fbpx
Connect with us

Costa a costa

Bormio 1987, cuando la pantera rosa se presentó al mundo

Publicado

el

Durante el verano de 1987 aún estaban frescos en la retina de los aficionados al baloncesto dos espectáculos que se habían producido tan solo unas semanas antes. Uno venía de aquella aún lejana NBA, en uno de los imborrables capítulos protagonizados por Lakers y Celtics a lo largo de la década de los 80. El otro había llegado desde Atenas, donde Nikos Gallis había actuado como héroe para guiar a su país a lo más alto del Olimpo europeo, convirtiéndose desde entonces en leyenda. Para el mes de agosto, otra leyenda estaba a punto de emerger, aunque pocos podían vaticinarlo. La leyenda de una generación que dominaría el mundo del baloncesto durante los siguientes años de manera incontestable, guiados por un espigado chico, imberbe y con cara de niño.

En un principio, el escenario no tenía pinta de que allí fuese a ocurrir algo que permanecería en la memoria de los que lo vieron durante décadas. La pequeña ciudad de Bormio, en plena Lombardia italiana, era la elegida para albergar la tercera edición del Mundial Júnior de baloncesto, un Mundial que se tuvo que retrasar debido a una serie de inundaciones y corrimientos de tierra que asolaron la zona en esas fechas. Con apenas 4.000 habitantes, con un pabellón de escasa capacidad y con una cobertura mediática reducida a la televisión italiana, no parecía el lugar ideal para el nacimiento de una leyenda. Pero escuchando al comentarista italiano decir cada dos por tres “¡Mamma mia!” o “¡es una cosa fuera de lo normal!”, en verdad si estaba sucediendo aquel bautizo.

Desde 1980, cuando Yugoslavia consiguió alzarse con el oro olímpico en Moscú, la selección absoluta no había logrado encaramarse al escalón más alto de ninguna competición continental, mundial u olímpica. En ese período de siete años habían logrado una plata en el Eurobasket de 1981 y tres bronces (dos mundiales y uno olímpico), pero el metal más preciado se les seguía resistiendo, a pesar de seguir contando con jugadores como Dalipagic o Kikanovic que enlazaban con la nueva generación encabezada por Drazen Petrovic. Desde 1984 la Federación Yugoslava se puso manos a la obra en el intento de devolver al país al dominio que ejerció durante la década de los 70, diseñando un plan minucioso de trabajo con la nueva camada de jugadores surgidos en los diferentes clubes nacionales, especialmente los nacidos en 1967 y 1968.

Al frente de todo ello la figura de Svetislav Pesic, quien había conseguido ser campeón de Liga y Copa con el Bosna Sarajevo. El proyecto consistía en el trabajo conjunto con personajes importantes dentro de la estructura del baloncesto yugoslavo para dar forma a los jóvenes productos que iban apareciendo cada año. En ellos veían unas grandes posibilidades en virtud de su talento y en un futuro a corto plazo, enlazando con la generación vigente, podrían estar dispuestos a alcanzar la victoria en cualquier competición, como así sería.

Así, durante cuatro años, los mayores talentos del país se reunirían en concentraciones periódicas para desarrollar todo su potencial bajo el riguroso yugo de Pesic. Durante esos años disputarían partidos amistosos contra equipos tan importantes en el país como el Sibenka o el Bosna, o contra selecciones absolutas como Bulgaria, Turquía o Checoslovaquia. Y el conjunto iría tomando forma en el Torneo Junior de Mannheim´85, donde fueron plata, en el Europeo Cadete de Rouseé ese mismo año (oro) y el Europeo Júnior de Gmunden´86 (oro).

De aquellas reuniones de tecnificación, de aquellos entrenamientos y partidos amistosos quedarán para el recuerdo los eternos viajes a la escalera del trampolín olímpico del Monte Igman, en pleno centro de Bosnia-Herzegovina. Cada mañana al amanecer, Pesic los mandaba subir tres veces los 300 escalones hasta la cima, la última de ellas sin posibilidad de detenerse para respirar. Aparte de formarse técnica y físicamente, aquellas concentraciones también servían para estrechar la amistad de aquel grupo de jóvenes adolescentes, quienes sudaron y rieron mientras aprendían el precio de la victoria. Encerrados en el hotel, las trastadas llegaban en el momento en que Pesic y sus ayudantes se marchaban a la cama. Croatas, bosnios, serbios o eslovenos hacían cosas propias de su edad, partidas de cartas clandestinas, desvalijar la despensa, hacerse divertidos cortes de pelo o quedarse despiertos de madrugada para ver partidos de sus ídolos en la NBA. Fuera, únicamente había nieve, lobos y frío.

3 1

Así, para agosto de 1987 aquel grupo de jugadores en su mayoría ya llevaba varios años jugando juntos. La base estaba formada por Vlade Divac, Dino Radja, Aleksandar Djordjevic y Toni Kukoc, quienes ya habían formado parte de la selección absoluta unas semanas atrás en el Eurobasket (Divac ya lo había hecho en el Mundial de 1986). A ellos había que sumar a grandes anotadores como Nebojsa Ilic o Radenko Dobras y a dos jugadores que en aquel momento estaban compitiendo en el baloncesto universitario estadounidense, Luka Pavicevic y Miroslav Pecarski. El objetivo, desbancar a EE.UU como el dominador de una competición que le había visto triunfar en las dos ediciones anteriores de 1983 y 1985. Y es que la selección estadounidense seguía postulándose como la principal favorita para aquel campeonato, bajo la dirección de Larry Brown y contando con jugadores del nivel de Gary Payton, Larry Johnson, Stacey Augmon o Lionel Simmons.

