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Objetivo Europa

Cantú y su ingeniero volador

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Los albores de esta historia comienzan en 1936, en una Europa donde ya se presagiaba una guerra que daría comienzo tres años después. Dos jóvenes carpinteros italianos procedentes de Brianza viajaron hacia Berlín para asistir a los XI Juegos Olímpicos de la era moderna. Allí, en pleno mes de agosto, se encontraron con un folleto que enumeraba y explicaba el reglamento de un nuevo juego llegado de EE.UU solo unos años antes y que sería, por primera vez, deporte oficial en la capital alemana. Al regresar a Italia los jóvenes, atraídos por aquel deporte, comenzaron a practicarlo de inmediato, sirviéndose para ello de sillas perforadas en su asiento y colgadas de las paredes a modo de canastas. ¿El lugar? Cantú, una pequeña localidad en plena Lombardía, donde sus cerca de 30.000 habitantes vivían tranquilamente dedicados, en su mayoría, a la industria del mueble y del encaje. Más de 80 años después solamente el Real Madrid posee más títulos europeos que el Pallacanestro Cantú, orgullo de una pequeña ciudad y uno de los exponentes del dominio del baloncesto italiano durante las décadas de los 70 y 80.

Mario Broggi y Angiolino Polli fueron los encargados de llevar el pallacanestro a Cantú, un deporte prácticamente desconocido en Europa a finales de los años 30. Sería el propio Broggi quien trazaría las lineas de la primera pista en el patio situado en el interior del colegio de las Hermanas Sacramentinas, en pleno centro de la ciudad. Muchos eran los días de invierno cuando Broggi, Polli y los demás tenían que retirar los centímetros de nieve acumulados para poder practicar aquel deporte. En 1940, recién comenzada la II Guerra Mundial, el club adquiere el nombre de Opera Nazionale Dopolavoro Cantú y empieza a labrarse su historia en el país, con nombres como Peppino Borghi, Attilio Molteni o Vittorio Sgariboldi. Su primer gran éxito llegará en 1942, logrando la Copa Bruno Mussollini, nombrada así en honor del tercer hijo de Benito Mussolini, fallecido un año antes en accidente de aviación. Al frente se encontraba Luigi Cicoria, el primer gran entrenador en la historia canturina, quien se mantendría en el cargo hasta 1949, trayendo consigo jugadores de la vecina Milán y fundamentos tácticos que nunca antes se habían visto en la ciudad.

“Sí Cantú es sinónimo de baloncesto, también se lo debemos a él”, recordaba Carlo Lietti, otra de las primeras figuras de aquella joven formación. “Cuando llegó, el baloncesto en Cantú era muy primitivo, mientras que él ya estaba preparado técnicamente y, gracias a sus enseñanzas, este deporte arraigó en Cantú y no en otra ciudad. Antes de él no teníamos un verdadero entrenador”. Hoy, el nombre de Cicoria figura junto al resto de ilustres canturinos en la Piazza delle Stelle, un espacio rehabilitado que Cantú dedica a los mitos del baloncesto de la ciudad. Cicoria también dejaría para la posteridad su famosa frase “Te como el hígado”, dirigida a aquel jugador que cometía un error durante el partido y que, años después, muchos de los entrenadores del club seguían usando para motivar a sus jugadores.

En los duros años de la posguerra el equipo ya se ha trasladado a Piazza Parini para disputar sus partidos, con las líneas dibujadas en el cemento y gradas de madera para acomodar al público. En 1956 la Federación cubriría la cancha con una estructura prefabricada y las gradas de madera fueron reemplazadas por hormigón. Pronto se convirtió en una de las mejores canchas de Lombardía, especialmente en los partidos de máxima rivalidad ante Milán y Varese, donde los 2.000 espectadores podían practicamente tocar a los jugadores.

Cantú comienza a hacerse un nombre en el baloncesto nacional a partir de 1953, cuando el club alcanza la Serie B y, sobre todo, a partir del año siguiente, cuando alcanza la máxima categoría por primera vez, liderado por Lino Cappelletti, posiblemente la primera gran estrella del club y el primero en ser internacional con Italia. Base explosivo y gran penetrador a canasta,  logró 45 puntos ante Suecia en 1956, récord de anotación de la azzurra, roto 31 años después por otro mito de Cantú, Antonello Riva. Son años donde llega el primer patrocinador y el equipo logra mantener una estabilidad en la principal categoría, acabando el 4º o 5º clasificado en un campeonato que incluye 12 equipos.

El primer éxito del club llegaría en la temporada 68-69, con la consecución de la primera Liga, la ciudad más pequeña en conseguirlo. En el banquillo ya estaba Borislav Stankovic quien había sido reclutado por Ettore Casella, presidente del equipo, tras sus éxitos en el OKK de Belgrado. Con la firma Orasonda como patrocinador, Stankovic determinó rejuvenecer el equipo, apostando por el joven Carlo Recalcati y el argentino Carlos D´Aquila en el juego exterior y por tres jugadores interiores de más de dos metros que conformarían el mítico “muro de Cantú”: Bob Burgess, Alberto De Simone y Alberto Merlati. El 7 de abril de 1968 no cabía nadie más en el viejo Palazzetto Parini para recibir a la Simmenthal de Milán en el partido crucial por el campeonato. La victoria canturina por 71-58 suponía la llegada a la élite del baloncesto italiano de un club llamado a hacer historia.

