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Reflejos

La Cenicienta de New York

acarretero@skyhook.es'

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Doce de la noche. Cenicienta sale corriendo del baile olvidando su zapato de cristal. Un príncipe la buscaría después por todo su reino tras caer rendido al encanto de su belleza. Cuando se lo prueba a Cenicienta, ella le da las gracias y unas palmaditas en la espalda. Le dice que es libre e independiente y fue al baile para rebelarse contra su madrastra y el feudalismo que esclaviza a su pueblo.

No es la historia que esperabais, seguro. Pero los cuentos se reformulan con el paso del tiempo en un ejercicio de resignificación para adaptarlos a las nuevas sociedades. Los cuentos son herramientas culturales que transmiten valores y enseñanzas y, como tal, deben responder a las nuevas necesidades.

En nuestro universo NBA, los Nets son nuestra Cenicienta. Nacieron rebelándose contra la tiranía de los Knicks en la ciudad de New York… Y lo pagaron con una cadena perpetua de destierro. Ni carrozas de calabaza ni hadas madrinas vestidas de traje y corbata pudieron litigar contra la poderosa maquinaria de los Knicks y la NBA.

Los Nets se convirtieron en migrantes. Desplazados en busca de un hogar, de un campo a otro, refugiados al sureste de New York, tratando de hallar su identidad.

Migrantes y exiliados

Corría el año 1967 cuando Arthur Brown fundó los New York Americans con 30.000 dólares puestos de su bolsillo. La ABA aún era una amenaza real para la NBA, con sus pintorescas y hasta bizarras escenas. Era la liga de los afroamericanos, la liga de los mates, de la hermandad, del espectáculo. La ABA, con todas sus carencias y limitaciones, era sinónimo de libertad frente a una NBA rígida y eminentemente blanca.

Red Auerbach dejaba el banquillo de los Celtics ese mismo año. Y Bill Russell se convertía en el primer entrenador negro de la historia, siendo entrenador-jugador hasta 1969. Su tiranía se acercaba a su fin. Le llegaría el turno – al fin – a Wilt Chamberlain de conseguir su ansiado anillo antes de que los Knicks de Reed y Holzman irrumpieran en los 70.

Unos 70 fúnebremente conocidos como la Edad Oscura de la NBA. La liga perdió en apenas tres años a casi todos sus iconos. Se acusó la pérdida de identidad. La violencia afloraba sin control. La crisis económica hizo quebrar franquicias que buscaban nuevos acomodos en otras ciudades, como los Jazz de New Orleans en Utah, por ejemplo. La NBA atravesaba sus horas más bajas como competición a todos los niveles.

No era, ni por lo más remoto, el contexto ideal para intentar fundar un equipo nada menos que en New York, la metrópolis americana por excelencia. Y mucho menos fundarlo en la hermana pequeña de la NBA, la ABA, que en 1967 aún no presentaba los síntomas de agotamiento que se agudizarían entrados los setenta. La ciudad no era lo suficientemente grande para los dos. Los Knicks movieron su maquinaria para expulsar de New York a los Americans, instalados en un minúsculo pabellón en Manhattan.

NBA History

Tres meses duró su sueño neoyorquino. Desterrados, migraron a New Jersey, cambiando su nombre oficialmente a New Jersey Nets en deferencia al estado que les amparó. Tras varios cambios de pabellones se instalarían finalmente en el Nassau, el estadio en el que vivirían sus únicos días de gloria de la mano de Julius Erving. Para entonces, mediados los setenta, la ABA agonizaba y se producía un éxodo masivo hacia la NBA o hacia la bancarrota. En 1976, los únicos supervivientes – Nets, Nuggets, Spurs y Pacers – ingresaron en la NBA asestando la última estocada a la liga.

Con su entrada en la NBA volvió el conflicto con los Knicks. La liga imponía un canon de tres millones de entrada. Un dinero que, en aquella época, era una cantidad astronómica, especialmente para unas franquicias que ya arrastraban abismos económicos. En el caso de los Nets, los Knicks les exigieron otros cinco millones de dólares en un impuesto llamado Territorial Rights por considerar que afectaba a sus intereses estando en la misma zona que ellos. Más que de impuesto, tenía visos de tributo feudal. Los Nets tuvieron que vender a Dr. J para sobrevivir y, aun así, su venta solo cubría el importe del canon de la NBA. Un año más tarde regresarían a New Jersey, como proscritos en aquella ciudad.

Su pena sería conmutada 35 años después cuando, al fin, pudieron recuperar su zapato de cristal abandonado en la vieja armería entre la 25 y la 26 del bajo Manhattan. Atrás quedaban los largos años de peregrinaje por New Jersey. Aquel olvidado cantar de este particular Ulises y del bullying de unos Knicks que se creyeron con los poderes de Poseidón.

