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Objetivo Europa

Toni Kukoc, el reloj del Adriático

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Raqueta en mano, golpea la pelota con una velocidad endiablada. Muñeca con reflejos. Tobillos preparados y ágiles. Es muy alto para sus 14 años. Pero sus centímetros de más no suponen un obstáculo para ganar su segundo título nacional de tenis de mesa en categoría cadete. Había probado el fútbol, pero se le da mejor la pala que el balón. Goza de una mente brillante, preparada y trabajada cada día para el deporte: Toni apunta a estrella del pin-pon. Algo le hace cambiar. Y la lógica hizo el resto.

La adolescencia sigue su curso. Cumple 16 años en 1987. Es verano, Mundial Sub 20 en Bormio. Se pone en marcha el reloj: tic-tac. Yugoslavia amenaza la supremacía de Estados Unidos, campeón de las dos ediciones anteriores. En sus filas, un espigado y esquelético chaval que pasa desapercibido. Tic-tac

Poco importa que el partido sea de primera fase. El número siete se nota con confianza y con una ilusión atroz. Alejado ya de las mesas y las palas, es su primera gran oportunidad profesional en el mundo de la canasta, el suyo. Lo sabe. Primero un triple, otro más, tres y hasta seis en la primera parte. Sin fallo, como el mejor de los relojes suizos. Tic-tac.

Larry Brown, entrenador estadounidense, no sabe cómo pararlo. ¿Pero juega de base, alero o ala-pívot? Un 2,08 hecho para el engaño. Los americanos estaban más pendientes de Ilic, Djordjevic, Divac o Radja. Comienza el segundo tiempo. Caen dos triples más. Tic y tac. Vamos por ocho. Ocho del chaval que no es ni tirador ni anotador. Al instante, nueve, diez. Tic-tac, tic-tac. Y uno más para decidir el encuentro. El último lo falló. 37 puntos. Como los números de un reloj, 11 de 12 desde el exterior. La perfección la encontraría años después. No había prisa, la función solo acababa de comenzar.

El propio Kukoc expresó, años después: “Nunca jamás en mi carrera me he acercado a esos números. Lo máximo en un partido mío han sido 5 ó 6 triples, pero ese día todo fue sobre ruedas. Me sentí muy a gusto. Cuando mis dos primeros tiros entraron subió mi confianza y no paré hasta el final. Tenía la sensación de que estaba tirando a una piscina y que el balón entraría incluso tirando con una pierna.

Kukoc entró en la escena mundial tras ese encuentro. Su carrera le depararía ser el protagonista de lo mejor que ha existido en Europa y escudero del mejor jugador de todos los tiempos. Un currículum con el que todos hemos soñado alguna vez. Un compendio de talento, trabajo y títulos. Un jugador total. Aunque el debate es extenso y saludable, el mejor europeo de la historia.

Catalogado como mito, líder de la Jugoplastika. Seis títulos nacionales, cuatro con la selección. Y el plato fuerte: del 89 al 91, tres entorchados europeos seguidos con el equipazo de Split. Munich, Zaragoza y París. Kukoc, experto en finales felices, se despidió de la Jugoplastika con una exhibición en la ciudad del amor, MVP de aquella Final Four. Lo había sido en 1990 y lo sería tres años después.

Estábamos ante un jugador extraordinario. Por sus facultades y su originalidad. Capaz de anotar cuanto quisiese (casi un 50% en triples en sus primeros años), pero siendo un jugador más de equipo. Toni Kukoc, rodeado de tanto talento, preferió hacer un poco de todo y no encasillarse en un rol. Interpretar, crear de la nada. Y no fallar, la excelencia por contrato. Hacer lo que los demás no hacían. Su primer paso no tenía rival. Con él, ataque, visión de juego y ayudas en defensa (‘el corrector’ le llamaban en el vestuario de Split). Hacer equipo. Listo, altruista y obediente. Respetuoso con el rival, el compañero y la profesión. Sin aires de grandeza. Esa pieza que cotiza alto y todo entrenador se precia por tener una.

Respiremos. Pavlicevic era el suyo en la final de 1991 ante el Barcelona. Con Kukoc en el banquillo, la Jugoplastika vivía sus mejores minutos del partido. Pero él-como haríamos todos- le pidió que entrase. Toni lo tuvo claro: “Coach no me necesitan. Mis compañeros están jugando muy bien, estoy muy contento”.
Un carácter antagonista al que reinaba al otro lado del charco. Por aquel entonces, las puertas de la NBA estaban cerradas a Europa incluso para un talento como Kukoc. El desprecio americano por la calidad del Viejo Continente evitó que el yugoslavo aterrizara antes en la mejor liga del mundo, un sitio que le correspondía a todos los efectos.

El propio Pavlicevic reconoció las dudas de Kukoc sobre su futuro americano: “yo soy demasiado normal para la NBA, más aun estando entre Michael Jordan, como mejor de toda la historia, y Dennis Rodman con sus locuras. Nadie se fija en mí.

Un tipo normal al que le desagradaban circunstancias tan evidentes como los entrenamientos matutinos, algo habitual en el día a día de Pavlicevic. El entrenador seguía unas normas de vestuario estrictas que Kukoc, por su afable carácter, se aseguraba en cumplir. Incluso para transgredirlas. Cuenta el coach: “A Toni nunca le gustó el calentamiento siempre miraba con cara de horror pero cuando tenía el primer contacto con el balón le cambiaba el rostro, era otra persona. Nosotros como equipo y yo como entrenador teníamos reglas disciplinarias. Por ejemplo, se penalizaba chutar el balón cuando un jugador se enfadaba. Eso significaba una multa. Un día en un entrenamiento matutino, llega Toni, se cabrea y… ¡bum! Chute. Y le digo: “¡Toni! ¿Qué haces? ¿Sabes qué significa es esto?” A lo que Toni me responde: “Sí, pero estoy muy enfadado y voy a pagar porque voy a patear esa pelota.

Ciao Italia y primer contacto con Pippen y Jordan

La Pantera Rosa dejó la Jugoplastika por Treviso, pese a los cantos de sirena de Real Madrid y Barcelona, deseosos de hacerse con los servicios del mejor y más codiciado jugador del momento. El dinero italiano de la Benetton y la cercanía geográfica con Split venció la contienda. Kukoc, a sus 23 años, recaló en la nación de la bota.

