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Objetivo Europa

Toni Kukoc, el reloj del Adriático

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Raqueta en mano, golpea la pelota con una velocidad endiablada. Muñeca con reflejos. Tobillos preparados y ágiles. Es muy alto para sus 14 años. Pero sus centímetros de más no suponen un obstáculo para ganar su segundo título nacional de tenis de mesa en categoría cadete. Había probado el fútbol, pero se le da mejor la pala que el balón. Goza de una mente brillante, preparada y trabajada cada día para el deporte: Toni apunta a estrella del pin-pon. Algo le hace cambiar. Y la lógica hizo el resto.

La adolescencia sigue su curso. Cumple 16 años en 1987. Es verano, Mundial Sub 20 en Bormio. Se pone en marcha el reloj: tic-tac. Yugoslavia amenaza la supremacía de Estados Unidos, campeón de las dos ediciones anteriores. En sus filas, un espigado y esquelético chaval que pasa desapercibido. Tic-tac

Poco importa que el partido sea de primera fase. El número siete se nota con confianza y con una ilusión atroz. Alejado ya de las mesas y las palas, es su primera gran oportunidad profesional en el mundo de la canasta, el suyo. Lo sabe. Primero un triple, otro más, tres y hasta seis en la primera parte. Sin fallo, como el mejor de los relojes suizos. Tic-tac.

Larry Brown, entrenador estadounidense, no sabe cómo pararlo. ¿Pero juega de base, alero o ala-pívot? Un 2,08 hecho para el engaño. Los americanos estaban más pendientes de Ilic, Djordjevic, Divac o Radja. Comienza el segundo tiempo. Caen dos triples más. Tic y tac. Vamos por ocho. Ocho del chaval que no es ni tirador ni anotador. Al instante, nueve, diez. Tic-tac, tic-tac. Y uno más para decidir el encuentro. El último lo falló. 37 puntos. Como los números de un reloj, 11 de 12 desde el exterior. La perfección la encontraría años después. No había prisa, la función solo acababa de comenzar.

El propio Kukoc expresó, años después: “Nunca jamás en mi carrera me he acercado a esos números. Lo máximo en un partido mío han sido 5 ó 6 triples, pero ese día todo fue sobre ruedas. Me sentí muy a gusto. Cuando mis dos primeros tiros entraron subió mi confianza y no paré hasta el final. Tenía la sensación de que estaba tirando a una piscina y que el balón entraría incluso tirando con una pierna.

Kukoc entró en la escena mundial tras ese encuentro. Su carrera le depararía ser el protagonista de lo mejor que ha existido en Europa y escudero del mejor jugador de todos los tiempos. Un currículum con el que todos hemos soñado alguna vez. Un compendio de talento, trabajo y títulos. Un jugador total. Aunque el debate es extenso y saludable, el mejor europeo de la historia.

Catalogado como mito, líder de la Jugoplastika. Seis títulos nacionales, cuatro con la selección. Y el plato fuerte: del 89 al 91, tres entorchados europeos seguidos con el equipazo de Split. Munich, Zaragoza y París. Kukoc, experto en finales felices, se despidió de la Jugoplastika con una exhibición en la ciudad del amor, MVP de aquella Final Four. Lo había sido en 1990 y lo sería tres años después.

Estábamos ante un jugador extraordinario. Por sus facultades y su originalidad. Capaz de anotar cuanto quisiese (casi un 50% en triples en sus primeros años), pero siendo un jugador más de equipo. Toni Kukoc, rodeado de tanto talento, preferió hacer un poco de todo y no encasillarse en un rol. Interpretar, crear de la nada. Y no fallar, la excelencia por contrato. Hacer lo que los demás no hacían. Su primer paso no tenía rival. Con él, ataque, visión de juego y ayudas en defensa (‘el corrector’ le llamaban en el vestuario de Split). Hacer equipo. Listo, altruista y obediente. Respetuoso con el rival, el compañero y la profesión. Sin aires de grandeza. Esa pieza que cotiza alto y todo entrenador se precia por tener una.

Respiremos. Pavlicevic era el suyo en la final de 1991 ante el Barcelona. Con Kukoc en el banquillo, la Jugoplastika vivía sus mejores minutos del partido. Pero él-como haríamos todos- le pidió que entrase. Toni lo tuvo claro: “Coach no me necesitan. Mis compañeros están jugando muy bien, estoy muy contento”.
Un carácter antagonista al que reinaba al otro lado del charco. Por aquel entonces, las puertas de la NBA estaban cerradas a Europa incluso para un talento como Kukoc. El desprecio americano por la calidad del Viejo Continente evitó que el yugoslavo aterrizara antes en la mejor liga del mundo, un sitio que le correspondía a todos los efectos.

El propio Pavlicevic reconoció las dudas de Kukoc sobre su futuro americano: “yo soy demasiado normal para la NBA, más aun estando entre Michael Jordan, como mejor de toda la historia, y Dennis Rodman con sus locuras. Nadie se fija en mí.

Un tipo normal al que le desagradaban circunstancias tan evidentes como los entrenamientos matutinos, algo habitual en el día a día de Pavlicevic. El entrenador seguía unas normas de vestuario estrictas que Kukoc, por su afable carácter, se aseguraba en cumplir. Incluso para transgredirlas. Cuenta el coach: “A Toni nunca le gustó el calentamiento siempre miraba con cara de horror pero cuando tenía el primer contacto con el balón le cambiaba el rostro, era otra persona. Nosotros como equipo y yo como entrenador teníamos reglas disciplinarias. Por ejemplo, se penalizaba chutar el balón cuando un jugador se enfadaba. Eso significaba una multa. Un día en un entrenamiento matutino, llega Toni, se cabrea y… ¡bum! Chute. Y le digo: “¡Toni! ¿Qué haces? ¿Sabes qué significa es esto?” A lo que Toni me responde: “Sí, pero estoy muy enfadado y voy a pagar porque voy a patear esa pelota.

