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Objetivo Europa

Jugoplastika: el engranaje perfecto

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Zeljko Jerkov se frotaba las manos, conocedor del potencial de sus cartas. Era el único que lo sabía. Un secreto bien guardado. Una bomba de relojería calentada a fuego lento en la más suma clandestinidad. Una plantilla repleta de nuevos talentos. Si algo tuvo la Jugoplastika fue su factor imprevisible. Nadie se esperaba a ese equipo. Nadie lo olvidará jamás.

Jerkov, GM de aquel conjunto, ya había vivido los años dorados del Split en la década de los 70, con varios títulos de liga y Copa Korac. Fue protagonista de la primera gran época del club croata, y a él le habían encomendado la vuelta a la gloria en un contexto nada sencillo, con una competición europea muy disputada.

Para descifrar al mejor equipo de la historia del baloncesto europeo hay que entender a Bozidar Maljkovic. Tácticamente obsesivo, dirigió al equipo “más talentoso de siempre”. Sus jugadores, todos a una en un grupo que no pasaba de los 23 años de media. Toni Kukoc y Dino Radja formaron una de las parejas más perfectas que se recuerdan. Tumbaron a Estados Unidos en la inolvidable final del mundial júnior de Bormio y se proclamaron campeones de la liga yugoslava al año siguiente, en la temporada 1987/1988

Maljkovic reforzó el equipo desde el primer año: hizo posible la llegada de Dusko Ivanovic del Buducnost. Ivanovic había liderado la liga en puntos anotados varias temporadas atrás. Una estrella consagrada que se unía a Perasovic y a los jóvenes Kukoc y Radja. Todos ellos formaban la piedra angular del equipo. Completaban la lista, casi de memoria: Goran Sobin, Zoran Sretenovic, Luka Pavicevic, Zan Tabak, Pasko Tomic, Teo Cizmic e Ivica Buric.

Perasovic llevaba ya unas temporadas en el Split, pero ese grupo le marcó para siempre: ”Aquel equipo fue especial. Sólo pensábamos en el baloncesto. Todo el mundo estaba muy metido en todo lo que hacíamos cada día, en cada entrenamiento. Yo no he estado en ningún otro equipo con una mentalidad para el baloncesto como ese”.

Aquí una de las claves balcánicas por antonomasia: la mentalidad. En el campeonato nacional la Jugosplastika forjó su carácter ganador dentro de una competencia brutal: el Estrella Roja de los Zoran, Jovanovic y Radovic; el Partizán de Vlade Divac, Zarko Paspalj y Djordjevic; la Cibona de Drazen Petrovic; el Olimpia de Ljubliana de Jure Zdovc; o el KK Zadar de Vrankovic y Komazec. Pero fueron los bisoños de Maljkovic quienes se alzarían con el título doméstico: 21-1 en la liga regular y victoria ante el Partizán en los play-offs. La máquina estaba engrasada y lista para retos mayores. Se habían juntado en el tiempo y en el espacio un grupo de extraordinarios jugadores. Algo irrepetible que solo podía tener una dirección.

Múnich, contigo empezó todo

El gran público conoció al engranaje perfecto en la Final Four de Múnich, la segunda en la historia de la Copa de Europa. ¿Cómo un equipo de imberbes, flacuchos e inexpertos jugadores iba a poder alzarse con el entorchado europeo? “Nos sentíamos niños entre los grandes, pero al mismo tiempo pensábamos que podíamos hacer grandes cosas” apuntaba Dino Radja.

Sus rivales, sobre el papel, eran mucho más superiores: el Aris de Salónica de Yannakis, Galis y Subotic; el Barcelona de Epi, Solozábal, Sibilio, Jiménez y Norris; y el Maccabi con Mercer, Jamchy, Magee y Barlow. La Jugoplastika, Cenicienta de la competición, invitado a la mesa de los grandes, mera comparsa. Quién lo diría ahora.

Además, todos evidenciaban hambre de victoria. El Maccabi había perdido dos finales consecutivas; el Barcelona venía de ganar dos ligas españolas y parecían por fin preparados para asaltar el trono europeo; y el Aris no tenía rival en Grecia, con nueve títulos (Ligas y Copas) en los últimos cuatro años. Mientras el Split solo había logrado el último título doméstico y carecía de experiencia en los grandes torneos. “Por favor, no perdáis por veinte puntos, no hagáis el ridículo”, recuerda Radja sobre lo que les decía la gente antes de partir hacia la ciudad alemana. La fase regular de la Copa de Europa había dejado muchas dudas entre sus aficionados, ya que el equipo llegó a Múnich con 8 victorias y 6 derrotas.

Era un conjunto fabricado para los momentos importantes, cuando los nervios aparecen y la ansiedad por el título es mayor. La Jugoplastika tumbó todas las estadísticas, los temores y los análisis previos desconcertando al baloncesto del Viejo Continente. Su primera víctima, el Barça de Aíto. “Que no os maten, porque si no todo el mundo dirá que llegasteis aquí por accidente”, alentó otro maestro de los banquillos, Aleksandar Nikolic, que acompañó a Maljkovic en el vestuario instantes antes del primer partido.

