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Perfiles NBA

Markelle Fultz: el chico que se olvidó de tirar

Un número uno del Draft. Había cumplido el sueño de muchos. Pero comenzaba su pesadilla.

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“With the first pick, in the 2017 NBA Draft, the Philadelphia 76ers select… Markelle Fultz”. El comisionado Adam Silver, con estas esperadas palabras, daba el pistoletazo de salida a una de las historias más insólitas de la historia del baloncesto americano. Aquel 22 de junio Fultz se santiguaba mientras se levantaba de la mesa para saludar a su familia y a su entrenador, y se disponía a recoger la gorra que lo confirmaba como parte de la historia de la NBA. Un número uno del Draft. Había cumplido el sueño de muchos.

Sin perder ni un solo día, el 23 de junio, publicaba en “The Players Tribune” (un medio donde escriben los propios deportistas, ya con pleno derecho) su particular saludo a la ciudad de Philadelphia. Allí reconocía que Joel Embiid llevaba semanas escribiéndole, que la franquicia de los 76ers lo había acogido con todo el cariño desde el primer entrenamiento antes del gran día y que él era el verdadero creador del lema “Trust The Process”, porque su “proceso” hasta llegar allí había sufrido muchos contratiempos y requerido mucha paciencia, como el de Phila. Ahora, el de Maryland había culminado su viaje, y se disponía a concluir el de la franquicia.

El duro trabajo del base de 1’94 metros lo había situado casi por unanimidad en el número 1 del Draft. Nadie dudaba de que era el mejor de su clase, y su principal punto fuerte era el tiro. Los analistas alababan su capacidad para crear tiros casi desde cualquier ángulo y posición, su excelente rango y su decisión para convertir tiros punteados. El analista de la ESPN Mike Schmitz incluso llegó a calificar a Fultz de “un líder de franquicia, un futuro All-Star y un jugador alrededor del que construir un equipo”. Sus números como “Husky” en la Universidad de Washington así lo acreditaban. Promedió más de 23 puntos por partido, sumando además 5,7 rebotes y casi 6 asistencias por encuentro, con un acierto de más del 40% desde el triple. Estaba preparado para dominar la NBA.

Durante el verano, como nos contó “The Philly Voice”, se preparó para su salto al baloncesto profesional como lo había hecho durante toda su vida: de la mano de Keith Williams. Williams, que creció con la madre de Markelle, era su entrenador desde que tenía 7 años, y era como parte de la familia Fultz. Y aquí, antes siquiera de dar el primer paso como profesional, se empezó a quebrar su camino. Algunas voces decían que Fultz estaba intentando cambiar su mecánica de tiro para adaptarse a la línea de tres puntos de la NBA, prácticamente un metro más lejana que la de la liga universitaria (NCAA) de la que provenía.

Desde la franquicia insistían en que no había ningún interés en que el joven cambiara su forma de tirar que, aunque no perfecta, era muy aceptable (y sobre todo efectiva). Keith Williams reiteraba que no había motivo para cambiar una mecánica que funcionaba, pero en septiembre, a la hora de reincorporarse con los Sixers para la pretemporada, algo había cambiado. Cada una de las partes señalaba a la contraria, y Fultz empezaba a mostrar señales de que algo no iba bien. No estaba cómodo lanzando desde más allá de media distancia. Su tiro de 3 había desaparecido por completo. Simplemente no había una mecánica fluida. Ni antigua, ni nueva.

Mike Schmitz comparaba aquí su antigua mecánica en la universidad con la que presentó al inicio del “training camp”.

Después de estas alarmantes imágenes, el jugador salió en su propia defensa, alegando que “solamente quería probar cosas nuevas”, “prepararse para una línea de 3 más lejana”, y dejó ver que no habría problemas para recuperar el tiro que había maravillado a los Estados Unidos en su paso por la universidad y lo había catapultado al trono del Draft. Pero nada más lejos de la realidad.

Empezó la temporada un 18 de octubre, casualmente en Washington, y no anotó ni un solo punto desde fuera de la pintura. En los cuatro partidos que alcanzó a jugar, no tiró ningún triple. Promedió 6 puntos por partido con un 33,3% en tiros de campo y un salomónico 50% en tiros libres. El jugador que los Sixers habían elegido había desaparecido por completo. Seguía siendo atlético, muy preparado físicamente, pero tenía pánico al tiro exterior. El 23 de octubre jugó su último partido antes de ser apartado del equipo por una lesión en el hombro.

Mientras toda la NBA se preguntaba qué le pasaba al hombro de Markelle Fultz, su representante Raymond Brothers habló y subió el pan. Brothers declaró al periodista de la ESPN Adrian Wojnarowski que le habían sacado líquido del hombro a Fultz, y que éste no podía ni levantar los brazos para tirar a canasta. Horas después, y con todas las redacciones deportivas en llamas, el agente se retractó de sus declaraciones y aclaró que se le había aplicado una inyección de cortisona (algo relativamente normal para aplacar el dolor).