Solamente un año después, un joven de apenas 17 años debutaba en la escuadra canturina, iniciando la época más dorada del equipo y la suya propia, la de un jugador que iba a labrarse una de las carreras más espléndidas del baloncesto continental. Hablar de Pierluigi Marzorati es hablar de la combinación perfecta de clase y dedicación para el juego. Detrás de un cuerpo delgado, de aparente fragilidad, con apenas 1.87 metros de altura, se encontraba un jugador con una gran técnica y una visión de juego exquisita, capaz de elevarse por encima del resto de los jugadores que le esperaban para taponar sus contraataques fugaces. Un jugador capaz de anotar 20 o 25 puntos en un partido o quedarse en tan solo 2 al siguiente, pero repartiendo asistencias y controlando el ritmo del juego en todo momento. Su habilidad y mentalidad le permitieron ganar todo con Cantú, formando una dupla fantástica en sus inicios con Recalcati como compañero y manteniéndose en el club de su vida durante 22 años (es el único jugador capaz de haber jugado baloncesto profesional en cinco décadas diferentes).

Su pasión por el baloncesto la fue cultivando jugando primero en el campo de piedra del Oratorio de San Michele y, más tarde, cuando continuó sus estudios cerca de Parini, la cancha donde el equipo jugaba sus partidos como local. “Ver a los jugadores en la cancha de Parini me hizo darme cuenta de que ese era mi camino, ese era mi deporte”. Entre entrenamientos y partidos en sus primeros años, tuvo tiempo de obtener el título en Ingeniería Civil en la Universidad de Milán, de ahí su apodo de “ingeniero volador”: ingeniero por sus estudios y volador por su manera de jugar, con movimientos llenos de electricidad. Flavio Tranquillo, conocido periodista italiano, llegó a decir de él que “mientras los demás jugaban al baloncesto, él volaba”.

Tras su llegada, muchos buenos jugadores extranjeros llegarían al club, pero fue la fórmula Marzorati-Recalcati, junto a otros buenos jugadores italianos, lo que permitió a la pequeña Cantú instaurarse como un club de referencia en Italia y conseguir sus primeros títulos continentales. En aquellos años 70, mientras Varese encadenaba finales de Copa de Europa, Cantú enlazaba finales de las otras competiciones continentales al ritmo que marcaba Marzorati y bajo el amparo económico de la casa Forst, uno de los patrocinadores más recordados en Cantú. Su primer éxito internacional llegaría en 1973 con la primera Korac ante el Maes Pils belga, teniendo a Recalcati y a Bill Drozdiak como principales artífices. Un año después lograrían revalidar el título ante el Partizán de Belgrado, para alcanzar la tercera consecutiva en 1975 ante el Barcelona.

Es la época de Aldo Allievi en la presidencia, de Arnaldo Taurisano en el banquillo y de Raffaele Morbelli como director deportivo. La Cantú de Marzorati, Recalcati, Farina, Tombolato, Beretta, Meneghel y Bob Lienhard, quienes logran un 1975 perfecto, con la segunda Liga de su historia y la victoria en una Copa Intercontinental celebrada a caballo entre Varese y Cantú, imponiéndose en una liguilla al Amazonas Franca brasileño, a sus vecinos varesinos y al Real Madrid. Para Marzorati, el éxito en aquellos años radicaba en la organización del club. “El sistema lo era todo. Para ganar, un gran club no necesita solo dinero, sino también una sólida administración. Primero debe haber un presidente, luego un director general y, finalmente, un entrenador. Ninguno de los tres debe interferir en el trabajo de los otros dos. Cuando Aldo Allievi se hizo cargo del equipo, su éxito se dio gracias a la asociación con Lello Morbelli y con los entrenadores Taurisano y Bianchini”.

Marzo de 1977 inaugura el dominio de Cantú en otra competición continental, la Recopa, derrotando en Mallorca al Radnicki de Belgrado, que contaba en sus filas con Milun Marovic y Srecko Jaric (padre de Marko) tras un apretado 87-86. Hart Wingo dará paso como extranjero a John “Crazy Horse” Neumann y la casa Forst a otra firma mítica en el club: Gabetti. Cantú jugará otras cuatro finales de Recopa, perdiendo solo la de 1980 ante Varese. En el camino, la temporada 78-79 acaba con una parte de la mejor historia de Cantú. Tras ser eliminados sorprendentemente por el modesto Arrigoni Rieti en la primera ronda de los playoffs, Arnaldo Taurisano es destituido como entrenador tras 15 años en la entidad, y dos emblemas del club como Recalcati y Della Fiori también hacen las maletas. Tampoco sigue Johnny Neumann, responsable de la victoria canturina en aquella Recopa con 22 puntos. Idolatrado por los aficionados debido a su amplio repertorio en puntos y asistencias, queda como anécdota la leyenda de que varios aficionados canturinos no quisieron renovar su abono al saber su marcha, marchándose a animar a la Billy de Milán, gran rival de los canturinos, como señal de protesta. El club no echaría en falta la ausencia de Neumann desde entonces pues su relevo estaba en la misma cantera.

“Nembo Kid” o “Bomber” fueron los apodos por los que fue conocido Antonello Riva a lo largo de toda su carrera. Con tan solo 16 años ya había hecho su debut con el primer equipo, formando parte de la plantilla campeona de la Recopa en 1978 y 1979, aunque sin llegar a participar en ninguno de los dos choques. Su punto de inflexión fue aquel verano de 1979, en el Mundial Juvenil celebrado en Brasil, donde empezó a mostrar los primeros destellos de su calidad junto a compañeros como Walter Magnifico o Ario Costa. Fue el inicio de una brillante carrera en el equipo nacional italiano, cuya camiseta lució 213 veces, anotando 3.795 puntos, muy lejos del segundo máximo anotador histórico, Dino Meneghin.

