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In memoriam: Hondo entra en el Olimpo

Volviendo a revisar viejos partidos desde el salón de casa el espectador no hace otra cosa sino viajar en una máquina del tiempo hacia momentos inolvidables, cuando los jugadores parecían inmortales y sus hazañas permanecían suspendidas en la montaña de la invencibilidad. Tendido en la cama de un hospital, sentado en un sillón, muy afectado ya por el avance imparable de la terrible enfermedad de Parkinson, el incansable John, uno de los mitos del Garden, se consumía hacia un final que ya nadie podía evitar. Mientras que Bob Cousy fue el cerebro de un equipo de leyenda, Bill Russell la muralla y el instinto ganador, Sam Jones el ejecutor y Tommy Heinsohn el talento, según palabras literales de Red Auerbach John Havlicek representaba las agallas, el coraje, la testiculina. Pero la muerte alcanza hasta a los más valientes.

Havlicek procedía de una curiosa mezcla sanguínea, padre checo y madre croata, emigrantes asentados en Ohio en el primer tercio del siglo XX. Nacido en Martins Ferry el 8 de abril de 1940, muy pronto se vio que el pequeño John estaba predestinado para el deporte, no al baloncesto en particular sino al deporte en general. Durante su estancia en el High School de Bridgeport destacó en baloncesto, fútbol americano y béisbol, aunque su tremenda resistencia física también le habría permitido albergar un futuro en atletismo. Después de un exitoso paso por la universidad de Ohio State (título de la NCAA incluido en 1960), donde coincidió con prohombres del baloncesto como Jerry Lucas o Bobby Knight, Havlicek fue elegido por los Boston Celtics en el séptimo puesto del draftde 1962, pero también pasó brevemente por las filas de un equipo de la NFL llamado Cleveland Browns. De todas formas, su decisión de focalizar sus esfuerzos en un solo deporte pagó sus dividendos muy pronto. Por entonces ya comenzaban a llamarlo Hondo, en referencia a un famoso western de 1953 protagonizado por John Wayne. El impacto de Havlicek en los Celtics fue instantáneo, revitalizando la ya existente aunque relativamente nueva posición de sexto hombre, una figura esencial en el juego que Red Auerbach se había sacado de la manga años atrás gracias a otro jugador de raza llamado Frank Ramsay, y que dos décadas después llevaría a la excelencia desde posiciones interiores el inimitable Kevin McHale.

Aún permanecía instalado en la posición de primer recambio de banquillo y jugador esencial en los finales de partido cuando protagonizó el robo de balón más famoso de la historia de la NBA, en dura pugna con el de Larry Bird en 1987 frente a Detroit. Nos ponemos en situación, finales de conferencia frente a los enemigos de Philadelphia en 1965, séptimo partido en Boston, y con la acechante presencia de Wilt Chamberlain y sus Sixers delante. Con un punto arriba los Celtics y cinco segundos aún por jugar, HalGreer se disponía a poner la bola en juego, con tiempo más que suficiente para anotar la canasta ganadora. Pero aparecieron los brazos de la locomotora humana para robar el balón y asegurar el triunfo. Algunos dicen que la voz aguardentosa de Johnny Most desde los micrófonos del Garden pasó a la eternidad aquel día; “Havlicek stole the ball”.

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No se podía asegurar que Hondo fuera un anotador, tampoco un enorme pasador ni un reboteador al uso. Era todo eso y más, ya que defendía a niveles muy superiores a los de la mayoría de los jugadores de la liga. Pero lo que más llama la atención no son sus números, ya de por sí estratosféricos, sino su perdurabilidad, y este término requiere una explicación. Havlicek comenzó a ser titular indiscutible en el equipo alrededor de 1967, ya con Bob Cousy, Bill Sharman y K.C. Jones retirados, y lo hizo en un puesto indefinido, a caballo entre el escolta y el alero. La mayoría de los jugadores de amplia trayectoria en la liga comienzan su lento declive más o menos cuando superan la treintena, a Hondo le sucedió exactamente lo contrario. Aquí van algunos datos significativos: elegido en el mejor quinteto de la liga desde los 31 a los 34 años, elegido en el mejor quinteto defensivo de la liga desde los 32 hasta los 36 años, MVP de las finales a los 34 años, 13 veces allstar, la última ocasión con 38 años, la temporada de su retirada. No estaba mal para un veterano en mil batallas al cual no parecía afectar el paso del tiempo. A todo eso habría que añadir sus ocho anillos de campeón en ocho finales disputadas, cuatro anillos en sus primeros cuatro años de carrera, la distinción de ser el máximo anotador de la historia de una franquicia en la que han destacado por mucho tiempo luminarias del calibre de Sam Jones, Larry Bird, Paul Pierce o el propio Kevin McHale. Demasiado bagaje para caer en el olvido.

Después de 16 temporadas, multitud de guerras libradas, cicatrices por su cuerpo y cientos de miles de kilómetros recorridos, en junio de 1978 colgaba las botas otra de las leyendas de la mística del viejo Garden. Atrás quedaban anillos en sus dedos, momentos dramáticos como el famoso quinto partido de las finales de 1976, amigos para la eternidad y multitud de anécdotas que contar. Pero el tiempo pasa para todos, y el corazón de los atletas también se apaga. Llega el momento de pulir en el particular monte Rushmore de la mitología céltica la figura del hombre tranquilo de Ohio. Walter Brown y Red Auerbach ya lo esperan con los brazos abiertos, y dentro de un tiempo llegarán también Bob Cousy y Bill Russell, ya que el final es inevitable. Creo que necesitaremos muchos escultores en el futuro. Cuenta la leyenda que Chris Mullin portó el número 17 en honor del viejo Hondo, y que cada vez que se enfrentaba a los Celtics en el Garden miraba hacia arriba buscando afanosamente la inspiración en la camiseta retirada de su ídolo. Descansa en paz, amigo, tu camiseta seguirá en las aturas para siempre.

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