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El base caníbal

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Era extraño verle sentado en el banquillo tan quieto y trajeado, ajeno por completo a la acción. Pero ahí estaba, prendado del aroma que emanaba del Garden y frustrado por no poder ayudar a los suyos. Desde que regresara a las canchas en marzo de 1986, después de sufrir aquella durísima lesión en su pie izquierdo, Michael Jordan encadenaba ya 235 partidos consecutivos vistiéndose de corto. Su mejor racha como profesional (hasta ese momento), solo cortada por una distensión inguinal que le impediría enfrentarse a los Boston Celtics aquella tarde. Por primera vez en mucho tiempo, concretamente un 8 de marzo de 1989, Jordan registraba su primer DNP (Did Not Play), y se disponía a sufrir en silencio la enésima derrota de los Bulls. Ironías del destino, la fecha de su ausencia casi coincidía con la de su regreso tres años atrás.

En cualquier caso, si al conjunto de Chicago ya le costaba ganar partidos con él, su inoportuna baja provocaba que toda posibilidad de triunfo resultara mínima.

Realmente, no estaba siendo un curso de lo más redondo para la franquicia de Illinois. Hasta ese partido ante los Celtics, acumulaban un record de 34 victorias y 23 derrotas, una progresión no demasiado brillante y que empeoraba lo visto la temporada anterior. Los motivos eran diversos, pero por encima del resto sobresalía uno: la mala dirección desde el puesto de base. Factor que, de manera lógica, provocaba el estancamiento de la circulación ofensiva. Desde que llegara a la NBA, Jordan había convivido con una serie de ‘playmakers’ que respondían a un perfil más o menos similar: Wes Matthews, Ennis Whatley, Kyle Macy, Steve Colter, John Paxson o Sam Vincent. No es que todos jugaran igual, ni mucho menos, y tampoco es que calcaran características técnicas; pero a nivel funcional existía entre ellos un nexo común: sobrios en la ejecución, bajo consumo de balón, y en líneas generales, faltos de creatividad. Condición esta última que se tornaba necesaria cuando la defensa rival centraba toda su atención en Jordan. Aquel problema enquistado en el tiempo se intentó paliar con el fichaje de Sedale Threatt, un perfil algo más talentoso, aunque el experimento no duró demasiado. Además, Sedale nunca llegaría a encajar en Chicago como sí lo haría posteriormente en Seattle o Los Angeles. Por otro lado, Scottie Pippen aún se encontraba en fase de desarrollo, y todavía no era el gran ‘facilitador’ y ‘point-forward’ en que se convertiría después.

Como forma recurrente de contrarrestar el efecto de la mala dirección, Doug Collins solía encomendarse a la ‘Archangel Offense’. Un sistema ofensivo que de tan sencillo rozaba la parodia: balones a Jordan y que sea lo que dios quiera (de ahí el apelativo bíblico). Sí, muchas veces funcionaba por la propia calidad intrínseca del jugador, pero en tantas otras ocasiones no. Al fin y al cabo, el baloncesto no deja de ser un deporte colectivo, y aquella NBA era una liga plagada de bloques que dominaban por su fortaleza grupal (Lakers, Pistons, Blazers, unos Celtics en declive, etc).

Así pues, cansado de la situación, e impulsado por su eterna urgencia competitiva, Jordan organizaría una reunión con Doug Collins justo un día después del partido en Boston. Allí mismo, confesor y confidente mostrarían su preocupación por la marcha del equipo. Uno ansiaba ganar y el otro no quería ver peligrar su trabajo. Réplicas, contrarréplicas, voces entrecruzadas y algún que otro reproche se llegó a escuchar en aquella habitación. Lo normal en un contexto así. Por fin, terminando ya una sesión que se aproximaba a las dos horas, asomaría por el horizonte una posible solución. Era arriesgada, controvertida y hasta podía resultar contraproducente si no se gestionaba bien, pero era una solución: Michael Jordan actuaría de base durante el resto del curso.

Como reza el dicho, si deseas que se arregle algo, más vale que lo arregles tú mismo.

Foto: NBAE

La primera prueba de fuego llegaría el 11 de marzo en el Chicago Stadium ante los Seattle Supersonics, un equipo de Playoffs. Los Bulls saldrían con su habitual quinteto titular: Jordan – Vincent – Pippen – Grant – Cartwright. Pero esta vez la tarea de organizar y subir el balón le pertenecería por derecho propio al ’23’. El experimento salió redondo. Los Bulls lograron imponerse con contundencia a los Sonics (88 – 105) merced a un Jordan que anotó solo 18 puntos, pero que logró repartir la friolera de 15 asistencias, su mejor cifra de la temporada hasta ese momento.

Tan solo dos días despues, ante los Pacers, a Jordan le bastarían 21 minutos para registrar uno de los triples-dobles más rápidos de la historia. Además, Chicago encadenaría su segunda victoria consecutiva, dominando a placer merced al 90 – 122 definitivo. El juego de los Bulls resultaba mucho más fresco, dinámico y saneado, como si hubieran rejuvenecido de golpe. La dependencia de MJ seguía siendo muy grande, pero al menos ahora, su capacidad natural para gestionar el ataque provocaba que el resto estuvieran más y mejor involucrados. Hasta Jerry Krause, mítico ‘General Manager’ de los Chicago Bulls, reconocería las ventajas del cambio:

“Este movimiento nos ha ayudado en muchos aspectos. Ha colocado a Michael en una posición de más liderazgo, algo que llevamos hablando con él desde hace tiempo. Es difícil liderar cuando eres un escolta. Pero cuando juegas de base, liderar resulta más sencillo. A Michael le está gustando involucrar a los demás. Le gusta jugar en esa posición, y eso es un factor importante. Está disfrutando mucho más”.