Sin ningún tipo de presión y con un desparpajo nunca visto, sus jugadores respondieron. 77 a 67 vencieron al Barcelona, con Kukoc omnipresente en base a su 2’07, Ivanovic de ejecutor y Radja bailando en la pintura. Maravilloso.

En la final, ante el Maccabi, el pívot acabaría con 24 puntos. Kukoc anotó 18. La Jugoplastika ganó 75-69. Suficiente para comenzar un gobierno que duraría más de 1.000 días. Un reinado que partía desde Yugoslavia, donde el equipo croata se alzaba con el título año sí y año también, siendo una condición necesaria para disputar la Copa de Europa. Lo lograrían durante tres años más, en los que nada ni nadie les hizo sombra.

La confirmación en tierras mañas

De Múnich a Zaragoza. En el nuevo cartel de la Copa de Europa volvía a figurar la Jugoplastika de Split con total merecimiento. Ya no era un outsider, incluso piezas fundamentales como Kukoc y Radja habían agrandado su palmarés con el oro en el Eurobasket de Zagreb aquel verano. Los croatas también acertaron con el mercado, logrando la adquisición de Zoran Savic como complemento de Radja en la pintura.

Los jóvenes genios jugaban de memoria bajo una máxima: el mínimo de botes posibles. Mucho poste alto, bloqueos indirectos, movimiento sin balón de los 5 jugadores y circulación de la bola hasta encontrar el tiro más eficaz. No fue el típico conjunto yugoslavo anclado en el talento y la inspiración ofensiva individual. Aquí jugaban todos y a cuál mejor. Eso sí, Kukoc y Radja estaban prácticamente siempre ambos en pista, o al menos uno de los dos. No había remedio ante tanto ingenio.

Ingenio y un conocimiento del juego fuera de toda duda: “Algunas veces durante la temporada les decía que tenían que ser ellos los que prepararan el partido. Y lo hacían de una manera fantástica: cómo jugar contra Drazen Petrovic, dónde estaba su lado fuerte, cómo hacer las ayudas, cómo presionar al rival… Esto es el nivel más alto que puede vivir un entrenador: ver que su equipo piensa como él, recuerda Maljkovic.

“Entrenador y equipo tienen que ser dos vasos comunicantes, y en ese equipo lo éramos. Cuando los jugadores estaban cansados, yo les ayudaba a conseguir moral con mi energía positiva. Y cuando yo estaba depresivo, ellos me daban la energía y la vida para continuar trabajando. En mi vida de entrenador sólo he vivido esto con ese equipo. Buscas palabras, y lo cierto es que era un equipo que no puedes definir. Más razón que un santo, Boza.

Con un sistema aún más dominante, la fase regular de la Copa de Europa fue más sencilla mejor que la del año anterior. La Jugoplastika llegó a la Final Four de Zaragoza en 1990 con un balance de 11-3. Pero los favoritos, una vez más, no eran ellos. Esta condición, tan peligrosa como subjetiva, recaía de nuevo en el Barcelona, que contaba probablemente con la mejor plantilla de su historia. 12-2 habían firmado los azulgrana en la liguilla. Unos registros que ni Limoges ni el Aris se acercaban. La final parecía hecha antes de los cruces. Y así fue: el Split derrotó al conjunto francés por 18 puntos, y el Barça hizo lo propio ante los griegos por 21.

La ansiedad del equipo catalán por ganar la Copa de Europa volvió a jugar a favor de la Jugoplastika. Por cercanía geográfica y sensaciones, el Barcelona era el equipo a batir. Además, habían mejorado su intensidad defensiva con la llegada de David Wood y contaban con una mayor profundidad de banquillo. Ese, el de Zaragoza 1990, debía ser el año.

Inútil. La versatilidad y la calidad de la Jugoplastika se volvió a imponer. Desde el inicio, además. Para el recuerdo la famosa jugada táctica de Boza, que dejó a Kukoc sin titularidad y desconcertó ya de salida a su rival. Minutos después, otro momento clave: un triple de Perasovic desde la mitad de la cancha antes del descanso fue el inicio de la remontada de los de Split. Los de Aíto, agarrotados, recordaron los fantasmas de la anterior temporada, y las muñecas temblaron en el momento clave (cuatro puntos en los últimos seis minutos). Los de Maljkovic, todo lo contrario: ante un pabellón volcado con su rival, controlaron las emociones del momento, defendieron a Epi con maestría y se hicieron con su segunda Copa de Europa por 67 a 72.

