en la universidad, fueron de 14.1 puntos, 9.6 rebotes y 1.7 tapones, con un porcentaje en tiros de campo del 62.6 %. Al finalizar la temporada, Charles decidió intentar el salto al baloncesto profesional americano y se presentó al draft de la Nba del año 1984.

Salto a la NBA: destino Sixers

El 19 de Junio de 1984 se celebró el trigésimo octavo draft de la Nba, último antes de la instauración del sistema de lotería y primero del mandato de David Stern como comisionado.

Después de que los Rockets seleccionasen a Hakeem Olajuwon, los Blazers a Sam Bowie, los Bulls a Michael Jordan y los Mavericks a Sam Perkins, los Philadelphia Seventy Sixers escogían al orondo muchacho de Alabama en una sorprendente quinta posición.

Ya en Philadelphia a las órdenes de Billy Cunningham y rodeado nada menos que de Julius Erving, Moses Malone y Maurice Cheeks,  Barkley aterrizaba en la franquicia campeona de la Nba del año anterior, con la presión añadida que ello conllevaba, pero pronto demostró de que pasta estaba hecho. A pesar de ser un jugador conflictivo con un evidente problema de peso, Barkley continuó asombrando a todos con su talento. “Lo que más nos llamó la atención fue su tremenda fortaleza física y su explosiva forma de jugar” afirmaba Cunningham, pero Charles era incapaz (o no quería) ser un jugador disciplinado. “El primer año fue muy difícil, no bajaba a defender y hacía muchas payasadas”.

Todo apuntaba a que la carrera de Barkley podía entrar en una espiral negativa de autodestrucción, pero la inestimable influencia de uno de sus ilustres compañeros, Moses Malone, iba a ser determinante a la hora de encauzar la actitud del muchacho. Sus ganas de ser el mejor contrastaban con su manifiesta vagancia, pero gracias a Malone, pronto comprendió que si quería triunfar entre los mejores, debería entrenar duro y esforzarse más cada día. Malone se convirtió en el principal valedor de Barkley, enseñándole a entrenar su físico, a hacer valer sus capacidades innatas para el baloncesto, a dominar los tableros e incluso vigiló su alimentación. La primera y accidentada temporada de Charles en la élite, finalizaba con unos números nada despreciables (14 pt y  8,6 rb) pero muy mejorables para alguien con su proyección. El futuro del jugador era tan incierto como apasionante.

Foto: NBA

En la siguiente campaña todo cambió y un Barkley renovado se mostraba ante la liga como un voraz competidor y un trabajador incansable. Su esfuerzo, pronto le reportó un papel de responsabilidad en aquellos Sixers en los que, siendo “sophomore”, ya promediaba un meritorio doble/doble (20 p y 12,8 rb) disputando muchos minutos de partido (37). Se había convertido en un jugador muy diferente que hacía de la confianza en sí mismo una de sus armas más poderosas. El arrollador torrente ofensivo que se desataba cuando estaba sobre el parqué, unido a su férreo carácter ganador,  pronto hicieron que el liderazgo del equipo fuera desplazándose hacia su persona. En dos años, Barkley ya era el máximo anotador y reboteador del equipo, en el cual la etapa de Erving y Malone tocaba a su fin. A todos los efectos, comenzaba la era de “los Sixers de Barkley”

La carrera del jugador continuó su imparable ascenso y los reconocimientos pronto comenzaron a llegar. Consiguió su primer título como máximo reboteador de la liga con 14,6 por partido y lideró también la liga en rebotes ofensivos promediando 5,7 por partido.

En la temporada 88/89 ya es segundo en las votaciones para el Mvp por detrás de “Magic” Johnson, a pesar de haber recibido más votos que el base de los Lakers para el primer lugar, a pesar de ello, fue nombrado jugador del año por The Sporting News y Basketball Weekly. Promedió 25,2 puntos, 11,5 rebotes y un 60% en tiros de campo, siendo elegido en el mejor quinteto de la temporada por tercer año consecutivo y apareciendo una vez más (3) en el All-Star. Curiosamente, años después (91/92) cambiaría su dorsal del número 34 al número 32 en honor al propio “Magic” Johnson, después de que éste anunciase que era portador del virus del sida y se iba a retirar. El dorsal 32 había sido retirado precisamente en honor a Bill Cunningham, primer entrenador de Barkley en Philadelphia, quien conmovido por el gesto, no tuvo ningún problema en permitir que se utilizase de nuevo.

Totalmente consolidado como la piedra angular del equipo, “Sir Charles” era un jugador que no se daba jamás por vencido y que utilizaba su capacidad de intimidación para ganar terreno física y moralmente a sus rivales. Pronto llegaron los conflictos inherentes a su carácter, como aquella histórica pelea con el pendenciero pívot de los “Bad Boys” de Detroit, Billy Laimbeer, otra ocasión en la que mojó a varios espectadores con vasos de bebida, o el desafortunado incidente en el que escupió a un aficionado que le había insultado repetidas veces, pero falló y le dio a una niña. Posteriormente, conocería a la niña de 8 años y a su familia, llegando a entablar amistad. En la pista era uno de los jugadores más determinantes del panorama actual, pues en palabras del mismísimo Larry Bird: “Es imparable”. La capacidad de generar peligro en transiciones rápidas de Barkley era digna de estudio, pues una vez salía con el balón controlado en velocidad, eran pocos los que se atrevían a interponerse entre él y la canasta. Un alero tan corpulento con una facilidad tan pasmosa para conducir el balón, era algo para lo que nadie estaba preparado, y aunque hoy en día sea algo más normal, Barkley se adelantó 20 años al futuro. También gozaba de una buena visión de juego a la hora de asistir a sus compañeros, aunque no se prodigaba en exceso en dicha faceta.