Encuadrados en el mismo grupo junto a Australia, China, Nigeria y Puerto Rico, la trayectoria de ambas había sido plácida hasta la cuarta jornada de competición, día en que se tenían que enfrentar entre ambas. En esa fecha, 1 de agosto de 1987, Toni Kukoc se presentó al mundo como el prototipo del futuro jugador, capaz de jugar en todas las posiciones. Su tarjeta de presentación fueron 37 puntos, incluyendo una descomunal serie de 11 de 12 en lanzamientos triples con los pies parados, tras dribbling, llegando en contraataque, con el defensor encima, como le diese la gana. “ Nunca jamás en mi carrera me he acercado a esos números. Lo máximo en un partido mío han sido 5 ó 6 triples, pero ese día todo fue sobre ruedas. Me sentí muy a gusto. Cuando mis dos primeros tiros entraron subió mi confianza y no paré hasta el final. Teníamos un gran equipo, en todas las posiciones pero ni siquiera nosotros sabíamos cuál era nuestro límite. No teníamos ni idea de dónde podíamos llegar”.

Siendo ya importante en la Jugoplastika, Kukoc era lo más alejado posible al patrón de jugador convencional de aquella época. Su extremada delgadez, su altura y el ser zurdo le alejaban de ese cánon. Sin embargo podía ejercer de base en muchos momentos por su visión de juego y su rapidez para penetrar, alejar a los pívots rivales de la zona debido a su gran tiro exterior, jugar como cuatro de espaldas al aro o taponar con su envergadura los lanzamientos de sus oponentes. El prototipo de jugador del siglo XXI llegó con una década de antelación.

El campeonato siguió y ambas selecciones se volvieron a encontrar en la gran Final después de deshacerse de la Alemania de Harnish y la Italia de Gentile en semifinales. La confianza en los plavi después de haber derrotado a EE.UU en la fase previa por 110-95 era tal, que en la madrugada previa a la Final se escaparon del hotel donde se alojaban para ir a jugar en columpios y lanzarse por los toboganes helados de un parque  céntrico de Bormio. Tan seguros estaban de su potencial que no pensaban ni por asomo en la derrota. Pero llegado el partido nada iba a ser sencillo. Con la defensa estadounidense anulando bien a Kukoc y Divac y Radja con tres faltas cada uno, Yugoslavia caía 43-40 en el descanso. Todos aquellos años de duro trabajo estaban a 20 minutos de irse por el desagüe.

En aquel vestuario, entrenador y jugadores se conjuraron para que aquello no sucediese y, en palabras de Teoman Alibegovic “ salimos de los vestuarios como perros que no hubiesen comido en días”. Con Kukoc aún maniatado serían Divac y Radja, compañeros de habitación, quienes darían la vuelta al marcador, combinando 41 puntos y 25 rebotes para la victoria por 86-76. El sueño por el que habían sudado durante los años precedentes  se había cumplido, dejando bien claro que el relevo generacional había aterrizado. Fueron, posiblemente, el mejor equipo júnior que haya existido jamás.

2 1

Y es que, desde aquella fecha, el baloncesto balcánico pasó a ser el gran dominador durante los siguientes años, en un período de esplendor y hegemonía completamente opuesto a lo que políticamente estaba sucediendo en el país, el cual se desmembraba a pasos agigantados para dar origen a un conflicto bélico como no había conocido el continente desde la II Guerra Mundial.  La Yugoslavia conocida como tal, la de Tito, desaparecía al mismo tiempo que su baloncesto dominaba las principales competiciones continentales.

A nivel de clubes, la Jugoplastika ejercería su tiranía en la máxima competición continental durante tres años consecutivos (1989-1991), destrozando las aspiraciones de equipos con mayor presupuesto y nombre como Maccabi o Barcelona. Anteriormente, un año después de Bormio, el Partizan de Djordjevic, Pecarski y Divac se plantaba en la Final Four de Gante para sorpresa de la gran mayoría. Una temporada después, el mismo Partizan, ya con unos jovencísimos Danilovic y Paspalj en la plantilla, se alzaba con el título de la Copa Korac, al remontar 13 puntos al Cantú en una Final a doble partido. Ya sin Divac, pero con Djordjevic, Danilovic y Rebraca, el Partizán tomaba el testigo de la Jugoplastika en 1992 para redondear cuatro años de incontestable dominio balcánico.

A nivel de selección, parte de esos jóvenes valores presentes en Bormio acudieron a la cita de los Juegos Olímpicos de Seúl´88. Radja, Divac y Kukoc enlazarían con los Petrovic, Cutura o Cvjeticanin para alcanzar una medalla de plata en lo que sería el preámbulo de tres años de dominio absoluto (Eurobasket de Zagreb´89, Mundial de Argentina´90 y Eurobasket de Roma´91), donde soviéticos, estadounidenses, griegos, italianos y españoles parecían marionetas en manos de aquella generación yugoslava.

La guerra y la posterior fragmentación de Yugoslavia acabaron con una generación de jugadores irrepetible, muchos de los cuales aún no habían llegado a su madurez total. Es fácil pensar que con todos ellos por debajo de la treintena y muchos sin cumplir aún los 25 años hubiesen seguido dominando el baloncesto continental y, aunque seguramente no hubiesen podido batir al Dream Team original, igual en las ediciones siguientes sí podrían haberse alzado con el oro en el Campeonato del Mundo de 1994 o los Juegos Olímpicos de 1996. “Me pasaba todo el año jugando al baloncesto”, recordaba Kukoc, “ Los únicos amigos que tenía eran mis compañeros de equipo y los chicos del equipo nacional. ¿Quién podía pensar en una guerra? Nadie”. Las lágrimas de Juri Zdovc al verse forzado a abandonar la concentración de la selección las horas antes de jugar la Final del Eurobasket de Roma bajo amenaza de su nuevo país, Eslovenia, de ser considerado un traidor, fue el punto final a aquella generación. Ya no era solo baloncesto.