Leyenda en París

La Jugoplastika había alcanzado una madurez extraordinaria y se había hecho respetar por todo el continente. Su última Copa de Europa es la de París en 1991. Ese verano, las piezas del engranaje se tambalearon. El Split perdía a Maljkovic, elegido para capitanear el resurgir del Barcelona, Radja se fue a Roma, Ivanovic al Valvi Girona y Sobin al Aris. Cuatro bajas fundamentales que volvían a instaurar las dudas por tercer año consecutivo. A por ello, a por el más difícil todavía.

Hasta el patrocinador se dio a la fuga. La Jugoplastika pasó a definirse como Pop-84, y los resultados no fueron tan esperanzadores como en temporadas anteriores. El equipo ahora entrenado por Zeljko Pavlicevic se clasificó para la Final Four de París con nueve victorias y cinco derrotas. Rivales directos como Barcelona, Maccabi o Aris les habían tumbado en la liguilla. Pero ya saben: con los chicos de Split eso no importa.

En las semifinales, Perasovic, Kukoc y Savic agarraron el timón para derrotar con mucho sufrimiento al Scavolini de Pesaro (93-87), confirmando que el sistema de la Jugoplastika no atañe a un solo protagonista. Era un ecosistema aún viviente que estaba a escasas horas de superar a la historia.

En la previa de su tercera final consecutiva, apareció el nombre del ASK Riga, un antiguo equipo que encadenó tres Copas de Europa consecutivas (de 1958 a 1961, las tres primeras). El único hasta entonces que había logrado la triple corona.

Un extra de motivación más para la Jugoplastika, Pop-84 o como quieran llamarlo. El otro, Maljkovic, el mentor de todos ellos. El Barcelona esperaba en la Final tras tumbar al Maccabi. Otra vez, idéntico guión. Mismas caras de pánico en unos, mismos rostros de confianza en otros. El engranaje apuró su perfecto funcionamiento hasta los últimos días.

Toni Kukoc, que ya había sido drafteado por los Bulls, cerró el círculo. No podía ser otro. Fue el MVP de aquella Final Four, a pesar de que frente a Barcelona brilló Savic como el que más, anotando 27 puntos. Él mismo explica su paso adelante aquella temporada: “había mucha confianza en nuestro equipo. Yo al final de mi carrera fui un jugador diferente del que la gente vio, porque solía jugar al lado de la canasta. Tuve que trabajar en mi exterior en mis últimos años. Esas victorias fueron una cosa maravillosa, el premio correcto para un club que lo hizo perfecto”. 

La tercera final fue un encuentro calcado al de Zaragoza, con la Jugoplastika manteniendo sus características más primarias, y con un Barcelona presionado, agobiado e impotente ante los de siempre, esos genios de amarillo. La quinta falta de Solozabal a escasos minutos del final dilapidó las opciones azulgranas. 70-65 para alzar al cielo la Triple Corona.

En la ciudad del amor se cerró una etapa, la más gloriosa que haya conocido Europa. La guerra de Yugoslavia puso el punto y final: Kukoc huye a Treviso y Savic a Barcelona. El engranaje de la Jugoplastika se detiene. A día de hoy, no hemos visto un mecanismo tan perfecto y constante en el tiempo como aquel. El de unos niños que se hicieron mayores muy rápido, desafiaron a la historia y salieron triunfantes de todas sus cruzadas.

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Objetivo Europa

El Rey de Amarillo

El Gran Chamán. Un base polvorilla, callejero, con cinta de pelo, tan irregular como talentoso, siempre ligado a la gloria en Europa.

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“Cada tebeo tiene una media de 35 páginas y 124 ilustraciones. El precio de un único número oscila entre un dólar y 140.000. En Estados Unidos se venden 172.000 cómics al día. Unos 62.780.000 al año. Un coleccionista de tebeos posee una media de 3.312 números y pasaría aproximadamente un año de su vida leyéndolos”

Texto inicial en “Unbreakable”, de M. Night Shyamalan.

PRÓLOGO (IN MEDIAS RES)

18 de mayo de 2014, Milano, capital del diseño y del bunga bunga. Yogev Oyahon se dirige sin oposición a la canasta contraria y realiza uno de los mates más sencillos de su carrera, lo que no va a impedir su entrada en la historia. Maccabi acaba de presentar su candidatura a campeón de Euroliga más insospechado de la década, en dura pugna con ese Olympiakos que dos años antes, de la mano de un agonístico Printezis, tumbó a aquel aparentemente intratable CSKA de Kirilenko. Tan inaccesible como aquella constelación moscovita se suponía al Real Madrid 2013-2014 de Pablo Laso, y más contra un underdog cuya única superioridad se manifestaba en el alienante color pajizo de las gradas, y a manos de un invitado sorpresa que por un día se metamorfoseó en el rey amarillo.

Aquello no debería haber ocurrido.