Su estancia en el país mediterráneo es recordada como una de las mejores de la historia. Desde el primer año, Kukoc fue el referente absoluto de la Benetton. 21,1 puntos promedió en su temporada de debut, con un 47% de acierto en triples, más cinco rebotes y cinco asistencias por partido. Es decir, el croata no había variado un ápice: dominador en Yugoslavia, dominador en Italia. La Benetton, no podía ser de otra forma, ganó su primera liga.

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Al año siguiente, otro fuera de serie, Danilovic en Bolonia, le quitaría el entorchado italiano, aunque el equipo de Treviso llegó a colarse en la final de la Euroliga, donde cayeron con un sorprendente Limoges. Habían pasado dos años desde su llegada a Treviso, y nada había cambiado. Toni Kukoc continuaba siendo el mejor jugador del continente, y las llamadas de la NBA eran constantes. Los Bulls habían drafteado a Kukoc en la segunda ronda del draft de la NBA de 1990. Y su General Manager, Jerry Krause, insistía en validar la llegada del croata a la liga americana. Hasta el mismísimo Michael Jordan, por orden de Krause, llamó a Kukoc para convencerle de que iniciara su aventura NBA. Fue antes de vestirse con la camiseta de la Benneton, y Kukoc no estaba por la labor. “Chaval, o cagas o dejas el baño libre”, llegó a decirle Jordan ante las evidentes dudas del croata.

Tras cada vislumbrante actuación de Kukoc con la Benneton, en Chicago crecían las presiones para incorporar al talento báltico. Toni quizá no era consciente en ese momento, pero a más de 7.500 kilómetros se empezó a fraguar una de las enemistades más famosas de la historia del baloncesto: con esas llamadas, esos contactos, empezó la guerra fría de Scottie Pippen con Kukoc. El All Star no entendía la insistencia de su equipo en fichar al europeo cuando él seguía sin renovar su contrato. La llegada de Kukoc a Chicago se avecinaba, cuanto menos, divertida.

Antes de partir, el croata conocería a sus futuros compañeros de equipo en los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. Los de aquel Dream Team inolvidable. Fue la primera vez que se vieron las caras. Los mismos jugadores norteamericanos admitieron años después que, cuando jugaban contra Croacia, la victoria valía el doble: ganar y humillar a su estrella. Pippen y Jordan lideraban el acoso a Kukoc, al que le entró un ataque de ansiedad durante el torneo. En su enfrentamiento en la cancha, eran constantes los contactos excesivos, las intimidaciones y alguna que otra falta muy dura. Consiguieron su objetivo: Kukos bajó su rendimiento-11,5 puntos, 6 asistencias y 3 rebotes- y Estados Unidos se paseó por la ciudad condal.

Así se las gastaba Pippen: “Quería que todo el mundo viese ese uno contra uno, deseaba que Krause lo viera por televisión. Quería avergonzarle ya que no podía jugar contra Krause. Le negué la mano antes y después del partido”.

En el ojo del huracán y los tres anillos

Toni Kukoc aterrizaba en Chicago un año después, en 1993. De allí acababa de salir Michael Jordan en su primera retirada como profesional. Una ciudad sin su emblema, conmovida y con muchas dudas sobre el futuro de la franquicia. Una plantilla donde el nuevo líder, Pippen, detesta al recién llegado. Una liga donde no es fácil la adapción. Una nueva vida para Kukoc.

Además de los mencionados, Kukoc también coincidió con Steve Kerr. Así relató el actual entrenador de los Warriors sus primeras conversaciones con el croata: “Era su primer partido, serían las tres de la tarde y faltaban cuatro horas para comenzar el encuentro. Vi a Kukoc con una ensalada, algún entrante, un gran plato de pasta, pollo, un vaso de vino tinto ) y luego tomó de postre tiramisú y un café expreso. Yo estaba alucinando. Le pregunté por toda esa cantidad de comida y él me contestó: “En Europa antes de los partidos, comemos mucho, bebemos un poco de vino, tomamos un café, volvemos al hotel a echar una gran cagada y luego salimos a jugar“.

Los Bulls eran los grandes dominadores de la época. Sin Jordan, Phil Jackson otorgó mayor importancia al colectivo, a los roles, al trabajo en equipo. Kukoc lo entendió e incluso lo recibió como un alivio. No así Scottie Pippen, compañero y al mismo tiempo rival directo en su posición.

A Kukoc le costó entrar en la sintonía Bulls. Fue de menos a más. La primera temporada jugó 24 minutos por partido, con 10 puntos, 4 rebotes y 4 asistencias de promedio. Una carta de presentación aceptable, pero alejada de la mitología que arrastraba del Viejo Continente. Se acercó a esa categoría cuando la temporada más calentaba. En los Playoffs ante los Knicks, su momento cumbre. El cambio que necesitaba.

2-0 perdia Chicago, a falta de dos segundos de su tercer partido con 102-102 en el marcador. La pizarra de Phil Jackson dibujaba un tiro final para…Kukoc. Inmediata pataleta de Pippen, que ni salta a la cancha. Vio desde el banquillo como el croata anotaba sobre la bocina.

NBAE

Pese a la postrera derrota de los Bulls en la serie, ese partido significó un punto de no retorno para Kukoc. Su importancia en el equipo subió enteros la siguiente temporada, donde alcanzó los 15,7 puntos por encuentro. Las noticias también eran alentadoras: al roster regresó Jordan y se sumó Dennis Rodman. 72-10 firmaron aquel año.

La llegada de éste último otorgó a Kukoc mayor libertad creativa y, especialmente, descarga de responsabilidades defensivas. Toni volvió a ser el jugador letal, con porcentajes superiores al 40% en triples. Cambió su físico: ensanchó. El rol también varió: se convirtió en el líder de la segunda unidad y en el Mejor Sexto Hombre de la temporada. Eso sí, no faltaba en el quinteto final de un partido apretado. Era un pieza básica para los Bulls, que no mediática. Era, al fin y al cabo, una evolución de todo lo vivido con la Jugoplastika de Split: adaptarse al entorno que te rodea y ser fiel, eficiencia y consecuente con tu nuevo rol. Logros al alcance de pocos jugadores.