Ciao Italia y primer contacto con Pippen y Jordan

La Pantera Rosa dejó la Jugoplastika por Treviso, pese a los cantos de sirena de Real Madrid y Barcelona, deseosos de hacerse con los servicios del mejor y más codiciado jugador del momento. El dinero italiano de la Benetton y la cercanía geográfica con Split venció la contienda. Kukoc, a sus 23 años, recaló en la nación de la bota.

Su estancia en el país mediterráneo es recordada como una de las mejores de la historia. Desde el primer año, Kukoc fue el referente absoluto de la Benetton. 21,1 puntos promedió en su temporada de debut, con un 47% de acierto en triples, más cinco rebotes y cinco asistencias por partido. Es decir, el croata no había variado un ápice: dominador en Yugoslavia, dominador en Italia. La Benetton, no podía ser de otra forma, ganó su primera liga.

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Al año siguiente, otro fuera de serie, Danilovic en Bolonia, le quitaría el entorchado italiano, aunque el equipo de Treviso llegó a colarse en la final de la Euroliga, donde cayeron con un sorprendente Limoges. Habían pasado dos años desde su llegada a Treviso, y nada había cambiado. Toni Kukoc continuaba siendo el mejor jugador del continente, y las llamadas de la NBA eran constantes. Los Bulls habían drafteado a Kukoc en la segunda ronda del draft de la NBA de 1990. Y su General Manager, Jerry Krause, insistía en validar la llegada del croata a la liga americana. Hasta el mismísimo Michael Jordan, por orden de Krause, llamó a Kukoc para convencerle de que iniciara su aventura NBA. Fue antes de vestirse con la camiseta de la Benneton, y Kukoc no estaba por la labor. “Chaval, o cagas o dejas el baño libre”, llegó a decirle Jordan ante las evidentes dudas del croata.

Tras cada vislumbrante actuación de Kukoc con la Benneton, en Chicago crecían las presiones para incorporar al talento báltico. Toni quizá no era consciente en ese momento, pero a más de 7.500 kilómetros se empezó a fraguar una de las enemistades más famosas de la historia del baloncesto: con esas llamadas, esos contactos, empezó la guerra fría de Scottie Pippen con Kukoc. El All Star no entendía la insistencia de su equipo en fichar al europeo cuando él seguía sin renovar su contrato. La llegada de Kukoc a Chicago se avecinaba, cuanto menos, divertida.

Antes de partir, el croata conocería a sus futuros compañeros de equipo en los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. Los de aquel Dream Team inolvidable. Fue la primera vez que se vieron las caras. Los mismos jugadores norteamericanos admitieron años después que, cuando jugaban contra Croacia, la victoria valía el doble: ganar y humillar a su estrella. Pippen y Jordan lideraban el acoso a Kukoc, al que le entró un ataque de ansiedad durante el torneo. En su enfrentamiento en la cancha, eran constantes los contactos excesivos, las intimidaciones y alguna que otra falta muy dura. Consiguieron su objetivo: Kukos bajó su rendimiento-11,5 puntos, 6 asistencias y 3 rebotes- y Estados Unidos se paseó por la ciudad condal.

Así se las gastaba Pippen: “Quería que todo el mundo viese ese uno contra uno, deseaba que Krause lo viera por televisión. Quería avergonzarle ya que no podía jugar contra Krause. Le negué la mano antes y después del partido”.

En el ojo del huracán y los tres anillos

Toni Kukoc aterrizaba en Chicago un año después, en 1993. De allí acababa de salir Michael Jordan en su primera retirada como profesional. Una ciudad sin su emblema, conmovida y con muchas dudas sobre el futuro de la franquicia. Una plantilla donde el nuevo líder, Pippen, detesta al recién llegado. Una liga donde no es fácil la adapción. Una nueva vida para Kukoc.

Además de los mencionados, Kukoc también coincidió con Steve Kerr. Así relató el actual entrenador de los Warriors sus primeras conversaciones con el croata: “Era su primer partido, serían las tres de la tarde y faltaban cuatro horas para comenzar el encuentro. Vi a Kukoc con una ensalada, algún entrante, un gran plato de pasta, pollo, un vaso de vino tinto ) y luego tomó de postre tiramisú y un café expreso. Yo estaba alucinando. Le pregunté por toda esa cantidad de comida y él me contestó: “En Europa antes de los partidos, comemos mucho, bebemos un poco de vino, tomamos un café, volvemos al hotel a echar una gran cagada y luego salimos a jugar“.

Los Bulls eran los grandes dominadores de la época. Sin Jordan, Phil Jackson otorgó mayor importancia al colectivo, a los roles, al trabajo en equipo. Kukoc lo entendió e incluso lo recibió como un alivio. No así Scottie Pippen, compañero y al mismo tiempo rival directo en su posición.

A Kukoc le costó entrar en la sintonía Bulls. Fue de menos a más. La primera temporada jugó 24 minutos por partido, con 10 puntos, 4 rebotes y 4 asistencias de promedio. Una carta de presentación aceptable, pero alejada de la mitología que arrastraba del Viejo Continente. Se acercó a esa categoría cuando la temporada más calentaba. En los Playoffs ante los Knicks, su momento cumbre. El cambio que necesitaba.