Hablar de Riva es hablar de un talento natural para la anotación pero también de un gran potencial físico para un jugador de 1.96 metros de altura, un físico que le permitía fajarse por los rebotes en el juego interior y que había empezado a esculpir siendo un niño cuando ayudaba a su padre a descargar azulejos para su taller artesanal. Riva necesitaba solo un pequeño espacio para lanzar desde cualquier posición, desde cualquier distancia. Uno de esos jugadores casi imposibles de defender. Solo una mínima pérdida de concentración de su defensor y Riva lo penalizaba sin más. Valerio Bianchini, mítico entrenador del club en la consecución de la primera Copa de Europa, resaltaba su fortaleza física y mental, su sangre fría en los momentos cruciales de los partidos y cómo asumía la responsabilidad en todo momento. Luca Chiabotti, afamado periodista italiano, decía de Riva que “usando el lenguaje del fútbol, Riva era un delantero centro puro. Era un escolta veloz, muy superior en el uno contra uno, con un gran manejo de la pelota y con un físico excepcional, lo que le permitió jugar hasta los 40 años”.

Riva explotó a los 19 años, con Valerio Bianchini en el banquillo y con Marzorati y el veterano Bariviera a su lado. En palabras del propio Riva “Valerio fue quien tuvo plena confianza en mí, quien centró toda su atención en un chico que no tenía ni tan siquiera 18 años. Le estaré agradecido el resto de mi vida pero de cada uno de mis entrenadores aprendí algo importante. Recalcati me ayudó a madurar  y adquirir la conciencia de un lider y Sandro Gamba, mi entrenador en la selección, me hizo darme cuenta de lo importante que era la defensa”.

En 1981, con Bruce Flowers y Tom Boswell como extranjeros, alcanzan su último título de Liga y su última Recopa, en Roma, ante el Barcelona. Es el preludio de los dos mejores años en la historia del equipo canturino, dos años en que consiguieron ser el mejor equipo del continente. Boswell sería reemplazado por Charles Kupec, quien venía de Milán, y los inicios no serían sencillos. “Recuerdo cada momento de aquella temporada mágica en Cantú”, decía el propio Kupec. ” Al principio hubo un recibimiento algo frío por parte de los aficionados porque había vestido la camiseta de la odiada Milán, pero la desconfianza se evaporó pronto”. Luciendo la mítica Squibb como sponsor en la camiseta, Cantú carburó con la veteranía de Marzorati y Bariviera, la juventud de Riva y Flowers, más jugadores emergentes como Innocentin, Bosa o Bianchi. Acaban la liguilla de la Copa de Europa por detrás de Maccabi, su rival en la Final que tendrá lugar el 25 de marzo en el Sporthalle de Colonia. Con mayoría hebrea en la grada, Cantú impone su ritmo de juego durante todo el choque y basa su victoria en la gran defensa sobre Aroesti y Berkowitz y en el poderío interior de la pareja Kupec-Flowers (23 y 21 pts). El cinco titular anota 84 de los 86 puntos totales de un equipo que se consagra como campeón de Europa por primera vez. “Fue la mayor emoción de mi vida”, recordaba Flowers en 2011. “Me dí cuenta de que Italia tenía el mejor baloncesto fuera de EE.UU. Los mejores equipos, jugadores, entrenadores, patrocinadores,…En un pequeño pueblo de apenas 40.000 habitantes jugábamos con todo nuestro corazón y fuimos campeones de Europa. Fue absolutamente fantástico”.

Un año después, el club defendía el reinado europeo después de alzar una nueva Copa Intercontinental, con Jim Brewer y Wallace Bryant como extranjeros y el veterano Giancarlo Primo como entrenador tras la marcha de Bianchini a Roma. Ford Cantú y Billy Milán, dos equipos y dos patrocinadores míticos de la época se dan cita en Grenoble en la que será la última ocasión en que dos equipos de un mismo país disputen la máxima final continental. Con 69-62 a favor y 38 segundos por jugar, Cantú parece que tiene el título ganado pero, inexplicablemente, pierde tres posesiones consecutivas y Milán tiene la última bola un punto abajo. Franco Boselli falla su lanzamiento y el último de John Gianelli es taponado por Brewer debajo del aro. Cientos de aficionados invaden la pista para abrazar a sus ídolos y arrancar las redes de la canasta, mientras Marzorati descorcha una botella de champán en el palco a la hora de recoger el trofeo. El propio Marzorati relataba que “es imposible olvidar la alegría que todos sentimos en Grenoble. Un triunfo contra nuestro rival histórico. Dos equipos que han marcado la historia del baloncesto italiano y europeo”.

¿Cómo una ciudad tan pequeña pudo establecer tal dominio en el baloncesto continental?  La mentalidad es la respuesta. El secreto del éxito de Cantú radicaba en la mentalidad colectiva de un grupo que llevaba muchos años jugando juntos. Jugadores y entrenadores cuyo único objetivo siempre fue mejorar año tras año. Jugadores como Marzorati o Riva podrían haber disfrutado de mejores contratos en ciudades más grandes pero, lo que quizá perdían en el aspecto económico, lo ganaban en el aspecto social, con el club, donde un simple apretón de manos bastaba, o con la gente, cuando pasear por Cantú en aquellos años para cualquier jugador significaba tardar minutos y minutos en andar unos pocos metros debido al calor del aficionado. El baloncesto en Cantú siempre ha sido algo más que un deporte o un mero aspecto económico. La unión de unos jugadores con un pueblo donde todos eran considerados de la misma familia. Marzorati, 22 años en el club, guiaba un grupo que formaba parte de una sociedad bien definida, donde todos tenían sus responsabilidades y, que a su vez, sabían transmitírselo a los jóvenes. El aspecto de la amistad, la relación de vivir todos juntos momentos felices y difíciles. “Lo importante no era la cantidad de talento que teníamos, sino lo que podíamos hacer para duplicar ese talento”, explicaba el capitán canturino, único jugador junto al malogrado “Chicco” Ravaglia en tener su número retirado. “Cada uno de nosotros, a nuestra manera, podía ser útil de acuerdo al papel que jugábamos”.

