Raqueta en mano, golpea la pelota con una velocidad endiablada. Muñeca con reflejos. Tobillos preparados y ágiles. Es muy alto para sus 14 años. Pero sus centímetros de más no suponen un obstáculo para ganar su segundo título nacional de tenis de mesa en categoría cadete. Había probado el fútbol, pero se le da mejor la pala que el balón. Goza de una mente brillante, preparada y trabajada cada día para el deporte: Toni apunta a estrella del pin-pon. Algo le hace cambiar. Y la lógica hizo el resto.

La adolescencia sigue su curso. Cumple 16 años en 1987. Es verano, Mundial Sub 20 en Bormio. Se pone en marcha el reloj: tic-tac. Yugoslavia amenaza la supremacía de Estados Unidos, campeón de las dos ediciones anteriores. En sus filas, un espigado y esquelético chaval que pasa desapercibido. Tic-tac

Poco importa que el partido sea de primera fase. El número siete se nota con confianza y con una ilusión atroz. Alejado ya de las mesas y las palas, es su primera gran oportunidad profesional en el mundo de la canasta, el suyo. Lo sabe. Primero un triple, otro más, tres y hasta seis en la primera parte. Sin fallo, como el mejor de los relojes suizos. Tic-tac.

Larry Brown, entrenador estadounidense, no sabe cómo pararlo. ¿Pero juega de base, alero o ala-pívot? Un 2,08 hecho para el engaño. Los americanos estaban más pendientes de Ilic, Djordjevic, Divac o Radja. Comienza el segundo tiempo. Caen dos triples más. Tic y tac. Vamos por ocho. Ocho del chaval que no es ni tirador ni anotador. Al instante, nueve, diez. Tic-tac, tic-tac. Y uno más para decidir el encuentro. El último lo falló. 37 puntos. Como los números de un reloj, 11 de 12 desde el exterior. La perfección la encontraría años después. No había prisa, la función solo acababa de comenzar.

El propio Kukoc expresó, años después: “Nunca jamás en mi carrera me he acercado a esos números. Lo máximo en un partido mío han sido 5 ó 6 triples, pero ese día todo fue sobre ruedas. Me sentí muy a gusto. Cuando mis dos primeros tiros entraron subió mi confianza y no paré hasta el final. Tenía la sensación de que estaba tirando a una piscina y que el balón entraría incluso tirando con una pierna.

Kukoc entró en la escena mundial tras ese encuentro. Su carrera le depararía ser el protagonista de lo mejor que ha existido en Europa y escudero del mejor jugador de todos los tiempos. Un currículum con el que todos hemos soñado alguna vez. Un compendio de talento, trabajo y títulos. Un jugador total. Aunque el debate es extenso y saludable, el mejor europeo de la historia.

Catalogado como mito, líder de la Jugoplastika. Seis títulos nacionales, cuatro con la selección. Y el plato fuerte: del 89 al 91, tres entorchados europeos seguidos con el equipazo de Split. Munich, Zaragoza y París. Kukoc, experto en finales felices, se despidió de la Jugoplastika con una exhibición en la ciudad del amor, MVP de aquella Final Four. Lo había sido en 1990 y lo sería tres años después.

Estábamos ante un jugador extraordinario. Por sus facultades y su originalidad. Capaz de anotar cuanto quisiese (casi un 50% en triples en sus primeros años), pero siendo un jugador más de equipo. Toni Kukoc, rodeado de tanto talento, preferió hacer un poco de todo y no encasillarse en un rol. Interpretar, crear de la nada. Y no fallar, la excelencia por contrato. Hacer lo que los demás no hacían. Su primer paso no tenía rival. Con él, ataque, visión de juego y ayudas en defensa (‘el corrector’ le llamaban en el vestuario de Split). Hacer equipo. Listo, altruista y obediente. Respetuoso con el rival, el compañero y la profesión. Sin aires de grandeza. Esa pieza que cotiza alto y todo entrenador se precia por tener una.

Respiremos. Pavlicevic era el suyo en la final de 1991 ante el Barcelona. Con Kukoc en el banquillo, la Jugoplastika vivía sus mejores minutos del partido. Pero él-como haríamos todos- le pidió que entrase. Toni lo tuvo claro: “Coach no me necesitan. Mis compañeros están jugando muy bien, estoy muy contento”.
Un carácter antagonista al que reinaba al otro lado del charco. Por aquel entonces, las puertas de la NBA estaban cerradas a Europa incluso para un talento como Kukoc. El desprecio americano por la calidad del Viejo Continente evitó que el yugoslavo aterrizara antes en la mejor liga del mundo, un sitio que le correspondía a todos los efectos.