El recuerdo de aquel Campeonato celebrado en Bormio es, para la gran mayoría de los aficionados, aquella exhibición de Kukoc y el triunfo final de la nueva generación yugoslava. Para Pesic y los componentes de aquella plantilla es una foto colectiva de todos ellos celebrando el título en forma de postal navideña que el propio Pesic mandó a cada uno aquellas navidades. En el reverso de la foto escribió “Nunca olvidéis lo que hemos logrado juntos”.    “Cuando miro aquella foto y pienso en la guerra, me siento muy triste”, recordaba el entrenador. “Mi mayor satisfacción personal fue con los juniors en Bormio. Ese fue el resultado de cuatro años de vivir y trabajar juntos. Estarán en mi alma por toda la eternidad”.

Kukoc75877912

Comentar

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Costa a costa

El angolazo… tierra quemada

Antes de ser dobles campeones del mundo, España estaba lejos de ser una potencia mundial. De hecho, si hay un lunar que ha quedado para la historia ha sido, sin duda, el Angolazo.

Publicado

el

Aquí el problema es que estáis muy mal acostumbrados.

Dos veces campeones del mundo, dos.

Tres campeonatos europeos.

Dos platas históricas, osando alterar el sistema nervioso de un par de “dream teams” (entre comillas; el único que se merece su ausencia es el original) durante ambas finales.

Chorrocientas medallas de diverso pelaje en cualquier competición oficial que se os ocurra. Solo les ha faltado un Globo de Oro, Miss Universo y Gran Hermano VIP.

Por encima del mero factor generacional, las dos últimas décadas de la selección española conforman el legado del que, con bastante probabilidad, es el equipo nacional más competitivo de la historia FIBA, y a quien pretenda discutirlo, bien, le ampara el derecho constitucional de estar equivocado. Esta última Copa del Mundo es un reflejo cristalino de la exasperante, contumaz competitividad de un núcleo de jugadores cuyo modelo de gestión, posiblemente, no sea el más adecuado para enseñar en las escuelas, pero que ha funcionado clamorosa e indiscutiblemente durante los últimos veinte años. Con o sin Navarro, con o sin Pau Gasol (no ha estado en ninguna de las dos finales mundialistas conquistadas), con o sin Scariolo. Siendo favoritos y sin serlo. Siempre ahí arriba. Up, up and away.

No siempre, por supuesto, ha sido así.

Cuando (no) éramos los mejores

Pensadlo de nuevo. Quedaos con esa horquilla de tiempo: veinte años. Comparadla con el periodo que transcurrió entre aquellos JJOO de Los Angeles, históricamente considerados como el punto de implosión de lo que se denominó, snif, el boom del baloncesto español, hasta el espectacular descenso a los infiernos que supuso el torneo olímpico de Barcelona: apenas ocho añitos de nada. Una visita a los aposentos de Satán que fue bautizada con un término que hizo singular suerte en su momento y que aún hoy en día es capaz de reconocer y asociar cualquier españolito de a pie: el angolazo.

Hagamos camino al andar. La final olímpica angelina acabó siendo el canto del cisne de un colectivo histórico; colectivo que abrió los cielos baloncestísticos a toda una generación (aquí un representante de la susodicha: hola) de jóvenes y menos jóvenes ávidos de una alternativa al rudo, omnipotente y más bien rijoso fútbol hispano, absolutamente intrascendente a nivel de selecciones, esposado aún a la carpetovetónica “furia”.

Después del cuarto puesto del mundial del 82 en Cali y del exuberante subcampeonato del europeo del 83 en Francia, nadie podía prever que desde la plata de Los Angeles no se iba a tocar chapa hasta el europeo de 1991 en Italia, el de la última victoria de Yugoslavia como país unificado (recuerde el querido lector la espantada de Jure Zdovc en pleno torneo). Fue un bronce agridulce, empero; vista la composición de los grupos, se daba por sentada la clasificación entre los cuatro primeros, así que la medalla no sirvió para calmar los encorajinados ánimos de la prensa contra Díaz-Miguel*, cada vez más enrocado en su pedestal, cada vez más devorado por su ego.

*Curioso lo de Díaz Miguel. En apenas 6-8 años había pasado de ser un innovador, gracias a sus contactos americanos, a ser adelantado por la derecha por toda la élite europea de técnicos. Nadie en la FEB supo verlo, o si lo vieron, carecían del poder necesario para moverle la silla al bueno de Antonio, convertido en todo un poder fáctico en el deporte español, entre otras cosas gracias a su amistad íntima con José María García. Ese poder fáctico.

El malrollismo crónico que arrastraba la selección se multiplicó exponencialmente durante las semanas previas a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Mientras la ciudad, y el país, se engalanaban disfrazados de jolgorio y modernidad, y el baloncesto mundial chillaba cual fan adolescente de Harry Styles ante lo que se avecinaba con ese circo itinerante llamado Dream Team; mientras, digo, el equipo nacional, sus técnicos, sus directivos, y cualquiera que vistiese alguna prenda con escudo de la FEB, se dedicaban a pisar todo charco disponible en los alrededores.

Por si no fuesen suficientes las guerrillas que Antonio mantenía contra (casi toda la) prensa, (algunos) directivos o (algunos) jugadores, agudizadas por una polémica lista de seleccionados a la que le faltaban centímetros (Antonio Martín, el mejor del europeo anterior, estaba lesionado, al igual que Juanan Morales; se descartó a Fernando Romay y a Ferran Martínez en beneficio de Santi Aldama), talento y suerte (Epi y Biriukov se lesionaron con la lista cerrada y sin posibilidad de sustituciones); y por una esperpéntica huelga de jugadores a cuenta de la aprobación del tercer extranjero en ACB. Por si fuera poco, el sorteo nos había situado en un grupo bastante complicado, en el que se encontraban, sin ir más lejos, los dos equipos que acabarían siendo finalistas del torneo. Aquello no podía acabar bien de ninguna manera.