El mesías ruso

No obstante, su odisea está lejos de concluir. Pese a haber retornado a su legítimo hogar, han encontrado un solar abandonado, engalanado para la ocasión en su fachada, pero hueco y ruinoso en su interior. Su mesías ruso cumplió su promesa de poner fin al exilio de los Nets. Lo que desconocían es que ellos solo eran una parte de más de su puzzle de especulación y sus ansias megalómanas, que terminaron hipotecando su futuro y condenaron de nuevo a Cenicienta a otra sentencia de trabajos forzados.

El proyecto de mudanza lo inició su entonces propietario Bruce Ratner como parte de la construcción de su macroproyecto Atlantic Yard. A la postre, un proyecto de especulación inmobiliaria por el cual terminaron litigando en juicio con los ciudadanos de Brooklyn. Ratner quería trasladarse la temporada 2009-2010 pero las incontables dificultades económicas y la espera a la resolución judicial retrasaron el proyecto.

Los residentes locales se habían organizado en diversas plataformas para protestar contra la construcción de aquel proyecto. La más activa de ellas era Develop Don’t Destroy Brooklyn. Porque para que saliera adelante el estado de New York ejerció lo que en España llamaríamos expropiación de suelo público. El caso llegó a la Corte Suprema estatal y los residentes terminaron perdiendo su batalla legal cuando el Tribunal de Apelaciones se posicionó a favor de Ratner y su grupo empresarial.

Mikhail Prokhorov

USA Today

Los nuevos Brooklyn Nets parecían nacer gafados, una vez más, en su intento por regresar a New York. Más aún cuando el nuevo estadio se construiría al otro lado de la calle donde los Dodgers intentaron asentarse allá por el inicio de la década de 1950. Un plan que fue rechazado por la ciudad y les obligó a mudarse a Los Angeles en 1958. Desde entonces, ningún equipo profesional de ninguna de las grandes ligas había vuelto a Brooklyn.

No obstante, para 2010, el proyecto Atlantic Yard, dentro del cual se incluía el nuevo estadio de los Nets, se había convertido en un quebradero de cabeza. La financiación del complejo inmobiliario corrió serio riesgo de desaparecer y Ratner se vio obligado a buscar un nuevo mecenas para que sobreviviera. Lo encontraría en Mikhail Prokhorov, a quien vendió el 80% de la franquicia y el 45% de los derechos de explotación del nuevo estadio.

Si los nuevos Nets ya nacían bajo la sombra de la especulación y la prevaricación en las salas de los tribunales, firmar con Prokhorov era el equivalente a hacer un pacto con el mismo diablo. No por ser ruso en suelo americano – ha sido el primer propietario extranjero de la NBA – ya que el capitalismo y el dinero no entienden de patrias, fronteras ni absurdos nacionalismos, sino porque más allá de controversias y excentricidades, Mikhail Prokhorov solo entendía a los Nets como una inversión más.

Acercarse a su figura en apenas unos párrafos es una quimera impracticable. Prokhorov es actualmente la tercera fortuna rusa gracias a adueñarse de las moribundas industrias soviéticas. Sus empresas son las principales productoras de dos minerales fundamentales en la sociedad: el níquel y el paladio. Además, se ha convertido en el principal especulador del país y del mundo con su fondo buitre de inversión y la diversificación de sus negocios alcanza ya todo tipo de sectores. Es lo que en Rusia denominan un oligarca.

De hecho, Prokhorov se presentó a las elecciones en primera ronda contra Vladimir Putin y todo apunta a que volverá a intentarlo en un futuro. Sin embargo, necesitaríamos un libro entero para tratar de acercarnos a los negocios de Prokhorov, los cuales están intentando (sin éxito) ser investigados actualmente junto a sus cuentas bancarias por blanqueo y desvío de capitales, cuentas opacas en paraísos fiscales, financiación de armas a grupos terroristas, tráfico ilegal… Una joya para rematar el ya inestable proyecto de los Nets. Todo ello excede notablemente la capacidad que un artículo de baloncesto puede abarcar y entronca más con el periodismo de investigación puro. Y eso que no hemos entrado en el capítulo de excentricidades, que merece consideración aparte.

En medio de semejante contexto entre su nuevo y su antiguo propietario, que aún era la persona detrás del proyecto de construcción del estadio se produjo la mudanza. Para colmo el equipo había traspasado sucesivamente a Jason Kidd, Richard Jefferson, Kenyon Martin y Vince Carter, pulsando el botón de reseteo justo el año que llegaba Prokhorov. En la temporada 2009-2010 cosecharon el peor balance de su historia (12-70).

En aquel ambiente de crispación en Brooklyn, de especulaciones en su cúpula y de falta de identidad en los años que aún hubieron de sufrir en New Jersey, apareció una voz que logró limpiar la imagen de los nuevos Nets: el rapero Jay-Z. Natural de Brooklyn, se convirtió en el principal portavoz de la mudanza. Jay-Z jugó un papel fundamental siendo la cara del proyecto. Una figura mediática, local, con un carisma único… Pasó a ser el mayor activo público de la franquicia. Jay-Z, curiosamente, solo posee un 0.07% de los Nets, es decir, carece de influencia en la toma de decisiones, es un porcentaje simbólico. No obstante, durante aquel año previo al traslado pareció como si tuviera los mandos de la franquicia.