2-0 perdia Chicago, a falta de dos segundos de su tercer partido con 102-102 en el marcador. La pizarra de Phil Jackson dibujaba un tiro final para…Kukoc. Inmediata pataleta de Pippen, que ni salta a la cancha. Vio desde el banquillo como el croata anotaba sobre la bocina.

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Pese a la postrera derrota de los Bulls en la serie, ese partido significó un punto de no retorno para Kukoc. Su importancia en el equipo subió enteros la siguiente temporada, donde alcanzó los 15,7 puntos por encuentro. Las noticias también eran alentadoras: al roster regresó Jordan y se sumó Dennis Rodman. 72-10 firmaron aquel año.

La llegada de éste último otorgó a Kukoc mayor libertad creativa y, especialmente, descarga de responsabilidades defensivas. Toni volvió a ser el jugador letal, con porcentajes superiores al 40% en triples. Cambió su físico: ensanchó. El rol también varió: se convirtió en el líder de la segunda unidad y en el Mejor Sexto Hombre de la temporada. Eso sí, no faltaba en el quinteto final de un partido apretado. Era un pieza básica para los Bulls, que no mediática. Era, al fin y al cabo, una evolución de todo lo vivido con la Jugoplastika de Split: adaptarse al entorno que te rodea y ser fiel, eficiencia y consecuente con tu nuevo rol. Logros al alcance de pocos jugadores.

El trío entre el mejor jugador de la historia, el mejor escudero y el mejor europeo de su generación otorgó a los Bulls tres anillos más (96, 97 y 98). Jordan, Pippen y Kukoc eran los dueños y señores de la NBA. Lo que respecta al croata, firmaba 13 puntos por partido, más de 4 rebotes y más de 4 asistencias jugando algo menos de 30 minutos. Números, eso sí, encuadrados en uno de los mejores equipos de la historia. Y allí, en ESE equipo, solo Jordan y Pippen estaban por encima de Kukoc en jerarquía y juego.

Un ocaso gradual

El principio del fin ocurrió en Salt Lake City. Jordan encestó sus dos puntos más conocidos antes de volver a retirarse. Con él, los Bulls de entonces no volvieron a ser lo mismo. Hubo desbandada general, Pippen incluido. No de Kukoc, que permaneció en Chicago unos meses más. Quería demostrar que podía liderar, como primera espada, a un equipo de la NBA. Sus números crecieron (18,7 puntos, 7 rebotes y 5 asistencias por partido en 40 minutos) pero la plantilla, como buen deporte de equipo que es el baloncesto, se hundió. 13 victorias y 50 derrotas, Chicago Bulls fue el peor equipo de esa temporada de 1998.

Kukoc no concebía la derrota, por mucho que mantuviera un nivel notable. Zeljko Obradovic fue el primero en dar la voz de alarma: “El problema de ese es que no le gusta el baloncesto”. No había esa chispa y esa magia de los primeros años. Toni había pasado a la categoría de jugador del montón. Y las derrotas se sucedían sin compasión. Kukoc, con 31 años, decidió abandonar Chicago y buscar sus últimos retos como profesional.

El croata entró entonces en un bucle de irregularidad en diversas franquicias de la NBA. Lo único que no cambió fue su dorsal, el 7. Primero los Sixers en los que Iverson manejaba el cotarro, después los Hawks, donde volvió a desplegar grandes dosis de juego con más de 20 puntos por partido. Y vuelta al declive vía Bucks. Pese a su decante nivel, al croata no le faltaban ofertas de equipos en reconstrucción que buscaban un veterano con talento indeleble en el cuerpo.

En Milwaukee Kukoc recuperó su valor más importante: la felicidad. Se integró de maravilla con el equipo, los compañeros y con la ciudad, muy al son de su carácter tranquilo y sosegado. Tanto que aguantó allí hasta los 38 años, momento en el que decidió dejar las canastas.

Acabó así la carrera de un jugador único:  Kukoc supo adaptarse a ser una pieza esencial de su equipo (Jugoplastika), la única pieza de su equipo (Benetton) o una pieza más (Bulls). Él fue un pionero. Él allanó el camino de los Nowitwki y Gasol. Él fue el primer gran triunfador europeo en la NBA.

Voces autorizadas

La carrera de Kukoc se puede resumir en frases que sus compañeros, entrenadores y rivales han argumentado años después. Aquí van algunas de ellas:

Zeljko Pavlicevic (ex entrenador de la Jugoplastika de Split): “Yo siempre le tuve mucho respeto, genial jugador y profesional. De lejos el mejor alero que jamás vi en Europa y el mejor contra el que jugué y confiar en mí, he visto muchos. Felicidades por tu carrera”.

Flavio Carera (ex internacional con Italia e histórico en la LEGA): “El mejor jugador que ha jugado en Italia. Treviso tuvo la fortuna de tenerlo y su presencia permitió a jugadores como Pittis o Rusconi tener un bagaje siempre más grande. Era devastador para los contrarios y a la vez elegante. Un señor en el campo”.

Aito García Reneses (Ex seleccionador con España e histórico entrenador en la ACB): “Tenía un gran talento y podía jugar en todas la posiciones excepto la de 5. Muy inteligente y capaz. Podría haber sido el mejor tres de la historia si hubiera mantenido más años su nivel de esfuerzo en defensa“.