Spoiler: no lo hizo.

La huelga acabó siendo un simple amago, pero el rastro de malas vibraciones fue el único camino que siguió el combinado nacional; Thelma y Louise y Díaz Miguel y doce jugadores, sin frenos ni atajos hacia el acantilado. Como un vallista que se tropieza en todos y cada uno de los obstáculos, así fue la absurda andadura del equipo español durante los Juegos Olímpicos de Barcelona.

La primera valla que no supimos saltar fue la alemana. Una selección limitada en talento pero con la garantía de Schrempf en la pista y la de, atención, Svetislav Pesic fuera de ella, fue capaz de dejar a la española en paños menores en la primera jornada de grupos, y dejarnos ya, así de entrada, con la soga al cuello. Era un partido que, teniendo en cuenta que las citas con Croacia y USA se daban por perdidas, había que ganar. Perdón: HABÍA QUE GANAR.

Pero a los alemanes les bastó con una actuación aseada del jugador de los Pacers, la astuta dirección del zorro serbio, y 20 rebotes de Hansi Gnad (hurgando en la herida de nuestra falta de centímetros), para imponerse (74-83) y desesperar a un pabellón badalonés que se pasó buena parte del encuentro exigiendo a golpe de cántico a Tomás Jofresa, al que Díaz Miguel le dio… los últimos tres minutos. Al técnico de Ciudad Real le iba la marcha, no me lo negaréis.

La segunda valla sí se superó: a fin de cuentas, incluso un reloj estropeado etcétera. Una victoria afanosa y agónica contra Brasil, 101-100, recargaba un poco las pilas de la esperanza, gracias a un tiro libre de Santi Aldama a falta de 7 segundos. El buen partido de Villacampa y Jiménez y la defensa coherentemente carnavalesca de los brasileños se combinaron para contrarrestar, a duras penas, los 44 puntazos de Oscar Schmidt, el antebrazo de dios. La clasificación para los cruces aún era posible.

La tercera valla era casi insuperable, pero se tropezó con dignidad. Fue, posiblemente, el mejor partido de la selección en aquellos juegos, pero Croacia era un obstáculo demasiado ampuloso: Petrovic, Kukoc, Radja, Perasovic, Vrankovic, Komazec… España aguantó 35 minutos antes de entregar la cuchara (79-88), pero había combinaciones de resultados que posibilitaban la clasificación para la siguiente fase, dando por sentada la derrota en la última jornada contra el Dream Team… y la victoria contra la cenicienta del grupo, esa Angola de la que Charles Barkley había dejado una de sus múltiples perlas antes de su enfrentamiento: “No conozco a Angola, pero Angola tiene un problema”. Pero no, el problema lo tuvo España.

¡Que viene el lobo!

Una de las recurrentes armas arrojadizas que se le echaban en cara a Antonio Díaz Miguel era su insistencia en hiperbolizar las virtudes de sus rivales hasta lo casi ridículo. Daba igual si se iba a enfrentar a Estados Unidos o a el equipo de la orquesta sinfónica de Liechtenstein, Antonio pintaba al adversario de turno como un rival temible, de excelsos tiradores y poderoso rebote, y cada potencial victoria como una gesta digna de ser relatada por Homero.

Si a esta característica del técnico español le aplicamos el factor corrector “Pedro y el lobo”, entenderá el lector que nadie hiciera caso a sus voces de alerta: “los angoleños no son mancos ni cojos, tienen una defensa muy dura y buen tiro”. Todo el mundo pensaba que la Angola liderada por un tal Jean-Jacques Conceiçao (nombre enquistado en la cultura popular desde entonces) era una fruslería, incluso a pesar de sus derrotas por la mínima ante Alemania, Brasil y Croacia, y su status de multicampeona africana. Pero no lo era.

En la cuarta valla la selección española se dejó las rodillas, los tobillos y la mayor parte de su dignidad. El partido es legendario por lo que significó y no tanto por su desarrollo, así que probablemente pocos recuerden que al descanso solo se perdía por un punto (36-37), jugando mal pero con la sensación de que la victoria no era más que cuestión de tiempo. Y era cierto: en concreto, el que transcurrió desde la reanudación hasta el 41-61 a falta de 7 minutos, durante el cual el combinado hispano fue incapaz de anotar una sola canasta de campo.

Ese último tramo, con todo ya resuelto (hasta el 63-83 definitivo), fue un festival africano de mates, triples y pases jaleados por un público que, falto de alegrías propias, decidió volcar en el escarnio de sus jugadores las frustraciones de los últimos ocho años. De poco sirvió la pizca de decoro recobrado en el histórico partido contra USA (81-122): la atmósfera, como prueba esta entrevista a cuchillo de Quique Guasch al pobre Epi, o esta portada de “Gigantes” a la semana siguiente, estaba cargada de radioactividad tóxica. A su lado, “Chernobyl” era un parque temático.

Las consecuencias no se hicieron esperar, más allá del remate del torneo en un partido con el noveno puesto en juego… contra Angola, una pírrica victoria (78-75) que acabó a puñetazos, más cerca de una precuela de “John Wick” que de un encuentro de baloncesto, porque era lo que a esas alturas le pedía el cuerpo a todos. Juan Antonio San Epifanio se retiraba (o eso creía él: aún volvería para un par de campeonatos más) de la selección con el sabor agridulce del descalabro después de ser el último relevista de la antorcha olímpica. Antonio Díaz Miguel, que en la rueda de prensa posterior al angolazo negaba rotundamente la posibilidad de dimitir, fue obligado a no emborronar más su legendaria carrera por la FEB, no renovándole y designando seleccionador a otro tótem, de similar casta pero mucho mejor pelo: Lolo Sáinz. El mítico técnico de Tetuán fue el encargado de portear al baloncesto español durante su etapa de transición hasta la generación del 99.

