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Reflejos

La Cenicienta de New York

acarretero@skyhook.es'

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Doce de la noche. Cenicienta sale corriendo del baile olvidando su zapato de cristal. Un príncipe la buscaría después por todo su reino tras caer rendido al encanto de su belleza. Cuando se lo prueba a Cenicienta, ella le da las gracias y unas palmaditas en la espalda. Le dice que es libre e independiente y fue al baile para rebelarse contra su madrastra y el feudalismo que esclaviza a su pueblo.

No es la historia que esperabais, seguro. Pero los cuentos se reformulan con el paso del tiempo en un ejercicio de resignificación para adaptarlos a las nuevas sociedades. Los cuentos son herramientas culturales que transmiten valores y enseñanzas y, como tal, deben responder a las nuevas necesidades.

En nuestro universo NBA, los Nets son nuestra Cenicienta. Nacieron rebelándose contra la tiranía de los Knicks en la ciudad de New York… Y lo pagaron con una cadena perpetua de destierro. Ni carrozas de calabaza ni hadas madrinas vestidas de traje y corbata pudieron litigar contra la poderosa maquinaria de los Knicks y la NBA.

Los Nets se convirtieron en migrantes. Desplazados en busca de un hogar, de un campo a otro, refugiados al sureste de New York, tratando de hallar su identidad.

Migrantes y exiliados

Corría el año 1967 cuando Arthur Brown fundó los New York Americans con 30.000 dólares puestos de su bolsillo. La ABA aún era una amenaza real para la NBA, con sus pintorescas y hasta bizarras escenas. Era la liga de los afroamericanos, la liga de los mates, de la hermandad, del espectáculo. La ABA, con todas sus carencias y limitaciones, era sinónimo de libertad frente a una NBA rígida y eminentemente blanca.

Red Auerbach dejaba el banquillo de los Celtics ese mismo año. Y Bill Russell se convertía en el primer entrenador negro de la historia, siendo entrenador-jugador hasta 1969. Su tiranía se acercaba a su fin. Le llegaría el turno – al fin – a Wilt Chamberlain de conseguir su ansiado anillo antes de que los Knicks de Reed y Holzman irrumpieran en los 70.

Unos 70 fúnebremente conocidos como la Edad Oscura de la NBA. La liga perdió en apenas tres años a casi todos sus iconos. Se acusó la pérdida de identidad. La violencia afloraba sin control. La crisis económica hizo quebrar franquicias que buscaban nuevos acomodos en otras ciudades, como los Jazz de New Orleans en Utah, por ejemplo. La NBA atravesaba sus horas más bajas como competición a todos los niveles.

No era, ni por lo más remoto, el contexto ideal para intentar fundar un equipo nada menos que en New York, la metrópolis americana por excelencia. Y mucho menos fundarlo en la hermana pequeña de la NBA, la ABA, que en 1967 aún no presentaba los síntomas de agotamiento que se agudizarían entrados los setenta. La ciudad no era lo suficientemente grande para los dos. Los Knicks movieron su maquinaria para expulsar de New York a los Americans, instalados en un minúsculo pabellón en Manhattan.

NBA History

Tres meses duró su sueño neoyorquino. Desterrados, migraron a New Jersey, cambiando su nombre oficialmente a New Jersey Nets en deferencia al estado que les amparó. Tras varios cambios de pabellones se instalarían finalmente en el Nassau, el estadio en el que vivirían sus únicos días de gloria de la mano de Julius Erving. Para entonces, mediados los setenta, la ABA agonizaba y se producía un éxodo masivo hacia la NBA o hacia la bancarrota. En 1976, los únicos supervivientes – Nets, Nuggets, Spurs y Pacers – ingresaron en la NBA asestando la última estocada a la liga.

Con su entrada en la NBA volvió el conflicto con los Knicks. La liga imponía un canon de tres millones de entrada. Un dinero que, en aquella época, era una cantidad astronómica, especialmente para unas franquicias que ya arrastraban abismos económicos. En el caso de los Nets, los Knicks les exigieron otros cinco millones de dólares en un impuesto llamado Territorial Rights por considerar que afectaba a sus intereses estando en la misma zona que ellos. Más que de impuesto, tenía visos de tributo feudal. Los Nets tuvieron que vender a Dr. J para sobrevivir y, aun así, su venta solo cubría el importe del canon de la NBA. Un año más tarde regresarían a New Jersey, como proscritos en aquella ciudad.

