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Made in USA

Kobe Bryant (1978-2020)

Hemos perdido a Kobe. Mucho más que un jugador de baloncesto, un referente generacional. Hasta siempre, Mamba.

Kobe Bryant, foto de The Players Tribune

Este no es un texto para leer ni para disfrutar. Este es un texto de pensamientos, de algunos a los que a todos nos habrán pasado por la cabeza en las últimas horas, en las que cada uno ha mostrado sus virtudes y valores como periodistas y medios. A la carroña, enhorabuena, espero que hayáis disfrutado el festín, algún día cambiarán las tornas. Pero al menos ahora que tenéis el buche lleno, dejadnos a los demás llevar el luto. Un luto que ya arrastrábamos con Stern, con Archibald e incluso con las situaciones de Parsons y West, todos ellos de diferentes formas.

Pero es que es Kobe Bryant. El puto Kobe Bryant, joder. El mismo tío que se plantó ahí de pie con el Aquiles roto. En la soledad del tiro libre frente a la canasta, la que siempre le había acompañado durante tantos tiros en jardín. El bastardo ese que parecía invencible, invulnerable a todo. El único, Jordan al margen, capaz de infundir terror puro en los aficionados rivales antes de un partido. Para un criajo (y no tan niños) ese halo de deidad superlativa nunca le abandonó, ni siquiera con las lesiones. Es difícil de explicar.

Por eso nunca quisimos creer que era verdad, porque somos humanos y lo primero que hacemos ante el dolor es tratar de omitirlo, de construir una realidad alternativa que nos sede, que aplique un buen chute de morfina ante tanto sufrimiento. Y cuando empiezas a aceptarlo, a asumir que se ha ido, te cruza otra punzada de dolor. ¿Por qué estoy llorando por este tío y no por las atrocidades que se cometen cada día?

Pues mira, no lo se, porque el ser humano es hipócrita y cínico, porque girar la cara es aplicar ese chute de morfina contra una realidad tan inhumana y porque ese tío que ahora nos hace llorar, nos hizo este mundo de mierda un poco menos absurdo. Por las veces que nos hizo sufrir y disfrutar a partes iguales, según los colores, por los ratos que pasamos a su costa. Quien más quien menos, se sentirá culpable por sentir de forma tan profunda una pérdida que suena tan lejana, pero esa era su magia: romper la barrera del ídolo para ser persona. El mismo camino por el que han transitado todos los deportistas desde entonces. Al menos él sí pudo tener su homenaje, y lo que antes parecía incluso obsceno, una felación de culto al personalismo, hoy no puede tener más sentido. Joder, lo que es la vida…

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