PLANTEAMIENTO

Octubre de 2013, Vitoria. Un Real Madrid que luce galardón de campeón ACB de la temporada anterior se impone con dificultades en la final de la Supercopa al Barcelona, clavando la primera pica de la que promete ser una temporada histórica. La plantilla madridista, enhebrada con tino y especificidad por Juan Carlos Sánchez, Alberto Herreros y Pablo Laso, estaba construida para ganar y enamorar. Un par de cambios en el juego interior (Hettsheimeir y Begic out, Bourousis y Mejhri in) no alteraban el ecosistema Laso, cuyo sistema nervioso pasaba por la electricidad que generaban dos dinamos: los Sergios, capaces de trasladar el concepto de hipervelocidad al baloncesto europeo. Conectados a ellos, un Rudy Fernández en plenitud de facultades, que, cuando la espalda se lo permitía, era el exterior más completo de Europa en aquel momento; y un Nikola Mirotic que con apenas 22 años podía ya presumir de un MVP de liga ACB, y cuya inteligencia, versatilidad y lectura de espacios encajaban en aquella maquinaria cual nivel uno de Tetris.

Febrero de 2014, Madrid. El Palacio de Deportes de la Comunidad era ocupado en cada partido por una afición merengue entusiasmada con el espectáculo que ofrecía su equipo, quizás el mejor, o como mínimo el más vistoso, baloncesto visto en Europa durante muchísimo tiempo. Show tras show, vapuleo tras vapuleo, el Madrid se paseó por la Liga Regular con apenas la oposición de un resiliente Valencia Basket. En la Euroliga, imbatidos durante la primera fase. En la Copa, tres cuartos de lo mismo… excepto que en una sorpresivamente igualada final contra el Barcelona necesitó un triple en el último segundo de Sergio Llull para levantar el trofeo. No había motivo de alarma, empero, sino de jolgorio: del showtime al triplete solo les separaban un par de pasos. El Maccabi de Tel Aviv, por señalar un equipo cualquiera, estaba haciendo una buena Euroliga pero nadie les tomaba como aspirantes a nada serio.

NUDO/CONFLICTO

Abril de 2014, Europa. Nos encontramos en plena vorágine de playoffs de Euroliga. Aunque nadie parece querer admitirlo, el Madrid está empezando a boquear. Sus resultados no son ya tan contundentes, o lo son con menos frecuencia. En algunos partidos se embarrancan en exceso; su defensa de anticipación (muchas veces con Slaughter defendiendo al base rival), la que le permite salir trescientas veces por partido al toque de corneta, parece algo menos exuberante.

La serie contra el siempre roqueño, pedregoso Olympiakos no se resuelve hasta el quinto partido, pero a fin de cuentas, aunque el juego ya no sea siempre tan fluido, se ha conseguido el objetivo. En otro lado del cuadro, el Maccabi le roba la ventaja de campo al Emporio Armani en el primer choque, después de remontarle 13 puntos en apenas 3 minutos, y le impide participar en una Final Four en casa. A ella los acompañarán el otro gran favorito, el sempiterno semifinalista y legendario choker CSKA de Moscú, y un Barcelona en ascenso después de una temporada dubitativa.

16 de mayo de 2014, Milán. El Mediolanum Forum di Assago, el recinto donde se celebra la Final Four de ese año, transmite una iluminación extraña, casi tenebrista, como si Caravaggio hubiera descubierto las posibilidades claroscuristas (es tu turno, RAE) del baloncesto. La luz se focaliza en la pista de juego de tal manera que contrasta poderosamente con la lobreguez de la grada; lobreguez que se empeña en objetar, embriagada de utopía, la marea amarilla de la afición macabea, muy superior en número y entusiasmo a las demás.

Un empuje que no se difumina ni cuando, a 40 segundos del final del tercer cuarto, el favoritísimo CSKA se distancia 15 puntos por encima, 55-40. Tampoco cuando, a pesar de los esfuerzos de Tyrese Rice, el equipo moscovita domina por 67-63 a falta de 19 segundos: hacen bien. Triple de David Blu. Pérdida absurda de Khryapa. Canasta de Rice. Sonny Weems yerra un triple al límite de la bocina incluso antes de lanzarlo. Maccabi se impone 67-68 ante el delirio generalizado, y no solo de la afición israelita: de repente, la otra semifinal se ha convertido en una final anticipada.

16 de mayo de 2014, un par de horas más tarde, Milán. El Barcelona de Xavi Pascual entra al partido cuatro minutos antes que el Real Madrid y lo aprovecha para situar un 12-4 en el marcador. Pablo Laso se ve obligado a despertar a sus jugadores con un tiempo muerto y vaya si los despierta. El descanso acaba con un aún discreto 37-45 que no es en absoluto espoiler de lo que va a ocurrir a continuación: la más inmisericorde masacre acontecida en un encuentro de Final Four, y yo diría que en la historia de la Euroliga.