Algunas figuras destacadas de la liga, como Dominique Wilkins, Doc Rivers o Don Nelson, también expresarían su opinión sobre el ‘nuevo Jordan’.

“Lo bonito de usar a Michael Jordan como base es que puede dosificarse durante el partido y reservarse para el último cuarto. A partir de ahí, se pone las pilas o espera para atacar en el momento que considere oportuno”.  (Don Nelson)

“Tanta gente se concentra en Jordan que normalmente se quedan uno o dos tipos libres. Esto hace que sean mucho más efectivos. Todo depende de cómo respondan los otros jugadores, y en este caso han respondido bien”.  (Dominique Wilkins)

“Lo que ha hecho es un sacrificio increíble. Sacrificar tantos puntos y lanzamientos, nunca he visto algo así. Eso habla de lo mucho que desea ganar. No le importa quién lo haga, solo quiere ganar”.  (Doc Rivers)

Una semana después del enfrentamiento ante Indiana Pacers, y ya en el Forum de Inglewood, llegaría un duelo icónico y muy significativo para el propio Jordan. Y es que tocaba visitar la casa de los Lakers. El hogar del glamour, la elegancia y el ‘Showtime’. El feudo de Magic Johnson. La guarida del mejor base de todos los tiempos.

Tras cuatro temporadas en la liga, y finalizando ya su quinta, Jordan había conquistado muchas cimas: mejor novato del año, dos veces máximo anotador de la liga, MVP y mejor jugador defensivo en un mismo año, y hasta un partido para el recuerdo: sus 63 puntos ante los mejores Celtics en los Playoffs de 1986. Todo (o casi todo) sucumbía en manos del caníbal rojo. Todo menos un título de la NBA, claro. Por bares, peluquerías, centros de trabajo, institutos y universidades. Por todos lados discurría un run-run molesto y repetitivo, alimentado por los medios. Uno que atormentaba a Jordan como un fantasma acechante: la constante comparación, en negativo, con Bird y Magic. Un reproche, injusto desde su misma raíz, que le concebía como un jugador en exceso individualista. A diferencia del dúo mágico, poseedores de una capacidad natural para elevar el rendimiento del resto, él se limitaba a interpretar el rol de solista empedernido. Uno diseñado para vender zapatillas pero no para sumar anillos. Sí, que nadie pretenda reescribir la historia, hubo un tiempo en que Michael Jordan fue muy cuestionado. En su caso, eso sí, la idiosincrasia de la época obró en su favor: no existía Internet o las redes sociales para fiscalizar cada fracaso. Pese a todo, las críticas dolían mucho, como si regaran de gasolina un fuego incontrolable, y ya de por sí intenso.

Foto: NBAE

En resumidas cuentas, aquel encuentro ante Magic y los Lakers resultaba absolutamente fundamental para Jordan. La oportunidad perfecta para demostrar que, efectivamente, él también podía hacer de ‘playmaker’ al mismo nivel, o incluso mejor, que la referencia absoluta en ese aspecto. La ocasión de dar un golpe en la mesa y demostrar que era el mejor. En todo.

En ese envite ante los vigentes campeones de la NBA, los Bulls darían la campanada venciendo por un solo punto de diferencia: 104 a 103. Pese a que el propio Jordan no tendría un partido demasiado brillante en lo referente a la anotación (21 puntos con 7 de 20 en tiros de campo), sí lograría dirigir a su escuadra con éxito, repartiendo hasta 16 asistencias y batiendo un nuevo record personal de temporada (superado tan solo días después ante los Portland Trail Blazers). Por cierto, cosechó cuatro más que Magic Johnson en ese mismo partido, que finalizó con 12.

De tal manera que, a ojos del público general, se abría paso un nuevo Jordan. Capaz de reunir, en un solo cuerpo, dos vertientes antagónicas pero complementarias: la de ejecutor y hacedor del juego. En términos estrictamente técnicos, el recurso de utilizarle como base a tiempo completo entrañaba una serie de valiosas ventajas:

  • Concentraba aún más y en mejores condiciones la bola en sus manos.
  • Reducía enormemente la dificultad de hacerle llegar el balón, puesto que él mismo iniciaba la acción. Anulando así ciertos planes defensivos del rival.
  • Al utilizarle más como facilitador, se limitaban sus batidas al aro, y en consecuencia, se conservaba mejor su estado físico (lesiones, desgaste, etc). “No me están golpeando tanto como solían hacer antes”, afirmaría el propio Jordan en abril de 1989.
  • Aumentaba el protagonismo de los secundarios, tildados habitualmente de ‘jordanaires’ en un tono despectivo. Incluso Doug Collins, en un reportaje del ‘Chicago Tribune’, llegaría a decir: “¿Cuántas canastas fáciles están consiguiendo Pippen y Horace Grant ahora? Todo ello es generado por la grandeza de Michael Jordan con la bola en las manos. Los rivales no saben cómo frenar el movimiento del balón”.

Pese a su modesta eficiencia anotadora, su duelo directo ante Magic de marzo del ’89 vino a confirmar, uno por uno, todos los puntos anteriormente citados. Además, para aquel partido, como venían haciendo desde la lesión de Vincent, los Bulls saldrían con Craig Hodges en el quinteto inicial, un ‘falso’ escolta que oxigenaba la ejecución ofensiva gracias a su mortal tiro en suspensión. A veces incluso, era Paxson quien ocupaba el rol de falso escolta, y en otras tanto él como Jordan alternaban funciones.

