“With the first pick, in the 2017 NBA Draft, the Philadelphia 76ers select… Markelle Fultz”. El comisionado Adam Silver, con estas esperadas palabras, daba el pistoletazo de salida a una de las historias más insólitas de la historia del baloncesto americano. Aquel 22 de junio Fultz se santiguaba mientras se levantaba de la mesa para saludar a su familia y a su entrenador, y se disponía a recoger la gorra que lo confirmaba como parte de la historia de la NBA. Un número uno del Draft. Había cumplido el sueño de muchos.

Sin perder ni un solo día, el 23 de junio, publicaba en “The Players Tribune” (un medio donde escriben los propios deportistas, ya con pleno derecho) su particular saludo a la ciudad de Philadelphia. Allí reconocía que Joel Embiid llevaba semanas escribiéndole, que la franquicia de los 76ers lo había acogido con todo el cariño desde el primer entrenamiento antes del gran día y que él era el verdadero creador del lema “Trust The Process”, porque su “proceso” hasta llegar allí había sufrido muchos contratiempos y requerido mucha paciencia, como el de Phila. Ahora, el de Maryland había culminado su viaje, y se disponía a concluir el de la franquicia.

El duro trabajo del base de 1’94 metros lo había situado casi por unanimidad en el número 1 del Draft. Nadie dudaba de que era el mejor de su clase, y su principal punto fuerte era el tiro. Los analistas alababan su capacidad para crear tiros casi desde cualquier ángulo y posición, su excelente rango y su decisión para convertir tiros punteados. El analista de la ESPN Mike Schmitz incluso llegó a calificar a Fultz de “un líder de franquicia, un futuro All-Star y un jugador alrededor del que construir un equipo”. Sus números como “Husky” en la Universidad de Washington así lo acreditaban. Promedió más de 23 puntos por partido, sumando además 5,7 rebotes y casi 6 asistencias por encuentro, con un acierto de más del 40% desde el triple. Estaba preparado para dominar la NBA.

Durante el verano, como nos contó “The Philly Voice”, se preparó para su salto al baloncesto profesional como lo había hecho durante toda su vida: de la mano de Keith Williams. Williams, que creció con la madre de Markelle, era su entrenador desde que tenía 7 años, y era como parte de la familia Fultz. Y aquí, antes siquiera de dar el primer paso como profesional, se empezó a quebrar su camino. Algunas voces decían que Fultz estaba intentando cambiar su mecánica de tiro para adaptarse a la línea de tres puntos de la NBA, prácticamente un metro más lejana que la de la liga universitaria (NCAA) de la que provenía.

Desde la franquicia insistían en que no había ningún interés en que el joven cambiara su forma de tirar que, aunque no perfecta, era muy aceptable (y sobre todo efectiva). Keith Williams reiteraba que no había motivo para cambiar una mecánica que funcionaba, pero en septiembre, a la hora de reincorporarse con los Sixers para la pretemporada, algo había cambiado. Cada una de las partes señalaba a la contraria, y Fultz empezaba a mostrar señales de que algo no iba bien. No estaba cómodo lanzando desde más allá de media distancia. Su tiro de 3 había desaparecido por completo. Simplemente no había una mecánica fluida. Ni antigua, ni nueva.

 

Mike Schmitz comparaba aquí su antigua mecánica en la universidad con la que presentó al inicio del “training camp”.

Después de estas alarmantes imágenes, el jugador salió en su propia defensa, alegando que “solamente quería probar cosas nuevas”, “prepararse para una línea de 3 más lejana”, y dejó ver que no habría problemas para recuperar el tiro que había maravillado a los Estados Unidos en su paso por la universidad y lo había catapultado al trono del Draft. Pero nada más lejos de la realidad.