No sin disfrutar, en primera persona y con asiento premium, de la secuela “El angolazo 2: ahora, con China”.

Seguir leyendo

Costa a costa

Los tres segundos que pararon la Guerra Fría

Un atentado terrorista, un escenario sociopolítico de posguerra al borde del abismo nuclear y una jugada final que, al más puro estilo Simpsons, se repitió hasta tres veces.

Andres.weiss99@gmail.com'

Publicado

el

Hay lugares en el mundo que, por estar donde están, cuentan con un privilegio inesperado. Comunicación, recursos, disponibilidad y facilidad de movimiento. “Vecinos” que, en caso de necesidad, acuden a tu rescate. Aunque también lo harán en caso de necedad, sirviendo de rescate para el resto del continente. Y Alemania es uno de ellos, aunque no necesariamente en un escenario positivo, pues puedes estar en un lugar privilegiado, pero usar esta situación geográfica de forma incorrecta, equívoca o, simplemente, con maldad.

La historia de las Guerras Mundiales nos la sabemos todos. La de la unificación, quizá algunos menos. Pero el dominio que durante gran parte de la historia contemporánea ha ejercido Alemania, en lo militar, lo político y lo económico, ha marcado el devenir de Europa, tanto en los años de conflicto armado, con en la etapa de relaciones diplomáticas actual, en la que no gana quien más tanques tiene, sino quien mejor despliega sus influencias. En el caso del país bávaro, es un “don” que, además, se extiende a lo deportivo.

Se suele decir que el fútbol es ese deporte en el que se enfrentan 11 contra 11 y siempre gana Alemania. Y el baloncesto es ese deporte en el que se enfrentan 5 contra 5 y suele suceder lo contrario. Estas son reglas no escritas que, a pesar de todo, llevan confirmándose desde que fueron impuestas con la creación del propio deporte. Y esta capacidad casual con la que cuenta Alemania no es innata del baloncesto o del fútbol, sino que toca todos los palos de la sociedad deportiva. A todos los atletas. Algo que las Olimpiadas del 72, que tuvieron lugar en Munich, dejaron ver con mucha facilidad. Y es que el contexto estaba ya creado, y la oportunidad servida.

La Guerra Fría en tiempos del cólera

Alemania, uno de los países que más sucesos catastróficos había protagonizado en toda Europa en lo que se llevaba de centuria, sería la anfitriona de un torneo deportivo internacional en el fulgor de la Guerra Fría. La ciudad escogida sería Munich, donde ambas potencias medirían sus fuerzas en un nuevo campo de batalla, el rectángulo del baloncesto, al que ambas llegaban como las dos selecciones más grandes del mundo, aunque con evidentes limitaciones que las diferenciaban.

Estados Unidos, siguiendo las normas de las federaciones, no podía llevar atletas profesionales. Especialmente, en el baloncesto, cabría añadir. Y es que más allá de ser los “divulgadores” del deporte ideado por John Naismith, tenían -y tienen- la liga más poderosa y a los mejores jugadores de todos los continentes. Y cada cuatro años enviaban a los mejores jugadores NCAA, es decir, amateurs, que aceptaban la invitación y se unían a un combinado que estaba siempre en constante reconstrucción. Pero la Unión Soviética había ideado la forma de ir un paso más allá.

Incluyendo a sus jugadores en el registro como soldados o obreros, podían mantener virgen su vitola de no-profesionales y continuar acudiendo a los torneos que se disputaban. Y así acababan acumulando internacionalidades, experiencias conjuntas y química, formando un vestuario unido y que había aprendido a jugar “de memoria”, pues la continuidad de un proyecto permitía que esto sucediera. Así habían vencido a los norteamericanos en los World University Games 2 años antes, y 8 de 9 partidos que disputaron en una gira por el país inglés durante 1971 con el combinado que disputaría las Olimpiadas.

Aún así, USA llegaba como favorita al torneo baloncestístico, pues en pocas cosas podía superar a una URSS que dominaba física -y burocráticamente- cada aspecto de la competición, y que buscaba alcanzar las 50 medallas en el torneo para conmemorar los 50 años de existencia del país comunista. Y por eso había hecho todo lo posible para que los regidores del torneo estuvieran de su parte. Sobornos, amenazas, chantajes… todo lo que estaba en su mano había sido pulsado para que los astros se alinearan y lograran su objetivo.

Y es que la competición estaba salpicada, manchada, corrompida en definitiva. Y entre toda la corrupción, se alzaba Renato Williams Jones. Inglés nacido en Italia, Jones había sido uno de los fundadores de la FIBA, el que había ideado la creación de una competición Mundial de baloncesto y el que había logrado que se creara un torneo ubicado dentro de la realización de los Juegos Olímpicos por primera vez en 1936 en Berlín. Otra ciudad alemana, aunque con diferencias sustanciales en su dominio, poder, control y funcionamiento.

Y 36 años después, el baloncesto había vuelto a Alemania. Bajo el lema del torneo, Die Heiteren Spiele -Los Juegos Joviales-, el gobierno de la República Federal Alemana (FDR), quería mostrar una Alemania democrática, controlada y optimista, por así decirlo, y con buenas perspectivas de futuro. Pero no fueron capaces, ya que la localización de la capital bávara, en la región inferior al territorio dominado por la DDR, pero perteneciente a la otra facción que controlaba el país, permitía a los soviéticos influir en ella sin necesidad de tener el control gubernamental de la misma.

Esto, unido al hecho de estar en el lugar -menos- adecuado en el momento -menos- oportuno tuvo consecuencias negativas para el baloncesto, el resto de atletas allí presentes y, en definitiva, el correcto devenir de la competición. Y es que el deporte es parte de la vida, y como tal, la vida afecta al deporte. Y cuando hay un conflicto de magnitudes considerables la actividad deportiva es tocada inevitablemente. Tal y como sucedió el día 5 de septiembre de 1972, en el Olympic Village de Munich.