La noticia del nuevo Michael incluso cruzaría el charco hasta llegar a tierras patrias. En una redifusión de aquel Bulls-Lakers emitido algunas semanas después en el mítico “Cerca de las estrellas”, el archiconocido narrador deportivo, Ramon Trecet, abriría la previa del encuentro con la siguiente afirmación:

“Decir que durante este tiempo Jordan está llevando el juego de su equipo y ejecutando las canastas que le suelen ser propias. A esto se ha añadido una cualidad esencial en este jugador que hasta el momento, por su posición de escolta en el campo, no había podido poner en práctica: su capacidad para asistir a compañeros. Esto está teniendo lugar y a partir de este momento todos dicen que hay que contar con los Bulls de Chicago en una nueva capacidad”. 

Sirva esa histórica retransmisión como microcosmos y ejemplo ilustrativo del nuevo papel que estaba desempeñando ‘His Airness’. Por tanto, convendría analizar algunas de sus secuencias clave para contextualizar todo lo expresado hasta ahora.

Para empezar, y pese a que aquellos Bulls empleaban uno de los ritmos más bajos de la liga (23º de 25 equipos), era habitual que buscaran inmediatamente a Jordan de cara a conducir la transición. El nuevo ‘playmaker’ se situaba en el carril central, y en lugar de forzar una penetración al aro o una súbita parada en seco para armar el tiro en suspensión, simplemente encontraba al tirador abierto (en este caso Hodges), normalmente colocado en una de las dos esquinas.

Por otro lado, y ya en el juego a media pista, los Bulls gustaban de utilizar a Jordan en el clásico ‘pick&roll’ y ‘pick&pop’. Como ejemplo valdría esta ejecución con Corzine:

O en esta otra, también con Corzine, que sirve para encontrar a un tirador abierto en el perímetro:

Incluso Jordan, metido ya de lleno en el papel, buscaría imitar al propio Magic ejecutando pases sin mirar, en un alarde de desparpajo, visión y talento.

Por supuesto, no todo eran ventajas. La dependencia total de Jordan a la hora de generar ataque a media pista también pasaba factura. La excesiva concentración del balón en sus manos podía provocar que éste apenas circulara, causando el mismo efecto inicial que en origen se perseguía erradicar. Aunque en esos momentos, y dado el sencillo libreto ofensivo de Collins, aquel era un defecto con el que se podía convivir.

En cualquier caso, el movimiento estaba funcionando. Y lo más importante aún, el propio protagonista se mostraba predispuesto a asumir su nuevo rol con el mayor entusiasmo imaginable. Desde su perspectiva personal, venía a simbolizar el enésimo reto de su carrera.

“Esto es un desafío. Me viene molestando, desde hace tiempo, que se diga que los Bulls son un equipo unidimensional, un equipo por y para Michael Jordan. Todo lo que llevo pidiendo durante el último lustro se está haciendo realidad. Los otros tipos se están involucrando más en el juego. Ahora empiezan a creer en ellos mismos y eso es lo que necesitamos (…)

(…) En líneas generales, me está empezando a gustar. Nunca pensé que llegaría a jugar en esta posición porque toda mi vida he sido un escolta. Pero ayuda. Ahora puedo marcar mis propias jugadas e involucrar a los demás en el ataque”.

Aquellas palabras, evidentemente, tenían la firma de Jordan.

El 25 de marzo en el KeyArena de Seattle, en un nuevo enfrentamiento ante los Sonics, MJ inauguraría una de las rachas de rendimiento individual más inverosímiles que se recuerdan: conseguiría hasta 11 triples-dobles (7 de ellos consecutivos) en los 16 partidos finales de temporada. Actuando como base ‘de facto’, el ’23’ regalaría un derroche de juego total y dominio inexpugnable. Pese a todo, los resultados colectivos no serían demasiado boyantes. La dependencia de Jordan alcanzaba niveles altísimos, y la ejecución ofensiva de los Chicago Bulls resultaba demasiado previsible.

Fuente: bball-reference

Llegados los Playoffs, el conjunto de Collins se encomendaría al genio de su superestrella para ir superando rondas contra todo pronóstico. Primero fueron los Cleveland Cavaliers, que sucumbirían en cinco partidos merced a su famoso ‘The Shot’ ante la defensa de Craig Elho en el Richfield Coliseum de Cleveland, que ponía el punto y final a la serie. Poco después, en semifinales de conferencia, llegaron los excitantes Knicks de Pitino, que también mordieron el polvo en seis partidos pese a partir con ventaja de cancha. En finales de conferencia, eso sí, los Pistons de Daly se mostraron como un hueso demasiado duro de roer para los Bulls. Entre ambas escuadras parecía abrirse un abismo en cuanto a fortaleza mental, recursos ofensivos/defensivos y capacidad de ejecución. Solo la eterna creatividad individual de Jordan les permitiría rascar hasta dos partidos de la serie, culminando una travesía heróica pero insuficiente. Por encima de todo, el problema original seguía apareciendo (aunque fuera de otro modo): los Pippen, Grant y compañía, toda la retahíla de secundarios, seguía sin dar un paso definitivo al frente.

A la postre, el ascenso de Phil Jackson como entrenador jefe para la temporada siguiente traería consigo un sistema de juego completamente distinto: el triángulo ofensivo. Uno que integraba de manera mucho más armónica todas las piezas, y que añadía imprevisibilidad a la ejecución (consistía en reaccionar a los movimientos de la defensa en un juego de variables casi infinito). Costaría un tiempo que el bloque asumiera los principios de aquel sistema tan novedoso, pero a partir del curso 1990-1991 se demostraría todo un éxito, ayudándoles a sumar el primero de sus seis anillos. Por otro lado, y pese a que el Jordan del primer ‘three-peat’ seguía disfrutando de un peso muy grande en la generación de juego (sin ir más lejos, promediaría más de diez asistencias/partido en las Finales del ’91 ante Lakers), el experimento de utilizarle como base nominal acabaría ahí (salvando algunas excepciones ocasionales). Al menos en lo que se refiere a los Chicago Bulls, claro.