Barkley se había hecho muy popular y le encantaba divertirse y ser el centro de todas las miradas. Su pasión por el baloncesto le confería una personalidad que le hacía ser un entrañable showman cuando el juego no se desarrollaba y una bestia sobre el parqué cuando el balón estaba en movimiento. “Barkley jugaba varios partidos a la vez, uno contra sus rivales, otro contra el árbitro y otro más con los de la segunda fila”  Su madre, Charrcey Mae Glenn, aseguraba que “Cuando tenía tres días le hicieron una transfusión de sangre, a veces me pregunto qué tipo de sangre le metieron” Su afán de protagonismo y total sinceridad a la hora de contestar a la prensa, nos dejó para el recuerdo decenas de perlas marca de la casa. Las cámaras querían a Barkley y el las adoraba.

En la temporada 90/91 Charles Barkley ya pertenecía a la élite de la liga por derecho propio. Promedió 24,7 puntos y 15,5 rebotes por partido. Su imparable progresión continuó en su séptima temporada como profesional, (27,6 p y 10,1 rb) en la que fue nombrado MVP del All-Star tras aupar al Este a la victoria y conseguir la astronómica cifra 17 puntos y 22 rebotes, mejor marca reboteadora en un All-Star desde los 22 de Wilt Chamberlain en 1967. Pero año tras año los Sixers caían en postemporada. Barkley era un ganador nato que contagiaba de su espíritu a toda la plantilla. Pocos jugadores había y habrá con su capacidad para echarse el equipo a las espaldas, pero sus titánicos esfuerzos por superar en Playoffs a los Bulls de Jordan no fueron suficientes, y sus esperanzas comenzaron a desvanecerse. El hecho de atesorar una temporada tras otra unos números de estrella pero no ser capaz de subir al equipo a lo más alto, comenzó a hacer crecer una sensación de frustración que aumentaba exponencialmente. Tras esta temporada, Charles pide ser traspasado, y el 17 de Julio de 1992 es enviado a Los Suns de Phoenix, a cambio de Jeff Hornancek, Tim Perry y Andrew Lang.

Aquel mismo verano, Chuck Daly, le brindó la oportunidad a Barkley de formar parte del mejor equipo de baloncesto que se ha formado jamás, la selección estadounidense de baloncesto de la olimpiada de Barcelona 92. Aquel impás de tiempo y espacio que suponía dicho campeonato, iba a resultar vital en su recuperación anímica, que resultó bastante tocada después del último año en los Sixers y que parecía repuntar después de haber sido convocado para representar a su país, 8 años después de que Bobby Knight le denegara esa posibilidad. En un equipo rodeado de la flor y la nata del baloncesto mundial, nuestro protagonista aprovechó la oportunidad y se mostró ante el mundo como un auténtico depredador de la canasta. Rival tras rival, Charles utilizó todo su poder ofensivo, defensivo e intimidatorio (sobre todo éste último) para superar a ilustres rivales y convertirse en el máximo anotador del mejor equipo de la historia. El primer galardón colectivo profesional por fin llegaba y sus renovadas ansias de triunfo volaban con el de vuelta a Estados Unidos para enfundarse la camiseta del equipo de Arizona.

Los Phoenix Suns y la gran oportunidad

Con 29 años de edad y el dificilísimo reto de desbancar a los Bulls de Jordan del olimpo de la liga, comienza la temporada 92/93 para Barkley, que como siempre, daba un paso al frente y se convertía automáticamente en el líder indiscutible de la franquicia dirigida por Paul Westphal. Los Suns no esperaban otra cosa de él que no fuese convertir al equipo en un serio aspirante. Toda aquella presión podría haber sido un hándicap determinante para cualquier otro jugador, pero no para Barkley. El Barkley que llegó a Phoenix era más maduro, menos ansioso y se guardaba su carácter para cuando hacía falta realmente. La ausencia del enfermizo deseo de vencer a costa de cualquier precio, desapareció dando paso a una mente igual de competitiva pero algo más calculadora, que volvía a disfrutar de lo que hacía.  Él mismo reconoció que tras el incidente del escupitajo a la niña en New Jersey, se replanteó muchas cuestiones acerca de su comportamiento dentro y fuera de la pista. “Me hizo darme cuenta de que tenía excesivas ansias de ganar, no hay nada en la pista tan importante como para que me impulse a escupir a alguien”