El último logro europeo del club llegaría en 1991 con la conquista de la Korac ante el Real Madrid, en una final a doble partido que se tuvo que decidir en la prórroga del segundo, marcada trágicamente por el infarto sufrido por Ignacio Pinedo en el banquillo madridista que le costaría la vida semanas después. La Cantú de Giuseppe Bosa, Pessina, Pace Mannion o Roosevelt Bouie. Fue la última victoria de Marzorati quien, con 39 años, decidiría retirarse al final de temporada, aunque volvería a jugar en 2006 un par de minutos a la edad de 54 años para celebrar el 70º aniversario del club ante Treviso. “Fue una suerte retirarme ganando pero, si no hubiese sido así, nada habría cambiado”.

Desde entonces, solo dos Supercopas de Italia han engrandado el palmarés del equipo, reponiéndose de un descenso de categoría en 1994, cuando la Ley Bosman atrajo jugadores extranjeros de dudosa calidad, cortando la proyección de los jóvenes talentos italianos.Hoy el club lucha por volver a ser un referente en Italia, el mismo objetivo que persiguen equipos históricos como Bolonia, Varese, Pesaro o Venecia. Continuar el legado de un club con 12 entorchados continentales. Un club que podría confundir a la gente con la variedad de casas comerciales que le han dado nombre (Forst, Squibb, Ford, Gabetti, Clear,…), pero todas ellas hacen referencia a un mismo símbolo, orgullo de un pueblo, el Pallacanestro Cantú, “La Regina D´Europa”, donde no se entiende ser esclavo de un deporte sino protagonista de un deporte.

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Objetivo Europa

El Rey de Amarillo

El Gran Chamán. Un base polvorilla, callejero, con cinta de pelo, tan irregular como talentoso, siempre ligado a la gloria en Europa.

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“Cada tebeo tiene una media de 35 páginas y 124 ilustraciones. El precio de un único número oscila entre un dólar y 140.000. En Estados Unidos se venden 172.000 cómics al día. Unos 62.780.000 al año. Un coleccionista de tebeos posee una media de 3.312 números y pasaría aproximadamente un año de su vida leyéndolos”

Texto inicial en “Unbreakable”, de M. Night Shyamalan.

PRÓLOGO (IN MEDIAS RES)

18 de mayo de 2014, Milano, capital del diseño y del bunga bunga. Yogev Oyahon se dirige sin oposición a la canasta contraria y realiza uno de los mates más sencillos de su carrera, lo que no va a impedir su entrada en la historia. Maccabi acaba de presentar su candidatura a campeón de Euroliga más insospechado de la década, en dura pugna con ese Olympiakos que dos años antes, de la mano de un agonístico Printezis, tumbó a aquel aparentemente intratable CSKA de Kirilenko. Tan inaccesible como aquella constelación moscovita se suponía al Real Madrid 2013-2014 de Pablo Laso, y más contra un underdog cuya única superioridad se manifestaba en el alienante color pajizo de las gradas, y a manos de un invitado sorpresa que por un día se metamorfoseó en el rey amarillo.

Aquello no debería haber ocurrido.

PLANTEAMIENTO

Octubre de 2013, Vitoria. Un Real Madrid que luce galardón de campeón ACB de la temporada anterior se impone con dificultades en la final de la Supercopa al Barcelona, clavando la primera pica de la que promete ser una temporada histórica. La plantilla madridista, enhebrada con tino y especificidad por Juan Carlos Sánchez, Alberto Herreros y Pablo Laso, estaba construida para ganar y enamorar. Un par de cambios en el juego interior (Hettsheimeir y Begic out, Bourousis y Mejhri in) no alteraban el ecosistema Laso, cuyo sistema nervioso pasaba por la electricidad que generaban dos dinamos: los Sergios, capaces de trasladar el concepto de hipervelocidad al baloncesto europeo. Conectados a ellos, un Rudy Fernández en plenitud de facultades, que, cuando la espalda se lo permitía, era el exterior más completo de Europa en aquel momento; y un Nikola Mirotic que con apenas 22 años podía ya presumir de un MVP de liga ACB, y cuya inteligencia, versatilidad y lectura de espacios encajaban en aquella maquinaria cual nivel uno de Tetris.

Febrero de 2014, Madrid. El Palacio de Deportes de la Comunidad era ocupado en cada partido por una afición merengue entusiasmada con el espectáculo que ofrecía su equipo, quizás el mejor, o como mínimo el más vistoso, baloncesto visto en Europa durante muchísimo tiempo. Show tras show, vapuleo tras vapuleo, el Madrid se paseó por la Liga Regular con apenas la oposición de un resiliente Valencia Basket. En la Euroliga, imbatidos durante la primera fase. En la Copa, tres cuartos de lo mismo… excepto que en una sorpresivamente igualada final contra el Barcelona necesitó un triple en el último segundo de Sergio Llull para levantar el trofeo. No había motivo de alarma, empero, sino de jolgorio: del showtime al triplete solo les separaban un par de pasos. El Maccabi de Tel Aviv, por señalar un equipo cualquiera, estaba haciendo una buena Euroliga pero nadie les tomaba como aspirantes a nada serio.