Como no podía ser de otra manera, los 76ers no escatimaron en recursos para averiguar qué le pasaba a Markelle, mientras la prensa se impacientaba y los aficionados temían otra lesión grave que apartara a su joven promesa de las pistas por tercer curso consecutivo (ni Joel Embiid ni Ben Simmons pudieron disputar su primera temporada en la liga debido a sendas lesiones). Finalmente, el médico especialista en lesiones de hombro Ben Kibler anunció que el novato sufría un “desequilibrio escapular” en el hombro derecho. Esto no le permitiría coordinar todos los músculos necesarios para levantar tiros como lo solía hacer.

Ante la rareza de la lesión, para la que no había ni plazo de recuperación concreto ni tratamiento específico, los Sixers optaron (a toro pasado, mal) por mantener el optimismo. Para diciembre, tras un mes de recuperación, el novato se habría recuperado, según la franquicia, de su problema, y a principio de 2018 el equipo lo declaraba listo para volver a los entrenamientos habituales a pesar de mantener un trabajo específico con él. Para entonces, ya no quedaba ni rastro de su tiro.

Fultz se había recuperado de la lesión que le provocaba esos problemas para lanzar, pero no había solucionado precisamente estos problemas. Definitivamente algo había ido mal en su “otro proceso”, y el propio jugador se lo confirmó a Caron Butler en una entrevista a principios de febrero. Después de varios meses sin ninguna declaración pública del jugador y unas escasas e inconcretas actualizaciones por parte del equipo, ‘Kelle confesaba que había tenido que “volver a aprender” algunos movimientos básicos del baloncesto (por supuesto, el tiro). En esa misma entrevista, Butler introdujo un término nuevo para referirse a la lesión, que desató otra serie de especulaciones y posibles explicaciones sobre la misteriosa dolencia que había hecho olvidar a Fultz cómo tirar a canasta: “disquinesia escapular”.

Parecía otra forma de decir lo mismo, pero realmente el primer diagnóstico (el desequilibrio, que ya estaba sanado) podría haber provocado el segundo (la disquinesia), una lesión neuronal que impedía a los músculos del hombro actuar según las instrucciones del cerebro del jugador. Por tanto, cada intento de tiro era una nueva forma imposible de retener y copiar. Tres días después, el entonces General Manager Brian Colangelo declaró que “no había daño estructural en el hombro de Fultz”, y soltó la bomba: nadie sabía cómo se había producido esa lesión.

Desde que se comprobó que las previsiones de que el jugador volviera para año nuevo no eran ciertas, la franquicia de Pennsylvania lo intentó literalmente todo para intentar curar a un chico de 19 años que se había visto envuelto en una pesadilla inédita. Fultz entrenó con tecnología de realidad virtual para intentar recuperar la memoria desde una perspectiva distinta y trabajó personalmente con el exjugador Mahmoud Abdul-Rauf para que mantuviese el foco en el joven. Incluso cambiaron su sitio en el vestuario para colocarlo al lado de JJ Redick, uno de los líderes veteranos del equipo y el mejor tirador de Phila, para intentar reencaminar la mente del novato hacia lo que había demostrado ser.

Tras cinco meses de duro trabajo, tanto o más mental que físico, Markelle Fultz consiguió volver para finalizar la temporada de los Sixers. Jugó los últimos 10 partidos después de haberse perdido 68, reapareciendo el 26 de marzo ante los Denver Nuggets. Phila ganó cada uno de esos diez encuentros, pero el número uno del Draft no volvió a ser él mismo. Tan solo un intento de tres puntos (errado) y nueve viajes a la línea de libres, de los que convirtió cuatro (44,4 %).

Aun así, el 11 de abril concluiría la temporada regular haciendo historia, superando a su compañero de Draft, el número 2 Lonzo Ball, al ser el jugador más joven de la historia de la liga (y el primero con menos de 20 años) en hacer un triple-doble. Fultz anotó 13 puntos, atrapó 10 rebotes y repartió 10 asistencias en la victoria de su equipo contra los Milwaukee Bucks, la 16ª consecutiva. El novato y la afición se quedaban con el dulce final de una temporada amarga que parecía augurar el final del calvario.

A partir del minuto 1:24 se puede ver la celebración, tanto por parte de la grada del Wells Fargo Center como de sus compañeros de equipo, tras el triple-doble.

Como no podía ser de otra forma, Fultz ha seguido trabajando durante este verano para volver a ser el de Washington. Para ello, empezó a trabajar con Drew Hanlen, un reconocido especialista en entrenamientos de alta intensidad que se ha consagrado entre las estrellas de la liga, y llegó a tener hasta tres sesiones diarias con él. El 20 de septiembre, en una entrevista conjunta con Isaiah Thomas, indicaba que, definitivamente, estaba de vuelta.

Tardó dos encuentros, hasta el partido contra Chicago Bulls el 18 de octubre, en anotar el primer triple de su carrera NBA, ya durante su segunda temporada en la liga. Poco a poco cogía confianza, y finalizado el mes de octubre había ejecutado 13 tiros desde más allá del arco y había anotado 4. Nada mal para alguien que había tenido que (volver a) aprender a lanzar hace menos de un año. Y cuando parecía que el camino estaba reconstruido, volvió a suceder.