El propio Pavlicevic reconoció las dudas de Kukoc sobre su futuro americano: “yo soy demasiado normal para la NBA, más aun estando entre Michael Jordan, como mejor de toda la historia, y Dennis Rodman con sus locuras. Nadie se fija en mí.

Un tipo normal al que le desagradaban circunstancias tan evidentes como los entrenamientos matutinos, algo habitual en el día a día de Pavlicevic. El entrenador seguía unas normas de vestuario estrictas que Kukoc, por su afable carácter, se aseguraba en cumplir. Incluso para transgredirlas. Cuenta el coach: “A Toni nunca le gustó el calentamiento siempre miraba con cara de horror pero cuando tenía el primer contacto con el balón le cambiaba el rostro, era otra persona. Nosotros como equipo y yo como entrenador teníamos reglas disciplinarias. Por ejemplo, se penalizaba chutar el balón cuando un jugador se enfadaba. Eso significaba una multa. Un día en un entrenamiento matutino, llega Toni, se cabrea y… ¡bum! Chute. Y le digo: “¡Toni! ¿Qué haces? ¿Sabes qué significa es esto?” A lo que Toni me responde: “Sí, pero estoy muy enfadado y voy a pagar porque voy a patear esa pelota.

Ciao Italia y primer contacto con Pippen y Jordan

La Pantera Rosa dejó la Jugoplastika por Treviso, pese a los cantos de sirena de Real Madrid y Barcelona, deseosos de hacerse con los servicios del mejor y más codiciado jugador del momento. El dinero italiano de la Benetton y la cercanía geográfica con Split venció la contienda. Kukoc, a sus 23 años, recaló en la nación de la bota.

Su estancia en el país mediterráneo es recordada como una de las mejores de la historia. Desde el primer año, Kukoc fue el referente absoluto de la Benetton. 21,1 puntos promedió en su temporada de debut, con un 47% de acierto en triples, más cinco rebotes y cinco asistencias por partido. Es decir, el croata no había variado un ápice: dominador en Yugoslavia, dominador en Italia. La Benetton, no podía ser de otra forma, ganó su primera liga.

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Al año siguiente, otro fuera de serie, Danilovic en Bolonia, le quitaría el entorchado italiano, aunque el equipo de Treviso llegó a colarse en la final de la Euroliga, donde cayeron con un sorprendente Limoges. Habían pasado dos años desde su llegada a Treviso, y nada había cambiado. Toni Kukoc continuaba siendo el mejor jugador del continente, y las llamadas de la NBA eran constantes. Los Bulls habían drafteado a Kukoc en la segunda ronda del draft de la NBA de 1990. Y su General Manager, Jerry Krause, insistía en validar la llegada del croata a la liga americana. Hasta el mismísimo Michael Jordan, por orden de Krause, llamó a Kukoc para convencerle de que iniciara su aventura NBA. Fue antes de vestirse con la camiseta de la Benneton, y Kukoc no estaba por la labor. “Chaval, o cagas o dejas el baño libre”, llegó a decirle Jordan ante las evidentes dudas del croata.

Tras cada vislumbrante actuación de Kukoc con la Benneton, en Chicago crecían las presiones para incorporar al talento báltico. Toni quizá no era consciente en ese momento, pero a más de 7.500 kilómetros se empezó a fraguar una de las enemistades más famosas de la historia del baloncesto: con esas llamadas, esos contactos, empezó la guerra fría de Scottie Pippen con Kukoc. El All Star no entendía la insistencia de su equipo en fichar al europeo cuando él seguía sin renovar su contrato. La llegada de Kukoc a Chicago se avecinaba, cuanto menos, divertida.

Antes de partir, el croata conocería a sus futuros compañeros de equipo en los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. Los de aquel Dream Team inolvidable. Fue la primera vez que se vieron las caras. Los mismos jugadores norteamericanos admitieron años después que, cuando jugaban contra Croacia, la victoria valía el doble: ganar y humillar a su estrella. Pippen y Jordan lideraban el acoso a Kukoc, al que le entró un ataque de ansiedad durante el torneo. En su enfrentamiento en la cancha, eran constantes los contactos excesivos, las intimidaciones y alguna que otra falta muy dura. Consiguieron su objetivo: Kukos bajó su rendimiento-11,5 puntos, 6 asistencias y 3 rebotes- y Estados Unidos se paseó por la ciudad condal.