NUDO/CONFLICTO

Abril de 2014, Europa. Nos encontramos en plena vorágine de playoffs de Euroliga. Aunque nadie parece querer admitirlo, el Madrid está empezando a boquear. Sus resultados no son ya tan contundentes, o lo son con menos frecuencia. En algunos partidos se embarrancan en exceso; su defensa de anticipación (muchas veces con Slaughter defendiendo al base rival), la que le permite salir trescientas veces por partido al toque de corneta, parece algo menos exuberante.

La serie contra el siempre roqueño, pedregoso Olympiakos no se resuelve hasta el quinto partido, pero a fin de cuentas, aunque el juego ya no sea siempre tan fluido, se ha conseguido el objetivo. En otro lado del cuadro, el Maccabi le roba la ventaja de campo al Emporio Armani en el primer choque, después de remontarle 13 puntos en apenas 3 minutos, y le impide participar en una Final Four en casa. A ella los acompañarán el otro gran favorito, el sempiterno semifinalista y legendario choker CSKA de Moscú, y un Barcelona en ascenso después de una temporada dubitativa.

16 de mayo de 2014, Milán. El Mediolanum Forum di Assago, el recinto donde se celebra la Final Four de ese año, transmite una iluminación extraña, casi tenebrista, como si Caravaggio hubiera descubierto las posibilidades claroscuristas (es tu turno, RAE) del baloncesto. La luz se focaliza en la pista de juego de tal manera que contrasta poderosamente con la lobreguez de la grada; lobreguez que se empeña en objetar, embriagada de utopía, la marea amarilla de la afición macabea, muy superior en número y entusiasmo a las demás.

Un empuje que no se difumina ni cuando, a 40 segundos del final del tercer cuarto, el favoritísimo CSKA se distancia 15 puntos por encima, 55-40. Tampoco cuando, a pesar de los esfuerzos de Tyrese Rice, el equipo moscovita domina por 67-63 a falta de 19 segundos: hacen bien. Triple de David Blu. Pérdida absurda de Khryapa. Canasta de Rice. Sonny Weems yerra un triple al límite de la bocina incluso antes de lanzarlo. Maccabi se impone 67-68 ante el delirio generalizado, y no solo de la afición israelita: de repente, la otra semifinal se ha convertido en una final anticipada.

16 de mayo de 2014, un par de horas más tarde, Milán. El Barcelona de Xavi Pascual entra al partido cuatro minutos antes que el Real Madrid y lo aprovecha para situar un 12-4 en el marcador. Pablo Laso se ve obligado a despertar a sus jugadores con un tiempo muerto y vaya si los despierta. El descanso acaba con un aún discreto 37-45 que no es en absoluto espoiler de lo que va a ocurrir a continuación: la más inmisericorde masacre acontecida en un encuentro de Final Four, y yo diría que en la historia de la Euroliga.

Hay un instante, a mediados del tercer cuarto, en el que el partido implosiona; es como ver al equipo de 5º de EGB contra los de 2ª (sí, soy TAN mayor, gracias por preguntar). Un Madrid en versión 2014 optimizada (que ya se estaba viendo con menos asiduidad, pero tal) y un Barcelona de brazos caídos que no era la primera vez que asomaba esa temporada, pero nunca de manera tan manifiesta. 68-100 es el resultado final, que muchos de los aficionados barcelonistas desplazados a Milán acaban (acabamos, snif) conociendo vía móvil porque no pueden soportar el bochorno. El metro de la ciudad, durante unos minutos, alberga un dominante pero mortuorio color azulgrana. La historia funde a blanco.

DESENLACE

18 de mayo de 2014, yasabeisdónde. Todo parece apuntar a un noveno entorchado europeo madridista, 19 años después del octavo, cortesía de Zeljko & Arvydas, S.L. Ni siquiera el abrumador quórum amarillo en las gradas (que incluía a los aficionados del Barça y los asientos revendidos de los moscovitas) alteraba la sensación imperante de que el partido iba a quedar resuelto al descanso. A falta de dos minutos y medio para el mismo, y a pesar de que el encuentro se desarrollaba de manera más embarrada de lo esperado, un 33-24 confirmaba, más o menos, las expectativas. Pero siete puntos consecutivos del veterano David Blu cierran la primera parte con un abierto 35-33.

18 de mayo de 2014, una hora después. A falta de cuatro segundos y con empate a 73 en el marcador, un más bien fallón pero bullicioso Tyrese Rice, que poco a poco ha ido asumiendo las riendas macabeas, lanza un triple más o menos abierto que solo encuentra aro, al igual que el palmeo de Alex Tyus. La final se va a la prórroga en medio de una atmósfera David-le-está-tocando-lo-que-no-suena-a-Goliath (y nunca mejor traída la alegoría), pero la fiesta se ha acabado, Maccabi ha arrojado su oportunidad por el desagüe. Es cierto que Llull no ha conseguido anotar aún ni un solo punto, a Mirotic parece habérselo tragado la tierra, el banquillo está narcotizado y el equipo blanco, en general, apelmazado por la responsabilidad, quizás con la excepción del Chacho, el único que más o menos se mantiene a su nivel. Pero es el Madrid, es demasiado superior y bastante se ha alargado ya la broma.

18 de mayo de etcétera. Volvemos al arranque del artículo. Tyrese Rice, un base polvorilla, callejero-con-cinta-de-pelo, de primer paso desbordante y tiro irregular, sexto e incluso séptimo hombre en la rotación de David Blatt, ha ido asomando la cabeza (y la cinta) de manera progresiva pero imparable durante los cuarenta minutos, hasta ser el máximo protagonista. En la prórroga no es que asome la cabeza, es que es el jodido Juggernaut.