Como si la culpa fuese del calendario, llegó noviembre y Markelle Fultz dejó de tirar triples de nuevo. Misteriosamente había vuelto a temer a la línea de 3. Hanlen, su entrenador, intentó defenderlo diciendo que todavía tenía dolor, pero esa cantinela ya no cuela en Philadelphia. Y después tuvo lugar el desencadenante final de la historia. El maldito tiro libre:

Tras esta acción, todo el polvo que se había asentado se volvió a levantar sobre la figura de Fultz. De nuevo tenía problemas, de nuevo no podía tirar cómodamente. ¿Habría que volver al punto de partida? No lo sabrá de primera mano Drew Hanlen, que vio rota su relación con el jugador días después de esto.

Nada más finalizar el partido ante los Phoenix Suns del pasado 19 de noviembre, en el que Fultz solo disputó 7 minutos, se confirmaba que el jugador estaría de nuevo apartado del equipo para visitar a los doctores. Esta vez al dolor de hombro lo acompaña un extraño dolor de muñeca, que en teoría habría sido el causante del tiro libre fatídico ante Miami Heat. Por desgracia, a esta nueva (o vieja) lesión la acompañan rumores de traspaso, tanto por parte del jugador como de la franquicia. Sea como sea, la paciencia del entorno del damnificado es cada vez menor, y eso debe afectar de todos los modos negativos posibles a su tratamiento.

Según la NBC, los Sixers ya no cuentan con él a largo plazo. Según The Athletic, él mismo habría pedido cambiar de aires, aunque su agente se apresuró a desmentirlo en la ESPN para afirmar que la única preocupación ahora mismo es la recuperación del base. La única verdad irrefutable es que hay un chico de 20 años llamado Markelle N’Gai Fultz, número uno del Draft de 2017, que está sufriendo por su presente, y ahora también por su futuro.

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NBA

Exponiendo el ‘Fenómeno Cowens’

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”.

jakonako10@gmail.com'

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Dave Cowens es, posiblemente, uno de los componentes de la prestigiosa lista de los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA que menor interés y entusiasmo despierta entre los seguidores de la mejor liga de baloncesto del planeta.

En una década dominada por auténticas leyendas de los tableros como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar, Bob McAdoo, Bill Walton, Elvin Hayes o Nate Thurmond, Cowens nunca poseyó el aura de estrellato de sus contemporáneos pese a combatir de tú a tú con todos ellos tanto en premios colectivos como en distinciones individuales.

Su conocimiento del juego, su ética de trabajo, su versatilidad y energía en la cancha lo convirtieron no solo en uno de los ‘5’ más determinantes y respetados de la época, sino que incluso, en muchos momentos, hizo olvidar la ausencia del jugador que había conquistado su undécimo campeonato con los Celtics apenas unos años antes de su llegada a la liga: Bill Russell.

Más allá de sus éxitos como jugador, Cowens era una figura particularmente extravagante e impredecible, notablemente despegada de la masificación multitudinaria de una NBA que, por otro lado, no pasaba por sus mejores años.

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”, reconocería el exjugador en 1991 durante la ceremonia en la que sería incluido en el ilustre Hall Of Fame. Una frase que resumiría el carácter humilde de un jugador que, a base de una entrega y una fortaleza inconmensurables, se ganaría el respeto de toda la afición de Boston y de sus compañeros de equipo, así como de la gran mayoría de sus rivales repartidos por todos los rincones de la geografía norteamericana.

Curiosamente, y como tantos otros jugadores cuyos testimonios han dado constancia de ello, la vida de Cowens podría haber seguido unos derroteros completamente distintos. Con apenas ocho años de edad, el pequeño Dave dio sus primeros pasos en el mundo de la canasta aunque un enfrentamiento con su entrenador durante su primer año de instituto en la Newport Catholic le hizo abandonar prematuramente el baloncesto para dedicarse al atletismo y la natación.

Su trayectoria deportiva amenazaba con seguir por esta nueva senda y con mínimas opciones de salir de su ciudad natal en el estado de Kentucky de no ser por un sorprendente crecimiento de 13 centímetros en apenas un año, tras lo cual alcanzaría los casi dos metros de estatura.

Una figura mucho más intimidante, curtida durante sus exigentes entrenamientos en ambas disciplinas deportivas, que le abrió de nuevo las puertas del equipo de baloncesto coincidiendo con la llegada de un nuevo entrenador.

El nacimiento del fenómeno

En apenas dos partidos, el novato se ganó la confianza de su técnico y su presencia inamovible en el quinteto inicial. Sus 13 puntos y 20 rebotes de promedio durante su último año ya auguraban un prometedor futuro que se confirmaría años después en la élite norteamericana fruto de su destreza cerca del aro.

El ‘Fenómeno Cowens’ se hallaba en plena ebullición y no pocas fueron las universidades que mostraron interés en reclutar a una de las mayores promesas del país. Sin embargo, la Universidad de Kentucky del legendario coach Adolph Rupp, destino que anhelaba el imberbe Cowens, nunca llegó a llamar a su puerta. Especialmente dolido ante la indiferencia exhibida por el equipo de su estado natal, el jugador optó por hacer las maletas rumbo a la Universidad de Florida State, donde su entrenador Hugh Durham, con quien cuajaría una gran amistad, le prometió la titularidad desde el primer minuto.