Moncho Monsalve (Ex jugador, seleccionador de Marruecos y Brasil y entrenador ACB): “Quien jugase contra Toni Kukoc sabía que tenía difícil conseguir la victoria si no le impedía hacer las dos cosas que él sabía hacer: anotar y crear. Si no querías perder debías intentar que sólo hiciera una de las dos”.

La vida ansiada

20 años después de Bormio y tras 13 temporadas en la NBA, Kukoc estableció su hogar en Chicago. Se casó con su amor de Bachiller, Renata. Tiene dos hijos: Marin, de que juega en la NCAA y Stella, que se dedica al voleibol y al fútbol.

Kukoc alimenta su otra pasión, el golf. Es profesional del green y su competitividad parece intacta. “Soy mejor jugador de golf que Jordan, y se puede demostrar”. Con MJ juega por parejas habitualmente.

Sobre su vuelta a las canchas de baloncesto, todo es un misterio. La única pista, unas declaraciones suyas de hace seis años: “Sería bonito volver al baloncesto como entrenador. Creo que sé lo suficiente para hacerlo, y no estaría mal empezar siendo un par de años asistente para descubrir lo que se siente en la banda”. Toni, te estamos esperando.

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Objetivo Europa

El Rey de Amarillo

El Gran Chamán. Un base polvorilla, callejero, con cinta de pelo, tan irregular como talentoso, siempre ligado a la gloria en Europa.

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“Cada tebeo tiene una media de 35 páginas y 124 ilustraciones. El precio de un único número oscila entre un dólar y 140.000. En Estados Unidos se venden 172.000 cómics al día. Unos 62.780.000 al año. Un coleccionista de tebeos posee una media de 3.312 números y pasaría aproximadamente un año de su vida leyéndolos”

Texto inicial en “Unbreakable”, de M. Night Shyamalan.

PRÓLOGO (IN MEDIAS RES)

18 de mayo de 2014, Milano, capital del diseño y del bunga bunga. Yogev Oyahon se dirige sin oposición a la canasta contraria y realiza uno de los mates más sencillos de su carrera, lo que no va a impedir su entrada en la historia. Maccabi acaba de presentar su candidatura a campeón de Euroliga más insospechado de la década, en dura pugna con ese Olympiakos que dos años antes, de la mano de un agonístico Printezis, tumbó a aquel aparentemente intratable CSKA de Kirilenko. Tan inaccesible como aquella constelación moscovita se suponía al Real Madrid 2013-2014 de Pablo Laso, y más contra un underdog cuya única superioridad se manifestaba en el alienante color pajizo de las gradas, y a manos de un invitado sorpresa que por un día se metamorfoseó en el rey amarillo.

Aquello no debería haber ocurrido.

PLANTEAMIENTO

Octubre de 2013, Vitoria. Un Real Madrid que luce galardón de campeón ACB de la temporada anterior se impone con dificultades en la final de la Supercopa al Barcelona, clavando la primera pica de la que promete ser una temporada histórica. La plantilla madridista, enhebrada con tino y especificidad por Juan Carlos Sánchez, Alberto Herreros y Pablo Laso, estaba construida para ganar y enamorar. Un par de cambios en el juego interior (Hettsheimeir y Begic out, Bourousis y Mejhri in) no alteraban el ecosistema Laso, cuyo sistema nervioso pasaba por la electricidad que generaban dos dinamos: los Sergios, capaces de trasladar el concepto de hipervelocidad al baloncesto europeo. Conectados a ellos, un Rudy Fernández en plenitud de facultades, que, cuando la espalda se lo permitía, era el exterior más completo de Europa en aquel momento; y un Nikola Mirotic que con apenas 22 años podía ya presumir de un MVP de liga ACB, y cuya inteligencia, versatilidad y lectura de espacios encajaban en aquella maquinaria cual nivel uno de Tetris.

Febrero de 2014, Madrid. El Palacio de Deportes de la Comunidad era ocupado en cada partido por una afición merengue entusiasmada con el espectáculo que ofrecía su equipo, quizás el mejor, o como mínimo el más vistoso, baloncesto visto en Europa durante muchísimo tiempo. Show tras show, vapuleo tras vapuleo, el Madrid se paseó por la Liga Regular con apenas la oposición de un resiliente Valencia Basket. En la Euroliga, imbatidos durante la primera fase. En la Copa, tres cuartos de lo mismo… excepto que en una sorpresivamente igualada final contra el Barcelona necesitó un triple en el último segundo de Sergio Llull para levantar el trofeo. No había motivo de alarma, empero, sino de jolgorio: del showtime al triplete solo les separaban un par de pasos. El Maccabi de Tel Aviv, por señalar un equipo cualquiera, estaba haciendo una buena Euroliga pero nadie les tomaba como aspirantes a nada serio.

NUDO/CONFLICTO

Abril de 2014, Europa. Nos encontramos en plena vorágine de playoffs de Euroliga. Aunque nadie parece querer admitirlo, el Madrid está empezando a boquear. Sus resultados no son ya tan contundentes, o lo son con menos frecuencia. En algunos partidos se embarrancan en exceso; su defensa de anticipación (muchas veces con Slaughter defendiendo al base rival), la que le permite salir trescientas veces por partido al toque de corneta, parece algo menos exuberante.