El trío entre el mejor jugador de la historia, el mejor escudero y el mejor europeo de su generación otorgó a los Bulls tres anillos más (96, 97 y 98). Jordan, Pippen y Kukoc eran los dueños y señores de la NBA. Lo que respecta al croata, firmaba 13 puntos por partido, más de 4 rebotes y más de 4 asistencias jugando algo menos de 30 minutos. Números, eso sí, encuadrados en uno de los mejores equipos de la historia. Y allí, en ESE equipo, solo Jordan y Pippen estaban por encima de Kukoc en jerarquía y juego.

Un ocaso gradual

El principio del fin ocurrió en Salt Lake City. Jordan encestó sus dos puntos más conocidos antes de volver a retirarse. Con él, los Bulls de entonces no volvieron a ser lo mismo. Hubo desbandada general, Pippen incluido. No de Kukoc, que permaneció en Chicago unos meses más. Quería demostrar que podía liderar, como primera espada, a un equipo de la NBA. Sus números crecieron (18,7 puntos, 7 rebotes y 5 asistencias por partido en 40 minutos) pero la plantilla, como buen deporte de equipo que es el baloncesto, se hundió. 13 victorias y 50 derrotas, Chicago Bulls fue el peor equipo de esa temporada de 1998.

Kukoc no concebía la derrota, por mucho que mantuviera un nivel notable. Zeljko Obradovic fue el primero en dar la voz de alarma: “El problema de ese es que no le gusta el baloncesto”. No había esa chispa y esa magia de los primeros años. Toni había pasado a la categoría de jugador del montón. Y las derrotas se sucedían sin compasión. Kukoc, con 31 años, decidió abandonar Chicago y buscar sus últimos retos como profesional.

El croata entró entonces en un bucle de irregularidad en diversas franquicias de la NBA. Lo único que no cambió fue su dorsal, el 7. Primero los Sixers en los que Iverson manejaba el cotarro, después los Hawks, donde volvió a desplegar grandes dosis de juego con más de 20 puntos por partido. Y vuelta al declive vía Bucks. Pese a su decante nivel, al croata no le faltaban ofertas de equipos en reconstrucción que buscaban un veterano con talento indeleble en el cuerpo.

En Milwaukee Kukoc recuperó su valor más importante: la felicidad. Se integró de maravilla con el equipo, los compañeros y con la ciudad, muy al son de su carácter tranquilo y sosegado. Tanto que aguantó allí hasta los 38 años, momento en el que decidió dejar las canastas.

Acabó así la carrera de un jugador único:  Kukoc supo adaptarse a ser una pieza esencial de su equipo (Jugoplastika), la única pieza de su equipo (Benetton) o una pieza más (Bulls). Él fue un pionero. Él allanó el camino de los Nowitwki y Gasol. Él fue el primer gran triunfador europeo en la NBA.

Voces autorizadas

La carrera de Kukoc se puede resumir en frases que sus compañeros, entrenadores y rivales han argumentado años después. Aquí van algunas de ellas:

Zeljko Pavlicevic (ex entrenador de la Jugoplastika de Split): “Yo siempre le tuve mucho respeto, genial jugador y profesional. De lejos el mejor alero que jamás vi en Europa y el mejor contra el que jugué y confiar en mí, he visto muchos. Felicidades por tu carrera”.

Flavio Carera (ex internacional con Italia e histórico en la LEGA): “El mejor jugador que ha jugado en Italia. Treviso tuvo la fortuna de tenerlo y su presencia permitió a jugadores como Pittis o Rusconi tener un bagaje siempre más grande. Era devastador para los contrarios y a la vez elegante. Un señor en el campo”.

Aito García Reneses (Ex seleccionador con España e histórico entrenador en la ACB): “Tenía un gran talento y podía jugar en todas la posiciones excepto la de 5. Muy inteligente y capaz. Podría haber sido el mejor tres de la historia si hubiera mantenido más años su nivel de esfuerzo en defensa“.

Moncho Monsalve (Ex jugador, seleccionador de Marruecos y Brasil y entrenador ACB): “Quien jugase contra Toni Kukoc sabía que tenía difícil conseguir la victoria si no le impedía hacer las dos cosas que él sabía hacer: anotar y crear. Si no querías perder debías intentar que sólo hiciera una de las dos”.

La vida ansiada

20 años después de Bormio y tras 13 temporadas en la NBA, Kukoc estableció su hogar en Chicago. Se casó con su amor de Bachiller, Renata. Tiene dos hijos: Marin, de que juega en la NCAA y Stella, que se dedica al voleibol y al fútbol.

Kukoc alimenta su otra pasión, el golf. Es profesional del green y su competitividad parece intacta. “Soy mejor jugador de golf que Jordan, y se puede demostrar”. Con MJ juega por parejas habitualmente.

Sobre su vuelta a las canchas de baloncesto, todo es un misterio. La única pista, unas declaraciones suyas de hace seis años: “Sería bonito volver al baloncesto como entrenador. Creo que sé lo suficiente para hacerlo, y no estaría mal empezar siendo un par de años asistente para descubrir lo que se siente en la banda”. Toni, te estamos esperando.

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Objetivo Europa

La hora cero del CSKA

El campeón de la Euroliga afronta una revolución inesperada. A la marcha de Nando de Colo y Corey Higgins se le puede sumar alguna más. Tocará mover ficha en Moscú.

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Han vuelto a ser el primer equipo en Rusia un año más, lo que ciertamente no es bueno para el baloncesto ruso, pero no deja de ser una realidad inapelable: ganan porque son de largo el mejor equipo y porque disponen de un colchón de más de diez millones de euros en relación al presupuesto del resto de “contenders”. Hasta ahí todo bien. Sergio Rodriguez, nos contaba en Skyhook #14 que “hay que quitarse de la cabeza la palabra fracaso por no ser campeones de la Euroliga” palabras comprensibles cuando vienen de un jugador….pero que se lo vaya a decir a Vatutin. Hace ya mucho tiempo que en las oficinas de la Leningradsky no basta con ganar la VTB. Tampoco con caer en semifinales de la F4 ante el Olympiakos o el Real Madrid de turno.