Hay un instante, a mediados del tercer cuarto, en el que el partido implosiona; es como ver al equipo de 5º de EGB contra los de 2ª (sí, soy TAN mayor, gracias por preguntar). Un Madrid en versión 2014 optimizada (que ya se estaba viendo con menos asiduidad, pero tal) y un Barcelona de brazos caídos que no era la primera vez que asomaba esa temporada, pero nunca de manera tan manifiesta. 68-100 es el resultado final, que muchos de los aficionados barcelonistas desplazados a Milán acaban (acabamos, snif) conociendo vía móvil porque no pueden soportar el bochorno. El metro de la ciudad, durante unos minutos, alberga un dominante pero mortuorio color azulgrana. La historia funde a blanco.

DESENLACE

18 de mayo de 2014, yasabeisdónde. Todo parece apuntar a un noveno entorchado europeo madridista, 19 años después del octavo, cortesía de Zeljko & Arvydas, S.L. Ni siquiera el abrumador quórum amarillo en las gradas (que incluía a los aficionados del Barça y los asientos revendidos de los moscovitas) alteraba la sensación imperante de que el partido iba a quedar resuelto al descanso. A falta de dos minutos y medio para el mismo, y a pesar de que el encuentro se desarrollaba de manera más embarrada de lo esperado, un 33-24 confirmaba, más o menos, las expectativas. Pero siete puntos consecutivos del veterano David Blu cierran la primera parte con un abierto 35-33.

18 de mayo de 2014, una hora después. A falta de cuatro segundos y con empate a 73 en el marcador, un más bien fallón pero bullicioso Tyrese Rice, que poco a poco ha ido asumiendo las riendas macabeas, lanza un triple más o menos abierto que solo encuentra aro, al igual que el palmeo de Alex Tyus. La final se va a la prórroga en medio de una atmósfera David-le-está-tocando-lo-que-no-suena-a-Goliath (y nunca mejor traída la alegoría), pero la fiesta se ha acabado, Maccabi ha arrojado su oportunidad por el desagüe. Es cierto que Llull no ha conseguido anotar aún ni un solo punto, a Mirotic parece habérselo tragado la tierra, el banquillo está narcotizado y el equipo blanco, en general, apelmazado por la responsabilidad, quizás con la excepción del Chacho, el único que más o menos se mantiene a su nivel. Pero es el Madrid, es demasiado superior y bastante se ha alargado ya la broma.

18 de mayo de etcétera. Volvemos al arranque del artículo. Tyrese Rice, un base polvorilla, callejero-con-cinta-de-pelo, de primer paso desbordante y tiro irregular, sexto e incluso séptimo hombre en la rotación de David Blatt, ha ido asomando la cabeza (y la cinta) de manera progresiva pero imparable durante los cuarenta minutos, hasta ser el máximo protagonista. En la prórroga no es que asome la cabeza, es que es el jodido Juggernaut.

Los 14 puntos que añade a sus 12 anteriores no explican el efecto centrifugador que ejerce sobre la final: todo, absolutamente todo, gira sobre él, como si todos los involucrados en el partido entraran en una fase mística colectiva en la que Rice es el Gran Chamán. Tal es el seísmo causado que incluso le sobra un minuto a la prórroga, al que se entra ya con todo resuelto, para acabar con un inopinado 86-98. El Maccabi enriquecía su palmarés con su sexta Copa de Europa, Tyrese Rice multiplicaba exponencialmente su caché para el siguiente lustro, y el Madrid entraba en una espiral de dudas internas, perplejidad y vacilación que le costaría incluso la liga ACB un mes después, ante el mismo Barcelona al que había atomizado en Milán.

El año siguiente, Tyrese Rice ni siquiera apareció por la Euroliga (fichó por el Khimki, que ese año jugaba la Eurocup), el Maccabi transitó por una de las peores temporadas de su historia (eliminado en cuartos de Euroliga, ni siquiera supo clasificarse para la final de la Superliga israelí), y el Real Madrid abrochó un triplete histórico que premiaba su apuesta por el continuismo. La gloria y el fracaso, queridos padawanes, son efímeros.

THE END

CREDIT ROLL

OJO, SE PARA LA MÚSICA

ESCENA POST-CRÉDITOS

Ese verano fue el de la marcha de Nikola Mirotic a los Bulls, después de un final de temporada, justo a partir de la final de Milán (de la que acabó resultando ser uno de los grandes señalados, a pesar de que casi nadie estuvo a su nivel), en el que mostró un rendimiento de cauce vertiginosamente descendente. Con el tiempo, se han generalizado los rumores de un deterioro de su relación con Pablo Laso (al que ni si quiera nombró en su carta de despedida) y con los gestores del club, al que tuvo que pagar la cláusula íntegra de salida… pero gracias a lo que, cinco años después, se encontró con vía libre de derechos para retornar a Europa y firmar por el Barcelona…

… lo que nos lleva al sentido real y hasta ahora oculto de este artículo: aquella Final Four, su intrahistoria, y la de las semanas siguientes, definieron la semilla de lo que, a los ojos de cualquier avezado lector de cómics, es la historia de orígenes de un ¿superhéroe? ¿supervillano? ¿antihéroe? (si es David Dunn o Mr. Glass queda en manos de vuestras filias y fobias, estimados lectores), el constructo seminal de un personaje de cuyo éxito deportivo dependerá si acaba siendo Batman o el Hombre Cometa.