Los 14 puntos que añade a sus 12 anteriores no explican el efecto centrifugador que ejerce sobre la final: todo, absolutamente todo, gira sobre él, como si todos los involucrados en el partido entraran en una fase mística colectiva en la que Rice es el Gran Chamán. Tal es el seísmo causado que incluso le sobra un minuto a la prórroga, al que se entra ya con todo resuelto, para acabar con un inopinado 86-98. El Maccabi enriquecía su palmarés con su sexta Copa de Europa, Tyrese Rice multiplicaba exponencialmente su caché para el siguiente lustro, y el Madrid entraba en una espiral de dudas internas, perplejidad y vacilación que le costaría incluso la liga ACB un mes después, ante el mismo Barcelona al que había atomizado en Milán.

El año siguiente, Tyrese Rice ni siquiera apareció por la Euroliga (fichó por el Khimki, que ese año jugaba la Eurocup), el Maccabi transitó por una de las peores temporadas de su historia (eliminado en cuartos de Euroliga, ni siquiera supo clasificarse para la final de la Superliga israelí), y el Real Madrid abrochó un triplete histórico que premiaba su apuesta por el continuismo. La gloria y el fracaso, queridos padawanes, son efímeros.

THE END

CREDIT ROLL

OJO, SE PARA LA MÚSICA

ESCENA POST-CRÉDITOS

Ese verano fue el de la marcha de Nikola Mirotic a los Bulls, después de un final de temporada, justo a partir de la final de Milán (de la que acabó resultando ser uno de los grandes señalados, a pesar de que casi nadie estuvo a su nivel), en el que mostró un rendimiento de cauce vertiginosamente descendente. Con el tiempo, se han generalizado los rumores de un deterioro de su relación con Pablo Laso (al que ni si quiera nombró en su carta de despedida) y con los gestores del club, al que tuvo que pagar la cláusula íntegra de salida… pero gracias a lo que, cinco años después, se encontró con vía libre de derechos para retornar a Europa y firmar por el Barcelona…

… lo que nos lleva al sentido real y hasta ahora oculto de este artículo: aquella Final Four, su intrahistoria, y la de las semanas siguientes, definieron la semilla de lo que, a los ojos de cualquier avezado lector de cómics, es la historia de orígenes de un ¿superhéroe? ¿supervillano? ¿antihéroe? (si es David Dunn o Mr. Glass queda en manos de vuestras filias y fobias, estimados lectores), el constructo seminal de un personaje de cuyo éxito deportivo dependerá si acaba siendo Batman o el Hombre Cometa.

Esta es, en realidad, la historia de origen del Nikola Mirotic barcelonista.

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Objetivo Europa

La hora cero del CSKA

El campeón de la Euroliga afronta una revolución inesperada. A la marcha de Nando de Colo y Corey Higgins se le puede sumar alguna más. Tocará mover ficha en Moscú.

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Han vuelto a ser el primer equipo en Rusia un año más, lo que ciertamente no es bueno para el baloncesto ruso, pero no deja de ser una realidad inapelable: ganan porque son de largo el mejor equipo y porque disponen de un colchón de más de diez millones de euros en relación al presupuesto del resto de “contenders”. Hasta ahí todo bien. Sergio Rodriguez, nos contaba en Skyhook #14 que “hay que quitarse de la cabeza la palabra fracaso por no ser campeones de la Euroliga” palabras comprensibles cuando vienen de un jugador….pero que se lo vaya a decir a Vatutin. Hace ya mucho tiempo que en las oficinas de la Leningradsky no basta con ganar la VTB. Tampoco con caer en semifinales de la F4 ante el Olympiakos o el Real Madrid de turno.

La derrota en Belgrado en la Final Four de 2018 supuso un punto de inflexión. Tras la derrota ante el Real Madrid muchos pidieron abiertamente el despido de Itoudis, de quien podemos decir que ese verano tuvo pie y medio fuera del club. Sin embargo, la figura salvadora de Andrei  Vatutin , presidente del club. hace que Itoudis se queda en Moscú, diseñe una campaña con una minipretemporada incorporada en los meses de enero y febrero, y posibilita que el CSKA llegue en plena forma a Vitoria para alzarse con la segunda Copa de Europa en cinco años para Itoudis.

El Buesa Arena supuso el punto de inflexión. Vatutin e Itoudis se abrazaban en un estado de éxtasis en el medio de pista mientras Vatutin le dice al griego: “.Me prometiste que me iba a sentir orgulloso de ti”. Parece que Itoudis es un hombre de los que respaldas las palabras con hechos, pero en Vitoria comenzaba el día uno de la nueva realidad del CSKA.  Nueve jugadores terminaban contratos, Itoudis también y ni siquiera la continuidad de Vatutin estaba asegurada si nos atenemos a las declaraciones que recoge el portal “CSKA.news”: Prometo que terminare la temporada y en ese momento me parare a pensar en el futuro. Después de una gran victoria como esta, siempre se pueden extraer muchas conclusiones positivas, pero tampoco hay que olvidar que conllevan mucho sacrificio y mucho “stress” personal”. No es un trabajo sencillo”.  Desde ese momento, no se ha oído nada más al respecto, por lo que la continuidad del hombre fuerte en los despachos parece probable y este es un hecho importante de por sí, por que pase lo que pase este verano en Moscú, “el factor Vatutin”, influirá en ello.

Con 9 jugadores de los 14 de la primera plantilla finalizando contrato, se sabía que el verano iba a ser movido en Moscú. Tradicionalmente el CSKA trata de cambiar dos o tres piezas anualmente, intentando evitar de esta forma tanto las revoluciones drásticas como los estancamientos en la plantilla.  Tan solo De Colo, Vorontsevich, Kurbanov, Higgins y Kyle Hines, campeones en 2016 en Berlin, sobrevivían en la plantilla campeona este año .