La serie contra el siempre roqueño, pedregoso Olympiakos no se resuelve hasta el quinto partido, pero a fin de cuentas, aunque el juego ya no sea siempre tan fluido, se ha conseguido el objetivo. En otro lado del cuadro, el Maccabi le roba la ventaja de campo al Emporio Armani en el primer choque, después de remontarle 13 puntos en apenas 3 minutos, y le impide participar en una Final Four en casa. A ella los acompañarán el otro gran favorito, el sempiterno semifinalista y legendario choker CSKA de Moscú, y un Barcelona en ascenso después de una temporada dubitativa.

16 de mayo de 2014, Milán. El Mediolanum Forum di Assago, el recinto donde se celebra la Final Four de ese año, transmite una iluminación extraña, casi tenebrista, como si Caravaggio hubiera descubierto las posibilidades claroscuristas (es tu turno, RAE) del baloncesto. La luz se focaliza en la pista de juego de tal manera que contrasta poderosamente con la lobreguez de la grada; lobreguez que se empeña en objetar, embriagada de utopía, la marea amarilla de la afición macabea, muy superior en número y entusiasmo a las demás.

Un empuje que no se difumina ni cuando, a 40 segundos del final del tercer cuarto, el favoritísimo CSKA se distancia 15 puntos por encima, 55-40. Tampoco cuando, a pesar de los esfuerzos de Tyrese Rice, el equipo moscovita domina por 67-63 a falta de 19 segundos: hacen bien. Triple de David Blu. Pérdida absurda de Khryapa. Canasta de Rice. Sonny Weems yerra un triple al límite de la bocina incluso antes de lanzarlo. Maccabi se impone 67-68 ante el delirio generalizado, y no solo de la afición israelita: de repente, la otra semifinal se ha convertido en una final anticipada.

16 de mayo de 2014, un par de horas más tarde, Milán. El Barcelona de Xavi Pascual entra al partido cuatro minutos antes que el Real Madrid y lo aprovecha para situar un 12-4 en el marcador. Pablo Laso se ve obligado a despertar a sus jugadores con un tiempo muerto y vaya si los despierta. El descanso acaba con un aún discreto 37-45 que no es en absoluto espoiler de lo que va a ocurrir a continuación: la más inmisericorde masacre acontecida en un encuentro de Final Four, y yo diría que en la historia de la Euroliga.

Hay un instante, a mediados del tercer cuarto, en el que el partido implosiona; es como ver al equipo de 5º de EGB contra los de 2ª (sí, soy TAN mayor, gracias por preguntar). Un Madrid en versión 2014 optimizada (que ya se estaba viendo con menos asiduidad, pero tal) y un Barcelona de brazos caídos que no era la primera vez que asomaba esa temporada, pero nunca de manera tan manifiesta. 68-100 es el resultado final, que muchos de los aficionados barcelonistas desplazados a Milán acaban (acabamos, snif) conociendo vía móvil porque no pueden soportar el bochorno. El metro de la ciudad, durante unos minutos, alberga un dominante pero mortuorio color azulgrana. La historia funde a blanco.

DESENLACE

18 de mayo de 2014, yasabeisdónde. Todo parece apuntar a un noveno entorchado europeo madridista, 19 años después del octavo, cortesía de Zeljko & Arvydas, S.L. Ni siquiera el abrumador quórum amarillo en las gradas (que incluía a los aficionados del Barça y los asientos revendidos de los moscovitas) alteraba la sensación imperante de que el partido iba a quedar resuelto al descanso. A falta de dos minutos y medio para el mismo, y a pesar de que el encuentro se desarrollaba de manera más embarrada de lo esperado, un 33-24 confirmaba, más o menos, las expectativas. Pero siete puntos consecutivos del veterano David Blu cierran la primera parte con un abierto 35-33.

18 de mayo de 2014, una hora después. A falta de cuatro segundos y con empate a 73 en el marcador, un más bien fallón pero bullicioso Tyrese Rice, que poco a poco ha ido asumiendo las riendas macabeas, lanza un triple más o menos abierto que solo encuentra aro, al igual que el palmeo de Alex Tyus. La final se va a la prórroga en medio de una atmósfera David-le-está-tocando-lo-que-no-suena-a-Goliath (y nunca mejor traída la alegoría), pero la fiesta se ha acabado, Maccabi ha arrojado su oportunidad por el desagüe. Es cierto que Llull no ha conseguido anotar aún ni un solo punto, a Mirotic parece habérselo tragado la tierra, el banquillo está narcotizado y el equipo blanco, en general, apelmazado por la responsabilidad, quizás con la excepción del Chacho, el único que más o menos se mantiene a su nivel. Pero es el Madrid, es demasiado superior y bastante se ha alargado ya la broma.

18 de mayo de etcétera. Volvemos al arranque del artículo. Tyrese Rice, un base polvorilla, callejero-con-cinta-de-pelo, de primer paso desbordante y tiro irregular, sexto e incluso séptimo hombre en la rotación de David Blatt, ha ido asomando la cabeza (y la cinta) de manera progresiva pero imparable durante los cuarenta minutos, hasta ser el máximo protagonista. En la prórroga no es que asome la cabeza, es que es el jodido Juggernaut.

Los 14 puntos que añade a sus 12 anteriores no explican el efecto centrifugador que ejerce sobre la final: todo, absolutamente todo, gira sobre él, como si todos los involucrados en el partido entraran en una fase mística colectiva en la que Rice es el Gran Chamán. Tal es el seísmo causado que incluso le sobra un minuto a la prórroga, al que se entra ya con todo resuelto, para acabar con un inopinado 86-98. El Maccabi enriquecía su palmarés con su sexta Copa de Europa, Tyrese Rice multiplicaba exponencialmente su caché para el siguiente lustro, y el Madrid entraba en una espiral de dudas internas, perplejidad y vacilación que le costaría incluso la liga ACB un mes después, ante el mismo Barcelona al que había atomizado en Milán.