Esta es, en realidad, la historia de origen del Nikola Mirotic barcelonista.

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La hora cero del CSKA

El campeón de la Euroliga afronta una revolución inesperada. A la marcha de Nando de Colo y Corey Higgins se le puede sumar alguna más. Tocará mover ficha en Moscú.

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Han vuelto a ser el primer equipo en Rusia un año más, lo que ciertamente no es bueno para el baloncesto ruso, pero no deja de ser una realidad inapelable: ganan porque son de largo el mejor equipo y porque disponen de un colchón de más de diez millones de euros en relación al presupuesto del resto de “contenders”. Hasta ahí todo bien. Sergio Rodriguez, nos contaba en Skyhook #14 que “hay que quitarse de la cabeza la palabra fracaso por no ser campeones de la Euroliga” palabras comprensibles cuando vienen de un jugador….pero que se lo vaya a decir a Vatutin. Hace ya mucho tiempo que en las oficinas de la Leningradsky no basta con ganar la VTB. Tampoco con caer en semifinales de la F4 ante el Olympiakos o el Real Madrid de turno.

La derrota en Belgrado en la Final Four de 2018 supuso un punto de inflexión. Tras la derrota ante el Real Madrid muchos pidieron abiertamente el despido de Itoudis, de quien podemos decir que ese verano tuvo pie y medio fuera del club. Sin embargo, la figura salvadora de Andrei  Vatutin , presidente del club. hace que Itoudis se queda en Moscú, diseñe una campaña con una minipretemporada incorporada en los meses de enero y febrero, y posibilita que el CSKA llegue en plena forma a Vitoria para alzarse con la segunda Copa de Europa en cinco años para Itoudis.

El Buesa Arena supuso el punto de inflexión. Vatutin e Itoudis se abrazaban en un estado de éxtasis en el medio de pista mientras Vatutin le dice al griego: “.Me prometiste que me iba a sentir orgulloso de ti”. Parece que Itoudis es un hombre de los que respaldas las palabras con hechos, pero en Vitoria comenzaba el día uno de la nueva realidad del CSKA.  Nueve jugadores terminaban contratos, Itoudis también y ni siquiera la continuidad de Vatutin estaba asegurada si nos atenemos a las declaraciones que recoge el portal “CSKA.news”: Prometo que terminare la temporada y en ese momento me parare a pensar en el futuro. Después de una gran victoria como esta, siempre se pueden extraer muchas conclusiones positivas, pero tampoco hay que olvidar que conllevan mucho sacrificio y mucho “stress” personal”. No es un trabajo sencillo”.  Desde ese momento, no se ha oído nada más al respecto, por lo que la continuidad del hombre fuerte en los despachos parece probable y este es un hecho importante de por sí, por que pase lo que pase este verano en Moscú, “el factor Vatutin”, influirá en ello.

Con 9 jugadores de los 14 de la primera plantilla finalizando contrato, se sabía que el verano iba a ser movido en Moscú. Tradicionalmente el CSKA trata de cambiar dos o tres piezas anualmente, intentando evitar de esta forma tanto las revoluciones drásticas como los estancamientos en la plantilla.  Tan solo De Colo, Vorontsevich, Kurbanov, Higgins y Kyle Hines, campeones en 2016 en Berlin, sobrevivían en la plantilla campeona este año .

Parece lógico que la primera piedra angular del CSKA fuese la renovación de Itoudis tras proclamarse campeón de Europa. A la hora de valorar la plantilla, la cosa tiene innumerables matices. Todos los extranjeros a excepción de Daniel Hackett terminan contrato y dos de ellos, Corey Higgins y Nando de Colo han anunciado su salida. Dos piezas claves que pierde el equipo del ejército en el perímetro y que obligan a la dirección del club a  buscar reemplazos de entidad. Ambas salidas se llevaban meses especulando en distintos medios, y finalmente se han confirmado. Dos hombres que acumulaban nueve temporadas entre los dos en el CSKA y que en decisiones personales han decidido no renovar con el club. Higgins, una apuesta personal de Itoudis tras su paso por la liga turca, llegó al CSKA procedente del Royal Gaziantep turco. Fue un fichaje que llegó sin hacer demasiado ruido y creció de forma exponencial en Moscú. En su caso se sabe que vestirá la camiseta del Barca Lassa la próxima temporada, algo que a día de hoy se desconoce en el caso de Nando de Colo.

Han sonado varios destinos para el genial escolta francés, pero a día de hoy su futuro parece más cercano a Valencia más que a ningún otro punto del mapamundi. Razones familiares parecen pesar en un hombre que acumula cinco inviernos con su familia viviendo las particularmente crueles heladas y nevadas  con las que el implacable invierno ruso obsequia a los residentes en la antigua URSS. Nada que ver los inviernos de Moscú con los de Madrid, Barcelona o Valencia.