Parece lógico que la primera piedra angular del CSKA fuese la renovación de Itoudis tras proclamarse campeón de Europa. A la hora de valorar la plantilla, la cosa tiene innumerables matices. Todos los extranjeros a excepción de Daniel Hackett terminan contrato y dos de ellos, Corey Higgins y Nando de Colo han anunciado su salida. Dos piezas claves que pierde el equipo del ejército en el perímetro y que obligan a la dirección del club a  buscar reemplazos de entidad. Ambas salidas se llevaban meses especulando en distintos medios, y finalmente se han confirmado. Dos hombres que acumulaban nueve temporadas entre los dos en el CSKA y que en decisiones personales han decidido no renovar con el club. Higgins, una apuesta personal de Itoudis tras su paso por la liga turca, llegó al CSKA procedente del Royal Gaziantep turco. Fue un fichaje que llegó sin hacer demasiado ruido y creció de forma exponencial en Moscú. En su caso se sabe que vestirá la camiseta del Barca Lassa la próxima temporada, algo que a día de hoy se desconoce en el caso de Nando de Colo.

Han sonado varios destinos para el genial escolta francés, pero a día de hoy su futuro parece más cercano a Valencia más que a ningún otro punto del mapamundi. Razones familiares parecen pesar en un hombre que acumula cinco inviernos con su familia viviendo las particularmente crueles heladas y nevadas  con las que el implacable invierno ruso obsequia a los residentes en la antigua URSS. Nada que ver los inviernos de Moscú con los de Madrid, Barcelona o Valencia.

A pesar de que el CSKA es un equipo relativamente joven donde nadie supera los 32 años de edad, va a ser dificil que tras estas dos salidas el CSKA pueda seguir apostando por su política de no cambiar demasiadas piezas. A pesar de ser las dos salidas confirmadas y de llevar su nombre meses sonando en los mentideros, ni Higgins ni De Colo eran las dos salidas que se planteaban más inmediatas. Otros dos nombres sonaban con fuerza : Alex Peters…..y Sergio Rodríguez.

Alex Peters llegó a Moscú con el cartel de joven y prometedor jugador. Mostró un aceptable rendimiento en el primer tramo de competición, revelándose como un buen lanzador exterior, pero lo cierto es que su rendimiento ha ido de menos a más , reduciéndose sus minutos  hasta pasar prácticamente inadvertido. La Final Four puso de manifiestos sus limitaciones defensivas en el poste, siendo uno de los pocos jugadores del equipo campeón que salió devaluado. Itoudis está bastante decepcionado con su rendimiento por lo que no Peters tiene todas las papeletas para salir del equipo también.

Si bien en España la presencia del “ Chacho”, es habitual en los hightlights de diversos portales, su rendimiento bien merece un análisis más profundo. Hay ciertos sectores donde su desempeño no termina de convencer.  El publico moscovita disfruta del “Chacho”, de su desenfadado juego, de sus gestos a la grada, de su manera de vivir el baloncesto….pero en la prensa escrita se le acusa de ser demasiado irregular y representar el lado más débil en el escalón defensivo del CSKA. Más allá de todo eso, a nadie en Moscú de mis colegas de prensa a los que he preguntado les consta que Itoudis le haya dicho al base canario que quiere que se quede en el equipo, lo que invita a pensar que el griego está buscando otro tipo de jugador. En este punto, todo indica que el “Chacho”, será el siguiente  en salir del CSKA.

Daniel Hackett, Nikita Kurbanov, Joel Bolomboy, Ivan Ukhov y Andrei Vorontsevich son los cinco jugadores con contrato en vigor. Will Clyburn , Semen Antonov y Kyle Hines han estampado su renovación. Andrei Lopatin, el prometedor prospecto ruso debería tener ficha con el primer equipo la próxima temporada. Su brillante progresión lo demanda. A expensas de concretarse el futuro  de Peters, Othello Hunter  y Sergio Rodríguez, se espera el verano más movido en las oficinas del CSKA desde hace muchos años.        

Será el verano de la hora cero del CSKA. Un momento  crucial : algo muy concreto llega a su fin , y algo nuevo comenzará. A partir de Vitoria mucha gente piensa que todo va a ser diferente. Y así parece que va a ser.

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Objetivo Europa

Los renglones torcidos del baloncesto

Si vas a Dubrovnik, podrás visitar una maravillosa e hipnótica asimetría, que, como no podía ser de otra forma en esa tierra, esconde una exquisita historia detrás.

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Información de interés público: este no va a ser un artículo sobre la última temporada de “Juego de Tronos” aunque haga un cameo Daenerys Targaryen en algún momento; ni va a ser un post de cariz turístico-publicitario, aunque haya alguna foto de bucólicos paisajes amurallados esparcida por el artículo; y desde luego no va a ser un ejercicio de nostalgia aunque en algún momento puede que acaricie cierta ñoñería (y por favor disparadme entre las cejas si llego a esos niveles).

Tampoco estoy completamente seguro de que vaya a ser un post sobre baloncesto per se: puede que el deporte favorito de usted, querido lector, y de aquí su seguro escribano, no sea esta vez más que una excusa para cruzar desde las murallas de Dubrovnik a los cerros de Úbeda en menos tiempo que Flash sale a comprar helado de pistacho. O quizás no, quizás el deporte de la pelota gorda sí sea el centro neurálgico del artículo y yo esté balbuceando cual personaje de Woody Allen y echando a perder este primer párrafo. No sé a dónde va a parar esto, así que invito al amable lector (tal como va la cosa, a estas alturas ya solo debe de quedar uno. Un lector, digo) a acompañarme por el existencial vacío de la página en blanco.