Para los Juegos Olímpicos de 1992, y en el tercer partido ante la Alemania de Schrempf, Daly decidiría salir con Jordan como base titular debido a la baja por lesión de Magic. Un partido, el enésimo, que el ‘Dream Team’ se llevaría con una facilidad apabullante. A la mañana siguiente, el diario ‘Manila Standard’ destacaba la crónica del encuentro con estos dos párrafos:

“Michael Jordan se mostró prácticamente perfecto actuando de base debido a la lesión de Magic Johnson la noche del miércoles, en el partido que enfrentó a Estados Unidos con Alemania y que acabó 111-68 a favor de los norteamericanos (…)

(…) Jordan tuvo que moverse a la posición de base después de que Magic sufriera un tirón muscular detrás de su rodilla derecha. El teórico segundo base del equipo, John Stockton, ha causado baja desde el 29 de junio debido a un hueso fracturado en su pierna”.

Incluso muchos años después, en octubre de 2001, y realizando la pretemporada con los Washington Wizards de cara a su regreso, Jordan entrenaría como base en quintetos que le juntaban con Richard Hamilton y Courtney Alexander. En aquel escenario, por cierto, volvía a juntarse con Doug Collins, el mismo entrenador que le utilizara como base doce años atrás. Parecía como si se cerrara el círculo.

“Tendré la oportunidad de jugar de base. Con dos anotadores como Rip y Courtney, obviamente contamos con tres amenazas en el perímetro, haciendo que uno de nosotros pueda ser base y los otros se dediquen a encestar”, contaría el propio Jordan en un reportaje sobre esa misma pretemporada, realizado por Chris Sheridan para el ‘Herald Journal’.

Así pues, los diversos escenarios narrados en esta pieza vienen a confirmar una cosa: que Jordan, en su condición de competidor enfermizo, también era un jugador total. Capaz de ejercer cualquier función en cancha si el guion lo exigía. Su figura superaba con creces la de un simple anotador clásico. Lo suyo iba mucho más allá (al menos hasta 1992 o 1993). Algunos incluso todavía especulan qué habría sido de Jordan si hubiera actuado como base ‘real’ durante toda su carrera. ¿Habría alcanzado mayores o menores cotas? ¿Hubiese evolucionado hacia el mismo perfil de jugador que recordamos? ¿Habría podido ser el mejor base de su era? ¿Quizá de la historia? Todas ellas cuestiones difíciles de responder y que pertenecen a la pura especulación.

Una cuestión sí está clara, habría sido un base diferente. Un base forjado de otra pasta.

Un base caníbal.

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De Wade a Huerter: el último cruce de generaciones NBA

Asistimos a un momento de especial emotividad en la NBA. Una vez más, dos generaciones se dan la mano para pasarse el testigo. Los últimos coletazos de los 90 y los 2000 aún retumban entre milenialls y nativos digitales.

maanuf96@gmail.com'

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Los años 90… Qué bonitos tiempos para los amantes del baloncesto; quizá pudo ser la mejor época o, al menos, una de ellas. El deporte brillaba por encima de lo económico, permitiendo al espectador respirar un ambiente completamente distinto al actual. Lo que ocurría mientras el reloj de juego corría, siempre tuvo más valor que lo que pudiera pasar después, al contrario de lo que sucede hoy en día, con grandes nombres azotando la competición y otros incorporándose a la misma con ganas de crear su legado. Los que antes eran jóvenes promesas, hoy son conocidos y venerados como leyendas.

Algunas de estas legendarias figuras, que incluso compartieron los últimos coletazos de Michael Jordan, apuran su último aliento como profesionales. Tanto Vince Carter como Dirk Nowitzki han alargado sus carreras hasta el presente por puro amor al baloncesto. Dos hombres que han visto pasar, al menos, a tres generaciones por delante de sus ojos y ahora ejercen de mentores para enseñar lo que no se aprende en la escuela: el conocimiento de la experiencia. El caso del alemán quizá es más que evidente al compartir vestuario con sus dos sucesores europeos pero “Vinsanity” cumple casi con el rol de segundo entrenador en un equipo en plena reconstrucción.

En Atlanta, se encuentra un mentor que llegó a la liga en el año 1998, justo cuando nació uno de sus compañeros, Kevin Huerter. Un chaval que creció viendo jugar a gente como Kobe Bryant, LeBron James, Carmelo Anthony, o los dos ya mencionados anteriormente. El pelirrojo vive un sueño vistiendo la misma camiseta de uno de los referentes de la liga que seguía por la televisión. La sensación de vivir en primera persona lo que solamente disfrutabas detrás de la pantalla debe de ser muy difícil de describir con palabras después de todo el esfuerzo que supone conseguirlo.

Aunque Carter fuera un icono para todos los niños que nacieran cuando se presentaba eligible para el draft el jugador al que idolatraba el escolta de los Hawks, era como no, el más dominante en su posición de los primeros años en los que vio basket: Dwyane Wade. Quien sería su ejemplo a seguir, y no en estilo de juego, sino en la meta a cumplir cuando finalice su trayectoria. Como juega “Flash” es algo muy complicado de imitar, y más sin las características físicas necesarias para hacerlo, lo que aleja a Huerter la idea de intentar reflejar en la pista los movimientos del mágico número 3 de los Heat.