Su pena sería conmutada 35 años después cuando, al fin, pudieron recuperar su zapato de cristal abandonado en la vieja armería entre la 25 y la 26 del bajo Manhattan. Atrás quedaban los largos años de peregrinaje por New Jersey. Aquel olvidado cantar de este particular Ulises y del bullying de unos Knicks que se creyeron con los poderes de Poseidón.

El mesías ruso

No obstante, su odisea está lejos de concluir. Pese a haber retornado a su legítimo hogar, han encontrado un solar abandonado, engalanado para la ocasión en su fachada, pero hueco y ruinoso en su interior. Su mesías ruso cumplió su promesa de poner fin al exilio de los Nets. Lo que desconocían es que ellos solo eran una parte de más de su puzzle de especulación y sus ansias megalómanas, que terminaron hipotecando su futuro y condenaron de nuevo a Cenicienta a otra sentencia de trabajos forzados.

El proyecto de mudanza lo inició su entonces propietario Bruce Ratner como parte de la construcción de su macroproyecto Atlantic Yard. A la postre, un proyecto de especulación inmobiliaria por el cual terminaron litigando en juicio con los ciudadanos de Brooklyn. Ratner quería trasladarse la temporada 2009-2010 pero las incontables dificultades económicas y la espera a la resolución judicial retrasaron el proyecto.

Los residentes locales se habían organizado en diversas plataformas para protestar contra la construcción de aquel proyecto. La más activa de ellas era Develop Don’t Destroy Brooklyn. Porque para que saliera adelante el estado de New York ejerció lo que en España llamaríamos expropiación de suelo público. El caso llegó a la Corte Suprema estatal y los residentes terminaron perdiendo su batalla legal cuando el Tribunal de Apelaciones se posicionó a favor de Ratner y su grupo empresarial.

Mikhail Prokhorov

USA Today

Los nuevos Brooklyn Nets parecían nacer gafados, una vez más, en su intento por regresar a New York. Más aún cuando el nuevo estadio se construiría al otro lado de la calle donde los Dodgers intentaron asentarse allá por el inicio de la década de 1950. Un plan que fue rechazado por la ciudad y les obligó a mudarse a Los Angeles en 1958. Desde entonces, ningún equipo profesional de ninguna de las grandes ligas había vuelto a Brooklyn.

No obstante, para 2010, el proyecto Atlantic Yard, dentro del cual se incluía el nuevo estadio de los Nets, se había convertido en un quebradero de cabeza. La financiación del complejo inmobiliario corrió serio riesgo de desaparecer y Ratner se vio obligado a buscar un nuevo mecenas para que sobreviviera. Lo encontraría en Mikhail Prokhorov, a quien vendió el 80% de la franquicia y el 45% de los derechos de explotación del nuevo estadio.

Si los nuevos Nets ya nacían bajo la sombra de la especulación y la prevaricación en las salas de los tribunales, firmar con Prokhorov era el equivalente a hacer un pacto con el mismo diablo. No por ser ruso en suelo americano – ha sido el primer propietario extranjero de la NBA – ya que el capitalismo y el dinero no entienden de patrias, fronteras ni absurdos nacionalismos, sino porque más allá de controversias y excentricidades, Mikhail Prokhorov solo entendía a los Nets como una inversión más.

Acercarse a su figura en apenas unos párrafos es una quimera impracticable. Prokhorov es actualmente la tercera fortuna rusa gracias a adueñarse de las moribundas industrias soviéticas. Sus empresas son las principales productoras de dos minerales fundamentales en la sociedad: el níquel y el paladio. Además, se ha convertido en el principal especulador del país y del mundo con su fondo buitre de inversión y la diversificación de sus negocios alcanza ya todo tipo de sectores. Es lo que en Rusia denominan un oligarca.