Ocho miembros del grupo terrorista palestino Black September entraron en los apartamentos de los representantes israelíes, encontrando once miembros entre jugadores, oficiales y entrenadores, llevándose nueve con ellos al dejar a dos fallecidos que se resistieron a ser capturados. Entonces comenzó un absoluto infierno que terminó a la tarde en el aeropuerto de Fürstenfeldbruck con los nueve israelís restantes asesinados junto a cinco de los terroristas. Los otros tres fueron capturados y usados como moneda de cambio en el rescate.

La decisión de cancelar los Juegos fue prácticamente unánime. Salvo Avery Brundage, el ambiente que rodeaba lo que restaba de competición se había enrarecido y entristecido. Pero al igual que Freddie Mercury, el presidente del COI alzó su voz y dictaminó que el show debía continuar.

Aquellos nueve segundos

Cuatro días después, cerca de la medianoche, el misticismo sería citado para una noche que pasaría a la historia. La Guerra Fría, la eterna pelea de la Unión Soviética por ser mejor que nadie, su objetivo personal, la juventud de los estadounidenses, el trágico fallecimiento de los 11 israelís, y una grada que parecía estar en contra de los Estados Unidos eran el aderezo que llevaría este partido durante 40 minutos que, verdaderamente, parecerían 3 segundos. tres segundos que, en este caso, acabarían siendo nueve.

La URSS comenzó muy fuerte, sorprendiendo a un equipo entrenado por el exitoso pero “atrasado” Hank Iba, que no había conseguido adaptarse a las nuevas tácticas de los años 70. Y por eso los constantes cambios de ritmo de sus rivales les mantuvieron a distancia todo el partido. Hasta que en un esfuerzo mayúsculo en el último cuarto, donde Iba dio una vuelta de tuerca a su sistema estableciendo una presión a toda cancha y un juego veloz y sorprendente, se acercaron en el marcador. Y, a falta de tres segundos, se pusieron un punto por encima en el electrónico.

Aleksandr Belov, estrella y líder de los soviéticos, se disponía a recibir un balón cuando Doug Collins se hizo con el mismo, recibió una falta que le hizo lesionarse la muñeca, y acudió a la línea de personal. Estaban uno abajo, quedaban tres segundos, y tenía el oro, la cima de su carrera, a 4,60 metros. Tal y como había soñado cuando entrenaba en el patio de su casa, en Benton, Illinois. Imaginándose leyenda y salvador de su equipo, y sabiéndose un campeón. Algo más que un simple vencedor.

Olvidándose del dolor, siguió el mismo ritual que le había acompañado desde que comenzara a jugar al baloncesto, y certificó la momentánea victoria de su equipo. Y entonces comenzaron cinco minutos de desazón, rabia, desconcierto y dolor que terminaron con una decisión dictatorial, y con una historia de venganza.

La Unión Soviética puso en marcha el balón, fue robado y entonces el partido terminó, pero volvió a recibir tres segundos y un nuevo saque de fondo porque no se les había concedido un tiempo muerto. Nadie entendió aquella decisión, pero se reintentó la jugada. El balón voló de las manos de Ivan Edeshko a las de Modestas Paulaskas, que trató de dárselo a Belov, pero no le fue posible llegar y capturarlo, perdiendo así la posibilidad de efectuar un último lanzamiento. La URSS había perdido. Estados Unidos había certificado la remontada.

La locura, entonces, se abrió paso en el Rudi-Sedlmayer-Halle, con los 6.500 aficionados que estaban en las gradas ocupando lo que podían de pista y los jugadores americanos celebrando su victoria en el centro de la misma. Camisetas fueron robadas, lágrimas de felicidad brotaban de sus ojos y parecía que todo el sufrimiento había llegado a su fin. Pero no era así. Y es que en un supuesto error, el encargado del marcador, Andre Chopard, había colocado 50 segundos restantes, cuando la cifra correcta debía haber sido 3.

Por ello, Renato William Jones, que ya se había puesto de parte de la Unión Soviética con la resolución de su tiempo muerto fallido previo, y se encontraba a pie de cancha, ordenó que se volviera a repetir la jugada por tercera vez. Saltándose, de esta forma, las reglas del Comité Olímpico, pues no tenía el poder ni la potestad para hacer algo de este calibre.

Se recobró el control de la cancha, los jugadores se dispusieron y Edeshko ejecutó un pase que, esta vez sí, pudo encontrar directamente a Belov, pues McMillen, su defensor en el saque anterior, había interpretado un gesto del árbitro como una orden de darle espacio a Edeshko. Algo que, en teoría, no podían hacer, pero no quería arriesgarse a recibir una técnica.

Belov, tras atrapar el balón y dejar atrás a la intensa defensa americana, estaba libre de marcajes, y anotó a placer una bandeja histórica y, ahora sí, absolutamente definitiva. La victoria americana había sido un sueño, la Unión Soviética sería galardonada con la medalla de oro.

La Federación estadounidense, incrédula y verdaderamente dolida, emitió una queja formal y un jurado de cinco miembros decretó, finalmente, la victoria soviética. Eran las tres de la mañana, y ya todo hacía sospechar. Aunque había motivos para ello. Y es que de estos 5 jueces, 3 eran de la URSS. El resultado podía haber sido amañado. Y Jones también había tenido algo que ver en ello.

Por tanto, la plata nunca sería aceptada por parte de los 12 jugadores, y sus técnicos, que conformaron la expedición estadounidense a Munich, y que aún a día de hoy, aguardan una resolución del asunto, en el Museo Olímpico de Suiza. Y así seguirá, hasta que el error sea solventado. Al fin y al cabo, sólo quieren descansar de una lucha que ha alargado 3 segundos a toda una vida, a toda una eternidad. Y que nunca les dejará estar en paz.