La derrota en Belgrado en la Final Four de 2018 supuso un punto de inflexión. Tras la derrota ante el Real Madrid muchos pidieron abiertamente el despido de Itoudis, de quien podemos decir que ese verano tuvo pie y medio fuera del club. Sin embargo, la figura salvadora de Andrei  Vatutin , presidente del club. hace que Itoudis se queda en Moscú, diseñe una campaña con una minipretemporada incorporada en los meses de enero y febrero, y posibilita que el CSKA llegue en plena forma a Vitoria para alzarse con la segunda Copa de Europa en cinco años para Itoudis.

El Buesa Arena supuso el punto de inflexión. Vatutin e Itoudis se abrazaban en un estado de éxtasis en el medio de pista mientras Vatutin le dice al griego: “.Me prometiste que me iba a sentir orgulloso de ti”. Parece que Itoudis es un hombre de los que respaldas las palabras con hechos, pero en Vitoria comenzaba el día uno de la nueva realidad del CSKA.  Nueve jugadores terminaban contratos, Itoudis también y ni siquiera la continuidad de Vatutin estaba asegurada si nos atenemos a las declaraciones que recoge el portal “CSKA.news”: Prometo que terminare la temporada y en ese momento me parare a pensar en el futuro. Después de una gran victoria como esta, siempre se pueden extraer muchas conclusiones positivas, pero tampoco hay que olvidar que conllevan mucho sacrificio y mucho “stress” personal”. No es un trabajo sencillo”.  Desde ese momento, no se ha oído nada más al respecto, por lo que la continuidad del hombre fuerte en los despachos parece probable y este es un hecho importante de por sí, por que pase lo que pase este verano en Moscú, “el factor Vatutin”, influirá en ello.

Con 9 jugadores de los 14 de la primera plantilla finalizando contrato, se sabía que el verano iba a ser movido en Moscú. Tradicionalmente el CSKA trata de cambiar dos o tres piezas anualmente, intentando evitar de esta forma tanto las revoluciones drásticas como los estancamientos en la plantilla.  Tan solo De Colo, Vorontsevich, Kurbanov, Higgins y Kyle Hines, campeones en 2016 en Berlin, sobrevivían en la plantilla campeona este año .

Parece lógico que la primera piedra angular del CSKA fuese la renovación de Itoudis tras proclamarse campeón de Europa. A la hora de valorar la plantilla, la cosa tiene innumerables matices. Todos los extranjeros a excepción de Daniel Hackett terminan contrato y dos de ellos, Corey Higgins y Nando de Colo han anunciado su salida. Dos piezas claves que pierde el equipo del ejército en el perímetro y que obligan a la dirección del club a  buscar reemplazos de entidad. Ambas salidas se llevaban meses especulando en distintos medios, y finalmente se han confirmado. Dos hombres que acumulaban nueve temporadas entre los dos en el CSKA y que en decisiones personales han decidido no renovar con el club. Higgins, una apuesta personal de Itoudis tras su paso por la liga turca, llegó al CSKA procedente del Royal Gaziantep turco. Fue un fichaje que llegó sin hacer demasiado ruido y creció de forma exponencial en Moscú. En su caso se sabe que vestirá la camiseta del Barca Lassa la próxima temporada, algo que a día de hoy se desconoce en el caso de Nando de Colo.

Han sonado varios destinos para el genial escolta francés, pero a día de hoy su futuro parece más cercano a Valencia más que a ningún otro punto del mapamundi. Razones familiares parecen pesar en un hombre que acumula cinco inviernos con su familia viviendo las particularmente crueles heladas y nevadas  con las que el implacable invierno ruso obsequia a los residentes en la antigua URSS. Nada que ver los inviernos de Moscú con los de Madrid, Barcelona o Valencia.

A pesar de que el CSKA es un equipo relativamente joven donde nadie supera los 32 años de edad, va a ser dificil que tras estas dos salidas el CSKA pueda seguir apostando por su política de no cambiar demasiadas piezas. A pesar de ser las dos salidas confirmadas y de llevar su nombre meses sonando en los mentideros, ni Higgins ni De Colo eran las dos salidas que se planteaban más inmediatas. Otros dos nombres sonaban con fuerza : Alex Peters…..y Sergio Rodríguez.

Alex Peters llegó a Moscú con el cartel de joven y prometedor jugador. Mostró un aceptable rendimiento en el primer tramo de competición, revelándose como un buen lanzador exterior, pero lo cierto es que su rendimiento ha ido de menos a más , reduciéndose sus minutos  hasta pasar prácticamente inadvertido. La Final Four puso de manifiestos sus limitaciones defensivas en el poste, siendo uno de los pocos jugadores del equipo campeón que salió devaluado. Itoudis está bastante decepcionado con su rendimiento por lo que no Peters tiene todas las papeletas para salir del equipo también.

Si bien en España la presencia del “ Chacho”, es habitual en los hightlights de diversos portales, su rendimiento bien merece un análisis más profundo. Hay ciertos sectores donde su desempeño no termina de convencer.  El publico moscovita disfruta del “Chacho”, de su desenfadado juego, de sus gestos a la grada, de su manera de vivir el baloncesto….pero en la prensa escrita se le acusa de ser demasiado irregular y representar el lado más débil en el escalón defensivo del CSKA. Más allá de todo eso, a nadie en Moscú de mis colegas de prensa a los que he preguntado les consta que Itoudis le haya dicho al base canario que quiere que se quede en el equipo, lo que invita a pensar que el griego está buscando otro tipo de jugador. En este punto, todo indica que el “Chacho”, será el siguiente  en salir del CSKA.

Daniel Hackett, Nikita Kurbanov, Joel Bolomboy, Ivan Ukhov y Andrei Vorontsevich son los cinco jugadores con contrato en vigor. Will Clyburn , Semen Antonov y Kyle Hines han estampado su renovación. Andrei Lopatin, el prometedor prospecto ruso debería tener ficha con el primer equipo la próxima temporada. Su brillante progresión lo demanda. A expensas de concretarse el futuro  de Peters, Othello Hunter  y Sergio Rodríguez, se espera el verano más movido en las oficinas del CSKA desde hace muchos años.        

Será el verano de la hora cero del CSKA. Un momento  crucial : algo muy concreto llega a su fin , y algo nuevo comenzará. A partir de Vitoria mucha gente piensa que todo va a ser diferente. Y así parece que va a ser.