De hecho, Prokhorov se presentó a las elecciones en primera ronda contra Vladimir Putin y todo apunta a que volverá a intentarlo en un futuro. Sin embargo, necesitaríamos un libro entero para tratar de acercarnos a los negocios de Prokhorov, los cuales están intentando (sin éxito) ser investigados actualmente junto a sus cuentas bancarias por blanqueo y desvío de capitales, cuentas opacas en paraísos fiscales, financiación de armas a grupos terroristas, tráfico ilegal… Una joya para rematar el ya inestable proyecto de los Nets. Todo ello excede notablemente la capacidad que un artículo de baloncesto puede abarcar y entronca más con el periodismo de investigación puro. Y eso que no hemos entrado en el capítulo de excentricidades, que merece consideración aparte.

En medio de semejante contexto entre su nuevo y su antiguo propietario, que aún era la persona detrás del proyecto de construcción del estadio se produjo la mudanza. Para colmo el equipo había traspasado sucesivamente a Jason Kidd, Richard Jefferson, Kenyon Martin y Vince Carter, pulsando el botón de reseteo justo el año que llegaba Prokhorov. En la temporada 2009-2010 cosecharon el peor balance de su historia (12-70).

En aquel ambiente de crispación en Brooklyn, de especulaciones en su cúpula y de falta de identidad en los años que aún hubieron de sufrir en New Jersey, apareció una voz que logró limpiar la imagen de los nuevos Nets: el rapero Jay-Z. Natural de Brooklyn, se convirtió en el principal portavoz de la mudanza. Jay-Z jugó un papel fundamental siendo la cara del proyecto. Una figura mediática, local, con un carisma único… Pasó a ser el mayor activo público de la franquicia. Jay-Z, curiosamente, solo posee un 0.07% de los Nets, es decir, carece de influencia en la toma de decisiones, es un porcentaje simbólico. No obstante, durante aquel año previo al traslado pareció como si tuviera los mandos de la franquicia.

El marketing de los Nets caló entre la NBA y sus nuevos aficionados. Comenzaron a vender sus nuevos colores, el nuevo logo… Todo giró en torno a la novedad y a empezar de cero. Como dejando atrás aquellos oscuros años que aún estaban pasando, aguardando en tierra de nadie en una perpetua transición. Como si cruzar el puente para regresar a New York fuese a ser su panacea. Para ello necesitaban un golpe de efecto, confirmar su proyecto a corto plazo. Y en esas circunstancias de urgencia se produjo aquel infame traspaso que llevó a Pierce y Garnett a Brooklyn e hipotecó su futuro inmediato.

Pese a haberse asentado ya en la ciudad, las incertidumbres aún continúan. Desde hace dos años los rumores de venta del equipo se han incrementado, alentados por el mismo Prokhorov. Con el proyecto deportivo descabezado y en vistas de no poder armar un equipo campeón, el magnate ruso quiso abandonar el barco.

Tras confirmarse como propietario comprando el resto de la franquicia para poseer su totalidad, se hizo también con el resto de los derechos de explotación del estadio, sacando todo el beneficio en lo relativo a su recaudación. De hecho, si acudimos a la web del Barclays Center, Prokhorov aparece como su dueño, cuando en realidad aún lo es Bruce Ratner y su grupo empresarial. Los derechos de explotación solo permiten gestionar los beneficios, no la propiedad ni la titularidad.

Prokhorov solo trataba de vender la franquicia, no los derechos sobre el pabellón. De hecho lo consiguió en parte, vendiendo el 49% de los Nets al taiwanés Joe Tsai, fundador del portal Alibaba. Conservaba así el control de los Nets, pero la seguridad que ofrece como propietario es a todas luces inestable y apenas otorga garantías de continuidad. Los Nets son otra especulación más que, bajo su prisma del capital, no consigue explotar.

La joya de la corona Spurs

San Antonio es la cuna de los entrenadores y los directivos en la NBA. Una cantera inagotable de formación de personas que, a base de exportar talento, a conseguido impregnar en el ADN de la propia NBA y de la mayoría de franquicias su filosofía.

Hasta dieciocho entrenadores han debutado como técnicos en la NBA habiéndose formado bajo el ala de Popovich. Y la genealogía se extiende si miramos a aquellos que también han debutado siendo asistentes de alguno de los pupilos de Popovich (como Kenny Atkinson o Quin Snyder, asistentes de Budenholzer en Atlanta, o Lloyd Pierce, asistente de Brett Brown en los Sixers). Entre los General Manager, hasta once formados en la “escuela Buford” ocupan o han ocupado un puesto en otra franquicia.