El center respondió a esta confianza con creces con unos números globales de 19.2 puntos y 17.0 rebotes en sus tres años con los Seminoles, quienes, sin embargo, no llegaron a firmar ninguna aparición en el torneo final de la NCAA. Su dorsal número 13 es, a día de hoy, el único, en el apartado masculino, que ha sido retirado por la institución deportiva en sus más de cien años de historia.

Su extraordinario rendimiento no pasaría desapercibido en los despachos de Boston. Red Auerbach, todo un maestro en las artes del baloncesto y un genio a la hora de reclutar talento para su equipo, no dudó ni un segundo en seleccionar a Cowens en la cuarta selección del Draft de 1970 en su difícil propósito de hacer olvidar a toda una institución en el lugar como lo fue Bill Russell, retirado un año antes.

Por enésima vez en su carrera, la excelsa intuición de Red dio en la diana con un jugador que, nada más aterrizar en la competición, recibiría el premio al Rookie del Año tras promediar 17.0 puntos y 15.0 rebotes por noche. Unos números que mantendría inamovibles durante sus siete siguientes temporadas en la competición, durante las cuales sería elegido para disputar el All-Star Game en todas y cada una de ellas, además de recibir el galardón al MVP de la temporada en 1973. Aún así no sería hasta un año después cuando la gloria aterrizara de nuevo en Boston en modo de duodécimo campeonato.

En aquellas Finales de 1974, Cowens escribió uno de los capítulos más recordados de su carrera. En el séptimo y definitivo partido, con la cancha de los Bucks de un tal Lew Alcindor como escenario de lujo, el interior dio un auténtico recital en ambos lados de la cancha que se saldó con un doble-doble de 28 puntos y 14 rebotes, y, principalmente, una victoria que devolvía a los Celtics a lo más alto del pabellón baloncestístico norteamericano.

Dos años después, con un tropiezo en medio ante los Washington Bullets de Wes Unseld y Elvin Hayes, los Celtics recuperarían el trono de la NBA tras vencer a Phoenix Suns en unas Finales que se prolongaron hasta el sexto partido y en las que Cowens fue uno de los principales referentes de su equipo con unos números de 21.0 puntos y 16.4 rebotes por partido.

El declive

Sin embargo, ese nuevo campeonato supuso el comienzo del fin de la carrera del de Ketucky. Ese mismo verano, la salida de su gran amigo Paul Silas rumbo a Denver no sentó nada bien a un Cowens que se reunió con Auerbach para comunicarle su “pérdida de entusiasmo por el juego.” Una situación que desencadenó en una de las anécdotas más excéntricas del jugador. Después de confirmar su marcha del equipo al gerente y despedirse de sus compañeros, Dave regresó a su granja familiar para iniciar un negocio de venta de árboles de Navidad.

Curiosamente, apenas unos meses antes había sido protagonista de una historia que el mismo relataría años después a ESPN. Aprovechando la llegada a Boston de un gran amigo de la infancia, el pívot de los Celtics tuvo una idea tan original como excéntrica para mostrarle la ciudad a su invitado. Ni corto ni perezoso, Cowens acudió a una oficina de la Asociación de Taxistas Independientes de Boston y compró, por la módica cantidad de 35 dólares, una licencia profesional. Sería taxista por una noche.

Durante toda la noche, el jugador guió a su amigo por los rincones más emblemáticos de la ciudad e incluso se atrevió a llevar a algunos transeúntes a su lugar de destino. “Hicimos algunos trayectos largos por la ciudad. Nadie me reconoció”, reconocería entre risas durante la entrevista.

Volviendo al caso, ya sea por el mal rumbo del negocio o por la creciente nostalgia del caluroso ambiente del legendario Boston Garden, el periplo emprendedor de Cowens apenas duraría unos meses, tras lo cual regresaría al equipo para completar 50 partidos ese año y otras tres temporadas más en la franquicia de Massachussets.

Unos Celtics que no duraron en honrar a una de las grandes estrellas de su historia con la retirada de su dorsal número 18, el cual ondea en lo más alto del pabellón del equipo junto al de ilustres como Bill Russell, Larry Bird, Bob Cousy o los propios Jo Jo White, John Havlicek y Red Auerbach.

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NBA

Gigantes a hombros de gigantes

Antes de Antetokounmpo y Doncic, antes incluso de Nowitzki y Petrovic, hubo un pionero que desafió a toda una liga. El primer europeo de la historia de la NBA.

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Los galardones de final de temporada tienen este año, más que nunca, sabor europeo. Por primera vez en la historia de la liga, el jugador más valorado y el novato del año vienen desde el otro lado del charco. Los más valientes pueden opinar que los europeos (o al menos los no-americanos) están reinando en la NBA. El griego Giannis Antetokounmpo ha deslumbrado al planeta entero con su potencia y capacidad atlética fuera de lo normal. Luka Doncic, esloveno, al que ya habíamos visto hacer de las suyas en Europa, ha maravillado a la liga americana a pesar de las dudas que suscitaba a ambos lados del Atlántico. Además, en la misma temporada, Marc Gasol, Serge Ibaka, OG Anunoby y Sergio Scariolo se han llevado a casa (en Europa) un anillo de campeones de la NBA.