Kevin Huerter en el último partido de Wade en Atlanta | Foto: NBA

El día de cumplir un sueño

El 5 de marzo de 2019, los Hawks visitaban el American Airliness Arena en lo que parecía un partido sin transcendencia de la regular season. Un equipo se luchaba por entrar en los Playoffs y otro ya descolgado que solamente busca seguir dando la mejor imagen posible mientras sus jóvenes eclosionan. Un encuentro que para la mayoría de los componentes de los planteles no iba a ir más allá de una victoria o una derrota, como la mayor parte de la inagotable catarata de partidos de las temporadas regulares de la NBA que terminan sepultados por el peso de cada nuevo año.

Quien afrontaba la noche con otra idea totalmente distinta es el rookie de la Universidad de Maryland, que tenía delante a la persona que aparecía en los pósters de su habitación. Enfrentarse a Wade no podía ser un juego más para Huerter sabiendo que, además, sería “su último baile”. No todos los días se tiene la oportunidad de marcarse y mover las piernas un rato con tu deidad. Los de Miami se llevaron el triunfo por un punto, con un marcador de 114-113 con un partido bastante aceptable por parte de Kevin. El verdadero premio para el shooting guard de Atlanta iba más allá de lo que marcara el electrónico; él quería llevarse la camisa de su héroe como recuerdo de haberse visto las caras.

Un amigo de Dwyane le había comentado antes del cruce que el chaval de los Hawks llevaba el dorsal y las botas en su honor, y Wade fue directo en su búsqueda nada más acabar el encuentro para dar con su pupilo indirecto e intercambiar la elástica, algo a lo que el novato no supo como reaccionar. La cara de incredulidad de Huerter queda para la posteridad.

La sucesión de las estrellas

Ante las inminentes retiradas de los baloncestistas históricos que hemos ido nombrando, se podría decir que se van los últimos resquicios de una generación dorada para el baloncesto americano y mundial. Situación que dejó paso a que nuevas caras llegaran a conquistar lo que ellos defendieron hasta que la edad, o las ganas de competir en otros casos, les permitieron. Los mates o tapones eléctricos de Wade o esa determinación y fiabilidad en el tiro por parte de Nowitzki ya forman parte de los recuerdos y no de lo que se vive con sus actuaciones en los partidos.

Son otros como Stephen Curry, Giannis Antetokounmpo o James Harden los candidatos al premio del MVP y nos los habituales hace diez años. Las nuevas tendencias de juego han gobernado por encima de todo, quedando muchos nombres y formas de ver el baloncesto en los libros de historia. Lo que vimos hace una década, aunque parezca cercano en el tiempo, ya no es lo mismo que vemos. No debemos dejarnos engañar por el renacimiento de Derrick Rose, lo que era antaño la NBA no es sino un espejismo de la contemporánea al “Small ball”.

Los Golden State Warriors, como principales referentes de esta última era en el baloncesto de USA, se han convertido en una dinastía que será eterna. Estamos ante una situación de transición, lo que hace que los que ahora son candidatos a ser el mejor jugador del mundo son aspirantes a ser Hall of Fame y recordados en la memoria colectiva de los fanáticos. Los hombres que vemos como viejas glorias en su momento fueron lo que ahora puede ser Paul George, Kevin Durant, Joel Embiid o Chris Paul.

La cuarta generación del siglo

En el año 2000 existían grandes dominadores de la pintura como Shaquille O’Neal o Tim Duncan acompañados de grandes exteriores como Allen Iverson o Steve Nash. Los últimos supervivientes de los años 90 seguían siendo los reyes de la competición en las Finales año tras año, sin dejar hueco a otros. Teniendo que pasar varias temporadas hasta que nuevos guerreros levantaran a sus franquicias hasta la gloria.

Kobe Bryant, Paul Pierce, Derrick Rose o LeBron James son nombres que para el público de cualquier edad se encuentran muy presentes. Una segunda generación en el siglo XXI que marcó unas de las eras más bonitas de la NBA en toda su amplia galería de grandes equipos desde 1946 que se fundó. Una competitividad por el anillo entre Boston Celtics y Los Ángeles Lakers que se puede catalogar de mítica junto a otros muchos hitos que se sucedieron a la par.

Mientras los de oro púrpura y los verdes estaban en la élite del baloncesto viéndose de tú a tú, en las noches del draft se incorporaban a la liga los que iban a ser los nuevos soberanos hasta lo que conocemos ahora mismo por mejor competición de baloncesto. Unos veranos en los que llegaron Kawhi Leonard, los francotiradores de La Bahía o el jugador con mejor manejo de balón, Kyrie Irving. En resumen, los responsables de que el basket coetáneo a este texto sea el espectáculo que es y permitiendo a los novicios que tengan de quien aprender para seguir sus pasos.

Unos muchachos, que aunque alguno se encuentre a las puertas de ser una estrella como Ben Simmons, Jayson Tatum o Luka Doncic, son el futuro del deporte de la naranja. La cuarta metamorfosis del siglo viene cargada de talento con infinidad de nuevos apelativos, además de los tres anteriores, como Trae Young, Donovan Mitchell, Kyle Kuzma, De’Aaron Fox, o de menor calibre como el ya citado pelirrojo de Albany. Unos zagales que deben crecer hasta ser ellos sean los corrientes en la candidatura al MVP. Un proceso que puede ser muy complicado, ¿pero qué es el cielo para un pájaro con vértigo?.