El marketing de los Nets caló entre la NBA y sus nuevos aficionados. Comenzaron a vender sus nuevos colores, el nuevo logo… Todo giró en torno a la novedad y a empezar de cero. Como dejando atrás aquellos oscuros años que aún estaban pasando, aguardando en tierra de nadie en una perpetua transición. Como si cruzar el puente para regresar a New York fuese a ser su panacea. Para ello necesitaban un golpe de efecto, confirmar su proyecto a corto plazo. Y en esas circunstancias de urgencia se produjo aquel infame traspaso que llevó a Pierce y Garnett a Brooklyn e hipotecó su futuro inmediato.

Pese a haberse asentado ya en la ciudad, las incertidumbres aún continúan. Desde hace dos años los rumores de venta del equipo se han incrementado, alentados por el mismo Prokhorov. Con el proyecto deportivo descabezado y en vistas de no poder armar un equipo campeón, el magnate ruso quiso abandonar el barco.

Tras confirmarse como propietario comprando el resto de la franquicia para poseer su totalidad, se hizo también con el resto de los derechos de explotación del estadio, sacando todo el beneficio en lo relativo a su recaudación. De hecho, si acudimos a la web del Barclays Center, Prokhorov aparece como su dueño, cuando en realidad aún lo es Bruce Ratner y su grupo empresarial. Los derechos de explotación solo permiten gestionar los beneficios, no la propiedad ni la titularidad.

Prokhorov solo trataba de vender la franquicia, no los derechos sobre el pabellón. De hecho lo consiguió en parte, vendiendo el 49% de los Nets al taiwanés Joe Tsai, fundador del portal Alibaba. Conservaba así el control de los Nets, pero la seguridad que ofrece como propietario es a todas luces inestable y apenas otorga garantías de continuidad. Los Nets son otra especulación más que, bajo su prisma del capital, no consigue explotar.

La joya de la corona Spurs

San Antonio es la cuna de los entrenadores y los directivos en la NBA. Una cantera inagotable de formación de personas que, a base de exportar talento, a conseguido impregnar en el ADN de la propia NBA y de la mayoría de franquicias su filosofía.

Hasta dieciocho entrenadores han debutado como técnicos en la NBA habiéndose formado bajo el ala de Popovich. Y la genealogía se extiende si miramos a aquellos que también han debutado siendo asistentes de alguno de los pupilos de Popovich (como Kenny Atkinson o Quin Snyder, asistentes de Budenholzer en Atlanta, o Lloyd Pierce, asistente de Brett Brown en los Sixers). Entre los General Manager, hasta once formados en la “escuela Buford” ocupan o han ocupado un puesto en otra franquicia.

Entre ellos Sean Marks, la joya de la corona de los Spurs. Sus referencias, ya desde su etapa como jugador son excelentes. Jugó para Pat Riley en los Heat, para Popovich y Buford en los Spurs y para D’Antoni y Kerr en los Suns. Tras finalizar su carrera como jugador volvió a los San Antonio en 2012. Allí había pasado tres años, logrando el anillo de 2005, y regresó para convertirse en la mano derecha de Buford y en el General Manager de su equipo afiliado, los Austin Spurs de la actual G-League.

Marks incluso fue asistente de Gregg Popovich la temporada 2013-14 tras la marcha de los insustituibles Mike Budenholzer y Brett Brown. Nunca fue el puesto que quiso ocupar, pero las exigencias de guión le hicieron bajar a los banquillos, donde también demostró una capacidad innata de dirección justo el año en el que lograron su último anillo. Marks regresaría a los despachos junto a Buford la temporada siguiente y, en 2016, los Nets apostaron por él como General Manager tratando de relanzar su proyecto desde cero.

Desde entonces Marks ha logrado sanear una franquicia moribunda en solo dos años. Aún queda mucho camino en la reconstrucción, pero ya ha conseguido liberar espacio salarial para firmar dos agentes libres de primer nivel o traer jóvenes interesantes como D’Angelo Russell. Marks ha logrado montar un proyecto competitivo. Aún carente de talento y piezas, pero hambriento. Ha aprovechado las urgencias salariales de distintos equipos para robarles rondas de Draft y absorber contratos tóxicos gracias a su flexibilidad salarial. Ha jugado sus limitadas cartas con maestría buscando competir desde el primer día y no especular porque, con un Draft hipotecado, su única opción pasa por hacer un proyecto atractivo para estrellas que sean agentes libres.

Entre los escombros de los Nets empiezan a florecer ya los primeros reductos de esperanzas e ilusiones. Se empieza a forjar una nueva identidad nacida de su lucha y estoicismo. Esta vez sí, en su casa, en New York. Desde la otra punta del país ha llegado un emisario dispuesto a cambiar el rumbo de su historia. Un constructor formado en la mejor universidad del deporte: los San Antonio Spurs.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Wikimedia

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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