Ya no recordamos los tiempos en los que ver a un europeo partir hacia la gran liga era todo un hito, cuando los primeros hicieron historia. En nuestra memoria está un imberbe Pau Gasol haciendo un mate por la línea de fondo y poniendo en el póster a Kevin Garnett, está Jorge Garbajosa levantándose desde el triple con el 15 de los Raptors en la espalda y también Rudy Fernández en el concurso de mates con la camiseta de Fernando Martín. Pero antes que todos ellos, antes que Sabonis, que Drazen Petrovic y que Dirk Nowitzki, estuvieron los pioneros, los que abrieron el camino desde el viejo continente hacia las américas. Esos gigantes a los que nuestros gigantes están encaramados.

Algunos, alumnos aventajados nacidos en Europa, recorrieron ese camino años antes, en su etapa universitaria o prácticamente de niños, y pusieron las primeras notas europeas en la liga. A partir de principios de la década de los 80 se instalaron nombres como Uwe Blab o la leyenda alemana Detlef Schrempf. También los pívots Swen Nater (neerlandés) y Petur Gudmundsson (islandés) estuvieron en la NBA después de la transición desde la ABA en 1976. Aun así, todavía nadie había visto a un jugador ser fichado o drafteado directamente desde un equipo europeo. Hasta que ocurrió.

La técnica del goteo

Georgi Glouchkov asfaltó el camino en 1985. El primer europeo en partir hacia la NBA era pívot, búlgaro y firmaba con los Phoenix Suns tras ser elegido por los de Arizona en la séptima ronda del Draft de ese mismo año. La primera intentona, como suele ocurrir con los experimentos, no salió según lo esperado. Glouchkov (2,05 m) era demasiado pequeño para jugar en su posición natural, y demasiado lento para la línea exterior. Además, ganó mucho peso durante esa temporada, y al año siguiente tuvo que regresar por donde había venido, dejando una discreta marca de 4,9 puntos y 3,3 rebotes de media en los 49 partidos que jugó, pero también una huella histórica que abriría la puerta a la otra mitad del mundo del baloncesto.

El siguiente expedicionario nos es muy familiar. El primer español en la NBA, y también el segundo europeo que cruzó el océano para jugar al baloncesto. Fernando Martín se aventuró en la temporada 1986/87 de la liga americana y, como su predecesor, no tuvo el éxito que todo nuestro país deseaba. Martín tuvo un papel muy testimonial en aquella temporada, jugando solo 24 encuentros a razón de 6 minutos por cada uno. El pívot madrileño también regresó al año siguiente a España y, solamente dos años después de aquella gesta histórica, un fatal accidente de coche nos dejó sin el mayor héroe del mundo baloncestístico nacional del siglo XX.

Tarde o temprano, alguien venido del este tenía que triunfar. La mejor liga del planeta no podía ser propiedad exclusiva de los americanos para siempre y, finalmente, a la tercera, haciendo caso al tópico, llegó la vencida. Sarunas Marciulonis, un escolta en aquel entonces soviético, dejó el Statyba Vilnius en 1989 para mudarse a California. Los Golden State Warriors lo esperaban desde hacía dos años, ya que lo habían drafteado en la sexta ronda de 1987. Marciulonis se hizo de rogar, pero finalmente se decidió a intentar hacer historia entre los mejores. Estuvo durante cuatro temporadas en la bahía, y se adaptó al rol de sexto hombre a la perfección. Compartió vestuario con leyendas como Tim Hardaway y Chris Mullin, y entre sus dos últimas temporadas promedió más de 18 puntos por encuentro, siempre desde el banco.

Cuando estaba en la cresta de la ola y ya se había consolidado como el primer aventurero europeo que había conseguido triunfar en la NBA, el azar quiso que un día, jugando en la universidad de Saint Mary, se rompiese el ligamento cruzado de la rodilla. Cuando el New York Times lo anunció ya preveían que se podía perder toda la temporada 1993/94, después de haber sufrido pequeñas lesiones durante la anterior campaña que le permitieron jugar, aunque a gran nivel, solamente 30 partidos. El “sueño americano” se había roto, e iba a necesitar una temporada entera para recuperarlo. Por desgracia, los Warriors dejaron de contar con él, y los últimos tres años de carrera NBA fue saltando por los Sonics, los Kings y los Nuggets, dejando un buen rendimiento pero también mal sabor de boca por “lo que pudo ser”.

Marciulonis no fue otra historia de mala suerte con las lesiones. El primer europeo en triunfar en la NBA, poco antes de que Drazen Petrovic revolucionara Nueva Jersey, demostró que era una buena opción para las franquicias americanas buscar el talento al otro lado del Atlántico. En 2014, la NBA lo reconoció como uno de los pioneros y lo introdujo en el Hall of Fame, en el que ya figuraban los nombres de Petrovic (2002) y Arvydas Sabonis (2011). Además, su notoriedad aumentó fuera de las canchas, ya que estuvo muy involucrado en el crecimiento baloncestístico de Lituania una vez se deshizo la URSS.