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‘Thadding’, la encarnación del glue guy

La figura del glue guy es una de las más valoradas dentro de la NBA. Thaddeus Young ha encontrado su sitio en unos Pacers necesitados de capitán, dentro y fuera de la pista.

fontandelacruz@gmail.com'

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Sumergidos en una NBA en la que prácticamente por imposición todos los jugadores se han de adaptar al perímetro, los perfiles que sobreviven a esta dulce pandemia recobran un mayor valor sentimental. Y con el romanticismo a flor de piel tendemos a abrazarlos con mucho mimo, aunque no llegamos a ser del todo justos con el aporte menos tangible. El caso de Thaddeus Young merecería una filmografía entera, pero la síntesis de todo aquello que pone sobre el mapa del tesoro que guarda tras su cinturón de cuero Nate McMillan también merece un pedacito de nuestro tiempo, ya sea en cuestión de análisis, visionado o lectura.

Corría una despiadada madrugada el 24 de enero de este mismo año, y tras una descalabrada transición y lo que sería un banal intento de frenar a Pascal Siakam a campo abierto, la rodilla de Victor Oladipo decía basta. Ningún tipo de recuperación a medio o corto plazo habían surtido efecto sobre su mermada pierna. El vestuario al completo, incluido el propio Nate, no podían creer lo sucedido: Victor Oladipo se despedía de la presente campaña. Todos menos Thad.

Thad aglutinó al equipo al término del segundo cuarto en el vestuario y comprimió la niebla que cubría el vestuario en un discurso que a la larga dejaría huella en la propia temporada Pacer’.

Victor ha caído. Obviamente no va a volver en este partido, así que tenemos que ocuparnos nosotros del trabajo. Estamos aquí, así que debemos continuar ejecutando y haciendo lo que tenemos que hacer. Tendremos que imponernos al partido y ayudarnos mutuamente. Eso es lo más importante. Si estamos unidos es difícil derrotarnos, con o sin Victor.

Jim Ayello sobre Young

Y así fue: victoria frente a Toronto (rival directo) en ausencia de la rueda capital de la caravana Pacer’ y un mundo por recorrer sin su compañía sobre el parqué. Porque Thad lleva al extremo el concepto de glue guy, pues su asignación como capitán dentro del núcleo del equipo va más allá de sellar un par de firmas y voces sobre el parqué -que las da- tras un desajuste. Es el pegamento que mantiene todas las piezas unidas, y el respaldo de todo aquel que dude sobre el rumbo que ha de llevar la franquicia o de su propio estatus en el seno del equipo. El atril que sostiene la partitura sobre el piano.

En materia estrictamente deportiva, y a su consonancia con el sistema de McMillan me remito, podemos fragmentar su aportación en tres pilares fundamentales: como blindaje defensivo y su aporte tanto en la circulación como en la homogeneización de la propia ofensiva Pacer’.

El candado más férreo del viejo Nate

Toda estructura de lujo requiere unas medidas de seguridad a su altura. Una cobertura tan competente y poderosa que sea capaz de perseverar el contenido de la misma, y en la figura de Thaddeus Young encontramos todos los requisitos de un perfil que sepa canalizar, catalizar y ajustar el sistema defensivo planteado por McMillan.

En primera instancia, y remitiendome al molde en sí, nos encontramos con un rara avis entre los perfiles que abarcan tanto el tres como el cuatro (posicional), ya que su tallaje de corte medio se compensa la perfección con una envergadura interminable y de fisonomía gruesa. Su perfil físico es uno de los más ambiciosos para abarcar una de las situaciones más comunes e incómodas de toda la competición: el cambio.

Un tren inferior poderoso y más ágil de lo aparente se suman a una espectacular velocidad de brazos para poder acaparar cualquier perfil que se poste frente a él. Y ha sido en la prueba de fuego por excelencia en el este, con su cobertura sobre Giannis, cuando hemos podido disfrutar de la armonía absoluta de su rendimiento defensivo. El planteamiento a realizar sobre el griego debe llevar una consigna grabada a fuego previa al duelo: Giannis Antetokounmpo es irrefrenable en cualquiera de los carriles, y la única forma de contrarrestarlo es impedir que llegue a tomar esos carriles, es decir, coartar cualquier línea de penetración.

Y este pequeño mantra se lo hemos visto llevar al límite a Thad frente al griego -sin llegar a frenarlo ni en una tercera parte de su potencial, situación con escasos precedentes- con acciones defensivas a una distancia respetuosa, exprimiendo al máximo su envergadura, copando de paciencia la situación e invitándole a bailar al poste en una de las pocas situaciones en las que el griego es más intención y brutalismo que hechos.

Es en este apartado, el defensivo, donde inteligencia (Basketball IQ) y dotes físicas llegan a su pico de unión más elevado, ya que además de ser un fabuloso stopper individual también es la manifestación neta más útil dentro del bloque medio de ayudas que sustenta el sistema de Nate McMillan -más aún sin las piernas de Victor dentro del circuito-.

Es un maravilloso lector de ayudas cortas bajo tabla -algo menos al perímetro-, posee una perfecta concepción de su envergadura para cortar líneas de pase y dentro del encorsetado entramado Pacer’ es uno de los eslabones que mejor emplean los abandonos para robar y ejecutar a campo abierto en las pocas acciones que se prestan.

Por no olvidar el increíble valor intangible que tiene como corrector oral (y no tan oral) dentro de los escasos desajustes a los que se enfrenta el conjunto de Indianápolis cuando se sitúa, o bien Domantas como único interior puro frente a grandes de mucho peso en pintura, o bien se arroja a Collison o Holiday contra guards de corte físico. A fin de cuentas es la costura, gasa y medicamento del bloque defensivo Pacer’.