A pesar de que el CSKA es un equipo relativamente joven donde nadie supera los 32 años de edad, va a ser dificil que tras estas dos salidas el CSKA pueda seguir apostando por su política de no cambiar demasiadas piezas. A pesar de ser las dos salidas confirmadas y de llevar su nombre meses sonando en los mentideros, ni Higgins ni De Colo eran las dos salidas que se planteaban más inmediatas. Otros dos nombres sonaban con fuerza : Alex Peters…..y Sergio Rodríguez.

Alex Peters llegó a Moscú con el cartel de joven y prometedor jugador. Mostró un aceptable rendimiento en el primer tramo de competición, revelándose como un buen lanzador exterior, pero lo cierto es que su rendimiento ha ido de menos a más , reduciéndose sus minutos  hasta pasar prácticamente inadvertido. La Final Four puso de manifiestos sus limitaciones defensivas en el poste, siendo uno de los pocos jugadores del equipo campeón que salió devaluado. Itoudis está bastante decepcionado con su rendimiento por lo que no Peters tiene todas las papeletas para salir del equipo también.

Si bien en España la presencia del “ Chacho”, es habitual en los hightlights de diversos portales, su rendimiento bien merece un análisis más profundo. Hay ciertos sectores donde su desempeño no termina de convencer.  El publico moscovita disfruta del “Chacho”, de su desenfadado juego, de sus gestos a la grada, de su manera de vivir el baloncesto….pero en la prensa escrita se le acusa de ser demasiado irregular y representar el lado más débil en el escalón defensivo del CSKA. Más allá de todo eso, a nadie en Moscú de mis colegas de prensa a los que he preguntado les consta que Itoudis le haya dicho al base canario que quiere que se quede en el equipo, lo que invita a pensar que el griego está buscando otro tipo de jugador. En este punto, todo indica que el “Chacho”, será el siguiente  en salir del CSKA.

Daniel Hackett, Nikita Kurbanov, Joel Bolomboy, Ivan Ukhov y Andrei Vorontsevich son los cinco jugadores con contrato en vigor. Will Clyburn , Semen Antonov y Kyle Hines han estampado su renovación. Andrei Lopatin, el prometedor prospecto ruso debería tener ficha con el primer equipo la próxima temporada. Su brillante progresión lo demanda. A expensas de concretarse el futuro  de Peters, Othello Hunter  y Sergio Rodríguez, se espera el verano más movido en las oficinas del CSKA desde hace muchos años.        

Será el verano de la hora cero del CSKA. Un momento  crucial : algo muy concreto llega a su fin , y algo nuevo comenzará. A partir de Vitoria mucha gente piensa que todo va a ser diferente. Y así parece que va a ser.

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Objetivo Europa

Los renglones torcidos del baloncesto

Si vas a Dubrovnik, podrás visitar una maravillosa e hipnótica asimetría, que, como no podía ser de otra forma en esa tierra, esconde una exquisita historia detrás.

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Información de interés público: este no va a ser un artículo sobre la última temporada de “Juego de Tronos” aunque haga un cameo Daenerys Targaryen en algún momento; ni va a ser un post de cariz turístico-publicitario, aunque haya alguna foto de bucólicos paisajes amurallados esparcida por el artículo; y desde luego no va a ser un ejercicio de nostalgia aunque en algún momento puede que acaricie cierta ñoñería (y por favor disparadme entre las cejas si llego a esos niveles).

Tampoco estoy completamente seguro de que vaya a ser un post sobre baloncesto per se: puede que el deporte favorito de usted, querido lector, y de aquí su seguro escribano, no sea esta vez más que una excusa para cruzar desde las murallas de Dubrovnik a los cerros de Úbeda en menos tiempo que Flash sale a comprar helado de pistacho. O quizás no, quizás el deporte de la pelota gorda sí sea el centro neurálgico del artículo y yo esté balbuceando cual personaje de Woody Allen y echando a perder este primer párrafo. No sé a dónde va a parar esto, así que invito al amable lector (tal como va la cosa, a estas alturas ya solo debe de quedar uno. Un lector, digo) a acompañarme por el existencial vacío de la página en blanco.

Podríamos principiar por la idea. La idea provino de la columna sobre Ante Tomic que acometí hace un par de meses. En plena investigación (sí, investigación, ¿qué pasa? ¿a qué vienen esas risas?) sobre el jugador azulgrana y sus orígenes, me tropecé con un par de peculiaridades sobre su ciudad de nacimiento que me llamaron poderosamente la atención.