Sarunas Marciulonis es el responsable de la creación de la liga de baloncesto lituana, la actual LKL, y fue uno de los principales impulsores de la primera selección nacional. Contando con que Lituania consiguió la independencia en 1990, y en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 consiguieron la medalla de bronce, podríamos decir que el país báltico está muy en deuda con él en este aspecto. Pero más allá de eso, el valor simbólico de este jugador es histórico. Él extendió la alfombra para que pasara Toni Kukoc hasta ganar el título de Mejor Sexto Hombre en 1996. Él separó las aguas para que Dirk Nowitzki se conviertiese en el primer MVP europeo de la historia de la liga en 2007, y también para que Pau Gasol fuese el primer Rookie del Año europeo en 2002.

Justo ahora, en los Dallas Mavericks, Nowitzki entrega el testigo a Luka Doncic. Cada vez hay más jugadores que triunfan en la liga americana después de haber iniciado su carrera en Europa. Giannis, que estuvo a punto de jugar en el CAI Zaragoza (y la ACB lo presentaba como “Adetocunbo”), recoge ahora el Maurice Podoloff con la expectativa de ser uno de los jugadores más dominantes de la liga en los próximos años. Los hermanos Gasol, Dirk, Antetokounmpo, Jokic… Todos son gigantes subidos a hombros, entre otros, del legado de Marciulonis.

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Perfiles NBA

Daniel Biasone, el santo patrón de la NBA

1918. Un barco llega a la Isla de Eli cargado de inmigrantes europeos que huían de la Primera Guerra Mundial. En él viajaba la familia Biasone.

Andres.weiss99@gmail.com'

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Al Campanie / The Post-Standard / Syracuse.com

La vida en Miglianico, un pueblo que se encuentra a unos kilómetros de distancia del Adriático y que pertenece a la provincia de Chieti, transcurre con tranquilidad. La gente del lugar dedica su día y su noche a trabajar en el campo, sin olvidarse de seguir desarrollando los cultivos que, históricamente, pertenecen a la tradición de esta región, y que tinta de tonalidades monótonas y sencillas el discurrir del tiempo. El buen clima acompaña a la gente que pasa su vida en este pequeño poblamiento que a día de hoy no llega a los 5000 habitantes, y que además observa los Apeninos con todo su esplendor con cada amanecer.

El Abruzzo, la región que da nombre al vino que aquí se cultiva, es el hogar del 75% de las especies animales que se encuentran en el continente europeo, y se conoce como la “Región verde de Europa”. Una región en la que el tiempo no pasa, en la que la calma toma la actividad de las gentes de a pie, que se dedican a esquivar los problemas derivados del cultivo en la incomodidad del terreno. Y tal y como describió Primo Levi en 1883, en su libro “Abruzzo, forte e gentile”, el terreno describe a su gente, y a su historia. Una historia que les ha moldeado, y caracterizado, como un pueblo que sigue para adelante sin tener en cuenta todo lo que sucede alrededor, o en sus propias fronteras. Por no hablar de lo que pasa a 6986 kilómetros de distancia.

Y es que a 4341 millas de la villa italiana, hace poco más de un siglo, un efecto cercano al conocido “Efecto mariposa” comenzaba, cuando Leo Biasone arribaba a Syracuse, que tomó el conocimiento que venía de Europa para establecer una comparativa entre esta tierra del norte de Nueva York y una pequeña localidad de la isla de Sicilia, para dotarle de un nombre a la nueva tierra descubierta en Norte América. Una llegada que se produjo en 1913, 5 años antes de que la historia del baloncesto profesional cambiase para siempre, sin siquiera haber comenzado a florecer.

Estamos en 1918, cuando un barco llega a Ellis Island, conocida en España como “La Isla de Eli”, lugar de llegada habitual para los inmigrantes que partían de distintos puntos de Europa, y recibían una inscripción previa antes de poder comenzar una nueva vida desde cero. En este barco, que se halla repleto de migrantes italianos, hay muchas familias que, por lo difícil que es la vida en Europa a posteriori de la 1ª Guerra Mundial, tratan de encontrar un nuevo hogar en el que arraigar sus tradiciones y linajes.

Y este es el caso de los Biasone, que llegaban a Estados Unidos con la madre, Bambina, como cabeza de familia. Por ello, cuando se queden atrapados aquí durante varios días de letargo y sopor debido a un brote de gripe que preocupaba a las autoridades norteamericanas y que les hacía pensar en la deportación de los recién llegados, la esperanza no desaparecerá del ánimo de los jóvenes Biasone. Joseph y Danny escuchaban insistentemente a su madre decir que sabía que su padre aparecería, tal y como acabó sucediendo tras unos pocos días que asemejaron ser toda una vida.

Danny, que tenía 10 años cuando llega a Estados Unidos, apenas recordaba a su padre, pues habían estado 5 años sin verle. Entonces, haciendo honor a sus orígenes, se establecen en Syracuse, pues no estaban muy contentos con la idea de vivir en “la gran ciudad” que suponía mudarse a Nueva York. Este rechazo, este recelo, será algo que le acompañará durante toda la vida, y uno de los motivos por los que comenzará a estar ligado, casi 30 años después de su llegada, al baloncesto profesional.