Entre ellos Sean Marks, la joya de la corona de los Spurs. Sus referencias, ya desde su etapa como jugador son excelentes. Jugó para Pat Riley en los Heat, para Popovich y Buford en los Spurs y para D’Antoni y Kerr en los Suns. Tras finalizar su carrera como jugador volvió a los San Antonio en 2012. Allí había pasado tres años, logrando el anillo de 2005, y regresó para convertirse en la mano derecha de Buford y en el General Manager de su equipo afiliado, los Austin Spurs de la actual G-League.

Marks incluso fue asistente de Gregg Popovich la temporada 2013-14 tras la marcha de los insustituibles Mike Budenholzer y Brett Brown. Nunca fue el puesto que quiso ocupar, pero las exigencias de guión le hicieron bajar a los banquillos, donde también demostró una capacidad innata de dirección justo el año en el que lograron su último anillo. Marks regresaría a los despachos junto a Buford la temporada siguiente y, en 2016, los Nets apostaron por él como General Manager tratando de relanzar su proyecto desde cero.

Desde entonces Marks ha logrado sanear una franquicia moribunda en solo dos años. Aún queda mucho camino en la reconstrucción, pero ya ha conseguido liberar espacio salarial para firmar dos agentes libres de primer nivel o traer jóvenes interesantes como D’Angelo Russell. Marks ha logrado montar un proyecto competitivo. Aún carente de talento y piezas, pero hambriento. Ha aprovechado las urgencias salariales de distintos equipos para robarles rondas de Draft y absorber contratos tóxicos gracias a su flexibilidad salarial. Ha jugado sus limitadas cartas con maestría buscando competir desde el primer día y no especular porque, con un Draft hipotecado, su única opción pasa por hacer un proyecto atractivo para estrellas que sean agentes libres.

Entre los escombros de los Nets empiezan a florecer ya los primeros reductos de esperanzas e ilusiones. Se empieza a forjar una nueva identidad nacida de su lucha y estoicismo. Esta vez sí, en su casa, en New York. Desde la otra punta del país ha llegado un emisario dispuesto a cambiar el rumbo de su historia. Un constructor formado en la mejor universidad del deporte: los San Antonio Spurs.

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Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

nachoanayac2@gmail.com'

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Wikimedia

Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Reflejos

Redención en púrpura y oro

A Magic Johnson aún le quedaba una última bala. La amarga derrota contra los Rockets el año anterior había puesto en jaque un proyecto que parecía acercarse a su fin.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Getty Images

El planeta basket aguardaba ansioso la anticipada revancha entre los grandes rivales de toda una era, un choque entre dos potencias baloncestísticas que se extendía a confrontación entre dos ciudades cultural y climatológicamente antagónicas. Los Lakers del Showtime se impusieron en la última batalla por el anillo el 9 de junio de 1985, con Kareem Abdul-Jabbar dominando el sexto partido en el Boston Garden a sus 38 primaveras, y los Celtics de Larry Bird rumiaron su venganza durante todo el periodo estival y fueron plantando semillas de cara a su materialización. Con 67 arrolladoras victorias durante la temporada regular (MVP incluido para el Pájaro) y apenas una derrota en las eliminatorias de playoffs en la Conferencia Este, los Orgullosos Verdes aseguraron su plaza en la final de 1986.

Pero los otros invitados acabarían por no presentarse a la cita.

El colosal Hakeem Olajuwon (31 puntos, 11.2 rebotes, 4 tapones y 2.2 robos de balón como promedios en la serie) y Ralph Sampson (20.4 puntos, 8.8 rebotes y 2.2 tapones) dominaron la final de la Conferencia Oeste ante unos Lakers que cayeron con estrépito tras imponerse en el primer duelo: las 16.2 asistencias por partido firmadas por Magic Johnson no evitarían 4 derrotas consecutivas de los angelinos. Y la penitencia en Hollywood consistiría en presenciar por televisión la victoria de sus archienemigos.