Empezó la temporada un 18 de octubre, casualmente en Washington, y no anotó ni un solo punto desde fuera de la pintura. En los cuatro partidos que alcanzó a jugar, no tiró ningún triple. Promedió 6 puntos por partido con un 33,3% en tiros de campo y un salomónico 50% en tiros libres. El jugador que los Sixers habían elegido había desaparecido por completo. Seguía siendo atlético, muy preparado físicamente, pero tenía pánico al tiro exterior. El 23 de octubre jugó su último partido antes de ser apartado del equipo por una lesión en el hombro.

Mientras toda la NBA se preguntaba qué le pasaba al hombro de Markelle Fultz, su representante Raymond Brothers habló y subió el pan. Brothers declaró al periodista de la ESPN Adrian Wojnarowski que le habían sacado líquido del hombro a Fultz, y que éste no podía ni levantar los brazos para tirar a canasta. Horas después, y con todas las redacciones deportivas en llamas, el agente se retractó de sus declaraciones y aclaró que se le había aplicado una inyección de cortisona (algo relativamente normal para aplacar el dolor).

Como no podía ser de otra manera, los 76ers no escatimaron en recursos para averiguar qué le pasaba a Markelle, mientras la prensa se impacientaba y los aficionados temían otra lesión grave que apartara a su joven promesa de las pistas por tercer curso consecutivo (ni Joel Embiid ni Ben Simmons pudieron disputar su primera temporada en la liga debido a sendas lesiones). Finalmente, el médico especialista en lesiones de hombro Ben Kibler anunció que el novato sufría un “desequilibrio escapular” en el hombro derecho. Esto no le permitiría coordinar todos los músculos necesarios para levantar tiros como lo solía hacer.

Ante la rareza de la lesión, para la que no había ni plazo de recuperación concreto ni tratamiento específico, los Sixers optaron (a toro pasado, mal) por mantener el optimismo. Para diciembre, tras un mes de recuperación, el novato se habría recuperado, según la franquicia, de su problema, y a principio de 2018 el equipo lo declaraba listo para volver a los entrenamientos habituales a pesar de mantener un trabajo específico con él. Para entonces, ya no quedaba ni rastro de su tiro.

Fultz se había recuperado de la lesión que le provocaba esos problemas para lanzar, pero no había solucionado precisamente estos problemas. Definitivamente algo había ido mal en su “otro proceso”, y el propio jugador se lo confirmó a Caron Butler en una entrevista a principios de febrero. Después de varios meses sin ninguna declaración pública del jugador y unas escasas e inconcretas actualizaciones por parte del equipo, ‘Kelle confesaba que había tenido que “volver a aprender” algunos movimientos básicos del baloncesto (por supuesto, el tiro). En esa misma entrevista, Butler introdujo un término nuevo para referirse a la lesión, que desató otra serie de especulaciones y posibles explicaciones sobre la misteriosa dolencia que había hecho olvidar a Fultz cómo tirar a canasta: “disquinesia escapular”.

Parecía otra forma de decir lo mismo, pero realmente el primer diagnóstico (el desequilibrio, que ya estaba sanado) podría haber provocado el segundo (la disquinesia), una lesión neuronal que impedía a los músculos del hombro actuar según las instrucciones del cerebro del jugador. Por tanto, cada intento de tiro era una nueva forma imposible de retener y copiar. Tres días después, el entonces General Manager Brian Colangelo declaró que “no había daño estructural en el hombro de Fultz”, y soltó la bomba: nadie sabía cómo se había producido esa lesión.

Desde que se comprobó que las previsiones de que el jugador volviera para año nuevo no eran ciertas, la franquicia de Pennsylvania lo intentó literalmente todo para intentar curar a un chico de 19 años que se había visto envuelto en una pesadilla inédita. Fultz entrenó con tecnología de realidad virtual para intentar recuperar la memoria desde una perspectiva distinta y trabajó personalmente con el exjugador Mahmoud Abdul-Rauf para que mantuviese el foco en el joven. Incluso cambiaron su sitio en el vestuario para colocarlo al lado de JJ Redick, uno de los líderes veteranos del equipo y el mejor tirador de Phila, para intentar reencaminar la mente del novato hacia lo que había demostrado ser.