La primera la explicité en el texto referido: en el reparto de jugadores croatas de éxito, a Dubrovnik le ha tocado, extrañamente, la pedrea; y quizás por ese motivo se ha convertido en una localidad de tradición más waterpolista (o al revés: el orden de los factores-etcétera). Como enumeré en su momento, aparte de Tomic, podemos recordar a Prkacin, Andro Knego, Mario Hezonja… y ya. Sí, Luksa Andric jugó en Manresa, lo sé, malditos frikis, pero estaremos todos de acuerdo en que that’s. Not. The. Point.

La otra curiosidad con la que me topé fue una foto de una pista de baloncesto de la ciudad que saltaba inmediatamente a los ojos por su hipnótica asimetría y por el inaudito paraje en el que se encuadraba. En un primer momento me imaginé a un arquitecto estrábico diseñando la cancha; luego sumé dos más dos y concluí que aquello debió derivar de un maravilloso accidente o de una solución provisional que las circunstancias habían mutado a definitiva.

Después de darme un par de palmaditas en la espalda por semejante deducción herculespoirotiana (hola RAE, he venido a darte algo de trabajo), añadí a mi bucket list “visitar Dubrovnik” y me dispuse a ver el making of del penúltimo episodio de la temporada final de “Juego de Tronos”, ese en el que a Daenerys, Madre de Dragones, Rompedora de Cadenas y Hacedora de Barbacoas, le entra un calentón (pun intended) y arrasa Desembarco del Rey, la capital de los Siete Reinos, que ha sido siempre escenificada en la pequeña ciudad del litoral dálmata. Juraría que en una de las panorámicas del minidocumental atisbé la singular cancha de baloncesto. Y el resto es historia.

Nota del articulista: el párrafo anterior es una reinterpretación con fines dramáticos. El desarrollo de los hechos no se dio así EN ABSOLUTO pero y lo bien que me encaja todo.

Una historia que explica mucho mejor que yo José Manuel Puertas en este estupendo artículo, así que no lo voy a intentar. Pero sí resumir en pocas palabras. Alehop: al principio del siglo XIV se erigieron las dos torres fortificadas que actualmente escoltan la cancha, y en el XV se construyó una pared que conectaba esas torres; esa pared se convertiría con el tiempo en la singular pista de la que os estoy hablando, pero en aquel momento se aprovechó para construir una fundición.

El terremoto que en 1667 asoló la ciudad de Ragusa (nombre croata de Dubrovnik) arrasó dicha fundición, como tantas otras cosas, y sus ruinas fueron tapadas por las de las casas adyacentes; se decidió recubrir ese espacio, que empezó a ser utilizado por los niños como lugar de juegos, hasta que el colegio del casco antiguo decidió acondicionarlo como espacio de recreo para sus alumnos.

Finalmente, en 2008, después de excavarse la zona buscando (y encontrando) la antigua fundición, se decidió crear un remozado espacio deportivo público en el que era innegociable una pista de baloncesto. Viendo que las medidas no permitían diseñar una cancha tradicional, se preceptuó una configuración en la que se facilitara el poder jugar 2×2 y 3×3, de espíritu tan callejero. Vaya, no han sido tan pocas palabras.

Sí, solo pensar en jugar al baloncesto con esas solemnes, fastuosas vistas de la ciudad, a uno se le relamen los sentidos; no en vano, Vogue la incluyó en su “lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas” (y si os preguntáis por qué Vogue tiene una lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas, bienvenidos al club de debate).

Un partido en el que cada vez que ataques tengas que poner el intermitente puede dar para reguero de anécdotas y cachondeíto. Pero nada de esto es lo que me inspira a canturrear en Skyhook la poesía de la bella y adriática Ragusa; y ni siquiera estoy muy seguro de saber de dónde procede el impulso, pero me voy a aventurar, que aventurar no engorda.

¿No es hermoso que esta deslumbrante singularidad haya nacido en el caldo de cultivo de algo tan simple y primordial como la necesidad de unos críos de practicar su deporte favorito en su barrio? Al fin y al cabo, un ritual de comunión social infantil que nace y crece con absoluta naturalidad, que en su versión más básica nos cincela el carácter, y en la premium nos pavimenta un futuro hacia, pongamos, unas Finales de Conferencia. Creo que esta es la escena que se ha incrustado en mi imaginación, un poco al estilo de aquellos montajes de la inefable “Érase una vez el hombre”: un terremoto devastador del que nace, piedra sobre piedra, voluntad sobre voluntad, como caldo primordial originado sobre tierra quemada, un brote de belleza alrededor de una pelota naranja.

Y se me ocurre que este es el baloncesto real. Más que el de los pases imposibles de Magic, las suspensiones congeladas de Jordan, los dribblings enloquecidos de Curry o los contraataques-tuneladora de LeBron, el basket que aprendimos a amar es el de hordas de mocosos que se emperran, los muy plastas, en botar, saltar y lanzar sobre los escombros de una ciudad perdida, día tras día, año tras año, generación tras generación, hasta que consiguen, a través de la revolución más pacífica que pergeñar se pueda, que les construyan una pista de baloncesto imposible.

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