Fuentes: LA Times, NY Times, ESPN Classic, Bleacher Report, Huffington Post

Seguir leyendo

Costa a costa

Todo lo que nos dejó el Mundial de China

Dos semanas de baloncesto dan para mucho. Repasamos lo que nos han dejado los treinta y dos participantes del Mundial de Baloncesto de China 2019

Publicado

el

El mundial más numeroso de la historia también ha sido el que más sorpresas por metro cuadrado ha deparado, fruto de un sistema de competición que apenas permitía los errores y los partidos para administrar el desgaste de otras ediciones. España sumó trece año después su segundo título, Argentina tomó una máquina del tiempo para revivir los sentimientos olvidados de la Generación Dorada, mientras que Estados Unidos se veía fuera del torneo en cuartos tras reunir al equipo más vulgar de los últimos quince años. Esto fue todo lo que pasó en el Mundial de China 2019

Alemania (18º)

Batacazo del baloncesto teutón en la cita asiática. Con una plantilla con a priori que contaba con buenos mimbres, y un grupo no excesivamente complicado, quedaron eliminados el segundo día, dando serias muestras de ser un equipo poco trabajado y dependiente de la inspiración de Dennis Schroder, principal foco de las críticas (40% en tiros de campo). Estarán en el Preolímpico.

Angola (27º)

Tenía muy complicado pasar de ronda en un grupo con Serbia e Italia, y al menos pudo llevarse una honorífica victoria ante Filipinas, aunque eso sí, se echó en falta que pudiera competir ante los favoritos. El objetivo era ser el mejor africano y tampoco estuvo cerca de conseguirlo. Urge un relevo de garantías para una generación agotada.

Argentina (Subcampeones)

Un milagro. Los argentinos retrocedieron una década atrás en el tiempo y se volvieron a mostrar como un equipo bravo… que además jugaba al baloncesto de forma maravillosa. Un inconmensurable Scola guió a los suyos en unos cuartos de final históricos ante Serbia. Después eliminarían a Francia de forma brillante para llegar desfondados a la gran final. Histórico.

Australia (4º)

Puede que estemos ante la gran perdedora del Mundial de China. Se plantaron en semifinales sin sufrimiento, y en un duelo a vida o muerte contra España, perdieron tras dos prorrogas. Posiblemente sean la mayor amenaza a día de hoy para un Estados Unidos de primer nivel, pero siguen dejando dudas de su capacidad de sufrimiento en los partidos de pierde paga.

Brasil (13º)

Dejaron una buena imagen, ofreciendo un buen nivel competitivo durante gran parte del torneo. Esa es la buena noticia, la mala, es que lo hicieron tirando de un equipo envejecido y que necesita una renovación urgente. Tendrá complicado estar en la cita olímpica el verano que viene.


Canadá (21º)

Estarán en el Preolímpico, y si para entonces logran reunir a todo el talento que su suponen atesoran, será un equipo distinto completamente. Con todas sus bajas, nadie esperaba nada de ellos, aún así, pobre rendimiento siendo apalizados porLituania y Australia en la primera fase.

China (24º)

Otra decepción. En un grupo hecho a su medida, naufragaron en los partidos clave de Venezuela y Nigeria, perdiendo sus opciones de Juegos. Toca reflexionar en un país del que se esperaba fuera la gran potencia asiática, y que solo ha conseguido tapar el talento nacional en su liga a base de jugadores extranjeros pagados a precio de oro.

Corea del Sur (26º) y Costa de Marfil (29º)

Dos de esos equipos intrascendentes que demuestran el error deportivo de un mundial de treinta y dos equipos.

España (Campeones del Mundo)

Nadie contaba con esto. Trece años después, campeones del mundo. La transición desde los Juniors de Oro se ha culminado de la forma más sorprendente y grandiosa imaginable. Ricky Rubio (MVP), Marc Gasol (partido clave ante Australia) y las labores de intendencia de Llull, Rudy y Víctor Claver, indispensables. Lección de planteamiento y scouting de Sergio Scariolo, que -parece mentira- queda consagrado como una leyenda de nuestro baloncesto tras el mundial. Enormes.

Estados Unidos (7º)

Eran, pese a las innumerables bajas, el máximo favorito al oro. Sin embargo, y pese a que no se atisbó poco trabajo o prepotencia, los americanos vieron enormemente penalizadas sus carencias interiores en el choque de cuartos de final ante Francia, con Rudy Gobert como verdugo. La duda de qué equipo podrán reunir de cara a Tokio condicionará el torneo.

Filipinas (32º)

Paso atrás del baloncesto filipino. Con un Andray Blatche ya muy lejos de su mejor versión, el estilo de juego del combinado asiático demostró ser poco trasladable a una competición de alto nivel. Pese a todo, deberían seguir creciendo si logran una buena política de nacionalizados.

Francia (medalla de bronce)

Irregulares. Ofrecieron su mejor cara en el histórico partido ante Estados Unidos de cuartos, para después volver al suelo en semifinales, donde mostraron las mismas carencias de los últimos años: escaso acierto en el tiro y pobre capacidad de sufrimiento. Evan Fournier realizó su mejor torneo con la selección gala, mientras que Batum certificó su defunción como élite, anunciada previamente en la NBA.

Grecia (11º)

Siguen sin tener ni la más remota idea de como aprovechar todo el potencial de Giannis Antetokounmpo. Da la impresión de que hay dos estilos de juego en la selección helena que luchan por imponerse, y hasta que no se de respuesta a eso llevando un equipo hecho a la medida de su estrella, no llegarán a ninguna parte. Por favor, que Nick Calathes y Giannis no vuelvan a coincidir nunca más sobre una pista de baloncesto.