Tras cinco meses de duro trabajo, tanto o más mental que físico, Markelle Fultz consiguió volver para finalizar la temporada de los Sixers. Jugó los últimos 10 partidos después de haberse perdido 68, reapareciendo el 26 de marzo ante los Denver Nuggets. Phila ganó cada uno de esos diez encuentros, pero el número uno del Draft no volvió a ser él mismo. Tan solo un intento de tres puntos (errado) y nueve viajes a la línea de libres, de los que convirtió cuatro (44,4 %).

Aun así, el 11 de abril concluiría la temporada regular haciendo historia, superando a su compañero de Draft, el número 2 Lonzo Ball, al ser el jugador más joven de la historia de la liga (y el primero con menos de 20 años) en hacer un triple-doble. Fultz anotó 13 puntos, atrapó 10 rebotes y repartió 10 asistencias en la victoria de su equipo contra los Milwaukee Bucks, la 16ª consecutiva. El novato y la afición se quedaban con el dulce final de una temporada amarga que parecía augurar el final del calvario.

A partir del minuto 1:24 se puede ver la celebración, tanto por parte de la grada del Wells Fargo Center como de sus compañeros de equipo, tras el triple-doble.

Como no podía ser de otra forma, Fultz ha seguido trabajando durante este verano para volver a ser el de Washington. Para ello, empezó a trabajar con Drew Hanlen, un reconocido especialista en entrenamientos de alta intensidad que se ha consagrado entre las estrellas de la liga, y llegó a tener hasta tres sesiones diarias con él. El 20 de septiembre, en una entrevista conjunta con Isaiah Thomas, indicaba que, definitivamente, estaba de vuelta.

Tardó dos encuentros, hasta el partido contra Chicago Bulls el 18 de octubre, en anotar el primer triple de su carrera NBA, ya durante su segunda temporada en la liga. Poco a poco cogía confianza, y finalizado el mes de octubre había ejecutado 13 tiros desde más allá del arco y había anotado 4. Nada mal para alguien que había tenido que (volver a) aprender a lanzar hace menos de un año. Y cuando parecía que el camino estaba reconstruido, volvió a suceder.

Como si la culpa fuese del calendario, llegó noviembre y Markelle Fultz dejó de tirar triples de nuevo. Misteriosamente había vuelto a temer a la línea de 3. Hanlen, su entrenador, intentó defenderlo diciendo que todavía tenía dolor, pero esa cantinela ya no cuela en Philadelphia. Y después tuvo lugar el desencadenante final de la historia. El maldito tiro libre:

Tras esta acción, todo el polvo que se había asentado se volvió a levantar sobre la figura de Fultz. De nuevo tenía problemas, de nuevo no podía tirar cómodamente. ¿Habría que volver al punto de partida? No lo sabrá de primera mano Drew Hanlen, que vio rota su relación con el jugador días después de esto.

Nada más finalizar el partido ante los Phoenix Suns del pasado 19 de noviembre, en el que Fultz solo disputó 7 minutos, se confirmaba que el jugador estaría de nuevo apartado del equipo para visitar a los doctores. Esta vez al dolor de hombro lo acompaña un extraño dolor de muñeca, que en teoría habría sido el causante del tiro libre fatídico ante Miami Heat. Por desgracia, a esta nueva (o vieja) lesión la acompañan rumores de traspaso, tanto por parte del jugador como de la franquicia. Sea como sea, la paciencia del entorno del damnificado es cada vez menor, y eso debe afectar de todos los modos negativos posibles a su tratamiento.

Según la NBC, los Sixers ya no cuentan con él a largo plazo. Según The Athletic, él mismo habría pedido cambiar de aires, aunque su agente se apresuró a desmentirlo en la ESPN para afirmar que la única preocupación ahora mismo es la recuperación del base. La única verdad irrefutable es que hay un chico de 20 años llamado Markelle N’Gai Fultz, número uno del Draft de 2017, que está sufriendo por su presente, y ahora también por su futuro.