Así se las gastaba Pippen: “Quería que todo el mundo viese ese uno contra uno, deseaba que Krause lo viera por televisión. Quería avergonzarle ya que no podía jugar contra Krause. Le negué la mano antes y después del partido”.

En el ojo del huracán y los tres anillos

Toni Kukoc aterrizaba en Chicago un año después, en 1993. De allí acababa de salir Michael Jordan en su primera retirada como profesional. Una ciudad sin su emblema, conmovida y con muchas dudas sobre el futuro de la franquicia. Una plantilla donde el nuevo líder, Pippen, detesta al recién llegado. Una liga donde no es fácil la adapción. Una nueva vida para Kukoc.

Además de los mencionados, Kukoc también coincidió con Steve Kerr. Así relató el actual entrenador de los Warriors sus primeras conversaciones con el croata: “Era su primer partido, serían las tres de la tarde y faltaban cuatro horas para comenzar el encuentro. Vi a Kukoc con una ensalada, algún entrante, un gran plato de pasta, pollo, un vaso de vino tinto ) y luego tomó de postre tiramisú y un café expreso. Yo estaba alucinando. Le pregunté por toda esa cantidad de comida y él me contestó: “En Europa antes de los partidos, comemos mucho, bebemos un poco de vino, tomamos un café, volvemos al hotel a echar una gran cagada y luego salimos a jugar“.

Los Bulls eran los grandes dominadores de la época. Sin Jordan, Phil Jackson otorgó mayor importancia al colectivo, a los roles, al trabajo en equipo. Kukoc lo entendió e incluso lo recibió como un alivio. No así Scottie Pippen, compañero y al mismo tiempo rival directo en su posición.

A Kukoc le costó entrar en la sintonía Bulls. Fue de menos a más. La primera temporada jugó 24 minutos por partido, con 10 puntos, 4 rebotes y 4 asistencias de promedio. Una carta de presentación aceptable, pero alejada de la mitología que arrastraba del Viejo Continente. Se acercó a esa categoría cuando la temporada más calentaba. En los Playoffs ante los Knicks, su momento cumbre. El cambio que necesitaba.

2-0 perdia Chicago, a falta de dos segundos de su tercer partido con 102-102 en el marcador. La pizarra de Phil Jackson dibujaba un tiro final para…Kukoc. Inmediata pataleta de Pippen, que ni salta a la cancha. Vio desde el banquillo como el croata anotaba sobre la bocina.

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Pese a la postrera derrota de los Bulls en la serie, ese partido significó un punto de no retorno para Kukoc. Su importancia en el equipo subió enteros la siguiente temporada, donde alcanzó los 15,7 puntos por encuentro. Las noticias también eran alentadoras: al roster regresó Jordan y se sumó Dennis Rodman. 72-10 firmaron aquel año.

La llegada de éste último otorgó a Kukoc mayor libertad creativa y, especialmente, descarga de responsabilidades defensivas. Toni volvió a ser el jugador letal, con porcentajes superiores al 40% en triples. Cambió su físico: ensanchó. El rol también varió: se convirtió en el líder de la segunda unidad y en el Mejor Sexto Hombre de la temporada. Eso sí, no faltaba en el quinteto final de un partido apretado. Era un pieza básica para los Bulls, que no mediática. Era, al fin y al cabo, una evolución de todo lo vivido con la Jugoplastika de Split: adaptarse al entorno que te rodea y ser fiel, eficiencia y consecuente con tu nuevo rol. Logros al alcance de pocos jugadores.

El trío entre el mejor jugador de la historia, el mejor escudero y el mejor europeo de su generación otorgó a los Bulls tres anillos más (96, 97 y 98). Jordan, Pippen y Kukoc eran los dueños y señores de la NBA. Lo que respecta al croata, firmaba 13 puntos por partido, más de 4 rebotes y más de 4 asistencias jugando algo menos de 30 minutos. Números, eso sí, encuadrados en uno de los mejores equipos de la historia. Y allí, en ESE equipo, solo Jordan y Pippen estaban por encima de Kukoc en jerarquía y juego.