El año siguiente, Tyrese Rice ni siquiera apareció por la Euroliga (fichó por el Khimki, que ese año jugaba la Eurocup), el Maccabi transitó por una de las peores temporadas de su historia (eliminado en cuartos de Euroliga, ni siquiera supo clasificarse para la final de la Superliga israelí), y el Real Madrid abrochó un triplete histórico que premiaba su apuesta por el continuismo. La gloria y el fracaso, queridos padawanes, son efímeros.

THE END

CREDIT ROLL

OJO, SE PARA LA MÚSICA

ESCENA POST-CRÉDITOS

Ese verano fue el de la marcha de Nikola Mirotic a los Bulls, después de un final de temporada, justo a partir de la final de Milán (de la que acabó resultando ser uno de los grandes señalados, a pesar de que casi nadie estuvo a su nivel), en el que mostró un rendimiento de cauce vertiginosamente descendente. Con el tiempo, se han generalizado los rumores de un deterioro de su relación con Pablo Laso (al que ni si quiera nombró en su carta de despedida) y con los gestores del club, al que tuvo que pagar la cláusula íntegra de salida… pero gracias a lo que, cinco años después, se encontró con vía libre de derechos para retornar a Europa y firmar por el Barcelona…

… lo que nos lleva al sentido real y hasta ahora oculto de este artículo: aquella Final Four, su intrahistoria, y la de las semanas siguientes, definieron la semilla de lo que, a los ojos de cualquier avezado lector de cómics, es la historia de orígenes de un ¿superhéroe? ¿supervillano? ¿antihéroe? (si es David Dunn o Mr. Glass queda en manos de vuestras filias y fobias, estimados lectores), el constructo seminal de un personaje de cuyo éxito deportivo dependerá si acaba siendo Batman o el Hombre Cometa.

Esta es, en realidad, la historia de origen del Nikola Mirotic barcelonista.

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Objetivo Europa

La hora cero del CSKA

El campeón de la Euroliga afronta una revolución inesperada. A la marcha de Nando de Colo y Corey Higgins se le puede sumar alguna más. Tocará mover ficha en Moscú.

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Han vuelto a ser el primer equipo en Rusia un año más, lo que ciertamente no es bueno para el baloncesto ruso, pero no deja de ser una realidad inapelable: ganan porque son de largo el mejor equipo y porque disponen de un colchón de más de diez millones de euros en relación al presupuesto del resto de “contenders”. Hasta ahí todo bien. Sergio Rodriguez, nos contaba en Skyhook #14 que “hay que quitarse de la cabeza la palabra fracaso por no ser campeones de la Euroliga” palabras comprensibles cuando vienen de un jugador….pero que se lo vaya a decir a Vatutin. Hace ya mucho tiempo que en las oficinas de la Leningradsky no basta con ganar la VTB. Tampoco con caer en semifinales de la F4 ante el Olympiakos o el Real Madrid de turno.

La derrota en Belgrado en la Final Four de 2018 supuso un punto de inflexión. Tras la derrota ante el Real Madrid muchos pidieron abiertamente el despido de Itoudis, de quien podemos decir que ese verano tuvo pie y medio fuera del club. Sin embargo, la figura salvadora de Andrei  Vatutin , presidente del club. hace que Itoudis se queda en Moscú, diseñe una campaña con una minipretemporada incorporada en los meses de enero y febrero, y posibilita que el CSKA llegue en plena forma a Vitoria para alzarse con la segunda Copa de Europa en cinco años para Itoudis.

El Buesa Arena supuso el punto de inflexión. Vatutin e Itoudis se abrazaban en un estado de éxtasis en el medio de pista mientras Vatutin le dice al griego: “.Me prometiste que me iba a sentir orgulloso de ti”. Parece que Itoudis es un hombre de los que respaldas las palabras con hechos, pero en Vitoria comenzaba el día uno de la nueva realidad del CSKA.  Nueve jugadores terminaban contratos, Itoudis también y ni siquiera la continuidad de Vatutin estaba asegurada si nos atenemos a las declaraciones que recoge el portal “CSKA.news”: Prometo que terminare la temporada y en ese momento me parare a pensar en el futuro. Después de una gran victoria como esta, siempre se pueden extraer muchas conclusiones positivas, pero tampoco hay que olvidar que conllevan mucho sacrificio y mucho “stress” personal”. No es un trabajo sencillo”.  Desde ese momento, no se ha oído nada más al respecto, por lo que la continuidad del hombre fuerte en los despachos parece probable y este es un hecho importante de por sí, por que pase lo que pase este verano en Moscú, “el factor Vatutin”, influirá en ello.

Con 9 jugadores de los 14 de la primera plantilla finalizando contrato, se sabía que el verano iba a ser movido en Moscú. Tradicionalmente el CSKA trata de cambiar dos o tres piezas anualmente, intentando evitar de esta forma tanto las revoluciones drásticas como los estancamientos en la plantilla.  Tan solo De Colo, Vorontsevich, Kurbanov, Higgins y Kyle Hines, campeones en 2016 en Berlin, sobrevivían en la plantilla campeona este año .