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Objetivo Europa

Los renglones torcidos del baloncesto

Si vas a Dubrovnik, podrás visitar una maravillosa e hipnótica asimetría, que, como no podía ser de otra forma en esa tierra, esconde una exquisita historia detrás.

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Wikimedia

Información de interés público: este no va a ser un artículo sobre la última temporada de “Juego de Tronos” aunque haga un cameo Daenerys Targaryen en algún momento; ni va a ser un post de cariz turístico-publicitario, aunque haya alguna foto de bucólicos paisajes amurallados esparcida por el artículo; y desde luego no va a ser un ejercicio de nostalgia aunque en algún momento puede que acaricie cierta ñoñería (y por favor disparadme entre las cejas si llego a esos niveles).

Tampoco estoy completamente seguro de que vaya a ser un post sobre baloncesto per se: puede que el deporte favorito de usted, querido lector, y de aquí su seguro escribano, no sea esta vez más que una excusa para cruzar desde las murallas de Dubrovnik a los cerros de Úbeda en menos tiempo que Flash sale a comprar helado de pistacho. O quizás no, quizás el deporte de la pelota gorda sí sea el centro neurálgico del artículo y yo esté balbuceando cual personaje de Woody Allen y echando a perder este primer párrafo. No sé a dónde va a parar esto, así que invito al amable lector (tal como va la cosa, a estas alturas ya solo debe de quedar uno. Un lector, digo) a acompañarme por el existencial vacío de la página en blanco.

Podríamos principiar por la idea. La idea provino de la columna sobre Ante Tomic que acometí hace un par de meses. En plena investigación (sí, investigación, ¿qué pasa? ¿a qué vienen esas risas?) sobre el jugador azulgrana y sus orígenes, me tropecé con un par de peculiaridades sobre su ciudad de nacimiento que me llamaron poderosamente la atención.

La primera la explicité en el texto referido: en el reparto de jugadores croatas de éxito, a Dubrovnik le ha tocado, extrañamente, la pedrea; y quizás por ese motivo se ha convertido en una localidad de tradición más waterpolista (o al revés: el orden de los factores-etcétera). Como enumeré en su momento, aparte de Tomic, podemos recordar a Prkacin, Andro Knego, Mario Hezonja… y ya. Sí, Luksa Andric jugó en Manresa, lo sé, malditos frikis, pero estaremos todos de acuerdo en que that’s. Not. The. Point.

La otra curiosidad con la que me topé fue una foto de una pista de baloncesto de la ciudad que saltaba inmediatamente a los ojos por su hipnótica asimetría y por el inaudito paraje en el que se encuadraba. En un primer momento me imaginé a un arquitecto estrábico diseñando la cancha; luego sumé dos más dos y concluí que aquello debió derivar de un maravilloso accidente o de una solución provisional que las circunstancias habían mutado a definitiva.

Después de darme un par de palmaditas en la espalda por semejante deducción herculespoirotiana (hola RAE, he venido a darte algo de trabajo), añadí a mi bucket list “visitar Dubrovnik” y me dispuse a ver el making of del penúltimo episodio de la temporada final de “Juego de Tronos”, ese en el que a Daenerys, Madre de Dragones, Rompedora de Cadenas y Hacedora de Barbacoas, le entra un calentón (pun intended) y arrasa Desembarco del Rey, la capital de los Siete Reinos, que ha sido siempre escenificada en la pequeña ciudad del litoral dálmata. Juraría que en una de las panorámicas del minidocumental atisbé la singular cancha de baloncesto. Y el resto es historia.

Nota del articulista: el párrafo anterior es una reinterpretación con fines dramáticos. El desarrollo de los hechos no se dio así EN ABSOLUTO pero y lo bien que me encaja todo.

Una historia que explica mucho mejor que yo José Manuel Puertas en este estupendo artículo, así que no lo voy a intentar. Pero sí resumir en pocas palabras. Alehop: al principio del siglo XIV se erigieron las dos torres fortificadas que actualmente escoltan la cancha, y en el XV se construyó una pared que conectaba esas torres; esa pared se convertiría con el tiempo en la singular pista de la que os estoy hablando, pero en aquel momento se aprovechó para construir una fundición.

El terremoto que en 1667 asoló la ciudad de Ragusa (nombre croata de Dubrovnik) arrasó dicha fundición, como tantas otras cosas, y sus ruinas fueron tapadas por las de las casas adyacentes; se decidió recubrir ese espacio, que empezó a ser utilizado por los niños como lugar de juegos, hasta que el colegio del casco antiguo decidió acondicionarlo como espacio de recreo para sus alumnos.

Finalmente, en 2008, después de excavarse la zona buscando (y encontrando) la antigua fundición, se decidió crear un remozado espacio deportivo público en el que era innegociable una pista de baloncesto. Viendo que las medidas no permitían diseñar una cancha tradicional, se preceptuó una configuración en la que se facilitara el poder jugar 2×2 y 3×3, de espíritu tan callejero. Vaya, no han sido tan pocas palabras.

Sí, solo pensar en jugar al baloncesto con esas solemnes, fastuosas vistas de la ciudad, a uno se le relamen los sentidos; no en vano, Vogue la incluyó en su “lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas” (y si os preguntáis por qué Vogue tiene una lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas, bienvenidos al club de debate).

Un partido en el que cada vez que ataques tengas que poner el intermitente puede dar para reguero de anécdotas y cachondeíto. Pero nada de esto es lo que me inspira a canturrear en Skyhook la poesía de la bella y adriática Ragusa; y ni siquiera estoy muy seguro de saber de dónde procede el impulso, pero me voy a aventurar, que aventurar no engorda.

¿No es hermoso que esta deslumbrante singularidad haya nacido en el caldo de cultivo de algo tan simple y primordial como la necesidad de unos críos de practicar su deporte favorito en su barrio? Al fin y al cabo, un ritual de comunión social infantil que nace y crece con absoluta naturalidad, que en su versión más básica nos cincela el carácter, y en la premium nos pavimenta un futuro hacia, pongamos, unas Finales de Conferencia. Creo que esta es la escena que se ha incrustado en mi imaginación, un poco al estilo de aquellos montajes de la inefable “Érase una vez el hombre”: un terremoto devastador del que nace, piedra sobre piedra, voluntad sobre voluntad, como caldo primordial originado sobre tierra quemada, un brote de belleza alrededor de una pelota naranja.