Aquel jugador tan diferente en matices pero tan similar en esencia, pronto consiguió hacer que sus nuevos y escépticos compañeros se unieran en pos de un objetivo común. Barkley infundió en aquellos Suns un espíritu luchador y algo canalla que pronto sacó al equipo del victimismo en el que se encontraba sumido y le confirió un carácter más agresivo, que pronto derivó en que el equipo fuese temido en todo el país. “Al poco tiempo, todos andábamos más derechos, con una actitud más arrogante”, declaró Cedric Ceballos. La confianza contagiada por Barkley hacía crecer la sinergia del grupo hasta consolidar un asombroso equipo, que bajo su liderazgo, pronto calló las recelosas bocas que criticaban su fichaje, consiguiendo un record de 62 victorias y 20 derrotas. El carisma de Charles, había conseguido transformar en un solo año las críticas en adoración pura y dura. Phoenix idolatraba a su nuevo ídolo y los compañeros estaban encantados con su nuevo líder. En poco tiempo, había pasado de villano a héroe y ya se había convertido en el jugador más famoso de la historia de la franquicia de Arizona.

Barkley y el traspaso a Phoenix

Foto; NBAE

Barkley fue nombrado MVP de la temporada y disputó su séptimo All-Star Game consecutivo. Aquellos Suns fueron el equipo revelación de la temporada y no defraudaron en los playoffs, pues en su caminar firme hacia el objetivo que los alentaba (las finales) abatieron, no sin luchar, a los Angeles Lakers, San Antonio Spurs y Seattle Supersonics. Nadie fue capaz de contener a Barkley, que realizó dos rondas de playoff memorables, que aún permanecen en la retina de los aficionados. “Probablemente el quinto partido contra los Spurs, haya sido el mejor de mi vida, nadie podía pararme” Dijo Barkley refiriéndose al penúltimo partido de las semifinales de conferencia de dicho año, en el que anotó 20 puntos en el último cuarto y prorrogó la serie a un sexto partido, en el cual, volvió a ser el héroe al decidir a un segundo del final con un histórico triple enfrente de David Robinson. Tampoco los Sonics de Shawn Kemp y Gary Payton fueron capaces de doblegar la inquebrantable voluntad de vencer de Barkley, que pese a estar permanentemente cercado por varios jugadores de Seattle, y después de haber realizado un nefasto sexto partido en el que admitió que se había perdido por su culpa, consiguió llevar en volandas a los suyos a las finales después de firmar otra estratosférica actuación en un séptimo partido memorable en el que consiguió 44 puntos y 24 rebotes.  El duro trabajo y esfuerzo había dado su recompensa y contra todo pronóstico, los Suns estaban en las finales intentando impedir el “Threepeat” de los Bulls. Charles no quería dinero, publicidad o premios individuales, su único objetivo era el anillo.

La batalla entre dos de los más grandes jugadores que había visto la era moderna, prometía ser digno de convertirse en un cantar de gesta. Barkley, sabedor de que probablemente no volviese a tener una oportunidad como aquella, entregó cuerpo, alma y corazón, en una de las mayores demostraciones que se recuerdan de talento y  liderazgo sobre la pista. “Dios ha querido que ganemos el campeonato”  declaró antes de comenzar las finales, haciendo gala de su interminable capacidad de crear titulares. La batalla fue durísima desde sus inicios, dejándonos actuaciones sobresalientes como la del segundo partido, en el que tanto Michael Jordan como el propio Barkley, anotaron 42 puntos. Los Suns lo intentaron con todas sus fuerzas y Charles jamás cesó en su empeño de luchar cada segundo de las series, pero los Bulls eran superiores como equipo y nadie en Phoenix podía contener a Jordan. Chicago ganó su tercer anillo consecutivo y Barkley se quedó a las puertas de la gloria, habiendo promediado en la postemporada 26,6 puntos y 13,6 rebotes por partido.

Final NBA 1993

Charles Barkley jugaría aún tres temporadas más en los Suns, pero el equipo se fue modificando y la parte de la sinergia se perdió. Comenzaron a aparecer los primeros problemas de lesiones, pero con todo, se llegó durante dos años seguidos a semifinales de conferencia, aunque los dos años cayeron eliminados ante los Rockets de Hakeem Olajuwon. Los números de Barkley seguían siendo muy buenos, pero el equipo ya no daba para más, y tras plantearse la retirada en pretemporada, Barkley regresó para disputar su duodécima temporada y plantar batalla a las lesiones. La temporada 1995-96 fue la última de Barkley en los Suns. Fue líder del equipo en anotación, rebotes y robos, disputando por décimo año consecutivo el All-Star Game.  Se convirtió en el décimo jugador en la historia de la NBA en conseguir 20.000 puntos y 10.000 rebotes, pero sucumbió en primera ronda ante los Spurs de San Antonio pese a firmar 25,5 puntos y 13,5 rebotes.

Los Suns, equipo tradicionalmente acostumbrado a fichajes modestos, habían conseguido retener a Charles Barkley durante 4 años en los que había conseguido darles una identidad de equipo y llevarles de la mano a unas finales de la Nba, pero era obvio que la etapa tocaba a su fin. En aquel verano, “Sir Charles” fue traspasado a Houston Rockets por Sam Cassell, Robert Horry, Mark Bryant y Chucky Brown.