Irán (23º)

Premio gordo para Irán, que consigue billete olímpico como mejor equipo asiático, donde posiblemente sean el rival más asequible de todo el torneo de lejos. Los de Hamed Haddadi practican un baloncesto arcaico, casi entrañable, pero saben disimular sus carencias ante equipos de similar nivel. Y eso en un torneo un tanto flojo como este tiene mucho valor.

Italia (10º)

La generación de los Belinelli, Gallinari y Datome se nos han hecho mayores sin apenas ningún indicio de evolución en su nivel competitivo. Se cruzaron con dos rivales importantes -Serbia y España- y antes los dos naufragaron. Especialmente hiriente resultó con los que campeones, con los que empataban a tres minutos para el final del partido y acabaron sin competir. Pocas opciones de estar en Tokio 2020

Japón (31º)

Mucho que progresar y poco tiempo para hacerlo. Los nipones perdieron todos sus partidos, algunos de forma escandalosa, y dejaron pocas notas para el optimismo, a excepción del NBA Hachimura. Será interesante comprobar el plan que hay de cara a la cita olímpica, si es que existe alguno.

Jordania (28º)

Consiguieron una histórica victoria ante Senegal en un partidazo de Dar Tucker. Básicamente eso es lo único reseñable de uno de los equipos más débiles de los presentes en China, y que debería tardar en volver a asomarse en una cita de primer nivel.

Lituania (9º)

De acuerdo, los echaron del Mundial en parte a un fallo arbitral ridículo, pero eso no debería servir como obstáculo para advertir que el nivel del baloncesto lituano sigue descendiendo inexorablemente desde hace años. Decepcionante torneo de Sabonis en su primera gran cita internacional con galones de jugador importante.

Montenegro (25º)

Vucevic en torneos FIBA es un jugador mucho mejor que el que solemos ver en la NBA, y el segundo hombre de mayor nivel es su suplente, lo cual es un serio problema. Poca brillantez y menos acierto, justo lo que no necesitaban en un grupo complicado.

Nigeria (17º)

Billete olímpico para un grupo que llegó con problemas extra deportivos a China y sale con una sonrisa. Brillante torneo del joven Josh Okogie, que será la gran referencia ofensiva en Tokio.

Nueva Zelanda (19º)

Lejos queda ya la edad dorada de los kiwis, sin embargo, siguen siendo un grupo de guerreros al que hay que matar mil veces. Estuvieron a centímetros de dar la sorpresa del torneo dejando a Grecia fuera en la primera fase, en uno de los mejores partidos de toda la primera fase.

Polonia (8º)

Una de las sensaciones del torneo, si no por juego, sí por resultado. El equipo polaco mostró un gran sentido del juego colectivo y alcanzó unos sorprendentes cuartos de final con un equipo sin apenas individualidades. El objetivo (complicado) será refrendar la hazaña llegando a los Juegos.

Puerto Rico (15º)

Talento e irregularidad. Puerto Rico cumplió llegando a segunda fase, el máximo que por nivel podían alcanzar. Estupenda actuación de David Huertas, un anotador que ha alcanzado el punto más alto de su carrera a los 32 años. Sería interesante ver que papel asume en un equipo europeo.

República Checa (6º)

La gran sorpresa. Los de Tomas Satoranski se cargaron en su camino a Turquí y Grecia, alcanzado un histórico sexto puesto. Atentos a este equipo si sigue su progresión y logran añadir a Jan Vesely a la plantilla, tienen capacidad de dar un susto en los cruces de un gran torneo.

República Dominicana (16º)

La gran pregunta del torneo. ¿Hasta dónde podría llegar los del Ché Guevara Dominicana con sus NBA en pista? Quizás- o quizás no- lo comprobemos en el torneo PreOlímpico del próximo verano. Por lo pronto, alcanzaron de forma brillante la segunda fase, muro natural para sus limitaciones en el juego interior.

Rusia (12º)

Salvaron los muebles llegando a la segunda fase, que viendo el nivel mostrado, no está nada mal. La travesía por el desierto del baloncesto ruso se antoja todavía muy larga, sin que la nueva generación haya dado un paso adelante… ni parezca que lo vaya a dar.

Senegal (30º)

Otra de esas selecciones que por nivel, jamás debería pisar nada parecido a una competición que se llame Copa del Mundo. Relleno.

Serbia (5º)

En Serbia iba todo bien… hasta que se cruzaron con España. Arrasaron en la primera fase, pero el sistema de dos interiores grandes se estrelló a la hora de la verdad. Djordjevic, muy señalado, dejará de ser seleccionador de un equipo al que se le intuyen serios problemas de carácter y competitividad en los momentos claves.

Túnez (20º)

Al menos sacaron billete para el Preolímpico, premio de consolación para el que quizás sea el equipo más sólido del continente africano. Su falta de talento exterior les penaliza demasiado en torneos de primer nivel.

Turquía (22º)

De estar a punto de tocar la gloria con cuatro tiros libres fallados ante Estados Unidos, a volverse a casa tras caer con la República Checa en un partido depresivo. Turquía ha resultado una de las grandes perdedoras de este mundial. Tocará revolución si no hay billete a Tokio.

Venezuela (14º)

Aceptable papel de la vino tinto, a la que le faltó un poco más de suerte en la segunda fase. Tienen calidad y sobre todo un estilo. Notable torneo del interior Michael Carrera, otro jugador al que sería interesante volver a tener por Europa de nuevo.

Seguir leyendo

SKYHOOK #18

Skyhook #18 | Tras la estela del Doctor J.

Pelo afro, mates imposibles, aroma de estrella. Julius Erving nos demostró que el baloncesto se podía disfrutar con los cinco sentidos.

A la venta en papel y digital

Quinteto Ideal