Un ocaso gradual

El principio del fin ocurrió en Salt Lake City. Jordan encestó sus dos puntos más conocidos antes de volver a retirarse. Con él, los Bulls de entonces no volvieron a ser lo mismo. Hubo desbandada general, Pippen incluido. No de Kukoc, que permaneció en Chicago unos meses más. Quería demostrar que podía liderar, como primera espada, a un equipo de la NBA. Sus números crecieron (18,7 puntos, 7 rebotes y 5 asistencias por partido en 40 minutos) pero la plantilla, como buen deporte de equipo que es el baloncesto, se hundió. 13 victorias y 50 derrotas, Chicago Bulls fue el peor equipo de esa temporada de 1998.

Kukoc no concebía la derrota, por mucho que mantuviera un nivel notable. Zeljko Obradovic fue el primero en dar la voz de alarma: “El problema de ese es que no le gusta el baloncesto”. No había esa chispa y esa magia de los primeros años. Toni había pasado a la categoría de jugador del montón. Y las derrotas se sucedían sin compasión. Kukoc, con 31 años, decidió abandonar Chicago y buscar sus últimos retos como profesional.

El croata entró entonces en un bucle de irregularidad en diversas franquicias de la NBA. Lo único que no cambió fue su dorsal, el 7. Primero los Sixers en los que Iverson manejaba el cotarro, después los Hawks, donde volvió a desplegar grandes dosis de juego con más de 20 puntos por partido. Y vuelta al declive vía Bucks. Pese a su decante nivel, al croata no le faltaban ofertas de equipos en reconstrucción que buscaban un veterano con talento indeleble en el cuerpo.

En Milwaukee Kukoc recuperó su valor más importante: la felicidad. Se integró de maravilla con el equipo, los compañeros y con la ciudad, muy al son de su carácter tranquilo y sosegado. Tanto que aguantó allí hasta los 38 años, momento en el que decidió dejar las canastas.

Acabó así la carrera de un jugador único:  Kukoc supo adaptarse a ser una pieza esencial de su equipo (Jugoplastika), la única pieza de su equipo (Benetton) o una pieza más (Bulls). Él fue un pionero. Él allanó el camino de los Nowitwki y Gasol. Él fue el primer gran triunfador europeo en la NBA.

Voces autorizadas

La carrera de Kukoc se puede resumir en frases que sus compañeros, entrenadores y rivales han argumentado años después. Aquí van algunas de ellas:

Zeljko Pavlicevic (ex entrenador de la Jugoplastika de Split): “Yo siempre le tuve mucho respeto, genial jugador y profesional. De lejos el mejor alero que jamás vi en Europa y el mejor contra el que jugué y confiar en mí, he visto muchos. Felicidades por tu carrera”.

Flavio Carera (ex internacional con Italia e histórico en la LEGA): “El mejor jugador que ha jugado en Italia. Treviso tuvo la fortuna de tenerlo y su presencia permitió a jugadores como Pittis o Rusconi tener un bagaje siempre más grande. Era devastador para los contrarios y a la vez elegante. Un señor en el campo”.

Aito García Reneses (Ex seleccionador con España e histórico entrenador en la ACB): “Tenía un gran talento y podía jugar en todas la posiciones excepto la de 5. Muy inteligente y capaz. Podría haber sido el mejor tres de la historia si hubiera mantenido más años su nivel de esfuerzo en defensa“.

Moncho Monsalve (Ex jugador, seleccionador de Marruecos y Brasil y entrenador ACB): “Quien jugase contra Toni Kukoc sabía que tenía difícil conseguir la victoria si no le impedía hacer las dos cosas que él sabía hacer: anotar y crear. Si no querías perder debías intentar que sólo hiciera una de las dos”.

La vida ansiada

20 años después de Bormio y tras 13 temporadas en la NBA, Kukoc estableció su hogar en Chicago. Se casó con su amor de Bachiller, Renata. Tiene dos hijos: Marin, de que juega en la NCAA y Stella, que se dedica al voleibol y al fútbol.

Kukoc alimenta su otra pasión, el golf. Es profesional del green y su competitividad parece intacta. “Soy mejor jugador de golf que Jordan, y se puede demostrar”. Con MJ juega por parejas habitualmente.

Sobre su vuelta a las canchas de baloncesto, todo es un misterio. La única pista, unas declaraciones suyas de hace seis años: “Sería bonito volver al baloncesto como entrenador. Creo que sé lo suficiente para hacerlo, y no estaría mal empezar siendo un par de años asistente para descubrir lo que se siente en la banda”. Toni, te estamos esperando.