Los Houston Rockets y “el ultimo tranvía”

Barkley se mudaba a Houston con la clara intención de intentar su último y desesperado asalto a ese anillo que tanto se le resistía y que había de ser colofón perfecto a una carrera que cada vez se antojaba más corta por mor de las lesiones. Los Houston Rockets de  Hakeem Olajuwon y Clide Drexler eran los candidatos prefectos, pues habían ganado los dos últimos campeonatos con autoridad. El único problema a la vista era que el señor Michael Jordan había regresado de su prematura retirada de poco más de un año y medio y amenazaba con volver a acaparar campeonatos. Barkley seguía luchando contra las lesiones y conseguía mantener unas estadísticas más que dignas para sus 33 años, finalizando la campaña como segundo máximo anotador y máximo reboteador del equipo. El hecho de verse rodeado de estrellas y jugadores con rol muy definido, le restó protagonismo ofensivo a Barkley, cosa que agradeció, pues su capacidad de tirar del carro mermaba de manera directamente proporcional al paso de los años y las lesiones. La pérdida de explosividad en el juego de Barkley vino acompañada de un más que notable aumento de peso. El instinto para dominar el rebote jamás se mermó y consiguió la segunda mejor media de su carrera (13,5 por partido), pero los Jazz de Utah le privaron de alcanzar su sueño, apeando a los actuales campeones en finales de conferencia. La maniobra del “superequipo” no había salido del todo bien, pero no se iba a dar por vencido.

Al año siguiente continuaron las lesiones, probablemente el adversario más duro de la carrera de Barkley. El equipo terminó la temporada regular con un discreto 50% de victorias y cayeron en primera ronda, de nuevo ante los Jazz. Charles luchaba contra su declive como un gato panza arriba y conseguía promediar un doble/doble, temporada tras temporada, en un ejercicio de supervivencia deportiva sin precedentes. En la temporada siguiente (1998/99), famosa por el Lockout, se convirtió en el segundo jugador en la historia (tras Wilt Chamberlain) en conseguir 23.000 puntos, 12.000 rebotes y 4.000 asistencias. Se fue Clyde Drexler y llegó Scottie Pippen, en otro intento desesperado de aunar fuerzas por un anillo. Aquel con quien tanto había luchado Barkley en las eliminatorias del Este años atrás, e incluso en la misma final de la Nba, luchaba codo con codo con él en un agónico último intento de conquistar una corona. Sus esfuerzos fueron en vano y pese a promediar en las eliminatorias 23,4 puntos y 13,8 rebotes, fueron eliminados a las primeras de cambio por Los Angeles Lakers.

Houston Barkley

Foto: Houston Chronicle

Corría la temporada 99/00 y la frustración de Charles recordaba a la sufrida en su último año en Philadelphia, solo que aquí la culpa ya no era de su ansiedad sino del paso del tiempo y las circunstancias. La liga había cambiado y nuevos jóvenes jugadores reclamaban su sitio entre la élite de manera expeditiva. Ese año fue famoso por la trifulca que el propio Barkley protagonizó con Shaquille O´Neal, curiosamente hoy en día su amigo y compañero de trabajo en la TNT. El devenir de Barkley por los parqués de la liga era la crónica de una muerte anunciada, y como tal llegó. La temporada finalizó prematuramente para el tras romperse el tendón de su cuádriceps izquierdo el 8 de diciembre de 1999 en Philadelphia. Un amargo capricho del destino tuvo a bien sentenciar la carrera de Barkley allí donde comenzó, pero dando un último y grandioso ejemplo de rebeldía innata, quiso evitar que la última imagen deportiva que se tuviera de el fuese aquella. El 19 de abril de 2000 en la cancha de los Grizzlies de Vancouver, disfrutó de unos últimos minutos en pista hasta que consiguió anotar una canasta. Inmediatamente después, abandonaría la pista para poner fin a una gloriosa carrera de 16 años en la élite.

Charles Barkley Ganó una vez el MVP de la temporada y jugó 11 veces el All-Star. Se retiró con 23.757 puntos, 12.546 rebotes y 4.215 asistencias. Con la selección de los Estados Unidos ganó dos oros olímpicos: El de Barcelona y el de Atlanta. Fue 6 veces escogido para el mejor quinteto de la liga, 5 para el segundo y una para el tercero. En 1996 fue elegido entre los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA. A partir de 2006 entró a formar parte del Basketball Hall of Fame.

El bueno de Barkley se fue sin un anillo pero con la cabeza bien alta al haberse convertido en uno de los mejores jugadores de la historia del baloncesto. Desde que se retiró inició su carrera como comentarista deportivo de la NBA en el programa “Inside the NBA” de la cadena “NBA on TNT” donde da rienda suelta a su faceta más lenguaraz, codo con codo con Shaquille O´Neal.

Barkley no era más que un niño grande. Un niño con un gran corazón al que las circunstancias de la vida le hicieron coger el toro por los cuernos. Extradeportivamente, a pesar de haberse postulado varias veces como gobernador de Alabama, declarándose republicano primero, luego independiente y por último demócrata, la conciencia social de Barkley siempre se ha traducido en buenas acciones. Donó un millón de dólares para ayudar a las víctimas del huracán Katrina,  dio otro millón a una escuela elemental de Birmingham y otro millón más a Leeds High para ayudar a los estudiantes a pagar la universidad. En su Leeds natal, la “Charles Barkley Avenue” recuerda al mayor valedor de la comunidad.