Y se me ocurre que este es el baloncesto real. Más que el de los pases imposibles de Magic, las suspensiones congeladas de Jordan, los dribblings enloquecidos de Curry o los contraataques-tuneladora de LeBron, el basket que aprendimos a amar es el de hordas de mocosos que se emperran, los muy plastas, en botar, saltar y lanzar sobre los escombros de una ciudad perdida, día tras día, año tras año, generación tras generación, hasta que consiguen, a través de la revolución más pacífica que pergeñar se pueda, que les construyan una pista de baloncesto imposible.

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Objetivo Europa

Milos Teodosic, el ilusionista de Valjevo

Un genio controvertido como pocos. Su actitud siempre ha sido un asterisco en su carrera, al igual que las derrotas en la F4. Pero Teodosic ha sido uno de los mejores bases del continente de la era moderna.

jon@skyhook.es'

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Mayo de 2005. Rondas eliminatorias de la Liga del Adriático. Realmente, nadie esperaba ver a aquel chico disputar ningún minuto. No obstante, en su fugaz participación los congregados pudieron vislumbrar destellos del talento que aquel cuerpo de 1,95 de altura atesoraba, siendo uno de los puntos positivos del torneo de cara al futuro más próximo.

Contra todo pronóstico, Bosko Djokic, entrenador del  BC Reflex, había decidido dar algunos minutos a un base canterano con 18 años recién cumplidos. Pudo haberlo hecho meramente por ver cómo respondía el joven ante su primera gran competición profesional, pero la actuación de aquel adolescente callado y de semblante inexpresivo dejó atónito al público.

La forma en la que cuidaba el balón, un excelso tiro exterior y su innata facilidad a la hora crear juego para sus compañeros era algo fuera de lo común. Además, su desparpajo para buscar la canasta quedó patente: 17 puntos en apenas 15 de minutos de juego repartidos en dos noches. “Juega como un veterano, se ve que tiene una gran confianza en sí mismo”, apuntaban algunos scouts por aquel entonces. Los ojeadores ya seguían los pasos del nuevo diamante del baloncesto serbio de cara al Draft de la NBA.

“No debería estar antes de 2007, pero conviene recordar su nombre. Muestra un equilibrio especial en su juego, como si tuviera todo bajo control”.

DraftExpress

No era otro que Milos Teodosic.

Los orígenes

Nacido el 19 de marzo de 1987 en Valjevo (República Federativa Socialista de Yugoslavia), una de las casas tradicionales del baloncesto serbio, Milos estaba destinado a convertirse en un jugador de renombre. Aquella era una pequeña ciudad ubicada en el distrito de Kolubara, y como en el resto del estado yugoslavo, la canasta estaba a la orden del día.

Ya desde muy joven estaría en contacto con la pelota, dada la influencia de su hermano mayor Jovan, también jugador profesional. De esta forma, sus progenitores, Miodrag y Zorana, decidieron apuntar al menor de sus hijos en un equipo local, a la edad de seis años. Milos iría quemando etapas, mostrando unas aptitudes de las que el resto de compañeros carecían. Su ídolo de la infancia: Pedrag Danilovic, de quien admiraba “su forma de pensar en la pista y su gran deseo por ganar”.

“A diferencia de muchos guards, es más un distribuidor de perímetro que otra cosa. No es particularmente atlético, no muestra gran rapidez y, a pesar de tener buen manejo de balón, le cuesta superar las defensas. Por lo general, trata de aprovechar las pantallas o situaciones en las que su defensor está desequilibrado, lo que consigue con la simple amenaza de su tiro exterior. Este es uno de sus déficits más grandes cuando se habla de su potencial para la NBA”.

15 de agosto de 2005

Su carrera echó a andar cuando el modesto Vujic Metalac se fijó en él. Valjevo estaba viendo nacer a su hijo pródigo, alguien que tuviese la proyección como para colocar a la ciudad en el mapa. Siguió superando categorías a la vez que cursaba sus estudios. No sería hasta el año 2001 cuando su vida cambiaría para siempre. El FMP de Belgrado no perdía la pista a un base emergente que apuntaba maneras. Milos se vería obligado a abandonar su hogar por primera vez para emprender un viaje que a día de hoy no ha terminado. En la capital, alejado del núcleo familiar, continúo formándose como estudiante a la vez que dominaba las categorías inferiores del baloncesto serbio. Por otro lado, su condición de deportista de élite le facilitó el acceso a la universidad privada John Naisbitt. Había llegado el momento de firmar su primer contrato profesional. Lo tenía todo de su parte, en especial la confianza del entrenador.

Uno de los escasos documentos visuales del paso de Teodosic por Belgrado

Tras el primer contacto con Djokic su progresión se dispararía. Sin embargo, debido a su corta edad y a la competencia dentro de la plantilla, se decidió ceder a Teodosic por una temporada al KK Borac Čačak, donde el jugador podría curtirse antes de regresar a las filas del club que lo formó. En aquellos momentos, se antojaba complicado que el jugador pudiese continuar progresando sin apenas gozar de minutos. Pese a su juventud, este cumplió con las expectativas y el cuadro belgradense decidió reclamar sus servicios.

2007 sería el año de su eclosión profesional. Si bien su debut en la Copa ULEB fue en la campaña 2004-05 (14 minutos frente al Vertical Vision Cantu italiano), fue entonces cuando Milos empezó a fraguarse un nombre en las plazas europeas. Con Aleksandar Rasic como base titular, Teodosic sería un combo-guard de lujo en aquella plantilla. Tanto fue así, que a sus 20 primaveras atrajo el interés de varios clubes de renombre en Euroliga. Finalmente, el atractivo de Olympiacos lo sedujo, firmando un contrato de cinco temporadas por valor de 2,8 millones de euros.

“No es lo suficientemente rápido. Sufre en defensa. Esto no supone nada que no supiéramos de antemano, es probablemente el jugador al que menos favorece el juego de la NBA entre los jugadores internacionales de gran talento. Alguien podría estar interesado en él en segunda ronda, pero eso no es un hecho”.