Damos un salto en el tiempo en nuestro DeLorean particular, llegando hasta 1946, año 0 en la relación de Biasone y el baloncesto. Y es que Danny, que había sido una estrella de Instituto jugando de “Quarterback”, nunca se había dedicado al baloncesto profesional, y había tomado caminos en la vida que no estaban asociados al deporte.

Emprender, crecer y convertirse en leyenda

En 1936 compró y abrió un restaurante, y 5 años después se hizo con el local que acabaría transformando en bolera, su verdadero hogar a lo largo de toda su existencia. Y, casi como si estuviera previsto, 10 años después de lanzarse al mundo de las inversiones, realizó una jugada maestra que cambiaría el mundo del baloncesto para siempre. Con 1.000$ en las manos, cantidad que probablemente le costó sudor y sangre ahorrar e invertir, saltó al vacío y le dio a Syracuse lo que le había prometido. Compromiso adquirido tras la negativa de los Rochester Royals de disputar un partido en la localidad de Nueva York, fundando en 1946 los Syracuse Nationals, que entrarían a competir en la National Basketball League.

Esta cifra, la de los 1.000$, que con el foco de la actualidad parece minúsculo, resulta incluso difícil de comprender tras el pertinente cálculo de la inflación que ha habido tras más de 50 años. Y es que esos 1.000$, en 2019, habrían sido una ínfima cantidad de 13.000$, cifra cuanto menos ridícula en comparación con los 2 mil millones que se pagaron por los Rockets o los Clippers hace menos de 5 años.

El nombre, por cierto, de Nationals llegó como otro compromiso a añadir al objetivo de dotar a la ciudad de un equipo profesional del que pudieran sentirse aficionados, propios y orgullosos. Y es que les dio ese apodo pues su primer y único objetivo era hacer campeones -nacionales- al equipo que acababa de fundar. Dándose cuenta años más tarde de que esto no sería posible si continuaban en la NBL, pues era una liga de ciudades y regiones pequeñas, que acabó siendo absorbida por la Basketball Asociation of America (BAA) en 1949, conformando la NBA que conocemos a día de hoy.

Y aunque era consciente del bajo nivel de la competición, pues Lester Harrison -dueño de los Royals- se había encargado de asegurárselo por activa y por pasiva, él decidió continuar en la liga que le había acogido en primer lugar, y aceptar la fusión que se llevó a cabo en el último año de la década de los 40.

El estilo de Daniel Biasone a la hora de llevar el negocio era diferente al resto de propietarios. Es decir, muy diferente. Él era de un pequeño pueblo, con pequeñas aspiraciones y negocios a su altura y al nivel de sus expectativas, y por eso siempre se había decantado por Syracuse, por la cercanía de la “familia”. Un lazo que creó con los jugadores que visitaban su hogar. Que tomaban de su comida. Y que formaban parte de su rutina diaria en la bolera o sobre la pista de baloncesto.

Cuentan (Syracuse.com) que cuando Dolph Schayes le reclamó 7.500$ en su contrato rookie las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, pues Schayes estaba llamado a dominar la competición sin miramientos y no podía dejar que Nueva York, la gran ciudad, ese símbolo contra el que siempre había peleado, le ganara la partida. Pero finalmente lo consiguió. Y juntos formaron una pareja que cambiaría la NBA para siempre.

Biasone y su esposa no dejaron hijos, pero sí un legado que no podrá ser borrado ni olvidado nunca. Y Schayes lo sabía. Este es el motivo de que su hijo, Danny, recibiera su nombre. La cercanía en la vida de Biasone lo era todo. Al igual que el baloncesto.

El baloncesto, una especie en peligro de extinción en los años 50

Por ello, cuando entraron en la recién nacida competición que recibió el apelativo de NBA el objetivo continuó siendo el mismo. Y muy cerca estuvieron de conseguirlo en su primer intento, si no llega a ser por el legendario George Mikan. Los Minneapolis Lakers, que habían acabado con el segundo mejor porcentaje de victorias de la competición, pues el primero lo ostentaban los Nationals, llegaban como favoritos tras haber logrado imponerse en la NBL 2 años antes y en la BAA el año previo.

No era para menos. Mikan había conseguido sumar 27 puntos por noche siendo el máximo anotador de los 17 equipos que aquí se encontraban, y estaba bien rodeado de compañeros eficientes como Jim Pollard o Vern Mikkelsen. En cambio, los Nats’ tenían un bloque de buenos jugadores pero Schayes todavía no había explotado todo su potencial de súperestrella.

Y tal y como se esperaba, los Lakers vencieron 4 a 2 en las primeras Finales de la historia de la NBA. Mikan, que llegó a promediar más de 32 puntos durante la eliminatoria, anotó 40 puntos en el último encuentro de la serie, certificando en un partido de proporciones históricas la victoria de su equipo. Y cerrándole las puertas “en la cara” a unos Nationals que ya se habían visto con su objetivo cumplido en la punta de los dedos.

Tras este curso la liga bajó a 11 equipos la temporada siguiente, empezó a perder popularidad y audiencia y los pabellones -o locales “de segunda” en los que se jugara- ya no se llenaban con tal facilidad. Y Biasone tenía la causa, y la solución, con claridad en su mente. El baloncesto se había convertido en un pasatiempo aburrido.