Podríamos principiar por la idea. La idea provino de la columna sobre Ante Tomic que acometí hace un par de meses. En plena investigación (sí, investigación, ¿qué pasa? ¿a qué vienen esas risas?) sobre el jugador azulgrana y sus orígenes, me tropecé con un par de peculiaridades sobre su ciudad de nacimiento que me llamaron poderosamente la atención.

La primera la explicité en el texto referido: en el reparto de jugadores croatas de éxito, a Dubrovnik le ha tocado, extrañamente, la pedrea; y quizás por ese motivo se ha convertido en una localidad de tradición más waterpolista (o al revés: el orden de los factores-etcétera). Como enumeré en su momento, aparte de Tomic, podemos recordar a Prkacin, Andro Knego, Mario Hezonja… y ya. Sí, Luksa Andric jugó en Manresa, lo sé, malditos frikis, pero estaremos todos de acuerdo en que that’s. Not. The. Point.

La otra curiosidad con la que me topé fue una foto de una pista de baloncesto de la ciudad que saltaba inmediatamente a los ojos por su hipnótica asimetría y por el inaudito paraje en el que se encuadraba. En un primer momento me imaginé a un arquitecto estrábico diseñando la cancha; luego sumé dos más dos y concluí que aquello debió derivar de un maravilloso accidente o de una solución provisional que las circunstancias habían mutado a definitiva.

Después de darme un par de palmaditas en la espalda por semejante deducción herculespoirotiana (hola RAE, he venido a darte algo de trabajo), añadí a mi bucket list “visitar Dubrovnik” y me dispuse a ver el making of del penúltimo episodio de la temporada final de “Juego de Tronos”, ese en el que a Daenerys, Madre de Dragones, Rompedora de Cadenas y Hacedora de Barbacoas, le entra un calentón (pun intended) y arrasa Desembarco del Rey, la capital de los Siete Reinos, que ha sido siempre escenificada en la pequeña ciudad del litoral dálmata. Juraría que en una de las panorámicas del minidocumental atisbé la singular cancha de baloncesto. Y el resto es historia.

Nota del articulista: el párrafo anterior es una reinterpretación con fines dramáticos. El desarrollo de los hechos no se dio así EN ABSOLUTO pero y lo bien que me encaja todo.

Una historia que explica mucho mejor que yo José Manuel Puertas en este estupendo artículo, así que no lo voy a intentar. Pero sí resumir en pocas palabras. Alehop: al principio del siglo XIV se erigieron las dos torres fortificadas que actualmente escoltan la cancha, y en el XV se construyó una pared que conectaba esas torres; esa pared se convertiría con el tiempo en la singular pista de la que os estoy hablando, pero en aquel momento se aprovechó para construir una fundición.

El terremoto que en 1667 asoló la ciudad de Ragusa (nombre croata de Dubrovnik) arrasó dicha fundición, como tantas otras cosas, y sus ruinas fueron tapadas por las de las casas adyacentes; se decidió recubrir ese espacio, que empezó a ser utilizado por los niños como lugar de juegos, hasta que el colegio del casco antiguo decidió acondicionarlo como espacio de recreo para sus alumnos.

Finalmente, en 2008, después de excavarse la zona buscando (y encontrando) la antigua fundición, se decidió crear un remozado espacio deportivo público en el que era innegociable una pista de baloncesto. Viendo que las medidas no permitían diseñar una cancha tradicional, se preceptuó una configuración en la que se facilitara el poder jugar 2×2 y 3×3, de espíritu tan callejero. Vaya, no han sido tan pocas palabras.

Sí, solo pensar en jugar al baloncesto con esas solemnes, fastuosas vistas de la ciudad, a uno se le relamen los sentidos; no en vano, Vogue la incluyó en su “lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas” (y si os preguntáis por qué Vogue tiene una lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas, bienvenidos al club de debate).

Un partido en el que cada vez que ataques tengas que poner el intermitente puede dar para reguero de anécdotas y cachondeíto. Pero nada de esto es lo que me inspira a canturrear en Skyhook la poesía de la bella y adriática Ragusa; y ni siquiera estoy muy seguro de saber de dónde procede el impulso, pero me voy a aventurar, que aventurar no engorda.

¿No es hermoso que esta deslumbrante singularidad haya nacido en el caldo de cultivo de algo tan simple y primordial como la necesidad de unos críos de practicar su deporte favorito en su barrio? Al fin y al cabo, un ritual de comunión social infantil que nace y crece con absoluta naturalidad, que en su versión más básica nos cincela el carácter, y en la premium nos pavimenta un futuro hacia, pongamos, unas Finales de Conferencia. Creo que esta es la escena que se ha incrustado en mi imaginación, un poco al estilo de aquellos montajes de la inefable “Érase una vez el hombre”: un terremoto devastador del que nace, piedra sobre piedra, voluntad sobre voluntad, como caldo primordial originado sobre tierra quemada, un brote de belleza alrededor de una pelota naranja.

Y se me ocurre que este es el baloncesto real. Más que el de los pases imposibles de Magic, las suspensiones congeladas de Jordan, los dribblings enloquecidos de Curry o los contraataques-tuneladora de LeBron, el basket que aprendimos a amar es el de hordas de mocosos que se emperran, los muy plastas, en botar, saltar y lanzar sobre los escombros de una ciudad perdida, día tras día, año tras año, generación tras generación, hasta que consiguen, a través de la revolución más pacífica que pergeñar se pueda, que les construyan una pista de baloncesto imposible.

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SKYHOOK #17

Skyhook #17 | Objetivo Canadá

El éxito de los Raptors es también el éxito del baloncesto. Repasamos como un país que miraba con extrañeza al deporte de las canastas hace un par de décadas, ha conseguido un éxito histórico.

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