Intentar definir a Barkley sería una tarea imposible, así que la mejor manera de recordarle es como un demonio dentro de la pista y como un ángel fuera de ella, porque como el mismo aseguraba: “Alguien tenía que ser yo, ¿Por qué no yo?”

Foto: SI.COM

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NBA

Al Bianchi, un hombre de baloncesto

Al Bianchi nos dejó hace dos semanas. Una de esas personas cuya vida giró siempre por y para el baloncesto. Ni siquiera tras su retiro se desligó del todo de este mundo.

rjimenez@skyhook.es'

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Fallecido el pasado 28 de octubre en Phoenix, Arizona, de una insuficiencia cardíaca por causas naturales a los 87 años, Al Bianchi fue un tipo vinculado al baloncesto profesional norteamericano durante casi setenta años. Héroe universitario en los 50 y sólido jugador NBA hasta mediados de los 60. Entrenó en la ABA y rozó el anillo en los banquillos de la NBA  a mediados de los 70. Resucitó brevemente a los Knicks a finales de los 80 desde la gerencia general. Y compartió su idiosincrática visión del juego como consultor y ojeador hasta el final de sus días. Érase una vez un hombre a un balón de baloncesto pegado…

Nacido el 26 de marzo de 1932 en el neoyorquino barrio de Long Island City, Queens, Alfred «Al» Bianchi, uno de los tres hijos de los inmigrantes italianos Alfredo y Rose (Sciallo) Bianchi, fue un flacucho y letal francotirador —también un joven tenista de primer nivel pero, afortunadamente, escogió el baloncesto— con aparato dental, que en 1948 sería fundamental para llevar a su instituto de Long Island City a las semifinales de la liga de institutos públicos de Nueva York City, celebradas en el Madison Square Garden. Un lugar que llegaría a conocer como pocos en su vastísima trayectoria.

En las canchas

Bianchi fue reclutado por la Universidad Bowling Green State de Ohio en 1950, donde se convirtió en prolífico anotador desde su posición de base, en la que aprovechaba su entonces notable altura de 1,90 y un juego cada vez más agresivo y físico. Durante sus cuatro temporadas promedió 19,3 puntos por partido, con sus dos últimos años entrando en la historia de la institución —miembro de su Salón de la Fama desde 1965— con promedios récords de 22,1 puntos como junior (1952-53), y de 25 como senior (1953-54), y noches para el recuerdo como los 42 puntos endosados a Western Michigan, récord absoluto de los de Ohio. En esa temporada, Bianchi, apodado «Blinky», que formaba una temible dupla junto a otro icono de la universidad, James Gerber, llevó a los Falcons a un 17-7, lo que les valió una aparición en el National Invitation Tournament de la NCAA. Además de su segundo MVP consecutivo del equipo, Bianchi fue incluido en el All Ohio Team y recibió una mención honorífica en el All American Team. La NBA aguardaba.

Pero no sucedió así. Porque Bianchi, seleccionado en el puesto número 18 —novena selección de la segunda ronda— del Draft de la NBA de 1954 por los Minneapolis Lakers, pasaría los siguientes dos años sirviendo en el Cuerpo Médico del Ejército estadounidense. Y, al reincorporarse a la competición en 1956, los Lakers lo traspasaron a los Syracuse Nationals. Con el equipo del estado de Nueva York jugaría siete años, antes de que este se «mudase» a Filadelfia en 1963, transformándose en los 76ers. En total fueron diez temporadas promediando 8,1 puntos , 2,2 asistencias y 2,5 rebotes por partido en menos de 20 minutos. Un consistente recambio, que destacaba por su fiereza y competitividad, para el excelso backcourt titular de los Nationals formado por Larry Costello y el gran Hal Greer. El 1 de mayo de 1966, los flamantes Chicago Bulls escogieron a Al en el draft de expansión de la NBA, pero nunca llegó a jugar con ellos, retirándose a los 33 años. O, mejor dicho, cambiando las zapatillas y el tiro desde el pecho a dos manos —el two set shot, del que fue uno de sus últimos exponentes— por la pizarra y el libreto de jugadas. 

En los banquillos

Y es que Bianchi pasó a ser el entrenador asistente de su ex-compañero en Syracuse y primer entrenador en la historia de la nueva franquicia de «la ciudad del viento» Johnny «Red» Kerr. Tras un año de formación, Blinky asumió el reto de liderar el banquillo de otro equipo en expansión, los Seattle Supersonics, pese a que en sus dos años en el equipo de Washington tan sólo pudo conseguir una marca perdedora de 53 victorias y 111 derrotas.