4 de abril de 2007

Ante las aguas del Egeo

Eran años difíciles en el Pireo. Pese a sus buenos jugadores, todavía permanecían a la sombra del gran gigante heleno, Panathinaikos. Durante la década de los 2000, Grecia y Europa estuvieron bajo el yugo del equipo de Zeljko Obradovic y Dimitris Diamantidis. Nada más aterrizar en Atenas, Milos empezaría a sufrir las consecuencias de jugar en uno de los equipos pudientes del continente. No siempre hay espacio para los jóvenes al más alto nivel. Olympiacos, en su ansia por equipararse a los más grandes de la competición, firmó al anotador Lynn Greer. Pésima noticia para Teodosic, ya que el norteamericano sería el puntal ofensivo del equipo. Sin embargo, y pese a la competencia con Roderick Blackney, el técnico Pini Gershon utilizó eventualmente al serbio como escolta, aprovechando su tamaño y rango de tiro. Fue una campaña en la que no careció de minutos, pero tuvo menos peso creativo de lo habitual.

Por el momento, el balance positivo. No fue fácil aclimatarse a la actividad en Grecia tras toda una vida en los Balcanes. La incorporación de Yotam Halperin, proveniente del Maccabi, y la sobrepoblación en líneas exteriores restaron protagonismo a Teodosic. Fue un año muy duro para él, pero le sirvió para madurar y ver realmente cual era el coste del éxito. Por tercer curso consecutivo, Olympiacos se tendría que conformar con el subcampeonato liguero, para mayor gloria de su eterno rival. No obstante, una derrota por 82-84 en semifinales de Euroliga, también ante Panathinaikos, fue lo que realmente hizo daño en el Estadio de la Paz y la Amistad. Era hora de cambiar la tendencia. En 2009 se presentaría al Draft de la NBA, sin ser elegido por ningún equipo. Su estilo de juego no gustaba en demasía en la liga norteamericana y las franquicias eran muy escépticas sobre su hipotética adaptación.

Año 2010. Al fin, con 22 años, el mando era suyo. Milos adquirió las riendas de aquella plantilla desde el primer de día de pretemporada. Bajo las órdenes de Panagiotis Giannakis y formando un trío demoledor con Linas Kleiza y Josh Childress, Olympiacos ya provocaba miedo en sus contrarios. Cuajaron una Euroliga casi perfecta, pero tras una gran campaña faltó el broche final. Teodosic no pudo celebrar su MVP de la temporada, ya que en la final de la Euroliga se encontraron con un FC Barcelona muy superior (86-68). Asimismo, fue elegido ‘Jugador del Año Europeo de la FIBA’, por delante de Pau Gasol y Dirk Nowitzki. Su estrellato era una realidad, si bien no faltaban detractores que lo tachaban de ser excesivamente frío, poco menos que indolente a la trascendencia de los partidos.

Milos Teodosic nunca ha renunciado a la selección | FIBA Photo

Aquel verano, Milos grabaría una marca a fuego en la piel de la parroquia española. Copa Mundial de Baloncesto de la FIBA, Turquía. 89-89 en el marcador con 25 segundos por jugarse. Las indicaciones de Dusan Ivkovic no dejan cabos sueltos. Hay que agotar el reloj de posesión. El balón, en manos de la estrella, quema. Llull aprieta, pero un bloqueo de Velickovic permite que Teodosic y Jorge Garbajosa queden emparejados. No hará falta acercarse a canasta.

El serbio se levanta desde nueve metros y anota. La derrota en la final del EuroBasket de 2009 estaba vengada. En semifinales el plantel serbio caería ante la selección anfitriona, pero todavía hay quien sueña con aquella suspensión imposible. “Pensar mientras juegas no te sirve para nada. Todo sale solo. Eso me pasa a mí. Simplemente, vi la canasta enfrente y decidí tirar. Así, sin más. En ese momento es lo que se suponía que debía hacer”, declaró el propio jugador en una entrevista.

La siguiente campaña tocaría reponerse, con la llegada del que, a la postre, sería el mejor jugador de la historia del club: Vassilis Spanoulis, proveniente del mismísimo Panathinaikos. Teodosic compartiría el liderazgo con el heleno, mucho más idolatrado por la parroquia ateniense. La temporada resultó decepcionante, con una Copa griega que supo a poco. Milos bajó sus prestaciones al mismo tiempo que Kill Bill se erigía como la gran estrella del roster. El dúo de bases, por muy atractivo que sonase, no funcionó.

En las filas del Ejército Rojo 

Algunos rumores apuntaban a cierto interés por parte de San Antonio Spurs, que no habían dejado de seguir la pista del jugador balcánico. No parecía un mal momento para cambiar de aires. Con todo, tras cuatro cursos en el Ática, en Moscú se estaba fraguando un proyecto para volver a dominar Europa. Andrei Kirilenko, Alexey Shved, Sasha Kaun, Victor Khryapa, Ramunas Siskauskas o Nenad Krstic. Núcleo soviético rodeado de algunos los mejores nombres del torneo continental. Escuela lituana en el banco con Jonas Kazlauskas. El plan era claro. Revalidar la Euroliga. Cetro que no levantaban desde el año 2008, perdiéndose tan solo la Final Four del año anterior.

El recorrido era un cuento de hadas. Tras eliminar en playoffs a Bilbao Basket (3-1), después se deshicieron de un correoso Panathinaikos. El destino quiso que Milos se enfrentase a su amado Olympiacos en la gran final. Los rusos eran claros favoritos e hicieron gala de ello. Todo eran risas con 53-34 a dos minutos de concluir el tercer cuarto. Pero nunca subestimes el corazón de Olympiacos. Punto a punto, el equipo griego fue acercándose en el luminoso, hasta que Giorgios Printezis convirtió una especie de bomba que es historia del baloncesto contemporáneo (funesto Siskauskas desde la personal). La eventualidad quiso que el conjunto del Pireo volviese a reinar, y lo hiciese sin Teodosic en sus filas.

El propio Milos, denotando una excesiva prisa en su juego cuando debía imperar la calma, fue uno de los grandes señalados en aquella derrota. Además, con 61-58 y 20 segundo por jugarse, erró un tiro libre que hubiera sido decisivo. Los años venideros serían un dejà vú continuo en el seno del equipo ruso.