Concepción del pase y lectura a los tres niveles

Si bien el perfil de Young, básicamente por dotes técnicas y molde, no invita a pensar en un jugador con cuotas elevadas en lo que a creación y lectura se refiere, es este otro apartado en el reluce aún más el codicioso concepto de Basketball IQ.

En Thad se reúnen las tres alturas de lectura ofensiva en el baloncesto: poste bajo, medio y alto, cada una con su grado y calidad de uso, pero ninguna se queda exenta de ser empleada vía pase. En acciones de poste bajo nos hemos encontrado con una increíble gestión a la hora de interpretar y nutrir los cortes tras indirecto de perfiles como Bojan o McDermott, que se encargan de producir alternativas off-ball de forma continuada. Y en estas acciones la concepción de los espacios y la creación de los mismos mediante contundentes y ligeros movimientos de espalda son elementales para generar líneas de pase limpias y evitar la reacción de su par.

Es en el poste medio donde vemos a un Thad menos sobreexplotado por McMillan, salvo en acciones de codos, donde también exprime realmente bien su percepción de los espacios y los carriles, o en prolongaciones tras penetrar a otro cortador o abrir a las esquinas, acciones de marca registrada para un Thad que marca realmente bien los pasos y siempre se presta a la posibilidad del extra-pass, la presencia de Young está más orientada a ejecutar que a facilitar la ejecución de sus compañeros.

El pico como generador, más por dificultad que por volumen, llega en el poste alto y perímetro, donde ha demostrado que su visión de juego es bastante más que una determinante gestión de los espacios vacíos, ya que sin ser un excelso facilitador es capaz de proyectar auténticos misiles a los cortes desde las esquinas o lanzadores tras el indirecto en poste alto. Siempre agota hasta el último pedazo de su valor físico, ya que por altura y envergadura accede a determinados ángulos y líneas de pase a las que otros generadores no llegarían sin ser predecibles o sobreemplearse.

Porque se puede generar vía pase sin poseer un arsenal de recursos infinito, y se puede sumar a la circulación sin sobrecargar tu aportación.

Homogeneidad del sistema y pegamento ofensivo

Hablar de Thaddeus Young como ejecutor es hablar de seguridad, soporte y apoyos. Es un permanente salvavidas en acciones sin rumbo o segundas oportunidades, y todo nace de su condición de no-protagonista. Sin llegar a copar un volumen alto de acciones primarias ejecutadas sigue siendo un activo de un valor incalculable para finalizar por aglutinar el binomio de piernas y manos; tren inferior y superior.

El primer paso es prácticamente cultura para Thad en términos de penetración o corte, y no tanto por la velocidad del mismo sino por su potencia, el torrente que acompaña a ese primer paso es lo que hace imposible a la mayoría de sus defensores recuperar tras recepción. Porque sin tener un bote técnico si lo es perforante, y esto complica infinitamente la tarea de soltar la mano en el momento adecuado.

Y la envergadura; una vez más la envergadura es un factor diferencial dentro de su arsenal (tanto ofensivo como defensivo), ya que complementa a la perfección las dos características previas y hace de sus penetraciones acciones más cortas de lo normal. Además, minimiza al máximo la posibilidad de cerrar el aro a su par. Un ‘slasher’ bajo el radar, pero efectivo hasta lo grotesco y que brinda un abanico de alternativas -porque al fin y al cabo no son primeras opciones en su mayoría, a no ser que sean autóctonas- a la ofensiva Pacer’.

Y la cima como perfil homogeneizador llega a la hora de reparar o reactivar acciones malgastadas por sus compañeros, pues en Thaddeus Young reside uno de los activos más diferenciales en situaciones de diferencial corto en el marcador: el putback. Thad es una máquina expendedora de segundas oportunidades, acción que se complementa a la perfección con su condición de finalizador bajo seguro.

Pero es que la gama de recursos tras rebote ofensivo -no todos ellos ortodoxos en esencia- es inagotable, desde un semigancho hasta un mate a dos manos sobre los dos interiores rivales. La contundencia de estas acciones es tal que frenarlas tiende más a ser un fallo del propio Thad que un acierto de su par. Y por último, el ansiado perímetro. Una larga distancia a la que sin ser su mayor adepto, también se ha logrado adaptar e incluso hemos podido llegar a ver en acciones de pick and pop como alternativa de eficiencia media. Porque la modernización también entraba dentro de los ambiciosos planes de Young.

Thad es alma, pero también talento y eficiencia. Porque además de un pegamento sentimental también lo es sobre el parqué. Y lo que es más importante: Thaddeus Young es la prolongación más fidedigna de lo que es McMillan en el banquillo. Thadding.

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Polivalencia. Polivalencia y ritmo. Polivalencia, ritmo y espacio. Una sucesión de tres palabras que no deja de rebotar en los tabiques del cerebro de cualquier entrenador de la NBA. La primera de ellas porque, ineludiblemente, economizar personas en favor de sus aptitudes es una prioridad a día de hoy, pues quién no gozaría de un arma de destrucción masiva que realizase las tareas de tres o cuatro jugadores. Todo un lujo, vaya. La segunda tiene que ver con la inyección de ritmo que vive el baloncesto americano. Un dopaje en las revoluciones del juego que roza el colapso. La última de ellas se define por sí sola: espacio (‘spacing’). El espacio o espaciado es un elemento fundamental en la composición de una ofensiva completa en la NBA. Y que todo jugador sobre el parqué sea capaz de explotar cualquiera de los rangos habidos y por haber es, más que un complemento, una necesidad.

Tratar de contextualizar estos conceptos era necesario para definir con todo lujo de detalles la figura de Pascal Siakam. Y la realidad es, además de empírica, aún más compleja en todos los aspectos, pues el forward camerunés aglutina estas características en un molde digno de un robot.