En cambio, su siguiente empresa sí sería exitosa y llamativa. Porque Bianchi, un preparador temperamental, con abundantes ataques de ira contra los jugadores que calificaba de «blandos» y los árbitros, con quienes siempre mantuvo una volátil relación de amor-odio, se trasladó a la ABA para ser el entrenador —asumiría su gerencia general posteriormente— de los Washington Caps/Virginia Squires, desde 1969 hasta 1975. En la temporada 1970-1971, la primera en Richmond, Virginia, llevó al equipo al campeonato de la División Este con una marca de 55-29, por lo que fue nombrado Entrenador del Año. Y, al año siguiente, consiguieron hacerse con todo un mito: Julius Erving —a quien Bianchi llamaba «Julie»—, recién salido de la Universidad de Massachusetts. Sin duda alguna, los Squires eran el equipo a seguir de la ABA.

Desgraciadamente, tras la derrota ante los New York Nets en la segunda ronda de los playoffs de 1972, los problemas económicos de los virginianos provocaron la toma de decisiones más que drásticas. Y, una temporada después, convertidos en grandes favoritos al título al juntar al «Dr. J» con George Gervin, los acontecimientos se precipitaron tras la sorpresiva derrota contra Kentucky en primera ronda. «Tuvimos que vender jugadores sólo para sobrevivir», dijo Bianchi a The Richmond Times Dispatch en 2006 sobre la decisión de enviar a Erving a los Nets por «mucho dinero» y George Carter. Y, en 1974, fue Gervin el tradeado a los San Antonio Spurs por 225.000 dólares. Tan sólo sirvió para alargar la agonía. Temporalmente salvados económicamente, pero sin mucho a lo que acogerse —tan sólo contaban con el futuro Hall of Famer Charlie Scott como jugador de renombre—, los aficionados dieron la espalda a los Squires y las derrotas —15-69 en sus dos últimas temporadas— causaron el cese de Bianchi en noviembre de 1975, seis meses antes de que la franquicia desapareciera. «La marcha de Erving me hizo un pésimo entrenador.», afirmó con sorna Blinky tiempo después.

Tras la absorción de la ABA por la NBA en 1976, Jerry Colangelo fichó a Al Bianchi para los Phoenix Suns como entrenador asistente de John MacLeod, en lo que parecía una extraña pareja —emocional y lenguaraz Bianchi, metódico y reflexivo MacLeod—, que funcionó a la perfección. Y es que esa sería su labor más extensa en los banquillos, hasta 1987, aunque su momento de mayor gloria a la vez que frustración llegaría en su primer año, en aquellas fenomenales finales contra los Boston Celtics, mitificadas gracias al quinto partido de la serie, el de la tres prórrogas —para muchos el mejor en la historia de la NBA—, clave para la victoria por 4-2 de los verdes. Al, expulsado en ese encuentro por el árbitro Richie Powers, relataría a The Arizona Republic que «fue mi única oportunidad de ganar un anillo, así que pensé, voy a hacerme uno yo mismo». Era de plata con una piedra turquesa y dos  inscripciones: «Phoenix Suns, 1975-76 World Champs», acompañado de un inapelable «Fuck you, Richie Powers».

En los despachos

Al Bianchi aún tenía varias aventuras que vivir. De hecho, su siguiente singladura fue una de las más relevantes y peliagudas de su carrera, pasando del banquillo de Phoenix al cargo de gerente general de —nada menos— que los New York Knicks. Bianchi tomó las riendas de la gestión knickerbocker en verano de 1987, tras una temporada 1986-87 desastrosa, con tan sólo 24 victorias. A nuestro protagonista no le tembló el pulso en sus primeras decisiones, reemplazando al entrenador Bob Hill —que había sustituido a Hubie Brown— por Rick Pitino, y permitiendo que Bernard King —tras dos años alejado de las canchas tras su gravísima lesión de rodilla— se fuera a los Washington Bullets.

Los cambios salieron bien para ambas partes. Mientras King resucitó su ilustre carrera en Washington, Bianchi acertó con Pitino, cuyo estilo de defensa presionante, ataque a la carrera y mucho tiro exterior, hizo progresar a un equipo cimentado en un joven Patrick Ewing y el rookie Mark Jackson —elegido mejor novato del año—, drafteado por Al desde la universidad de St. John’s. Ese primer año alcanzaron los playoffs, siendo eliminados en primera ronda por los Celtics. No obstante, la temporada 1988-89 sería aún mejor. Bianchi seleccionó a Rod Strickland proveniente de De Paul en la lotería, y se hizo con Charles Oakley y Kiki Vandeweghe vía traspasos. ¿El resultado? 52 triunfos, segundos del Este tras los «Bad Boys» Pistons, y una trayectoria más que notable que sólo truncaría un tal Michael Jordan en las semifinales de conferencia.

Sin embargo, tanto el equipo como la labor de Bianchi se tornaría más errática los dos años siguientes. Pitino renunció en verano del 89 para irse a los Kentucky Wildcats, cruce de declaraciones entre ambos, reflejo de la profunda desconfianza mutua, incluidos. Stu Jackson, su asistente, lo sustituyó al frente de los Knicks y, pese a que el arranque fue bueno, el discutible cambio del prometedor Strickland por el veterano Maurice Cheeks funcionó, y el equipo repitió ronda en playoffs cayendo ante los Pistons, futuros bicampeones, el momentum se esfumó. Al se deshizo de Jackson en diciembre de 1990, dándole el mando a su antiguo colega en Phoenix John MacLeod. Y aunque se apuntó un último tanto fichando al icono del Madison John Starks, tres meses después fue despedido y reemplazado por Dave Checketts.