Bases muy bien dotados para el juego, como Bob Cousy o Andy Philip, no hacían más que driblar en los últimos cuartos de los partidos una vez conseguían una ventaja en el marcador, y solamente soltaban la pelota cuando recibían una falta del contrario, y se dirigían a la línea de la personal a agrandar esta distancia a base de tiros libres.

El mejor ejemplo de este problema tuvo lugar precisamente cuando los Minneapolis Lakers de Mikan se enfrentaron a los Fort Wayne Pistons en noviembre de 1950. Este partido, que se saldó con un tanteo mínimo en toda la historia de la competición de 19 a 18 favorable para los de Michigan, solamente contó con 8 tiros de campo anotados en total. Teniendo en cuenta que únicamente había canastas de dos puntos, y que esto confirma que 16 puntos fueron completados en juego… 21 puntos vinieron desde el tiro libre.

Pero este no es el único caso destacable, para mal. Y es que 3 años después, en 1953, con los Nationals y los Celtics como protagonistas, el “aburrimiento” se apoderó de una serie que se presuponía iba a ser entretenida. El partido, que acabó con un Cousy por encima de los 30 puntos solamente desde los libres, tuvo 106 faltas señalizadas y 128 tiros libres intentados. Un año más tarde, como punto definitivo a añadir, Syracuse estuvo presente en otro terrible partido de PlayOffs en el que los tiros libres le ganaron la partida a las canastas 75 a 34.

Biasone, por tanto, sabía de lo que hablaba. Había vivido en sus carnes como propietario el declive de algo que todavía no había acabado de arrancar y que podía vivir un final absolutamente prematuro si no se le ponía una solución de inmediato. Y esa solución era ponerle un “tiempo” a los partidos, más allá de que contaran con su propia duración.

La revolución “italiana” de 1954

El cálculo fue sencillo, o eso le parecía a él, que había visto como a Howard Hobson se le había hecho imposible que le tomaran en serio cuando en Yale propuso que los partidos universitarios recibieran una limitación de 30 segundos por posesión. Danny, que se dio cuenta de que cada partido tenía una media estimada de 120 lanzamientos, introdujo estos 60 tiros por equipo en los 2880 segundos que tenía el partido, dando así con una media de un lanzamiento por cada 24 segundos.

Este cambio, aparentamente sencillo, no gustó entre los “grandes” propietarios, millonarios escépticos que se estaban jugando sus inversiones con un cambio sin precedentes. Pero como no tenían otras opciones, al final acabaron aceptando esta decisión en 1954, pero no sin pelear. Tras la exposición de sus argumentos en la reunión que tenía lugar en Nueva York cada verano, Daniel Biasone se dio cuenta de que sus compañeros todavía no estaban del todo seguros. Esto desencadenó que se realizara una “prueba amistosa” que demostrase el cambio a positivo que supondría esto. Una prueba acabó siendo todo un éxito.

Era 10 de agosto, en Syracuse, y el calor húmedo de Nueva York asolaba como nunca se había visto. Entonces, en el norte de la ciudad, en el Vocational High School, 10 propietarios entraron en un campo en el que había un grupo de 10 jugadores que se someterían a la prueba, y así comprobar cuán efectiva resultaba esta solución. Dolph Schayes y Paul Seymour, integrantes de los Nationals, se encontraban entre estos 10 nombres.

El partido transcurrió rápido, se intentaron muchos tiros, hubo muchas posesiones y, lo más necesario, espectáculo. El encuentro nunca se paró, los jugadores corrían de un lado para otro sin parangón y cuando se acercaban al final de la posesión, el italiano se encargaba de recordar que tenían que efectuar un lanzamiento contando los últimos 5 segundos a voz en grito. Y así consiguió demostrar que era justo lo que necesitaban.

Esa campaña el promedio anotador pasó de 79 a 93 puntos, lo que supuso una mejora del 18%, y la cantidad de conjuntos que sobrepasaron los 100 puntos en la post-temporada se elevó de 3 a 18. 3 años más tarde, todos los equipos promediaban más de una centena de tantos por noche, habiendo sido los Celtics de Red Auerbach los primeros en hacerlo. Un hombre, el verde, que reclamó toda su vida que Biasone debía tener su sitio en el Olimpo de la NBA.

La revolución temporal había llegado, la liga despegó, y el espectáculo no ha decaído desde entonces. Y todo gracias a la idea de un italiano bajito que, tomando las propias palabras del otrora comisionado Maurice Podoloff, es el Santo Patrón de la NBA, pues llegó con una idea única y acabó salvando la competición.

Y como todas las historias, las buenas historias, a Daniel Biasone aún le esperaba un logro más, un hecho que acabara de certificar que todo lo que siempre había pretendido había sido logrado. Ya que en la misma campaña en que “su” reloj se implementó, su Syracuse se hizo con su primer y único título de campeones. Al final, los Nationals acabaron haciendo honor a su nombre, y a su hombre, una santidad que salvó la NBA sin pedir nada a cambio.

Fuentes: New York Times / NBA.com / Syracuse.com

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