La polivalencia, por Pascal Siakam

La polivalencia desde su definición más primitiva nos evoca a la siguiente palabra: polivalente. Y esta, a su vez, trae consigo un significado muy revelador: que vale para muchas cosas. Ahí se encuentra clave de Pascal Siakam en el engranaje, tanto ofensivo como defensivo, de Toronto, en esa capacidad para producir efectos en diferentes puntos de la estructura.

Siendo más específico y apuntando de forma directa al objetivo es crucial señalar un aspecto en el que Siakam es diferencial para el sistema Raptor’:

Cambios de asignación de defensa. Esta situación o lance del partido por el cual, y tras sufrir una alteración en la propia jugada, el defensor decide, por voluntad propia u orden del técnico, cambiar la asignación defensiva, es tan esencial dentro de un esquema completo que puede llegar a condicionar la composición de un quinteto. Aquí es donde entra de lleno la figura de Siakam, un forward de 206cm y más de 104 kilos con una velocidad de manos y pies impropia en un jugador de su talla y peso. Y si a esto le sumamos un desplazamiento lateral prodigioso obtenemos la fórmula perfecta que defina al defensor que vale para muchas cosas. Su nivel para mutar de una defensa perimetral frente a un guard de primer nivel a un enfrentamiento al poste bajo contra un interior de siete pies es asombroso. Y salvando las secuencias, que al fin y al cabo se vive de los resultados y no de las sensaciones.

El continuo contacto visual para no perder los estímulos de atacante; la posición de los pies, sin llegar a un ángulo que impida rectificar tras un movimiento de su par, y la permanente extensión del brazo, con el fin de exprimir su envergadura — 2.22m, propia de un dibujo animado— para dificultar la visión y un posterior lanzamiento. Todo, absolutamente todo, aglutinado en un perfil que podría asemejarse a un antiaéreo en el apartado defensivo.

El ritmo, por Pascal Siakam

El ritmo (pace) como dato que refleja el número de posesiones que juega un equipo en cada partido estableciendo una media entre todos ellos, también es otro de los pilares sobre los que se sostiene la liga en estos últimos tiempos. Y sí, el camerunés también es determinante en esta parcela. Quizás no lo sea de forma directa, pues él no interviene de forma directa en el número de posesiones que juega Toronto, pero sí en la calidad de las mismas.

Retomando el apartado del ritmo como concepto, es necesario resaltar que la liga vive en un constante exponente en lo referido al número de veces que el crono se reinicia para cada uno de los equipos, y Toronto, a pesar de no multiplicar este número tanto como otros combinados (entorno a cien posesiones por noche), también sufre esta revolución en sus propias carnes. Ahora bien, ¿en qué influye este apartado a la figura de Siakam? Sencillo: la transición. Y en ambos lados la cancha, faltaría más. Pues Pascal Siakam es, con casi total seguridad, el jugador que mejor dinamiza las transiciones ofensivas sin balón. Es un proyectil tras intercepción, un cohete con dirección al aro y un final anticipado.

La velocidad con la que abarca todo el campo es inverosímil, hace de cualquier intento de balance defensivo eso, un intento. Y la inteligencia con la que se emplea, con la vista puesta sobre el esférico en todo momento para, llegado el momento de la captura, poder corregir la carrera y poner rumbo a la red. Es un dinamizador único en la liga, el comodín
—o arma, puesto el caso— de mayor fiabiliad para las transiciones planteadas por Nurse. A fin de cuentas, un seguro de vida.

El spacing, por Pascal Siakam

Llegados a este punto toca tratar un tema que podría considerarse la cúspide del jugador NBA, pues indudablemente la liga, tal y como la conocemos, desprende un aroma a perímetro como nunca antes había pasado. Es prácticamente una ley que todo roster esté plagado de nombres con la capacidad para poblar todos los rangos, incluido, como no, el triple.

Recién llegado a la máxima competición del baloncesto americano, Siakam arrastraba ciertas dudas en lo referido a sus capacidades para abrir la pista y atacar las distancias largas. Y el aterrizaje a la liga con vistas al perímetro, como no podía ser de otra forma, fue un tanto rocambolesco, ya sea como catch-and-shooter o en situaciones de lanzamiento tras bote. Ahora bien, su incesante hacer por mejorar ha terminado por cincelar un perfil que permite al equipo ganar en imprevisión, peligro y riqueza ofensiva. Tal es esta mejoría que, sin llegar a ser un lanzador medio-alto, la confianza de sus compañeros en él es plena.

Acompaña las secuencias respetando la visión del jugador que inicia, complementa con una postura ideal para el catch-and-shoot y finaliza con el reloj sobre los hombros. Un uso de las esquinas que hace de su arsenal un elemento esencial en la composición de la estructura Raptor’, pues en estas situaciones es donde reside el verdadero valor de cada jugador en el espaciado de su equipo. Concreto, sí, pero efectivo en su apartado.

El broche de su figura llega en el gimnasio, los vestuarios y las horas de más, pues un perfil no se construye en temporada regular —época para purificar y ejercer la puesta en escena—. Siakam es (y era) un molde físico soñado por cualquier jugador y para cualquier director, pero sin un trabajo desmesurado detrás de las cámaras jamás hubiéramos conocido esta versión, que, sin querer sonar presuntuoso, aún la concebimos como una fase beta del proyecto final. Porque con esmero, confianza y talento, como cantaba una y otra vez el difunto rapero Christopher George Latore Wallace (The Notorius B.I.G.): Sky’s The Limit.

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SKYHOOK #16

 

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