En 1991, Bianchi regresó a Phoenix para ejercer de ojeador de los Suns, sobre todo en el ámbito universitario, cargo que repitió entre 2004 y 2009 para los Golden State Warriors. Incluido en el New York City Basketball Hall of Fame en septiembre de 2007, en sus últimos años, de nuevo en Arizona, se dedicó a la consultoría y el scouting independientes, labores en las que, no podía ser de otra forma, favorecía al jugador físico y despreciaba la analítica y las estadísticas, puro old school. Estaba preparando sus memorias, Journeyman: Seventy Years Along the Sidelines of Pro-Hoop History, junto a Tom Ambrose —otro tipo de dilatada trayectoria ligada a los Suns—. No podían tener un título más apropiado. Un auténtico hombre de baloncesto.

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Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

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Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Análisis

Dwight Howard y su camino a la redención

“Mi ego ha muerto”. Tras años vagabundeando por la NBA, alejado del cariño que antaño le profesaban los fans, Dwitght Howard regresa a la ciudad donde todo se precipitó.

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Conocemos la redención como el camino a tomar para liberarse de algo. En la doctrina cristiana, por ejemplo, se usa este término para referirse al perdón de los pecados y el objetivo de alcanzar la vida eterna. Según cuenta el cristianismo, Jesús murió en la cruz para salvar el mundo y, con su muerte, poder vencer la imperfección humana. Una tarea que fue desarrollando a lo largo de su vida y culminó con su crucifixión. Como Jesús, son muchos los que inician caminos de expiación para limpiar los malos actos pasados y comenzar en paz una vida nueva.

Dwight Howard, una persona profundamente religiosa, ha iniciado su propia peregrinación. El pívot que tanto dominó la NBA durante su etapa en los Orlando Magic, nunca escondió su intención de evangelizar la liga y su profunda relación con Dios. En una entrevista concedida a The Undefeated, el ahora jugador de los Lakers reconoció sentirse perseguido cuando cometió errores a lo largo de su vida y carrera profesional. Su asesor espiritual, el pastor Calvin Simmons es una figura clave en su día a día y según cuenta Howard, su fe actualmente está pasando por su mejor etapa.

“Ahora es más fuerte, mucho más fuerte de lo que era en aquel entonces. He pasado por tantas pruebas. No tienes más remedio que hacerte fuerte”.

Dwight Howard hablando de su fé (víaThe Undefeated’ ).

Dejando a un lado la moral cristiana, el pívot ha regresado a la ciudad de Los Ángeles y ha comenzado su propia redención con la camiseta ‘oro-púrpura’. Como si se tratase de un cuentagotas, se ha ido filtrando información acerca de cuáles fueron los motivos que llevaron a esos Lakers a fracasar de manera tan estrepitosa en su primera etapa en la franquicia angelina. Un quinteto formado por Steve Nash, Kobe Bryant, Metta World Peace, Pau Gasol y el propio Howard, que estaba llamado a marcar una época en la NBA y acabó disolviéndose por la puerta de atrás del Staples Center. La conversión de ‘Superman’ ha sido larga, desde su salida hasta su regreso como hijo pródigo.

El ‘superequipo’ que nunca llegó a ser

Año 2012. La ciudad de Los Ángeles, siempre conocida por su fama y conexión con Hollywood, se preparaba para vivir una emocionante temporada. Los Lakers venían de caer de manera consecutiva en Semifinales de la Conferencia Oeste y se comportaron de manera agresiva en el mercado veraniego. Hecho que les llevó a conseguir Dwight Howard y a Steve Nash, ilusionando a un pabellón que aún tenía recientes los dos Anillos consecutivos. De esta forma, montaban su particular ‘superequipo’, uniendo a uno de los mejores anotadores de la historia, un dos veces MVP, Pau Gasol y el mejor interior del momento, Dwight.

Una plantilla que les colgaba el cartel de favoritos e, incluso, el de equipo invencible. Nada más lejos de la realidad. Los Lakers naufragaron de manera estrepitosa y el proyecto se iba desmoronando a cada día que pasaba. La llegada de una nueva semana conllevaba escándalos que se acabaron traduciendo en la destitución de hasta dos técnicos y el hundimiento de una franquicia que estaba llamada a marcar una época. Un desastre que llevan arrastrando durante muchos años y que, desde esa campaña, les mantiene alejados de Playoffs. Con el paso de los años, poco a poco, han ido saliendo los motivos por los cuales el proyecto no cuajó.

El propio Nash, uno de los tres pilares del proyecto, atendió a ‘The Ringer’ y aportó su propia perspectiva de lo vivido con el conjunto ‘oro-púrpura‘. El base fue autocrítico y reconoció que nunca volvió a ser el mismo tras la lesión que lo mantuvo alejado en el primer tramo de la temporada. A esto se sumó los problemas crónicos que venía arrastrando Howard y la tremenda lesión que apartó a Kobe Bryant de los Playoffs. Además, Pau Gasol, “llegó a esa temporada agotado por jugar con España durante los últimos veranos”, según comentó el canadiense. Una plantilla asolada por las lesiones que, precisamente, no solo contó con ese contratiempo.