Así pues, la temporada 1986/87 comenzaba con muchos interrogantes a despejar para el imperio púrpura y oro, y la derrota en el partido inaugural de nuevo ante los Rockets (112-102) distaba mucho de ser la mejor manera de arrancar. Pero las dudas del grupo comandado por Riley murieron junto a aquellos primeros 48 minutos, que dieron inicio a una racha de 9 victorias consecutivas. Kareem Abdul-Jabbar resultaría capital (14 puntos en el último cuarto) para acabar con imbatibilidad casera de unos Celtics que sumaban 48 duelos invictos en su guarida del Boston Garden, y, ante los problemas oculares del veterano gigante (inflamación de la córnea de su ojo derecho), Magic asumió el mando anotador de la tropa con 38 puntos en Houston o 46 ante los Sacramento Kings.

Tres representantes en el All Star Game (Jabbar, Johnson y Worthy), Kareem alcanzando los 36.000 puntos totales en el Chicago Stadium, 4 triples-dobles consecutivos con la firma de Earving en otra arrolladora racha de 11 victorias, el primer y único triple anotado por el gigante neoyorquino en toda su carrera (en Phoenix)… Las 65 victorias abrochaban una temporada regular para el recuerdo. Pero la prueba definitiva llegaría, como siempre, en el tránsito por la jungla de los playoffs.

Los Denver Nuggets de Doug Moe y su apuesta fanática por el baloncesto ofensivo no generarían problemas reales a los Lakers, con Worthy dominando a Alex English, y los Golden State Warriors de George Karl únicamente serían capaces de infringirles una derrota en la 2ª ronda, gracias a la colosal actuación de Sleepy Floyd (51 puntos en el 4º partido de la serie, 29 de ellos en el último cuarto). Las primeras dificultades serias aparecerían en la final de la Conferencia Oeste, con los Seattle Supersonics desafiando a los angelinos.

Que el aplastante resultado de la serie (4-0 para los Lakers) no nos lleve a equívocos: el trío formado por Xavier McDaniel, Tom Chambers y el tirador Dale Ellis planteó una dura resistencia a la tropa de Riley hasta venirse abajo en el cuarto partido. En el tercero fue necesario un milagroso tapón de Michael Cooper a un triple de Ellis para ganar in extremis (122-121), y James Worthy sometió a los Sonics ejerciendo de martillo pilón de la ofensiva californiana durante toda la final de conferencia (30.5 puntos de promedio, con un excelente 59.8% de acierto en sus tiros de campo).

Y así, con una única derrota en su aventura por el Salvaje Oeste, llegaba la hora de la redención. Con la némesis verde fiel a la cita.

Los Lakers jamás cedieron el control de la final (2-0 de inicio, 3-1 tras una emocionante cuarta velada resuelta por un mísero punto con los visitantes remontando hasta 16 de desventaja en el Boston Garden) y sentenciaron a los de Larry Bird en el sexto gracias a un extraordinario ejercicio defensivo (apenas 93 puntos anotados por el equipo de Boston) a mayor gloria de un bloque más conocido por su vertiente lúdica y de ataque en transición. La multitudinaria pelea desatada durante el igualado cuarto partido, con el trío arbitral separando a los contendientes para impedir que la cosa fuera a mayores tras el puñetazo de Worthy a un batallador Greg Kite, en respuesta a una dura falta ejecutada a la limón entre Dennis Johnson y el pívot procedente de la universidad de Brigham Young en pleno contraataque visitante, fue el único borrón de una cita para el recuerdo.

“Jugué en los Lakers del año 72, pero éste es el mejor equipo de la historia de la franquicia porque tiene corazón, a Magic y a Kareem”.

Pat RILEY

Y un magnífico Magic (26.2 puntos, 8 rebotes, 13 asistencias y 2.3 robos de balón, MVP de la final) se impuso en este capítulo de su eterno duelo con el Pájaro (24.2 puntos, 10 rebotes, 5.5 asistencias y 1.2 tapones como promedios para el de French Lick en la final), gracias a la ayuda de Worthy (33 puntos en el primer partido) y del eterno Jabbar (21.7 puntos y 2.5 tapones en la final, rozando ya los 40).

Las palabras de Pat Riley que sirven como broche de oro (y púrpura) a un equipo que culminó su redención como parte del camino hacia la leyenda.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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