Parece lógico que la primera piedra angular del CSKA fuese la renovación de Itoudis tras proclamarse campeón de Europa. A la hora de valorar la plantilla, la cosa tiene innumerables matices. Todos los extranjeros a excepción de Daniel Hackett terminan contrato y dos de ellos, Corey Higgins y Nando de Colo han anunciado su salida. Dos piezas claves que pierde el equipo del ejército en el perímetro y que obligan a la dirección del club a  buscar reemplazos de entidad. Ambas salidas se llevaban meses especulando en distintos medios, y finalmente se han confirmado. Dos hombres que acumulaban nueve temporadas entre los dos en el CSKA y que en decisiones personales han decidido no renovar con el club. Higgins, una apuesta personal de Itoudis tras su paso por la liga turca, llegó al CSKA procedente del Royal Gaziantep turco. Fue un fichaje que llegó sin hacer demasiado ruido y creció de forma exponencial en Moscú. En su caso se sabe que vestirá la camiseta del Barca Lassa la próxima temporada, algo que a día de hoy se desconoce en el caso de Nando de Colo.

Han sonado varios destinos para el genial escolta francés, pero a día de hoy su futuro parece más cercano a Valencia más que a ningún otro punto del mapamundi. Razones familiares parecen pesar en un hombre que acumula cinco inviernos con su familia viviendo las particularmente crueles heladas y nevadas  con las que el implacable invierno ruso obsequia a los residentes en la antigua URSS. Nada que ver los inviernos de Moscú con los de Madrid, Barcelona o Valencia.

A pesar de que el CSKA es un equipo relativamente joven donde nadie supera los 32 años de edad, va a ser dificil que tras estas dos salidas el CSKA pueda seguir apostando por su política de no cambiar demasiadas piezas. A pesar de ser las dos salidas confirmadas y de llevar su nombre meses sonando en los mentideros, ni Higgins ni De Colo eran las dos salidas que se planteaban más inmediatas. Otros dos nombres sonaban con fuerza : Alex Peters…..y Sergio Rodríguez.

Alex Peters llegó a Moscú con el cartel de joven y prometedor jugador. Mostró un aceptable rendimiento en el primer tramo de competición, revelándose como un buen lanzador exterior, pero lo cierto es que su rendimiento ha ido de menos a más , reduciéndose sus minutos  hasta pasar prácticamente inadvertido. La Final Four puso de manifiestos sus limitaciones defensivas en el poste, siendo uno de los pocos jugadores del equipo campeón que salió devaluado. Itoudis está bastante decepcionado con su rendimiento por lo que no Peters tiene todas las papeletas para salir del equipo también.

Si bien en España la presencia del “ Chacho”, es habitual en los hightlights de diversos portales, su rendimiento bien merece un análisis más profundo. Hay ciertos sectores donde su desempeño no termina de convencer.  El publico moscovita disfruta del “Chacho”, de su desenfadado juego, de sus gestos a la grada, de su manera de vivir el baloncesto….pero en la prensa escrita se le acusa de ser demasiado irregular y representar el lado más débil en el escalón defensivo del CSKA. Más allá de todo eso, a nadie en Moscú de mis colegas de prensa a los que he preguntado les consta que Itoudis le haya dicho al base canario que quiere que se quede en el equipo, lo que invita a pensar que el griego está buscando otro tipo de jugador. En este punto, todo indica que el “Chacho”, será el siguiente  en salir del CSKA.

Daniel Hackett, Nikita Kurbanov, Joel Bolomboy, Ivan Ukhov y Andrei Vorontsevich son los cinco jugadores con contrato en vigor. Will Clyburn , Semen Antonov y Kyle Hines han estampado su renovación. Andrei Lopatin, el prometedor prospecto ruso debería tener ficha con el primer equipo la próxima temporada. Su brillante progresión lo demanda. A expensas de concretarse el futuro  de Peters, Othello Hunter  y Sergio Rodríguez, se espera el verano más movido en las oficinas del CSKA desde hace muchos años.        

Será el verano de la hora cero del CSKA. Un momento  crucial : algo muy concreto llega a su fin , y algo nuevo comenzará. A partir de Vitoria mucha gente piensa que todo va a ser diferente. Y así parece que va a ser.

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Objetivo Europa

Los renglones torcidos del baloncesto

Si vas a Dubrovnik, podrás visitar una maravillosa e hipnótica asimetría, que, como no podía ser de otra forma en esa tierra, esconde una exquisita historia detrás.

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Información de interés público: este no va a ser un artículo sobre la última temporada de “Juego de Tronos” aunque haga un cameo Daenerys Targaryen en algún momento; ni va a ser un post de cariz turístico-publicitario, aunque haya alguna foto de bucólicos paisajes amurallados esparcida por el artículo; y desde luego no va a ser un ejercicio de nostalgia aunque en algún momento puede que acaricie cierta ñoñería (y por favor disparadme entre las cejas si llego a esos niveles).

Tampoco estoy completamente seguro de que vaya a ser un post sobre baloncesto per se: puede que el deporte favorito de usted, querido lector, y de aquí su seguro escribano, no sea esta vez más que una excusa para cruzar desde las murallas de Dubrovnik a los cerros de Úbeda en menos tiempo que Flash sale a comprar helado de pistacho. O quizás no, quizás el deporte de la pelota gorda sí sea el centro neurálgico del artículo y yo esté balbuceando cual personaje de Woody Allen y echando a perder este primer párrafo. No sé a dónde va a parar esto, así que invito al amable lector (tal como va la cosa, a estas alturas ya solo debe de quedar uno. Un lector, digo) a acompañarme por el existencial vacío de la página en blanco.