Es una realidad que un equipo falto de química está abocado al fracaso. Sin ella, los cambios, las ayudas, la circulación de balón y muchos otros aspectos; resultan tremendamente más complejos. Egos absolutamente incontrolables que dinamitaron un vestuario que no supo adaptarse por el bien común y remar hacia un mismo sentido. El dos veces MVP de la NBA no dudó en señalar la falta de adaptación al principal problema del fiasco: “no sé si habría funcionado. Éramos muchos gallos en el mismo gallinero y todos sabemos lo importante que es la química entre todos los jugadores para que un equipo funcione. Aunque no hubiésemos tenido todos esos problemas, no sé si hubiese funcionado”.

Kobe-Howard, un matrimonio abocado al divorcio

El amor, las relaciones, las amistades… son relaciones que dependen del respeto mutuo y entendimiento por ambas partes. La comunicación y la compatibilidad son la base sobre la que se debe sostener todo, con esas características cumplidas, se puede comenzar a construir. Pues bien, la relación ‘Howard-Kobe’ estuvo ausente en todos estos campos. Dos personalidades muy dispares que jamás gozaron de entendimiento y no supieron comunicarse para poner parches a las numerosas grietas.

Con Dwight Howard ya establecido en Houston, y en una de sus primeras batallas contra Kobe Bryant tras su salida de Lakers. Se vivió una confrontación en la que ambos jugadores discutieron acaloradamente. Precisamente fue en esa ocasión en la que Kobe llamó “soft” al entonces interior de los Rockets. Un jugador que, desde su llegada a la ciudad angelina, vivió una decadencia constante que culminó con su horrendo pasó por los Washington Wizards. De esta forma, Dwight Howard, pasó de ser el pívot más dominante y heredero de Shaquille O’Neal, a buscar equipo y naufragar en la liga.

(Vía @Stadium)

El entonces ‘12’ de los Lakers, siempre estuvo señalado por su actitud infantil y su falta de competitividad. Unas características que contrastaban con todo lo que representaba Kobe Bryant, que siempre fue un competidor obsesivo y un amante de la ética de trabajo. Dwight Howard reconoció encontrarse en una dimensión distinta a la del escolta y no coincidir en la forma de entender el baloncesto: “Nunca había visto a una persona como yo. Alguien que pudiera disfrutar del baloncesto, pero al mismo tiempo no ser tan serio”. Una mezcla que terminó explotando y con el pívot saliendo de la plantilla sin demostrar el nivel alcanzado durante su etapa en los Orlando Magic. Una relación rota y que, hasta hace escasos meses, parecía irreparable.

Los Lakers creen en las segundas oportunidades

Las segundas partes nunca fueron buenas, o al menos eso se suele decir. Cuando una persona te ha fallado una vez, tiende a repetirlo en más ocasiones. En el cine ocurre más o menos lo mismo, son muchos los críticos que reprochan las continuaciones de una buena película y no dudan en criticar esta. Pues bien, los Lakers han roto el tópico y han decidido adoptar a Howard como el hijo pródigo que se equivocó y vuelve a casa con ganas de redención. Una vuelta que cierra el círculo y llega en un momento crucial para la carrera de ‘Superman’.

El pívot de los Lakers presume de haber cambiado todas las actitudes tóxicas que dañaron a la franquicia durante su primera etapa. Abandonado su ego y asumiendo su ‘rol’ de jugador secundario y con labores de ‘albañilería’, se reengancha a la NBA tras tener serios problemas para encontrar equipo durante el verano. Un cambio de actitud que le ha llevado a “enterrar su ego” y declararse al completo servicio del equipo. Un cambio que va acorde con su intención de limpiar su nombre de jugador problemático y que, según ha comentado, viene acompañado del olvido de sus problemas crónicos en el apartado físico. Además, cuenta con la bendición de Kobe Bryant que sorprendió con unas declaraciones en las que mostró su total apoyo a su ex-compañero.

Creo que realmente Dwight aprecia esa oportunidad y que va a tener un gran impacto en el juego“.

kobe bryant sobre el regreso de howard (vía los ángeles times).

Lo cierto es que, en este arranque de campaña, ha demostrado ser un activo valioso para los angelinos y cuenta con la confianza de Frank Vogel. Su futuro dependerá de aprovechar una oportunidad que llegó gracias a la lesión de un Cousins que, probablemente, pueda regresar para los Playoffs (si es que Lakers consigue entrar). La versión que ha mostrado durante este arranque de la temporada es completamente distinta a la de su primera etapa. Ya no cuenta con esa obsesión por demostrar su juego al poste como antaño y Howard deberá, día a día, convencer a sus superiores de su valor en cancha.

De hacerlo, se uniría al selecto grupo de nombres que consiguieron ser ‘una segunda parte de calidad’ como ‘El Imperio Contraataca’, ‘El Caballero Oscuro’, ‘Terminator II’ o la segunda parte de “El Padrino”. Una oportunidad que llega a sus 33 años y que, esta vez sí, puede ser la última. El camino a la redención acaba de comenzar, y muy probablemente sea su prueba más compleja.

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