2013, 2014 y 2015. Las semifinales fueron lo máximo. Aquel equipo que durante los meses que duraba la temporada era una apisonadora ofensiva, se hacía pequeño a la hora de la verdad. Los automatismos colapsaban, las cabezas se nublaban y el nerviosismo ante otro fracaso se apoderaba de los jugadores. Se fichaba a las máximas estrellas para remediarlos, pero en el torneo del K.O. siempre había quien lograba tumbarlos. Su bestia negra en la historia reciente: el Olympiacos de Spanoulis. Aquel que tantas pesadillas ha provocado a Andrey Vatutin, presidente del club ruso.

Multitud de decepciones, éxitos en la VTB United League aparte, hasta que llegó el 15 de mayo de 2016. El día que cumplió su misión. CSKA y Fenerbache se enfrentaron en una noche histórica. Los moscovitas llegaron a liderar el marcador por 23 puntos en el tercer periodo, pero hizo falta una heroica canasta de su capitán, Khryapa, para forzar la prórroga y por fin a tantos años de maleficio. Moscú dominaba Europa ocho temporadas después. Milos fue el jugador más valorado de aquel partido (29), pero el MVP fue a parar a manos de su compañero Nando De Colo. No le hacía falta. Su valía estaba demostrada.

Destino L.A.

Una nueva derrota en semifinales frente a Olympiacos en 2017 supondría el adiós de Teodosic a la disciplina rusa. Lo había conseguido casi todo a nivel europeo y la NBA seguía llamando a su puerta. ¿Por qué no intentarlo en plena madurez deportiva? Varios equipos tentaron al serbio con sumas de lo más atractivas, pero se decidió por Los Ángeles Clippers.

La franquicia angelina esperaba ocupar la ausencia de Chris Paul con el IQ baloncestístico del ex del CSKA. Tremenda amenaza desde el triple en pleno auge de la larga distancia, además la mejor capacidad de pase de toda Europa. La NBA, aquella competición que le fue negada desde su eclosión, era un sueño hecho realidad.

Su desembarco en California generó todo tipo de sensaciones. La expectación era alta. Patrick Beverly, antiguo compañero suyo en Olympiacos, dijo que se trataba del “mejor pasador del mundo”. Matadores del calibre de DeAndre Jordan y Blake Griffin estaban deseosos de poder disfrutar de las asistencias imposibles de Milos. Mientras estuvo sano, disfrutó de minutos, siendo titular en 36 (22 victorias) de los 45 partidos que disputó en la 2017-18. Compartió labores de dirección con Austin Rivers y Lou Williams, pero para su desgracia, una fascitis plantar empañaría el primer año bajo los focos del Staples Center.

“En el pasado sentí que jugar en la NBA no era algo muy cercano a mí.  Tal vez ahora esté más listo mentalmente. Sé lo que puedo hacer. Quiero sentirme importante y ver que un equipo tiene un proyecto para mí. No pienso ir a la NBA solamente para decir que he estado allí, quiero ir y contribuir”.

Milos Teodosic, 2017

Las lesiones tampoco desaparecieron el siguiente curso, todavía por concluir. Desde el comienzo de la temporada, Teodosic arrastró molestias en los isquiotibiales, que le dificultaron tener mayor presencia en la rotación del equipo. Con Patrick Beverly recuperado, la adquisición de Shai Gilgeous-Alexander relegaba al serbio a un rol residual. Además, su carencias defensivas provocaban notorios desajustes ante los bases más físicos de la competición. Bagaje final: 15 escasos partidos, en los que apenas fue protagonista.

“Llegué, vi lo que había y de alguna manera me di cuenta de que disfruto más en Europa”.

El propio jugador lo veía con nitidez. Su lugar era otro. Finalmente, tras su completa ausencia en la distribución de minutos, los Clippers cortaron a Teodosic, el 7 de febrero de 2019. Adiós a un sueño de lo más efímero.

LOS ANGELES, CA – OCTOBER 09: Los Angeles Clippers Guard Milos Teodosic (4) looks on during an NBA preseason game between the Denver Nuggets and the Los Angeles Clippers on October 9, 2018 at STAPLES Center in Los Angeles, CA.

Cuando la prensa apuntaba a un inminente retorno a Europa de la mano de un aspirante, el de Valjevo sorprendió a propios y extraños diciendo que no jugaría en ningún club en lo que resta de calendario. Lo hará, en cambio, con su selección en el Mundial de China. Una Serbia capaz de todo: platas en el EuroBasket 2009, Mundial 2014 y Juegos Olímpicos 2016. Solo España y Estados Unidos han evitado que esta generación se cuelgue una medalla de oro. Mientras tanto, Teodosic se dedicará a entrenar por su cuenta, meditando sobre qué hacer la siguiente campaña. Le lloverán las ofertas, pero tiene claro que quiere un compromiso competitivo y a medio plazo.

Después de sacarse la espina de la Euroliga, Milos ya no volverá a jugar con aquella losa que recayó sobre sus hombros durante tanto tiempo. Había cumplido su tarea. Tras aquello, la opinión pública era clara: un jugador de su talento no podía quedarse sin probar suerte en la NBA. Al igual que continúa sucediendo con Sergio Llull, expertos y aficionados querían ver qué tal se desenvolvía en la liga norteamericana. Sin embargo, la realidad ha vuelto a dejar claro que hay tipos hechos para el baloncesto FIBA, como Nando De Colo, Aleksandar Djordjevic, Sarunas Jasikevicius, Sergio Rodríguez o el propio Vassilis Spanoulis. Auténticas estrellas que no brillaron al otro lado del Atlántico.

Lo decían los scouts cuando apenas era mayor de edad. Se trataba de un jugador que podía sufrir mucho contra los exuberantes físicos de la NBA, más de lo proyectado incluso en la actualidad. El caso es que Milos Teodosic ya jugaba por aquel entonces como un auténtico veterano. Pausado, leyendo el juego, amasando balón y sin correr más de lo debido. Su sitio era Europa. Un genio con un don especial para leer el juego, para ver huecos que nadie más percibe. Siguen apareciendo críticos con su estilo de juego. Es cierto, puede pecar de frialdad en ocasiones. Cuando salta al parquet parece recién levantado de la siesta. Pero es lo que tienen los genios, a veces sus mentes son inescrutables.

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