Podríamos principiar por la idea. La idea provino de la columna sobre Ante Tomic que acometí hace un par de meses. En plena investigación (sí, investigación, ¿qué pasa? ¿a qué vienen esas risas?) sobre el jugador azulgrana y sus orígenes, me tropecé con un par de peculiaridades sobre su ciudad de nacimiento que me llamaron poderosamente la atención.

La primera la explicité en el texto referido: en el reparto de jugadores croatas de éxito, a Dubrovnik le ha tocado, extrañamente, la pedrea; y quizás por ese motivo se ha convertido en una localidad de tradición más waterpolista (o al revés: el orden de los factores-etcétera). Como enumeré en su momento, aparte de Tomic, podemos recordar a Prkacin, Andro Knego, Mario Hezonja… y ya. Sí, Luksa Andric jugó en Manresa, lo sé, malditos frikis, pero estaremos todos de acuerdo en que that’s. Not. The. Point.

La otra curiosidad con la que me topé fue una foto de una pista de baloncesto de la ciudad que saltaba inmediatamente a los ojos por su hipnótica asimetría y por el inaudito paraje en el que se encuadraba. En un primer momento me imaginé a un arquitecto estrábico diseñando la cancha; luego sumé dos más dos y concluí que aquello debió derivar de un maravilloso accidente o de una solución provisional que las circunstancias habían mutado a definitiva.

Después de darme un par de palmaditas en la espalda por semejante deducción herculespoirotiana (hola RAE, he venido a darte algo de trabajo), añadí a mi bucket list “visitar Dubrovnik” y me dispuse a ver el making of del penúltimo episodio de la temporada final de “Juego de Tronos”, ese en el que a Daenerys, Madre de Dragones, Rompedora de Cadenas y Hacedora de Barbacoas, le entra un calentón (pun intended) y arrasa Desembarco del Rey, la capital de los Siete Reinos, que ha sido siempre escenificada en la pequeña ciudad del litoral dálmata. Juraría que en una de las panorámicas del minidocumental atisbé la singular cancha de baloncesto. Y el resto es historia.

Nota del articulista: el párrafo anterior es una reinterpretación con fines dramáticos. El desarrollo de los hechos no se dio así EN ABSOLUTO pero y lo bien que me encaja todo.

Una historia que explica mucho mejor que yo José Manuel Puertas en este estupendo artículo, así que no lo voy a intentar. Pero sí resumir en pocas palabras. Alehop: al principio del siglo XIV se erigieron las dos torres fortificadas que actualmente escoltan la cancha, y en el XV se construyó una pared que conectaba esas torres; esa pared se convertiría con el tiempo en la singular pista de la que os estoy hablando, pero en aquel momento se aprovechó para construir una fundición.

El terremoto que en 1667 asoló la ciudad de Ragusa (nombre croata de Dubrovnik) arrasó dicha fundición, como tantas otras cosas, y sus ruinas fueron tapadas por las de las casas adyacentes; se decidió recubrir ese espacio, que empezó a ser utilizado por los niños como lugar de juegos, hasta que el colegio del casco antiguo decidió acondicionarlo como espacio de recreo para sus alumnos.

Finalmente, en 2008, después de excavarse la zona buscando (y encontrando) la antigua fundición, se decidió crear un remozado espacio deportivo público en el que era innegociable una pista de baloncesto. Viendo que las medidas no permitían diseñar una cancha tradicional, se preceptuó una configuración en la que se facilitara el poder jugar 2×2 y 3×3, de espíritu tan callejero. Vaya, no han sido tan pocas palabras.

Sí, solo pensar en jugar al baloncesto con esas solemnes, fastuosas vistas de la ciudad, a uno se le relamen los sentidos; no en vano, Vogue la incluyó en su “lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas” (y si os preguntáis por qué Vogue tiene una lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas, bienvenidos al club de debate).

Un partido en el que cada vez que ataques tengas que poner el intermitente puede dar para reguero de anécdotas y cachondeíto. Pero nada de esto es lo que me inspira a canturrear en Skyhook la poesía de la bella y adriática Ragusa; y ni siquiera estoy muy seguro de saber de dónde procede el impulso, pero me voy a aventurar, que aventurar no engorda.

¿No es hermoso que esta deslumbrante singularidad haya nacido en el caldo de cultivo de algo tan simple y primordial como la necesidad de unos críos de practicar su deporte favorito en su barrio? Al fin y al cabo, un ritual de comunión social infantil que nace y crece con absoluta naturalidad, que en su versión más básica nos cincela el carácter, y en la premium nos pavimenta un futuro hacia, pongamos, unas Finales de Conferencia. Creo que esta es la escena que se ha incrustado en mi imaginación, un poco al estilo de aquellos montajes de la inefable “Érase una vez el hombre”: un terremoto devastador del que nace, piedra sobre piedra, voluntad sobre voluntad, como caldo primordial originado sobre tierra quemada, un brote de belleza alrededor de una pelota naranja.

Y se me ocurre que este es el baloncesto real. Más que el de los pases imposibles de Magic, las suspensiones congeladas de Jordan, los dribblings enloquecidos de Curry o los contraataques-tuneladora de LeBron, el basket que aprendimos a amar es el de hordas de mocosos que se emperran, los muy plastas, en botar, saltar y lanzar sobre los escombros de una ciudad perdida, día tras día, año tras año, generación tras generación, hasta que consiguen, a través de la revolución más pacífica que pergeñar se pueda, que les construyan una pista de baloncesto imposible.

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SKYHOOK #18

Skyhook #18 | Tras la estela del Doctor J.

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